Marinette tomó aire y lo expulsó lentamente, intentando relajarse, o al menos regular el ritmo desbocado de su corazón: ¡Luka ya estaba en la puerta!

Estudió su reflejo en el espejo una última vez, pasando la mano para alisar el vuelo de la falda, y comprobando de nuevo que el cinturón estuviera bien colocado. Movió la cabeza, y su cabello suelto, liso y suave, le hizo cosquillas en los hombros desnudos. Se sentía extraña sin sus habituales coletas, pero le había parecido que para esa cita sería adecuado elegir un look más adulto.

El vestido lo había diseñado y confeccionado ella misma. De color rosa, salpicado de pequeños lunares negros, se ajustaba a su torso, y delineaba sus pechos, resaltándolos. Dejaba al descubierto los hombros, y se anudaba tras su nuca. La mitad de la espalda quedaba libre también. Este detalle la había hecho dudar, pues no le permitía llevar sujetador debajo; pero Alya lo había considerado una ventaja. Por lo visto, a Nino no se le daba bien desabrochar los cierres, y solía acabar tironeando de la prenda, desesperado, o pidiéndole ayuda a ella. Así que habían optado por facilitarle las cosas a Luka, al menos en aquella primera ocasión.

Sonrió a su propia imagen. Se veía bien, y los comentarios admirativos que le habían dedicado sus amigos le habían dado el punto extra de confianza en sí misma que precisaba. ¡Adrien le había dicho que estaba preciosa! Pero mejor no darle demasiadas vueltas precisamente a ese detalle. Esa noche, y las que vinieran tras ella, pertenecerían a Luka.

Había aprendido mucho sobre el amor en el poco tiempo que llevaban juntos. Lo que era sentirse cuidada, querida y valorada; cómo te mira alguien para quien lo significas todo; y lo dulces que podían saber los besos cuando se entregaba el corazón en ellos. Había pasado mucho tiempo convencida de que el amor de su vida era Adrien Agreste, pero ahora... ya no estaba tan segura. No podía negar que había sido algo especial, y muy intenso: un bonito recuerdo que siempre guardaría en su interior. Pero quizás nunca había estado realmente enamorada de él, sino solo de la idea de estar enamorada.

Lo había pasado mal cuando Adrien comenzó a salir con Kagami. Le había dado la enhorabuena con una sonrisa falsa, y luego había derramado lágrimas amargas en la soledad de su habitación. Tikki había estado a su lado, acercándole pañuelos de papel y enjugando su llanto. Alya y las chicas también habían hecho todo lo posible por confortarla. Y Luka, en cuanto se había decidido a darle la oportunidad, había terminado de sanar su corazón. Ahora se sentía capaz de disfrutar de la amistad del rubio, que incluso parecía haberse fortalecido en los últimos tiempos, y del amor a ritmo de Rock n roll.

Sonrió al escuchar el efusivo recibimiento que su padre dispensaba a Luka, y se apresuró escaleras abajo para rescatarlo del inevitable abrazo de oso que sabía que vendría a continuación.

--Luka, hijo, me alegra verte por aquí. ¿Dónde piensas llevar a mi pequeña esta tarde? ¿Os preparo una cesta con croissants?

--Es usted muy amable, señor Dupain, pero no será necesario esta vez. Cenaremos algo en una pequeña cafetería junto al río, y luego, si no tiene inconveniente, nos quedaremos al concierto que dará allí un grupo que conozco, que es muy bueno versionando temas clásicos de rock.

--Eso suena bien, muchacho. Tendrías que haberme visto bailar en mi juventud, ¡era el rey de la pista!

Marinette bajó las escaleras apresuradamente, antes de que a su padre le diera tiempo de entusiasmarse demasiado y decidiera continuar un buen rato torturándolos con sus batallitas.

--¡Ya estoy, ya estoy! Papá, por favor, suelta a Luka; ¿no ves que no lo dejas respirar?

Tom se giró hacia ella, y la observó boquiabierto.

--¡Pero pequeña! Si estás preciosa... --entrecruzó las manos frente a su pecho, enternecido--. Cuídala bien, Luka, por favor. Y pasadlo bien.

