III. TINTA MENSAJERA

AÑO: 205 DI

Le dolían los músculos por el esfuerzo, pero no estaba dispuesta a rendirse. Apenas podíamos estar en pie, pero el Comandante estaba allí, junto a uno de los fleimkepa y no quería decepcionarle ya que había apostado tanto por ella.

Seguía siendo una leyenda viva, nadie había logrado entrar en la Torre a una edad tan temprana como ella. Se había criado en un mundo de adultos, donde el niño más cercano en edad llegó cuando tenía nueve años y el niño había superado los siete. El resto… la mayoría eran adultos que habían superado las pruebas y se llevaban a los adolescentes nativos como método de aprendizaje, una especie de pupilos en el campo de batalla, donde los escoltas tienen su trabajo como peces en el agua.

Así lo había tenido el comandante Aysel después del incidente de Arkadia. Bellamy guardaba mucha ira en su interior, todos podrían sentirlo; pero guardar tanta ira no era bueno para ser un natural que se requiere regir a la ley. Dejarse llevar por los impulsos más primarios como el miedo, la ira o el sufrimiento allanaban el camino para caer al mal llamado lado oscuro , donde se fortalece la resistencia o la incapacidad de sentir, más a un precio demasiado alto. Era, pues, un camino peligroso, y Bellamy demostró estar muy cerca de él.

Tras este cambio, los caballeros natblida pueden llevar a cabo algún estudiante hasta que llegue el tiempo de graduarse, allá con veintipocos, según el tiempo y los conocimientos que enfrentan en las pruebas. Había resultado ser un buen método, dando a los alumnos una libertad mayor de demostrar su intelecto y su buen hacer en el mundo real, sin un adulto que los tutelase o los protegidos constantemente.

En esos años, Lexa habíamos expandido su conocimiento y sus habilidades con las armas con total libertad, sin otro natural que la acosara sin motivo alguno; brillando por sí misma y por la constancia que demostraba. Tan solo había una chica más, Luna, del clan marino de Floukru, que era capaz de tener sombra. La forma de contonearse, esquivar y dar golpes con la espada, la pértiga o la lanza era maravillosa, resultando su contrincante derrotado sin parangón y ella sin apenas un mísero rasguño.

Eran amigas y enemigas en el campo de entrenamiento, convirtiéndose en sus encuentros en algo digno de admirar, una sana rivalidad que obliga al resto de natblidas a parar y convertirse en simples espectadores. Incluso el mismísimo Comandante disfrutaba con esos encuentros, no decantándose nunca por ninguna de sus pupilas, permaneciendo imparcial.

Al otro lado, estaba John Murphy, el niño que había entrado poco después que Lexa y que se habían hecho amigos rápidamente. Ambos coincidían en una timidez casi enfermiza y en un frío control de los sentimientos, amigos del silencio y de las cosas sencillas. Años atrás, habían sido compañeros de batalla, hasta que Lexa comenzó a destacar y Murphy dejó de ser un rival para ella.

Así que Murphy se quedó atrás, especializándose en los conocimientos y la supervivencia en un mundo pacífico pero con sombras de una vil batalla que se avecinaba. No sabían cómo explicarlo, era un sentimiento dañino y qué tenía que sufrir al Comandante, pero él también lo intuía. Era por eso que las clases se habían reducido y todos los días luchaban entre sí para fortalecer y entrenar, asemejándose más a los soldados expertos que a los líderes pacíficos que gobernaban la Coalición.

A lo lejos, el Comandante dio por finalizada la sesión de entrenamiento, para disgusto de Lexa y Luna, terminando en empate su enésimo enfrentamiento.

—Nos veremos las caras en el próximo, Woods —señaló, guardando su pértiga con el resto.

—Como desees, Hylker —haciéndole una reverencia—. ¿Por qué crees que hemos terminado tan pronto el entrenamiento?

Luna respondió alzando los hombros. A ella también le resultó raro terminar el entrenamiento de manera tan apresurada, ya que de manera general, hasta que no se rendían por agotamiento, dicho entrenamiento terminaba.

—Pues ni idea, pero el Comandante parece tener prisa —Aysel pronto se vio rodeado de un par de políticos y fleimkepas, hablando indistintamente para incordio del muchacho. Ambas lo vieron interactuar como buenamente pudieron.

