Capítulo 3: Control

Todo lo que aquí vean lo creo Melissa Marr. Los nombres de los personajes son de Stephanie Meyer. Yo solo hago adaptación, sin ningún fin de lucro, ajeno a cualquier partido político o asociación.

Compren los libros de las autoras si te llegan a sus países y tienen la oportunidad.

Gracias a todos los foros de traducción que hacen posible que estas obras lleguen a muchos países, en los que no llegas el libro.

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Tanya estaba en su casa, la casa de Jessica, cuando Edward e Isabella llegaron. No era su lugar preferido, pero lo había tomado para realizar allí sus negocios, y mantener su antigua casa para asuntos personales, un espacio al que sólo Eleazar y unos pocos guardias selectos podrían entrar.

Y Edward. Siempre Edward.

Cuando Edward cruzó por la absurdamente tallada puerta, con su cabello de cobre brillando como una hoguera, Tanya quiso ir a él, sólo por un breve momento, para fingir que lo que ellos compartieron, sus décadas de historia, le permitirían tal fácil consuelo. Pero no lo hacían, especialmente cuando Isabella estaba al lado de él. La atención de Edward a cada pensamiento y acción de su reina lindaba con la obsesión.

¿Le importaría a Bella si fuera con él?

Hasta cierto punto, Tanya lo dudó: la Reina del Verano había sido quien había arreglado la cita de Tanya con Edward en el Solsticio de invierno.

Ella había sido quien insistiera en que Edward en realidad amaba a Tanya, a pesar de que él nunca hubiera dicho las palabras. Aun así, Edward no se arriesgaría a mostrar la más breve emoción alrededor de Isabella.

Así que todos se mantuvieron de pie incómodamente en el vestíbulo, rodeados por varias Chicas de Espina que miraban tranquilamente desde los bancos de iglesia que rodeaban las paredes. Seth levantó la cabeza del piso donde descansaba. El lobo miró a los regentes del verano brevemente, cerró los ojos, y continuó durmiendo.

Eleazar, sin embargo, no estaba tan tranquilo. Se acercó más a Tanya.

- ¿Quieres que permanezca aquí?

Mudamente, ella asintió. Eleazar era su amigo más cercano en estos días; ella sospechaba que él había sido así incluso durante muchos años antes de que ella reconociera que su actitud protectora omnipresente no se debía sólo al deber. Ella creía que el hecho de que la protegiera tanto era porque los otros guardias de Edward le temían, pero cuando se convirtió en la nueva Reina de Invierno, Eleazar había dejado el tribunal de Edward para permanecer en su lado.

Ella alcanzó su mano y la apretó levemente en una silenciosa señal de gratitud.

- ¿Y los otros? -él murmuró.

- Ellos permanecerán adentro. Saldremos por atrás. -Ella levantó su voz entonces y dijo- ¿Les gustaría acompañarme?

Edward estuvo al lado de Tanya. Él no la tocó, ni siquiera con un casual roce de su mano. Abrió las puertas mientras se acercaban, tan familiarizado con la casa como lo estaba ella. Fue su madre, la última Reina de Invierno, quien había vivido aquí antes. Después de mantener la puerta abierta para ella y para Isabella, Edward entró el jardín. La nieve y el hielo se fundieron mientras pasaba. Mejor eso a tener al Rey y la Reina del Verano dentro, donde se encuentra mi corte. Tanya no estaba dispuesta a arriesgarse a poner en peligro a sus hadas, y mientras Isabella quizás era lo bastante buena en contener sus emociones, Edward era volátil, aún en sus mejores días.

Si lo miraba lo suficiente, Tanya estaba segura de que vería tormentas chocando en sus ojos. Cuando habían estado juntos, esos relámpagos resultaban hipnotizantes. Ahora parecían demasiado brillantes, demasiado breves... demasiado todo.

