Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
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El emperador cuervo y el hacedor de deseos.
Por St. Yukiona.
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Jugar volley.
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La señora Kageyama alisó una vez más su obi mientras que el señor Kageyama parecía por primera vez incómodo en un traje de vestir (la corbata le apretaba y algo le molestaba en sus zapatos), acomodaba sus lentes con aparente calma a pesar de que los nervios los tenía destrozados desde la llamada de su mujer avisándole que habían llamado de la escuela y que dos personas que decían ser representantes del Palacio Imperial y de gobierno estaban en la sala de su casa.
En aquel momento el señor Kageyama dejó de hacer lo que hacía, y aunque era sumamente importante terminar los planos para el edificio de Sendai del que estaba a cargo su pequeño bufet de arquitectos, era más importante su familia. No iba mentir diciendo que era el esposo o el padre más devoto de la vida, porque eso era una gran mentira, sin embargo el día en que bebió sake de la misma copa que Tsubaki prometió amarla y respetarla hasta el final. Veinte años después ahí estaba sentado a su lado con solemne gesto en espera de ser recibidos.
Él era un alfa de mediana gama, y ella una beta, se habían conocido durante la preparatoria y se casaron por amor, auténtico y verídico amor. Ese mismo que le obligó a llevar su mano hasta la mano de su mujer para apretarla suavemente, la mujer giró su mirada para cruzarla con las de su esposo y volvió a respirar. Según la información que sabían Tobio, su único hijo, era el predestinado del futuro emperador y no sabían que era lo más impresionante si no la historia de cómo se habían encontrado o que Tobio estuviera sentados con ellos bostezando y mirando por la ventana como si nada hubiera ocurrido.
Tras un viaje de varias horas en auto dentro de uno de los autos imperiales sin insignias habían llegado directo al Palacio Imperial, y enseguida fueron conducidos donde su hijo descansaba acompañado por otro chico más que de inmediato se despidió para darles privacidad, y las explicaciones fueron dadas desde la perspectiva de Tobio, pues a ambos padres se les informó con lujo de detalle de todo.
—¿Señores Kageyama? —preguntó una anciana que salía desde la puerta que había al final del corredor.
—Sí —se incorporó primero Kageyama Kenjiro, ofreciéndole la mano a su esposa que lo siguió.
—Es un placer —dijo la mujer haciendo una reverencia—. Soy Sakaki Aiko, la tutora de su Alteza Shiino Shoyo —expresó con calma, observando de forma general a los padres del chico, podía notar a simple vista que no era una familia que fuese a causar conflictos, al menos no del tipo desagradable. Ambos padres lucían bastante educados y elocuentes, además de que los atuendos elegidos eran acertados para la ocasión, no le complacía la situación sin embargo debía de sacar lo mejor de todo ese desastre, sobre todo por la declaración de Oikawa Tooru de coger a Kageyama Tobio como su protegido, si era el caso, ella no podía simplemente ir contra los deseos de alguien de la corte, mucho menos si en virtud aún era el prometido de su Alteza.
—El placer es nuestro —dijo Tsubaki con una pequeña reverencia.
—Su Alteza la princesa Masako y el príncipe Takahiro, padres de Shiino Shoyo los atenderá, como deben de saber su Majestad ha estado sumamente delicado de salud y es imposible que sea él quien los atienda, por lo cuál la situación será tratado por los príncipes y el concejo... dada la naturaleza del problema —Kenjiro apretó levemente los labios incómodo y ahora fue tiempo de que Tsubaki le acariciara discretamente la mano para calmarlo—, es importante que los concejales estén presentes, así como ustedes, el señor Tobio y Shiino Shoyo, sin embargo les explicaré el protocolo de interacción.
Los Kageyama se vieron entre sí, afirmaron e inició el curso rápido de quince minutos sobre protocolo, modales y primeras impresiones. Todas esas referencias Oikawa-san se las había dado a Tobio, por lo cual el chico seguía con su mirada absorta a los jardines que desde la ventana donde se encontraba lucían precioso. Había cierta presión en su pecho que lo hacía sentir inquieto pero que de alguna otra manera le hacía sentir... ¿completo? Era casi la misma sensación que tenía después de hacer una colocación limpia y a ritmo de los rematadores, una extraña satisfacción que lo llenaba. Quería irse de ahí pero al mismo tiempo... a pesar de toda esa innecesaria atención quería permanecer un poco más.