Marinette le dio un beso en la mejilla, sonriendo, y luego se acercó a su novio para tomar su mano y salir con él, haciendo tintinear la campanilla de la puerta de la panadería. Sintió el tacto de su mano cálida y firme apretando la suya, y bajó la mirada, enrojeciendo de placer ante el escrutinio admirado al que sabía que la estaban sometiendo los ojos azules del chico. Él se acercó para susurrar a su oído:

--Vaya, parece que he sobrevivido al abrazo de tu padre solo para que sea tu belleza la que me arrebate el aliento...

--No seas tonto --protestó ella con timidez.

--Estás preciosa, Marinette. Eres preciosa. Y yo soy el chico más afortunado de París --afirmó él con dulzura.

Caminaron un rato envueltos en un cómodo silencio, y al llegar a la ribera se detuvieron a contemplar los reflejos rosáceos con los que el atardecer pintaba el agua. Luka besó por sorpresa su hombro, rozándolo luego con los dientes en un suave mordisco que la hizo estremecer.

--Me gusta cómo suena tu corazón. Adoro cómo se acelera cuando te toco --se colocó tras ella, que apoyó la espalda en su pecho, sintiendo su aliento junto a su oído.

--Y a mí me gusta cómo me tocas --susurró la chica, dándose la vuelta para buscar sus labios--. Y... tocarte.

Luka correspondió a su beso con intensidad, jugueteando con su lengua hasta que ella entreabrió los labios para permitirle saborearla a placer. Pasó los dedos por su espalda, arriba y abajo, y ella se arqueó al sentirlo, colocando la mano en su nuca para atraerlo más hacia sí. Había algo nuevo en ella esa tarde, una sensualidad especial, que percibía en su manera de buscarle, y en la entrega con la que correspondía a sus atenciones.

Llevaban un tiempo saliendo. Habían compartido risas, conversaciones, proyectos, sueños, y también un sinfín de besos y caricias. Habían avanzado despacio: Luka era consciente de que Marinette era dos años más joven que él, y de que no tenía experiencia previa con otros chicos. No escondía las sensaciones que le provocaba, pero se cuidaba mucho de que pudiera llegar a sentirse presionada de alguna manera. Últimamente, las caricias que ambos se regalaban habían comenzado a colarse por debajo de la ropa. Y, al parecer, si su intuición no le engañaba, aquella noche ella pretendía ir todavía un poco más lejos.

Su cuerpo reaccionó con presteza ante aquel pensamiento, y ella jadeó al sentir su dureza contra su vientre, buscando su contacto sin pudor, e incluso deslizando las yemas de sus dedos por el reborde de su pantalón, de manera que casi llegó a tocarlo. Repitió el movimiento otra vez, y otra más, hasta que él se removió, ansioso por sentirla, y ella sonrió con picardía. Vaya; su pequeña muñeca de carita de ángel lo estaba provocando a conciencia, y además disfrutaba de ello. Y a aquello él también sabía jugar.

Bajó las manos por su espalda hasta su firme trasero, apretando sus nalgas, y haciéndola dar un respingo sorprendido.

--Luka... --jadeó.

--Dime, preciosa --pidió, sin aflojar la presión de su agarre.

--Será mejor que vayamos a cenar, ¿no crees? --sugirió ella, tragando saliva y apartándose un poco.

--Deberíamos... pero me cuesta pensar en cualquier cosa que no sean tus labios... y tu cuerpo.

--Quizás podamos negociar un postre que te resulte apetecible --volvió a besarlo, mimosa--. ¿Qué te parece?

--Cenemos, entonces --convino él--. Estudiaré la carta para elegir cualquier cosa con tal de que nos la sirvan rápido --le guiñó el ojo, haciéndola reír, y tiró de ella hacia el interior del local.

Disfrutaron de la cena entre bromas y palabras dulces. Hablaron de lo que habían hecho durante esos días, de música, de los proyectos que ambos tenían en mente. Cuando estaban terminando, comenzaron a escucharse los primeros acordes de la actuación en directo, y al reconocer el tema elegido ambos intercambiaron una mirada cómplice y agitaron la cabeza al compás.

