Hola chicxs! Sé que hace un tiempo que no subo nada, pero el trabajo me ha tenido demasiado ocupada (además me estoy remirando la serie con una amiga así que no he tenido mucho tiempo para escribir). En cualquier caso, aquí está otro fanfic de Supernatural! DESTIEL como siempre, lo siento, pero necesito estos fanfics para poder ver a estos dos juntos! Espero que lo disfrutéis y no dudéis en dejarme en comentarios lo que os ha parecido.
Este pasa justo después del episodio 14 (Trial and error) de la temporada ocho; Sam ha matado a un perro del infierno, acabando la primera prueba para cerrar las puertas del infierno, Cas sigue bajo la influencia de Naomi, y Dean está mal para variar.
Por fin habían llegado al búnker.
Dean se tumbó en la cama sin quitarse la chaqueta. La herida del perro del infierno le escocía en el costado. La noche había sido un completo desastre. Le había dicho a Sam que confiaba en él para hacer las estúpidas pruebas de Dios. Pero… en serio, dejar que su hermano pequeño, al que se suponía que debía proteger, arriesgara la vida… era demasiado. Solo de pensar en ello quedaba exhausto.
Pero Sammy había tenido razón en algo. Dean no veía la luz al final del túnel. ¿Para qué engañarse? La vida no lo había tratado bien, y tras tantos años, empezaba a hartarse de tanta mierda. No iba a rendirse, no exactamente, le habían educado para seguir luchando. Y lo haría. Solo que, quizá, no lucharía por su vida.
Frank, el loco de las conspiraciones, le había dicho que si quería hacer bien su trabajo, bien podía hacerlo con una sonrisa y la cabeza bien alta. Y eso había estado haciendo. Dean ponía su mejor cara, soltaba algún que otro chiste, y parecía que había convencido a su hermano de que estaba bien. Aunque, evidentemente, no lo estaba.
Sin embargo, todo se había ido a la mierda. Otra vez. Gruñó con el rostro enterrado en su cojín. Sammy haciendo las malditas pruebas… Casi deseó que Kevin no las hubiera encontrado en la maldita tabla. La Palabra de Dios, las pruebas de Dios, "¡me cago en Dios!" Pensó Dean para sí. ¿Cómo se había dejado convencer por Sam? Debería ser él. Él era prescindible.
Su mente divagó, casi consiguiendo que se durmiera. Lastima que su corazón estuviera demasiado alterado, sino podría haberlo conseguido.
Pensó en Cas. ¿Dónde estaba? No le había visto desde su intento por rescatar al ángel con cara de niño. Todo el tema de Alfie le daba un poco de mala espina, pero no conseguía encontrar el por qué. La imagen de Castiel encogiéndose en el suelo mientras intentaban derribar la última puerta le vino a la mente. Cas… verlo tan vulnerable le había roto el corazón. Jamás se habría imaginado al ángel acurrucado en un rincón sollozando. Recordaba la rabia y el odio hacia el que le estuviera haciendo eso a su amigo. Pero, a falta de una persona o cosa a la que culpar, había descargado su ira contra aquella maldita puerta que los separaba de Crowley y Alfie.
Cas dijo que lo había matado en defensa propia. Dean le creyó, siempre le creía. Incluso cuando, durante el año anterior, Cas les había estado mintiendo a la cara. Solo de pensar en los leviatanes le entró dolor de cabeza. Todo eso estaba ya en el pasado. El purgatorio conseguía obligarte a enfrentar los demonios que te rondaban; metafórica y literalmente.
Castiel había vuelto milagrosamente, pero no era el mismo. No todo el tiempo al menos. Cuando se llevó el cadáver de Alfie estaba como ido. Sam no se había dado cuenta, pero Dean sí. Sabía leer a su mejor amigo. Sabía reconocer las emociones que aquellos ojos azules transmitían, aunque su rostro siguiera impasible. Y, cuando se llevó el cadáver del otro ángel, sus ojos no habían dicho nada. Sus palabras habían estado vacías. Y había desaparecido antes de que Dean pudiera detenerlo.
Desde entonces, el cazador había seguido con su rutina. Tenían suficientes problemas en los que pensar como para que dejara que sus pensamientos lo distrajeran. Al menos durante el día, mientras estaban investigando un caso o cazando. Pero en el búnker, a salvo, en su habitación (joder, aun no acababa de creerse que tuviera una habitación propia), con su hermano también a buen recaudo, no podía evitar que su cabeza se preguntara donde estaba Castiel. Al fin y al cabo, habían pasado semanas.
Volvió a gruñir contra el cojín.
