I. POLIS
AÑO: 197 DI (después del impacto)
Aquella era la ciudad más rara que había visto en sus apenas cinco años de vida, y había visto bastantes. Todas solían ser pequeñas y rectas, con edificios de no más de dos pisos; o si se iba a los clanes que habitaban las zonas más áridas del mundo conocido, sus casas eran simples telas colgadas de varios palos anclados al suelo. Pero no aquel edificio que tenía delante de sí. Aquel edificio era inmenso.
Polis se había convertido en la capital de la Gran Coalición de Clanes al ser la primera ciudad habitada desde el gran cataclismo. Rodeaba de bosques y vida salvaje, sus tierras eran óptimas para la vida humana. Allí se habrían reunido poco a poco, no sin guerras de por medio, hasta convertirse en el primer clan que dio vida a lo que se conocía: Trikru.
El centro de la capital tenía un edificio que llegaría a las nubes, como si quisiera acariciar a los dioses, vivir con ellos en su Olimpo personal. No en vano, sé que el Comandante tenía sangre digna de la familia de los dioses, pero eso no eran más que las historias y los mitos que corrían por las tribus impunemente. Y arriba, en lo alto de la torre, ardía una inmensa llama que jamás se apagaba y que podría verso desde cualquier punto de la nación.
Lexa miraba a su alrededor, curiosa, deseosa de saber. Muchos se giraban a su paso, admirándola y cuchicheando, como si ya hubiera alguien conocido a pesar de ser tan pequeña. Eso le incomodaba y le hizo echar menos de su pueblo y su pequeña cabaña, donde vivía con sus padres cultivando la tierra y aprendiendo con el resto de niños. Pero esa vida cambió rápidamente cuando, dos días atrás, un hombre calvo y con extraños tatuajes alrededor de su cabeza brillante le había pedido que había sido con él, que estaban esperando.
Ella no quería irse, pero así había sido estipulado cuando murió. Lloró y abrazó a sus padres, prometieron que volvería pronto. Deseos infantiles que difícilmente podrían cumplirse. Y así marchó, de la mano de ese ya no tan desconocido llamado Titus, de quién dijo que tenían la Polis, allí donde vivía el Comandante, pues él la había llamado para hacerse cargo de su educación.
Una enorme puerta de metal se erguía delante de sus ojos, resguardadas por dos enormes hombres que parecían enviar gigantes, armados con unos espadones mucho más grandes que ella. Uno de esos hombres sacó un cuchillo y apuntó con él a Titus, preguntando su nombre y el de la renacuaja que le acompañaba.
—Me llamo Titus, soy uno de los cinco fleimkepas del Comandante - dijo muy serio, sin mostrar un ápice de flaqueza ni temblor en su voz. Estaba segura de que, si hubiera sido otro, estaría desmayado.
¿Y esa niña? —Inquirió el otro guardia, que no había sacado su cuchillo.
—Su sangre es negra, igual que la vuestra —respondió simplemente, mirándola de reojo—. El Comandante exige conocerla.
A pesar de sus palabras, no parecían demasiado convencidos, pero tenían la orden para que abriesen los portones de metal. Lexa abrió la boca, asombrada, absorta por lo que veían sus ojos. Era un mundo mucho más vivo que su pueblo, lleno de personas y comercios que llenaban cada centímetro de la enorme ciudad. Y la inmensa torre en el centro, allí donde se dirían.
—Malditos centinelas —murmuraba Titus, visiblemente enfadado—. Tantos años ejerciendo de maestro para que te lo paguen así.
—¿Estás enfadado, Titus? —preguntó Lexa, tirándole de la mano para que la mirase.
—Un poco, pequeña. Verás —se arrodilló frente a ella, señalando a unos muchachos que iban vestidos como los guardias de la entrada—, tú serás como esos guardias que casi no nos dejan entrar en Polis, o esos muchachos que ves allí, los que llevan esa banda morada en la cintura, ¿los ves? —Lexa los buscó, y al poco tiempo dio con ellos. Asintió —. Bien, todos estudiaréis en la Torre, y al acabar vuestros estudios, cada uno llevará una banda de diferente color, según la profesión que escojáis. Ellos, los de la puerta, son centinelas.
—Iugh. Pues espero no ser como ellos. ¡Qué tontos!
Titus rió por su ocurrencia. Lexa era tímida pero podía esconder una parte no tan callada en su interior. Se levantó de nuevo y se encaminaron hacia la Torre, donde esta vez, los centinelas sí les dejaron pasar sin problema alguno.
