El hijo de la luna
Garan paseaba por los pasillos observando con curiosidad. Era una visita al reino vecino y habían ido las princesas Hilda y Flaren, cuatro caballeros de Asgard y ella, acompañada de otra joven, como doncellas de las princesas.
Los caballeros que habían ido eran Bud (aunque escondido), Cid, Penril y Sigrid. Al principio no iba a ir Penril, por las negaciones de su tutor, Alberich, y por Hagen, que no quería dejar sola a la princesa, pero había insistido tanto que no pudieron negarse, no sin antes advertir al rey del otro país de su carácter un tanto peculiar.
Era una visita de cortesía, más particular que nivel. El rey del país era joven y durante mucho tiempo, además de mantener una excelente relación de amistad con Hilda, le había pedido en numerosas ocasiones su mano, siendo siempre rechazado por ella. El rey, llamado Vladimir, con el tiempo conoció a una atractiva joven de la que se enamoró y con la que se comprometió y contrajo matrimonio. En poco tiempo tuvieron descendencia y a eso habían ido, a conocer al vástago de Vladimir.
Garan estaba contenta de que la hubieran dejado ir (eran tantas las doncellas que estaban al servicio de las princesas...), porque así podía estar cerca de su gran amor, Bud. Sonreía. A él no le hacía la misma ilusión, aunque estaba segura de que en el fondo la apreciaba.
Llamó con cuidado a la puerta de la habitación de Flaren, que le dio permiso para entrar.
— Alteza, ¿os habéis arreglado ya para la recepción de esta noche?— preguntó cortésmente.
— Sí, Garan, y hazme el favor de llamarme de tú— dijo la joven, haciéndose los últimos arreglos en su brillante cabello. No aceptaba que ninguna peluquera le tocara el pelo— ¿Qué tal estoy?
— Preciosa— reconoció Garan—. Es una pena que Hagen no esté aquí para admirarte— añadió, pícaramente.
Flaren se sonrojó, mientras sonreía.
Entraron en la sala. Era una recepción a nivel particular, de modo que sólo estarían los reyes y las princesas. Al fondo, sentado en el trono estaba el rey, que se levantó para recibirlas.
— ¡Cuánto me alegra vuestra visita!— dijo alegremente, extendiendo los brazos para abrazarlas.
Las princesas hicieron lo mismo, mientras los caballeros vigilaban disimuladamente a Penril. Garan, también con disimulo, observaba los rincones, en espera de averiguar en cual estaba Bud, lo cual no tardo mucho en hacer. Siempre lo encontraba, para desespero de este.
— Mi esposa vendrá enseguida con el pequeño Vladi— dijo el rey, con una gran sonrisa.
— ¿Vladi?— repitió Hilda.
— Es que todos los reyes nos llamamos Vladimir y suena muy largo para una cosa tan pequeña... — explicó el monarca, sonrojándose.
En ese momento entró en la sala una atractiva joven con pequeño niño en sus brazos. Pero a los visitantes no les llamó la atención el niño, sino ella.
— ¡Increíble!— exclamó Hilda— El parecido entre vuestra esposa y nuestra doncella Garan es fascinante.
El rey y la reina miraron a Garan con curiosidad, lo mismo que esta a ellos. Realmente el parecido era asombroso (no tanto como Bud y Cid, pero no por ello menos sorprendente).
— Es realmente increíble— asintió la reina, con una sonrisa—. No sabía que tenía un doble.
— Hay diferencias— reconoció Garan—. Las cuales os hacen más bella a vos.
Los monarcas sonrieron. Era una muchacha encantadora. Sería su protegida.
— ¿Dónde vas, Bud?— le susurró Garan al caballero, con disimulo, al ver que este se iba.
— No me encuentro muy bien— explicó—. Me voy a dormir un rato, creo que me ha sentado mal la cena. Y no me vengas con que es mi deber quedarme aquí porque ya lo sé. Pero me encuentro mal de verdad y no es plan de dejar una vomitona misteriosa en la sala. De todos modos, aquí no va a ocurrir nada. Díselo a mi hermano de todos modos.
— Está bien— aceptó Garan— Que te mejores.
Tras darle el mensaje a Cid, se acercó a la cuna del bebé. Este en esos momentos estaba dormido y parecía un ángel. Sus cabellos eran anormalmente claros y su piel muy blanca y suave. Ahora estaba dormido, pero antes Garan había podido ver unos enormes ojos de un azul tan intenso como el cielo. Le acarició la mejilla con ternura. Cuando ella y Bud tuvieran hijos, le gustaría que fueran como ese.
