Adrien se giró al escucharla reír a su espalda, dibujando a su vez una gran sonrisa en su rostro cuando sus ojos se encontraron. Ella le tendió una de las copas repletas de sorbete de champagne que había ido a buscar, rozando discretamente su mano al entregársela, y provocándole un agradable escalofrío.
La chica estaba preciosa con aquel elegante conjunto: un pantalón holgado y vaporoso de color granate, y una blusa clara con una banda ancha plisada que se anudaba a su cintura, resaltando su esbeltez. El cabello azabache, liso y suave, había sido cepillado con tanto esmero que parecía brillar con luz propia. Como adorno lucía la flor que él le había regalado en esa ocasión: una hermosa rosa de pétalos variegados de los mismos tonos que su vestimenta. Había sido agradable escogerla sabiendo que sería aceptada de buen grado: sin duda, resultaba un buen cambio con respecto a ocasiones anteriores. Adrien contuvo un suspiro y clavó la mirada en su copa, concentrándose en reseguir con el dedo la minúscula gota de agua que se había condensado y ahora resbalaba por el cristal.
--¿En qué piensas? --preguntó ella, curiosa.
--En lo preciosa que estás esta noche --respondió el rubio con rapidez, recuperando su sonrisa habitual.
--Pero has apartado la mirada...
--¿Cómo si no podría contenerme lo suficiente como para no besarte? Tu madre está cerca; aunque no nos pueda ver, no sería apropiado --le dedicó un guiño travieso.
Ella se sonrojó levemente, y tapó su boca con la mano para reír por lo bajo. Luego levantó la copa con elegancia hasta entrechocarla con la suya, provocando un suave tintineo.
--Por nosotros --brindó--. Y por que esta sea una noche especial --añadió en un susurro.
Kagami Tsurugi. Aquella preciosidad de ojos misteriosos y semblante grave. Probablemente, la mejor esgrimista de toda Francia. Y, más concretamente, su flamante novia desde apenas unas pocas semanas atrás.
Hacía tiempo que ya no coincidían solamente durante las lecciones con D'Argencourt: sus compromisos con la vida social parisina también los reunían a menudo. Conversaban, se divertían, se entendían bien: había surgido una agradable química entre ellos. Así que, después del enésimo rechazo por parte de Ladybug, tras la clara insinuación de Nathalie acerca de que tanto Gabriel Agreste como Tomoe Tsurugi aprobarían su relación sin reparos, y conociendo los sentimientos que ella albergaba por él, Adrien se había decidido a declararse.
Y no solo por salir de aquel bucle infinito en el que le parecía estar atrapado, no solo para tratar de olvidar sus sentimientos por su compañera de batallas --como si eso fuera posible...--. No solo por eso. Kagami le atraía, le gustaba de verdad. Y sus vidas encajaban a la perfección. Ambas marcadas por la presencia de un progenitor exigente, llenas de un millar de actividades en las que debían destacar, y de una complicada vida social que resultaba mucho más llevadera ahora que podían apoyarse el uno en el otro. Sobre todo desde que la bonita pareja había dejado de ser novedad, y se había relajado por fin la presión inicial de la prensa.
Se oyeron algunos aplausos a su alrededor, anunciando el inminente comienzo de otro discurso que, con toda probabilidad, resultaría tan largo y aburrido como los anteriores. Adrien, en un súbito impulso de rebeldía, tironeó de la mano de la chica para que lo acompañara a la terraza ajardinada. Necesitaba despejarse, respirar aire fresco. Y realmente deseaba probar sus labios, aunque ningún beso podría borrar el recuerdo de otro que, paradójicamente, solo conservaba en su memoria gracias a una fotografía.
Los ojos de Kagami brillaron cuando se acercó. El beso comenzó suave, pero pronto se intensificó, perdiendo recato por momentos. El regusto dulce y fresco del sorbete de champagne sabía mejor en sus bocas que en las copas que habían abandonado en una mesita cercana.
Tras media docena de besos la chica terminó por apartarlo, con la respiración todavía acelerada.
--¡Ssssh, Adrien! --amonestó en un susurro--. ¡Aquí no! Nos van a pillar.
--No me importa --aseguró él, con un mohín contrariado.
--Pero yo tengo una propuesta mejor...
--Te escucho --transigió el chico.