- Sean bienvenidos aquí hoy. –Tanya hizo gestos a uno de los bancos de madera dispersos a través del jardín de invierno. Eran muy ingeniosos, hechos a medida por las habilidades de los artesanos, sin contener tornillos ni remaches en ninguna parte.

Edward no se movió. Sólo se quedó parado en su jardín, tan intocable como lo había sido durante la mayor parte de su relación, de alguna manera haciéndola sentir como si le faltara algo. - ¿Tienes algún huésped? –él preguntó.

- ¿Cómo es eso asunto tuyo? -ella respondió.

Yo no respondo a él, ya no.

Bajo la orilla del banco, un zorro polar se agachó. Sólo sus oscuros ojos y nariz se veían entre el suelo nevado. El resto de su cuerpo se mimetizaba perfectamente con el suelo absolutamente blanco. Cuando Isabella y Edward se acercaron más, calentando el aire a su alrededor, el zorro salió como una flecha en dirección a las nieves más gruesas que se encontraban sobre las paredes altas que rodeaban el jardín. A pesar de la antipatía de Tanya hacia la última Reina de Invierno, ella disfrutaba del jardín de invierno inmensamente: por lo menos en él, Jessica había hecho una cosa sabiamente. Las paredes del jardín y el techo tenían consideración a un pequeño pedacito de invierno al año, un santuario nutritivo para ella y su corte.

Tanya se sentó en uno de los bancos.

-¿Estás buscando a alguien en particular?

Todavía de pie, Edward le dio una mirada exasperada.

-Victoria fue vista por aquí cerca.

Isabella colocó una mano en su brazo para parar sus palabras irritables.

-Aunque estoy segura de que eres muy bien cuidada aquí -la Reina del Verano sonrió deslumbradoramente a Eleazar, que se había movido hasta ubicarse detrás de Tanya –Edward necesitaba chequear cómo estabas. ¿Verdad, Edward?

Edward miró a Isabella, buscando algo... certeza, claridad, era difícil saberlo con ellos.

-Yo quiero que hables con Victoria.

En el suelo, a los pies de Tanya, creció pesadamente el espesor de la nieve a medida que su estado de ánimo se inquietaba.

-¿Por qué exactamente estás aquí?

Pequeñas tormentas destellaron en sus ojos.

-Estaba preocupado.

-¿Acerca de qué?

-De ti. -Él se acercó más, invadiendo su espacio, presionándola. Aún ahora, cuando ella era su igual, él no mostraba ningún respeto a sus límites.

Edward recorrió su mano por su cabello de cobre. Y, como una mortal bajo su hechizo, ella se le quedó mirando fijamente... mirándolo fijamente a él.

- ¿Estabas preocupado por mí o estabas intentando controlarme? –Ella permaneció tan quieta como el invierno antes de las interrupciones de las tormentas, pero sentía como si el hielo estuviera desmoronándose en su interior.

-Que la guerra se halle en el umbral de tu puerta me preocupa. Emmett está furioso conmigo, y… yo sólo no quiero a nadie de la Corte Oscura cerca de ti -Edward dijo.

-No es tu Corte para decidirlo. Esta es mi corte, Edward. Si decidiera escuchar a Victoria...

-¿La escucharías?

-Si Victoria o Emmett vienen aquí, trataré con ellos, así como lo hago con Esme o con cualquiera de los solitarios fuertes… o contigo. –Tanya mantuvo su tono frío.

Dirigió su mirada a las Chicas de espina, que se habían alejado hacia a la puerta. Las siempre silenciosas hadas salieron al jardín y la miraron expectantes. Ellas eran la familia que Tanya jamás esperó encontrar en la fría Corte de Invierno. Ella les sonrió, pero no se molestó en ocultar su irritación cuando le dijo a Edward - Matrice te mostrará la saluda. ¿A menos que haya asuntos personales que quieras discutir?

El relámpago en sus ojos estalló nuevamente, iluminando su rostro con ese destello extraño de luz.

-No. Supongo que no.

Mostrando su naturaleza protectora, Matrice entrecerró sus ojos al tono del Rey.

