Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya The Lost Canvas son propiedad intelectual de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. Fic sin fines de lucro.
Pedazos de sueños.
VII._ De mujeres y libros.
Kardia soltó un pesado bostezo. Al momento en que cerró los ojos, un par de lágrimas se exprimió entre sus parpados, haciendo declaración de su mirada cansada, deseosa de prestarse un sueño reparador.
—¿Ya podemos parar, Degel? Quiero ir a dormir.
—Ya sólo nos falta un estante.
El caballero de Escorpio frunció el entrecejo y miró a su amigo, haciendo un mohín de disgusto y desesperación. Acuario por su lado, se veía bastante concentrado en los libros que se hallaba revisando en ese momento.
—Ni siquiera sé por qué estamos haciendo todo esto, Degel.
—¿Por qué? —Acuario dejó de observar el libro que traía entre manos y volvió la mirada fría a su compañero— ¿Preguntas qué por qué hacemos esto? ¿No lo has notado, Kardia?
—Ni una sola idea siquiera, Degel —respondió sin deje de vergüenza, para luego soltar otro bostezo. Por su lado, el joven alumno de Krest suspiró con resignación.
Se encontraban en la biblioteca de Acuario. Estaban clasificando todos los libros en una rubrica un poco… particular. Degel le había pedido a Kardia que le ayudara a revisar todos los títulos de los libros y hacer un ligero repaso de páginas para clasificar qué libros tenían autores hombres, mujeres, anónimos y no especificados, por decir que el escritor sólo utilizaba sus iniciales para firmar la autoría. También estaba el apartado de biografías en donde en lugar de clasificar el nombre del historiador, se clasificaba la figura pública que estudiaba en su libro.
—¿No has notado algo en tu lista, Kardia? —preguntó Degel. El joven de Escorpio se encogió de hombros.
—¿Cómo qué?
—No sé, algo —recalcó Acuario—. Las listas de clasificación también sirven para hacer estadísticas.
Kardia soltó un bufido y miró su rúbrica.
—Hmm… ¿Hay más autores hombres que en las otras secciones? —preguntó, al notar que la mayor desproporción existía entre escritores del género masculino, que con el resto de los apartados.
—Exacto —Degel le extendió su propia lista—. Los mismos resultados están aquí. Con respecto a los textos anónimos, se sabe que algunos fueron escritos encontrados, por lo cual sus autores son desconocidos. Pero ¿Qué hay de las mujeres y los libros? ¿Por qué el número de publicaciones es demasiado inferior al de los hombres?
—Quizá la literatura no es cosa de mujeres —Kardia se encogió de hombros—. ¿Sabes? ¡Yo las entendería bastante bien! —exclamó al recordar como sentía que sus ojos se adormecían cada que abría un libro.
—No lo creo —Degel suspiró—. Parece que estás olvidando que existe una ideología androcentrista mayoritaria en las diversas culturas del mundo. Incluso los antiguos filósofos como Aristóteles consideraban que la mujer era espiritual, psicológica, y físicamente inferior al hombre. De ahí, se cree que su intelecto está nublado por una neblina proveniente de las capacidades naturales otorgadas por el sexo biológico que "condicionan a la mujer a la subordinación" —dijo eso último, con un deje de fastidio.
Kardia se lo quedó mirando en silencio unos minutos y luego bostezó.
—Entonces todos creen que las mujeres son criaturas inferiores al hombre —dijo, después de un rato.
—Y el hombre se considera a sí mismo el ser perfecto —completó Degel—. Aristóteles consideraba a las mujeres «como un hombre incompleto» —continuó Acuario, con el mismo porte serio.
—Bueno, ¿Entonces estás diciendo que no hay muchas mujeres relacionadas con la literatura como los hombres porque se cree que son inferiores?
