Entró con Cas en el sótano del edificio. Le preguntó por el estado de Sam, y el ángel respondió casi clínicamente. Había vuelto a aquel tono distante y frío. Cortante como el acero, incluso más que al principio de conocerse, cuando Cas aun servía las órdenes del Cielo.

Un momento.

Su misteriosa vuelta del purgatorio, su actitud, su secretismo. Todo empezaba a cobrar forma en la mente de Dean mientras veía como la pared que había ante él se hacía añicos bajo el suave toque del ángel. Una cripta se abrió ante ellos. La oscuridad, el polvo y las telarañas, le daban un aspecto muy de película. Estaba llena de objetos y cajas antiguas.

Castiel entró sin mirar si lo seguía.

La mente de Dean iba a cien por hora intentando resolver el acertijo que se escondía tras la gabardina. Y supo qué hacer. Desde que había descubierto su pequeña obsesión por la luz del ángel, se llevaba las gafas bañadas con aceite sagrado a todas partes. Escondidas en su chaqueta y protegidas por una vieja funda que encontró en el búnker.

Aprovechó que Cas buscaba la tabla de los ángeles y se las puso lo más rápido que pudo, acercándose a la recién creada entrada.

Como las veces anteriores, la visión lo dejó ensimismado. Era tan hermoso. Tan deslumbrante… Su mirada recorrió el circuito del halo y se bañó en la luz más fuerte del centro, hasta que pasó a recorrer las alas. Tan fuertes y poderosas, recogidas tras la espalda de Cas… no. Recogidas no. Dean frunció el ceño despertando un poco de su trance. Entrecerró los ojos y los fijó en las brillantes plumas. Unas cadenas de luz blanca, casi invisibles, recorrían las alas.

Cas señaló una caja sin siquiera darse cuenta de que Dean lo miraba con la boca abierta y las gafas puestas.

—Dean. Es ésa.

El cazador, se acercó a la caja como un autómata y la abrió. Cuanto antes consiguieran la tabla, antes saldrían de ahí y antes podría ayudar a Cas. Fuera lo que fuera lo que le estuviera pasando. Pero en cuanto la tuvo entre las manos supo que debería haber pensado mejor lo que hacía.

—Ahora dámela y la llevaré al Cielo.

—No. Se la llevaremos a Kevin, para que la traduzca.

Era increíblemente difícil hablar con normalidad ante aquella poderosa luz. Sus palabras la intensificaron y, no por primera vez, Dean sintió los fríos dedos del miedo rozándole el corazón. Un ángel vengador… eso parecía Cas en ese momento.

Los dos intentaron seguir con la farsa durante un par de frases más. Pero Dean retrocedía ante el avance del ángel y cogía la tabla como si le fuera la vida en ello.

Cas se sacó la espada de la manga de la gabardina sin decir nada más. Sus intenciones estaban claras. No solo en sus acciones, sino también en su mirada de acero.

—¡Cas! Si estás ahí, ¡lucha! ¡Éste no eres tú! ¡Lucha!

Pero el ángel levantó la espada y la descargó contra él. Años de luchar contra monstruos hicieron que los brazos de Dean se levantaran en el último momento, escudándose con la misma tabla de los ángeles. La colisión reverberó cómo un trueno en sus oídos y destelló como un rayo en sus ojos.

—¡Cas!

Una emoción demasiado parecida al dolor se pintó en el rostro de Cas mientras se cogía la cabeza con las manos.

—¿Qué has hecho conmigo, Naomi?

Dean no podía ver bien el rostro del ángel, pero las cadenas que restringían sus alas, poco antes casi transparentes, brillaban ahora amenazantes.

—¿Naomi? ¿Quién es Naomi? ¡Cas!

No obtuvo respuesta. El ángel estaba perdiendo el control, e incluso en su inmensa preocupación, Dean sabía que no era buena idea estar cerca de tal tormenta. Cogió la tabla con fuerza e intentó escapar de la cripta. Pero no tuvo tiempo de dar dos pasos hacia la salida que Cas estaba ante él. De nuevo con aquella expresión aterradoramente vacía. El ángel le retorció el brazo hasta que soltó el preciado tesoro que habían ido a buscar. La piedra cayó contra el suelo imitando otra vez el resplandor y el estruendo del rayo y del trueno.

Las cadenas blancas brillaban con fuerza mientras Cas empezaba a atizarle en la cara. Mierda. A ese ritmo no iba a aguantar consciente mucho más. Necesitaba llegar a él, necesitaba que lo escuchara… necesitaba recuperarle.

—Cas… Para. Éste no eres tú… —Empezaba a costarle hablar. Mierda. Joder. Mierda. Un poco más, solo un poco más, tenía que llegar hasta él— Cas… para. Somos familia… Cas… te necesitamos…

Las cadenas brillaban cada vez más, parecían latir al ritmo de su corazón. Otro golpe le hizo bajar la cabeza. Uno de los cristales de las gafas se desprendió y, cuando volvió a levantar la vista, una extraña imagen se alzaba ante él. Medio normal, medio ángel. Cas y Castiel, Castiel y Cas. Alguien que significaba demasiado para Dean. Alguien tan importante como su hermano.

—Cas… soy yo… te necesito…

Y fue entonces, tras aquellas palabras, cuando el ángel soltó la espada. Por el cristal que aun se mantenía en la montura de las gafas, Dean vio cómo las cadenas resplandecían una última vez antes de romperse y desaparecer como si nunca hubieran existido. Una exhalación de alivio se escapó de entre sus maltrechos labios, provocándole un pinchazo de dolor.

