Cuando al fin Cas abrió los ojos, su mirada no era la que Dean se esperaba. Aunque, en realidad, no habría sabido qué esperar. Los dos zafiros del ángel mostraban arrepentimiento y, mientras se separaba de él, todas las inseguridades del cazador nadaron hasta la superficie.
—¿Qué… qué pasa?
Cas cogió la tabla con lentitud.
—Debo esconder esto.
¿Se iba?
—¿De Naomi? —Dijo Dean, aun inseguro.
—Sí… y de tí.
Se iba. Se iba.
—¿De mi? ¿De qué hablas?
Un suave aleteo resonó en la sala.
Se había ido. Otra vez. A saber dónde. A saber con quién. A saber por qué.
¡Joder! ¡Mierda! ¡Ostia puta! Dean quiso reventar algo. Quiso tirar todas las reliquias que lo rodeaban contra las paredes. Pero Sam apareció por el hueco en la pared con una expresión de urgencia que llamaba toda su atención.
—¡Dean! ¡Tenemos que irnos! ¡Ya!
Mientras corría detrás de él hacia el coche, hacia su escapatoria, Sam removió el cuchillo que tenía clavado en el corazón con una sola pregunta.
—¿Y Cas?
Tardó un momento en contestar.
—Se ha ido. Con la tabla de los ángeles. Te lo contaré todo cuando lleguemos a casa.
Y así, corriendo por su vida, llegaron al Impala. Vieron cómo Crowley acababa con Meg y Dean apretó el acelerador, quemando rueda, para intentar salir de ahí con vida. El día había sido demasiado raro. En pocas horas habían pasado de investigar un caso del que no sabían nada, a descubrir que existía una tabla de los ángeles, a trabajar con Meg, para acabar escapando del rey del infierno sin tabla, sin demonio y sin ángel.
Todo perfecto. Pensó Dean con amargura.
En cuanto estuvieron relativamente a salvo, le contó a Sam lo que había pasado. Incluido el beso, porqué ya estaba hasta los huevos de mentirle a su hermano, y se sentía incapaz de callar un minuto más. Los labios de Cas habían roto el dique que llevaba toda la vida manteniendo cuidadosamente. Era la primera vez que le reconocía a su hermano que era bisexual. Claro que a Sam, siendo cómo era, le dio igual. Ni siquiera se mostró sorprendido. No por el hecho de que se hubiera liado con un hombre, al menos. Quizá un poco sorprendido de que el hombre fuera su mejor amigo.
—¿Y Cas?
—Te lo he dicho. Se ha ido. Se llevó la tabla, dijo que tenía que protegerla de Naomi y de nosotros…
—A ver, a ver. Dean, un momento. Cas estaba siendo controlado por el Cielo desde que salió del purgatorio, —Dean asintió— le ordenaron que trabajara con nosotros, —volvió a asentir— que nos mintiera, —frunció el ceño pero asintió— que encontrara la tabla y la llevara a los ángeles.
—Joder, Sammy, ¿adónde quieres llegar?
Dean no lo vio, pero su hermano sonreía a su lado.
—Me estás diciendo… ¿que os besasteis y el control de Naomi se rompió? ¡Venga tío, si eso no es de cuento de hadas no sé qué lo será!
Sam se echó a reír a carcajada limpia, consiguiendo que las mejillas del mayor se tiñeran de rojo. Tener hermanos para esto…
—No ha ido así. Por el amor de… te lo acabo de contar.
Sam se recuperó un poco.
—Aun no entiendo cómo has conseguido saber que lo tenían controlado.
Dean soltó un suspiro. Hora de confesar su pequeña obsesión. Mierda, iba a ser de lo más vergonzoso…
—Mira, me quedé las gafas ésas que nos permitieron ver al perro del infierno. Yo… ése día, cuando volvimos al búnker, me las puse otra vez.
—¿Por qué?
—Yo que sé, Sammy. Estaba medio delirando. Cansado y herido, estaban ahí y me las puse. La cuestión es que Cas apareció —iba a obviar que fue él quien rezó para que apareciera—. Las gafas me permitieron ver la luz de Cas…
—¿La luz? —Supo que su hermano se estaba aguantando la risa sin tener la necesidad de girarse a mirarlo.
—Sí, la luz. ¿Vale? Su gracia, su divinidad, lo que sea —soltó un suspiro—. Me las quedé. Hoy sabía que había algo raro con Cas y, en ésa cripta, me las he vuelto a poner. Por eso he visto que estaba siendo controlado. No sabía cómo, ni quién lo hacía. Pero las cadenas que ataban sus alas me han parecido una señal bastante obvia.
Sam ya no reía.
—¿Cadenas? Joder…
—Sí, exacto.
Hubo un momento de silencio antes de que Sam volviera a hablar.
—Y entonces le has besado.
—¿Qué tienes, doce años? —Saltó Dean, cada vez más rojo.
—Yo no, pero viendo el color de tu cara, quizá tú sí.
Y ahí estaba otra vez la carcajada de sabelotodo.
—Cállate Sam. Cas se ha ido. Se ha llevado la tabla.
Su hermano pequeño no parecía preocupado. Vio por el rabillo del ojo cómo se acomodaba en el asiento del copiloto, preparándose para dormir.
—Yo no me pondría nervioso, Dean. Si Cas vuelve a ser él mismo estoy seguro de que hará lo correcto para con la tabla. Además, ahora que por fin te has lanzado, no creo que pueda mantenerse lejos mucho tiempo.
Su cabeza se movió como un rayo hacia su derecha, pero Sam ya tenía los ojos cerrados, dando por terminada la conversación. ¿Le acababa de insinuar que Cas había estado esperando ése cambio en su relación?
Joder. Ojalá su hermano tuviera razón. Ojalá Cas no tardara en volver…