--Esta fiesta terminará tarde, así que mi madre ha reservado habitaciones en el hotel. Estoy segura de que ella se retirará a la suya en breve. Cuando eso ocurra... ¿te apetecería acompañarme hasta la mía? Allí podremos... disfrutar de intimidad.
--Me parece una propuesta excelente. Sin duda, merecerá la pena esperar. Es más: prometo portarme bien hasta entonces --sonrió, algo nervioso por la expectativa, y le ofreció el brazo caballerosamente para volver a entrar al salón.
Los minutos se deslizaron perezosamente hasta que Tomoe Tsurugi decidió por fin que ya había tenido suficiente fiesta por esa ocasión. Su hija la acompañó, solícita, mientras se despedía de los anfitriones. Intercambiaron unas breves palabras, que terminaron con un leve asentimiento y una inclinación de cabeza hacia Adrien, que él correspondió inclinándose a su vez. Luego, Tomoe abandonó el salón junto con uno de sus asistentes personales, y Kagami regresó a su lado con una medio sonrisa que aceleró sus pulsaciones.
Nathalie se había marchado hacía ya un buen rato, y Gorila aguardaba acodado en una de las barras su señal para llevarlo de regreso a la mansión. Adrien entrelazó sus dedos con los de Kagami para salir discretamente rumbo a la habitación de la chica: si era por él, a su guardaespaldas le iba a toca esperar todavía un buen rato más.
Compartieron el ascensor con otras tres personas, así que mantuvieron la compostura, intercambiando miradas cómplices pero guardando las distancias. Al llegar frente a la puerta de la habitación Adrien se aseguró de mirar a un lado y a otro para comprobar que nadie les veía entrar; ella, impaciente, tiró de su camisa para que avanzara y cerró la puerta a su espalda con un golpetazo seco que resonó en el pasillo enmoquetado. No pudieron contener la risa; ¿quizás habían tomado demasiado champagne? ¿O solo eran los nervios por lo que estaba a punto de suceder?
Se acercó para tomar su boca en un beso lento y apasionado, recorriendo su cuerpo esbelto y firme con las manos, hasta que ella retrocedió paso a paso clavando sus ojos en los suyos seductoramente mientras comenzaba a desanudar su blusa con lentitud. Él la observó, pasando la lengua por sus labios, con el corazón resonando en su pecho y su cuerpo respondiendo con entusiasmo ante la expectativa.
Primero la blusa y luego el pantalón acariciaron la piel de Kagami cuando se desprendió de ellos. Ella se agachó para recogerlos del suelo y los colocó, doblados, sobre el mueble más cercano. Él enarcó las cejas ante su parsimonia; sin embargo, todos aquellos gestos no dejaban de tener un toque realmente sensual. El cuerpo de la chica era precioso: los pechos perfectos bajo su suave sujetador, los brazos delgados pero fuertes, la cintura estrecha y los muslos bien trabajados. Pero él quería ver aún más.
Avanzó hacia ella, comiéndosela con la mirada. La ropa interior era elegante, confeccionada con un tejido sedoso y satinado que resbalaba, suave, entre los dedos del chico. Entre besos, apartó el sujetador, exponiendo sus pechos. Estos, y especialmente sus pezones, oscuros y endurecidos, fueron el centro de sus atenciones durante un buen rato.
La empujó ligeramente para conducirla hasta la cama, enorme y mullida. Recorrió su cuello llenándolo de besos y pequeños mordiscos, excitado por los suspiros que sus acciones producían. Atrapó uno de sus pezones entre sus dientes con suavidad, haciendo que a ella se le escapara un gemido de placer, seguido de un resoplido preocupado.
--¡No vayas a dejarme ninguna marca! --protestó, aún con la respiración agitada.
--Tendré cuidado... --prometió Adrien.
Por supuesto, ella tenía razón. Pero, ¿por qué tenía que empeñarse en ser perfecta incluso en un momento así? ¿Es que nunca renunciaba a mantener el control? Ella lo hizo girar para colocarse encima, a horcajadas, y comenzó a desabrochar los botones de su camisa. Está bien... ese tipo de control sí que estaba dispuesto a otorgárselo, al menos a ratos.
