El mundo mágico y Harry Potter pertenecen a JK Rowling, quien permite que el mundo del fanfic sobre su creación se desarrolle, y esta historia a PadyandMoony, quien me permite traducirla.
Capítulo 28
Dejándolos ir
Sirius bostezó y se estiró. Estaba deshaciéndose del sueño remanente en sus ojos cuando abrió la puerta de su habitación y se paró en seco. ¿Qué estaba haciendo Lunático?
Remus estaba guardando sistemáticamente sus libros en cajas.
—Uh… Lunático. Sé que amas tus libros y eso, pero tienes ejemplares de casi todos en casa. ¿Por qué los empacas para las vacaciones?
—No estoy empacando para las vacaciones —dijo Remus sin detener lo que hacía—. Renuncié.
—¿QUÉ? —gritó Sirius—. ¿Por qué demonios hiciste algo tan gigantescamente estúpido?
Remus se detuvo a medio camino de meter un libro en la caja y miró a Sirius con tristeza.
—Sabes el porqué.
—No, no lo sé. Por favor, dime. ¿Y qué pretendes hacer? ¿Estar encerrado en Grimauld Place todo el año mientras nosotros estamos aquí?
Remus mordió sus labios y sin mirarlo a los ojos, dijo:
—De hecho, me mudaré. Tengo la cabaña que mis padres me dejaron. Me mudaré allí.
Sirius avanzó furioso hasta donde estaba Remus y arrancó el libro de su mano. Luego, comenzó a sacar los demás libros de las cajas.
—No voy a permitir que nos abandones a Harry y a mí.
—Sirius —dijo Remus con cansancio—, tengo que irme. Es lo mejor.
—¡Lo mejor! —exclamó Sirius—. Exactamente ¿cómo es que huir es lo mejor?
—¡Casi lo mordí! —gritó Remus, perdiendo la compostura—. ¡No puedo arriesgarme a que vuelva a pasar!
—Eso… —dijo Sirius a través de sus dientes apretados, caminando hacia Remus y deteniéndose a centímetros de su cara y presionando su pecho con su índice—. Fue un accidente que no volverá a ocurrir.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿Y si vuelvo a olvidar mi poción? —gritó Remus, desesperado.
—No lo harás. Jamás lo hiciste antes, esto fue cosa de una vez. Circunstancias extenuantes… —Sirius agitó su mano ampliamente.
—Eso no me hace menos peligroso. No puedo arriesgar a Harry y al resto de los alumnos de esa forma. ¡Otro error y podría morder a alguien!
—No lo harás —dijo una nueva voz desde la entrada.
Sirius y Remus se giraron abruptamente para ver a Severus ingresar por el retrato y cerrándolo detrás de sí.
—Por Dios, Severus, ¿puedes hacer ruido al caminar? —musitó Sirius con voz débil.
Severus le sonrió y luego volviéndose a Remus, dijo:
—Dumbledore me dijo que le entregaste tu renuncia. También me dijo que la quemó.
—Severus… —comenzó Remus.
—Al parecer tiene a alguien para Defensa Contra las Artes Oscuras para el próximo año y quiere que vuelvas a ser tutor —continuó como si Remus no hubiera dicho nada.
—No puedo…
—Puedes esperar hasta septiembre para tomar tu decisión —agregó Severus.
—¿Y qué diferencia habría? —preguntó con cansancio.
Severus les indicó que se sentaran. Sirius lo hizo de inmediato. Si Severus estaba dispuesto a convencer al cabeza dura de Remus, entonces ayudaría. Remus se desplomó y Severus se sentó con delicadeza.
—Desde hace un par de años he estado desarrollando una nueva poción. Me tomó algo de tiempo pues todas las reuniones que tuve fueron con un disfraz, y con secretismo también. No sería bueno que un conocido mortífago esté buscando la cura para la licantropía. No se supone que nos interese eso… —comenzó Severus mientras los otros dos se quedaban con la boca abierta.
—Te refieres a que hallaste… —murmuró Sirius, pero Severus lo detuvo meneando su cabeza sombríamente.
