Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
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El emperador cuervo y el hacedor de deseos.
Por St. Yukiona.
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Invierno y bosque; sakuras y pretricor.
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Había ocasiones que a Tooru le parecía bastante tediosa la vida en el palacio imperial.
Su rutina básica era despertar y de inmediato ir a la residencia de la familia imperial para acompañar en absoluto silencio el desayuno de la familia hasta que ésta terminaba y se retiraba a sus actividades. Lo único que lo ayudaba a ese pequeño calvario diario era la presencia del príncipe Shoyo. Verlo a él era suficiente para saber que las cosas eran más sencillas y pasables. Ciertamente lo habían elegido como compañero de juegos obligándolo en un principio, pero el pelirrojo era demasiado observador como para dejarse manipular con tanta facilidad. "Si no quieres estar aquí, te puedes ir", le dijo un día y el castaño negó. "Entonces juguemos a lo que tú quieras", y esa dulce sonrisa fue el que lo prendo.
El resultado de su prueba primaria de nacimiento lo convertía en omega y como tal u candidato totalmente asequible como compañero de vida para el príncipe, y una vez este asumiera su papel en el trono como rey él se volvería en su reina, aunque la diferencia de alturas e incluso los rasgos dijera lo contrario.
Oikawa Tooru era lo que se conocía como un omega de gama alta al ser el hijo de dos alfas, su padre había muerto durante uno de los atentados de cierto grupo terrorista hacía más o menos diez años y su madre era una prominente diplomática hija, a su vez, de alfas que pertenecían a linaje real, la pompa japonesa y nada más, y aunque poco o nada veía a su madre o su hermana, otra alfa de gama alta, no podía hacer nada más que agradecerle el haberlo traído al mundo con semejante privilegios pues a pesar de ser un omega tenía las condiciones para permanecer a lado de Shoyo, y de hecho, ese día era sumamente especial.
El príncipe cumplía por fin 16 años y para fines prácticos de rituales reales: El príncipe ya se convertía en un hombre, en alfa en espera de su primer celo. Y ese día, 21 de junio, al ser el príncipe un hombre (entre comillados pues aún se escondía debajo de la cama asustado en plena tormenta) el omega que sería su compañero de vida sería anunciado.
Ante su espejo, Oikawa no podía dejar de verse con cierto aire presumido y ególatra.
—¿Aún sigues aquí? —preguntó su abuela que lo veía desde la puerta de su habitación entreabierta mientras los sirvientes terminaban de acomodarle el haori oscuro que usaba con el emblema de la familia imperial y más abajo el de su familia. Denotando su estatus como sirviente directo de la casa real.
—Su alteza suele despertar más temprano el día de su cumpleaños y siempre tiene colapsos antes de que pueda empezar a prepararse, la ceremonia se va a retrasar hasta las diez —respondió él mientras la observaba de reojo con una sonrisa suave.
—Conoces demasiado bien a su Alteza el príncipe Shoyo, Tooru-kun —dijo la anciana mujer sonriéndole con esfuerzo, el moño alzado en su cabeza con su cano cabello le restiraba la piel del rostro al grado de rasgarle aún más de lo que ya tenía los ojos.
—Bueno... nos conocemos de toda una vida, es obvio que sepa ese tipo de cosas —comunicó el castaño risueño antes de que las sirvientes se separaran haciendo una reverencia. El castaño arregló su cabello con sus manos y cogió el abanico que le ofrecían. Su primer celo había pasado ya hacía más de dos años cuando tenía justo la misma edad que ahora tenía el príncipe Shoyo y aunque había sido pedido innumerable veces por alfas de alto rango, la respuesta del propio Tooru y su madre había sido la misma: No.
Se acercó hasta su abuela para besar su anciana mejilla y se cubrió la boca con el abanico mirando con ojos risueños a la mujer.
—¿Qué tal me veo, abuela? —preguntó dedicándole la más calurosa de sus miradas y al vieja alfa soltó un bufido.
—Te ves radiante... el omega más hermoso que jamás he visto, hijo, ahora ve rápido. Tu madre y Sakura-chan seguramente ya estarán ahí —apresuró y el castaño afirmó riendo cantarín mientras revoloteaba hacia la salida, la comitiva esperaba por él para transportarlo en los autos reservados para el uso interno del territorio que comprendía el palacio imperial.