—¿Están listos? —preguntó Aiko.
Tsubaki repetía en su cabeza cada una de las indicaciones y afirmó, Kenjiro asintió también mientras que la mujer tomaba aire para guiarlos hacia el interior de la sala de juntas. Con los labios arrugados formando una línea recta en su rostro restirado y gesto altivo hizo abrir las puertas.
—Señor Kageyama Kenjiro, esposa y el señor Kageyama Tobio —anunció el chambelán. La esposa iba más atrás de su esposo por protocolo mientras que él hacía una reverencia pronunciada, al incorporarse después de contar hasta cinco notó las miradas de las personas ahí.
—Pasen, por favor —dijo una voz y aturdido por los diferentes aromas, la fuerte luz de la lámpara suspendida en el techo, Kenjiro avanzó—. Shiino Shoyo —corrigió esa misma voz, Kenjiro se detuvo de golpe y frente a él haciendo una reverencia, el futuro emperador de Japón.
—Su Alteza —murmuró Tsubaki y su marido pero Shoyo negó.
—Por favor, no se preocupen por las formalidades —expresó con calma y una sonrisa suave, algo nerviosa—. Es un placer que estén aquí, por favor —él los llevó hasta unos sillones que estaban dispuestos para ellos, los ojos caoba fueron hasta los zafiro de Tobio y ambos sostuvieron miradas largo rato, era innegable la conexión que existía y la estática que respondía. El moreno alzó la barbilla con las mejillas sonrojadas, airado ante el gesto coqueto que de pronto el alfa pelirrojo había lanzado, y éste un poco retraído por su actitud volvió a su lugar, avergonzado se sentó.
Tobio se dejó caer en el sofá junto a sus padres, frente a ellos los padres de Shoyo y éste en uno individual.
Los seis involucrados se encontraban en silencio sepulcral. Los Kageyama lanzando miradas hacia los príncipes padres de Shoyo y de vez en vez a su hijo que con brazos cruzados y mejillas sonrojadas se negaba a ver otro lugar que no fuera la pared. Aiko aclaró la garganta.
—Bueno...
—¿Juegas vóley, cierto? —interrumpió enseguida Shoyo ignorando olímpicamente que Aiko estuvo a punto de hablar.
Tobio rodó la mirada hasta el alfa y movió la cabeza en una suave afirmación.
—Es colocador —dijo Tsubaki—, su Alteza.
—Genial —sonrió Shoyo.
—Shiino Shoyo también juega vóley —mencionó Takahiro el padre de Shoyo y Tobio pareció de pronto interesado—. Y tenis, practica tenis —expresó con una sonrisa—. Es muy bueno en ambos deportes, suele jugar siempre que tiene tiempo con Tooru-kun —señaló al castaño que estaba más allá de pie junto con el resto de los concejales. Tooru no era concejal pero se le permitía estar presente por el simple detalle de que era el actual prometido.
—Oi —habló Tobio y Aiko se puso de todos los colores—. ¿Qué posición juegas? —los concejales empezaron a murmurar un poco escandalizados, Oikawa silbó desviando la mirada rápidamente—... Su alteza —carraspeó lo último.
—Juego como rematador —respondió Shoyo, ahora parecía más emocionado—. Tooru también es colocador como tú.
Tobio ahora miró con intensidad al otro omega que se quedó de piedra, desviando la mirada removiéndose con un poco de incomodidad y Shoyo soltó una alegre carcajada.
—Tobio-kun —habló el pelirrojo—, da mucho miedo —expresó con una sonrisa grande—. Hasta me siento un poco intimidado —agregó volviendo a reír.
—Oi —se quejó el moreno y Tsubaki no pudo evitar soltar una suave risa que hizo sonreír a los otros dos príncipes. Los concejales seguían hablando entre ellos. Y Shoyo observó lo incomodo que parecía estar el padre de Tobio.