—No aún. Pero logré alterar la poción matalobos para hacerla permanente. Terminé justo la semana pasada. Por desgracia era muy tarde para probarla en la última luna llena pues Remus ya había comenzado su dosis mensual cuando logré terminarla —finalizo Severus con un dejo amargo.
—¿A qué te refieres con permanente? —preguntó Remus con cautela.
—Me refiero a que sólo debes beberla una vez. Bueno, no exactamente una vez: tendrás que tomar siete dosis en la semana previa a la luna llena, pero después de eso los efectos serán permanentes y no tendrás que beberla de nuevo. En las siguientes lunas llenas, podrás mantener tu mente sin tener que tomar la poción. Por supuesto, tengo que probarlo. Asegurarme de que mis cambios no hicieron la poción original inefectiva, y claro, que funcione en la luna posterior a esa. Así que vine a pedirte que me dejes encerrarte las próximas dos lunas llenas.
Remus parecía estar entre extático y conmocionado.
—Severus… ¡Eso es genial! Eso implica no tener que volver a preocuparme jamás. ¡Nunca volver a depender de poder tener acceso a la poción!
—Lo sé. Sólo desearía haberla terminado antes de que Lestrange y Pettigrew hubieran escapado. Habríamos evitado toda esa situación.
—No es tu culpa —dijo Remus, avergonzado.
—Tampoco es la tuya —aseveró Severus—. Así que deja de tenerte lástima.
Parecía que Sirius sería capaz de besar a Severus, pero este continuó:
—También tiene un efecto anestésico para que la transformación sea como como cuando un animago cambia de forma, así que no debería debilitarte nunca más. Espero que funcione, así ya no tendrás que descansar como siempre.
—¿Cuánto llevas trabajando en esto? —preguntó Sirius.
—Casi ocho años —Sirius y Remus se sorprendieron—. Como dije, tardé tanto porque no podía contactar con libertad a los expertos en pociones para intercambiar teorías. A veces alguien puede notar algo que pasas por alto. Por ejemplo, cuando hablé con Belby tuve usar poción Multijugos para que no me reconociera. La mayor parte de los obstáculos tuve que pasarlos por mi cuenta, con un poco de ayuda de Albus. Incluso Harry me ayudó un poco —agregó con una sonrisa de orgullo.
—¿Harry sabía? —preguntó Sirius con sorpresa.
—Oh, sí. Lo descubrió cuando tenía ocho años y él y Albus me han ayudado bastante —Severus le sonrió de nuevo a Sirius.
—¿Ustedes son la Asociación Licántropo? —murmuró Sirius con sorpresa.
—¿La qué? —preguntó Remus.
—Cuando Harry tenía ocho, vino a mi muy serio con un montón de pergaminos que se veían oficiales, a preguntar si podía donar dinero a la Asociación Licántropo, que era un nuevo grupo que buscaba una cura. Todo parecía en orden y le pregunté a Albus si sabía de ellos y me confirmó que era un grupo respetable. Desde entonces Harry ha aportado una suma mensual de la bóveda Potter. ¡Ustedes! ¡Ustedes tres me engañaron!
—Sí, lo hicimos —aseguró Severus con satisfacción—. La Asociación Licántropo fue fundada por Albus, Harry y yo. Así es como podemos acceder a ingredientes, calderos especiales (fundí un par), libros, ingredientes para la poción Multijugos, y claro, viajes alrededor del mundo para hablar con los expertos que podían ayudar, y así no haríamos una deducción notable en ninguna de las tres cuentas.
» No es que hiciera un impacto grande, pues las tres están muy llenas, pero no quise que Harry vaciara su bóveda y de esa forma puede ayudar. La Asociación Licántropo también provee una fachada: Harry, Albus y yo somos los fundadores, pero cuando la poción salga a la luz, será bajo el nombre de la asociación y no del mío. Los nombres de los dueños no son público, así que así no arriesgamos mi posición.
Sirius hizo un puchero, se cruzó de brazos y se desplomó en su silla. Remus agitó la cabeza: Todo estaba muy bien pensado.