-Bien, entonces, si ya terminamos con nuestros negocios... -Tanya mantuvo las manos relajadas, negándose a mostrarle que aún ahora se sentía tentada a acercarse a él para aliviar su mal humor- ¿Matrice?

La ira de Edward se esfumó por un momento.

-¿Tan?

Ella se rindió entonces y tocó su brazo, odiando que fuera ella, otra vez, quien tenía que acercarse a él.

-Si deseas verme a mí, no a la Reina de Invierno, sino a mí, eres bienvenido en mi hogar. Estaré allí más tarde.

Él asintió, pero no aseguró nada, no le hizo ninguna promesa. No lo haría, no a menos que su verdadera reina no requiriera de su atención en ese momento.

Tanya la odió por un momento. Si ella no estuviera aquí… Por supuesto, si Isabella no hubiera llegado a ser la Reina de Verano, Edward estaría cortejando a otra mortal más, en busca de aquella que lo liberara.

Por lo menos yo tengo una parte de él ahora. Eso es mejor que nada. Eso es lo que ella se había dicho al principio, pero mientras él se alejaba de ella, aceptando la mano de Isabella mientras caminaban, siguiendo a las Chicas de Espina nuevamente hacia el interior de la casa, Tanya tuvo que preguntarse si realmente era mejor.

Esa noche, Tanya caminó hasta su casa con la ilusión de soledad. En la calma, Eleazar indudablemente se encontraba detrás de ella. Si se concentraba lo suficiente, vería las alas borrosas de las hadas espinosas en las sombras, oiría la música del lupino. Hace no más de un año, esos mismos detalles habrían significado terror en su corazón. Eleazar había pertenecido a la corte de Edward entonces; y las hadas de la corte de Invierno habían sido heraldos de conflicto, los emisarios de la última Reina de Invierno, llevando sólo amenazas y advertencias.

Mucho había cambiado. Tanya había cambiado. Lo que no había cambiado era cuánto anhelaba la atención de Edward, su aprobación, su toque. Las lágrimas congeladas sonaron con estrépito al caer al suelo mientras ella pensaba acerca del impacto que ese anhelo había tenido en su vida. Ella había sacrificado su mortalidad con la esperanza de ser su reina perdida. Y no lo fui.

Ella lo había observado cortejar a innumerable cantidad de mortales en esa búsqueda, como si no doliera cada vez. Pero dolía. Ella incluso había ido voluntariamente hacia su propia muerte en las manos de la madre de Edward para ayudarlo a encontrar a su reina. Pero no me morí.

En vez de eso, ella se encontraba ahora al mando de la corte que había abrumado y oprimido la corte de él durante siglos, y su nueva corte deseaba que permaneciera así. Demasiados cambios de clima demasiado rápido serían bueno para ninguno de ellos. Su corte presionaba sobre el asunto, sugiriendo que unas pocas exposiciones de fuerza serían convenientes para recordarle que ellos seguían siendo más fuertes que él.

Mientras, en la oscuridad, cuando estaban sólo ellos dos, Edward le susurraría palabras dulces de paz y equilibrio.

Siempre en el medio… por él. Y él se alejaría de mí e iría con Bella por sólo una palabra de sus labios...

Enojada consigo misma por lamentarse en ello, por siquiera pensar en ello,

Tanya enjugó con la palma de su mano las lágrimas que bajan por sus mejillas. Él no era suyo, nunca sería verdaderamente suyo, y no podía más que sentirse aterrorizada de esa verdad inevitable.

Ella dio un paso sobre el porche.

Y él allí la esperaba, su hermoso rostro fruncido en la preocupación, sus manos que se estiraban para alcanzarla.

- ¿Tan? -Su voz tenía todo el anhelo que ella sintió por él hace unos instantes.

Toda su claridad desvanecida mientras él mantenía sus brazos abiertos para ella. Ella se refugió en su abrazo y lo besó, sin molestarse en mantener su gélida temperatura controlada, sin importarle si lo lastimaba.

