II: ARKADIA
AÑO: 199 DI
Miró otra vez por la ventana, deseando estar ahí abajo con sus amigos. Al otro lado de la habitación estaba su madre, charlando animadamente con el canciller del Clan, Marcus Kane. Además, muchos otros adultos paseaban de un lado para otro, hablando de temas demasiado aburridos para que ella prestase un mínimo de atención.
Volvió a suspirar y se dejó caer al suelo. Aquellas reuniones con gente rica y poderosa no le interesaban para nada, pero al tratarse de la princesa heredera del clan, debía asistir como orden implícita de su apellido. ¿Por qué castigarla de esa manera? Clarke no era capaz de entenderlo, por mucho que su madre se esforzara en explicárselo. Sí, sabía que algún día formaría parte de esas reuniones de manera activa, como líder del clan y cabeza visible de la realeza. Por allí estaban también el príncipe Roan, del clan Azgeda, tan asqueado como ella; pero al ser ya un adolescente, le tenían algo de aprecio y empezaban a tratarlo como un igual; o la princesa Cortana, de las tierras salvajes del sur, donde los pueblos viajaban sin descanso buscando pastos y terrenos para sus ganados, ya casi adulta.
El único líder que había reparado algo en ella era el muchacho que siempre llevaba una extraña perla en la frente, con una banda negra alrededor de la cintura, donde descansaba una espada con una empuñadura que estaba deseando dibujar. No sabía por qué, simplemente quería dibujarla. Tal vez para salvarse del inmenso hastío que sentía en esos momentos de soledad, o porque ese muchacho de aspecto salvaje pero cálido había sido el único que se había dignado en dirigirle algo más que una reverencia.
Además, había traído consigo algunos muchachos que no había visto en la vida. El mayor, un chico de cabellos oscuros y que le rizaban al viento, parecía su mano derecha. Tenía pecas en su rostro y la sombra de una barba adolescente asomaba en sus mejillas; parecía callado y seguía al muchacho rubio allí donde éste iba, casi sin interactuar con nadie, salvo lo estrictamente necesario. Otro muchacho, con un extraño corte en la cabeza (pues la tenía toda rapada a excepción de un largo trozo desde la frente hasta la nuca), de piel más oscura y de aspecto también serio, pero algo más alegre que el primero. Tampoco era muy hablador, pero se había despegado del extraño grupo en varias ocasiones, charlando de vez en cuando y despidiéndose con el gesto típico de los caballeros medievales que tanto le gustaban. Y la última era una niña, con unos ojos verdes que se asemejaban a la jungla donde se asentaba su clan, Skaikru, mucho más pequeña que los otros dos. Tenía una melena castaña, salvaje, que acomodaba a base de trenzas. Seguía al muchacho rubio allá donde iba, la veía curiosa y preguntona, aunque sus mejillas, así había visto, se teñían de un rojo intenso con demasiada rapidez. Notó que agachaba la cabeza y siempre murmuraba algo que no llegaba a oír, aunque luego charlaba un poco más mientras el rojo desaparecía.
Clarke decidió acercarse a su madre, la reina Abigail, para tener algo de atención y hacer que el tedio pasara algo más rápido. No se había dado cuenta de que Marcus se había marchado y era ese extraño chico rubio el que ahora entablaba charla con ella. La chica de ojos verdes estaba detrás de él. Cuando sus miradas chocaron, rió suavemente. El calor también subió por sus mejillas.
—Mamá… —rogó atención tirando de las faldas de su vestido— ¿hasta cuándo va a estar esta gente por aquí? ¡Estoy aburrida! ¡Quiero ir a jugar con mis amigos!
—¡No digas esas cosas, Clarke! ¡Es tu deber estar aquí! —la regañó.
Clarke rebufó y se dejó caer al suelo. La reina estuvo a punto de regañarla de nuevo, pero el Comandante intervino por ella. Tocó su hombro y Clarke lo miró. Lo cierto era que, debajo de esas ropas raras y casi espeluznantes, había un muchacho de mirada cálida.
—Majestad, creo que vuestra hija tiene razón. Dígame, ¿cuántos años tiene?