—No es que no esté agradecido, pero…, ¿por qué dedicaste tanto tiempo en esto? —preguntó.
Severus lo miró, como si estuviera pensando qué decir:
—¿La verdad? Te tenía un miedo inconmensurable —dijo, y Remus se sorprendió.
—No de tu forma humana, pero sí del hecho de que pasas una noche como lobo en el mismo lugar que Harry. Oh, racionalmente sé que aún sin la poción, no lograrías traspasar las protecciones y barreras que ambos colocan en las puertas. Y cuando están en Grimauld Place, incluso sin protecciones, no lograrías pasar la puerta de acero del sótano, pero el miedo es irracional: Y no podía permitirme perder a Harry.
» Cuando Lily murió, creí que estaría sólo hasta que muriera, que no había nada para mí, pero Harry me demostró que estaba equivocado, y no puedo perderlo. Seguía imaginando a un niño pequeño destrozado por un hombre lobo —Remus se retorció con eso, pues temía lo mismo—. No pude evitarlo. Después, en especial últimamente, ha sido también por ti, Remus, pero no cuando comencé. En ese entonces apenas y podía tolerarlos a ustedes.
—Es razonable —dio Remus.
—¿Cómo van a distribuir la poción? —preguntó Sirius.
Severus apoyó su barbilla en la punta de su pulgar. Su codo apoyando en el reposabrazos del sillón.
—Es complicado. No quiero que la receta sea pública. La poción matalobos es muy complicada que requiere un verdadero maestro experto en pociones para realizarla. Eso hace que para hombres lobo que atacan (como Fenrir Greyback) sea difícil de obtener. Ya es bastante peligroso y tiene más control sobre lo que hace que otros. Cómo logra morder a los niños y llevárselos sin matarlos, jamás lo sabré. Pero imagínenlo con el control total… Sería un desastre. Incluso podría encontrar a alguien que la realicé si todos conocieran la fórmula.
Sirius y Remus se retorcieron; era una idea terrible.
—Pensamos en que acudan a nosotros para obtenerla; así tendríamos cierto control y un registro de quién la consume, pero es peligroso. ¿Qué tal si el ministerio decide hacer algún tipo de registro?
—Claro que querrían —dijo Remus con amargura—. Sé que Dolores Umbridge tiene un par de propuestas de ley nefastas. Albus dice que ella no tiene suficientes votos, pero estoy seguro, que, si se supiera lo que pasó aquí, los tendría.
—Sí, Albus está investigando si hay una manera de proteger el registro de la asociación para que el ministerio no pueda forzarnos a dárselas. Creo que así más licántropos vendrán también. Además, no queremos que la población sepa lo que tenemos planeado, sólo dejar correr el rumor por el bajo mundo. Que los hombres lobo lo sepan.
—Tengo ciertos contactos de la guerra para eso —dijo Remus—. Se pueden asegurar de correr la noticia.
—Le diremos al público que se ha desarrollado una nueva poción que hace a los licántropos inofensivos. Bueno, no exactamente inofensivos, pero que logran tener el control. Pero la receta se queda con nosotros. Creemos que tal vez con el tiempo, las personas serán menos recelosas de los hombres lobo si saben que están controlados.
—Para eso será necesario más que una poción, Severus —apuntó con amargura Remus.
—Probablemente, pero es un inicio —dijo Sirius alegremente.
—Pero, Andy… —dijo Sirius.
—Sin peros, Sirius —dijo la cabeza de Andrómeda desde la chimenea—. No voy a vivir temiendo a mi hermana lunática. Extraño mi casa y vamos a volver.
Sirius bufó y se cruzó de brazos.
—Después de que apenas y logró huir, debe estar lejos, Siri. Ni siquiera Bella es tan idiota para permanecer cerca.
—Albus cree que fueron a buscar a Voldemort —gruñó.
—Y concuerdo. Y por más que es un escenario terrible, creo que puedes relajar un poco la seguridad. Volveremos a casa y tú deberías dejar que tu hijo se divierta un poco.
Sirius volvió a bufar.
—Ya accedí a que vuelva en el tren. Remus estará con él y también irán Filius y Pomona.