Él se detendrá.

Pero en vez de alejarse de ella, él la trajo más cerca. Esa luz del sol atroz que él llevaba en su piel destellaba más brillante. La nieve que había comenzado a descender alrededor de ellos, crepitaba lejos lo más rápido que podía al caer.

Su espalda chocó contra la puerta. Ella no la había desatrancado, pero aun así se había abierto. Con sólo una mirada, se dio cuenta de que Edward había fundido la cerradura.

No es el Solsticio todavía. No debemos. No puedo… había quemaduras en sus brazos donde él la tocó, y ampollas en sus labios. Ella enredó las manos en su pelo y lo mantuvo aún más cerca suyo. La escarcha comenzó a extenderse hacia abajo por su cuello.

Él se detendrá. Yo me detendré. En cualquier segundo.

Se derrumbaron sobre el sofá, y fuegos diminutos quemaban los cojines encima de su cabeza. Ella permitió que su invierno se exteriorizara aún más. El cuarto comenzó a llenarse de nieve pesada. Los fuegos silbaban mientras eran extinguidos.

Soy más fuerte. Podría parar.

Pero él la tocaba. Edward estaba aquí, y la tocaba. Ella no iba a parar.

Quizá ellos podrían hacerlo funcionar; quizá todo estaría bien. Ella abrió los ojos para mirarlo, y el brillo la cegó.

- Mía -él murmuró entre besos.

Sus ropas continuaban incendiándose, dejaban de arder mientras la nieve sofocaba las llamas, sólo encenderse una vez más. Las ampollas cubrían la piel donde sus manos la habían agarrado. Los parches de piel quemada por el hielo eran visibles en su pecho y cuello, donde ella lo había tocado.

Ella gritó, y entonces él se echó para atrás.

- Tan… -su rostro fue golpeado por una gran pena-. Lo siento, yo no quería… -Él se sostuvo en un brazo y miró abajo hacia sus brazos magullados-. No quiero hacerte daño.

- Lo sé. -Ella se deslizó al piso, dejándolo solo en el sofá humeante.

- Yo sólo quería hablar -la miró cautelosamente.

Ella se concentró en el hielo en su interior, no en cuán cerca aún se encontraban.

-¿Acerca de nosotros, o acerca del negocio?

-Los dos. -Hizo una mueca mientras intentaba acomodarse su camisa hecha jirones. Ella lo miró abotonarla, como si eso ayudara a mantenerla en su lugar. Ninguno habló mientras se acomodaba la tela arruinada.

Entonces ella preguntó - ¿Me amas? ¿Aunque sea un poco?

Él se envaró, las manos en alto.

-¿Qué?

-¿Me amas?

Él la miró fijamente.

-¿Cómo puedes preguntarme eso?

-¿Me amas o no? -Ella necesitaba que lo dijera... algo, cualquier cosa.

Él no contestó.

- ¿Para qué viniste aquí? -ella preguntó.

-Para verte. Para estar cerca tuyo.

- ¿Por qué? Necesito más que tu lujuria. -Ella no lloró mientras lo decía. No hizo nada para permitirle saber cuánto se le estaba rompiendo el corazón-. Dime que tenemos algo más que eso. Algo que no nos destruirá a ninguno de los dos.

Él era la personificación de una estatua iluminada por el sol, tan hermoso como siempre, pero sus palabras no fueron hermosas.

-Tan. Vamos. Tú sabes que es más que eso. Tú sabes lo que hay entre nosotros.

- ¿Lo sé?

Él se estiró para tocarla. Su mano estaba curándose, pero él estaba magullado.

Eso es lo que nos hacemos el uno al otro.

Tanya se paró y caminó hacia afuera, necesitando no ver la destrucción en su casa. Otra vez.

Edward la siguió.

Ella se inclinó contra la baranda. ¿Cuántas veces me paré aquí, tratando de mantenerme alejada de él o de la última Reina de Invierno? Ella no deseó recordar la última vez que Invierno y Verano intentaron estar juntos.

