Aviso- Este capítulo es especial. Entre sus palabras se esconde una magnífica sorpresa: una colaboración con mi querida y admirada Hanako Dosukoi, que ha escrito para esta historia un tórrida y sensual escena Gabinath de la que enseguida podréis disfrutar. Y, cuando terminéis su fragmento, y claméis desesperadas por poder continuar sumergidas en su talento, buscad en su perfil todos sus títulos, incluyendo la genial Sin Remedio, y preparaos para una experiencia intensa. No os arrepentiréis.
Pues eso, que muchas gracias, Hanako, por tu escena, tu inspiración, tu idea sobre Notre Dame y tu inestimable ayuda con esta trama. Sin más, empezamos.
--Hermano, de verdad que no te entiendo --Nino sacudió la cabeza a un lado y a otro.
--Ya... --Adrien bajó la mirada, abatido.
--Es que estabas a esto, ¡a esto! --marcó entre el índice y el pulgar una distancia diminuta-- de que Marinette empezara a plantearse si dejar a Luka por ti. ¡Y ahora le vienes con el rollo ese de que sois súper amigos, y nada más! Alya está que se sube por las paredes.
--Sí, lo he notado.
La morena había pasado de ser su más firme defensora, celebrando junto a él cada uno de sus pequeños avances, y siempre dispuesta a echarle un cable si se presentaba la ocasión, a volver a ejercer su papel de torturadora profesional, restregándole sin piedad el más mínimo detalle de la felicidad de su amiga con Luka. Empezaban a darle ganas de contarle los dedos de la mano derecha, por si resultaba tener seis y ser pariente del conde Rugen; bajo su punto de vista, eso explicaría algunas cosas.
--¿No me vas a decir nada más?
--¿Qué quieres que te diga?
--¡Por qué! Quiero que me expliques por qué has pasado de intentar dar pequeños pasos en dirección a tu felicidad, a tirarlo todo por la borda y dedicarte a vagar por el mundo con pinta de desgraciado, poniendo cara de cachorro apaleado cada vez que mi dulce novia remueve tu herida con sus comentarios.
--Nino, ahora mismo estoy en una situación bastante complicada. Y lo peor es que cualquier paso que dé podría agravarla aún más.
--Vaya, eso no suena bien, pero... ¿no puedes ser más claro? Si puedo ayudarte en algo, solo tienes que decirlo.
--¿Puedes pedirle a Alya que deje de joderme más, por favor?
--Tío, me refería a ayudarte en algo que no suponga jugarme el cuello... --bromeó--. Venga, le diré algo, ¿de acuerdo?
--Gracias, Nino --chocaron puños--. Mejor que vayamos a clase; ya te contaré más en cuanto pueda.
--Yo voy al baño; nos vemos allí.
Alya y Marinette cuchicheaban con entusiasmo sentadas tras sus pupitres, pero hicieron un alto cuando lo vieron entrar. La morena carraspeó, escrutándolo de arriba abajo, mientras él la miraba sin comprender.
--Agreste, sé bueno y no cotillees, ¿quieres? Que estamos hablando de cosas de chicas.
Él alzó las palmas de las manos con ademán conciliador, extrajo los auriculares de su maleta y se los colocó, dándose la vuelta ostensiblemente. Luego, bajó el volumen al mínimo, mientras continuaba marcando el ritmo de una canción imaginaria con pequeños movimientos de su cabeza. Sabía que lo más probable era que escuchase cosas que no deseaba oír, pero la curiosidad era más fuerte; aunque esta implicara también cierta dosis de masoquismo.
Las chicas retomaron enseguida la conversación.
--Entonces, ya ha pasado el tiempo que indicaba el prospecto, ¿verdad?
--Sí, se supone que ya no habría que usar nada más; podemos hacerlo... así mismo.
--¡Perfecto! Adiós, gomita, ¡hola, piel con piel! --rio Alya.
--La verdad es que me apetece; así ya no tendremos que pensar en nada más, ni estar parando en medio...
--¡Ni seguir asaltando las reservas de tu suegra!
--Exacto.
--Y estás segura de que no se te ha olvidado tomar ninguna pastilla, ¿verdad?
--No, no; no he olvidado ninguna. Puse una alarma en el móvil, y siempre las tomo a la misma hora.
--Buena táctica. ¿Y ya se lo has contado a Luka?
--Solo le he dicho que tengo una sorpresa para él... esta tarde se lo diré.
--Genial, chica. Y, ¿sabes qué? ¡Ya puedes irle adelantando que va a tener dos sorpresas, no una sola!
--¿Dos sorpresas?
--¡Tachááán!