—¡Bien! —dijo Andrómeda, feliz—. Relájate Sirius, o te saldrán arrugas.
Sirius dio un salto y se miró en el enorme espejo que estaba sobre la chimenea, comenzando a examinar su rostro con preocupación.
—¡Estoy bromeando, Sirius!
—¿Tuvieron un buen año, niños? —preguntó la señora Weasley mientras abrazaba a sus hijos y luego a Harry, Hermione y Neville también.
—Sí señora Weasley, gracias —respondió Harry felizmente, mientras ella lo examinaba.
—¿Estás seguro que estás bien? Me preocupé mucho cuando me enteré.
—Sí señora Weasley, la señora Pomfrey me curó muy rápido.
Aunque nadie sabía que Remus se había transformado, la escuela entera sabía que Pettigrew había secuestrado a Harry, y que él y Bellatrix habían escapado mientras los dementores atacaban a Harry y dos profesores, quienes todos asumieron habían sido Sirius y Remus. La creencia general, era que el ataque de los dementores había propiciado es escape de los convictos.
El pobre Kreacher había estado inconsolable, y Harry intentó asegurarle que no lo culpaba; después de todo, entendía las leyes de los elfos domésticos. Para evitar que nada así volviera a ocurrir, Sirius le ordenó al viejo elfo que no aceptara órdenes de Bellatrix, Narcissa, Lucius o Draco. Dado que era Lord Black, y por ende el amo más importante, la magia reconocería esa orden por sobre la de los demás Black. Sirius quería matarse por no haber considerado eso antes. Había intentado liberar a Kreacher, pero el lloriqueo de este casi lo dejó sordo.
Harry había sido sofocado por sus preocupados compañeros después del incidente. Aún estaba débil y cansado, así que no se quejó mucho cuando empacaron sus cosas mientras él dormía durante la mayor parte del último día en Hogwarts.
Hermione estaba saludando a sus padres y Neville a su abuela, cuando Remus se puso detrás de Harry, y secamente dijo:
—Tenemos que irnos.
—Está bien, un segundo —dijo Harry.
Se dirigió a sus amigos con nerviosismo.
—No se olviden de escribir. Tenemos que hacer planes para el mundial de quidditch. Papá dijo que comprará boletos.
Neville miró a su abuela y suspiró.
—No creo que mi abuela me deje ir.
—Oh, creo que lo hará —dijo Harry con tono travieso—. Nunca subestimes a Sirius Black.
Alguien tocó a Harry en el hombro. Se giró para ver la cara de impaciencia de su tío.
—Está bien, está bien… Me tengo que ir.
Un coro de «¡Adiós Harry!» y «¡Adiós profesor Lupin!» se escuchó.
Remus gruñó una despedida y ambos se alejaron.
—¿Qué le ocurre? —escuchó Harry que preguntaba Ron.
Miró a su tío y con su pulgar e índice, intentó hacer que sonriera, pero él apartó su mano.
Caminaron hasta el callejón vacío como de costumbre y se aparecieron a una esquina oscura de Privet Drive, y caminaron hasta el número cuatro, donde Petunia abrió la puerta.
—Volvieron… —dijo con una mueca.
—Créeme, si no volviera a ver tu cara, sería mejor —dijo Remus y Petunia palideció.
Apresuró a Harry a subir las escaleras y el chico lo llevó hasta su habitación.
Remus miro a su alrededor y bufó:
—Muy espartano.
—¿Sabes? Usualmente tío Lunático es más alegre —dijo Harry sentándose en la cama.
—Hummm… —gruñó Remus y sus facciones comenzaron a transformarse en las de Severus—. Un segundo más y habría sido muy tarde.
En ese instante la puerta se abrió de par en par y una Petunia furiosa ingresó a la habitación.
—¡Escucha! ¡No puedes hablarme como si…! ¡TÚ! —gritó con terror.
Severus la miró con desdén.
