Hola chicxs! Aquí está el cuarto capítulo. No sabría decir porqué exactamente, pero la historia ha vuelto hacia el canon (un poco un fix). Sigue el episodio 17 (Bye Stranger) de la serie. Es la primera vez que lo hago así que espero que no se os haga pesado! No olvidéis comentar :)

Dean había estado esperando impaciente a que apareciera otra oportunidad para poder ver a Castiel a través de las gafas bañadas en aceite sagrado. Aquella imagen se había convertido en su pequeña y secreta obsesión. No iba a engañarse a sí mismo. Anhelaba volver a posar sus ojos en aquella luz azul. Aquella ansia era casi sobrecogedora.

Habían ayudado a James y a Portia; el policía que se había convertido en cazador y, después, en brujo, y a su familiar… ¿novia? El tema seguía confundiendo a Dean. Portia era un perro, una persona y un familiar. Todo a la vez. Para variar, le hizo pensar en Cas. Últimamente cualquier cosa le hacía pensar en Cas. Pero su amigo no era varias cosas a la vez. Él era un ángel. Solo un ángel. ¿Solo un ángel? Dean hizo un gesto con la mano como si hablara con otra persona y le estuviera diciendo "tu ya me entiendes". Sam le miró raro pero no hizo ningún comentario al respecto.

Baby rugía contra el asfalto. La noche se cerraba sobre ellos, a su alrededor, tan solo interrumpida por los faros del Impala. Las discontinuas líneas de la carretera engullidas bajo el capó a toda velocidad. Dean necesitaba llegar al búnker. Necesitaba poner a su hermano a salvo. Aunque fuera un "a salvo" vacío. Lo que estaba hiriendo a su hermano pequeño no se escondía en la oscuridad, lo llevaba dentro y ellos mismos lo habían metido ahí.

Sin embargo, apretó el acelerador. Le pidió más velocidad a Baby. Le suplicó que los llevara a un lugar seguro. Prometeo había dejado una amarga sensación en su estómago. El hijo del titán crecería sin padre, sabiéndose diferente, pero sin poder hablar de ello con nadie. Compadeció al crío. Al menos habían matado a Zeus.

Oyó el suave ronquido de Sam y permitió que la máscara de resolución que había estado llevando se resquebrajara un poco. Pero aun no podía quitársela. Necesitaba ser fuerte, por su hermano. Necesitaba ser la roca, por Sam. Una vez más.

Habían decidido seguir con el plan y cerrar las puertas del infierno de una vez por todas, así que debía aguantar. Incluso si le rompía el corazón. El gigante que dormía a su lado era como un hijo para él. Al fin y al cabo, lo había criado y cuidado más de lo que se podía decir de John. Y verle sufrir era más doloroso que cualquier tortura que se le hubiera ocurrido a Alistair en el infierno.

Cuando llegaron al búnker Sam se arrastró hacia su habitación con una queda despedida de buenas noches. Dean soltó un suspiro. Se sirvió un vaso de Jack Daniels y lo apuró de un trago. Sin coger la botella, se fue a su habitación. Tiró la chaqueta sobre la silla que había delante del escritorio y se sentó en el borde de la cama. Estaba destrozado por dentro.

Miró hacia el techo, frotándose las manos con incomodidad.

—Cas, ¿estás escuchando? —Miró a su alrededor pero el ángel no apareció— Ya sabes que no soy de los que rezan… por qué para mí, eso es lo mismo que suplicar. Pero se trata de Sam, así que necesito que me oigas. Vamos a entrar en este asunto a ciegas… y no sé qué nos espera. Ni qué le ocurrirá a Sam —necesitó un momento, pues empezó a notar cómo las lágrimas se agolpaban tras sus ojos—. Lo oculta bastante bien, pero yo sé que le duele algo. Y esta vez debería ser yo el que sufriera. Así que, por todo lo que hemos pasado, te pido esto… cuida de mi hermano pequeño, ¿vale?

La voz se le rompió durante un segundo. Volvió a mirar a su alrededor, esperando ver al ángel con pinta de contable en el otro lado de la habitación. Pero ésta estaba vacía. No sabía si Cas le había escuchado. No sabía dónde estaba o qué estaba haciendo. Y ya empezaban a ser demasiadas preguntas sin respuesta…

—¿Dónde coño estás, tío?

Sus palabras, las cuales había querido teñir con enfado, le salieron suplicantes. Derrotadas por el silencio.

Los días fueron pasando sin tener noticias de Cas, y los dos hermanos siguieron trabajando. Sam había encontrado un caso que olía a demonios a la legua. Demonios muertos para ser exactos. Así que se fueron a Missouri, interrogaron al pobre desgraciado que había perdido a su mujer y fueron a buscar a una experta en historia del pueblo. Al parecer todo aquello tenía que ver con el terreno, pero los hermanos seguían sin entender qué buscaban los demonios exactamente.

La experta, con las cosas esas que te rizaban el pelo aun en la cabeza, les habló de la extraña historia que nacía en las inmediaciones. Algo sobre la crecida de un río, la perdida de documentos originales y su tesis doctoral. Dean empezaba a perder el interés cuando sonó el timbre y la mujer dijo que seguramente era el ayudante de la primera víctima.