-No quiero que nos destruyamos el uno al otro como ellos lo hicieron –ella susurró.

-Nosotros no somos como ellos. Tú no eres como Jessica. -Él no la tocó. En lugar de ello, se sentó en el porche-. Yo no me daré por vencido si tenemos una oportunidad.

-Esto -ella gesticuló hacia la destrucción detrás de ella- no es bueno.

-Nos dejamos ir por un minuto...

-Otra vez -ella agregó.

- Sí, pero… nosotros lo podemos arreglar. Yo no debí haberme dejado llevar, pero tú estabas llorando y… -él apretó su mano- me olvidé. Tú me haces olvidar de todo, incluso de mí mismo.

-Tú también. -Tanya se giró para encararlo-. Nadie me hace enojar o me estremece como tú. Te he amado la mayor parte de mi vida, pero no soy feliz con la manera en que están las cosas entre nosotros.

Él se envaró.

-¿Qué cosas?

Ella se rió brevemente.

-Eso quizás funcione con tu otra reina, pero yo te conozco, Edward. Veo cuánto se están acercando el uno al otro.

-Ella es mi reina.

-Y estar con ella haría más fuerte a tu corte. -Tanya sacudió la cabeza-. Lo sé. Siempre lo he sabido. Tú nunca fuiste mío.

- Ella tiene a Jacob.

Tanya miró a las Chicas de Espina que revolotean entre los árboles. Las alas brillaban en la oscuridad. Ella pesó sus palabras.

-Él morirá. Los mortales mueren. ¿Y entonces qué?

-Yo te quiero en mi vida.

-En la oscuridad, cuando ella no esté alrededor. Unas pocas noches del año… -Tanya pensó en el puñado de noches en las cuales ellos podían estar verdaderamente juntos, no más que unos pocos latidos del corazón robados. El saborear lo que ella no podría tener hacía incluso más difícil sobrellevar los meses cuando aún un beso era peligroso. Ella parpadeó alejando sus lágrimas de hielo es suficiente. Creí que podría serlo... pero necesito más.

-Tan...

- Escucha. ¿Por favor? -Tanya se sentó a su lado-. Estoy enamorada de ti. Te amé lo suficiente para morir por ello… pero te veo tratando de enamorarla, y aun así viniendo a mi puerta. Tu encanto no te bastará para tenernos a ambas a tus pies. Ni ella ni yo somos una de tus Chicas de Verano. –Tanya mantuvo su voz apacible-. Acepté la muerte para darte a tu reina... aunque significaba perderte, aún después de años de conflicto.

-Yo no te merezco. -Él la miró fijamente, como si ella fuera su mundo. En esa mirada, la misma mirada en la que ella se había perdido en innumerables ocasiones, él parecía tener todas las palabras que ella deseaba oír. En aquellos momentos que ella reunía como tesoros, él era su pareja perfecta. Pero los momentos no alcanzaban-. Yo nunca te he merecido -él dijo.

-A veces estoy segura de eso… pero no te amaría si eso fuera totalmente verdad. He visto el Rey que puedes ser, y la persona que puedes ser. Eres mejor de lo que piensas -ella acarició su rostro con cuidado- mejor aún de lo que yo pienso a veces.

-Quiero ser la persona que podría estar contigo… -él comenzó.

-¿Pero?

-Necesito poner las necesidades de mi corte primero. Por nueve siglos he deseado sólo alcanzar el lugar en el que estoy ahora. No puedo permitir que lo que deseo, a quien deseo, interfiera con lo que es mejor para mi corte. -Él pasó su mano por su pelo otra vez, pareciéndose al chico que ella había conocido tanto tiempo atrás, cuando creía que él era un humano.

Ella quería confortarlo, prometerle que todo estaría bien. Pero no podía. A medida que se acercaba el verano, él e Isabella se sentirían más atraídos el uno al otro. Él no había venido a verla más que unas pocas veces desde que la primavera había llegado. Hoy, él había venido a ella con demandas.