Cuando se era parte de la comitiva personal de alguno de los príncipes reales herederos o incluso de los emperadores se tenía la obligación de vivir dentro de palacio, en muchas ocasiones cuando el lazo era estrecho se dormía en la misma residencia que la propia familia imperial, en el caso de los Oikawa al ser Tooru el compañero de un príncipe que aún era mayor de edad su estadía se reservaba sólo a los territorios cercanos pero su acceso era casi ilimitado por los pasillos de palacio sin la necesidad de un permiso especial, el único lugar al que no podía entrar y se debía de mantener al margen era a las salas principales dentro de la residencia imperial.
El auto sólo recorrió un par de minutos por los caminos empedrados de adoquín y pasaron las rejas que dividía la zona residencial hacia las edificaciones donde se encontraba el centro del castillo, ahí donde el palco real era usado para que la familia imperial conviviera con el pueblo y desde donde se solía dar el tradicional saludo y agradecimiento del emperador hacia sus ciudadanos y hacia los dioses, de donde ellos descendían.
Todo el palacio había sido decorado de pies a cabeza con guindas de flores y estandartes de colores llamativos. El emblema familiar del crisantemo a la par del emblema del sol, el emblema de Shoyo. Tooru sonreía al verlo con cierta nostalgia y alegría con la que no podía lidiar con solo desearlo, era algo mayor, superior a él y sólo le quedaba mordisquear sus labios y atusar su cabello esperando por fin darle los buenos días a su majestad. El auto siguió de largo pasando el palacio y se dirigió hacia otra zona, una restringida, la residencia donde fue recibido por sirvientas y escoltado con especial cuidado y recelo hasta la alcoba de preparativos donde Shoyo era vestido entre quejidos y gruñidos.
—Buenos días —saludó Oikawa con cierto aire despreocupado y cantarín, antes de hacer una reverencia pronunciada y hasta algo dramática hacia el pelirrojo que se debatía entre un gruñido y un puchero que a ojos del castaño era sencillamente adorable—. Su majestad, felicidad por vuestro cumpleaños, de parte de la familia Oikawa esperamos siga creciendo hermoso y fuerte y su inteligencia se convierta en sabiduría para-.
—Tooru —gimió Shoyo interrumpiendo al castaño—. ¡Ata tú la hakama! —rogó casi en un grito mientras apartaba las manos que lo estaban tocando. Y la asistente respingó bajando la cabeza y alejando a las sirvientas que apenas al borde del llanto se hicieron a un lado, llevaban lidiando con el temperamento errático de su alteza desde bien temprano cuando no quiso abrir su puerta para ayudarlo a bañar y empeoró cuando empezaron a vestirlo: Me lastima, me pica, me duele, no, no quiero esto.
Shoyo nunca había sido particularmente quejumbroso pero esa escena se repetía desde hacía trece o catorce años cada vez en su cumpleaños.
Tooru intercambió mirada con Hiiro y ésta suspiró un poco agotada pensando que apenas era el inicio del día. El castaño guardó el abanico de su atuendo en la manga de su vestimenta y caminó hacia Shoyo mientras que con calma y manos hábiles deshacía el nudo que le habían hecho. La prenda se volvió floja. Los movimientos del omega eran seguido por los ojos castaños del príncipe en el reflejo de los tres espejos de cuerpo entero que había delante de él, podía observa el gesto tranquilo, particularmente sereno y amable que en ese instante de silencio Tooru le regalaba. El modo en que sus labios se entreabrían y cerraban, como su ceja se arqueaba ligeramente ante la molestia que era complicado atar el hakama a alguien más pero la sonrisa suavemente torcida ante la victoria.
—Listo —anunció alejándose apenas un poco para dejarlo moverse y haciendo una leve reverencia.
—Gracias, Tooru —masculló Shoyo acercándose al castaño tomándolo de las manos y apretando éstas levemente.
La sonrisa que podía emular la calidez del sol congeló por un momento la habitación antes de que otro sirviente reaccionara y le ofreciera ponerse el haori oscuro con el emblema del crisantemo en su espalda y abajo en el borde inferior tres emblemas más: en medio el de que su abuelo mandó a diseñar y homologar para él, a la izquierda el de su padre que no era por sangre parte de la familia imperial y a la derecha el de la familia Oikawa. Tooru sintió un regocijo extraño al ver el emblema de su familia descendientes de samurái ahí bordado en dorado. Juró que podía llorar de felicidad pero se abstuvo con una sonrisa igual de cálida.
