El dolor de la muerte de Anthony seguía ahí, aún después de que Candice dejó Lakewood y decidió también abandonar el apellido Ardlay. ¡Si tan solo William hubiera aceptado su renuncia! ¡Pero no! Continuó con sus ideas y la envió a Inglaterra a estudiar junto con Alistair, Archibald, Neal y Eliza. Gracias a Dios que al menos puso un océano entre nosotras.
Según él, ella también tenía que sobreponerse a su pérdida.
- ¿Su pérdida?! - dije, echándome a reír con un dejo de dolor. William me observó con ternura y compasión y contestó:
- Tía, Candy amaba a Anthony, y él a ella, lo sé porque él me habló muchas veces de sus sentimientos en las cartas que me enviaba. ¿Tu crees que él desea que la sigas culpando? Tus mismos argumentos para culparla a ella son los mismos con los que yo me culpo a mí mismo, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, y aún así no pienso que mi dolor sea más grande que el de Candy. Todos sufrimos tía, en el dolor de la pérdida todos somos iguales.
Candice parecía progresar en sus estudios en Inglaterra pero aún así yo me negaba a apoyarla o a aceptar su adopción en la familia. Las veces que visité a mis sobrinos en el Colegio o cuando les envié regalos, siempre la excluí; no es que lo hiciera sin pensar, ¡por supuesto que pensaba de vez en cuando en ella!, ella era para mí la culpable de mi sufrimiento y si la excluí fue con toda premeditación. Tal vez así entendiera que no era bienvenida en la familia, tal vez así renunciara a nuestro ilustre apellido y tal vez así con suerte, William se apiadaría de mí como matriarca y no seguiría con su loca idea de convertirla en una señorita bajo nuestra tutela.
Sí, tal vez Candice tenía carisma y unos ojos muy parecidos a los de Rosemary, pero como dicen: 'aunque la mona se vista de seda...'
Cuánto agradecí a Dios cada vez que esa chiquilla se me venía a la mente, que William nunca la hubiera conocido en persona, y que la locura de adoptarla haya sido propiciada solamente por las cartas de Anthony, Alistair y Archibald. Pensaba que si la hubiera conocido en persona, sin dudarlo hubiera visto también en sus ojos el destello de los de Rosemary ¡y entonces sí estaríamos perdidos!... Que ingenua había sido al pensar así...
Eliza y Neal me tenían muy bien informada de las vergüenzas que nos hacía pasar esa niña en el Colegio, en Escocia durante las vacaciones de verano y después al dejar el Colegio y abandonarlo todo para regresar a América corriendo detrás de un chico... ¡Qué vergüenza!
¡Y por si esto fuera poco, me enteré después de que empezó a estudiar enfermería! Enfermera, ¿una integrante de la familia Ardlay!?...
Ya esto era más que suficiente para darme continuos dolores de cabeza y luego George me trae la peor noticia de todas: le habíamos perdido la huella a William, el patriarca había desaparecido al dejar una de sus tantas expediciones locas por el mundo y nadie sabía donde estaba. El futuro de la familia estaba en juego, temíamos por la vida de mi adorado sobrino, ¡por favor Dios, no de nuevo!... ¡Todo era culpa de esa niña! ¡SIEMPRE! ¡TODO ERA SU CULPA!
No importaba lo que George me dijera, yo estaba convencida de que William regresaba a América más que para tomar su lugar como patriarca y hacer su presentación en sociedad, porque de alguna u otra forma estaba preocupado por su protegida. Cuando Candice dejó el Colegio sin siquiera decir a donde iba, fue justo antes de que William dejara África; yo me preguntaba si no estaba tan preocupado por cumplir sus deberes de tutor que en el fondo le preocupaba el localizar a su protegida tanto como para acelerar su regreso. Y fue justo ahí cuando lo perdimos de vista.