—Aiko-san.
—¿Su Alteza? —se acercó la anciana hasta él.
—¿Podrían traer un poco de té y pastel de castilla para los señores Kageyama, un poco de leche tibia para mí y ¿Tobio-kun quieres algo? —preguntó otra vez sonriendo.
Tobio frunció los labios y desvió la mirada negándose a responder, Shoyo aguardó hasta que se dio cuenta que esperar sería inútil, suspiró—. Y pídale a los concejales que se retiren, por favor.
—Pero Su Alteza —habló Aiko.
—Ellos sabrán entender —sonrió con amabilidad el alfa, la mujer hizo una reverencia girándose hacia los miembros de la corte quienes tras una reverencia conjunta empezaron a retirarse—. Tooru.
—¿Su Alteza? —se acercó el castaño con la cabeza inclinada esperando ordenes.
—¿Puedes quedarte?
—Si usted lo pide con gusto me quedo, Su Alteza.
El pelirrojo sonrió y el castaño volvió al sitio donde estuvo antes. El menor suspiró mirando a los padres de Kageyama, quienes sorprendidos, observaban en silencio como el pelirrojo daba las órdenes. No había persona en Japón que no conociera a Shoyo, el único alfa de la familia imperial después del propio emperador, sin embargo para Tsubaki era encantadora la forma en que se dirigía con respeto hacia los demás a pesar de ser uno de los alfas más poderosos del mundo, por su lado, Kenjiro podía notar esa fuerza en las decisiones del chico, incluso con sus padres delante de él había tomado todas las decisiones, pero ahora que quedaban en intimidad cedía a sus progenitores la palabra con una mirada.
—La situación es delicada —dijo Masako con voz calmada—. Shoyo es el siguiente emperador de Japón —explicó y los Kageyama se sintieron estúpidos, eso lo sabían de sobra y era obvio que todo el asunto era complicado—. Lo ideal sería que Tobio-kun y Shoyo se comprometieran de inmediato.
Pero la idea le horririzó a Tobio que giró su mirada con un brillo asesino en ella hacia la mujer que hablaba.
—Me niego —contradijo enseguida Shoyo, los padres de Tobio lo observaron al igual que los propios, Tooru y el propio Tobio. Shoyo entrelazó sus dedos—. Tobio-kun está en la preparatoria, ¿cierto?
El moreno desvió la mirada otra vez sonrojado, se sentía como un imbécil pues estaba jugando el papel de idiota, en cualquier otro momento hubiese reaccionado con violencia gritando un: Es mi jodida vida, pero una mirada a ese par caramelo y sentía el cuerpo derretirse como cera expuesta a fuego intenso. Asintió apenas con la cabeza.
—Pero son destina- —Shoyo hizo callar a su madre con un movimiento de mano—. Puede tomar clases de etiqueta para que-
—No quiero que decidan sobre Tobio-kun, ni yo, ni ustedes, ni nadie —el pelirrojo observó a los padres del moreno, después sus ojos rodaron hacia el aludido—. Sin embargo... —bajó brevemente la mirada—, quisiera que dejaran venir a Tobio... si Tobio quiere, de vez en cuando al palacio... para mí salir...
—Es más complicado de lo que sería meter a Tobio-kun al palacio —intervino Tooru. Shoyo le sonrió al castaño, y los ojos zafiro se afilaron ante las miradas complices que se lanzaban esos dos. Aclaró su garganta llamando la atención de los presentes.
—¿Y qué ganarías tú entonces? —Tobio entrelazó sus dedos inclinándose hacia el frente—. Quieres que venga al palacio ¿con qué propósito exactamente?
—Conocernos, Kageyama-kun.
—¿Y si me niego?
La desilusión fue evidente en el gesto del pelirrojo y Tooru arrugó la nariz aguantando las ganas de golpear al insolente moreno, la puerta fue tocada y entró Aiko con lo solicitado, té y pastel, leche para Shoyo.
—Entonces iré a Sendai donde vives.
Aiko que servía miró atónita al príncipe al igual que el resto de los presentes, y Tobio frunció más el gesto.