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—Su majestad ahora es todo un hombre, tendrá un montón de omegas queriendo un momento con usted, temo que con su pequeña estatura no pueda satisfacerlos —dijo bromista Tooru mientras caminaba a lado del pelirrojo, éste gruñó como respuesta fulminándolo con la mirada.
—Ya creceré, mi abuelo tardó en crecer —refutó con saña—. Además enano y todo siempre terminó ganándote en los vídeojuegos, Tooru.
—Una cosa no tiene que ver con la otro, Shoyo-dono —inquirió el castaño ahora con las mejillas sonrojadas—. Además sigo siendo mejor en el vóley por mucho, y lo seguiré siendo para siempre.
—Tienes suerte que no lo coja enserio, de lo contrario te hubiera superado hace un montón, ah qué sí.
—Seguro, pero de momento, un simple príncipe no tiene que hacer nada contra mí —señaló melindroso y ambos adolescentes rieron. Acostumbrado a la compañía del otro habían creado un lazo de complicidad y amistad profundo. Caminando hombro con hombro por los pasillos hacia el balcón donde sería llevado a cabo el inicio de la ceremonia y rito de aquel largo día.
—¿Qué tal está afuera? —preguntó de pronto Shoyo.
Oikawa le echó una mirada y torció los labios, abrió su abanico y empezó a soplar con calma. No hacía calor pero era un modo de distraerse para pensar con más claridad.
—Aburrido, como siempre.
—Pues desde acá se escucha bien entretenido —discutió Shoyo, se podía escuchar la música que sonaba para ambientar el festival montado para la ocasión, así como el murmullo general de la multitud que se reunía: ciudadanos de Tokio, de otras partes de Japón y extranjeros que viajaban atraídos por el evento, de esas pocas veces en que se abría el palacio para los visitantes.
—Bueno, pues ellos están animados pero seguro usted que se aburre —indicó con seriedad afirmando.
Shoyo bufó sin volver a opinar.
Hacía tres años que motivado por la curiosidad el príncipe se había logrado escabullir para ir al festival, claro que la pasó increíble pero el palacio por poco colapso, el festival terminó en el momento en que la multitud se dio cuenta que el príncipe estaba entre ellos y la guardia imperial tuvo que intervenir para rescatarlo, no lo agredieron ni mucho menos pero la atención sobremedida terminaron por hacer colapsar a Shoyo que con tanto estímulo acabó por no salir de su alcoba los siguientes cuatro días. No querían que volviera a ocurrir lo mismo por lo cual acabaron por reforzar la seguridad, hecho que no sólo desesperaba al príncipe sino que además le hacía estar más sobre su límite y sus nervios exasperados al grado de que cada tanto le pedía a Oikawa detenerse cerca de las ventanas para tomar aire.
La tercera vez que el pelirrojo se detuvo a Tooru ya no le gustó e insistió en saber si se encontraba bien.
—Sólo... es que me duele un poco el pecho —afirmó—. No sé, alergia o tal vez los nervios... sólo quiero que esto acabe rápido.
—¿Qué es lo que te tiene tan nervioso, Shoyo? —preguntó en un tono más bajo sólo para ellos dos mientras se atrevía a tocarle el hombro.
La gente que los seguía como guardias se hacían los desentendidos pues era más que sabido que Tooru y Shoyo llevaban una relación estrecha, y ahora más con el nuevo nombramiento del castaño. Darles privacidad también era parte de sus obligaciones como escolta oficial.
Los ojos avellana se reflejaron en los del mayor, el omega podía percibir un poco de la inquietud del alfa y él mismo se sentía inquieto.
—Es que... —Shoyo miró alrededor con disimulo—. Sabes que mi abuelo no ha estado bien, Tooru —masculló—. ¿Y si muere? ¿Sabes quién ascenderá al trono? ¿Sabes quién será la persona a cargo de las responsabilidades diplomáticas y del estado? —tragó saliva.
—Shoyo... —cómplice se acercó un poco más, le cogió del rostro haciéndolo que alzara un poco la mirada, acarició con ternura sus mejillas que aún denotaban un rasgo fugas de niñez y permitió que sus inmaduras feromonas de omega lo trataran de calmar. El alfa reaccionó casi de inmediato pero sus hombros seguían tensos—. Sabes que yo siempre estaré a tu lado para apoyarte... sea para escucharte o en alguna de tus responsabilidades si está dentro de mis capacidades... no te dejaré caer solo, porque aquí estoy yo —su mano buscó la del príncipe y con ritual la llevó hasta sus labios para besarle los nudillos—. Su majestad no debe de preocuparse, debe solo de disfrutar este día...
