Castiel no tardó en volver a visitarles al búnker. Había sido una semana lenta. Un par de casos fáciles no muy lejos de Lebanon, y la interminable espera para saber la segunda prueba a la que tendría que enfrentarse Sammy.
Los nervios y la preocupación de Dean, junto con el aburrimiento, habían conseguido que su hermano se hartara de él.
—¿Por qué no vas a lavar el coche? —Le dijo, intentando que Dean se fuera de la biblioteca.
—¿"El coche"? Menuda manera de referirte a Baby. Además, ya lo he hecho. Tres veces.
Sam no levantó la vista de la pantalla del portátil. A saber qué estaba buscando. Ojalá fueran más casos. Dean necesitaba hacer algo.
Al cabo de un rato de oír suspirar a su hermano, Sam volvió a hablar.
—¿Por qué no llamas a Cas?
Aquello le sorprendió un poco.
—¿Eh?
Sam levantó la vista.
—A Cas. Llámale.
—¿Por qué? —Preguntó intentando no sonar nervioso.
—Quizá necesita nuestra ayuda.
—Llámale tú.
—Yo no soy el que está aburrido como una ostra y molestando a su hermano.
Dean soltó un resoplido.
—No estés tan seguro de eso.
Tras lo cual se levantó para irse a su habitación. A lo mejor una película conseguía distraerle lo suficiente.
—¿No vas a llamarle? —Preguntó Sam medio a gritos viendo como su hermano mayor salía de la biblioteca.
No se molestó en contestarle.
No iba a llamar a Cas solo porqué estuviera aburrido. El tío tenía cosas que hacer. Cosas… del Cielo. A saber. Joder. Gracias a Sam, ahora le costaría una barbaridad quitarse al ángel de la cabeza. ¿Desde cuándo era un adolescente con un crush de campeonato?
Una vez en su habitación, tumbado en la cama y con una película en el portátil, se dio cuenta de que no había cogido nada para beber. Así que, soltando un gruñido, se levantó y se dirigió a la cocina en busca de una cerveza. Cuando estaba a punto de llegar a la sala de guerra, oyó voces que venían de la biblioteca. Era Sam, ¿estaba hablando por teléfono? Unos segundos después, la inconfundible voz de Cas resonó por la sala. ¿Qué hacía allí? "Seguro que Sam lo ha llamado… maldito cabrón".
Se quedó un momento ahí, en el vano de la puerta, sin saber qué hacer. Menuda estupidez… Sí. Se sentía extremadamente estúpido. ¿Por qué no iba a la biblioteca? Podía saludar a Cas con naturalidad perfectamente. Podía hablarle como había hecho hasta el momento sin problemas. Y, sin embargo, no se movió.
De repente, recordó lo que había ocurrido la última vez que el ángel había estado en el búnker y retrocedió hacia su habitación lo más rápido que pudo sin hacer ruido. Abrió el cajón de la mesilla de noche y se puso las gafas. Todo se tiñó de azul una vez más.
Volvió sobre sus pasos y se detuvo en el vano de la puerta de la sala de guerra. No estaba seguro si los vería desde ahí, al fin y al cabo, la biblioteca quedaba después del enorme arco que se abría al fondo de la sala. Si tenía suerte, Sam se habría sentado en la primera mesa y, solo quizá, Cas estaría lo suficientemente cerca de la entrada como para verle.
Respiró hondo y empezó a asomarse. Al parecer, la fortuna le había sonreído. Veía a Sam sentado, que escuchaba atento las palabras de su amigo con el ceño fruncido. Se fijó en el brazo de su hermano. Una suave luz dorada parecía brillar desde el interior de su piel. Recordó el efecto de la primera prueba, el daño que había provocado y cómo Sam se había agarrado con fuerza ése mismo brazo. Ver la luz dorada lo hacía aun más real.
No tuvo tiempo a hundirse en su miseria. El ángel estaba hablando. La voz de Cas le llegaba a duras penas, y no conseguía entender lo que decía. Pero eso le daba igual. Solo quería que se acercara a la entrada para poder verle. "Venga, por favor, muévete hacia Sam". Sí, era su día de suerte, pues en unos segundos una silueta bañada de luz apareció en su campo de visión.
El poderoso brillo que emanaba del pecho del ángel era tan maravilloso como lo recordaba y, sin embargo, fue como verlo por primera vez. Fue como ser cegado por primera vez. La luz se movía en ése extraño ritmo, lento y constante, fluido y poderoso. Castiel estaba de espaldas a él y, aunque seguía sin poder ver bien los detalles de su amigo, las alas se mostraban ante él desde sus puntas hasta su nacimiento. Estaban medio cerradas a los lados de Cas, en una posición relajada, nada que ver con la primera vez que Dean las había visto.