El tiempo pasaba y la joven se aburría. Sigrid no se separaba de la princesa, la cual, junto con su hermana, conversaban con Vladimir y su esposa. Y Cid no le quitaba ojo de encima a Penril, que miraba con demasiado entusiasmo la hermosa araña de cristal que colgaba del techo. Garan suspiró. No era necesaria allí, de modo que iría a ver cómo se encontraba Bud.
Tras avisar a las princesas de su marcha, salió de la sala y se encaminó a la habitación de Bud. No era normal que se pusiera enfermo y menos por algo relacionado con la comida, de modo que estaba un poco preocupada por él.
Estaba a punto de llegar, cuando oyó unas voces en el pasillo... y una de ellas le resultaba familiar. Se asomó con disimulo y vio a una atractiva camarera conversando muy animadamente con Bud, que desde luego no parecía encontrarse mal. Este no le quitaba ojo de encima y coqueteaban descaradamente.
Garan sintió cómo la rabia se iba metiendo en ella, luego los celos y después dolor. Siempre le dolía enormemente que Bud ligara con otras chicas, sufría mucho, aunque lo disimulara... pero es que esta vez además le había mentido. Él siempre había sido sincero con ella, y ella siempre lo había apreciado mucho, pero esta vez... si quería irse a ligar con las chicas de palacio porque se aburría podía haberlo dicho sin ningún reparo... nunca lo tenía.
La joven se giró, al tiempo que notaba cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Esta vez había sido demasiado incluso para ella. Y pensar que se había preocupado por él...
Salió al jardín, para refrescarse un poco las ideas. ¿Cómo había sido Bud capaz de hacerle eso? Ella le permitía estar con otras, con tal de que él fuera sincero con ella. Desde luego, si se lo hubieran contado no se lo hubiera creído. Menuda decepción.
— "Pues si se cree que esto va a quedar así está muy equivocado"— pensó Garan, todavía llorosa— " No voy a permitir que..."— en ese momento alguien le tapó la boca, impidiéndole gritar.
— ¿Qué haces aquí, Bud?— se extrañó Cid al encontrarse con su hermano— Creí que estabas malo.
— Y lo estaba— reconoció Bud—. Pero al salir de la sala ya no pude aguantar más las ganas de vomitar y, una vez lo hice, ya me encontraba bien. Iba a entrar otra vez en la sala, pero me crucé con una preciosa camarera.
— Se supone que tú no existes— le recordó Cid.
— Lo sé. Por eso me he hecho pasar por ti— añadió, encogiéndose de hombros. Cid suspiró. Sólo esperaba no encontrarse con esa chica.
— Entonces lo mejor será que vayas a decirle a Garan que estás bien— le dijo—. Estaba preocupada por ti.
— ¿No estaba con vosotros?— se extrañó Bud.— En su cuarto no estaba.
— No. Un rato después de irte ella también salió— contestó Cid. Los hermanos se miraron preocupados. Garan cundía mucho, por lo que era raro no saber dónde estaba—. Se lo preguntaremos a las princesas, seguro que Flaren sí sabe dónde está.
Pero ella tampoco lo sabía, ni Hilda, ni Sigrid, ni Penril. Empezaron a aparecer los primeros signos de auténtica preocupación en el rostro de Bud.
— Lo mejor será informar a sus majestades— dijo Hilda—. Lo más seguro es que sólo se trate de una falsa alarma, pero es mejor prevenir. Espero que no les importe que les molestemos a estas horas.
Los reyes no solo no se molestaron, sino que además se mostraron tan preocupados como ellos.
— Ya no hay nadie levantado en palacio— dijo el rey—. Para evitar espías, tenemos unos guardias que nos informan de todos los movimientos nocturnos de palacio a partir de cierta hora y no hemos sabido nada de vuestra doncella.
El asunto empezaba a ser algo grave.
—¡Suéltame, cabeza de mula!— gritaba Garan, cabeza abajo, mientras la llevaban de un caballo a otro. Lo último que recordaba era que estaba en el jardín jurando sobre Bud cuando la dejaron inconsciente. Luego se había encontrado sobre un caballo al lado de un tipo apestoso, que ahora cambiaba de caballo para unirse a otros tipos apestosos que montaban sobre apestosos caballos— ¡Suéltame, o te aseguro que desearás no haberme conocido!
El hombre la puso derecha y la miró a los ojos, mientras la sujetaba por un brazo con tanta fuerza que le hacía daño.
— Vaya modales los de la reina— gruñó, mirándola. Entonces la miró más fijamente—. Un momento, tú no eres la reina.