Alya sacó algo de su mochila y se lo entregó a Marinette. El crujido plástico de una bolsa al abrirse, y luego el ruido del papel al rasgarse, le indicaron que estaba desenvolviendo algo. En cuanto lo tuvo entre sus manos, a la azabache se le escapó un gritito de emoción, y un murmullo agradecido.
--¡Pero Alya! ¿Y esto?
--Estarás irresistible con él.
--Es el que vimos en aquella tienda... ¡Pero era muy caro!
--No tanto; y Nino ha puesto pasta también. ¡Me hacía mucha ilusión que lo tuvieras! Además, seguro que tu chico nos lo agradecerá también...
Nino, que llegaba en ese momento, le hizo un gesto aprobador a las chicas alzando el pulgar, se sentó junto a Adrien y, con expresión culpable, murmuró junto a su oído:
--No me odies, tío; en realidad, lo compramos pensando en que lo disfrutarías tú.
Adrien fingió un gesto de desconcierto, retirando los auriculares como si no hubiera escuchado nada. Nino le puso la mano en el hombro para indicarle que se girase; lo que Marinette tenía en su mano era un exquisito conjunto interior de encaje negro. Tragó saliva al verlo, y otra vez al encontrarse con sus ojos azules y su rostro sonrojado.
--Estarás preciosa --susurró, clavando su mirada en ella, y maldiciendo su suerte por enésima vez.
--¿Verdad que sí, amigo? --dijo Alya, mordaz--. ¿Qué? --le espetó a Nino, que le había dado una patada por debajo de la mesa.
--Nada, nena. Que mejor que guardéis eso, que ya llega la señorita Bustier.
Como todas las mañanas en las que le tocaba acompañar a Adrien hasta el instituto, Nathalie se dispuso a repasar sus notas en la tablet durante el trayecto de regreso a la mansión. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que estaba releyendo los mismos párrafos una y otra vez, incapaz de centrar su atención. Adrien seguía silencioso y taciturno; no le gustaba verlo de aquella manera, y menos por culpa de quien debería estar velando por su felicidad. Tenía que hacer algo, decidió.
Al llegar a la mansión fue directa al despacho de su jefe. Veía cómo se estaba pasando con su hijo, y eso a ella le dolía sobremanera, tanto por el daño que le estaba haciendo al chico como por el que se estaba haciendo a sí mismo al alejar de esa forma a Adrien. Llamó a la puerta y esperó hasta que la ruda voz de Gabriel le dio permiso para entrar.
—¿Qué quieres? —preguntó con demasiada tensión en la voz.
—¿No cree que se está pasando con el muchacho?
Él alzó la vista y la miró con la ira centelleando en sus ojos grises.
—¿No crees que te estás pasando tú con esa actitud hacia mí?
—No es mi intención, señor. Solo pretendo que no cometa un error que le pueda costar caro.
—¿Es una amenaza?
—Sabe que no.
Ambos se mantuvieron la mirada un momento. Nathalie tenía claro que se estaba jugando mucho, y que su jefe era una persona difícil de llevar. Cuando no quería abrir los ojos era imposible hacerle ver nada, y eso lo estaba viviendo ella en primera persona desde hacía algún tiempo, cuando acudía a ella buscando cierto tipo de desahogo con el que le ayudaba sin problema, sin preguntas, sin reproches. Dejó la tablet sobre la mesa y se atrevió a dar la vuelta para colocarse tras él, rodeándolo con sus brazos para transmitirle un poco de esa serenidad que a ella le sobraba.
Gabriel aceptó sin pensarlo: necesitaba de ese contacto que últimamente se estaba convirtiendo en algo tan reparador para él y que no quería aceptar abiertamente. Por un momento deseó dejarse llevar, sucumbir a ese resquicio de luz que le aportaba ella, a esos sentimientos que parecían querer aflorar cuando estaban juntos. Pero no podía hacerlo. Eso desestabilizaría todos sus planes, todo por lo que llevaba años luchando, todo lo que pretendía enseñarle a su hijo.
Una chispa de frío rencor nació en su corazón, haciéndole tirar del brazo de la mujer para colocarla frente a él para atrapar sus labios con furia, acallando esa pequeña voz que le decía que esos sentimientos negativos tenían como nacimiento su propio comportamiento hipócrita. Como siempre, Nathalie respondió enseguida de buen grado. Siempre dispuesta, siempre complaciente.
