Capítulo 50: La cruda verdad. Esperanzas rotas en mil pedazos
La alarma sonó y al primer timbre, Sylvia Grace se levantó de un salto. Apagó el sonido todavía un tanto dormida con el corazón latiéndole a mil. Tenía la sensación de que acababa de tener un sueño horrible. Quizás hubiese sido una pesadilla a juzgar por las gotas de sudor que le resbalaban por su cuerpo. Sí, solo había sido una pesadilla, nada más. Se levantó como todas las mañanas a tiempo y se puso el uniforme del instituto. Tras prepararse el desayuno salió tranquilamente por la puerta paseando hasta la academia. Llegó casi al mismo tiempo que el resto de sus compañeras, que se sentaron en sus asientos. Saludó con educación a todas mientras tomaba su asiento. Su mirada se cruzó con la de Clara Turner y las dos asintieron. A pesar de ir a la misma clase, apenas había tratado con ella, aunque parecía una buena chica. La clase se sucedió sin ningún problema, apuntó todos los aspectos que no entendía y levantó la mano para preguntarlos. El timbre volvió a sonar de nuevo en el descanso, momento en el que todas sacaron su almuerzo para comer. Lo hicieron en silencio, sin iniciar ninguna conversación pues no era necesario. Y si no era necesario no merecía la pena hacerlo. Después de las clases, Sylvia recogió sus cosas y comenzó a andar hacia la piscina. Se paró justo en mitad del camino un tanto confundida. ¿Por qué iba a ir hacia allí? No había ninguna piscina ni ningún tipo de instalación deportiva allí.
- ¿Te has perdido? –preguntó una voz detrás de ella. Al girarse vio a una chica rubia con trenzas.
- Perdón, yo… creía que aquí había algo.
- ¿Tú también? –dijo la chica–. Ah, lo siento, soy Elyon Jones.
- Sylvia Grace. ¿Dices que tú también creías que aquí había algo?
- Sí, ha sido muy raro, juraría… juraría que yo tenía que ir a hacer algo allí –señaló un espacio vacío. Casi le pareció ver el espejismo de un invernadero pero desapareció en un instante.
Las dos chicas se quedaron mirando extrañadas el espacio vacío, hasta que una voz llamó a Elyon. Esta se disculpó y fue hasta el coche que estaba esperándole a la entrada, donde un matrimonio, seguramente su familia, la estaba esperando. Sylvia se quedó mirándola con una especie de pena en el corazón. Hoy se sentía muy extraña, quizás no había desayunado bien aquella mañana. Se marchó a casa sin pensar mucho más. Al abrir la puerta de su casa notó un pequeño olor de la cocina.
- ¿Sylvia?
- Hola, papá –saludó al entrar en la cocina–. ¿Qué estás haciendo?
- Según el menú hoy toca puré.
Sylvia asintió, mirando el menú obligatorio que había colgado en la nevera. Cada casa tenía el suyo, hecho a medida para optimizar la alimentación. Se dirigió a su habitación para terminar con la tarea del día. Una vez terminado hizo sus ejercicios diarios para mantener la forma física y pronto su padre la llamó para cenar. Su madre había llegado apenas unos minutos antes y todos se sentaron a cenar juntos. Cuando se fue a la cama, Sylvia seguía sintiendo esa sensación extraña que había tenido esa mañana.
Al día siguiente, volvió a despertarse de manera abrupta. Cuando entró a la cocina le pareció ver la figura de una mujer haciendo el desayuno, pero al igual que había ocurrido con el invernadero, desapareció sin más. Esta vez entró a clase un poco más tarde de lo normal, su cabeza seguía dándole vueltas a las anomalías que estaba presenciando. Fue en el descanso cuando notó que Clara Turner estaba mirándola otra vez. Se levantó con tranquilidad y salió fuera de la clase, sintiendo como la otra chica la seguía de cerca. Al girar en una esquina ella también se volvió.
- ¿Por qué me estás siguiendo? –preguntó Sylvia.