— Premio para el caballero.— contestó Garan mientras le daba un rodillazo en sus partes nobles. El hombre se dobló de dolor, soltando a Garan que habría escapado de no haber sido sujeta por otro de los hombres. La joven pateó y arañó, pero no le sirvió de nada.
— Parece que te has equivocado de chica— dijo otro hombre—. En vez de coger a la reina, has cogido a una fierecilla salvaje. Hay que reconocer que el parecido es asombroso.
— No es de palacio— añadió un cuarto hombre—. Debe de estar con las princesas de Asgard, las que visitaban el palacio hoy.
— Entonces no es tan malo.— contestó el que sujetaba a Garan—. Podemos seguir pidiendo un rescate por ella, aunque no podemos pedir tanto como por la reina, ¡ouhg!— se quejó al recibir un potente codazo de la joven en el estómago.
— Entonces, este es el rescate— continuó el cuarto hombre, apuntando algo en un papel. A continuación lo metió en un tubo y lo ató a la pata de un ave, que salió volando hacia el castillo—. Venga, vayamos al refugio de un bosque, ¡pero antes ata bien a esa pequeña fiera!
— Hemos registrado todo el palacio y no hay ni rastro de la joven— dijo Vladimir con tristeza.
— Entonces es que ha salido— dijo Bud. Ante la desesperación de su hermano, Cid y Bud habían intercambiado las armaduras parea poder formar una parte más activa de la búsqueda— Salgamos a buscarla.
El rey negó con la cabeza.
— Eso no es posible. Una tormenta está a punto de empezar. Ni siquiera un caballero podría soportarla... mucho menos una joven como ella.
Bud le miró con ira.
— ¡Vos no conocéis ni a Garan ni me conocéis a mi! ¡Puede perfectamente soportar una tormenta de nieve!
— Me temo que no aquí— respondió el rey con calma—. Nuestras tormentas son mortales, pues sus temperaturas son mucho más bajas que las vuestras y están cargadas de pequeños, pero cortantes fragmentos de hielo. Si no se encuentra un buen refugio, no hay salvación.
Bud iba a contestar nuevamente al rey, cuando un sirviente entró, muy nervioso y le murmuró algo al rey al oído, mientras le entregaba un papel. El rey lo leyó y miró a los invitados, que lo observaban expectantes.
— Dentro de lo malo, esto es lo mejor que podía haberle ocurrido a vuestra amiga— dijo, con tristeza—. La joven Garan... ha sido secuestrada.
Todos los rostros palidecieron ante la noticia. ¡Garan secuestrada!
— Supongo que la confundieron con la reina— dijo Vladimir— y, al darse cuenta de su error, el rescate pasa a vosotros.
— Qué desgracia... — murmuró la reina – Y pensar que ha sido ella la secuestrada en mi lugar...
— ¡Iré a buscarla!— gritó Bud.
— No es una buena idea.— insistió el rey—. Os será muy difícil encontrarla, pues la habrán llevado a los bosques del reino.
— Sé moverme perfectamente por un bosque. Y Penril me puede ayudar.
— No lo dudo, pero ella estará bien esta noche y, saliendo ahora a buscarla, sólo lograreis vuestra muerte. Estará bien, no os preocupéis.
Bud miró por la ventana, apretando los puños. Él no estaba tan seguro como el rey.
Garan apenas sentía las manos. No estaba segura de si se debía al frío o a las cuerdas, muy apretadas. Se habían detenido en medio de un bosque.
— ¡Mierda!— gritó uno de los hombres— No nos dará tiempo a llegar al refugio si cargamos con ella.
— Tiene razón, no llegaremos a tiempo. Y la tormenta está apunto de llegar. Si vamos a galope, tendremos el tiempo justo, pero con ella nos será imposible. Podemos dejarla aquí. Para cobrar el rescate no es necesario que esté viva... sólo que lo parezca.
Hubo silencio durante unos segundos. Garan rezaba para que se la llevaran con ella. No le gustaba su compañía, pero si la dejaban en el bosque su muerte estaba casi asegurada.
— Está bien, la dejaremos aquí— dijo el jefe, al que Garan dio el codazo—. Pero debemos matarla, porque podría encontrar a algún leñador o llegar a la casa de alguien e identificarnos.
— Estoy de acuerdo.
La joven intentó desatarse las manos desesperadamente, mientras maldecía el momento en el que salió a llorar al jardín, ¿no podía haber llorado en su dormitorio? O mejor, le podía haber dado una patada en las pelotas a Bud y desahogarse.
Oyó cómo se acercaban a ella y de un tirón la bajaban del caballo, arrojándola al suelo. Vio con terror como se acercaba con un enorme y brillante cuchillo.