Se dejó caer en brazos de su exigente jefe con naturalidad y sumisión, llevando las manos a su propia chaqueta para desabotonarla y después hacer lo mismo con el pantalón. Gabriel, por su lado, metió una mano bajo la blusa de la mujer mientras con la otra empezaba a librarse de la ropa que empezaba a apretarle su endurecido miembro. Masajeaba uno de los pechos de su asistente recreándose en el suave tacto que tenía y en la adictiva consistencia que le llamaba a degustarlo, cuando su deseo pudo con él y le obligó a sujetar firmemente los glúteos de Nathalie para alzarla apoyándola contra su propio cuerpo hasta llevarla al borde de la mesa de reuniones que tenía en su despacho.
La sentó en ella, sin soltar su boca, y buscó cada una de las curvas de su cuerpo con la yema de los dedos. Ella jadeó ante sus caricias, cosa que le hizo perder la poca cordura que le quedaba y terminar por bajar hasta las rodillas el pantalón y la braguita de su compañera, haciéndola bajar y rodar y plantar sus manos sobre la mesa, exponiendo su perfecto trasero ante él. Se agachó y comenzó a degustar aquello que su intimidad le ofrecía, notando cómo ella se retorcía sobre su boca de manera sensual. No pudo esperar más. Se puso de pie para sacar su virilidad del bóxer y penetrarla con fuerza desde atrás. Al notar la conexión ambos gimieron abiertamente, tomándose un segundo para disfrutar en silencio del delicioso contacto con el otro. Pronto Gabriel empezó a moverse dentro de ella, quien sentía que su interior se adaptaba a la perfección a aquella maravillosa intrusión de su jefe.
Acompañó los vaivenes de su pelvis con magistral compenetración, haciendo subir la ansiedad de su jefe al momento. Necesitaba poseerla de la forma más dominante posible, marcando su territorio dentro de ella y borrando todo rastro de los sentimientos que pudieran asomar en su marchito corazón. Sujetó con fuerza sus caderas para apretarlas más y más mientras la embestía de aquella morbosa forma, hasta que sintió que pronto no podría seguir con ese juego y cambió la potencia por la rapidez.
Seguro, jadeante, preciso, Gabriel se dejó ir con supremacía disfrutando del consuelo que aquel juego que se traía con su asistente le proporcionaba. Sin sentimientos, sin preguntas, sin reproches. Cuando las oleadas de placer remitieron pudo notar alrededor de su miembro los espasmos de ella, y por un momento se permitió sentirse feliz al saber que también había alcanzado su propio clímax, aunque jamás lo reconocería en voz alta.
Salió de ella despacio y la incorporó para besar con ternura su mejilla. Un desliz que de momento se podía permitir. Se limpiaron, recompusieron su ropa y se dispusieron a continuar su jornada como si nada hubiese pasado, con el remordimiento atenazando el pecho del diseñador y sintiendo cada vez más asco hacia su persona.
Cuando Adrien llegó a su casa solo lo recibió el silencio. Tardó un buen rato en localizar a Nathalie, cuyos tacones resonaban sobre el pavimento mientras recorría la mansión a paso vivo, al parecer muy atareada. Se hizo el encontradizo para abordarla con discreción.
--Nathalie, ¿cómo está mi padre? ¿Has podido hablar con él?
Ella le dedicó una mirada de soslayo, y abrió y cerró la boca varias veces sin decidirse a responder. Vaya, ¿tan malo era lo que iba a decirle? Por otra parte, le había parecido ver asomar un levísimo rubor a sus mejillas, si es que acaso aquello fuera posible. Lo descartó, meneando la cabeza: debía de ser un efecto de la luz.
--¿Hablar con él? Sí, lo he intentado. Solo... dame tiempo, ¿de acuerdo?
--De acuerdo --aceptó. Como si tuviera otra opción...
Se encerró en su cuarto, pasando con desgana los canales en su enorme televisor. Un concurso, uno de esos programas en los que reforman casas, una película: Moulin rouge. Eso estaría bien.
Se dio cuenta de que tal vez no había sido tan buena idea verla cuando se encontró sollozando como un crío al ritmo de Your song. En ese momento, Marinette estaría preparándose para salir con Luka, y compartir las dos sorpresas de las que había hablado con Alya. ¿Cómo se vería aquel suave encaje sobre su piel pálida y delicada?
Cogió el móvil entre sus manos con un deje de rabia. Sabía que aquello no tenía ningún sentido, pero era incapaz de resistirse: podía controlarse en clase, cara a cara, pero intercambiar aquellos mensajes se había convertido en una droga para él. Eran como el último rescoldo de aquella hoguera que habían prendido entre los dos, que ahora necesitaba proteger frente a la tormenta para que no terminara de apagarse. Simplemente, no podía dejar morir la esperanza de encontrar alguna solución, de escapar del laberinto en el que se sentía prisionero. Necesitaba expresar de alguna manera cómo se sentía, y la música le proporcionaba un camino para ello.