—Sí, yo. Lupin está comprometido en algo más y no pudo venir. Como notaste, para tu beneficio usé poción Multijugos para imitar su apariencia en la calle para que tus vecinos no cuchicheen —dijo, aunque realmente era para el bien de Severus, pero ella no necesitaba saberlo—. Pero me niego a hacerlo aquí.
—El trato es con Lupin —gruñó.
—No puede venir… —replicó Severus en su tono bajo característico—. ¿O preferirías tener a Black aquí?
Petunia pareció estar decidiendo entre dos terribles demonios, y finalmente siseó:
—No. Pero quédate en esta habitación, chico fenómeno —terminó, arrugando la nariz con disgusto.
—No he sido un chico por mucho tiempo, Tuney —sonrió Severus.
—¡No me llames así! —chilló.
—Bien, ¿por qué no vuelves a cocinar? —dijo ahuyentándola con las manos.
—¡Eras tú! ¡Lo sabía! —chilló mientras Severus cerraba la puerta en su cara.
Harry intentaba ocultar su risa con la delgada almohada.
—Siempre la he odiado… —agregó Severus con un bufido—. Esto será el infierno.
Mientras tanto, Sirius, Remus y Albus avanzaban por un camino rodeado de setos. Los tres vestían atuendos muggles, y mientras Sirius y Remus llevaban vaqueros normales, camisas y zapatillas deportivas, Albus llevaba un traje púrpura de terciopelo bastante pasado de moda. Sirius no había comentado nada sobre su vestimenta, lo que decía qué tan seria era la misión.
Si alguien los hubiera visto, habría pensado que se dirigían a algún tipo de reunión de negocios, pues Remus llevaba sobre su hombro un portaplanos de arquitecto. Continuaron caminando hasta llegar a una brecha en los setos, y empezaron a andar por un camino de tierra, rodeado de setos más altos y silvestres.
Discretamente, el trío sacó sus varitas en cuanto estuvieron fuera de vista. Avanzaron con más ahínco y pronto vislumbraron lo que sólo podía describirse como las ruinas de una choza. No parecía haber explotado como la casa de los Potter, pero era obvio que nadie había vivido ahí en décadas, pues tenía aspecto de abandono: las paredes estaban mohosas y casi todas las tejas del techo habían caído. Había telarañas por doquier. Bastó con que Sirius empujara con el pie la puerta, para que esta se abriera.
Lentamente y en alerta entraron a lo que pareció haber sido la sala de estar combinada con la cocina. Pisaron la gruesa capa de polvo, y las pequeñas partículas se iluminaron por la basta cantidad de luz solar que llegaba a través del casi inexistente tejado.
—Parece que sólo hay tres habitaciones —dijo Albus en voz baja, señalando las dos puertas que había en las paredes.
—Bien —asintió Remus—. Entonces no nos tomará mucho buscarlo. Mientras más rápido, mejor. No me gusta este lugar.
—Yo vigilaré —comentó Sirius, a sabiendas que era el terreno de Albus y Remus.
Se separaron: Sirius se colocó en la puerta principal de forma que podía ver el interior y el exterior al mismo tiempo, mientras que Albus y Remus ingresaron cada uno a una habitación. Comenzaron a realizar encantamientos de detección mientras recorrían cuidadosamente cada rincón. Después de una hora, ambos se encontraron de nuevo en la entrada.
—Tiene que estar aquí—dijo Remus—. No había hechizos de ocultamiento en mi cuarto, pero pude detectar alguno cerca.
Albus asintió.
—Lo mismo en la mía. Ya lo había pensado; incluso en una cabaña miserable como ésta, Tom elegiría la grandiosa habitación principal, pero debíamos contemplar todas las posibilidades. Comenzaré en un extremo y tú en el otro ¿y nos encontramos en el centro?
Remus asintió y de nuevo empezaron. Sirius recordó algo que había visto en un televisor Muggle en una ocasión: Muggles buscando metal en el desierto con un extraño artilugio consistente en un palo con un disco en el extremo. Al menos sus movimientos eran similares.
Les tomó otra hora de su agitar de varitas, y mientras se acercaban el uno al otro, una luz azul rodeó el sillón que estaba frente a la chimenea, el cual Sirius reconoció como aquél en que Morfin Gaunt se había sentado mientras hablaba con su sobrino. ¡Quién lo diría!