¿Es que no lo sabéis? —Intervino entonces Murphy. Ellas negaron—. ¡Tenemos fiesta, chicas! ¡El día de la Unión! Oigh, ¡vamos! ¿No os acordáis?

—Murphy, aquí el fanático de la Historia y el candidato a borracho eres tú, no nosotras destinatarios Lexa, guiñando un ojo a Luna—. A nosotras nos va más ... ya sabes, el cuerpo a cuerpo. Nos gusta sudar de otra manera.

Murphy bufó, mostrando un enfado falso. Esperó a que Lexa también guarda su pértiga y los tres se marcharon a la Torre para darse un baño.

Volvió a su habitación secándose el pelo con una toalla. Se vio de refilón en el espejo y tal vez era necesario medir la tijera, pero una parte de ella amaba sin razón esas intrincadas trenzas que le daban cierto reconocimiento entre la gente de un pastel. Bueno, tal vez para más adelante.

Llegó hasta la cama y vio que un cuervo golpeaba el cristal de la ventana con insistencia. Sonrió para sí. Ya sabía de quién era la carta.

Abrió la ventana y lo dejó entrar, liberándose de su mensaje y que podría volver al granero donde vivían, pero antes de dejar picotear de su mano como premio merecido por su largo y clandestino trabajo.

—Venga, vuelve antes de que el granjero te vea suelto y nos riña a los dos —alentó al cuervo a levantar el vuelo— ¡Venga, una casa!

Sentía una enorme emoción en el pecho. Había estado esperando esa carta durante muchos días, tal vez también había pasado semanas, pero ahora volvía a tener noticias de su princesa.

Con manos torpes abrió el pequeño sobre y sacó la carta. Su corazón comenzó a latir con fuerza contra sus costillas, notándose incapaz de controlarlo. Bueno, pensó, no hay nadie más aquí. Puedo mostrar mis emociones sin que nadie me diga lo que tengo o no tengo que hacer, o si el lado oscuro está creciendo dentro de mí. Pero… ¿qué es una carta puede hacer tanto mal? Algo que me hace tan feliz ... está considerado casi un atentado contra la sociedad .

Decía así:

Mi queridísima Lexa;

Lamento haber tardado tanto en contestar a tus cartas, pero la situación en Arkadia está volviendo algo insostenible y apenas tengo tiempo para mí misma; y por ende, para ti, aunque sea sea desde la distancia.

Echo mucho de menos nuestros días infantiles, nuestros juegos; e incluso ese cosquilleo grabado por dentro cuando hacíamos alguna que otra trastada. Estos años sin ti se me antojan aburridos y repetitivos, y el solo pensar que pronto volveré a verte logra mantenerme cuerda y sobrevivir en este mundo de políticos ineptos y vidas repetitivas adultas.

Ya queda menos para que nos reencontremos, mi querida Lexa.

Y para que no me olvides, te he hecho un pequeño regalo.

Aunque sé que no me olvideás. Que nos volvamos a encontrar.

Clarke

Oh, era cierto. Una pulsera tejida con cuero negro había caído al suelo; con tanta emoción contenida ni tan solo se había dado cuenta de ello. La cogió y se la ajustó a la muñeca, su nombre escrito en letras romanas y las letras CG escritas en el anverso.

De nuevo, su corazón comenzó a palpitar y sin darse cuenta, besó el regalo que Clarke le había hecho, imaginándose que era la chica rubia a quién besaba.

Por desgracia, este amor que siento por ella solo será mío. Los natblidas nacemos para proteger a la Gran Coalición, no para vivir una vida normal como el resto de personas. Amar a una única persona desvía nuestro deber y nos adormece.

Vio su reflejo en el espejo de la habitación. Aunque había controlado el llanto, sus ojos se habían vuelto brillantes y se habían teñido de rojo, similar a la herida que crecía dentro de su corazón. Nunca podría amar a nadie.