—Me niego.
—La piedra es dura, pero la gota que caía sobre ella durante tanto tiempo la hizo cambiar hasta que se volvió un cuento donde el agua encontró hogar —recitó Shoyo. Kageyama ladeó el rostro.
—¿Me estás diciendo cabeza dura?
—¿Ah? —Shoyo negó—. En lo absoluto... aunque... —desvió la mirada.
—Oi —se quejó Tobio y Shoyo soltó otra suave carcajada, los padres de éste así como Tooru y Aiko se mantuvieron en silencio, era normal ver con una sonrisa al príncipe heredero pero escucharlo reír... era una bendición de la que creían no ser merecedores nunca más.
...
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Tooru mientras que revisaba la agenda de Shoyo del día siguiente, el príncipe se cambiaba de ropa tras una mampara.
—¿Con qué?
—Tobio-kun, desde luego.
—No lo sé —respondió con sinceridad.
—Pues en la reunión con sus padres parecías muy seguro de lo que estabas haciendo.
—Tú lo has dicho... en la reunión —salió con una camisa negra y unos pantalones de franela con la insignia imperial, cogió la bata de seda que se puso camino a su escritorio.
—¿Planeas desposarlo?
—...—era un tema delicado que no quería tocar con Oikawa, sin embargo el castaño era su mejor amigo, quizás el único y no tenía con quien más hablar sin sentirse un poco acorralado, por lo cual suspiró sonoramente y descansó ambas manos sobre su regazo—. No sé cómo explicarte lo que siento cada vez que lo veo... en un principio planeaba decirle: Regresa con tus padres, muchas gracias y disculpa las molestias pero... —recargó su mano en el mentón pensativo—, imaginar que otra persona le sostenga la mano, se siente a su lado en el cine, compartan del mismo tazón de comida, tengan intimidad, se casen y después vengan los niños... me... enoja —sonrió a pesar del gesto extraño y molesto—. Es... un sentimiento de posesión y de eso estoy cien por ciento consciente así que...
—Quieres probar si te enamoras y de paso lo enamoras a él... ¿no? —suspiró Oikawa y se acercó dejando la hoja de papel con los detalles del día siguiente, su mano cayó pesada frente al príncipe y él se alejó—. Te dije que me haré cargo de él, así que ve consiguiendo a alguien que haga esto por ti... —meció la mano en el aire como si no le importará realmente—. Y cuando tengan a su primer hijo lo deberás llamar ¨Tooru" —declaró con simpleza tomando su abrigo del respaldo del sillón que había en la salita de la alcoba.
—¿Qué-é dices? Tooru —llamó Shoyo a su hombre de mayor confianza.
Tooru se giró sobre sus talones.
—Shoyo... es imposible que alguien no te ame... y si el destino ha decidido que ustedes fuesen las dos mitades de algo más grande y maravilloso sólo hará falta que se conozcan para que se amen... no será fácil, pero si puedo contribuir de alguna manera a que eso pase pues... adoraré tener un favor con el Emperador —guiñó coqueto antes de salir, la escolta abrió la puerta de inmediato y el omega siguió andando, la escolta salió detrás de él dejando al alfa solo.
—¿Le pedimos el transporte para llevarlo a casa, O-Tooru?
El castaño alzó la mirada y negó.
—Caminaré hasta allá... gracias —se despidió con una sonrisa avanzando.
Salió del intricado y opulento camino que llevaba hacia los aposentos personales del futuro emperador acompañado de la escolta hasta los pies de las escaleras que lo llevarían a las plantas inferiores. Bajó por las escaleras sonriendo a la servidumbre con la que se encontraba y rápidamente lo reverenciaban con devoción y ánimos, incluso los omegas parecían encantados ante la presencia del castaño. Que con paso calmado esperaba paciente a salir de la casa principal del palacio imperial, quería llegar a casa para darse un largo baño y olvidarse de a poco de todo lo sucedido. Hubiera sido lo ideal de no notar la cabeza oscura que sobresalía por la alta estatura de aquella persona.
