Cronopios del autor: Gracias por leerme.

ADVERTENCIA: Yaoi.

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El emperador cuervo y el hacedor de deseos.

Por St. Yukiona.

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La decisión de los dioses.

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Jamás había tomado mucha consciencia a su condición como omega. Su primer celo fue una simple fiebre desprendiendo un aroma bastante común y un poco de agotamiento, que le bastó sólo recostarse en la enfermería tomar unas píldoras de emergencia que podían comprarse incluso en las tiendas y listo, como nuevo dispuesto para ir a los entrenamientos de vóley. De hecho en ocasiones su madre y su padre dudaban sobre su segundo sexo pues no presentaba los rasgos distintivos que todo omega presenta: Tobio alto, tenía una fuerza desbordante y su actitud para nada iba con el típico estándar. Había sacado la mierda de un par de alfas que se habían metido con él, solo eso bastó para que el acoso durante la secundaria acabará porque nadie le iba a poner etiquetas.

Kageyama Tobio no estaba interesado en encontrar una pareja, preocuparse por ser omega, o el sexo siquiera, mientras sus demás compañeros follaban como conejos y algunos ya tenían embarazos prematuros que muchas veces acababa en tragedia, él tenía sólo cabeza para una cosa: Una colocación perfecta y limpia.

Su temperamento de los diez mil demonios le costó en más de una ocasión problemas, sobre todo en la escuela secundaria, sin embargo en la preparatoria había prometido que las cosas serían diferentes. Iwaizumi-senpai se lo dijo muchas veces: El vóley no es un juego individual, es un juego en equipo, y cuando los seis juegan los seis son más fuertes. Con la mentalidad trabajada y su mirada en volverse profesional, romper el paradigma del omega frágil incapaz de entrar a las ligas mayores del deporte, fue que se enfocó en jugar aunque fue por esa misma época que conoció a Sugawara Koushi y las cosas fluyeron aún de una mejor manera. Lo más cercano a un enamoramiento, besos castos y manos cogidas debajo de la manta cuando viajaban a partidos de práctica, así de puro e inocente el primer amor.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz artificial blanca sintió nauseas y unas horribles ganas de golpear a lo primero que tuvo enfrente, sin embargo eso fue precisamente Sugawara que le cogía la mano, el tacto del senpai estaba frío y su pulso era trémulo, podía sentir la mirada preocupada del mayor sobre él y quiso extender su mano cogerle las mejillas y decirle: "No llores", sin embargo no tenía fuerza para ello. Estaba confundido.

—¿Puedes oírme, Kageyama-kun? —preguntaba la voz del senpai.

Kageyama afirmó con un movimiento de cabeza. Aunque el toque de la mano de Koushi era algo a lo que se había acostumbrado de pronto le pareció un poco inapropiado, desagradable, insatisfactorio y apartó la mano lentamente sintiéndose avergonzado de su actuar. Kageyama se incorporó con lentitud y vio a Ukai-sensei y a varias personas más en aquella habitación que sin duda alguna se asemejaba a la sala de un hospital. Vino un fuerte mareo que lo hizo flexionarse hacia el frente. Varias manos se apresuraron a contenerlo y Kageyama los apartó.

—Lo siento... estoy bien —nuevamente se avergonzaba y el aroma del omega se hizo más fuerte casi en el instante en que gimió Tobio adolorido. Su nuca ardía, y su cuerpo parecía tibio, una leve fiebre que desconoció de pronto e hizo a Koushi alejarse lentamente de él. Sin embargo giró la mirada hacia la puerta, en ese instante más de uno sintió el fuerte aroma que atacó cuando la puerta se abrió y al girarse se quedaron en blanco los presentes, tanto las personas que atendían a Kageyama como Sugawara y Ukai-sensei. Detrás de aquella pequeña persona había un grupo considerable de gente también, aunque era diferente el aire de unas y otras.

—Su alteza —susurró uno de los médicos haciendo una rápida reverencia, todos lo imitaron.

