Siento haber tardado tanto! Sinceramente, me había quedado un poco bloqueada y no me salía de dentro ningún final. Espero que no decepcione demasiado! En fin, aquí está :)

El viaje en coche hasta el búnker se le hizo eterno. Con Sam durmiendo plácidamente a su lado, no tenía nada con lo que distraerse y su cabeza reproducía una y otra vez la conversación que había mantenido con Castiel antes del beso. Y el beso, para qué engañarse.

Pero, con las primeras luces del alba, distinguió el monstruoso edificio que ya llamaban hogar. Atravesó el túnel secreto que llegaba al garaje, aparcó en el medio de la sala, y soltó un suspiro cansado antes de darle un golpe a Sam para despertarlo. Su hermano dio un salto en el asiento antes de frotarse los ojos.

—Qué delicado eres.

—Hemos llegado a su destino, mi señor. —Le contestó Dean con sarcasmo.

El gruñido de Sam le hizo sonreír. Éste no tardó en coger su bolsa del maletero y entrar en el búnker. Dean se quedó unos segundos más mirando a Baby, como si ella pudiera responderle alguna de las preguntas que llevaba horas haciéndose. Como, por ejemplo, ¿dónde estaba Cas? ¿Estaba bien? ¿Había vuelto al Cielo? ¿Se estaba escondiendo del Cielo? ¿Estaba escondiendo la tabla? ¿Tan poco confiaba en ellos? ¿Tan poco confiaba en él?

Reprimió un gruñido. Le iba a entrar dolor de cabeza. La visión de la botella de whisky que lo esperaba en la cocina consiguió que volviera a moverse. Cogió su propia bolsa y entró en el búnker.

Quería ver a Cas… joder. Aquella nostalgia iba a matarle. Hasta el momento, había conseguido mantenerla a raya, junto con sus sentimientos. Pero el dique se había roto. Y, por mucho que doliera, no sabía si quería reconstruirlo.

Mierda. Necesitaba distraerse. Su estómago rugió, dándole la respuesta que necesitaba. Podía cocinar algo, ¿quedaban hamburguesas?

—¡Sam! —Llamó a su hermano mientras atravesaba la antesala.— ¡Voy a hacer hamburguesas! ¿Quieres?

Oyó a su hermano antes de verlo.

—No creo que hoy tengas tiempo de ponerte a cocinar. —Le dijo Sam con una sonrisa maliciosa entre sus palabras.

Dean frunció el ceño, confundido, hasta que levantó la vista y vio que su hermano no estaba solo.

—Hola, Dean.

¿Pero qué coño estaba…?

—¿Cas?

—Creo que voy a ir al pueblo a comprar la cena.

No le contestaron, enganchados como estaban en la mirada del otro. Sam dejó su bolsa encima de la mesa del mapa, le cogió las llaves del Impala a Dean de la mano y desapareció por dónde habían llegado sin añadir nada más, pero con una sonrisa en los labios.

Dean no habría sabido decir cuánto rato se estuvieron ahí de pie, callados, mirándose. Pero bueno, eso no era nada nuevo. La cuestión es que no tenía ni idea de qué se suponía que tenía que hacer o decir.

Al final, el ángel rompió el silencio.

—Dean… ¿estás enfadado?

Y, por lo visto, sí. Estaba enfadado.

—¡¿Dónde coño has ido?! ¡¿No podías habernos esperado?! ¡No sé! ¡¿Decir adónde ibas?! ¡No sabía si habías vuelto al Cielo! ¡Si habías vuelto con la tal Naomi! ¡La que, recordemos, te estaba controlando! ¡No sabía nada, Cas!

El ángel bajó la mirada como si se sintiera realmente mal, y dio un par de pasos hacia él.

—No he vuelto al Cielo. Estaba escondiendo la tabla.

Dean no pudo evitar levantar los brazos con exasperación.

—¡Y dale con la tabla! ¡Sinceramente, no me puede importar menos la puta tabla ahora mismo! ¡Me importa una mierda dónde la hayas escondido! —Cas le miró un momento como si no le creyera.— ¡Lo que sí me importa es que sigas desapareciendo como si nada!

—Pero… ahora estoy aquí.

Dean se tapó la cara con las manos. Iba a matarle. Lo iba a hacer. ¿En serio le tocaba hablar más de relaciones y sentimientos? ¿En serio? Genial. Estupendo. Maravilloso. A Dean le encantaba hablar de ése tipo de mierda.

—Necesito un trago.

Y se fue a la cocina. Le costó, mucho. Le costó darle la espalda a Cas y alejarse de él. Le costó porqué había la posibilidad de que el ángel no estuviera ahí cuando volviera a mirar. Pero realmente necesitaba un trago.

El cazador les dio las gracias a todos los dioses que había conocido, y matado, cuando oyó unos pasos siguiéndole. Entraron en la cocina y Dean se sirvió su segundo vaso después de beberse el primero de golpe. Cas esperó paciente a que volviera a hablar.

—Mira, Cas. Tienes que dejar de hacer eso. Tienes que dejar de desaparecer sin dar explicaciones. Entiende que, cuando te vas así, nosotros nos quedamos sin tener ni idea de lo que te está pasando. No es justo.

El ángel se acercó un par de pasos más.

—Lo siento, Dean.

El cazador soltó un suspiro y asintió en señal de que lo perdonaba. Y, justo después, una especie de incomodidad se instaló en la cocina.

Se había pasado tantos años manteniendo las distancias, que no sabía como acortarlas sin sentirse raro. Se daba cuenta de que en la cripta, en la emoción del momento, su cuerpo había actuado más rápido que su mente. Pero en la tranquilidad del búnker, era difícil invocar aquella intimidad.

—Dean, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro. —Dijo sin pensar, sirviéndose su tercer vaso.

—¿Estabas siendo sincero antes, en la cripta?

Se atragantó un poco con el whisky y tuvo que aclararse la garganta. Estuvo tentado a hacerse el tonto y responder algo como: ¿a qué te refieres? Pero tras un par de segundos se lo pensó mejor. Ya no le quedaban fuerzas, ni ganas, para seguir fingiendo.

—Sí. —Respondió con la vista clavada en el suelo.

Oyó como Cas inspiraba profundamente, y se acercaba aun más a él.

—Yo también.

Dean levantó la vista para encontrárselo mucho más cerca de lo que había calculado. Mierda, lo estaba arrinconando contra la isla de la cocina. Los colores se le subieron al cuello sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

—¿Cas?

—Tú has roto las cadenas de Naomi, Dean —el cazador tuvo que apoyarse en la isla—. Tú me has devuelto mi libre albedrío —Cas apoyó las manos en la isla a los lados de Dean—. Todas mis acciones vuelven a pertenecerme gracias a ti. Dean.

Mierda.

Dean se le echó encima, tirando el vaso y el whisky al suelo. Su cerebro no fue capaz de registrar el estruendo del cristal al romperse, estaba demasiado ocupado recordando las sensaciones que el ángel despertaba en él.

Fue un beso corto pero intenso, que los dejó más cerca el uno del otro. Física y emocionalmente. Esta vez, Cas no apartó la mirada, no cerró los ojos. En ellos se leía la emoción que Dean sabía que se reflejaba en los suyos.

Dean acabó enterrando el rostro en su cuello, respirando aquél aroma, lluvia y tormenta.

—No vuelvas a irte sin decir nada.

—No lo haré.

FIN.