«The screen door slams

Mary's dress waves

Like a vision she dances across the porch

As the radio plays

Roy Orbison singing for the lonely

Hey that's me and I want you only...»

--Adoro a Springsteen --suspiró ella.

--Eso es porque tienes buen gusto.

--Y la banda... No la conocía, pero suenan muy bien.

--Sí, son muy buenos, y además suelen escoger grandes canciones para versionar. Cuando están en la ciudad, intento no perderme sus actuaciones.

--¿Quieres quedarte a escuchar un rato más? --propuso Marinette--. ¿O quieres ir ya a por... el postre?

Luka se giró como un resorte buscando con la mirada a la camarera.

--La cuenta, por favor.

«Hey, what else can we do now?

Except roll down the window and let the wind blow back your hair

Well, the night's busting open, these two lanes will take us anywhere

We got one last chance to make it real

To trade in these wings on some wheels

Climb in back, heaven's waiting on down the tracks...»

Luka continuó tarareando la canción mientras salían, riendo, a toda prisa. Estaban cerca de la casa-barco, y no tardaron en llegar, cruzando la pasarela entre besos.

--Entonces, ¿estás dispuesto a llevarme al cielo? --preguntó ella en voz baja, con algo de timidez, sintiendo aflorar los nervios de golpe. Buscó la mirada del chico para perderse en su calma, y lo que encontró fue un amor inmenso.

--Marinette, mi paraíso está donde tú te encuentres. No sé si seré capaz de llevarte hasta él; pero puedes dar por seguro que estoy dispuesto a ofrecerte todo lo que tengo, todo lo que soy, para intentarlo.

--Te quiero, Luka --contestó ella en un susurro.

A partir de ese momento fue como si el tiempo se hubiera detenido. Los nervios quedaron a un lado, mientras se perdía en el mar de sensaciones que recorrían su interior, provocadas por los besos y las caricias.

--Estamos solos, ¿verdad?

--Tranquila, esta noche tenemos el barco para nosotros.

Marinette se dejó guiar hasta la habitación del chico, el mismo lugar donde se habían visto por primera vez. Tragó saliva cuando, tras recorrer su cuello y su espalda con sus labios, sus dedos largos y hábiles deshicieron sin esfuerzo el nudo que sujetaba el corpiño de su vestido. La tela que había cubierto sus pechos cayó, dejándolos al descubierto, y la mirada sorprendida y extasiada de Luka al ver que no llevaba sujetador debajo le proporcionó una nueva seguridad. Se irguió, dejando atrás cualquier vergüenza, exponiéndose invitadora ante sus ojos. El chico se relamió inconscientemente, pero permaneció inmóvil, como hipnotizado, hasta que ella enredó sus dedos entre su pelo para atraerlo hacia sí. Tras un largo beso, sus manos parecieron volver a cobrar vida para recorrer su torso, acariciando sus pechos con devoción, y luego fue su boca la que los colmó de atenciones.

Exhaló un gemido quedo cuando pellizcó suavemente uno de sus endurecidos pezones entre sus dedos, mientras era su lengua la que se ocupaba de estimular al otro. Aprovechó una pequeña pausa para deshacerse de la camiseta del chico, abrazándolo después para sentir su calor piel con piel. Él tampoco se quedó quieto esta vez: el cinturón que sujetaba su vestido pronto estuvo en el suelo, y tras un ligero tirón lo siguió el resto de la tela. Su propio pantalón vaquero no tardó en hacerles compañía.

Sus respiraciones agitadas se mezclaban en cada beso. Marinette empujó a Luka para hacerlo caer sobre la cama, colocándose a horcajadas sobre él; pero el chico no tardó en recuperar la iniciativa. Cuando la tuvo tumbada de espaldas se detuvo un momento para devorarla con la mirada, y luego repartió besos cubriendo metódicamente cada rincón de su piel. La chica sintió cómo temblaba de excitación cuando sus braguitas se deslizaron por sus piernas, revelando aún un poco más de superficie que besar.