— Lo siento, nena— dijo con una apestosa sonrisa—. Me hubiera gustado divertirme contigo, pero no hay tiempo. No era nada personal.
Garan decidió convertirlo en algo personal y le dio una fuerte patada en la cara, derrumbándolo. Bajo La suela de su zapato, notó como cedían los frágiles cartílagos de la nariz.
El hombre gritaba de dolor mientras se retorcía en el suelo. Los otros tres hombres se acercaron a él y la miraron a ella con rabia.
— Zorra asquerosa... — murmuró uno— Te aseguro que si no estuviéramos tan mal de tiempo te iba a hacer sufrir hasta límites insospechados. Pero es tu día de suerte: sólo te mataremos. Pero te prometo que, con el dinero del rescate, nos tomaremos unos vodkas a tu salud.
Se acercó a ella con cuidado, manteniéndose a distancia de sus piernas y sacó otro cuchillo. Garan lo miró con terror.
— Adiós, preciosa— dijo con desdén, dejando caer con energía el cuchillo.
Garan cerró los ojos, a la espera de la llegada del terrible instrumento.
Pero nada sucedió. Cuando los volvió a abrir, vio delante de ella la espalda de otra persona, que había detenido el cuchillo en su fatal caída. Esa persona sujetaba con energía la muñeca del apestoso hombre. Su rostro quedaba fuera de la vista de Garan.
El hombre del cuchillo se había quedado paralizado, al igual que los otros tres. El del cuchillo reaccionó e intentó liberarse, pero el recién llegado lo sujetó aún más fuerte, hasta que se oyó un crujir de huesos, junto al alarido de dolor del hombre. Perdió el conocimiento por el dolor y quedó colgando de la mano del misterioso hombre, que lo soltó como si de un trozo de basura se tratase. Lentamente empezó a caminar hacia los otros tres.
Los tres secuestradores se separaron y rodearon al recién llegado, que se detuvo. El que tenía la nariz rota se apartó un poco, mientras los otros dos sacaban cuchillos similares a los que antes habían lucido sus compañeros y se pusieron en posición de ataque. El desconocido permaneció inmóvil.
De pronto se abalanzaron los dos al mismo tiempo sobre él y empezaron a atacarle, sin que parecieran causarle mayor problema al misterioso hombre, que esquivaba o detenía sus golpes sin ninguna dificultad.
Garan lo miraba asombrada. Su fuerza era extraordinaria, ¿quién sería? ¿Tal vez Bud? No, no podía haberla localizado tan pronto. Pero esa fuerza era sin duda la de un guerrero. O tal vez incluso más... ¿quién era ese extraño personaje?
En ese momento vio cómo el hombre de la apestosa nariz rota se acercaba con sigilo por detrás, con su cuchillo, que había recuperado. Garan miró angustiada la escena. Por muy buen luchador que fuera, el ruido de la tormenta no le dejaba oír al tercer hombre y los ataques de los otros dos no le dejaban concentrarse bien. Y ella estaba amordazada, de modo que no podía avisarle. ¿Qué podía hacer?
Con gran esfuerzo, se levantó del suelo y, todavía con las manos atadas se acercó corriendo al hombre, al que golpeó justo a tiempo para impedir que matara al desconocido... hundiéndose el cuchillo en su brazo.
Estaba débil, hacía mucho frío y estaba agotada. Notó como se desvanecía, cosa que en circunstancias normales no habría ocurrido. Antes de desvanecerse vio como un golpe rápido en el cuello acababa con el apestoso de la nariz rota. No cayó a la fría nieve, algo impidió su caída. A punto de perder el conocimiento, miró a su rescatador. Sólo eran manchas borrosas, pero pudo ver unos ojos azules que la observaban con preocupación.
— Acaba con ellos— murmuró Garan, antes de desmayarse definitivamente.
— Bud, tienes que descansar— dijo Cid, con preocupación, a su hermano. Este estaba de pie frente a la ventana, mirando la terrible tormenta de hielo que azotaba el exterior. Por mucho que le pesara, el rey tenía razón: ni siquiera ellos podrían sobrevivir a esa tormenta.
— Por favor, Bud— insistió Cid.
Bud negó con la cabeza.
— Aunque lo intentara, no podría conciliar el sueño— explicó—. No sé por qué salió al jardín o a donde fuera, pero algo me dice que fue por mi culpa.
— Eso no lo sabes— le dijo Cid—. Tranquilízate un poco. Seguro que está bien.
— ¿Sabes todas las cosas peor que morir podrían estar haciéndole a Garan en estos momentos?
— En ese caso, ella sabrá defenderse. Ya la conoces. Sería capaz de vencerte a ti y a mi juntos si se lo propusiera.
