Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya The Lost Canvas son propiedad intelectual de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. Fic sin fines de lucro.


Pedazos de sueños.

III._ Después de la misión.

Gioca y Mangoldo habían regresado del Yomotsu a la —ahora inexistente— mansión de Nero, en donde Albafica les esperaba tranquilamente.

—Uff… ¡Vaya aventura! —exclamó Gioca, llevándose ambas manos a la cabeza y revolviéndose los cabellos negros—. ¡Apenas puedo creer todo lo que acaba de pasar! ¡Jamás olvidaré esta noche! ¡Ustedes son increíbles!

—¡Claro que lo somos, mocosa! —exclamó Manigoldo, acercándose a ella para sacudirle la cabeza de manera traviesa—. Los tres, por supuesto. También estuviste aquí.

Gioca rio divertida y Albafica sonrió.

—Ya me veo contándole lo que pasó hoy a mis hijos, y a los hijos de mis hijos —bromeó, mirándolos con una enorme emoción titilando en sus ojos oscuros.

—¿Contarles a tus hijos que cuando eras apenas una chica te vestías de chico y una vez fuiste con dos muchachos a pasar una noche loca en una iglesia llena de excesos pecaminosos? ¡Joder, qué buena historia! —siguió Manigoldo, riendo tranquilamente.

—Aunque ahora que lo pienso… —continuó Gioca, con una sonrisa malévola en su rostro. Manigoldo al notarla, reconoció cierto parecido con sus propias sonrisas cuando se traía algo entre manos—. ¡Ya no voy a poder casarme cuando sea grande! ¡Albafica se ha robado mi pureza! —exclamó dramáticamente.

—¿QUÉÉ? —Manigoldo volteó a ver su amigo, y el santo de Piscis sólo atinó a regresarles la mirada sin entender.

—¡Pero yo no hice nada! —exclamó, sin poder comprender de qué trataba todo.

—¡Claro que sí! —lloriqueó Gioca, apenas aguantándose la risa—. ¡Has visto algo que nadie debía ver! —aclaro, señalando a su remera rota, la parte en donde había tenido que hacer un nudo para cubrir su pecho debido al ataque que había recibido por parte de Yudo de Perro Negro.

—¿Te refieres a…? —Albafica ni terminó de decirlo, estaba más que claro que Gioca se refería a que él había visto parte de una desnudez suya que no le había correspondido ver—. ¡Lo siento, no fue mi intención!

—¡Ay, Albafica! ¡Ya ves lo que provocas! —le regañó Manigoldo, también aguantándose la risa y siguiéndole el juego a Gioca—. ¡Ahora ya no va a poder casarse!

—Pero… pero… —Albafica se rascó la cabeza—. No creo que sea tan grave… nadie tiene que enterarse.

Escuchó que Gioca gritaba más, fingiendo que lloraba.

—¿Crees que mi pureza no es importante? —preguntó con los ojos brillosos.

—¡No! No me refiero a eso, Gioca… —dijo, negando con las manos, mirándola preocupado y un poco sonrojado por los aprietos en que lo habían metido—. ¡Seguro que hay una solución!

Manigoldo tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no carcajearse, porque el santo de Piscis realmente se miraba consternado. Podría decir que hasta le causaba ternura la solemnidad de su amigo.

—Claro que hay una solución —dijo Cáncer, adoptando un porte serio, como si de verdad sintiera la frustración de Albafica. Gioca dejó de fingir que lloraba para voltear mirarlo, lo mismo que Piscis, pues también viró sus ojos cobalto hacia su compañero de viaje.

—¿Qué solución? —preguntaron los dos, al mismo tiempo.

—¡Vas a tener que casarte con ella, Albafica! Obviamente ahora no, es muy pequeña ¡Aguardarás algunos años! —exclamó Manigoldo, con una extensa sonrisa reflejada en su rostro altanero— ¡Qué bien, me gustan las bodas! ¡Mucha comida y bebida! —pero apenas terminó de decir eso, su estomago rugió como si se tratase de un león.

Hubo un silencio extraño por unos segundos, antes de que Gioca comenzara a reír. Contagiados por sus risas, tanto Albafica como Manigoldo también echaron a reír amenamente.

—No puedo creerlo, ¿Tienes hambre, Manigoldo? —preguntó Albafica, apenas conteniendo las carcajadas.

—Obvio —respondió, con una cara que respaldaba la desfachatez de aceptar que se moría de hambre.

—¡Pero comimos antes de la misión!

—¡Sólo fue una pieza de pan! ¡Pelear contra Nero me quitó muchas energías! —se excusó, rascándose el pómulo, un poquito avergonzado.

Gioca estaba que se abrazaba el estomago de tanta risa que había soltado en apenas un momento. Demoraron un par de segundos riendo y luego sólo se dedicaron a recuperar el aire. Sin embargo, de repente Albafica abandonó su rostro tranquilo y los miró con unos ojos profundos y serios.

—Gioca, Manigoldo —les llamó, con un tono de voz intenso. Los aludidos lo miraron con intriga por el repentino cambio de animo del joven—. Ya tengo la solución para el asunto con la pureza de Gioca.

—¿Eh? —preguntaron los dos al mismo tiempo. A decir verdad, ya hasta se les había olvidado.