La intensidad de las sensaciones que la embargaron cuando Luka se sumergió entre sus piernas le resultó algo abrumadora, pero pronto se habituó a aquellos agradables escalofríos, y se atrevió a separar bien las rodillas para buscar incluso más profundidad en sus besos. Los gemidos empezaron a surgir, inevitables, cuando la lengua del chico encontró su botón de placer, y aumentaron de volumen cuando sus dedos comenzaron a juguetear en su entrada, hasta que el índice y el corazón encontraron acomodo en su interior.

--Mmmm, Luka... --suspiró, imprimiendo a sus caderas un cadencioso vaivén que multiplicaba sus sensaciones.

Siguiendo su instinto, aumentó el ritmo de sus movimientos hasta que una serie de potentes estremecimientos la sacudieron de arriba abajo en una explosión de placer. La boca de Luka abandonó sus zonas más sensibles para buscar la suya, pero sus dedos continuaron acariciándola mientras la besaba, hasta que se sintió totalmente satisfecha, y aflojó la presión que su propia mano había estado ejerciendo sobre la del chico. Ni siquiera era consciente del momento en el que la había colocado allí: su cuerpo parecía haber actuado por sí solo, y ella simplemente se había dejado llevar.

--¿Estás bien, preciosa?

--Agotada, y satisfecha --sonrió ella--. Se está muy bien a tu lado en el paraíso...

Él cerró los ojos y la abrazó con fuerza, y ella le correspondió con las que le quedaban. Al sentir la dureza de su erección contra ella, deseó corresponder al placer que él acababa de proporcionarle. Se escabulló de entre sus brazos, provocando una leve protesta por parte del chico que enseguida se acalló cuando se dio cuenta de hacia dónde se dirigían sus atenciones.

--Yo también quiero probarte.

Retiró los boxer, liberando su miembro, y lo recorrió con sus manos, provocándole un estremecimiento. El glande lucía húmedo y brillante, recubierto por el líquido preseminal, y le resultó curiosamente salado al paladearlo. Probó a introducirlo en su boca, y él echó la cabeza hacia atrás, apretando los puños. Las atenciones que le había dedicado a ella le habían resultado tan excitantes que comenzaba a tener la impresión de que no haría falta demasiado para provocar su propia liberación.

--Quiero hacer que acabes tú también --continuó hablando ella, tentadoramente exigente.

Él asintió, guiando una de las manos de la chica para que rodeara el tronco de su pene, y presionando luego con la propia para que la moviera arriba y abajo. La otra se dirigió a sus testículos, para acariciarlos suavemente. Marinette mantuvo el ritmo tal y como le había indicado, y luego se animó a añadir también la estimulación de su boca, al igual que le había hecho antes él.

--Te avisaré cuando... hummm... cuando... ¡uff!

Le encantaba verlo así, jadeante, excitado, removiéndose bajo sus caricias, gruñendo de placer cuando succionaba su glande o cuando introducía su miembro en su boca todo lo que era capaz.

--Mari... ya... --gimió Luka.

Ella se apartó ligeramente para concentrarse, fascinada, en la expresión que surcaba el rostro del chico con cada oleada de placer. Luego probó, curiosa, un poco de aquel líquido viscoso que había acompañado a su clímax, atrapando con su lengua una de las gotas que resbalaban por sus dedos.

--Resulta muy sexy verte hacer eso --suspiró--. Mi pequeño ángel de perdición... Bajaría hasta el infierno si fuera necesario para tenerte.

--Por ahora, creo que deberíamos quedarnos en el cielo un rato más, ¿no te parece? --se acurrucó contra su pecho, mimosa.

--Eres increíble, cariño. ¿Cómo puedes ser tan tierna y tan excitante a la vez?

Marinette se relajó entre sus brazos. Bueno, por lo que podía intuir tras aquel primer asalto, no parecía que el lubricante fuera a ser necesario si se decidían a continuar...

Al recordar sus compras de la tarde un súbito pensamiento la asaltó, haciéndola llevarse la mano a la frente.

--¡Ay, no! Luka, soy un desastre.

--¿Qué ocurre, cielo?

--Había comprado... bueno, ¡algo! para esta cita, y me temo que me lo he dejado en casa.

--¿Algo? ¿Y qué era? --se extrañó él.

--Preservativos --murmuró, algo avergonzada.