Disfrutó del contacto de las manos, los labios y la lengua de la chica recorriendo su cuello, su pecho y su abdómen, y jadeó cuando le quitó los pantalones, que cayeron al suelo. Rezó por que no se le ocurriera detenerse para recogerlos, doblarlos y dejarlos bien colocados; afortunadamente, no fue así. Se encogió de hombros con una sonrisa al comprobar como los ojos de la chica se abrían desmesuradamente al comprobar cómo su abultada erección sobrepasaba con creces el suave elástico de sus boxer, y gruñó con satisfacción cuando ella se esforzó en abarcarla con las manos, haciéndola palpitar bajo sus caricias.
Aferró su trasero para animarla a colocarse de manera que sus sexos, todavía cubiertos --al menos en parte-- por la ropa interior, entraran en contacto. El suave vaivén de sus caderas provocó una fricción que envió pequeñas descargas eléctricas a todo su cuerpo, haciendo tambalear su cordura.
La hizo girar para apoyarla en la cama e introdujo la mano bajo sus elegantes braguitas, ahora adornadas por una pequeña marca oscurecida en la entrepierna, donde la humedad de ambos las había marcado. Exploró los cálidos pliegues con sus dedos, pero la súbita tensión que notó en Kagami cuando ya buscaba su entrada le hizo retroceder y volver a las caricias sobre la ropa interior, que fueron mejor aceptadas.
La mano de la chica volvió a rodear su miembro. Se sentía agradablemente fría contra su calor; sus movimientos eran gráciles, medidos: aplicaba la presión adecuada, y el ritmo se mantenía estable. Kagami lo masturbaba con la precisión de un metrónomo, mientras las caricias de la mano de Adrien sobre la seda de sus bragas se volvían erráticos por momentos. Si aquello era una batalla --y, al parecer, su novia tendía a afrontar así la mayoría de las facetas de su vida--, sin duda iba ganando ella.
Observó los dedos de la chica recorriendo su pene, y su mano pequeña y firme subiendo y bajando de manera casi hipnótica. Ella paseaba su mirada entre su miembro, totalmente endurecido, y su rostro, contraído por el placer. Una sonrisa complacida asomaba a sus labios cada vez que lograba hacerle jadear. Él buscó su boca para besarla con pasión, pero ella pronto colocó la mano libre sobre su pecho para indicarle que volviera a tumbarse y le permitiera seguir acariciándolo a placer.
--Hummpff --gimió--. No voy a aguantar mucho si sigues tocándome así...
Ella se limitó a sonreír con suficiencia, disfrutando del poder que había descubierto que podía ejercer sobre él, y en vez de disminuir el ritmo lo que hizo fue inclinarse, aprovechando que las manos del chico habían terminado por abandonar su sexo para aferrarse a las sábanas, y besar suavemente su glande. Animada por la respuesta obtenida, lo lamió de abajo arriba, concentrándose luego en las zonas más sensibles. Ver cómo su lengua pasaba por su pene una y otra vez le resultaba tremendamente erótico, y aquel jugueteo se le antojó lo más delicioso que nunca había experimentado; pero cuando al fin lo tomó con su boca, chupando, succionando, haciendo que sus gemidos arreciaran, comprobó sorprendido que todavía era capaz de darle más placer. Las finas sábanas de aquella cama inmensa y lujosa lucían totalmente arrugadas donde sus manos las habían asido con fuerza, y él sentía todos sus músculos en tensión en espera de la ansiada liberación.
--Kagami, voy a...
Ella se retiró justo a tiempo, convirtiéndose en espectadora de su explosión de placer, que contempló con una mezcla de excitación, satisfacción y curiosidad mientras los últimos escalofríos aún recorrían el cuerpo de Adrien. Arrugó ligeramente la nariz al retirar sus manos manchadas, y él se apresuró a limpiar con el dedo una gotita traviesa que había alcanzado la mejilla de la chica durante la intensa explosión inicial.
--¿Ha estado bien? --preguntó ella con falsa inocencia, haciéndolo sonreír.
--Muy bien, preciosa. ¿No lo has notado?
--Hablando de eso... tenía planeado llegar algo más lejos esta noche --hizo un mohín señalando su miembro, ahora prácticamente en reposo tras el placer--. ¿Crees que será... posible?
--¿Por quién me tomas? --fingió ofenderse él--. Dame solo un minuto y estaré a punto otra vez. Además --añadió con una sonrisa ladina--, ahora me toca a mí...