— Eso siempre y cuando tuviera oportunidad de defenderse— insistió Bud.
Cid suspiró. Cuando su hermano se ponía así, era imposible. Todos estaban muy preocupados por la joven, pero Bud especialmente.
— Más de lo que hemos hecho no podemos— dijo Cid—. Hilda va a pasar toda la noche rezándole a Odín para que cuide de ella. Y Él no nos fallará. Tienes que dormir. Si no, mañana no estarás en forma para darles una paliza a esos desgraciados. ¿O prefieres que se la de yo en tu lugar?
Bud le miró y sonrió, asintiendo. Iría a meterse en la cama... para seguir preocupándose por Garan.
Cuando Garan despertó se encontró acostada en una cama hecha de hojas, tapada con una cálida piel de oso. Miró a su alrededor. Estaba en una cueva. Fuera, se podía oír rugir la tormenta. Intentó incorporarse, pero una sensación aguda en el brazo le recordó lo ocurrido antes de que perdiera el conocimiento.
¿Qué habría pasado después? Estaba claro que había sido el desconocido el ganador de la pelea, pues sino ella no estaría viva, mucho menos acostada y protegida en una cueva.
Se levantó lentamente y miró a su alrededor. A unos pocos metros de ella estaba encendido un fuego. Garan se acercó y extendió las manos para calentarlas. ¿Dónde estaría ese hombre? Lo único que sabía de él era que le había salvado la vida. Y que tenía unos extraños ojos azules. Se arropó con la piel. ¿Y qué habría pasado con los apestosos que la habían secuestrado? Lo más seguro es que estuvieran muertos, pues si no los había matado el desconocido, lo habría hecho la tormenta.
Oyó un ruido detrás de ella. Garan se giró rápidamente (demasiado, como su brazo le recordó). Notó cómo sus piernas se doblaban por su propio peso. Estaba a punto de derrumbarse, cuando alguien la agarró firme, pero delicadamente. Garan levantó la vista y se encontró con los mismos ojos azules que le habían salvado la vida.
Era un hombre joven, aproximadamente de su edad, pero había algo totalmente distinto en él. Tenía el pelo tan blanco que los reflejos parecían azules. Pero no parecían cabellos blancos normales. Su piel era tan blanca como jamás la había visto Garan. Su cuerpo era fuerte y musculoso. Pero lo más atrayente eran los ojos. Eran almendrados con unas atrayentes pestañas. Pera pero lo más sorprendente era el color: un azul como jamás se ha visto, cargados de expresividad.
Se quedaron mirando durante unos instantes, fijamente, estudiándose el uno al otro. Después, él la sentó con cuidado en el suelo, al lado del fuego. Ella no podía desviar la mirada de él, no sabía si por la sorpresa o por lo tremendamente atractivo que era.
— Gracias.— logró murmurar Garan.
El joven la miró y luego sonrió de una manera que a Garan le pareció que sería capaz de derretir el hielo. Notó cómo se ruborizaba y se alegró e que él ya se hubiera dado la vuelta.
Se marchó un momento y volvió con un par de conejos, que empezó a preparar para cocinarlos. Garan lo observaba con detenimiento. Era un extraño personaje. Todo en él era extraño: sus ojos, su pelo, su forma de moverse,... ni siquiera había dicho una palabra, aunque desde luego no había sido necesario. ¿Sería un niño salvaje, como Penril?
Se acercó a él y le miró descaradamente, aunque él seguía actuando como si nada.
— ¿Qué ha pasado con los tipos de anoche?— le preguntó.
Él continuó con su tarea, ignorando la pregunta. Garan se preguntó si sería sordomudo. Pero eso no era posible, pues antes había oído el agradecimiento.
— ¿No sabes hablar?.— dijo ella. La misma respuesta.— Me llamo Garan, ¿y tú?
El joven la miró con media sonrisa y de nuevo Garan se sonrojó. Se esforzó en recordar que estaba enamorada de Bud... claro que, después de todo, él pasaba de ella. ¡ No, eso nunca había sido excusa! Ella le seguiría siendo fiel... esperaba.
El joven puso a asar los conejos y se acercó a Garan. Le puso la mano en el brazo y los colores subieron rápidamente a la cara de ella.
— ¿Qué... qué haces?.— le preguntó al ver que él le subía lentamente la manga del vestido.
Él volvió a sonreírla y apoyó la mano con delicadeza en su brazo, subiendo hasta la herida.
— ¡Ah, que me vas a curar!.— suspiró Garan. Por un momento había pensado otra cosa.— No. No te molestes, ya me curo yo, pero es muy amable por tu parte.