Shoyo jadeaba agitado, quizás había corrido o el inhibidor de alfa aún no surtía todo el efecto pero su corazón latía desaforado y sus mejillas rojas indicaban lo que su cuerpo por dentro sentía.

—Tú-ú... —azuzó ignorando al resto de personas.

Kageyama miró un poco ansioso al chico delante de él. Ambos intercambiaron miradas. Era un cabeza más pequeño que él, su cuerpo ataviado de aquella forma elegante y tradicional le hacía ver mucho más grande de lo que realmente tendría que ser y podía notar por su gesto un cansancio acumulado. ¿Qué ocurría con esa expresión de terror y agotamiento? Tobio quería tocarlo, revisarlo y acostarlo para que durmiera, quería averiguar si el cabello era realmente naranja o solo era tintura o si el tacto de su mano era realmente tibia o fría. De pronto la habitación dejó de tener más personas y antes de que alguien pudiera preverlo alfa y omega estaban a un palmo de distancia mirándose como dos exploradores. Sus miradas en ningún instante se habían separado y fue Shoyo el primero en alzar su mano tocar el rostro del moreno.

—Menos mal... no estás herido —sonrió de forma grande y deslumbrante el sol de la familia imperial.

Jamás había tomado mucha consciencia a su condición como omega. Jamás hasta ese momento en que su alfa destinado le sonrió, y supo que no había vuelta atrás.

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—¿Cómo se encuentra, O-Tooru? —preguntó cortésmente Aiko que se acercaba con una charola donde resaltaba un tetera del tipo occidental de cerámica artesanal y pequeñas tazas a juego. El castaño alzó la mirada casi de inmediato mientras sonreía con amabilidad a la institutriz de la familia imperial. Él se había retirado a una de las varias salas de té de la residencia principal después de cerciorarse que el príncipe fuera descansado en una de las habitaciones. Él necesitaba un espacio para pensar en lo que había ocurrido las últimas tres horas.

Tres horas y su había dado un violento vuelco.

—Estoy bien —respondió con calma.

Aiko le dio una mirada más y sirvió el té con reverencia para entregarle la taza al omega que lo cogió entre sus delgados dedos para dar suaves sorbos, su mirada se encontraba clavado en los jardines, desde la segunda planta de la construcción donde se encontraba se apreciaba toda la extensión privada de los jardines reales, y de los árboles más cercanos se apreciaban las copas rebosante de verde.

—Cómo se esperaba de un omega educado en una cuna real —dijo la mujer con calma. Tooru giró la mirada a ella, notando como tomaba asiento a su lado, ella misma llevaba una taza de té entre sus manos—. A pesar de que el mundo está ardiendo alrededor tú te encuentras tranquilo y contemplando la belleza más allá de la desgracia que te empuja. No te dejas llevar al fondo.

—Desde el fondo no puedo ver la luz del sol, Aiko-san —respondió el castaño con una sonrisa renovada. Sus ojos bajaron a su te verde.

—Siempre hay formas para cancelar la clausula, O-Tooru —comentó la anciana.

Oikawa abrió de golpe los ojos, giró su mirada hacia la mujer, y una oleada de satisfacción llegó a él, pero no logró abarcar su corazón, por el contrario, se quedó en vilo con los labios entreabiertos. Dejó la taza en el platito y ésta a su vez en la mesita ratona frente a él. Acomodó con ambas manos el regazo de su yukata de gala.

—Los destinados son cosas de dioses, Aiko-san —expresó seriamente el omega—. Intervenir en sus designios sobrelleva una condena mayor a la que cualquier humano puede otorgar, sólo el Shiino Shoyo podría decidir, nosotros solo somos marionetas a su voluntad —se incorporó haciendo una respetuosa reverencia con su cabeza—. Con permiso.

—O-Tooru —habló la mujer sin sorprenderse u ofenderse, otro sorbo a su bebida, sabía que el castaño había detenido su marcha para escucharla—. ¿De verdad espera que me quedé quieta al ver que el omega que dará a luz al siguiente emperador viene de un pequeño poblado perdido y que es un muchacho cualquiera hijo de nadie?