Adrien privado: Come what may (BSO Moulin rouge)
Sin esperar su respuesta, llamó a Plagg para transformarse; necesitaba sentir el viento en su cara durante un rato, o acabaría por ahogarse.
Marinette salió de la ducha y se dirigió a su habitación envuelta en la toalla. Antes de ponerse prenda alguna, echó un vistazo rápido a su teléfono. Allí estaba: otro mensaje de Adrien. ¿Qué le diría esta vez?
Pensó que ni siquiera debería afectarle tanto todo aquello. Por encantador que fuera en aquellos intercambios, al verse al día siguiente su actitud volvería a ser la acostumbrada: amistosa, pero distante. Era como si tuviera dos caras, una que le mostraba al mundo en general, y otra que reservaba solo para ella.
Un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies cuando la música que le había enviado comenzó a sonar. Recordaba aquella película, y en particular aquella escena: «Come what may» era la canción secreta entre Satine y Christian, la que debía resonar en la cabeza de ambos mientras la cortesana se acostaba con el duque. Solo que, en este caso, Luka no se merecía en absoluto el papel de malo en aquella historia.
Se dejó mecer por la melodía, con el corazón encogido, y permaneció inmóvil aun después de que se desvanecieran los últimos acordes. ¿Qué podía responder? ¿Qué canción elegir? ¿Quizás Crazy, de Aerosmith?
«Crazy, crazy, crazy, I go crazy
You turn it on
Then you're gone
Yeah, you drive me
Crazy, crazy, crazy, for you baby
I'm losing my mind,
Because I'm going crazy...»
Desde luego, con lo de volverla loca no iba muy desencaminada. Y también con lo de acercarse solo para alejarse después. ¡Prácticamente se habían dicho «te quiero» el uno al otro! Y, justo entonces, se había estropeado todo. Bien, pues estaba claro que ya había dado con la canción perfecta. Además, la versión que le enviaría, interpretada por Nicole Kidman, enlazaba perfectamente con la película a la que había hecho referencia él.
Marinette privado: Something stupid, Nicole Kidman Robbie Williams.
«And I'm alone with you
The time is right
Your perfume
Fills my head
The stars get red
And oh the night's so blue
And then I go
And spoil it all
By saying something stupid
Like I love you...»
Miró el reloj: se estaba haciendo tarde. Suspirando, se dispuso a vestirse. Luka pasaría el fin de semana en Nimes, en un encuentro entre bandas de rock que se había organizado en aquella ciudad, y habían planeado una despedida especial para aquella noche. Estrenaría el regalo de Alya, y podrían disfrutar también de la nueva libertad que les proporcionaba el que ella hubiera comenzado a tomar pastillas anticonceptivas.
Un cosquilleo recorrió su intimidad al pensar en todo aquello: realmente, el sexo con Luka era fantástico. El chico se desvivía por ella, se preocupaba por su placer, y sabía hacerla sentir valiosa, amada, deseada. Si tan solo ella fuera capaz de borrar la imagen de Adrien de su cabeza mientras todo aquello ocurría, ya sería perfecto.
Frotó sus ojos, contrariada. Tenía un plan de ensueño en perspectiva, y sin embargo, si era totalmente sincera consigo misma, debería admitir que lo habría cambiado sin dudarlo por un solo beso de Adrien. Casi agradecía que el rubio no hubiera llegado a ponerla a prueba; no deseaba traicionar a su novio, pero tampoco podía poner la mano en el fuego por su propia sensatez en un caso así.
Cada vez era más tarde. Comenzó a vestirse mecánicamente, intentando no pensar. La fina tela de encaje acarició sus muslos cuando se colocó las braguitas negras; el corte resultaba muy favorecedor, con aquel borde ondulado que recorría sus nalgas, dejando al descubierto más de la mitad de las mismas, resaltando la firmeza de su trasero. Por su parte, el sujetador elevaba sus pechos, que lucían plenos, tentadores. La blancura de su piel, así como el leve tono rosado de sus areolas, se adivinaban con facilidad bajo las transparencias que dibujaba el encaje. Todo en aquel conjunto estaba diseñado para seducir.
Completó su atuendo interior con unas medias finas, también negras, que aportaron a sus piernas un suave brillo satinado. La blonda que las sujetaba a sus muslos hacía juego con el resto de las prendas, incluyendo el estrecho portaligas que abrochó a su cintura y aseguró a cada media.
Esta vez sí se dejó sus coletas, pues le pareció que el toque inocente que le daban contrastaba con el conjunto, resaltando su sensualidad en lugar de apagarla. Aplicó un discreto maquillaje sobre su rostro: delineador negro, una pizca de colorete y brillo labial. Se miró al espejo, satisfecha por el resultado. Y, justo en ese momento, sonaron en su teléfono dos notificaciones casi simultáneas.