—Voy a borrar mi memoria —expresó, con una determinación en su rostro tan profunda, que no les quedó duda de que decía la verdad.

—¿Qué? ¿Pero cómo vas a hacer eso? —preguntó Manigoldo, sorprendido porque los límites de nobleza y solemnidad de Albafica estaban llegando a un nuevo nivel, pero también aceptaba que le daba curiosidad el saber como supuestamente Albafica eliminaría sus propios recuerdos.

—Con una de mis rosas —explicó, mientras lo veían esbozar una rosa roja—. Enterrándola en mi cuello, puedo hacer que se introduzca a mi sistema nervioso y a través de él acceder a mi cerebro para eliminar la memoria sobre lo que pasó con Gioca.

Sus receptores lo miraron horrorizados.

—Oye Albafica, no es necesario… —comenzó Gioca, temerosa por la seriedad del santo de Piscis.

—Claro que lo es —respondió él—. Yo mismo te lo he dicho, tu pureza no me parece un asunto de poca cosa.

—¿Alguna vez has hecho esto? —preguntó Manigoldo, todavía sin terminar de creer lo que su amigo decía.

—No. Mi maestro Lugonis sabía hacerlo, pero yo nunca lo he intentado… Aunque de lograrlo, quizá los olvidé por completo a ustedes —expresó, con la misma seriedad—. ¡Bien, aquí voy!

Lo vieron acercar la rosa a su cuello y gritaron hasta que se les acabó él aire, al mismo tiempo que corrían hacia él con toda prisa.

—¡No, espera Albafica! ¡No lo hagas, no tienes qué hacerlo! ¡ESPERAAAAA!

Extendió la mano para que se detuvieran y así lo hicieron. Se quedaron en silencio, hasta que Albafica, luego de mirarlos con seriedad, amplió los finos labios sobre su rostro, demostrando una sonrisa malvada.

—Sus rostros… —susurró, haciendo alusión a las expresiones aterradas de los otros dos, y luego sin aguantar más tiempo, empezó a reír con fuerza.

A los otros dos apenas les tomó un segundo comprender todo.

—¡Argh, maldito! ¡Me la creí entera! —bufó Manigoldo, luego volvió a carcajearse con ganas.

—Ahora sé que no se bromea tan fácil contigo, Albafica ¡Casi me sacas el alma y mira que eso es especialidad de Manigoldo! —dijo Gioca entre risas. La muchacha estaba tan cansada por toda aquella travesía y la falta de aire, que terminó tirándose al suelo mientras continuaba con el ataque de risas.

Manigoldo le siguió, también recostándose sobre el suelo, mientras continuaba riendo. Albafica, a una distancia más prudente, se sentó al otro lado de Gioca. Después de tanta risa, estuvieron en silencio un momento para recobrar el aliento. Sus miradas se encontraron con el maravilloso cielo oscuro y salpicado de estrellas.

La noche nunca le había parecido hermosa a Gioca hasta ese momento. Por primera vez en su vida, las estrellas no se miraban tan lejanas a ella que siempre se había sentido como una basura. Por primera vez en su vida, se sentía parte de ellas, sentía en su interior una energía fluir con dulzura y fuerza al mismo tiempo. Un par de lágrimas bajó de sus ojos y pasó a formar un camino de plata sobre sus mejillas sucias.

—Albafica, Manigoldo —llamó, con una voz suave. Ambos la voltearon a ver y notaron como entrecerraba los ojos, más lágrimas le siguieron a las primeras, como estrellas fugaces brillando en sus ojos que reflejaban la vastedad del universo—, gracias… De verdad, gracias —pudo pronunciar, antes de que la voz se le quebrara.

—No hay nada que agradecer —respondió Albafica. Manigoldo sonrió.

La dejaron llorar a gusto, pues sabían que eran lágrimas de tanta risa y alegría. Gioca se sentía liviana, como si por primera vez sintiera su alma vibrar dentro de ella y su cuerpo no fuera una jaula que la limitara. Ahora, gracias a Manigoldo y Albafica, ya no tendría que vivir robando, ni soportando los abusos de Lumaca. Ya no se sentía como una herramienta a través de la cual se puede obtener algo. Ya no se sentía objeto, sino persona. Era libre, como las estrellas en el cielo. Libre.

—Parece que cerramos con broche de oro —comentó Manigoldo, luego se irguió para sentarse sobre el suelo. Gioca hizo lo mismo, sin embargo, antes de que alguien dijera algo más, se volvió a escuchar otro rugido de un estomago que reclamaba por alimentos.

—Tenemos que hacer algo con tu hambre, Manigoldo —dijo Albafica, mirándole con curiosidad.

Gioca soltó una risita traviesa.

—En realidad esa fui yo —respondió apenada. En ese momento los dos caballeros dorados ahí cayeron en cuenta de que Gioca no había probado bocado antes de la misión, y a decir verdad no tenían ni idea si había comido aquel día siquiera.

—Yo digo que vayamos por una pizza —sugirió Manigoldo.

—Vamos.


NdA: Muchísimas gracias a Tepucihuatl-Shun y Adilay Vaniteux por sus preciosos reviews. ¡No saben lo mucho que me animan! Les mando un fuerte abrazo :3