—Los dioses hablaron, Aiko-san, y si yo fuera usted me abstendría de hacer cosas innecesarias —declaró el omega.

—¿Es una amenaza, O-Tooru?

—La única que ha estado lanzando amenazas, ha sido usted, Aiko-san... —tomó aire sin dejarse intimidar por la presencia de aquella mujer que se incorporaba lentamente de su asiento para girarse con paciencia y encarar al castaño, sus manos por enfrente de su vientre recargadas con sutileza y la expresión estricta pero comprensiva de toda la vida, no se adivinaba la furia y rabia que sentía por dentro, sin embargo en el gesto de Tooru era fácil de leer la determinación y convicción. Inclusive un poco de las feromonas del omega empezaron a emanar de su cuerpo como una advertencia silenciosa.

—No soy la única que piensa de esa forma, O-Tooru —contradijo ella.

La advertencia silenciosa adquirió color en la garganta y en la cabeza de Tooru. Durante toda su vida había seguido de cerca la existencia del príncipe, en muchas veces cogiéndole la mano cuando nadie más se atrevía a tomarla para consolarla porque los alfas no debían de llorar y mucho menos aquel que estaba destinado a volverse la cabeza de toda una nación, Tooru había nacido con muchos privilegios y era consciente de ello pues su madre y su abuela jamás se cansaron de hacérselo ver, él tenía al menos voto en la decisión de lo que iba a ocurrir con su vida pero Shoyo, Shoyo estaba solo y lo único que tenía era el consuelo de que siempre pudo haber sido peor: Haber nacido un omega rechazado y rezagado por todos como ocurría con todos los omegas nacidos bajo la estigma de la maldición que aquejaba a los Hinata y que el pelirrojo había roto. Tooru sólo quería la felicidad de Shoyo, aunque no fuera con él.

—Pues yo me encargaré de que el omega destinado para el emperador se encuentre a salvo, Aiko-san, será mi protegido hasta que Shiino Shoyo decida qué hará con él, con permiso —insistió haciendo una reverencia más y caminando, si Aiko lo llamó nunca lo supo pues enseguida hizo abrir las puertas para salir rumbo a la enfermería donde se encontraba aquel omega que le había robado en un segundo su futuro.

Mientras andaba por los pasillos podía sentir las miradas de soslayo de los trabajadores que apresuraban su paso con reverencias cortas y silencios abruptos. Todos debían de saber a esas alturas sobre el destinado del futuro emperador y que él, el prometido quedaba en un limbo. Pero como antes él había dicho: Los destinados eran cosa de los dioses y nadie podía meter mano ahí, ni el mismo emperador.

—O-Tooru —anunció el chambelán cuando entró a una sala donde se encontraban más miembros de la corte de la familia imperial quienes hicieron el saludo protocolario, hasta que la ruptura del compromiso y la fecha para el nuevo compromiso se hicieran validos el tratamiento seguiría siendo el mismo. El "O-" delante de su nombre siempre fue algo con lo que soñó, pero ahora cada vez que lo llamaban de esa manera era una sensación de incomodidad total.

Palacio era su mundo pero ahora parecía estar fuera de sintonía total.

Apretó los labios y movió la mano para hacer que todos volvieran a incorporarse para seguir su camino hacia la habitación donde se encontraba el omega. Dos consejeros de la familia imperial se acercaron para notificar lo que estaba ocurriendo. Le explicaron que el príncipe había ido hasta el área de cuidados médicos para ver al omega y había hecho que descansará en una de las habitaciones de la residencia principal, mientras que la familia parecía caerse a pedazos tenían que seguir con las festividades protocolarias y los representantes buscaban a los familiares del chico para explicar la situación. Gente corría de un lado a otro. Tooru en un punto los hizo callar y suspiró cuando llegó hasta la puerta de aquella pieza.