Esperó a que terminara de limpiarse las manos con uno de los pañuelos desechables extraído de la cajita que reposaba en la mesa de noche --benditos hoteles de lujo y sus detalles-- y la asaltó como un depredador que pretendiera devorar a su presa a besos. Repartió sus atenciones entre sus labios, sus pechos, su vientre, que recorrió con tiernas caricias que pronto fueron tornándose más atrevidas. Jugueteó con el elástico de sus braguitas, bajándolas poco a poco, hasta descubrir el vello de su pubis, pulcramente recortado.
Cuando por fin se deshizo de la última prenda que vestía, ella mantuvo las piernas cerradas; Adrien llenó de besos sus muslos, el valle de su ombligo, su monte de venus. Pero cuando separó sus rodillas para perderse entre sus piernas, sintió que temblaba. Buscó su mirada, pero ella tenía los ojos cerrados, mientras sus labios permanecían entreabiertos. Volvió entonces a besarlos, dispuesto a avanzar con tanta lentitud como ella precisara.
--¿Quieres que siga, o prefieres que pare? --susurró--. Yo solo quiero que disfrutes; y solo haremos lo que ambos deseemos.
Ella abrió sus bellos ojos rasgados para dedicarle una mirada intensa, acunó el rostro del chico con sus manos para besarlo con dulzura y asintió lentamente.
--Sigue, por favor.
Adrien continuó con las caricias, muy atento a sus reacciones, hasta que fue ella la que separó las piernas y empujó ligeramente su cabeza hacia abajo, invitándolo a degustarla al fin. Besó su piel en todo su recorrido hasta llegar a su húmedo centro, recorriéndolo con la lengua, delineando cada pliegue, jugueteando con su clítoris. Ella exhaló un gemido quedo, hundiendo las manos en su cabello. Parecía disfrutar realmente con sus atenciones, pero seguía costándole abandonarse al placer: en cuanto este comenzaba a subir de intensidad, se retiraba para tomar resuello. Él se detenía, abandonaba la zona, o disminuía la estimulación hasta que la tensión en sus piernas se aflojaba lo suficiente como para animarse a volver a la carga. Hasta que la chica, cuando ya comenzaba a estar tan sensible que cualquier roce resultaba una dulce tortura, terminó por apartarse con brusquedad, girando sobre la cama para tomar de la mesilla de noche un preservativo que le tendió a un sorprendido Adrien.
--Ahora quiero un poco de eso --exigió, jadeante, señalando su miembro, ya totalmente preparado de nuevo.
--¿Estás segura de que quieres hacerlo? --quiso confirmar él, que no las tenía todas consigo tras aquel extraño tira y afloja en el que llevaban un rato envueltos.
--Adrien... ya deberías saber que yo jamás dudo.
Él asintió, desgarrando el envoltorio para colocarse el condón. Ella se tendió de espaldas, con la respiración agitada por la expectativa, y lo acogió entre sus piernas, enredándolas con las suyas. Adrien la besó despacio, hasta que ella comenzó a removerse bajo su cuerpo con impaciencia, instándolo a penetrarla por fin. Entonces se colocó justo en su entrada, y se movió con suavidad para introducirse en ella, arrancándole un profundo suspiro.
--Watashi no ai... --susurró en su oído, incrementando poco a poco el ritmo y la profundidad de sus movimientos.
Su interior era cálido y estrecho. Sin dejar de moverse, afianzó su apoyo en la cama para poder liberar uno de sus brazos y recorrer su cuerpo con suaves caricias. Se esforzó en hacerla sentir mimada y deseada, en lograr que se relajara y disfrutara con él de aquel momento especial. Y todo ello intentando no transmitirle ni un ápice de condescendencia, a sabiendas de que eso la ofendería. Ella estaba acostumbrada a la exigencia de ser la mejor en todo, y él deseaba hacerla sentir que en ese instante, mientras se unían de aquella manera tan íntima, era la mejor, la única, para él.
Tuvo que apretar sus párpados con fuerza cuando una imagen se coló sin permiso en su mente, irrumpiendo con fuerza entre sus bienintencionados pensamientos. Unas coletas azabache, un traje rojo y ceñido con lunares salpicados: el amor de su vida, la mujer con la que siempre había soñado compartir aquel momento. Y fue como si una mano cruel atenazara su garganta hasta dejarlo sin respiración; en ese momento, agradeció que Kagami permaneciera con los ojos cerrados, y rogó por que malinterpretara el gemido que, sin querer, había brotado de su pecho. A lo mejor él también debería empezar a pensar en dejar de fingir que era perfecto. Porque, definitivamente, no lo era.