Luka: Hola, preciosa! Ya hemos terminado el ensayo, ¿voy para allá?
Aquel día se quedarían en casa de Marinette, ya que sus padres saldrían a cenar hasta tarde, permitiéndoles gozar de intimidad durante unas cuantas horas. Respiró profundo, buscando recuperar la tranquilidad que la había abandonado de pronto. Necesitaba un poco más de margen para reordenar sus sentimientos y permitirse disfrutar de lo que le esperaba; y la otra de las notificaciones iba a proporcionarle la excusa perfecta para conseguirlo.
Nadja Chamack transmitía en directo, con expresión preocupada y un tono urgente en la voz:
--...la nueva víctima de Lepidóptero recorre las calles de París sembrando el caos y la destrucción allí por donde pasa, amenazando con llenarlo todo de oscuridad, y con acabar con todo lo que es colorido, dulce o bello. Una oleada de explosiones lo acompaña en su recorrido, haciendo saltar por los aires todo objeto, edificio, animal o persona que despierte su ira. ¡Destroza las estatuas! ¡Devasta las floristerías! ¡Persigue a los cachorros! ¿Puede alguien imaginar un nivel de crueldad mayor?
Marinette: Luka, hay alerta de akuma! No salgas ahora; hablaremos cuando todo haya vuelto a la normalidad
Luka: Además ataca a todo lo que es bello, así que sin duda corres peligro...
Marinette: qué tonto eres! Me vas a sonrojar.
Luka: Ahora en serio, ten mucho cuidado, ok?
Marinette: Claro, no te preocupes.
Luka: Te escribiré más tarde.
--Tikki, preparémonos. Deja que me ponga el vestido, y...
No pudo seguir hablando: el estruendo de una explosión acalló sus palabras, y el suelo tembló bajo sus pies, haciéndola trastabillar. Cuando todavía no se había recuperado de la sorpresa, una parte de la pared de su cuarto, y más de la mitad del techo, saltaron por los aires.
Se cubrió la cabeza con los brazos, encogiéndose contra el suelo, hasta que un sonido desagradablemente rasposo la hizo reaccionar, gateando a ciegas entre el polvo y los cascotes.
--Vaya, vaya; ¿qué tenemos aquí? Deja que te vea.
Ella se escondió bajo el escritorio. ¡Tenía que despistarlo el tiempo suficiente como para poder transformarse sin que la viera! Buscó desesperadamente algún objeto que arrojar lejos para desviar su atención hacia el sonido, pero antes de que pudiera hacerlo el mueble que la cubría fue apartado con brusquedad, y una figura gigante y oscura se recortó contra la escasa luz, mientras el polvo se arremolinaba a su alrededor.
--Me gusta que vistas de negro; pero eres demasiado preciosa como para dejarte vivir --ella luchó por alejarse, buscando una salida, y él la miró, divertido--. Hummm, sí: definitivamente, será mejor que volatilice cada una de las moléculas de ese cuerpo tan tentador.
Marinette sollozó, presa de la desesperación. Ya no podía retroceder más, y el villano cortaba el camino frente a ella. ¡Aquello no podía terminar así! ¿Quién purificaría el akuma si ella caía? Una bola de energía chisporroteante comenzó a formarse entre las manos de la oscura figura, apuntando directa a su pecho. La chica cerró los ojos, y luego los volvió a abrir, sorprendida.
--En este mundo son demasiado escasos los pechos perfectos; deja los suyos en paz --la voz burlona de Chat noir nunca le había sonado tan bien.
--Esto es una fiesta privada, gatito; es de mala educación interrumpir --Desvió el rayo hacia el héroe, que lo esquivó con gracia.
--¡Corre! --instó a Marinette, que no desperdició la oportunidad para alejarse cuanto pudo de ellos.
La pelea era feroz, y no parecía decantarse con claridad hacia ninguno de los contendientes. Chat se distrajo un breve instante al ver una fotografía suya --o, mejor dicho, de Adrien-- que la azabache tenía junto a su cama, y bufó, ofendido, cuando saltó hecha cenizas frente a sus ojos.
La maldición que masculló Marinette al encontrar bloqueada la trampilla que llevaba hacia las estancias inferiores lo obligó a concentrarse de nuevo.
--Hay muchas cosas bonitas en París para destruir... ¿Cómo decías que te llamabas?
--Puedes dirigirte a mí como Black painter.
--Pues eso, mr. Paint it black; que, con todas las cosas bonitas que hay en la ciudad, no entiendo por qué te has empeñado de esa forma en ella. Deja a la chica en paz, y vayamos fuera a luchar.