Los guardias observaron al príncipe adjunto que ante un movimiento de cabeza los obligó a abrir la puerta. Ésta fue corrida y sintió el aroma a bosque adueñarse el sitio, esa misma habitación era la que él había usado las primeras veces que se quedó en aquel castillo cuando niño, conocía cada centímetro de la pieza y se sintió un poco celoso, sobre todo cuando notó dentro sentado sobre uno de los cómodos cojines a aquella persona a la que debería destruir pero que en cambio había jurado proteger de todo mal por la felicidad de su príncipe.

Kageyama se puso de pie, a la defensiva al momento en que la puerta corrediza hizo ruido y el aroma de menta y flores compitió opacando su propio aroma. Alguien nuevo entraba a la habitación. Todas las personas que había Tobio visto ir y venir eran impresionantes, con su elegante ropa, sus exagerados modales y su gesto siempre sereno, le recordaban a los personajes de algún drama de época sin embargo todas ellas palidecían ante la presencia del joven futuro emperador que antes había visto y que sin problema su instinto reconocía como su destinado, no obstante debía de reconocer que probablemente la segunda persona más asombrosa después del futuro emperador era esa que se posaba delante de él, con su delgado cuello y una hermosa expresión en el bello rostro. En palacio todos parecían criaturas maravillosas y Tobio se sentía doblemente confundido, nervioso y hasta un poco asustado, no obstante, su temperamento prevalecía y el inhibidor estaba haciendo efecto dejando a flote el horrible malhumor del colocador de aquella preparatoria en aquella provincia lejos de Tokio.

Oikawa escuchó la puerta cerrarse detrás de él.

Probablemente ya estarían hablando los familiares y el resto de la comparsa imperial que le habían visto entrar a la habitación del omega, pero qué más le importaba. Se acercó curioso el castaño con ese aire altivo que lo distinguía, con sus manos por detrás de su espalda y sus zapatos haciendo crujir el tatami de la pieza.

¿Ese era el chico al que el destino le había sonreído y la gracia le brillaba en el rostro? Era un chico bastante común, salvo quizás por sus ojos azules y oscuros, tenían un especial matiz, uno peligroso. No lucía como cualquier otro omega, pero tampoco era la muñequita que se esperaría que fuese. Parecía más un beta, o incluso un alfa de mediana gama, pero por lo visto se trataba de un omega, el destinado del Sol de la familia imperial, el futuro emperador, el chico que había amado en silencio durante tantos años.

—¿Tobio-chan, cierto? —preguntó Tooru.

Kageyama afirmó con un movimiento suave de cabeza, aunque ofendido y molesto por el apelativo.

—Soy Oikawa Tooru —dijo señalándose el castaño—. Tranquilo, seguramente te han hecho un montón de preguntas y te han hecho sentir incómodo, ¿No? —cuestionó Oikawa mientras caminaba hacia el lugar donde antes estaba sentado Kageyama, sin embargo en lugar de tomar lugar se dirigió a la puerta corrediza, misma que abrió y detrás apareció uno de los jardines internos y privados de ciertas habitaciones. Tobio no era la clase de persona sensible a los paisajes exóticos ni mucho menos a las dramáticas vistas de un jardín tradicional, sin embargo agradeció que el lugar se ventilara, quizás ese omega vestido de yukata también se sintiera enajenado con el aroma de ambos revolviéndose y convirtiéndose en algo desagradable.

Oikawa se flexionó para sentarse en el pasillo exterior. Kageyama se vio en la necesidad de seguirlo, conocía a muchos omegas, porque Karasuno no separaba a sus alumnos omegas, betas y alfas, sin embargo ninguno era como el que estaba ahí con él. Sus movimientos parecían estudiados pero fluidos, elegantes pero no exagerados, y todo él parecía manufacturado por manos artesanas y expertas. El modo en que acomodaba su yukata y se flexionaba para recoger un pétalo de flor que se había desprendido para luego dejarlo ir en una casual corriente de aire le hacía sentir dentro de alguna novela. Se sentó a su lado sin intentar imitar el movimiento del otro.

—¿Conociste ya a su majestad, no? —preguntó Oikawa mirando a Kageyama y éste gruñó moviendo la cabeza.

Después de que Shoyo lo tocará recordaba que le había retirado la mano con un manotazo.