El joven ignoró sus comentarios y empezó a curarle la herida con cuidado. Cuando terminó, volvió a concentrarse en la comida.
Cuando estuvieron asados los conejos, los troceó y le ofreció una parte a Garan, que le miró agradecida.
— ¡¿Cómo que la tormenta va a durar más de lo que parecía en un principio?!— gritó Bud.
— Eso es lo que nos acaban de informar.— dijo Sigrid, con tristeza.— Por lo visto la tormenta va a durar todo el día de hoy, además de la noche. Tendremos que aplazar la búsqueda hasta mañana por la mañana.
Bud apretó los puños se marchó dando grandes zancadas. Se sentía impotente, pero lo peor es que tenían razón: no podrían hacer nada hasta que pasara la tormenta.
—... y eso fue lo que pasó.— concluyó Garan, al mismo tiempo que terminaba el último trozo de conejo. El joven la había escuchado sin decir nada, pero eso nunca había impedido a Garan hablar sin parar y, después de todo, se merecía saber cómo había llegado a estar en manos de esos apestosos hombres.
El extraño hombre sólo la miraba fijamente. Esto al principio había incomodado terriblemente a Garan, pero una vez quedó claro que se conformaba con mirar, ya no hizo más caso.
La doncella real se levantó y él la siguió con la mirada. Se asomó a entrada de la cueva, desde la que se podía ver la terrible tormenta que azotaba el bosque. Estaba claro que todavía no habían emprendido la búsqueda.
—"Seguro que están muy preocupados". — pensó. En ese momento cayó en un detalle.— Oye, ¿cómo has podido salir a cazar con semejante tormenta?
Él la miró y volvió a sonreír, mientras se levantaba. La cogió con delicadeza de la mano y la llevó hasta una pequeña cueva. Metió la mano y sacó un conejo y la miró, sin dejar de sonreír.
— Entiendo.— respondió Garan, con otra sonrisa.— Estás preparado para las tormentas.
Sin dejar de sonreír, el joven la soltó y volvió junto a la hoguera. Garan cogió aire. Empezaba a dudar de si quería volver con Bud. Bueno, lo que estaba claro es que este chico era de confianza, de modo que podría dormir tranquila. Se acercó a la hoguera y tras dudarlo, le dio un beso de buenas noches y se acostó rápidamente, aunque pudo notar la perpleja mirada del joven en su espalda.
Después de unos minutos, en los creía que ella se había dormido, el desconocido la tapó con su piel y se acostó a su lado. Garan sonrió.
— ¿Cuánto tardará en estar listo el equipo de búsqueda?— dijo Bud, nada más entrar en la sala real..
Los reyes le miraron y Vladimir se levantó.
— Estábamos esperando vuestra llegada para comenzar la búsqueda. Nos dividiremos en dos grupos: uno lo dirigiréis vos, otro el caballero Penril con la ayuda del caballero Sigrid, otro mi general y el último yo mismo, ¿os parece bien?
— Perfecto. Pongámonos en marcha.
Cuando Garan se despertó el desconocido ya no estaba. La joven se incorporó con cuidado y miró a su alrededor. Acto seguido se miró el brazo. Casi estaba curado. Las medicinas que había utilizado debían de ser muy buenas.
Se acercó a la entrada de la cueva y miró. La tormenta había desaparecido totalmente y el día era radiante. Pero no había ni rastro del joven.
Garan volvió dentro. Era preferible no salir sin alguien que pudiera ayudarla en caso de necesidad, aunque ella sabía desenvolverse bastante bien en el bosque. Seguramente habría salido a recoger algo para desayunar. Era tan amable... la había tratado de maravilla y no había intentado aprovecharse de la ocasión.
De pronto oyó algo detrás de ella. Garan se giró con alegría para recibir al extraño joven, pero lo que vio le heló la sangre: se trataba de un oso gris... herido. Y él también la había visto a ella.
— Señores, sin duda son restos del traje de la joven.— dijo un explorador.
Los caballeros se miraron. Habían decidido ir juntos hasta el centro del bosque y, una vez allí, separarse. Pero antes de llegar se habían encontrado con unos cadáveres congelados, con claros signos de pelea.
— O sea, que estos fueron los secuestradores de Garan.— dijo Bud, con voz gélida.
— Tal vez intentaran ayudarla, pero fueron asesinados por los secuestradores.— dijo el militar.
Bud y Penril negaron con la cabeza.
— Mire las marcas de sus caras.— señaló Bud, bajando del caballo.— Garan es la única capaz de arañar de esa manera. Sin duda, estos son los secuestradores.
— Entonces vuestra amiga tiene mucha fuerza.— dijo otro soldado.— Ha sido capaz de romper la muñeca de uno de estos hombres con una mano.