El pelirrojo trató de sonreír, porque de verdad escuchar aquello lo tranquilizaba, pero una parte de su cerebro, una menos racional y más visceral se regocijaba sobre su propio instinto, como si ese día sus sentidos estuvieran más agudos, como si su propio sistema supiera sobre la tradición y supiera que sí o sí ese día se volvía hombre. Apretó la mano de Oikawa como respuesta.
—Se supone que yo soy el que te debe de proteger y míranos aquí, tú consolándome y yo titiritando como un pequeño gato asustado —el pelirrojo bajó la mirada sonrojado y Tooru le observó para después reír bajito.
—Vale, que sigues siendo un niño y es mi obligación cuidar de los más pequeños —soltó para relajar el ambiente y el chiste volvió a picar la cresta al alfa que acabó por empujar al omega y ambos rieron animados nuevamente.
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Un potente escalofrío le recorrió de pies a cabeza justo al segundo siguiente en que empezó a amover su mano para saludar a las personas que abajo se habían congregado con banderillas y otras alzando sus manos para saludarlo de regreso. Shoyo miraba de un extremo a sus padres junto con su pequeña hermana y del otro al resto de sus tíos con sus primos. Tragó saliva con algo de dificultad antes de de alejarse un par de pasos para tomar aire nuevamente y volver a sonreír como marcaba el código protocolario. Dejó sus manos detrás de su espalda en una postura recta y sobresalía entre el resto de las personas en el balcón por su rojo cabello.
—Hoy 21 de junio —hablaba el maestro de ceremonias por el altoparlante en un tono neutro, ceremonioso digno de la ocasión—, hace dieciséis años nació el tercer príncipe heredero alfa de la dinastía Hinata bendecido por el saludo del sol. Japón, tu pueblo, te felicita por tu su cumpleaños, su majestad Shoyo, esperemos y la inteligencia que posee se vuelva sabiduría que le ayudará a guiar a nuestra noble nación. Felicidades —repitió y la gente abajo gritaba y vitoreaba un "Felicidades" que no iba al unisono pero a Shoyo le sabía al mejor regalo de la vida. Trató de sonreír lo mejor que pudo y agradeció con una leve inclinación de cabeza volviendo a alzar la mano.
Sintió en su pecho la ausencia de su abuelo pero nada más se podía hacer más que extrañarlo, más tarde iría a verlo para recibir también su bendición de momento esperó otros cinco minutos hasta que la familia imperial fue conducida nuevamente al interior del recinto para recibir las felicitaciones cercanas de sus propios familiares que con un apretón de mano o un abrazo que duraba apenas un par de segundos presentaban su respeto, y en esa privacidad entregaban sus regalos. Estos llevados a la sala donde sería la fiesta y donde el resto de invitados, familias importantes de ELITE, mandatarios de otras partes del mundo, diplomáticos y políticos, se presentarían para festejar en conjunto al resto de la familia imperial la vida del futuro monarca.
A esa hora del día Shoyo estaba nuevamente sobre su propio límite, sin embargo había algo más. Tooru lo había logrado "apaciguar" de camino al balcón, pero apenas había llegado nuevamente se sintió con la misma ansiedad que le corroía el cuerpo como si fuera un pedazo de metal sumergido en agua salina y ésta hiciera más rápido su efecto de oxidación, era difícil de explicar. Tragó saliva, faltaban dos eventos más y el día terminaría, al día siguiente le habían prometido ser libre y podría respirar por lo menos jugando un poco o durmiendo hasta tarde para ver alguna serie por stremming en su alcoba sin que nadie lo molestara, ese era el regalo que más estaba esperando, se lo daban dos veces por año y ya había llegado por fin después de tanto esperar. No obstante la sensación que no desaparecía y sólo aumentaba su desasosiego era bastante densa y fuerte.
—Shoyo —murmuró una voz detrás de él y alzó su mirada, las puertas se cerraban detrás de Tooru que salía de una de las salas aledañas a la sala del trono. El rostro del castaño parecía diluirse lentamente a un gesto de preocupación—. ¿Quieres que llame al médico? —Ya no preguntaba si estaba bien o no porque era obvio que no se encontraba bien y la salud del heredero era primero que cualquier otra cosa.