Dejó su mente en blanco, concentrándose solo en el movimiento, y en el placer físico que este le proporcionaba, por vacío que le resultara su sabor. Y tras un momento pudo pensar también en la chica que suspiraba bajo su cuerpo, aquella a la que acababa de susurrar «mi amor» mientras aceptaba el regalo de su virginidad.
Se retiró lentamente de su interior, y tiró de ella para invitarla a colocarse encima, a horcajadas, algo tendida hacia adelante. De esta manera, la penetración no sería tan profunda como para lastimarla, ella podría dirigir los movimientos con absoluta libertad, y él podría concentarse en el hipnótico bamboleo de sus pechos frente a su cara.
Guio su pene hasta su entrada, y ella empezó a subir y bajar rítmicamente sobre él. Sin embargo, unos instantes después descabalgó, frunciendo ligeramente el ceño, y volvió a abrir el cajón del que había sacado el preservativo para tomar esta vez un pequeño tubo de lubricante. Untó con profusión su miembro con aquel gel transparente deliciosamente fresco, y el movimiento de su mano pequeña y hábil deslizándose para repartirlo por toda su superficie logró excitarlo sobremanera, permitiéndole evadirse de cualquier pensamiento inconveniente, y en realidad de cualquier pensamiento en general.
Cuando ella volvió a montarlo las sensaciones se multiplicaron. A pesar de los juegos previos los nervios de la chica debían de haberle jugado una mala pasada, y su cuerpo no se había preparado suficientemente para recibirlo: ahora, con la ayuda de aquel gel frío y viscoso, los movimientos resultaban mucho más fluidos y placenteros. Con el catalizador adecuado, la química se desplegó: Kagami contoneó sus caderas sensualmente, volviéndolo loco, y puso en juego la considerable fuerza de sus muslos para mantener un ritmo alto en las penetraciones, que cada vez alcanzaban más profundidad, hasta que notó cómo llegaba a conquistar el mismo fondo de su interior.
--Mmmm... Kagami --gimió, invocando el nombre de aquella diosa de cuerpo perfecto que lo estaba arrastrando al cielo por fin. Y quizás un poco también para recordarse, para grabar a fuego en su interior, que era ella con la que estaba, que era ella la que deseaba estar con él. Ella, y no otra.
Y, con la sombra de una figura vestida de rojo alejándose irremisiblemente de él surcando de nuevo sus pensamientos, le alcanzó la primera oleada de placer del clímax. Así que se aferró con fuerza al apetecible trasero de su novia y se dejó ir en su interior, jadeando junto a ella, y sintiendo pequeñas descargas eléctricas que lo recorrían por completo, pero que no eran capaces de borrar el regusto amargo que había quedado en su boca.
Retiró el preservativo con cuidado, y lo anudó para dejarlo en la mesilla. Luego se abrazó a Kagami, recostada a su lado; apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos mientras ella pasaba sus dedos entre los mechones de su cabello. El ritmo de su corazón le resultó relajante.
--No deberías dormirte --susurró ella--. O tu guardaespaldas tendrá tiempo de probar toda la carta de cócteles sin alcohol que ofrezcan en la fiesta...
--Nada me gustaría más que poder pasar la noche a tu lado --respondió él, casi con sinceridad--. Pero tienes razón: no estaría bien abusar de la paciencia del pobre Gorila.
Pasaron aún un buen rato compartiendo besos, caricias y unas pocas palabras. Luego, él se levantó para vestirse, se despidió con un último beso en los labios y salió de la habitación dejando a Kagami tendida perezosamente en la cama.
Cerró con cuidado la puerta a su espalda, y echó a andar hacia el ascensor, recordando cómo habían subido juntos hacía poco más de una hora. Sus pasos sonaban amortiguados por la gruesa moqueta que cubría el suelo: casi le parecía que el retumbar de su propio corazón llenaba sus oídos más que cualquiera de los sonidos que lo rodeaban. Ni siquiera sabía muy bien cómo describir los sentimientos que lo embargaban, más que como una mezcla sin forma, en la que se entrecruzaban lo que debería estar sintiendo, lo que resonaba realmente en su mente, y lo que simplemente no podía permitirse sentir. De repente, tenía ganas de huir. De transformarse en su alter ego y recorrer los tejados pensando únicamente en el próximo lugar en el que afianzar su bastón antes de dar un nuevo salto.