—¿Quién demonios te crees para tocarme tan casualmente?

A lo que todos parecían írsele encima pero el pelirrojo rompió la tensión con una risa cristalina que le hizo las piernas temblar. Después había sido llevado hasta ese lugar y había estado contemplando a la nada durante un buen rato. Se preguntaba si pronto lo iban a dejar salir o qué iba a ocurrir. Estaba confundido, y se rascaba la nuca.

—Sí, lo conocí hace un rato —respondió al verse presionado por la mirada del otro omega.

—No pareces muy feliz —inquirió Tooru—. La mayoría de las personas siempre sueña con un encuentro fortuito que terminé en un conveniente arreglo o algo por el estilo, sobre todo si de pronto tu "destinado" es alguien rico pero tú te has saltado la barda, y tienes en la palma de tu mano al futuro emperador de Japón, que va... —agitó su mano mientras reía.

—¿Está intentando decir que era algo que yo quería?

El tono enfadado y la mirada penetrante del menor sentado a su lado hicieron que Oikawa dejará de reír, volvió su rostro hacia el chico y ladeó la cabeza.

—¿No te parece conveniente, Tobio-chan? Después de todo tu vida y la de tu familia se resolverá.

Kageyama ladeó el rostro y un aura siniestra envolvió al moreno.

—No entiendo de qué está hablando, Oikawa-san, le pediré que deje de llamarme de esa forma y deje de decir estupideces —advirtió Tobio y Oikawa paró en seco el parloteó, su sonrisa también se torció mientras estuviaba la interesante expresión que Kageyama Tobio le estaba regalando. Dejó sus dos manos sobre su regazo sin apartar la mirada del moreno.

—Tendrás que acostumbrarte a ese tipo de comentarios, Tobio-chan —señaló Oikawa y sonrió maliciosamente—. De verdad eres un omega particularmente curioso, distinto... no me esperaba menos para el destinado del Shiino Shoyo —se incorporó en dos movimientos fluidos alisando su ropa—. El destino no es algo contra lo cual puedas luchas, Tobio-chan, pero tampoco tiene que ser algo tan cruel y malo como crees —suspiró—. Las cosas siempre pueden ser mucho peor... un omega con hijos y una alfa terminó por encontrar a su destinado a sus cuarenta años, el destinado resultó ser un violador, pedófilo que más pronto que tarde terminó en convertirse en asesino después de que su omega diera a luz a su segundo hijo... sus hijos aún siguen con secuelas en su cuerpo y en su cabeza por haber visto a su padre asesinar a su otro padre y después ellos volverse el platillo principal de la bestia que les tocó como progenitor —contó y Kageyama estaba congelado ante la anécdota—. Así que por favor... no mire este encuentro como un desafortunado episodio de su vida... será duro, será difícil, quizás muchas veces querrás desistir... y yo sería el más dichoso en verte fracasar —confesó en un tono venenoso que hizo paralizarse a Kageyama no obstante el castaño prosiguió—. Pero dicen que quien encuentra a su destinado, y éste le corresponde, encuentra la gracia de los dioses, Tobio-chan.

—...—el moreno se sintió doblemente confundido.

—El príncipe es alguien noble, amable y humilde, hará lo que tú le pidas sin importar lo que el resto ordenen o griten... habrá mucha gente que te diga que es imposible, que jamás va a funcionar que incluso son un fatídico error... también lo cree una parte de mí —otra vez ese tono lleno de injurias que acababa por ser aún más peligroso por la sonrisa tranquila del omega—. Sin embargo lo mejor que se puede hacer en estos casos es dejar que nuestro instinto hable... el destino nunca se equivoca...

—¿Está... tratando de ayudarme? —preguntó Kageyama mirando a Oikawa caminar a la salida.

—En lo absoluto, tú no me interesas y para mí sería mucho más conveniente que desaparecieras, Tobio-chan...

—¿Entonces...?