—Acaba de cumplir los seis, Aysel. A esas edad, su pad…
—Oh, vaya, ¡qué mayor! —cortó en seco a Abigail—. Pero, Majestad, su hija no es más que una niña. Lexa, ven —le pidió, y ella obedeció sin dudar—. Creo que ya conocéis a Lexa. La verdad… la traje conmigo para que conociera el maravilloso mundo de los adultos, y ciertamente, se ha adaptado bastante bien. Pero creo que ya es suficiente por hoy. ¿Por qué no salen a jugar?
Miró a la reina, quien no parecía muy convencida, pero los ruegos de su hija decantaron la balanza.
—Está bien, iros. ¡Pero que ese otro natblida vaya con vosotros! —atendió a Aysel—. Ha sido tu sombra todo el banquete. Él también necesitará algo de aire.
—Bellamy, baja tú también y cuida de ellas.
No muy contento, pero asintió. Echó a andar detrás de las niñas.
—¿No tienes miedo de tener una sombra durante todo el día? ¡Qué horror de natblida, por los dioses! El morenito al menos se relaciona con los demás.
—Sí, lo sé —Aysel se acomodó un poco en el sofá. Vio que traían algo de vino y cogió dos copas: una para él y otra para la reina—, pero Bellamy es así. Obediente y guerrero, pero muchos le temen y le obedecen por eso mismo. No sé si él sería un buen sucesor.
—Por lo que he visto hoy, no —bebió un pequeño trago del líquido ámbar—. ¿Cómo se puede dirigir la Coalición sin decir una palabra? ¡Qué desperdicio! ¡Qué desperdicio!
—Eh, eh ¡eh, no corráis tanto!
Pero Lexa y Clarke no le oían. Habían echado a correr entre la multitud y Bellamy pronto las había perdido. De vez en cuando, podía ver algún retazo rubio que destacaba entre la multitud, más por su vestido caro que por ella misma en sí. Y le invadía un odio que no era capaz de controlar cuando Lexa ocupaba su centro de visión, volviendo la mirada y olvidándose de su trabajo por completo. ¿Es que acaso el Comandante le había visto cara de niñera? ¡Por todos los dioses, ¿por qué ese castigo?! Desde que esa niñata había llegado a la Torre, todo su mundo se vino abajo. El Comandante parecía tener ojos sólo para Lexa, la llevaba a reuniones importantes cuando aún no tenía la edad y ahora a él le encomendaba la estúpida misión de tener que vigilarla para que no se hiciera pupas. Ah, y a la princesita también.
Se tragó su orgullo y siguió su tarea, fuera cual fuese. Ojalá estuviera con su maestro y no allí, buscando a dos niñatas revoltosas que seguro que le iban a costar el puesto a sucesor del Comandante.
—¡Ven, ven, voy a presentarte a mis amigos! —Clarke corría con una vitalidad inagotable, su rostro brillaba de felicidad.
Aquellas calles nada tenían que ver con el extraño palacio real donde habían pasado la mayor parte del día. No había telas, ni lámparas de araña, ni pasillos excesivamente cargados, ni guardias que protegían cada habitación del palacio. No, allí se respiraba libertad, la tierra húmeda y el jolgorio de la calle, los chillidos infantiles y el besuqueo de los amigos que llevaban demasiado tiempo esperando por su principesca compañera de juegos.
—Mira, estos son Raven —la chica de piel aceitunada y ojos oscuros, que parecía la líder del grupo—, Monty —de ojos rasgados y que estaba peleando con otro muchacho — y Jasper—. Y… ¿dónde está Harper?
—Su madre dice que está mala —se aventuró a decir el de los ojos rasgados—. Llevará todo el día haciendo caca. Ayer se atiborró de frutas silvestres cuando fuimos al bosque. ¿Quién es esa niña, Clarke?
—¡Se llama Lexa y es mi nueva amiga! —la llevó cara a cara con cada uno de ellos, y como no sabía muy bien qué hacer, ellos le dieron la mano como saludo—. ¿Sabéis que es una de los que acompañan al Comandante?
Los otros niños dejaron escapar un gritito de asombro, lo que hizo que las mejillas de Lexa volvieran a teñirse de rojo. Agachó la mirada, no sabía dónde meterse; mientras que para Clarke, aquel gesto fue el más puro que había visto en su corta vida.
—Sí, el Comandante quería que viniese con él aquí —explicó, casi tartamudeando—. ¡Pero hay más niñ…! Bueno, son niños grandes, en realidad. Bellamy pronto terminará sus estudios.
—¡Blah! —Clarke hizo un gesto de desagrado—. Ese niñato no habla.