Nunca he vivido días tan angustiantes como esos, ¿qué digo? ¡ojalá hubieran sido días, pero fueron años!, ¡años sin saber de él!, ¡años sin una sola palabra, sin una sola carta, sin una sola pista!, ninguno de los detectives que contratamos alrededor del mundo pudo dar con su paradero. ¿Qué pasaría con todos nosotros si William no aparecía!?, ¿qué si estaba perdido en alguno de los países inmersos en la Gran guerra? Ni siquiera nos atrevíamos a pensar qué haríamos si estaba muerto.
George se tornó aún más hermético y taciturno, y mi salud comenzó a deteriorarse. Por un lado no queríamos seguir albergando esperanzas y por otro era todo lo que teníamos para mantenernos un poco a flote... ¡No podíamos darnos por vencidos hasta que supiéramos a ciencia cierta el paradero de William!
Nos desconectamos de todos y aún George perdió el contacto con Candice, había asuntos más importantes que el preocuparse por una chiquilla estudiando enfermería, ahora me pregunto ¿qué hubiera pasado si en realidad George hubiera seguido en contacto con ella?, ¡nos hubiéramos ahorrado tantos meses de incertidumbre!.
Parecería como si nuestro dolor de no saber el paradero de William no hubiera sido suficiente para el destino. Alistair se enlistó como voluntario en la Gran Guerra y por más que tratamos de ir por él y regresarlo a la fuerza, no pudimos hacer nada.
¡En definitiva! ¡Desde que Candice llegó a la familia todo había salido mal!... la muerte de Anthony, la desaparición de William, y después el enlistamiento de Alistair. ¡Lo que menos quería era ver su cara!
Le exigí que no volviera a usar el apellido un día que Archibald la trajo a la mansión enferma; ¿qué me importaba a mí si tenía neumonía o no?!, ¡Yo no quería verla!
Esa niña, ahora toda una señorita, era la causante de todos nuestros problemas. Tenía que idear algo para sacarla de la familia y empezaría por prohibirle el uso de nuestro apellido... no que en realidad ella lo hubiera usado para avanzarse, la verdad era que no lo hacía, no usaba los vestidos que le habían sido comprados, vestidos dignos de una dama y nada comparados con esos de algodón barato que siempre vestía. Pareciera como si el lujo le picara, nunca le dio importancia y tal vez por lo mismo nunca la consideré una dama digna de nosotros.
Le pedí a Dios que nos ayudara a localizar vivo a William y decidí que cuando eso pasara lo haría desistir de su loca idea de que Candice siguiera siendo una Ardlay. Y si no era así, yo misma haría los trámites pertinentes para que eso sucediera.
Por fin un día William apareció sano y salvo. George y yo estábamos aliviados y llenos de alegría. Fue muy difícil para mí en un principio aceptar que William regresaría al mando de las empresas sin regresar aún a la mansión; me había pedido que lo dejara quedarse unos meses más con la persona que lo había atendido todo ese tiempo mientras estuvo con amnesia. Al principio me negué, pero después pensé que tal vez para él era importante pagarle de alguna manera por toda la molestia que había causado, y acepté. Fue justo durante ese tiempo que decidí también rogarle que le quitara el apellido a Candice, le dije todo lo que Neal y Eliza me habían comentado de ella: que se había convertido en una mujer de reputación cuestionable y que vivía con un hombre con el que según sabíamos no estaba casada.
William me escuchó con su cara impasible, y cuando terminé de espetar en contra de ella bajó su mirada, después de unos segundos de silencio me miró a los ojos con firmeza y me contestó:
- Tía, entiendo que usted nunca ha aceptado a Candice como miembro de los Ardlay. Creo que aún después de todos estos años sigue pensando que no es digna de pertenecer a nuestra familia, y con buenas razones si se basa en los chismes de Eliza y Neal. Pero tía, siento no poder acceder a su petición; no voy a entrar en detalles ahora pero quiero pensar que algún día me dará la razón. Con su permiso, me retiro.
Y sin más, se dio media vuelta y salió de la habitación.
Yo me quedé extremadamente enojada y a la vez decepcionada de mi sobrino, ¿qué no podía ver la clase de mujerzuela que había hecho ingresar a nuestra familia?!, ¿Y aún así pretendía seguirle dando nuestro apellido?!... ¡Era inconcebible!