El interior de la Torre era un hervidero de gente. Adultos, jóvenes e incluso niños iban y venían de un lado para otro, algunos cuchicheando a espaldas de ellos. Muchos se quedaban mirándola, tanto habitantes de la ciudad como los que trabajaban allí; además de otros natblidas como ella: esas bandas de distintos colores y su ropa singular y exacta era prueba de ello.
Al final de la gran estancia había una puerta. Titus la golpeó y ambos la atravesaron.
De repente, aquel lugar comenzó a moverse. Lexa podía sentirlo bajo sus pies, aunque no sabía muy bien hacia dónde se dirigían. Finalmente, tras casi dos minutos de extraño movimiento, Titus empujó la puerta y la dejó salir. Lexa se quedó maravillada por lo que vio: el mundo a sus pies, con los hombres que tan enormes les parecían, ahora no eran más que simples hormigas yendo de un lado para otro, ajeno a su curiosidad infantil.
Era la habitación más adornada de lo poco que había visto en la Torre. Los símbolos de los trece Clanes colgaban de las paredes, en enormes banderas tras trece tronos con el nombre del clan grabado a fuego. Y al final, al fondo, sobre un pequeño escenario, el trono que sobresalía por tamaño y composición. Parecía estar hecho de cornamenta de ciervo, pero también con espadas y cuchillos fundidos, con una tela roja a los pies del mismo. Allí, sentado y con cara de poco amigos, había un muchacho rubio que la miraba fijamente. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en los reposabrazos y cruzando los dedos bajo su mentón.
Titus frenó su paso y se inclinó, dejando una rodilla en el suelo.
—Salve, Comandante —dijo.
Lexa nunca lo había visto tan serio. Casi con miedo, se apresuró a hacer lo mismo que el fleimkepa.
—Salve, Comandante —repitió.
Su mirada quedó entonces en el suelo, pues aquel muchacho le producía miedo e incluso terror. Su rostro pintado de cera negra le confería un aspecto guerrero y bárbaro; sus ropas, cómodas y útiles para una posible batalla, y sus armas que colgaban con orgullo de su cinto y a sus pies.
Lexa oyó cómo se levantaba y se acercaba. No se atrevía a moverse ni un mísero milímetro, y sólo la sombra del Comandante le indicaba que estaba a escasos centímetros de ella. Se había arrodillado y una cálida mano reposaba en su hombro derecho.
—Dime, pequeña, ¿cómo te llamas? —quiso saber—. Yo me llamo Aysel.
—Le…Le…Lexa, señor —tartamudeaba, para regocijo del muchacho.
—Bien, entonces… Levantaos, ahora que sé cómo os llamáis los dos.
Lexa no estaba muy segura de si hacerlo o no, pero vio cómo Titus obedecía y ella decidió imitarlo. Ahora que lo tenía tan cerca, el Comandante no parecía tan letal como al principio. Casi parecía un hombre normal y corriente.
Dibujó una sonrisa y le pellizcó la mejilla, calmando los miedos de la chiquilla. Sus ojos azules como el cielo que tanto admiraba le transmitían una paz similar a las noches de luna llena, o el canto de su madre arrullándola para dormir. No era tan tenebroso o letal como había pensado, aunque ese maquillaje seguía dándole muy mala espina. Pero tendría que acostumbrarse a ello si quería seguir estudiando allí.
—Los dichos son ciertos, entonces —incluso su voz no era más que la de un muchacho joven, nada que ver con lo que se había imaginado al llegar a Polis—: la natblida más joven de todas las cosechas de nuestros dioses. Despierta y curiosa, tímida y obediente; pero que rápidamente pierde el miedo y se enfrenta a todo aquello que tenga por delante. Bienvenida a Polis, Lexa. Bienvenida a la Torre. Desde ahora, éste será tu lugar. Nosotros, los natblidas, seremos tu familia. Te enseñaremos todo lo que debas saber para, en un futuro, tal vez seas la próxima Comandante. Pero eso es algo que sólo los dioses nos harán saber —se volvió hacia Titus, algo más serio—. Llévala al cuarto piso, donde está la escuela y también a los dormitorios. Que el resto de muchachos la conozcan y la acojan como una hermana más.
—Sí, Heda —obedeció, y tiró de Lexa para enseñarle todo aquello que el Comandante le había pedido.
Lexa no podía dormir. Extrañaba su cama, su casa y los arrullos de su madre que le permitían darle la mano a Morfeo y que la llevase a su mundo de sueños. Había perdido la cuenta de las vueltas que había dado para poder rendirse al sueño, pero este no llegaba a pesar del gran esfuerzo físico de los dos últimos días. Aquel no era su hogar y su mente lo sabía. Pero allí era donde debía quedarse; así lo habían decidido los dioses y ése era su deber.