--¿Habías comprado preservativos? --la abrazó, sonriendo--. Eres increíble, Marinette.

--Pero se han quedado en mi casa...

--No te preocupes por eso. ¡Mi madre guarda un buen arsenal!

Se incorporó, tendiéndole la mano para que lo siguiera. Ella lo recorrió con la mirada, sin poder evitar ruborizarse ante la visión del chico, totalmente desnudo, con la mano invitadoramente adelantada. Dio un leve tirón a la sábana para cubrir su propia desnudez antes de seguirlo, y él la miró entre sorprendido y enternecido por su pudor. No en vano, hacía solo un momento que sus ojos habían podido recorrer cada rincón de su cuerpo sin restricciones; sin embargo, aquel gesto tímido le resultó tan sensual como encantador.

--Acompáñame al camarote de la capitana. ¡Aunque no puedo garantizarte que lo que guarda en su armario no vuelva a subirte los colores!

Fue tras él, riendo, sujetando la sábana alrededor de su cuerpo y cuidando que no se enredara entre sus pies. Luka abrió la puerta de un pequeño armario adosado a la pared, y ella se inclinó, curiosa, para ver qué se escondía en él.

--Natural, XL, sensitivo suave, sabores tropicales, real feel... ¿mutual clímax? --enumeró Marinette, leyendo cada una de las cajitas que se amontonaban ante sus ojos sorprendidos.

--Creo que ese tiene estrías para resultar más estimulante, y alguna clase de retardante para prolongar la relación y evitar un final de fiesta demasiado rápido. ¡No todos los amantes de mi madre dominan técnicas de meditación y control del cuerpo!

La chica curioseó entre los objetos que reposaban en el armario: una venda para los ojos de seda negra, unas esposas, plumas, una fusta de cuero, chocolate corporal, media docena de tipos de lubricante y toda una variedad de vibradores surtidos en cuanto a formas y tamaños. Luka se encogió de hombros ante la mirada interrogativa que le dirigió.

--Digamos que mi madre tiene ideas bastante liberales en cuanto al sexo...

--¿Y no se enfadará porque me hayas enseñado todo esto?

--Tranquila, no le importará. Me echaría la bronca más bien si no venimos a buscar uno de estos.

Eligió una de las cajitas para tomar un par de profilácticos, que le tendió.

--Real feel --leyó ella--. Suena bien. Y... ¿sueles tener que acudir a menudo a la reserva de tu madre?

--Oh, bueno, ya sabes... en una banda de rock, ¡el guitarrista siempre es el que más liga!

Se apresuró a abrazarla, riendo, al ver que ella hacía un puchero contrariado, celosa.

--Es broma, tontina --le dio un tierno beso en la nariz--. Claro que no. Sabes de sobra que no ha habido ninguna chica importante en mi vida antes que tú, y que desde que te vi no tengo ojos para otra. En esta casa el desenfreno sexual siempre ha sido cosa de mi madre. Aunque... sí tú quieres... eso puede cambiar.

Se acercó, seductor.

--Pero solo conmigo.

--Solo contigo, Marinette. Solos tú y yo --afirmó él, besando sus labios, y luego esbozó una sonrisa juguetona--. A no ser que quieras que te regale algún juguetito como los que le gustan a Anarka...

--Por ahora me basta con esto --acarició su miembro, que se endureció al instante--. Más adelante... ya veremos.

Los besos no tardaron en ir ganando pasión. Marinette retrocedió torpemente, tropezando con la tela, y él la sostuvo lo justo para girarla y que cayera sobre la enorme cama de Anarka Couffaine, cuyo colchón tembló bajo su peso.

--¿Cama de agua?

--Ya ves... ¿Qué tal si provocamos una buena tormenta en ella? --propuso, terminando de apartar la sábana que la cubría.

--Me gusta la idea --jadeó ella, entre besos.

--Eres preciosa, pequeña. Me encanta tu cuerpo, tu sabor, sentir cómo te mueves. Quiero oírte decir mi nombre mientras estoy dentro de ti...

--Pues ponte esta maldita cosa --abrió el envoltorio de uno de los preservativos--, y llévame de vuelta al paraíso.