- Sé que esto va a sonar raro, pero –empezó a decir Claro– creo que ocurre algo malo.
- ¿A qué te refieres?
- Desde ayer, no puedo quitarme de encima la sensación de que he olvidado algo. Hoy he ido a la habitación de invitados a despertar alguien, pero estaba vacía.
- No veo como eso tiene que ver conmigo.
- Porque creo que tú estás sintiendo lo mismo.
Sylvia se quedó callada, observando a la chica que la mirada con esos ojos azules. Parecía como si estuviese estudiando su propia alma. Ante la sorpresa de Clara, Sylvia comenzó a reírse a carcajada. Las lágrimas se le salían por los ojos como si le acabase de contar el chiste más gracioso del mundo.
- ¿Verdad? Todo esto es muy raro –asintió Sylvia.
- ¿Crees que solo nos pasa a nosotras?
- No –se dio la vuelta entonces y empezó a correr por los pasillos. Clara se quedó mirándola escandalizada–. Venga, a qué esperas.
Clara frunció el ceño sin saber muy bien que hacer. Aquella chica sin duda no era normal, pero tampoco se podía decir lo mismo de ella. Sonriendo, echó a correr detrás de Sylvia hasta que llegaron a las aulas de las clases de un año menor. Allí, Sylvia se acercó a una chica con trenzas y la arrastró hacia afuera mientras sonreía. Las tres corrieron hasta un pequeño hueco en la escalera.
- Elyon también está notando algo raro –explicó Sylvia.
- No, yo solo…
- Ayer apareció un invernadero de la nada –le recordó–. Tú también lo viste, ¿no?
- El invernadero… sí, lo vi.
- ¿Pero qué significa todo esto? –se preguntó Clara.
- ¿Qué tal si vamos a la biblioteca? –propuso Sylvia–. Quizás allí encontremos algo.
A pesar de la evidente emoción que mostraban Elyon y Sylvia, Clara no estaba muy segura de que en una biblioteca de instituto fuesen a encontrar mucho. Sin embargo, había algo que le susurraba que tenía que ir hacia allí, que en esa biblioteca iba a encontrar las respuestas que encontraban. A ser hora de clases, el lugar estaba completamente vació. O eso creían hasta que vieron a una mujer ordenando los libros.
- Bibi… –susurró Sylvia al ver a la mujer.
- ¿Disculpa? –este se giró con el ceño fruncido–. Mi nombre es Bibiana Marin, ¿quiénes sois vosotras? ¿No deberíais estar en clase?
- L-lo siento –balbuceó Elyon–. Pero queríamos consultar una cosa.
- ¿En horas de clase?
- Sí –dijo de repente Sylvia.
- Esto es un desacato a la autoridad, volved a la clase antes de que…
- No –siguió entonces Clara.
Bibiana fue a decir algo, pero entonces Sylvia cogió las manos de Elyon y Clara y estas cogieron las suyas. Una extraña corriente recorrió sus cuerpos, despertando en su mente recuerdos que creían olvidados. Vieron como Zana cogía los emblemas y forjaba la Llave de los Astros y como con su poder dibujaba aquel nuevo mundo. Las cuatro se separaron jadeando, todavía aturdidas por la cantidad de información que acababan de experimentar.
- Nosotras… hemos fallado –Bibiana se sentó en una silla decaída.
- Zana, ¿no traicionó? –se preguntó Elyon.
- Ha jugado con nosotras como si nada –gruñó Sylvia.
- Pero hemos recordado –les dijo Clara–. ¿No creéis que eso significa algo?
- Esa es la cuestión –empezó a decir Bibiana–. ¿Cómo sabemos que esto no es una de sus trampas?
- No sé como explicarlo, pero… ¿no creo que lo sea? –dijo Elyon entonces–. Este mundo… es real, puedo sentirlo. No es ningún espejismo, ni ningún engaño.