—Es por el príncipe, Tobio-chan, él en verdad me importa, le tengo estima y creo que el país ganará prosperidad cuando le toque gobernar, sin embargo detrás de un gran hombre siempre hay un apoyo incondicional, una piedra angular, si tú eres esa piedra angular y ese apoyo para mi príncipe... entonces tú te vuelves en alguien importante para mí, Tobio-chan.

Kageyama Tobio tragó saliva sin saber qué más decir, y ante el mutis Oikawa Tooru sonrió.

—No confíes en nadie, Tobio-chan, si requieres algo puedes mandarme a llamar. Tus padres llegaran pronto —hizo una reverencia el omega mayor antes de deslizar la puerta para salir. Tobio hizo una pronunciada reverencia antes de incorporarse y ver la puerta cerrada. Con calma volvió a sentarse en el cojín que crujió y se tiró al tatami con los brazos extendidos y su mirada fija en el techo cuidadosamente decorado con una hermosa pintura que narraba seguramente algún pasaje histórico que él mismo desconocía. Le sonaba a algo ese techo pero su cabeza no daba para averiguar si lo había visto de casualidad en la escuela o en algún programa de televisión.

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—Sabía que te iba a encontrar aquí —murmuró una voz detrás de él y Oikawa sobresaltado se giró. No había sentido a Shoyo llegar. Limpió rápidamente su rostro y sonrió.

—Usted sabe siempre dónde encontrarme, príncipe Shoyo —inquirió de buen humor Tooru y Shoyo se recargó del balcón. El festival estaba a punto de alcanzar su momento clímax: La clausura con los juegos artificiales, se supondría que ambos deberían de estar en un banquete en honor de su compromiso pero de pronto se encontraban uno a lado del otro con el gesto roto reflejo de su corazón.

Oikawa se recargó también del balcón, y ambos sin saber veían a la misma estrella arriba en el cielo, el ruido del festival tenía alcance hasta donde se encontraban ellos y Shoyo seguía sintiéndose un poco mareado.

—Aiko-san me ha pedido que te marqué en tu siguiente celo para así invalidar la clausula del contrario de compromiso —soltó Shoyo.

El príncipe podía ser bastante imprudente y carecía de total tacto para tratar temas difíciles, sobre todo porque era pésimo lidiando con el estrés de sus asuntos personales. Tooru lo sabía de sobra pero no dejó de impresionarle la tranquilidad con lo que el pelirrojo lo había dicho. Su corazón palpitó fuertemente dentro de su pecho, una parte de él se encontraba emocionada porque si Shoyo se lo estaba informando era porque lo había considerado pero enseguida negó.

—Espero que le haya dicho que no, mi señor.

—Tooru —llamó el pelirrojo mirándolo.

—Shoyo —su mirada se giró hacia el menor. Los guardias les brindaron privacidad cerrando la puerta que llevaba a aquel balcón en el instante en que Shoyo alcanzó el rostro del omega que mancillado en llanto le sonreía con dulzura, el ambiente se había puesto frágil, como cristal debajo de pies vestidos de botas pesadas y toscas—. No somos quiénes para interferir con esa decisión, no nos corresponde a nosotros, Enano —las lagrimas no dejaban de brotar y su voz sonaba convencida, una trágica escena que a Shoyo le supo maravillosa, por más que sus dedos buscaban desaparecer el rastro del llanto era imposible, su tacto no era suficiente y su boca buscó la del contrario pero Oikawa fue más veloz en detenerlo de los hombros.

La mirada empañada de dolor de Tooru y la de Shoyo se encontraron antes de coger aire un momento y buscarse en medio de esa tristeza, al tanto los fuegos artificiales rompían la tranquilidad del cielo ese 21 de junio.

—Cualquier cosa que quieras... no dudes en pedirla, Tooru.

—Quiero dos cosas, Shoyo...

—Dime.

—Quiero permanecer a tu lado... y quiero ser quien se haga cargo de tu omega... lo convertiré para ti en una persona a la que nadie pueda decirle no. Eso es lo que los dioses quieren, es lo que yo quiero... —tu felicidad.

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St. Yukiona.

Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.

¡Gracias por leer!