El pelirrojo negó y forzó una sonrisa.
—Me encuentro bien —sentenció con toda la calma que poseía y eso no hacía nada más que alertar al castaño quién torció los labios cruzándose de brazos.
—No quiero que en las fotos de nuestro yuino salgas con la cara que parece que tienes ganas de hacer del baño —masculló Oikawa y Shoyo rió entredientes.
—Yo me encu-
—Su majestad, Oikawa-dono —irrumpió la fuerte voz de Aiko, la institutriz en modales de la familia imperial y la denominada Nakoudo o la casamentera, aunque el término "casamentera" no era en realidad oficial, el nakoudo era la persona que hacía entre puente de comunicación entre dos familias que querían unirse mediante un matrimonio, en este caso la familia imperial Hinata y la familia noble Oikawa. La nakoudo iba y llevaba obsequios e información de una familia a la otra, aunque con Aiko específicamente había sido la encargada de evaluar rigurosamente el expediente clínico, familiar, de fertilidad, modales y linaje de Tooru, aceptando y firmando que era un candidato ejemplar y respetable, apto, para unirse a la familia imperial, y sobre todo volverse junto con Shoyo en soberano apenas el momento llegara. El Miai o las tres reuniones previa al yuino, la fiesta de compromiso, habían sido llevadas a cabo desde hacía más o menos seis meses, y en esas reuniones el emperador había estado al pendiente de los detalles, de hecho, en una la madre de Tooru y su hermana, así como sus abuelas y sus tíos, se presentaron ante el emperador y éste dio su visto bueno a la familia de su futuro nieto político. Le agradaba mucho más que todos los otros alfas que se habían visto interesados en ingresar al árbol familiar.
—Todo está listo para que dé inicio el yuino, así que por favor si son tan amables de respetar los tiempos —dijo de un modo educado pero un tanto enérgico haciendo que tanto Shoyo como Tooru se cuadraran en su presencia afirmando con un asentimiento de cabeza. Shoyo permitió que Tooru entrara primero a la sala y él se quedó un rato más aspirando fuerte. Aiko, con su ojo de vieja conocedora observó detenidamente al príncipe heredero e hizo una reverencia—. Su majestad, su calor está cerca, deberá tener especial cuidado los siguientes días.
—¿Mi Ca-? —interrogó el pelirrojo y cuando entendió a lo que se refería de pronto no tuvo solo el cabello rojo sino toda su cara que era un poema a la paleta de colores de aquel color primario. La vieja Aiko se apresuró a la sala también para dar vista general a su trabajo de meses.
El príncipe gruñó bajito mientras que se acomodaba mejor el haori y caminaba hacia las puertas, afirmó al chambelán que tocó dos veces suavemente contra la puerta, y el anunciante avisó sobre la presencia del príncipe heredero. Las puertas se abrieron de par en par, el ruido sordo de las personas inclinarse sobre sus frente al mismo tiempo fue el que recibió a Shoyo. La gran habitación conocida como el salón de las bugambilias o salón para bailes, había sido acondicionado: Una elevación al fondo de la habitación con dos cojines ceremoniales, y frente a este una serie de obsequios que se encontraban divididos en dos grupos los de lado derecho tenían listones y arreglos dorados con negro y los de lado izquierdo eran listones y arreglos dorados con rojo. A su vez las personas que ahí se encontraban frente al pedestal y los obsequios, también se dividían en dos grupos, pero hasta el inicio y más cercanos a los regalos por un lado sus padres y por el otro las abuelas de Tooru, y Tooru junto a ellas. El príncipe tragó saliva y caminó por el medio de las personas mientras cogía asiento en su postura tradicional sobre el cojín que se encontraba delante de los regalos con listón negro y dorado.
Apenas Shoyo afirmó con la cabeza las personas invitadas a la ceremonia de compromiso se irguieron. Tooru caminó hasta el cojín junto a Shoyo y ocupó su lugar.
—Por el extenso y prestigioso linaje que precede a Oikawa Tooru el décimo descendiente del valiente y reconocido Samurai... —y la letanía de presentación seguía. Shoyo con su porte adquirido con años de entrenamiento veía a la gente que observaban a la señora Aiko que hablaba desde una esquina con una hoja color bermellón en mano usando aquel elegante kimono, mientras que Tooru no podía dejar de observarlo de reojo con su corazón palpitando fuertemente.