Bufó y optó por levantarse. Cogió una pequeña vela y la encendió, dándole la luz necesaria para no chocarse por la habitación y los pasillos. Cerró la puerta de su habitación con mucho cuidado, tratando de no llamar la atención en la planta.
Las habitaciones estaban en la cuarta planta de la Torre, donde también estaban las aulas donde ahora aprendería todo lo que debía saber como natblida. Decidió explorar más lugares de la inmensa torre, tal vez así el sueño acudía a ella y podría dormir plácidamente tras tan extenuante día.
Sin embargo, de noche no había mucho que ver. Todo estaba oscuro y en silencio, nada que ver con el bullicio del día. Siguió avanzando, caminando a paso lento ya que el suelo solía crujir bajo sus pies.
A lo lejos oyó unas voces. Demasiado graves como para ser de adolescentes o niños como ella. Se hizo un ovillo e incluso apagó la vela; las voces sonaban próximas y ella no tenía dónde esconderse. Se quedó allí, pegada a la pared, rezando a los dioses para que siguieran por el pasillo y no diesen con ella.
Y, al parecer, sus plegarias fueron escuchadas. Efectivamente, eran dos guardias adultos, de esos con cara de pocos amigos, patrullando. Cuando sus pisadas dejaron de oírse, Lexa se atrevió a moverse. Decidió que ir alumbrando por el camino era demasiado peligroso y que podrían verla, así que se aventuró a un mundo oscuro, casi a tientas, hasta que llegó a las escaleras y bajó con rapidez por ellas, hasta llegar a la enorme estancia de la planta baja.
Allí había otro guardia. Pero parecía mucho más pequeño que el resto. Y su banda era de tonos oscuros. ¿Acaso todavía no había terminado de estudiar?
Tropezó y el joven se giró rápidamente, arma en mano. Dio un paso atrás, dejando que la luna le alumbrase el rostro. Tenía el cabello oscuro y revuelto, el ceño fruncido y mirada decidida. No bajó el arma en ningún momento.
—¿Quién anda ahí? —bramó—. ¿Quién anda ahí? ¡Sal, granuja!
Lexa no sabía dónde meterse. Caminó hacia atrás hasta que tropezó con las escaleras, lo que llamó la atención del joven guardia.
—¡Quieto! ¡Es una orden!
Encendió una pequeña luz que llevaba en su pecho, iluminando el lugar. Buscó con el arma en alto, hasta que dio con Lexa quien no fue capaz de moverse. El miedo se había metido en su ser y no tenía intención alguna de salir.
Los pasos del joven guardia llegaron hasta ella. Podía sentir el frío de la afilada lanza en su rostro, pero no llegó a hacerle daño.
—Tú eres la nueva, ¿no? La que venía con Titus esta mañana —le dio una patada—. Ahora va a resultar que eres muda. Valiente mierda de cosecha.
—¡Idiota! —le devolvió la patada, con más fuerza de la que debía.
—¡Anda, pero si sabes hablar! ¿Qué demonios haces aquí abajo? Si… —le dirigió una mirada de disgusto y casi asco—… si no sabrás ni casi leer. ¿Es que acaso te querías escapar para volver con papi y mami, eh? ¡GUARDIAS! —gritó.
No mucho después, los hombres que había visto unos minutos antes la escoltaban hasta su habitación. Al ser su primera noche, no sabía cuál era; la llevaron frente a Titus, ya que él la había cosechado. La dejaron con él.
Titus se despidió de los guardias y aseguró que se encargaría de ella. Sonaba severo, como si en cuanto cerrase la puerta, Lexa se fuera a llevar un gran castigo.
Sin embargo, en cuanto se quedaron a solas, Titus rebajó su gesto. La abrazó y la tranquilizó, pero no le dejó volver a casa que era lo que ella quería. Aquella vida era difícil, pero los dioses la habían escogido y debía seguir sus designios.
—Eres la más pequeña que se ha cosechado en toda la historia, Lexa —la había tumbado en su cama, con él a los pies—, es normal ese miedo a este lugar. No conoces a nadie, tus padres no están. Pero pronto esas cosas cambiarán. Te lo prometo.
Pue ... puedo dormir a ... aquí?
—Sí —y su respuesta la calmó de sobremanera—, pero solo esta noche. Nadie debe enterarse. Mañana, será otro día.