Los caballeros se miraron extrañados y se acercaron a examinar la muñeca del cadáver. Se podía ver todavía las marcas de los dedos sobre la piel. Miraron alrededor. Uno tenía el cuello roto, otro, el estómago destrozado y el último la cabeza abierta. No, Garan no podía haber hecho todo eso.
— Sea quien sea, su fuerza es considerable.— dijo Sigrid.— Esperemos que Garan esté con él... y bien.
Era inútil intentar hacerse la muerta contra un oso herido. No le importaría atacarla estando ella en el suelo. No tenía lugar al que huir y estaba demasiado lejos e la hoguera como para intentar coger un leño. ¿Qué podía hacer?
Se mantuvo inmóvil, vigilando cada movimiento del oso, que también la observaba. De pronto se alzó sobre sus patas traseras, rugió y se abalanzó sobre ella. Garan echó a correr lo más rápido que pudo pero, ¿hacia dónde? No había lugar al que trepar o esconderse, mucho menos llegar a la salida o a la hoguera. Si por lo menos consiguiera aguantar hasta el regreso el desconocido...
Entonces tropezó. Garan tuvo tiempo de acordarse de cuántas veces había dicho lo estúpidas que eran las películas en las que las heroínas tropezaban en el peor momento. Se giró y vio al enorme oso encima de ella. Alzó una garra y la descargó con fuerza hacia ella.
Antes de que se hubiera dado cuenta, estaba en otro sitio, en brazos del extraño joven... que sangraba.
— ¡Oh, no!— dijo Garan.— ¡Te ha herido!
El joven no dijo nada. La dejo en el suelo y se volvió hacia el terrible oso. En su espalda Garan pudo ver las heridas producidas por las garras del oso en la espalda. Eran profundas.
El joven empezó a luchar contra el oso, que rugía encolerizado. El joven perdía rapidez y fuerza por momentos.
— "Ha perdido mucha sangre"— pensó Garan.— "Si sigue así no podrá con el oso"
Miró a su alrededor para ver qué podía hacer y vio la hoguera. Con rapidez, se acercó y cogió un trozo de madera ardiendo, el más largo y afilado que encontró y se acercó al lugar donde se estaba llevando a cabo la lucha. Tenía que tener cuidado de cuándo actuar, pues no quería herir a su salvador.
El joven, por su parte, empezaba a perder terreno. No aguantaría mucho más contra el encolerizado oso. Finalmente, perdió pie y calló al suelo.
Entonces Garan aprovechó y corrió hacia el oso y, aprovechando el impulso, le clavó la antorcha en el pecho, lo más cerca del corazón que pudo. El rugido del animal inundó la cueva. La joven se apartó del oso, arrastrando al joven, mientras el oso lanzaba zarpazos en un desesperado intento de quitarse la antorcha, pero fue en vano, pues al cabo de unos segundos, cayó al suelo, muerto.
La joven jadeaba, exhausta, más por el miedo que por el esfuerzo, y miró a su nuevo amigo. Las heridas tenían muy mal aspecto.
Con esfuerzo, lo levantó y lo llevó hasta la cama, donde lo tumbó con cuidado. Le quitó las ropas de arriba y miró la herida. Antes le habían parecido más grandes y profundas. De todos modos, necesitaría algunas plantas. Se levantó y fue hacia la salida. El día había dejado de estar soleado y ahora soplaba un fuerte viento.
Iba a salir, cuando algo la sujetó por el hombro. Era el joven que se había levantado.
— Tienes que descansar.— dijo Garan.— ¿Es que nunca te cansas de salvarme la vida?
El joven sonrió y le hizo un gesto para que salieran los dos de la cueva.
— ¿Me vas a ayudar a buscar las plantas?
El desconocido sólo sonrió, esta vez con algo de tristeza.
— Está bien, como quieras.— sonrió Garan, mientras le cogía la mano con ternura.
— Se... señor, no creo que sea buena idea adentrarnos por ahí.— dijo un soldado con temor.
— ¿Por qué no?— preguntó Penril. Hacía ya un rato que se habían separado de los otros y había captado el olor de Garan, aunque era muy débil.
— Señor, esta zona del bosque está hechizada. No estará por aquí. Nadie viene por aquí.
— ¿Hechizada?
— Sí, vive un espíritu. En realidad, es un ser medio hombre, medio espíritu. Le llaman el Hijo de la Luna por su extraño comportamiento y su piel y cabellos. No se sabe lo que puede hacer y dicen que ya ha matado varias veces a inocentes paseantes. No estará aquí.