--Tienes razón: tengo mucho trabajo por hacer, y vosotros dos me estáis haciendo perder demasiado tiempo. Pero no me gusta dejar lo que empiezo a medias, y su belleza me ofende.
--Bueno, sí, es muy guapa, eso no te lo voy a negar... --echó un vistazo rápido hacia ella, que intentaba trepar por la pared destrozada hacia la terraza, y al ver su cuerpo bañado por la luz de las farolas ahogó una exclamación, acercándose para susurrarle--. Pero, Marinette, ¿qué haces así... vestida? --o, más bien, así semidesnuda, pensó tragando saliva.
--Es una larga historia --masculló ella.
De acuerdo, él ya sabía gran parte de aquella historia, pero una cosa era imaginarlo, ¡y otra bien distinta verla frente a sí!
Un dolor intenso y repentino lo golpeó de frente. Saltó para protegerla con su cuerpo, interponiéndose a modo de escudo, desviando la mayor parte de los impactos con su bastón y encajando el resto.
--¿Lo ves? --rio Black painter--. Su belleza te distrae, y el amor que le profesas te debilita. Si no tienes cuidado, esos sentimientos se convertirán en tu perdición --vaticinó, ominoso.
«Mira, en eso puede que tengas razón» pensó Chat con sorna.
Un momento, ¿qué acababa de ocurrir? Un movimiento tras él, el retumbar de un montón de objetos contra el suelo, el quejido del villano al ser sepultado por ellos... Marinette había aprovechado su discusión para terminar de aflojar una de las estanterías que habían quedado en vilo tras la primera explosión, y ahora disponían de un tiempo precioso para largarse de allí mientras el akumatizado se liberaba del peso de lo que le había caído encima.
--¿Ves? No solo la belleza distrae --se burló el rubio, girándose hacia la chica--. Bien hecho, princesa.
--¿Piensas seguir ahí parado mirándome, o vas a rescatarme de una vez? --se impacientó ella.
--Está bien: por tentadora que me resulte la idea de contemplarte un rato más, tienes razón en que no es el momento adecuado para eso --le tendió la mano, la acercó hacia él, y la tomó en brazos.
Ella se acomodó contra su pecho, y Chat no tardó en averiguar que, si bien mirarla era agradable, tocarla lo llevaba todavía un paso más cerca del cielo. La posición de los brazos tras su nuca elevaba sus senos, ofreciéndole un panorama inmejorable; y la cantidad de tela que la cubría era tan escasa y transparente que apenas podía posar sus manos, o su mirada, en alguna superficie que no resultara agradablemente inconveniente. Respiró con fuerza, tratando de controlar su cuerpo, para no verse pronto en un problema difícil de esconder llevando un traje tan ceñido como era el caso.
Tan concentrado estaba en respirar que un buen número de las motas del polvo que adornaba el cabello de la chica se introdujeron a traición en su nariz, haciéndolo estornudar.
--¡Vaya! --bromeó--. Maldita alergia a las chicas guapas.
--Basta, tonto --protestó ella, enrojeciendo.
Tampoco para Marinette resultaba una postura fácil. Los músculos de su compañero resaltaban con cada movimiento, y la firme presión de sus garras en sus muslos, peligrosamente cerca de sus nalgas, le resultaba inquietantemente perturbadora. Notaba la tensión del chico en cada detalle de su lenguaje corporal, y lo peor de todo el asunto era darse cuenta de lo mucho que ella deseaba que la deseara.
--Y bien --musitó él casi para sí mismo--, ¿cómo encontrar un lugar seguro donde dejar a una encantadora princesa ligera de ropa?
--¿Quizás en el barco de los Couffaine? --propuso ella.
--Lo siento, pero no me queda de camino. ¿Acaso te espera allí tu príncipe azul?
--Podría decirse así...
--Pues, lamentablemente, mi servicio de rescate heroico de doncellas en apuros no incluye reparto a domicilio.
Vale, aquello no estaba siendo muy maduro por su parte... más le valía encontrar algún sitio adecuado y cercano cuanto antes. De pronto, frente a la espectacular fachada de Notre Dame, se le ocurrió una idea que lo satisfizo.
--¡Ya está! Te dejaré en sagrado. Estarás a salvo, nadie te molestará, y tendrás unas vistas excelentes de la ciudad para entretenerte hasta que regrese a por ti. ¡Será como en el jorobado de Notre Dame! Solo que yo soy un poco más guapo que Quasimodo, y tú muchísimo más bella que Esmeralda.
Unos cuantos saltos precisos les bastaron para alcanzar el pasillo que unía las dos torres, sobre el rosetón principal. La apoyó en el suelo, y antes de soltarla cedió a un impulso irresistible que lo llevó a estrecharla entre sus brazos.