—Así es —Degel cerró el libro que hasta hace unos momentos ojeaba—. Al tener la idea de que una mujer no es versada en materia intelectual, se tiende a desacreditar su mérito. Es difícil que se les permita a las mujeres publicar libros; ¿Por qué crees que existen libros cuyos autores solo firman con sus iniciales? Y podríamos decir lo mismo de otros que son anónimos —expresó, un tanto frustrado.
—El mundo es cruel e injusto, y sus hombres pueden ser estúpidos, eso ya lo sabíamos —Kardia entrecerró los ojos—. ¿Solo para esto me hiciste revisar todos estos libros? ¡Teníamos los resultados desde antes de comenzar! —se quejó.
Degel lo miró herido. Kardia notó eso, lo cual se le hizo increíblemente extraño. Sin embargo, tan pronto la tristeza se tiñó en la mirada de Acuario, no faltó más que un par de segundos para que ésta desapareciera y las irises moradas regresaran a su natural aura fría.
—Lamento haberte hecho perder el tiempo, Kardia. Ya puedes irte a tu templo —comentó Degel, regresando a los libros que revisaba momentos antes.
Kardia lo miró extrañado. Se quedó en silencio un rato, preguntándose qué rayos pasaba por la cabeza de su amigo. Enfocó la vista en el libro que hasta hace unos momentos revisaba, era una biografía en donde se hablaba de una tal Hipatia de Alejandría.
—Oye… —comenzó, mientras ojeaba el libro que hablaba sobre aquella antigua filosofa y astrónoma. Revisando entre páginas se enteró que la mujer había sido una maestra famosa que se ganó el descontento de la religión cristiana y debido a varios sucesos, terminó siendo asesinada de una forma cruel: desollada—. ¿No tenías una amiga que escribía libros? Déjame recordar su nombre… ¿Florita? ¿Florecita?
—Fluorite —corrigió Degel, todavía enfocado en la tarea que lo atañía en esos momentos.
—¡Eso, ella! —exclamó—. Dime… ¿La petite fleur pudo publicar sus libros?
Observó que su amigo bajaba el escrito que estaba revisando y se quedaba en silencio un rato.
Et voilà... Había dado con el blanco.
Degel le dio la espalda y se marchó por el pasillo sin decir nada. Naturalmente, Kardia le siguió. Se dirigieron a la habitación que servía como estudio personal para el caballero dorado de la undécima casa. Ahí, en su escritorio se encontraban varios libros y hojas. El tintero y la pluma todavía bañada en aquel líquido negro, portador de ideas. Una vela moría estoicamente dentro de la lámpara.
Degel extrajo una carta del cajón en donde, cariñosamente, guardaba sus misivas. También de ahí sacó un paquete de hojas sin empastar.
—Esta es la última carta que recibí de Fluorite —suspiró—. En ella me explicaba que este libro —señaló el paquete de hojas—, que escribió ella, fue rechazado por la editorial —en ese instante, Degel cerró los ojos con pesadez—. Hace cinco años, cuando la conocí, ella se inició como escritora debido a que deseaba terminar el libro inconcluso que dejó su padre antes de morir. Cuando el libro fue publicado, lo hicieron como un escrito póstumo de su padre, sin darle ningún crédito a ella. Al principio, aunque esto no me pareció adecuado, ella me aseguró que estaba bien, que finalmente lo había concluido con las ideas que su padre le había contado sobre la historia, así que su trabajo se había reducido a escribir esas ideas en papel. Pero me prometió que escribiría un libro que fuera por completo suyo. Y aquí está.
Acuario tomó las hojas entre sus manos. Kardia notó que las tenía en buenas condiciones, después observó que Degel las miraba con tristeza.
—¿Y no la dejaron publicar por ser mujer? —cuestionó Kardia.
Su amigo asintió con la cabeza.
—¡Pff! ¡Qué drama! —exclamó Escorpio, algo fastidiado por la noticia—. La gente de verdad se arma un lío de cosas tan estúpidas. ¿Qué ser mujer es un problema? ¡Ojalá que Sasha no los escuche! Athena no viene a pelear para salvar la tierra sólo por gente que se creería mejor que ella.