¿Qué demonios estaba haciendo Kuroo Tetsuro ahí? Con ganas de pedir que lo encerraran y le cortaran la cabeza, lo ejecutaran y después sin más... siguió su camino hacia la salida, tratando a toda costa de no toparse con él, aunque al girar sintió la mano de Kuroo arrastrarlo hasta un rincón ante los ojos indiscretos de la servidumbre que siguió trabajando y transitando como si nada hubiese pasado. Oikawa se apartó de golpe y torció la sonrisa.
—Gato callejero, siempre con tus modales anunciando tus orígenes... ¿Qué quieres de mí que sea tan urgente para traerme de esa forma tan vulgar hasta un lugar apartado? —se relamió los labios mirándolo a los ojos.
El tono de desafío que brillaba en las iris grises y ese salvaje gesto, que los dioses ayudaran a Tooru que buscaba alejarse tanto como fuera posible del mayor.
—No te hagas el interesante, Oika'a-san —resolvió dejando una mano contra la pared a lado del rostro de Tooru que enarcó la ceja—. Escuche que por algún motivo tu compromiso con Su Alteza será removido... ¿Te da cargo de conciencia el casarte con una persona que no es tu destinado o es capricho tuyo hacer correr rumores para volver todo más interesante?
Tooru soltó una alegre carcajada.
—Kuro-san, el único que se está inventando cosas en su cabecita eres tú... ¿Acaso es tan aburrida la corte que tienes que recurrir a hacerte novelas? —dejó una mano sobre el pecho del moreno y lo empujó lentamente para abrirse camino—. Lo que pase no es asunto tuyo, y si lo es... entonces estás lanzando tus feromonas de alfa dominante hacia un camino incorrecto... deberías apuntar más arriba, Kuro-san... y con suerte puedes ser usado de tapete real —acomodó su yukata antes de volver a caminar pero la mano de Kuroo lo sostuvo, el castaño contuvo la respiración, el toque del gato ardía en su piel y el contacto lo debilitaba.
¿Eso era lo que Kageyama Tobio sentía al ver al futuro emperador? Estúpido omega pueblerino, rechazando el regalo que de pronto habían decidido darle.
Apartó la mano de golpe y volvió a andar con más presura, con urgencia, sentía los pasos de Kuroo detrás suyo hasta que se paró en seco al tener de frente a Kageyama Tobio que con un balón de vóley debajo del brazo y un palito de brocheta en la boca lo observaba fijamente.
—Oika'a-san —llamó Kuroo tras él, y Oikawa se apresuró a coger de la mano a Tobio para llevarlo con él hacia otro punto de la propiedad. Giró su cabeza varias veces rogando que Kuroo no los hubiera seguido, luchando porque Kageyama no se soltara y buscando un lugar seguro donde poder hablar. Al encontrarlo, un kiosko en medio de los jardines, le arrancó el palito de paleta de la boca.
Su pulso estaba acelerado, los oídos le pitaban y su pecho lo sentía asfixiar.
—No puedes andar así como así por el palacio —regañó bruscamente empezando a sudar frío. El cuerpo le dolía y sentía muchas ganas de llorar.
—¿Qué mierda estás diciendo? —rezongó Kageyama acercándose amedrentador al castaño, pero al ver las señas particulares que lanzaba Oikawa sus ganas de buscar riña cedieron—. ¿Te encuentras bien?
—¿Por qué rechazas al príncipe? —preguntó Oikawa recargado del barandal del kiosko flexionado un poco hacia el frente.
—¿A Shoyo? —respondió y sus mejillas se tornaron rojas, Oikawa torció la sonrisa al ver la reacción, suspiró rascando su frente.
—Vale... ¿Qué es lo que de verdad te preocupa? ¿Salías con alguien? ¿Es la corte? ¿Vivir el cuento de hadas o...
—El torneo de Interpreparatorias —dijo de inmediato Kageyama sin pensarlo.
—¿El qué...?
—El torneo de Inter-preparatorias de Voley. Inicia en unas semanas y yo estoy aquí perdiendo el tiempo en lugar de estar entrenando.