Lo conocía recién despertando, apunto de dormir, entre penumbras de su propia inseguridad y con la frente perlada en sudor por la fiebre ante su esfuerzo por ser lo suficientemente bueno al cargo con el que le había tocado vivir. Decían que los alfas la tenían fácil y sobre todo uno nacido en el ceno de la realeza, pero qué equivocados todos, él como omega se tenía que esforzar por cumplir con ciertas funciones y su preocupación se reducía a tener que dar hijos, su cuerpo estaba capacitado para eso pero Shoyo, ese dulce chico de inocente mirada que ahora ante sus ojos endurecía sus gestos y mostraba una mirada serena pero analítica, tenía el peso del mundo sobre sus hombros. Quiso estirar su mano para acariciar la del otro sin embargo no podía moverse de aquella postura, sus ojos volvieron al frente.
Ambos ahí postrados en una pose digna de algún cuento antiquísimo debían ser la representación de lo que una pareja tenía que ser. Serían el matrimonio de Japón y el ejemplo para el resto de las familias: Un alfa que cuidaba y amaba a su devoto omega.
—Shiino Shoyo de la dinastía Hinata, tercer príncipe de correspondencia alfa se está comprometiendo fielmente a desposar en un lapso de dos años a Tooru-Dono, y en el lapso de por lo menos tres marcarle como su compañero de vida, esto con base a la segunda responsiva de la constitución de derechos internacionales de los alfas y omegas —anunció Aiko—. Siendo a partir de este momento, Tooru-dono recibe el tratamiento como príncipe y participe de la familia real. El pueblo de Japón le da la bienvenida, O-Tooru.
Los presentes hicieron una pronunciada reverencia hacia Tooru y Shoyo sonrió de forma cálida.
En el fondo, los sentimientos de ambos iban un poco más allá que el de solo una amistad o hermandad, sin lograr solidificarse nada o establecer nada. Enamorarse siendo parte de la sociedad a la que ellos pertenecían, específicamente, siendo ellos quienes eran, podía ser una cruel trampa que era mejor pasar de largo. Ahora con la certeza de poder estar juntos se sonreían mutuamente con la promesa de un futuro en conjunto.
Los obsequios intercambiados en aquella ceremonia eran meramente simbólicos: Barras de inciensos, telas tejidas por el propio Tooru en el caso de los Oikawa, y carne de venado cazado por el propio Shoyo. Fueron presentados uno a uno y las familias intercambiaron sus registros familiares para que ambos corroboraran que los futuros esposos eran legalmente solteros. Firmaron los acuerdos, y estos también fueron firmados por los contrayentes. Sólo había una clausula que permitía la ruptura de ese compromiso y esta englobaba tres escenarios:
-Muerte.
-Enfermedad mortal.
-Encuentro del compañero destinado.
Los tres casos le parecieron horribles y de mal gusto a Shoyo, y al ver la expresión de Tooru al momento de leer supuso que pensó lo mismo, pero nuevamente intercambiaron miradas y coincidieron para reír. Ambos adolescentes firmaron y el compromiso estaba concreto. Se tomaron las fotografías correspondientes, debido a que el príncipe recién cumplía 16 años, las fotografías y la noticia se haría pública en dos meses más durante una fiesta de gala con más invitados. Sin contar que eso dependía en medida de la salud del emperador, si esta desmejoraba el anuncio al público y la prensa se a postergaría hasta que el ambiente fuera el adecuado.
Esa ceremonia duró alrededor de tres horas y apenas pudo se disculpó para ir al baño, aunque la realidad es que necesitaba salir de ahí. Nuevamente ese sentimiento de ahogamiento, de sofoco... de ansiedad. Mientras caminaba iba aflojando lentamente el nudo del haori oscuro con verdaderas intenciones de quitárselo pero sabía que si lo hacía acabaría por arruinar su atuendo y había tardado toda una guerra en ponérselo. Sus pasos se apresuraron por los pasillos pasando de largo el pasillo que llevaba al sanitario y la guardia lo seguía de cerca. El patio interior del palacio principal donde se encontraban actualmente, aunque no estaba cerrado al público, si se encontraba bastante alejado de la multitud y dudaba que alguien se hubiera adentrado tanto entre la espesura de los árboles que servían como barrera natural, sin contar con la reja de red que había para delimitar así como la seguridad que custodiaba las inmediaciones donde se encontraba la familia imperial.