--Lo alejaré de ti. No tengas miedo, ¿de acuerdo? --le dijo al oído.
Se separó de ella a regañadientes, acariciando sus hombros y sus brazos con sus pulgares. Por todos los demonios, ¡cómo deseaba besarla!
Marinette se permitió perderse un instante en los ojos felinos del chico. La miraba de una manera capaz de estremecerla: ella estaba despeinada, con churretones polvorientos sobre la piel, y sus preciosas medias no habían sobrevivido al gateo entre los escombros, y presentaban sendas carreras. Sin embargo, él la contemplaba con adoración, como si la viera perfecta. Hasta entonces, Chat solo la había mirado así mientras ella llevaba el antifaz moteado; y a ella jamás le había resultado una sensación tan embriagadora, tan dulce, hasta ese momento. ¿Qué le estaba pasando? ¿Es que acaso no tenía suficiente con sus dudas entre Luka y Adrien, y ahora venía a sumarse su compañero de batallas a aquel confuso baile de sentimientos?
--Te mentiría si te dijera que ahora mismo no siento un poco de miedo, Chat... --confesó a media voz. «Aunque no es precisamente un villano el que lo provoca», añadió para sus adentros.
Él la abrazó de nuevo con fuerza, empeñado en confortarla. Salpicó de besitos su cabello, su cara, su cuello, sintiéndola temblar contra su pecho, y de repente ella alzó la cabeza y sus labios quedaron tan cerca de los suyos que casi habían alcanzado el punto de no retorno cuando una decena de sonoras explosiones les recordaron su deber de salvar la ciudad.
--Tengo que irme, princesa. Volveré muy pronto, lo prometo.
--Cuídate, gatito. Aquí te esperaré.
Lo observó perderse entre los edificios, siguiendo el rastro de destrucción que marcaba el paso de Black painter. Suspiró, se recompuso, y le hizo un guiño a su kwami, que los había seguido discretamente en su huída y que ahora revoloteaba frente a sus ojos, preparada para entrar en acción.
--Tikki, ¡puntos fuera!
El villano destrozaba sin piedad todo lo bello que encontraba frente a él, deteniéndose en cada rincón con metódica perseverancia. Llevaba un rato ocupado volatilizando flores y tiñendo la hierba de negro cuando lo alcanzó Chat noir.
--¿Sabes? Yo también pienso que el negro es un bonito color, pero lo tuyo ya empieza a ser un poco obsesivo.
Black painter se giró despacio.
--¿Dónde has dejado a tu chica?
--Se ha enfadado, y me ha dejado ella --aseguró Chat, encogiéndose de hombros.
--Sabes que la encontraré, ¿verdad? La encontraré, y la destruiré ante tus ojos. No me gusta que me tomen el pelo, y vosotros vais a pagar cara vuestra osadía.
Chat sintió un nudo de ira subiendo por su garganta. ¿Qué manía le había dado a todo el mundo con amenazar a la chica que amaba? Eso sí, mientras que como Adrien se había visto obligado a claudicar momentáneamente ante su padre, como Chat noir pretendía desquitarse en cuanto pudiera del villano.
--Si la encuentras, avísame, que yo también tengo asuntos pendientes con ella.
--Sabes perfectamente dónde está, y yo sé bien cómo encontrarla. Me bastará seguir el miedo en tu mirada para saber si me acerco...
Decidido a no darle la oportunidad de comprobar su teoría, Chat se lanzó con fiereza a la pelea. Pronto se unió a ellos también Ladybug.
--¡Llegas tarde, señorita! ¿Dónde te habías metido?
--Bueno, veo que hasta el momento te las has apañado bien sin mí; ¿has podido averiguar dónde está el akuma?
--Estoy en blanco, Milady. Digo... en negro. La energía parece salir directa desde sus manos.
La heroína decidió invocar su Lucky charm para ver si le daba alguna pista. A sus manos cayó un espejo de buen tamaño; ¿qué debería lograr con él? En medio de la pelea, se las arregló para interponerlo ante algunas de las bolas de energía explosivas que el villano lanzaba, comprobando como la superficie pulida era capaz de reflejarlas hacia el atacante, aunque este las esquivaba con facilidad.
Los ataques de Black painter arreciaban, agotándolos poco a poco. Chat noir parecía extrañamente nervioso, y algunos de sus movimientos la desconcertaban. Cada golpe que recibía el chico era un mazazo a su corazón. ¿Qué le pasaba? ¿Porque no se defendía con tanta habilidad como habitualmente?