Kagami era perfecta: absolutamente perfecta para la vida de Adrien Agreste. Pero solo para esa parte de él, la que mostraba su lado más amable, más formal y comedido. Aquella de la que su padre, e incluso la severa señora Tsurugi, y su preciosa hija, podían sentirse orgullosos.
Pero sabía que estaba intentando construir algo con ella partiendo solo de medias verdades; ya no era solo que su corazón perteneciera a otra chica, sino también la certeza de que existía una gran parte de su vida, de su personalidad, que no podía compartir con ella. Y que, además, dudaba que su novia apreciara de haber podido hacerlo.
Pero ceder a su impulso de huir, de buscar la sensación de libertad que le propocionaba su traje de héroe, sería tentar demasiado a la suerte. Ya se había retrasado bastante; y no deseaba tener que responder preguntas cuando llegara a su casa. No quería dar respuestas que lo encerraran todavía más en su perfecta mentira. Porque podía soñar con la libertad mientras sentía el viento en su rostro y la luz de la luna en su cabello... pero lo cierto es que no era libre.
Comprobó en el espejo del ascensor que su ropa estuviera bien colocada, utilizó los dedos para peinarse, y escrutó el rostro que le devolvía la mirada, multiplicado hasta el infinito por el juego de reflejos que se generaba en la cabina. Cada uno de ellos escondió la tristeza de su semblante, desplegando en su lugar una legión de bonitas sonrisas que no lograron calentar su corazón.
La puerta se abrió con un ligero chirrido metálico, y el sonido de las conversaciones entremezcladas y el elegante hilo musical de la fiesta llegó hasta sus oídos. Al fondo, apoyado en la barra en la misma postura que antes, como si no se hubiera movido un ápice desde que él había abandonado el salón, o incluso como si el tiempo hubiera estado detenido durante todo aquel largo lapso, se encontraba Gorila. Se acercó para palmear su enorme espalda, indicándole que ya había dado la fiesta por concluida, y lo acompañó hasta donde había dejado aparcada la limusina, agradeciendo por una vez que su compañía no le exigiera mantener ni siquiera una conversación vacía y cortés.
Kagami continuaba acostada sobre la cama, con la mirada perdida en las sombras que poblaban el techo. Los ojos le escocían, aunque ninguna lágrima había tenido la osadía de deslizarse por sus mejillas. Los frotó con rabia, enfurecida por su propia debilidad.
Hizo acopio de fuerzas para levantarse y dirigirse al cuarto de baño. Abrió el grifo de la ducha, esperó a que el agua estuviera tibia antes de colocarse bajo ella, y se enjabonó repartiendo la espuma de dulce aroma floral por todo su cuerpo, recorriendo con sus manos cada uno de los rincones que Adrien había acariciado, besado y mimado unos instantes atrás, sin saber muy bien si lo hacía para evocar su contacto o para borrarlo de su piel.
Suspiró, confundida. Quería a Adrien, y se sentía querida por él. Ella había deseado ese momento, y sabía que él también. El chico había sido encantador, se había preocupado por su placer, la había hecho sentir especial y le había susurrado palabras bonitas a las que ella ni siquiera había respondido. No le había exigido nada de lo que ella no estuviera dispuesta a entregar.
Él había cumplido sus deseos, y no había quedado sobre su piel marca alguna de lo que acababan de vivir. Quién le iba a decir que serían precisamente su cariño, su pasión, y la consideración que había mostrado en todo momento las que iban a terminar marcando su corazón, desgarrándolo. Porque ahora sabía que ella era incapaz de corresponderle en el plano físico con la plenitud que él se merecía.
Era ella la que no había dado la talla, la que no estaba siendo sincera. Kagami, la que nunca mentía, la que afrontaba la vida con tanta entereza como honor. Qué pensaría su madre de ella si supiera cómo era realmente. Qué pensaría su novio.
Alzó la barbilla, dejando que el agua de la ducha llegara directa a su cara. Bajo aquella lluvia infinita de gotas, era más fácil fingir que no estaba llorando.
Empezamos con un capítulo Adrigami de sabor agridulce.
Quiero comentar que esta historia fue escrita el verano pasado, antes de la recta final de S3. Sin embargo, creo que las sensaciones que describí entonces siguen vigentes tras lo que vimos en la serie.
Pronto sabremos también cómo le va a Marinette.
Abrazos!
Butercup