Su amigo soltó una ligera risa. Se le miraba también cansado. Sin embargo, Degel realmente apreciaba la comprensión que Kardia estaba otorgándole en esos momentos, haciéndole saber que entendía la frustración que le causaba la desgracia ajena de una amiga suya y de una situación miserable que tristemente era normal para sus tiempos.
—Fluorite me envío el escrito original de su novela. Dijo que, si no iba a poder publicarla, sería un consuelo saber que al menos yo podría leerla.
—¿Y ya la leíste?
—Así es —Acuario le miró orgulloso, un brillo especial quemándose en sus ojos normalmente fríos—. Creo que, para ser la primera novela de una joven de dieciocho años, es bastante buena: en ella combina problemas y escenarios que recrean dilemas del pensamiento estoico, epicúreo y platónico, encarnados en sus personajes y sus decisiones con respecto a las circunstancias que les rodean, tanto de corte social como intrapersonal. Al mismo tiempo ella tiene la gracia de jugar con el lenguaje y los roles de quien es protagonista. Fluorite sin duda ha escrito algo interesante. Incluso algunos personajes están inspirados en mí y en ti —expresó Degel con una suave sonrisa.
—¿En mí? —cuestionó Kardia, sorprendido.
—Claro, le conté algunas cosas sobre ti en mis misivas. Es normal que conozca sobre ti.
—¡Vaya, esto sí me interesa! —sonrió altivo—. ¿Me prestas su libro? Quiero leerlo.
Acuario no se esperaba aquello, así que fue natural verlo ampliar los parpados por un segundo, a manera de ilustrar su sorpresa.
—Aunque te lo prestara, el texto está en francés —explicó Degel, mirándole con curiosidad—. ¿Crees poder leerlo?
—¡Claro que sí! —Kardia le arrebató las hojas a su amigo y las ojeó—. ¡Si me fui a la Nueva España y entendí todas las mentadas y maldiciones que me Calvera me dijo, claro que puedo leer francés!
Aquel comentario hizo reír a Degel.
—Si tú lo dices…
—¡Claro que sí! Te lo voy a demostrar —Kardia leyó el título del libro—. «Le chevalière du sang» que significa «El sello de sangre» ¿No es así? —preguntó Escorpio, con una clara sonrisa de satisfacción en el rostro.
Degel lo miró sorprendido.
—¿De dónde aprendiste…?
—¡Mucha charla! —le cortó Kardia—, mañana te regreso el libro.
Y sin decir más, dejando a Degel con la palabra en la boca, se fue.
El santo de Acuario suspiró y regresó a su biblioteca. Lo cierto es que Kardia había tenido razón en algo: le hizo revisar todos esos libros, teniendo el resultado desde el principio. Él ya había devorado todo ese conocimiento, conocía de memoria aquellas páginas que habían sido llenadas y explicadas en su mayoría por hombres que expresaban su entendimiento del mundo. Sin embargo, hasta ese momento Degel no se había percatado que muchos de ellos tenían un entendimiento limitado, que basaban sus filosofías en la subordinación y superioridad; ya sea por el género, la edad, la clase social o el color de piel. ¿Cómo iban a poder establecer las bases de la búsqueda de la verdad en el género humano, cuando se atrevían a descartar a más de la mitad de la población por estándares que formaban parte de su naturaleza? Era en parte decepcionante y al principio, no había querido aceptarlo.