Él rio, divertido por su impaciencia. Tanteó su entrada, deliciosamente húmeda, y pasó su duro miembro por ella una y otra vez, acariciándola pero sin llegar a penetrarla.

--Luka... te quiero dentro... --terminó por protestar ella, ansiosa.

--Iré despacio. Avísame si te duele.

Marinette cerró los ojos con fuerza al sentir como el chico se abría paso lentamente en su interior. No era exactamente placentero, pero tampoco exactamente doloroso. Se sentía llena, colmada, y la sensación encerraba además la promesa de algo mejor. Gimió bajito mientras él llegaba, poco a poco, a introducirla en su totalidad.

--¿Estás bien?

--Sí... sigue.

Él obedeció, moviéndose despacio dentro y fuera, haciéndola suspirar, mientras cubría su cara de besos. Era agradable sentir el peso de su cuerpo sobre ella; fueron probando pequeños cambios en la manera de colocar sus piernas, o de apoyar sus brazos, descubriendo con cada postura nuevos matices en las sensaciones que compartían.

--Ven, cariño. Vamos a probar así.

La ayudó a colocarse de lado y la abrazó desde atrás, pegando su pecho a la espalda de la chica. Ella jadeó al sentirlo entrar de nuevo, desde otro ángulo esta vez. Las manos del chico, grandes y un poco ásperas al tacto, se afianzaron en sus caderas, ayudándola a moverse contra él. Ella fue tomando cada vez más confianza, modificando ligeramente su postura para recibirlo en plenitud.

--Sigue así, Luka. Puedes... ir... más rápido.

Los jadeos del chico junto a su cuello y el sonido rítmico de sus cuerpos al chocar le resultaban realmente excitantes. Las manos de Luka, que habían viajado hasta sus pechos, regresaron a sus caderas, y la velocidad de las embestidas se incrementó tal y como había pedido. Gimió con fuerza, sintiendo cómo su interior se contraía con cada escalofrío de placer.

--Sigue... no pares, Luka, quiero...

Fuera lo que fuera lo que iba a pedirle se perdió entre sus agudos gemidos. Sintió cómo el chico clavaba los dientes en su hombro al alcanzar el clímax, derramándose en su interior. Todavía permanecieron un buen rato abrazados, respirando agitadamente al compás.

Luka elevó su barbilla con los dedos para mirarla intensamente a los ojos.

--Te quiero, Marinette --dijo--. Y creo que, a partir de ahora, tengo una nueva melodía favorita --sonrió con picardía.

--Yo también te quiero, Luka --correspondió ella, abrazándolo de nuevo. Él cerró los ojos; ella los mantuvo abiertos, pensativa a su pesar.

Se acurrucó junto a él, intentando relajarse bajo sus dulces caricias. «Te quiero», pensó; «pero habría dado cualquier cosa porque hubiera sido él el que compartiera conmigo este momento».

Se removió, incómoda, sintiendo un desagradable nudo aprisionar su garganta. No se arrepentía en absoluto de la decisión que había tomado de entregarse a Luka; además, hasta que aquel doloroso pensamiento había comenzado a resonar en su interior, la noche había sido perfecta.

--Voy al baño, y de paso a mirar qué hora es --suspirando, se liberó de su abrazo--. Mañana tengo clase, y no puedo llegar muy tarde a casa.

--Es temprano --afirmó él--. Es muy temprano. Sea la hora que sea, aún es demasiado pronto para que te vayas de mi lado.

Alargó el brazo, fingiendo que trataba de retenerla junto a él. Ella sonrió, pero esquivó su mano y terminó de levantarse.

--Vuelvo enseguida.

Necesitaba un poco de agua fría para refrescar su cara, y unos instantes a solas para intentar borrar aquel pensamiento tan injusto para él como amargo para ella. Se sentó en el váter, y parpadeó al comprobar que una gota roja manchaba el papel con el que se había secado.

Desbloqueó el teléfono móvil, que había rescatado de su bolso al pasar junto al cuarto de Luka, y miró el reloj. Eran ya cerca de las diez, pero todavía le quedaba algo de margen antes de tener que regresar a su casa.