La imagen de Cas justo cuando había vuelto del purgatorio solía aparecer en su cabeza. Aun con el pijama del hospital psiquiátrico por debajo de la gabardina. Sucio de tierra, sangre y sudor. Con una barba que le hacía parecer otra persona. Joder. Cuando había salido del baño limpio, afeitado y perfectamente vestido, un latigazo de algo demasiado parecido al placer había recorrido el espinazo de Dean. Confundido, y con un montón de preguntas, había cerrado la boca y había intentado sonreír mientras se removía un poco incómodo en la silla, todo bajo la atenta mirada de Sam.
Se giró en la cama, soltando un suspiro.
Estaba hecho polvo. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Obligar a Cas a recordar cómo había salido del purgatorio? El ángel había asegurado que no lo sabía. Volver a preguntar sería cómo decir que no le creía.
Joder. Casi preferiría volver a enfrentarse a los nazis antes que intentar resolver aquellas preguntas. Lo del golem había sido increíble. Ojalá tuvieran uno. Molaría un montón entrar en escena con esa figura gigante, más enorme que Sam, detrás de ellos. Sería facilísimo reventar monstruos con uno de esos. Sonrió un poco ante la imagen mental. Pero bueno, qué se le iba a hacer. No eran judíos y Aaron lo necesitaba más que ellos. El chico conseguiría controlar al golem, y si mataban a unos cuantos nazis, el mundo podría estarles agradecidos.
Como siempre que pensaba en Aaron, la vergüenza lo bañó de la cabeza a los pies. El chico, sin tener ni idea de monstruos o de placas falsas del FBI, había conseguido engañarle con la mentira más tonta del mundo. Se suponía que Dean era un mentiroso profesional, pero le había creído simplemente porqué le había tirado los tejos. "Qué vergüenza…" Sabía que se la había colado porqué era un tema que intentaba evitar y lo había pillado desprevenido.
Dean sabía que se sentía atraído tanto por mujeres como por hombres. Lo había sabido desde niño. Pero a su padre, la figura que siempre había idolatrado, no le parecía bien. Nunca se lo había dicho a la cara. Eran los comentarios que a veces soltaba John. Pocas veces, pues no era algo de lo que su padre creía tener que preocuparse. Pero aquellas pocas veces… Dean las recordaba perfectamente. Aun sentía la vergüenza que las palabras de John le habían provocado. Una de las veces, de adolescente, creyó que se refería a él. Dean, con dieciséis años, se había liado con un chico de otro instituto detrás del gimnasio del colegio. Y, aunque no había aparecido nadie, tenía la extraña sensación de que su padre lo sabría. No se había referido a él. Hablaba de un matrimonio que había estado involucrado en el caso. Sin embargo, Dean tardó años en volver a estar con un tío. Y, evidentemente, lo mantuvo en secreto.
Nunca se lo había contado a nadie. Ni siquiera a Sam. Y, aunque con los años había aprendido que su padre no podría estar más equivocado. Seguía autoconvenciéndose de que, con la vida que llevaban, no era necesario que nadie lo supiera. No hacía ningún daño si cuando decía que iba a un bar a ligar, no especificaba con qué género sería. Con el búnker era incluso más fácil. Sam se quedaba siempre ahí y él podía salir sin preocuparse de que su hermano lo pillara a la mañana siguiente.
Su mente volvió a hacerle la misma pregunta que llevaba semanas haciéndose: "¿dónde está Cas?" Se llevó las manos al rostro y gruñó por enésima vez contra ellas. A ése ritmo no conseguiría dormirse. Y lo necesitaba, aunque solo fueran cuatro horas. Se preparó mentalmente antes de hacer un esfuerzo para levantarse e ir a buscar una botella de Jack Daniels.
Al darse cuenta de que aun llevaba la chaqueta puesta la miró con cara de disgusto. Olía a tierra, a sangre y a mierda de caballo. Debería de haber aprovechado su oportunidad con Ellie, la gerente de la granja. La que había estado más que dispuesta a un revolcón en el granero. Mierda. Pensar en graneros le hacía pensar en Cas. Mejor no haberlo intentado con Ellie… no se le habría levantado para ella si llegaba a ese curso de pensamientos.
Soltó un suspiro y fue a quitarse la chaqueta cuando notó las gafas en el bolsillo interior. Las gafas bañadas con fuego sagrado. Menudo truco se había sacado Kevin de la manga. Dejó la chaqueta en la silla del escritorio y observó las gafas con atención. No parecían tener nada de especial, pero habían funcionado de maravilla. Bueno, no exactamente de maravilla, o estaría él haciendo las pruebas.
Se colocó ante el espejo y se las puso. Todo se tiñó de ese extraño tono azul. Su piel brillaba un poco pero, aparte de eso, no vio nada raro. Cuando fue a quitárselas, levantó el brazo izquierdo y no pudo evitar una mueca de dolor. Notaba cada zarpazo escociéndole en su costado. Bajó el brazo y su mano derecha voló para apretar el vendaje. No habían pensado en coser la herida y ésta había seguido sangrando hasta empapar las vendas.