Sin embargo, la prueba fiel de esa realidad estaba reflejada en la situación de Fluorite: no le habían permitido publicar su novela por ser mujer. Su amiga le había escrito en su carta que, de hecho, tampoco se trataba solamente del hecho de ser mujer, sino también de la temática de su novela. En ella, Fluorite jugaba con el lenguaje y presentaba a un protagonista que era caballero y formaba parte de la escolta personal de su realeza imperial, el Rey Enrique II de Francia. La obra estaba ambientada en una época más antigua que la suya, en donde los roles de género tenían todavía mayor dominio sobre la vida de las personas. En su novela, Fluorite explora a su protagonista dotándole de todas las virtudes esperadas de un personaje enteramente humano: nobleza, valentía y belleza, pero al mismo tiempo tenía defectos como la soberbia, la fácil colera y otros dilemas que el personaje trabajaba a lo largo de la novela, atravesando diversas aventuras junto a sus dos inseparables amigos, otros caballeros de la escolta real, que habían sido inspirados en Degel y Kardia.
Lo interesante de la novela es que el protagonista de Fluorite se apresura a sobrevivir durante el reinado que iniciaría una lucha de religiones en una Francia que se disputaba entre católicos y protestantes calvinistas. A través de este período de guerras, el protagonista va ganándose el corazón del lector, participando valerosamente en varias de las disputas, al mismo tiempo que a medida que se desarrolla la historia, se le describe con más certeza y exactitud, para al final terminar por revelar que el protagonista en realidad es mujer. Fluorite jugaba con las palabras dándole descripciones neutras a su protagonista, esquivando los morfemas de género para hacer referencia de ella.
Al final, el mensaje del libro cuestionaba al lector si su cariño por el personaje disminuía al ser conocedor de su género: quien leyera se enfrentaba a un juicio propio, juzgando si las habilidades y virtudes que le habían hecho enamorar del protagonista, se nublaban de último momento al ser conocedor de que éste en realidad era una mujer.
El final del libro consistía en un combate en donde la protagonista observaba como alguien asesinaba a uno de sus mejores amigos; aquel caballero inspirado en Degel; el duque de Beaumont, Camus IV. Al contemplar como al hombre lo habían llevado a la horca por sus ideales pacifistas, sin ella ser capaz de llegar a tiempo para salvarle; ella había saltado de entre la multitud y había retado a un duelo a quien fue el culpable de la muerte de su amigo. Todos habían reído al ver que se trataba de una mujer, pero ella, todavía encendida con la llama de la furia, había gritado las siguientes palabras mientras desenfundaba su espada:
«¡Han matado a mi amigo, mi compañero, mi hermano! ¡Pero venid aquí, os reto a un duelo a muerte en su nombre, porque le has asesinado! ¡Él quien era libre de toda culpa, que siempre buscaba la paz antes que la guerra! ¡Venid aquí pues haré guerra por la injusticia a la que has sometido a su vida! ¡Y si he ser yo quien fallezca, cegada por la amargura de tan desventuroso encuentro, entonces os reto a abrirme el pecho! ¡Sacadme el corazón, observadlo y entonces daos cuenta: es igual de rojo que el de mi amigo y late con la misma gallardía pese a ser un corazón de mujer!»
Era una novela que rompía muchos esquemas para la época y Degel no tenía cuidado en adjetivarla como trasgresora. Obviamente, había detalles que bien podrían mejorarse, pero comprendía que esa era la novela de una chica neófita en la escritura. Consideraba que era un buen trabajo para ser el inicio de una vida de letras y no dudaba ni un segundo que Fluorite se había desangrado los dedos de pasión al escribirla. Sin lugar a duda, él creía firmemente que esa novela se merecía su lugar en el mundo; el conocimiento siempre sería el principal instigador de toda clase de preguntas y la novela de Fluorite cuestionaba el propio juicio del lector; no podría haber una mejor forma de hacer a un libro defenderse, retando el discurso de Sócrates en donde cuestionaba las habilidades del conocimiento escrito a la oralidad.
Degel consideraba injusto que las páginas de ese libro pretendieran ser calladas. Deseaba hacer algo para ayudar a Fluorite, pero ¿Cómo podría hacerlo?
Un poco agotado, decidió ir a dormir.
A la mañana siguiente, se despertó con Kardia saltando por todos lados en su habitación.
—¡Levántate ya, Degel! ¡Nos vamos ya!