Shoyo bajó las escaleras de prisa quitándose de prisa la banda ceremonial y dejándola por ahí tirada, la escolta se apresuró queriéndolo interceptarlo pero Shoyo los alejó con una orden silenciosa, era el futuro emperador y ellos obedecían.
¿Por qué de pronto se sentía con una carga aún mayor?
Estaba bien, de acuerdo y feliz con su matrimonio concertado con Tooru, era algo que había deseado y se cumplía, ¿Entonces porqué de un momento a otro se sentía enfermo y una parte de su cerebro parecía diluirse en ácido letal y corrosivo? Restregó su rostro notándose sudoroso. ¿Sería su celo?
Sí era el caso, eso sería muy malo debía de regresar lo antes posible, pero sus piernas se movían por inercia y agitado parecía saber hacia dónde iba sin importar que de forma consciente él lo ignoraba. Mojaba sus labios y se encontraba salivando como si estuviera sediento y hambriento de días enteros. Contradictorio. Como un perro enfermo y envenenado. Sí. Esa era la mejor forma de describirse: Envenenado. ¿Y si en verdad lo habían envenenado? Negó y de pronto estaba en el patio jadeando contra un árbol, flexionado contra sí y con los espasmos irrumpiendo su sistema. Su vista nublándose y el olor a bosque e invierno se propagó lentamente, sin darse cuenta ya estaba corriendo con una necesidad enloquecedora.
Oikawa que se encontraba en el balcón del salón también tomando aire y bebiendo una copa de champaña pudo notar casi de inmediato la cabeza roja de su prometido correr e internarse en el patio, dio un sorbo a su bebida pero enseguida notó también que no iba con él un solo guardia. Torció los labios y entró casi de inmediato para cruzar por el medio de la pequeña recepción privada y encarar al jefe de seguridad que al escuchar la demanda del futuro consorte pidió explicaciones del porqué el príncipe imperial se adentraba a los jardines sin seguridad y envió rápido a alguien.
Era peligroso que Shoyo anduviera por ahí solo, algo en el propio instinto de Oikawa lo alertaba, y fue justo ese presentimiento en conjunto de su obsesiva forma de mantener todo bajo estricto control lo que le hizo salir también detrás de los agentes aún contra las demandas y las miradas del resto de las personas. De pronto la princesa Masako sintió una descarga que le hizo estremecer y Yoshida, su esposo, sintió la misma perturbación pero no con la misma intensidad de su mujer.
Algo estaba pasando.
Y los dioses podían afirmar que realmente algo dramático y grave estaba pasando. Pues apenas Kageyama logró burlar el perímetro y avanzar un par de metros hacia la zona que estaba evidentemente restringida, ante los ojos horrorizados de Ukai y Takeda, fue sometido a la fuerza por un grupo de agentes de seguridad. Que se debatían entre arrestarlo o llevarlo a la enfermería. Por suerte todos los agentes de seguridad, en su mayoría alfa, solían tener un control riguroso de supresores de celo por si algún asistente a ese tipo de eventos entraba repentinamente en celo o sencillamente trataba de usar sus feromonas para obrar en contra de la seguridad pública, de otro modo probablemente hubieran atacado ahí mismo al estudiante que de forma sorpresiva y sin aviso empezó a expedir fuertes feromonas haciendo evidente el estado en el que se encontraba.
Un par de agentes trataba de disipar al público mientras que otros se encargaban de asistir al estudiante mientras que Ukai se apresuraba a inyectarse los supresores y Takeda alejaba a los compañeros de Karasuno que sobrecogidos querían ayudar a su amigo, pero ellos, aún conscientes, se daban cuenta que era peligroso estar ahí. Habían salido corriendo detrás de Kageyama apenas este sin motivo aparente había decidido correr hacia una zona que no tenía nada de especial, o al menos eso era en apariencia.
Lo que nadie, en su más remota y alocada imaginación llegó a contemplar es que escalando por la misma barda por donde Kageyama intentaba escalar momentos antes pero del otro lado (del lado que estaba prohibido), una cabeza rojiza se asomaba y después un rostro sonrojado y sudoroso que hizo silencio en todos los presentes. Los ojos índigo de Tobio se cruzaron brevemente con los color ocre que parecían restarle belleza al mundo.
—¡Su majestad! —gimió alguien que enseguida lo reconoció pero a Shoyo no le importaba nada de eso. Su atuendo era desarreglado completamente desaliñado como si hubiese corrido un maratón pasando toda clase de obstáculos, y es que así era, había escapado, literalmente, de la gente de seguridad que en un intento fallido por detenerle había optado por seguirle.