Mierda.
Se acercó al escritorio, se sacó la camiseta como pudo, y abrió el cajón para coger el botiquín que guardaba ahí. Sam ya estaría durmiendo, así que se dispuso a coserse la herida él mismo. No sería la primera ni la última vez. Aunque aquella herida escocía más de lo habitual. Supuso que era por el hecho de que se la hubiera hecho un maldito perro del infierno.
Se quitó el vendaje que Ellie le había puesto y miró la carne abierta. Parecía haber parado de sangrar. Algo era algo.
El alcohol de curar le hizo levantar los ojos al cielo. Tendría que haber ido a buscar aquella botella de Daniels antes de ponerse a ello. Se planteó hacerlo igualmente.
—Sí… mejor que beba algo.
Cogió una gasa y la apretó contra la herida antes de salir por la puerta.
Los pasillos del búnker seguían teñidos de azul, pero Dean no se dio cuenta. Ahora que se estaba moviendo, la herida requería de toda su atención. Cuando volvía a su habitación con la botella bajo el brazo, la cabeza le empezó a dar vueltas. Joder, si se desmayaba no podría coserla. Dio un trago al entrar a la habitación. El fuerte sabor del whisky le despejó un poco.
Se había bebido media botella cuando acabó de coserse la maldita herida. No era su mejor trabajo. Iba a dejarle unas buenas cicatrices, pero qué más daba.
Si Cas estuviera ahí lo habría curado en un abrir de cerrar de ojos. Solo tenía que tocarle con esos largos dedos suyos. Soltó otro gruñido. No era buena idea pensar en los dedos de Castiel. Ya tendría que saberlo.
Sin embargo, fuera por el alcohol o por la perdida de sangre, probablemente por la combinación de las dos, cerró los ojos y rezó.
—Castiel, espero que escuches mi rezo. No sé qué está pasando contigo, tío. Sam ha acabado la primera prueba. Aunque tendría que haber sido yo —empezó a notar un nudo de lágrimas en el fondo de su garganta pero se sentía incapaz de callar—. Yo ya estoy condenado. ¿Pero él? Sammy no. Ya ha pasado por suficiente mierda. Joder…
Se perdió un momento en sus pensamientos. Jack Daniels le hacía hablar como si estuviera compartiendo un trago con un viejo amigo.
—Hoy casi me muero de miedo, ¿sabes? Espero que no estés escuchando esto. Pero sí, casi me cago encima. Solo de pensar que una de esas repugnantes bestias volviera a arrastrarme al infierno. Dios… Me están entrando escalofríos ahora mismo solo de pensar en ello —calló un momento mientras daba otro trago—. Me han herido. El perro me ha dado un zarpazo y me he quedado paralizado. Sam me ha salvado y…
No le dio tiempo a decir nada más. El suave batir de alas sonó tras él. Mierda.
—¿Dean? ¿Estás herido?
La ronca voz de Cas era inconfundible. Cerró los ojos un momento, preparándose para poner buena cara, antes de girarse hacia él.
Pero nada lo habría podido preparar para lo que verían sus ojos.
La silueta de Cas quedaba oscurecida, eclipsada por una luz azul, tan pura y fuerte que Dean no conseguía entrever las facciones de su rostro. A excepción de sus ojos, que brillaban con ése mismo tono de azul que aparecía cuándo Cas usaba su divinidad. Gran parte de la luz surgía del torso del ángel y se expandía hacia fuera, moviéndose lentamente como una marea. Un halo coronaba la cabeza de su mejor amigo, pero no era dorado como el la mayoría de las representaciones humanas. Seguía siendo ésa misma luz azul, y también parecía moverse, muy despacio, dando vueltas sobre sí mismo. Dean se inclinó hacia atrás inconscientemente. Por detrás de Castiel, dos poderosas alas se mantenían abiertas, cada una de sus plumas brillando, emanando poder. No tenían nada que ver con las sombras que había visto abrirse en la pared que Cas tuviera detrás. No tenían nada que ver con nada que Dean hubiera visto en su vida. Los ojos del cazador las recorrieron sin prisas, a pesar del estupor en el que se encontraba, quería grabar aquella imagen en su mente. Para siempre.
—¿Dean? —Repitió.
El cazador estaba demasiado ocupado en su ensimismamiento para escucharle, pero abrió un poco más los ojos cuando las alas se movieron con la voz de su dueño. Habían avanzado hacia él. Las larguísimas y estilizadas plumas de las puntas se inclinaban hacia él… como si quisieran envolverle. O atacarle.
Le dio bastante igual. Cualquiera de las dos opciones. Si moría bajo aquella luz, podía estar contento. No iba a cerrar los ojos. No podía perderse ni un segundo de aquella maravilla. Ni por culpa de su propia muerte.