Ya lo sé, se dijo Lexa, sólo sabe reñir. Al menos, si yo estoy en medio.
—Bueno —intervino Raven, sacando una pelota y tirándosela a la cara. Le dio de lleno—, venga vamos a jugar antes de que se haga de noche y no podamos jugar. ¡A ver cuántos puntos me metéis!
El tiempo pasó extrañamente rápido. Antes de que se dieran cuenta, estaban sudados y llenos de tierra y barro, y los guardias vinieron a recoger a la princesa y la natblida que iba con ella. Para pena de Lexa, Bellamy los acompañaba, y no tardó ni un segundo en reñirle e incluso darle una bofetada por desaparecer entre la multitud junto a Clarke.
La mano del muchacho se quedó marcada a sangre en la mejilla de la castaña, que le devolvió una mirada llena de odio y resignación. Al ver tal muestra de castigo, Clarke se interpuso entre ambos, parando un nuevo golpe por parte del moreno.
—¡Si le pegas a ella, me pegas a mí también! ¡Atrévete y mi madre se enterará de esto! ¿Verdad? —los guardias que allí estaban, a unos cuantos metros de ellos, asintieron.
Se dio la vuelta y ayudó a Lexa a levantarse, pues el golpe había sido tal que la había dejado caer al suelo. La mejilla le ardía, había bajado la mirada al suelo y tenía la misma tristeza que cuando entró en el castillo de Arkadia esa mañana.
Clarke no se atrevió a dejarla sola ni un instante mientras volvía al palacio, siempre atenta por si Bellamy osaba ponerle otra vez la mano encima.
—Venga, entra —le dio una patada en la pierna, aprovechando el momento de que los guardias no estaban—. Y tú, ¿qué vas a hacer sin esos gorilas protegiéndote, niñita? Todas las princesas sois iguales: malcriadas y egoístas. Esta también, aunque venga del barro más asqueroso de todo Trikru.
Lexa no soportó más desprecios y se abalanzó sobre él, para asombro de los otros dos. Dejó caer a Bellamy y empezó a golpearle la cara y el pecho con fuerza, aunque para ello tuviera que sufrir dolor golpe tras golpe. Pronto comenzó a golpear a ciegas, pues las lágrimas habían cubierto su visión y casi no era capaz de ver: sólo se dejaba llevar por la rabia y la cólera. Incluso su mano derecha había llegado al cuello de Bellamy, llegando al punto de casi asfixiarlo.
Mas, en ese momento, las puertas del ascensor se abrieron.
Los pocos cancilleres, nobles y políticos que allí quedaban se quedaron asombrados al ver la escena. Asustados y llenos de pavor, Aysel corrió hasta sus pupilos y trató de separar a Lexa de Bellamy, con sumo trabajo. Ayudado por Lincoln, finalmente lo consiguió. Se abrazó al Comandante como había hecho con Titus tiempo atrás, la primera noche en la Torre.
—¡Dejadnos solos! —pidió la reina, y los demás le obedecieron—. Ya hablaremos de esto más tarde.
Aysel agradeció su mandato mientras arrullaba a una asustada y enfadada Lexa, mientras Bellamy conseguía sobreponerse a la paliza y soportando sus impulsos de devolverle el golpe. A su lado, Lincoln no lo permitió.
—¡Mamá, todo es culpa de él! —señalando a Bellamy—. ¡Nos perdió en la ciudad, y cuando los guardias vinieron, le pegó! ¡Le dice cosas feas! ¡Y a mí también!
—Serás… mentirosa.
—¿Eso es verdad? —exigía una respuesta, a ambos. Lexa asintió, señalándose la marca sonrosada de su mejilla.
Como pudo, Lexa relató todos los choques que había tenido con Bellamy desde que llegó a la Torre. Las burlas y los golpes, los chistes para hacer daño y cómo se ensañaba con ella en las clases de esgrima. Algo que empeoraba cuando no había adultos cerca. Sin poder resistirse, volvió a echarse a llorar. Incluso la reina Abigail parecía consternada.
—Iros a las cuadras y preparad a los caballos, tenemos que volver a Polis —Lincoln asintió, y tanto Lexa como Bellamy estaban dispuestos a marcharse; pero el Comandante la frenó en seco—. Tú te quedas aquí. Cuéntame todo lo que ha hecho Bellamy —añadió cuando se quedaron solos.