La sonrisa de suficiencia del akumatizado, unida a la creciente desesperación de Chat, la llevaron a atar cabos por fin. Su compañero, con sus locos cambios de dirección, trataba por todos los medios de desviar el camino que el villano marcaba, y que les acercaba lenta pero inexorablemente hacia la catedral de Notre Dame.
--Y bien, Ladybug; ¿tu compañero gatuno es siempre tan obtuso, o solo cuando está enamorado?
--Te veo muy confiado --retó ella, burlona--; ¿y si te estamos tendiendo una trampa? ¿Y si resulta que él ha pensado en algo de lo que tú aún no te has dado cuenta?
--Ya, ya... Seguro que es eso. Se enfrenta a mí sabiendo que mi razón de ser es la oscuridad, que destruiré todo lo que albergue belleza y color... y esconde su mayor tesoro sobre las vidrieras de Notre Dame. ¡Muy buena jugada, sin duda! ¡Propia de un maestro!
--A tu altura, desde luego --replicó Chat--. Con toda la belleza de la ciudad del amor a tus pies, y tú empeñado en perseguir a una simple chica solo porque te dejó en evidencia logrando escapar de ti. ¿Todavía te duele la cabeza después de lo que ocurrió en su casa? Y lo mejor de todo es que ni siquiera sabes si realmente está donde crees que está.
--¿Una chica? ¿Su casa? ¿Enamorado? Tienes muchas cosas que contarme, Chaton --le susurró Ladybug.
--Por ahora, sígueme el juego, Milady --respondió él a su oído.
--Bueno, es cierto que quizás Chat noir pueda llegar a hacer algunas estupideces por amor... pero es más listo de lo que parece --alzó ella la voz.
--Ehm... ¿Gracias? --murmuró él, algo ofendido.
--Es más; te apuesto lo que quieras a que ella realmente no está donde piensas --retó la chica con seguridad.
--¿Ah, no? Pues entonces al minino no le importará que haga esto, ¿verdad?
Black painter concentró entre sus manos una bola gigantesca de energía explosiva, dispuesto a arrojarla hacia la catedral. Chat, desesperado, se arrojó sobre él para evitarlo, logrando desviar su atención pero recibiendo gran parte del impacto, que lo arrojó de espaldas al suelo. Gimió de dolor, luchando por levantarse, mientras el villano preparaba otra bola luminosa con la que acabar, finalmente, con él.
Cerró los ojos con fuerza, preparado para encajar un castigo que sentía merecer. Pero el golpe no llegó: Ladybug interpuso a tiempo el espejo, y el resplandor bañó a Black painter, haciéndolo caer.
--¿Sabes qué? Que mejor es que te ciegue el amor a que te ciegue la ira.
Se apresuró a abalanzarse sobre él, quitándole los guantes que cubrían sus manos, y liberando de ellos al akuma.
--Adiós, mariposita --se despidió tras purificarla--. ¡Prodigiosa Ladybug!
Ayudó a levantarse al chico que había sido Black painter, y se despidió de él. Luego, se acercó a su compañero, que seguía sentado en el suelo con expresión abatida, y le tendió la mano también.
--Chat... no debes arriesgarte tanto. Por favor.
--Siento haberte fallado.
--¿Fallado? ¡Qué va! Lo distrajiste magníficamente, como siempre haces. Pero no debes perder de vista que las mariquitas mágicas se ocupan de arreglar todos los daños cuando vencemos. Lo que cuenta es el resultado final, pase lo que pase, y caiga quien caiga en medio.
--Lo sé, pero...
Lo abrazó, enternecida. Al fin y al cabo, todo había sido por protegerla a ella (es decir, a su alter ego), y el chico se había implicado tanto en su papel de salvador que hasta Black painter había llamado «amor» a lo que expresaban sus ojos. Y él no se había molestado en contradecirlo. Y había estado a punto de besarla, antes, en Notre Dame. Y ahora que ella llevaba su máscara no se abandonaba a su abrazo, sino que lo correspondía con unos simples golpecitos en su espalda. Y... ¿Qué estaba pasando allí?
--Me tengo que ir.
--¿Y esas prisas? ¡Si ni siquiera has usado tu Cataclysm!
--Tengo que ir a buscar a alguien.
--Está bien... --suspiró, sin poder evitar sentirse un poquito celosa... de sí misma-- Nos vemos pronto.
--Au revoir, Milady --Chat se despidió llevándose dos dedos a su frente, antes de alejarse saltando hacia Notre Dame.
Vaya, pues más le valía a ella darse prisa para asegurarse de que Marinette estuviera donde la había dejado a tiempo para encontrarse con él...
Gracias por leer!
Sigan cuidándose, y hasta pronto :)Butercup