De pronto el malestar se le pasó y la mente se le colapso por unos instantes, negó, quizás había oído mal, y estaba alucinando producto ocurrido de su encuentro con Kuroo. Miró fijamente a Tobio.
—¿Qué dijiste?
—Que el torneo de Inter-preparatorias.
—¿Eso es por lo cual no quieres aceptar nada de su Alteza?
—Tú no lo entenderías, no es "eso", es un paso para volverme un jugador profesional y poder seguir jugando. Mi meta es permanecer más tiempo en la cancha.
Los labios de Oikawa se entreabrieron, sintió verdaderas ganas de abofetear al menor, no obstante contuvo la respiración de forma prolongada por segunda vez en el día. El baño que se iba a dar sería largo, largo y muy caliente, con muchas sales relajantes.
—Además... sería complicado.
—Dioses... —suspiró Tooru—. Si quieres jugar... díselo al príncipe —volvió a adoptar su postura, mucho más tranquilo y comprendiendo de a poco al huraño omega que tenía delante suyo. En cierta medida, Kageyama Tobio le recordaba un poco a Hinata, y sonrió—. Si no se lo dices, él asume que lo odias o te desagrada... supongo que es difícil cuando la persona que te gusta te ignora —trataba de no pensar en su penosa situación con Kuroo Tetsuro.
—Él no me gusta y yo no le gustó a él, es cosa de... —¿Genética? ¿Naturaleza? ¿Instinto? ¿Cómo lo habían explicado en clases? Diablos. Negó—, sólo es algo de nuestro segundo género... pero ni él sabe nada de mí ni yo nada de él.
—Claro que no lo sabe porque se acaban de conocer hace dos días... pero si te niegas a que él se acerque ¿Cómo no sabrás que él puede ser tu mayor fan?
—¿Mi mayor fan?
Tooru sabía que una vez que entrabas a la realeza la vida te cambiaba completamente, sin embargo, soñar no le costaba nada, y ayudar un poco a dos desorientados chicos tampoco afectaba. Quizás lo que decía iba a tener consecuencias fatales porque si en un futuro Tobio y Shoyo se casaban, Tobio tendría que dejar el vóley, pero ¿de verdad cuántas posibilidades existían de que Tobio tuviera madera de profesional? No lo había visto jugar pero era imposible que fuera alguna especie de genio. Estaba arriesgándose al llenarle el corazón de burbujas pero Tooru quería ver feliz a Shoyo.
—Habla con Su Alteza y exponle la situación.
Tobio se quedó pensativo y torció los labios.
—Si encuentran una solución y quieres seguir adelante —arrastró las palabras, desvió la mirada y bufó—. Búscame y te ayudaré... pero si prefieres darle la espalda al destino, igual mucha suerte, Tobio-kun —hizo una breve reverencia y se detuvo—. También procura de que no mucha gente se entere sobre... —hizo un corazón en el aire refiriéndose a que era el destinado de Shoyo—. Podría traerte problemas... —advirtió volviendo a andar.
—Oikawa-san... —masculló Kageyama y llevó su mirada hacia la residencia que había a sus espaldas. Le había dicho a sus padres que saldría un momento para despejar la mente, y estos aceptaron, descansaban en una de las casas de invitados dentro de la propiedad del palacio imperial. Torció los labios ya había oscurecido, pero aún era "razonablemente" temprano. Se preguntó qué era lo que tenía que hacer para hablar con Shoyo, no podría adivinarlo, y hablar que quería jugar vóley frente a todos le resultaba incómodo, por lo cual, sin mucho drama, volvió sus pasos hacia la residencia principal. Se detuvo en seco y se giró corriendo hacia donde el otro omega se había ido.
—¡Oikawa-san! —gritó y el castaño se detuvo en seco girándose por el escandalo—. ¡Oikawa-san! —volvió a gritar y el castaño miró para todos lados.
—Te oí la primera vez que intentaste despertar a todos... ¿Qué ocurre? —preguntó abrazándose en un intento por cubrirse más de lo que el haori negro le cubría.
—¡Quiero ver a Shoyo!
—Príncipe Shoyo —lo corrigió el castaño con un golpe con el abanico que sacó presto de la manga de su yukata. Bufó y desvió la mirada—. ¿Lo quieres ver ahorita?