- Probablemente quiso atraparnos aquí en su "mundo perfecto" –se burló Clara–. Aunque no sé qué tiene de perfecto.
- Mi padre está vivo –comentó entonces Sylvia–. Los padres de Elyon también. Sospecho que los Bibiana. No he visto ningún incidente en las noticias mientras estamos aquí. Todo va en orden, perfecto.
El silencio cayó entre ellas ante sus palabras, ninguna podía negar lo que había dicho. Clara se mordió el labio, un tanto inquieta. No había caído en esos detalles, no tenía ningún derecho a decir nada sobre ese tema. La tranquilidad era evidente, pero todas en el fondo sabían que había algo extraño ahí.
- No los quiero así –dijo entonces Elyon, lágrimas cayendo por su cara.
- ¿Cómo?
- Mis padres –sollozó–. No los quiero a costa de la libertad de todo el mundo.
- Yo tampoco –Sylvia se había puesto de espaldas, pero todavía se podían ver pequeñas gotas–. Así no es como lo recuerdo. No hay risas al llegar a casa… no hay nada.
- Este mundo… puede que sea perfecto, pero no tiene nada de felicidad ni libertad –sonrió Bibiana con tristeza.
- ¿Y cómo escapamos? –preguntó Elyon.
- Si hay una forma de escapar, tiene que ver con nosotras –explicó Clara–. Debe de haber un motivo por el cual la llave de los astros no nos ha afectado.
- Los emblemas… –las chicas se giraron para mirar a Sylvia–. Nosotras también tenemos su poder, lo absorbimos.
- Entonces –Elyon cerró las manos y las adelantó, unas chispas de luz alzándose de sus dedos hasta formas varias constelaciones.
Las demás hicieron lo mismo, con estrellas volando y juntándose a su alrededor. Las constelaciones de los emblemas empezaron a girar a su alrededor. Su poder comenzó a chocar poco a poco con ellas, cambiando sus ropas a sus trajes de Pretty Cure. Finalmente una cascada de estrellas cayó sobre ellas transformándolas mientras rompían el espacio alrededor.
"¡El deslumbrar de la luna que disipa las sombras, Cure Moon!"
"¡El brillo del sol que combate el mal, Cure Sun!"
"¡La luz de las estrellas que destruye la oscuridad, Cure Star!"
"¡La rectitud de los planetas que predice el destino, Cure Planet!"
"¡Los cuatro pilares que controlan el equilibrio del Cosmos, Pretty Cure Cosmos!"
La cuatro aparecieron en el Castillo Celestial, en la misma sala donde Zana había usado la Llave de los Astros. Esta se encontraba en el centro, dándoles la espalda. Sin embargo, tan pronto como notó su presencia se giró con el ceño fruncido.
- Os daré una última oportunidad –dijo–. Volved a vuestro mundo y no tomaré represalias.
- No queremos volver a ese mundo –le contestó Planet.
- La realidad que has construido no es más que una mentira –le acusó Star.
- No importa las veces que nos lo ofrezcas… –siguió Sun.
- … hemos venido a detenerte –le señaló Moon.
- Muy bien, hace tiempo que no hago esto, pero…
Sus ropas empezaron a cambiar transformándose en un traje de guerrera. Era de color rosa palo con una parte central hecha de arcoíris. En su pecho llevaba un lazo azul claro con una rueda de colores sobre este. Su falda tenía dos capas superpuestas sobre la que colgaba una tira de tela negra. Bajo esta había una falda de tablas de color azul claro. Llevaba unos guantes de mano rosas y unas botas altas del mismo color con una ristra de volantes en el tobillo. Su pelo negro se recogió en una pequeña coleta lateral con una cinta rosa de la que colgaba un pequeño colgante. Giró la mano y la llave de los astros apareció a su lado haciéndose más grande.
"¡Un poder que lo arrasa todo, Cure Cosmos!"
- Veamos, Pretty Cure –Cosmos hizo bailar la llave entre sus manos–. Enseñadme lo que podéis hacer.