Amarlo no significaba permitirle que la gobernarla, ni a su corte.

-Lo entiendo. Yo tengo que hacer lo mismo… pero yo te deseo a ti, Edward, no al Rey. -Ella inclinó su cabeza contra su brazo. Siempre que ellos tuvieran cuidado, sin olvidarse, sin perder el control, ellos podrían tocarse. Desafortunadamente, tocarlo significaba un gran desafío a su autocontrol. Ella suspiró y agregó:- Quiero que apartemos a las cortes cuando estamos juntos, y necesito que aceptes que el hecho de que te ame no significa que tratar con mi corte sea diferente de cualquier otro negocio tuyo. No pienses que lo que compartimos convierte a mi corte en maleable.

Él sostuvo su mirada como preguntó:

-¿Y si yo no puedo hacer eso?

Ella lo miró directamente a los ojos.

-Entonces necesito que salgas de mi vida. No sigas intentando utilizar mi amor para manipularme. No esperes que no esté celosa cuando la traigas a mi casa y la mires como si ella fuera todo tu mundo. Deseo una relación verdadera contigo… o nada en lo absoluto.

-No sé qué hacer -Él admitió-. Cuando estoy alrededor ella, me siento como embelesado. Ella no me ama, pero yo deseo que lo haga. Si ella lo hiciera, mi corte sería más fuerte. Es como brotes que se abren a la luz del sol. No es una elección, Tan. Es una necesidad. Ella es mi otra mitad, y su decisión de ser "amigos" me debilita.

- Lo sé.

-Pero ella no… y yo no sé si se volverá más fácil con el tiempo.

-Yo no puedo ayudarte en esto -ella entrelazó sus dedos con los de él- y los odio a ambos a veces por ello. Habla con ella. Encuentra la forma de estar con ella... o de liberarte lo suficiente para ser verdaderamente mío.

-No me escucha cuando intento hablar con ella al respecto, y no quiero pelear con ella por eso. -La expresión de Edward era de encanto. Incluso hablar de ella lo distraía.

Tanya lo observó, era el mismo elfo perdido que ella había amado la mayor parte de su vida. Con demasiada frecuencia, ella había sido quien daba el brazo a torcer cuando estaban en desacuerdo, con demasiada frecuencia ella lo había ayudado porque ambos perseguían el mismo objetivo: que el Invierno y el Verano se equilibraran. Ella suspiró.

-Inténtalo otra vez, Edward, porque esto terminará mal si algo no cambia.

El besó sus labios suavemente y dijo:

-Todavía sueño que eras tú. Por muchas veces que haya mirado, en mis sueños siempre eras tú quien estaba destinada a ser mi reina.

-Y lo sería si la elección fuese mía. Pero no es. Necesitas dejarme ir, o hallar la manera de alejarte de ella.

El tiró de ella más cerca.

-No importa lo que suceda, no quiero dejarte ir. Jamás.

-Ese es un problema totalmente diferente. -Ella miró la escarcha que cubría los escalones a su lado-. No estoy hecha para el Verano, Edward.

-¿Es tan malo desear a una reina que me ame?

-No -Ella susurró-. Pero no funciona desear que dos reinas lo hagan.

-Si tú hubieras sido mi reina...

-Pero no lo fui. -Ella colocó su cabeza sobre el hombro de Edward.

Y permanecieron así, sosteniéndose uno al otro con cuidado, hasta que llegara el alba.

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Gracias especiales a Guest, AyelenMara, y a Cary por dejar sus reviews.

La tardanza es por la universidad que me tienen atorada, es más práctica que otra cosa, y me traen de un lado para otro, aparte de que me está dejando en la ruina.

Bueno el otro asunto es por el internet, es satelital, porque los codos de Telmex no quieren poner el inalámbrico, y no me abre muy bien esta página.

Un beso y nos veremos la próxima.