—Puede llevarme con él, ¿cierto?
—Si lo pidieras con más ama-
—¿Puede, Oikawa-san?
El castaño bufó con más fuerza y gruñó exasperado cogiéndolo de la mano para guiarlo hacia la parte trasera de la residencia. Entraron por un camino privado que los llevaría hacia los pisos superiores donde estaban los aposentos privados del príncipe.
—En el último piso se encuentran las habitaciones del emperador... en uno más abajo están las de Shoyo y una más abajo están la de la familia imperial... por lo cual es importante que me sigas de cerca —explicó Oikawa—. Se supone que ni siquiera yo debería entrar ahí...
—¿Y por qué conoce este camino?
Tooru miró a Tobio y golpeó como respuesta su cabeza con el abanico nuevamente.
Retrocedieron hacia los salones de té, y subieron por una escalera secundaria que utilizaban las mucamas para llevar comida a sus altezas. Kageyama pisaba los talones revestidos de finos tabis de Oikawa que asomaba la cabeza en cada esquina para apresurarse y apresurar al otro omega que cada tanto boqueaba sorprendido a las exuberantes muestras de riqueza. Grabados y pinturas antiquísimas. Revestimientos de seda, oro y plata, lámparas talladas que se notaban muy antiguas. Él no era conocedor del arte pero no era estúpido –no tanto—como para no saber apreciar cuando algo lucía "lindo".
Avanzaron varios pasillos más hasta uno largo, al final una puerta corrediza que tenía una pintura hecha sobre madera laqueada y un enorme crisantemo de oro sobre el marco.
—Ahí es la habitación del príncipe —masculló Oikawa. Debían de pasar por el corredor justo a la altura de las escaleras, mismas que eran custodiadas por dos hombres de la guardia imperial—. Debes pasar rápido, sin hacer ruido... porque ni siquiera a ti te perdonarían el estarte metiendo a hurtadillas a la habitación del príncipe heredero —anunció en leve susurro y Kageyama tragó saliva, afirmando—. Ahora ve.
—Oikawa-san.
—¿Qué?
—Gracias —Tobio no sonrió, aunque a Tooru le pareció ver auténtico agradecimiento en esos ojos azules que pronto se fijaron en su objetivo.
El chico corrió con pies lo más ligero que pudo, los guardias ni siquiera parpadearon, y respiró con tranquilidad cuando estuvo del otro lado del corredor, una débil luz iluminaba esa sección del pasillo y lo agradeció pues de ser contrario su sombra lo habría delatado. Se detuvo delante de la puerta y su mano titubeo en correr la misma. Observó con ojos de admiración la esmeralda y la madreperla incrustada en la agarradera, se sentía suave y fría a su toque. La empujó haciendo un suave ruido, la pesada madera se deslizó y Kageyama se introdujo en una pequeña abertura, volvió a cerrar la puerta y el aroma concentrado de lluvia y sakura le revoloteó en todo el cuerpo haciéndolo sonreír de forma inconsciente, giró su cuerpo mirando su rededor. Había una malla que parecía de plata que revestía una de las paredes, era irregular como sus pensamientos inconstantes en ese momento, arriba unas lámparas tradicionales en el techo y otras más distribuidas hábilmente a lo largo de la habitación. Almohadones entorno a un único sofá, todos de la misma seda brillante y roja que eran un deleite radiante al presentarse. Caminó más acercándose al escritorio sencillo pero con puntas alicadas en oro grabado que acarició con detenimiento. Había algunas hojas y unas plumas desordenadas, sonrió de medio lado al ver la fea caligrafía del alfa y acarició la tinta ya seca.
Siguió andando pasando por la puerta abierta hacia lo que era el espacio de la cama y encontró una del tipo occidental desordenada con más papeles regadas sobre ella, y para su sorpresa, un balón de vóley. La habitación estaba cubierta por cortinas de terciopelo; el que rodeaba la cama poseía un color bermejo que daba la sensación de un eterno crepúsculo, y la melancolía del fino tatami desprendía una fragancia deliciosa al ser combinada con la de la sakura y la lluvia, el aroma de Shoyo, el corazón le latió rápidamente a Kageyama.