— Pues yo voy a ir.— insistió Penril.— No me asusta ese Hijo de la Luna. Garan está aquí y tengo que encontrarla. No os voy a obligar acompañarme, pero tened por seguro que informaré al rey de vuestro vergonzoso comportamiento ("Alberich se sentiría orgullosos de mi si me oyera ahora.").
Con toda seguridad se bajó del caballo y, dando saltos, se adentró en la espesura del bosque.
Siguiendo el débil rastro del olor de Garan, llegó a una cueva. Con precaución, entró dentro. Estaba vacía. Pero había algo extraño en ella.
Miró el cuerpo del oso que había. Todavía estaba caliente, lo mismo que la madera que tenía clavada. Sin embargo, la sangre de las garras estaba seca. ¿Sería de un animal que había cazado anteriormente?
Se acercó al montón de hojas que era la cama y encontró las ropas del Hijo de la Luna. Estaban rotas por el zarpazo de un oso, pero la sangre ya estaba seca. Rascó un poco. No se había pegado a la tela.
Se puso en pie. Fuera quien fuera ese Hijo de la Luna, estaba con Garan. Tenía que encontrarlo.
Garan recogió la última planta y la metió en el improvisado bolso. El día mejoraba por momentos. Se giró hacia el extraño, que la miraba fijamente.
— Esto es lo último.— dijo.— A ver esa herida.
Le dio la vuelta y le apartó la ropa... ya no quedaba más que una pequeña marca de lo que antes habían sido unas terribles heridas.
El joven se giró y miró a Garan a los ojos. La joven no sabía muy bien qué hacer. Estaba claro que no era normal lo de las heridas, era más bien propio de monstruos o espíritus.
Los profundos ojos de él no se despegaban de los suyos.
Pero no era posible que él fuera un monstruo.
Cogió las manos de Garan con cuidado.
¿Un espíritu tal vez? Pero era tan real. Y aunque lo fuera no era malvado.
Se empezó a acercar a ella.
Estaba claro que, fuera lo que fuera, era algo bueno. Entrecerró los ojos.
— ¡Garan!
La joven se giró sobresaltada y vio a Penril corriendo hacia ellos. El desconocido se puso entre ellos, en gesto amenazador.
Penril se detuvo a unos metros y se puso en posición defensiva.
— ¡Tranquilo, es amigo mío!— dijo Garan, sin referirse en concreto a uno de los dos.
El caballero se relajó y se acercó lentamente. A unos pocos metros se detuvo y miró fijamente a los ojos del Hijo de la Luna. Estuvieron así varios minutos, sin mover un solo músculo. Garan apenas se atrevía a respirar. Fueron unos minutos eternos.
Finalmente Penril se arrodilló delante del joven.
— Debo llevarla conmigo.— dijo.— Lo siento, tiene que volver.
Garan miró al joven, que seguía mirando a Penril con desconfianza. Poco a poco una tristeza como jamás había visto Garan empezó a inundar sus ojos y todos sus gestos. Se dio la vuelta y Penril se levantó. Extendió la mano hacia Garan.
— Vamos.
Garan miraba al desconocido. Sin dudarlo se acercó a él, le dio la vuelta y le besó. Al principio él se quedó sorprendido, pero luego también la besó, con auténtica pasión.
Finalmente, con lágrimas en los ojos, se separó se él y se fue, llorosa, con Penril, que miraba la escena con una mezcla de escepticismo, pena y asombro.
El Hijo de la Luna se despidió con un gesto y desapareció entre los árboles.
Garan lloraba con tristeza, mientras Penril la cogía con ternura de la mano.
— No llores, Garan.— le dijo.— Era lo mejor para los dos.
— Pero, ¿quién era?— dijo ella.— ¿Un niño salvaje como tú?
— No.— contestó Penril.— Era el Hijo de la Luna.
Garan miraba con tristeza por la ventana. Bud ya le había contado lo ocurrido la noche de la fiesta y lo preocupado que había estado por ella (más de lo que le había dicho, según le habían contado los demás). Ella se había dado cuenta de que seguía enamorada de él, pero no podía olvidar al extraño joven que había conocido, al Hijo de la Luna. También estaba enamorada de él. Le había pedido a Penril que no dijera nada de su beso con él, hasta que ella no tomara una decisión al respecto... pero se veía incapaz de tomarla.
El cielo reflejaba su estado de ánimo, pues caía una suave lluvia, que parecían lágrimas.
En algún lugar del bosque, un joven estaba en lo alto de una montaña. Las lágrimas resbalan por sus pálidas mejillas, mientras observa con tristeza el lujoso palacio que se encuentra más allá del bosque.
— Adiós.