—¡Suéltenlo! —gritó haciendo uso de algo que jamás había usado y retumbó en los oídos de todos haciendo que de forma casi inmediata la guardia soltara a Kageyama.
Tobio con la temperatura aún siendo notoria en sus mejillas enrojecidas en un brillante rojo y la respiración tibia, exhalando el vaho de su propio calor se sentó como pudo porque apenas podía mantenerse totalmente consciente y sus piernas no le reaccionaban, sus ojos índigo al borde del llanto por una extraña desesperación que repercutió de forma directa en Shoyo que sin notarlo en dos movimientos ya estaba del otro lado de la barda.
Aterrizando con esa destreza de la que era presumido ante sus competidores en aquellas justas deportivas organizadas para su propia entretención. Su cuerpo se sentía como un imán magnético que estaba reaccionando de pronto a esa existencia que delante de él le suplicaba por ayuda.
¿Qué clase de ayuda?
La que fuera.
Porque ni uno ni otro entendía lo que estaba ocurriendo, sólo sabían que de pronto el eje de la tierra había perdido su lugar y se centraba en ellos, que el mundo podía seguir su camino porque ellos seguirían el suyo, que ya no eran Kageyama Tobio el colocador huraño de primer año del equipo varonil de volley en Karasuno y novio de Sugawara Koishi el senpai de segundo año o Shiino Hinata Shoyo futuro emperador de Japón y prometido de Oikawa Tooru el heredero de la casa Oikawa, simplemente eran Alfa y Omega reaccionando al más puro e inocente instinto de su propia casta humana.
La guardia se redobló casi de inmediato ante la presencia del futuro emperador, que absortó en los ojos azules se acercó con cuidado hacia Tobio y tragó saliva al ver su mano herida ante los maltratos sufridos segundos antes como respuesta al mismo intentó por encontrarse, sin desearlo se habían llamado y ellos reaccionaron de la peor manera posible: buscándose desesperadamente. El calor del cuerpo de Tobio desapareció lentamente pero su aroma no dejó de ser un aroma seductivo para que Shoyo pronto estuviera a su lado y echando mano de todo su autocontrol colocara su propio haori sobre el cuerpo trémulo del desconocido de cabellos oscuros, que asustado lo observaba fijamente. Asustado por no saber qué estaba ocurriendo y por apenas controlar su cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó con la voz baja, de pronto salió más ronca, varonil, qué podía saber Hinata y Tobio sintió un estremecimiento que lo hizo flexionarse por completo sobre si mismo, el calor regresó de golpe y el aroma enloqueció por completo al alfa.
No importaba que fueras el mismísimo emperador de Japón, si el celo llegaba, tú tenías que responder a él.
—¡Capitán! —gimió Oikawa agitado mientras que uno de los agentes reaccionaba ante la brutal escena de un dulce Shoyo convirtiéndose en un depredador que saltaba hacia Kageyama y el resto de los policías conteniendo a los compañeros de aquel chico así como al maestro que intentaba de ayudar de alguna manera para separar al alfa y omega que inherentes al mundo parecían adentrados en su propia realidad.
Shoyo sintió un piquete en su cuello y después, lentamente, perdió el conocimiento. En el breve lapso entre recobrar para luego perder su cordura reconoció dos cosas:
1.- El chico delante de él tenía que ser la madre de sus cachorros.
2.- En casa lo iban a asesinar.
(Y probablemente ese chico también lo iban a asesinar).
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Anotaciones del fic:
"Shiino": Significa literalmente "Príncipe imperial", y se le denomina así a todos los hijos que son directos del emperador, en esta caso como Shoyo es heredero al trono de forma directa, aunque es nieto del emperador, se le da el tratamiento de Shiino Shoyo.
"O": Significa literalmente "Príncipe en segunda línea". Se le denomina de está forma a todos aquellos que son nietos del emperador o parejas consortes de los príncipes. Aunque Oikawa se case con Shoyo él no sería un "príncipe imperial" porque es consorte de Shoyo, y lo máximo que alcanzaría es este tratamiento de "O Tooru".
El resto de las palabras evocadas del idioma contienen su explicación en el fic, pero si existen dudas pueden escribirme y con placer se las resuelvo.
-Yukiona.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
¡Gracias por leer!