La confusión no duró mucho cuando los ojos de los tres hombres que aguardaban en el vano de la puerta se tiñeron completamente de negro. Genial, más demonios. La pelea fue rápida y poco elegante. El mal nacido que Dean estaba a punto de enviar de vuelta al infierno salió del cuerpo del hombre y voló en una nube negra hacia la boca de la historiadora. La persiguió hasta la cocina, pero al abrir la puerta una fuerte luz le cegó durante un segundo. Parpadeó un par de veces. Vio una gabardina demasiado familiar y parpadeó un par de veces más. Pero era Cas, era él de verdad. Agarrando a la mujer por el pelo y sacando su espada de la garganta del demonio que aun estaba encima de Sam. Dean se quedó paralizado. Solo veía un cuarto de su perfil, pero habría reconocido aquellos hombros en cualquier lugar.

Sin embargo, sintió algo diferente. El ángel estaba diferente. No sabría decir cómo lo sabía, pero no podía negar que había algo que estaba fuera de lugar. En ése momento, el ángel se giró y le dedicó una mirada vacía.

Y eso, sin duda, estaba mal. Los ojos de Cas nunca habían estado vacíos. Pero, mientras esa frase nacía en su mente, la imagen de su amigo hablando de llevarse el cuerpo de Alfie se superpuso. En ése momento, los ojos de Cas no habían dicho nada.

La duda creció dentro de Dean. Algo estaba pasándole a su amigo. Y la conversación que siguió no hizo nada para calmar sus nervios.

Cas entró en el comedor donde él y Sam estaban sentados.

—El otro demonio ha escapado. Tengo al que cogí en una trampa para demonios. Voy a interrogarlo.

Dean seguía paralizado. Pero Sam levantó un dedo rápidamente y habló para detener al ángel.

—Un momento Castiel. ¿Y si nos respondes a unas preguntas antes? ¿Cómo dónde coño has estado?

Cas se paró, pero no se volvió. Dean tenía la vista clavada en su espalda. Recorriendo la gabardina y la nuca del ángel pareció recuperar la voz.

—¿Me oíste verdad?

No apartó la vista, pero sintió como Sam lo miraba sorprendido.

—¿Tú rezaste? —Su hermano estaba perplejo.

Le lanzó una mirada para decirle que se callara antes de que Cas hablara, acercándose a ellos y sentándose en el sillón que había justo delante.

—Sí, te oí. Pero no he venido por eso. He estado matando demonios.

Y no era ésa la respuesta más dolorosa que podría haberle dado.

Oyó como Sam preguntaba porqué, y aprovechó el momento para recuperarse un poco. Cas no se estaba comportando como solía hacerlo. No lo miraba como solía hacerlo. No le hablaba como solía hacerlo. Y todo ello lo estaba dejando fuera de juego.

El ángel dijo algo sobre buscar la otra mitad de la tabla de los demonios.

—¿Sin nosotros? —No pudo evitar soltar, oyendo como de herido sonaba.

—Estaba intentando ayudar, Dean.

Mierda. El tono de Cas había sido, como mínimo, molesto. Como si no quisiera tener nada que ver con ellos, pero le tocara aguantarse porqué debían trabajar juntos. Mierda. Mierda. Mierda.

Dean no podía saberlo, pero en ésos momentos, en ésos segundos entre palabra y palabra, Naomi le susurraba órdenes a Castiel. Le ordenaba que les mintiera. Que los usara.

Cas les habló de las criptas de Lucifer y del plan de los demonios para poder descifrar la tabla sin un profeta. Siendo sincero, Dean estaba más preocupado por la duda que se había instalado bajo su piel. El ángel se fue de la habitación decidido a interrogar al demonio y Dean no pudo evitar desahogarse un poco con su hermano.

—Está un poco ido, eh.

—Sí, está definitivamente raro. —Le contestó Sam con el ceño fruncido hacia la puerta.

—¿Raro? —Dijo Dean ganándose la atención de su hermano— No ha vuelto a ser el mismo desde que volvió del purgatorio. Y seguimos sin saber cómo lo hizo.

—No sé Dean. Si está tan raro, ¿por qué le rezaste?

Mierda. Su hermano y su memoria. ¿Qué se suponía que tenía que contestar? ¿Que le había rezado a Cas pidiéndole que cuidara de Sam? No. ¿Qué una parte de él le había rezado porqué lo echaba de menos? Ni de coña.

La voz del aludido sonó a través de la puerta.

—Puedo oíros. Soy un ser celestial. —Dijo, cómo si estuviera cansado de recordárselo.

El interrogatorio con el demonio parecía ir de perlas hasta que Cas lo mató antes de que pudiera terminar la frase. Ante los gritos de los hermanos pidiendo explicaciones, el ángel frunció el ceño y levantó la voz.

—Empecé esta cacería sin vosotros porqué no quería que nada me retrasase. Tenemos que ir a ése hotel ya.

Y despareció.

Genial. Pensó Dean mientras corría hacia el coche siguiendo a Sam. Otra frase que se quedaría grabada en el fondo de su mente, justo en el centro de todas sus inseguridades.

La puerta del hotel cedió bajo su embestida, mostrándoles a un inalterado Castiel y a dos cuerpos inertes.

—El rehén está ahí. —Dijo el ángel señalando la puerta del baño.

Y por supuesto que todas las respuestas que necesitaban estaban en manos de Meg. Porqué la vida de Dean no podía ser un poco fácil ni en ése sentido. Al fin y al cabo, la imagen de Cas besando a Meg solía aparecer en sus sueños menos placenteros.