La luz circundó tanto el sillón como la chimenea y cuando Albus y Remus se acercaron despacio, murmurando por lo bajo los encantamientos, la luz se hizo más y más pequeña hasta que sólo cubría uno de los varios ladrillos que circundaban la chimenea. Sirius se acercó a ellos.
—Debe estar encerrado —dijo—. Tal vez está suelto, ¿deberíamos sacarlo?
—Aún no —respondió Albus—, primero debemos cancelar los hechizos protectores… —Sirius vio que mientras Albus pasaba su varita frente al ladrillo, la luz azul cambio de color un par de veces.
—Esto llevará algo de tiempo, Canuto —dijo Remus, haciendo una mueca—. Será mejor que sigas vigilando.
Sirius asintió y volvió a su puesto, mientras Remus y Albus comenzaron a murmurar de nuevo.
—¿Sabe lo que hiciste? —preguntó Petunia desde la puerta.
Severus, quien estaba leyendo en el escritorio, se dio la vuelta y levantó una ceja. Estaba esperando que Harry terminara de bañarse.
—Porque yo sí —dijo ella, entrando lentamente a la habitación.
—Lo que crees que sabes y lo que realmente sabes, son dos cosas muy diferentes —respondió Severus arrastrando las palabras.
—Oh, la escuché decírselo a nuestra madre llorando —dijo muy contenta—. Mamá le preguntó el por qué no habías estado cerca aquél verano y no pudo aguantarse más. Le dijo que la habías llamado sangre sucia.
Severus notó que su temperatura bajaba. Lo último que quería era que Petunia, de todas las personas, le echara en cara su peor recuerdo, pero, aun así, quería saber lo que Lily había dicho.
—Dijo que te perdonaba por eso, que te amaba como un hermano y que aún quería ser tu amiga, pero no podía perdonar en lo que te estabas convirtiendo —Petunia sonrió con malicia—. ¿Sabe Harry que eres sirviente del hombre que mató a sus padres?
Severus inhaló con fuerza. Había amado a Lily más que como una amiga, pero saber que ella no había dejado de quererlo después de lo que había hecho, era un consuelo en su eterno sufrimiento. Si sólo hubiera sido menos amargado respecto a su abusivo padre y en general, con los muggles. Si se hubiera alejado de la influencia de Malfoy, Mulciber y Avery y la hubiera elegido a ella; lejos de la venganza en contra de los que alguna vez había considerado sus inferiores, pero no lo había hecho. Por más que la había amado, no lo había hecho. Muy en el fondo había sabido que no podría tener ambas cosas: ella era hija de muggles, y ellos odiaban a los que eran como ella. En ese entonces no entendía que la vida no se trataba de venganzas, no entonces, ni nunca. Después de eso, Voldemort se había convertido en su objetivo de venganza. No fue sino hasta que tuvo a su pequeña y extraña familia que entendió que su lucha se había convertido en una lucha para protegerlos a ellos.
—Sí, lo sabe —respondió fríamente—. Sabe que alguna vez serví al hombre que quería matar a todos los muggles e hijos de muggles —agregó para dejárselo claro: el hecho de que no estaba negando ser un mortífago. Petunia palideció y Severus sonrió; Sí, podía ser bastante peligroso, y era mejor que ella no lo olvidara—. Pero también sabe que ya no es así.
—¿Y se lo creyó? —siseó.
—Sí —respondió simplemente. Sería peligroso que diera tan delicada información a cualquiera, pero sabía que Petunia nunca repetiría ni una palabra de esa conversación a nadie. Nunca admitiría saber tanto del mundo mágico, ni siquiera bajo tortura; por eso Severus podía ser él mismo dentro de esa casa. Los Dursley se aterrorizaban con sólo pensar en qué dirían sus vecinos.
—Bien —dijo ella haciendo una mueca—, pues yo no. Y más te vale que te alejes de mi familia. Les traeré a ti y al fenó… chico… —intentó arreglar después de ver la mirada de furia de Severus—. La comida aquí.