Sin poder evitarlo, soltó un suspiro de enajenado enamoramiento. Al oírse a sí mismo, se tapó rápidamente la boca con una mano, como si no tuviera control sobre ella. Mierda. ¡Joder! Iban a pillarle. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que lo que estaba haciendo rozaba lo espeluznante; como mínimo. No podía dejar que le pillaran. Pero tampoco podía apartar la vista.
Su suspiro había atraído la atención del ángel. Dean vio cómo su luz se movía con él, adelantándose a sus movimientos. Por un momento, sintió que todo en Cas se dirigía hacia él. Como la vez anterior en su habitación, la fuerza de aquella atención podía protegerle o matarle. Y, como la vez anterior, le dio bastante igual.
En el último momento, un rayo de lógica atravesó su mente y le obligó a moverse para salvarlo de un episodio de incomodidad extrema. Su mano voló hacia las gafas, se las quitó y las guardó en el bolsillo del pantalón antes de que Cas lo descubriera. En cuanto estuvieron seguras, dio un paso hacia la sala de guerra y saludó a los dos hombres que lo miraban con curiosidad.
—¡Cas! No sabía que estabas aquí.
¿Demasiado emocionado? Por la sonrisa que Sam intentaba ocultar, supo que sí. Mierda. Suerte que Cas no pillaba aquellas cosas.
—Hola Dean.
—Hola. —¿Le había saludado dos veces? Sí, le había saludado dos veces.
—He venido a ver vuestro progreso para con las pruebas.
Dean asintió. La sola mención de las pruebas barrió cualquier sentimiento adolescente que hubiera estado experimentando. Sam vio el cambio en su cara pero no dijo nada.
—Sam parece afectado por la primera. Solo podemos esperar que vaya a peor con la segunda y la tercera.
Directo. Todo el dedo en la llaga. Dean soltó un suspiro y se frotó los ojos, intentando que su voz no sonara molesta.
—Lo sabemos, Cas.
—No puedo curarle. Pues deberíais empezar el proceso de nuevo —Dean estaba a punto de cortarle cuando Cas volvió a hablar—. Lo siento.
Y Dean lo entendió. Era su manera de explicarle lo mal que se sentía por no poder ayudar. Cas y su extraña manera de hacer las cosas. Sonrió contra su mano antes de levantar la vista y fijarla en aquellos maravillosos ojos azules. Sin incomodidad ni vergüenza.
—No te preocupes, Cas. Gracias igualmente.
Le apoyó una mano en el hombro y se lo apretó con suavidad.
—No puedo hacer nada por tu hermano, Dean. ¿Por qué me das las gracias?
El cazador soltó un suspiro exasperado, mientras Sam intentaba contener la risa que se escapaba de entre sus labios.
—Da igual, Cas. Solo… gracias por intentarlo.
Se veía a la legua que el ángel aun no entendía porqué le daba las gracias. Pero no dijo nada más y asintió una sola vez en señal de aceptación. Qué tonto era a veces…
En la mente de Dean, la imagen de la divinidad de Cas y la imagen del tonto que no entendía nada, se superpusieron durante unos segundos. No tendrían que encajar en absoluto. Parecían dos personas completamente distintas. Y sin embargo, en la mente de Dean, cobraban más sentido que si los separabas.
Cas era Castiel y Castiel era Cas. Podía ser un ángel vengador, un ángel de la muerte, o podía tener problemas para entender los móviles o el porno. Y aquello era lo que lo hacía tan inexplicablemente increíble para Dean. Cas era alguien del que no tenía que preocuparse por proteger y, a la vez, alguien a quién podía enseñarle un montón de cosas; comportamiento humano, películas, música.
Se sentía extremadamente atraído por aquella combinación de poder y vulnerabilidad. Y sí, se daba cuenta de que lo que sentía por su amigo era más que amistad.
El carraspeo de Sam le devolvió a la realidad. Llevaba todo ese rato con la mano aun apoyada en el hombro de Cas y la mirada perdida en aquél profundo azul que eran sus ojos. Mierda. Se había vuelto a distraer. Se aclaró un poco la garganta y le dio un par de palmadas a Cas antes de retirar la mano.
—Bien. ¿Alguien quiere una cerveza?
Sin esperar respuesta se dirigió a la cocina intentando que sus pasos no delataran las ganas que tenía de huir de ahí. Joder. Sabía que se estaba sonrojando. Notaba las mejillas calientes como si tuviera fiebre. Si Sam lo veía así, los comentarios no pararían hasta que llegara el siguiente apocalipsis.
Cerveza. Ya.