Más allá, cerca de la ventana un mueble de color caoba sostenía un cuenco de jade y agata, dentro una flor de loto flotante y un libro a lado de aquella preciosa escultura. La yema de su dedo tocó el agua y se dio cuenta que era aromática.
—Supongo que fue Tooru el que te indicó el camino —Kageyama saltó en su lugar girándose con violencia hacia atrás, de una puerta aledaña salía Shoyo. Usaba su bata de seda y sonreía con la misma alegría que le había mostrado por la tarde cuando se reunieron por la tarde—. Aunque debo de admitir que no esperaba que fueras tan osado para entrar sin siquiera tocar —agregó sin dejar de sonreír—. ¿Acaso Tobio-kun me quiere atacar? —jugó con sus cejas y Tobio se indigno.
—Estúpido no haría algo como eso.
Shoyo abrió mucho los ojos pues nadie jamás lo había llamado estúpido, soltó una alegre carcajada.
—Eres interesante, Kageyama —inquirió caminando hasta su cama para sentarse, se cruzó de piernas con elegancia innata—. Si haz hecho todo el recorrido hasta aquí supongo que quieres hablar de algo.
Tobio chasqueó la lengua.
—Vine a... —desvió la mirada y gruñó—. A... a decirte que eres un estúpido.
Shoyo se quedó callado y volvió a reír.
—¿De qué demonios te ríes?
—Vale, dejaré de molestarte, Kageyama... por favor, dime qué puedo hacer por ti... —se incorporó y avanzó varios pasos hacia él, el moreno se alejó hasta que sintió detrás de él la pared.
—Vine a decirte que eres un estúpido y que... quiero jugar vóley.
—¿Quieres jugar vóley?
Kageyama afirmó.
—¿Ahorita?
—No seas estúpido... —Kageyama suspiró acercándose para sentarse en la cama, desvió la mirada, estaba nervioso pero un poco más calmado que antes, meditó sus palabras—. Me refiero a que... quiero jugar volea, siempre, mi meta es permanecer en la cancha, ganar para seguir jugando...
—¿Y qué te lo impide?
Los ojos zafiro se fijaron en el pelirrojo.
—Oh... —éste bajó la mirada—. Sabes que yo seré el siguiente emperador, ¿No?
—Lo sé.
—Venga pues... a pesar de que seré el emperador de un país hay un montón de cosas que no puedo hacer, entre ellas lo que yo quiero —Shoyo jugó con sus pies descalzos. A Kageyama le parecieron bonitos porque eran pálidos y delgados—. Sin embargo... como dije antes, no voy a decidir por ti, ni nadie más... ni siquiera tus padres, si quieres jugar voley, entonces hazlo.
—Pero...
—Si tú quieres, y tienes un poco de tiempo... me gustaría que vinieras aquí... —sonrió débilmente Shoyo—. Sé que es una patada en el hígado el asunto de los destinados pero cuando te veo... me siento tranquilo —bajó el rostro—. Kageyama no tiene idea de todo lo que pasa aquí... o mas bien... lo que no pasa aquí —apretó en sus manos la cobija y la alerta interna de Kageyama se encendió.
—Idiota no estés triste, tienes un montón de sirvientes que te trae comida deliciosa ademas de una vista increíble... no sé si lo notaste pero las puertas de tu alcoba tienen piedras preciosas —explicó Kageyama—. Además de que medio mundo te ama...
—¿Tú me amas, Kageyama? —preguntó Shoyo mirándolo fijamente con un toque travieso en los ojos almendrados.
El moreno entreabrió los labios y después bufó empujando al pelirrojo incorporándose.
—Sabes a lo que me refiero, así que no estés triste ni pongas esa cara de come-mierda.
—Cara de come-mierda —repitió Shoyo parpadeando confundido.
—Vendré cuando esté listo... pero tú también debes de hacer lo que quieras —señaló—. ¿De acuerdo?
Sí, Kageyama Tobio era bastante interesante.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
¡Gracias por leer!