—¿Esperas que pasemos dos semanas dentro de esta habitación? —preguntó Severus secamente.
—Pueden usar lo que sea que usaron para llegar para salir, pero dentro de la casa, ésta habitación y el baño de invitados es lo único que pueden usar. No te atrevas a usar el baño principal; no quiero que lo contamines —dijo, y se marchó dando zancadas. Casi chocó con Harry al salir.
—Lamento eso tío Sev —dijo Harry entrando y cerrando la puerta—. Olvidé decirte la regla del baño. Nunca nos deja usar el principal y creo que inunda el de invitados con desinfectante cuando nos vamos. Debería incendiarlo un poco, sólo para estar seguros —intentó bromear, pero Severus notó que esa forma de tratarlos hería a Harry, y le recordó a las veces que Lily lloraba por las terribles palabras de su hermana. Odiaba a Petunia mucho más. Cómo es que esa mujer lograba herir a las dos personas que más amaba, era algo que no entendía.
Después de un par de horas más, finalmente Albus dijo:
—Está listo.
Sirius volvió a acercarse a ellos y los miró con preocupación. Estaban pálidos y sudorosos.
—¿No deberían descansar? —preguntó.
—Tenemos que terminar con esto rápido —dijo negando con la cabeza, y luego miró a Albus mordiéndose el labio—. Sirius y yo podemos encargarnos, Albus. ¿Por qué no te sientas en esa silla un poco?
—Voy a fingir que no me llamaste anciano, Remus, y continuaré con nuestro trabajo.
Sirius comenzó a reír y Remus lo miró mal. Con una sacudida de su varita, Sirius removió el ladrillo de la pared y, como esperaban, era menos grueso de lo normal, y el anillo de Sorvolo reposaba en el agujero de la pared. Intentó levitarlo, pero no funcionó.
—Debe estar protegido contra invocaciones y levitaciones, también —apuntó Remus.
Lentamente Albus extendió su mano y tomó el anillo. Nada ocurrió. Lo miro estupefacto, como si estuviera viendo algo más allá del anillo. Sus dedos se movieron por su propia cuenta, pero una mano los detuvo.
—No creo que eso sea una buena idea, Albus —dijo Remus—. No sabemos lo que podría pasar si te lo pones; mejor destruyámoslo rápido. Ponlo en el suelo mientras voy por la espada.
Remus se acercó a donde estaba el portaplanos y desenroscó la tapa para extraer la espada de Gryffindor. Albus miró todo como si estuviera en cámara lenta. Sirius y Remus no sabían lo que tenían frente a ellos; probablemente creían que la Piedra de la Resurrección, y las demás Reliquias de la Muerte, era sólo una leyenda, pero Albus sabía más: Poseía un de ellas, la Varita de Saúco. Y sabía que la capa de Harry era otra, pero ésta era la que más había buscado. Miró el anillo, la Piedra de la Resurrección y vio a sus padres y a su hermana… Deseaba tanto su perdón… Pero una lejana voz llegó a su cabeza:
—No es tu culpa abuelo. Intentaste parar, tomaste una mala decisión y tío Lunático dice que eso no te hace una mala persona.
—Tus padres y tu hermana. Te están cuidando, ¿cierto? Siempre están contigo.
—¿Albus? —murmuró Sirius.
Albus lo miró y vio la preocupación en su rostro. Sirius..., que había crecido tanto. Que había aprendido a sobrellevar que su sugerencia había ayudado a Voldemort… Recordó la culpa que Severus sentía por haber enviado a Voldemort detrás del amor de su vida… Sólo podían esperar ser perdonados, y también él sólo podía esperar eso. Albus asintió y puso el anillo en el suelo. Ya habría tiempo para ver a sus familiares muertos cuando tuviera que partir hacia la próxima gran aventura… Pero aún no era momento. Observó a Remus clavar la espada con toda su fuerza, rompiendo así la piedra a la mitad, rompiendo así la oportunidad de que Albus viera a sus padres y a su hermana de nuevo. Sólo podía esperar que Harry estuviera en lo cierto.