—¿Dean? ¡Dean!

Las alas del ángel se abrieron, libres por fin, cerrándose protectoras a su alrededor. Una cálida mano se apoyó en su mejilla y la familiar sensación de la divinidad de Cas curándole lo llenó por dentro.

Respiró por la nariz, que ya no estaba rota, antes de levantar la vista. El ángel le estaba quitando las gafas con suavidad, llevándose su luz azul con él.

—Dean…

—¿Cas? ¿Eres tú? —Aunque sabía que sí.

Dean lo miraba como si lo viera por primera vez. Joder… estaba tan asombrado que no sabía ni qué decir. Hasta que el millón de preguntas que aguardaban tras la sorpresa inundaron su mente.

—¿Qué te ha pasado?

—Al parecer estaba bajo la influencia del Cielo.

—¿De Naomi? —Cas asintió— ¿Qué ha roto su control?

Fue entonces cuando el ángel levantó la vista para hundirla en sus ojos. El cazador olvidó su pregunta durante un segundo. Los ojos de Cas… Dios, ésos ojos que conocía tan bien, por fin volvían a hablarle… Por fin volvían a mostrar emoción.

—No lo sé… creo que has sido tú, Dean.

Mierda. Joder. Lágrimas de emoción se reunieron tras sus ojos. No, no, no. No podía seguir actuando. Casi lo había vuelto a perder. Casi había vuelto a perder a Cas. Ya no podía aguantarse más.

Tampoco fue capaz de detener su cuerpo cuando colisionó contra el del ángel. Lo abrazó con todas sus fuerzas. Como si le fuera la vida en ello. Como si Cas fuera su propia tabla de salvación. Enterró el rostro en su cuello y cerró los ojos para mantener las lágrimas a ralla.

—¿Dean? —Su voz era suave, pero confundida.

Notó como las manos de Cas se levantaban lentamente, como si estuviera intentando descubrir si debía abrazarle o no. El cazador se apretó más contra él. No quería soltarle. Nunca más. Si le hubieran preguntado en ése momento, Dean habría preferido quedarse ahí para siempre. En ése abrazo. Al fin, respondiendo a su apretón, sintió unos brazos rodeándole con fuerza. Dios. Había cambiado de opinión. Ése era el abrazo que quería para siempre.

Escondió su rostro aun más en el cuello de Cas. Joder. Que bien olía. A tormenta y a lluvia, triste y poderoso.

—Joder, Cas… te necesito. No vuelvas a hacerme esto.

—Dean… yo… —Mierda, ¡no! Había hablado demasiado. Iba a separarse de él, iba a pedirle espacio, iba a retroceder de ése maravilloso abrazo. Iba a irse… otra vez. No, no, no, no— También te necesito.

¿Eh?

¿Qué?

¿Qué había dicho?

—¿Qué?

Cas le obligó a separarse un poco. Dean estaba tan sorprendido que no luchó contra ello. Un par de zafiros le devolvieron la mirada. Triste y poderoso. Tormenta y lluvia.

—Te necesito. —Dijo Cas simplemente.

Seguían muy apretados el uno contra el otro. Pero Dean estaba seguro de que el ángel estaba malinterpretando sus palabras.

—No, Cas. Yo te necesito de una manera que no puedo pedirte. Yo…

Perdió el hilo de sus pensamientos cuando una de las manos de Cas voló hasta su nuca. Los dos océanos que el ángel tenía por ojos lo miraban implorantes. Le suplicaban que le escuchara. Le pedían que le correspondiera.

Oh, Dios.

Aun sin ser capaz de decir una sola palabra, se inclinó un poco hasta quedar a pocos centímetros del rostro de Cas. Se distrajo con sus labios. Se distrajo con la suave caricia contra su nuca. Se distrajo de nuevo con aquellos ojos. También podía quedarse en ésa posición para siempre. Sin embargo, llevaba demasiado tiempo pensando en ella, y en lo que venía justo después.

Recorrió aquellos pocos centímetros, como si fueran kilómetros o como si no existieran en absoluto, hasta encontrar los labios de Cas.

Y claro que no eran como se había imaginado millones de veces. Eran más. Mucho más. Y mucho mejor. Porqué Cas se entregaba a él con la misma devoción con la que lo hacía Dean. Porqué era Cas de verdad, y no solo podía sentir sus labios. Sentía la calidez de su cuerpo. Sentía el ansia de sus manos. Sentía la rapidez de su pulso.

Dejó que sus manos acariciaran la espalda de Cas, su pelo, sus costillas, su cintura. Todo. Quería sentirlo todo. Quería volver a empezar, borrar todos los años que se había negado aquellos sentimientos, aquellas sensaciones.

Cuando empezó a faltarle el aire se separó con un gruñido de molestia y apoyó su frente en la de Cas. Abrió los ojos esperando encontrarse la mirada del ángel. Pero Cas seguía con los ojos cerrados, con el ceño fruncido, respirando con dificultad; aunque sabía que no necesitaba respirar. Y entonces se dio cuenta de lo que estaba pasando. A Cas le estaba costando controlarse. Dean sintió como una placentera sensación de orgullo lo llenaba por dentro. Era él. Había conseguido dejar al ángel con aquella expresión.

—¿Cas?

—Un momento… —Le contestó sin abrir los ojos.

Joder.

Joder.

Joder.

No creía que hubiera nada más sexy que Cas controlándose para no besarle hasta que se ahogara. Lo cual, se daba cuenta, era un poco preocupante y… raro. Pero le importaba una mierda. Ellos no eran normales, así que, ¿cómo iba a serlo su relación?