En la pantalla titilaba también una notificación:

«Marinette and Luka's eternal love- 5 mensajes nuevos»

¡No, no, no! No quería pensar más en Adrien ahora. Porque no podía engañarse: lo que había sentido --lo que todavía sentía-- por él era real, y era muy fuerte. Pero tenía que olvidarlo, tenía que seguir: enterrar aquel amor en un hoyo profundo y limitarse a seguir construyendo una buena amistad con él y una relación estable con Luka.

Sin embargo, no pudo evitar el impulso de desbloquear la pantalla, y de echar un vistazo rápido a los mensajes...

Alya: Cómo va la velada? Dinos algo cuando puedas!

Nino: Eso, q tal va todo por el barco del amor?

Alya: Espero q estés pasándolo fenomenal

Nino: Y q hayas estrenado ya el lubricante

Alya: Sé que estarás muy «ocupada», pero me muero por saber algo, aunque sea cómo valoras la cita del 1 al 10...

Marinette bufó por lo bajo. Varios mensajes de Alya y Nino, pero ni una sola palabra de Adrien. Ella seguía siendo la misma imbécil de siempre, mientras que lo más probable era que el rubio no le hubiera dedicado un solo pensamiento en toda la tarde.

Tecleó una escueta respuesta antes de volver a bloquear el aparato, y se apresuró a regresar a la cama, junto a su novio.

Adrien miró la pantalla de su móvil de nuevo para comprobar por enésima vez que ella todavía no había contestado. Dudó, como en todas las anteriores, si debía poner él algo, o mejor no. Seleccionó su contacto: ni siquiera se había conectado desde que Luka había llegado a recogerla. Estaría muy ocupada, como había escrito Alya: lo más probable era que, en ese mismo instante, estuviera en la cama de su novio, gimiendo su nombre debajo de él.

Se restregó los ojos, tratando de borrar aquella imagen de su mente. Ni siquiera entendía por qué demonios le molestaba tanto, pero aquella idea lo estaba volviendo loco. Ignoró la mirada burlona de Plagg, que le recordaba lo patético que estaba siendo. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué parecía haberse obsesionado de repente con Marinette? Él ya tenía a su novia, y para colmo de males estaba enamorado de otra chica diferente. ¿Dónde demonios encajaba su amiga, y los celos que ahora mismo estaba sintiendo al imaginarla con otro, en aquella ecuación?

Volvió a mirar su contacto en la pantalla y le dio un vuelco el corazón: ahora aparecía «en línea». Seleccionó el grupo que compartían, y contuvo la respiración al ver que ella estaba escribiendo.

Al ver la respuesta arrojó el móvil a un lado con rabia, y enterró la cabeza bajo la almohada.

Marinette había citado el mensaje en el que su amiga le pedía una valoración de la cita, y había escrito simplemente «10». ¿Un diez? ¿En serio? ¿No podía haberse limitado a escribir «bastante bien»? Porque eso todavía le habría dejado un margen para la esperanza. Sin embargo, no había forma de superar un maldito diez.

Sabía perfectamente que se estaba comportando como un niño malcriado, que su rabia no tenía sentido, pero simplemente no lo podía evitar.

Mañana volvería a sonreírle, a ser cortés y a disimular. Soportaría estoicamente la emoción de la chica tras su cita perfecta, compartiría bromas con los demás, y se comportaría como el buen amigo que era para ella. Pero esa noche, en la soledad de su cuarto, ni podía, ni quería, fingir.

«He sido un idiota, y la he perdido para siempre». Aquel pensamiento se clavó con fuerza en su pecho, saltándose los habituales filtros de autonegación con los que solía amortiguarlos.

Miró al pequeño kwami negro revolotear de un extremo a otro de la habitación, tarareando una canción en la que la palabra que parecía repetirse con mayor frecuencia era «queso». Suspiró. Quizás sí que le quedaba algo de margen para caer incluso más bajo...

--Plagg, vamos a dar un paseo.


Dulce Lukanette para el alma, aunque con dudas al final. Veremos cómo van evolucionando los sentimientos...

Gracias por el apoyo y los comentarios. Nos leemos pronto!

Butercup