El caballero de Acuario, apenas abriendo los ojos, frunció el entrecejo.
—¿De qué hablas?
—¡Nos vamos a Francia a tener una seria conversación con esa tal editorial que no quiso publicar el libro de tu amiga! ¡El mundo debe conocer al duque de Clement, Milo III! ¡Capitán de la guardia imperial del rey Enrique II! —exclamó Kardia, con una sonrisa llena de emoción. Degel comprendió que a su amigo le había encantado la representación que Fluorite había hecho de él en el epicúreo personaje Milo III, y ahora como estaba de fascinado con el libro, quería que lo publicaran.
—Pero ¿Cómo pretendes hacer que entren en razón y publiquen el libro? —preguntó el santo de Acuario, levantándose de su cama. En ese momento, Kardia le arrojó una camisa de algodón, un pantalón y una gabardina para que se vistiera.
—¡Tú déjamelo a mí! —se dirigió a la salida de la habitación para dejar que su amigo se vistiera—. ¡Ah! Y por cierto… —dijo, antes de salir—. ¡No lleves tu armadura, porque lo que haremos NO será en nombre de Athena! —dicho esto salió y cerró la puerta de un golpe.
Degel, apodado el Mago del Agua y Hielo, capaz de soportar temperaturas abismales y siendo conocedor de las técnicas de congelamiento más efectivas, sintió escalofríos al oír eso.
Sin embargo, aceptaba para sí mismo que un lado sádico de él se había despertado al oír la injusticia que sufría su amiga. En parte comprendió por qué su maestro Krest se hallaba devastado, luego de soportar tantos años de oscurantismo poblando el pensamiento humano.
—Bueno… ¡Qué remedio! —sin más se vistió, asegurándose de que tenía que ir, sólo para asegurarse de que Kardia no asesinara a alguien. Sin embargo, una que otra reprimenda no haría daño a nadie.
NdA: Aristóteles es uno de los filósofos más conocidos, pese a que tenía ciertas ideas retrógradas y misoginas con respecto a las mujeres. Según él, las mujeres "Parecen hombres, son casi hombres, pero son tan inferiores que ni siquiera son capaces de reproducir a la especie, quienes engendran los hijos son los varones", (…). "son meras vasijas vacías del recipiente del semen creador". O sea, para el vato nosotras somos inferiores por no generar semen. xD Lo único que estaba por debajo de la mujer, para Aristóteles, eran los esclavos. De otros filósofos como Socrátes, Platón, Epicuro o Zenón, me guardaré mis opiniones, al menos creo que no fueron tan inhumanos en sus razonamientos.
Obviamente, Aristóteles en su ética a Nicómaco, sirve de guía para el hombre en su búsqueda del buen vivir, pero obviamente su posición entra a tela de juicio cuando refiere únicamente su discurso al hombre, y la mujer es sólo uno de esos elementos para ser feliz (la conformación de una familia). No voy a mentir, he leído algo parecido en varios discursos y ensayos filosóficos, especialmente porque en ellos la figura predominante es "el hombre". A menudo me preguntaba si se hacia referencia a la tendencia del español por encasillar a todo el mundo con la expresión "el hombre" pero me doy cuenta que no es así. Aquí Degel se plantea si se puede confiar en el conocimiento otorgado por alguien que aprueba la subordinación bajo estándares que para él son estúpidos, los generadores de desigualdad (sexo, etnia, edad, clase social) nunca han tenido lógica para Degel.
También la idea me surgió del hecho histórico de lo difícil que ha sido para las mujeres, abrirse paso en el mundo de la literatura. Recién Tepucihuatl-Shun me regaló un hermoso libro llamado "Mujeres y libros" en donde se habla del tema. Así que cap dedicado a ella con mucho cariño :3
Quería escribir toda una cosa para este one-shot, pero no quería enrollarme mucho así que lo dejé como algo más sencillo. Espero que les haya gustado xD