Por eso guardaba las cartas clandestinas de Clarke como si estuvieran escritas escritas en oro. Aquellos trozos de papel eran su tesoro más preciado, su secreto más inconfesable. Su amistad se había ido ido fraguando año tras año, carta tras carta, consuelo tras consuelo, risa tras risa. La distancia, el deber y las clases sociales tan dispares hacían imposible una amistad como la suya, un peso de los gustos particulares de Clarke por los aldeanos de su clan. Supo, a través de sus cartas, de la vida de aquellos Skaikru que había conocido muchos años atrás, cuando solo era una niña que se aburría en las reuniones de los adultos. Supo que tanto Raven como Monty habían ingresado en la Escuela de Ingenieros de Arkadia, aunque en ramas distintas; que Harper y Jasper también seguían en la escuela,

Tenía toda su ropa española sobre la cama. Clarke no dejaba de dar vueltas de un lado para otro, del armario a la cama y viceversa. Resoplaba de vez en cuando, cansada de la presión que ella misma se había impuesto y de los cortos pero interminables paseos de lado a lado de la habitación. Ser princesa era algo agotador.

¿Y por qué no lo dejas al azar? —Raven, su mejor amiga, estaba tumbada en el sofá, jugando con una moneda de plata entre sus dedos. Era un regalo de la misma Clarke cuando entraban en la Escuela de Ingenieros de Corellia, a pocos kilómetros de Arkadia—. Piénsalo, es lo mejor. Y no pierdes el tiempo.

Clarke dudó. Llevaba un vestido de gasa blanco, algo vaporoso y que se había convertido en su vestido favorito cuando su madre se lo regaló. Este entrará en la maleta sí o sí, se dijo, mirándose al espejo, Lexa debería vérmelo puesto. Seguro que le gusta mucho. Sin darse cuenta, sus mejillas empezaron a teñirse de rosa; cada vez que evocaba su recuerdo, no podría evitarlo.

¿Por qué te ha puesto roja? ¿Te ha bajado la regla? Uyyyy… ¡entonces no puedes llevarte ese vestido de princesita indefensa!

—Ugh, Reyes, cállate —le sacó la lengua—. Y sí, me lo voy a llevar porque la regla no me ha bajado todavía. Ni yo v ...

—¡ESTÁS PREÑADA! —La cortó -. Oh, dioses ... ¿Y quién es el padre? No me digas que ...

Clarke le pidió uno de los vestidos que se le habían tenido pequeños, devolviéndole el golpe. Al verso atacada, Cuervo no tuvo más remedio que callar. Clarke se había dado la vuelta y seguía ordenando su ropa y metiendo ropa nueva en la maleta. Parecía algo más convencida.

—Raven, es imposible que esté embarazada. Yo no ... bueno, ya sabes —su voz se cortó un poco, haciendo señas.

Pero Raven no estaba por la labor de colaborar aunque la entendiese desde el principio. Seguiría incordiándola un poquito más. Al fin y al cabo, era su pasatiempo favorito; y ahora que solo tenía verso en fechas señaladas, no iba a dejar pasar la ocasión.

—Entonces es por obra y gracia del Espíritu Santo. Bueno, ya puedes ir buscándote un carpintero para casarte y tener al salvador de la humanidad en un pesebre. Tranquila, yo te lo busco. Que tienes ya una edad y todavía no has besado a nadie.

—Cuervo, esto es serio. Por favor —tiró de su camiseta para que se sentara a su lado. Se miró incapaz de mirarla a los ojos.

—Vale, no más bromas. Pero embarazada no estás, ¿no?

Clarke negó en repetidas ocasiones, dejando salir una sonrisa nerviosa. El calor y la rosa volvían a sus mejillas. No sabía cómo empezar.

—Bueno, eso me tranquiliza.

—Y será muy difícil que me quedese preñada si no hay un hombre por medio —soltó. Utilizar la propia broma de su amiga había sido un soplo de aire fresco entre tanto calor dentro de su pecho. Le latía el corazón de forma desbocada, el aire aparentemente haber desaparecido y temía ver repulsión en los ojos de su amiga. Sin embargo, no fue así. Había felicidad—. Creo que ...

Cuervo no la dejó continuar. La abrazó y besó su frente, dejando que Clarke llorase todo lo que tenía dentro. El miedo y la aceptación, El secreto y la complicidad, El grito y la tranquilidad de saberse libre; aunque solo fueron con ella.

Al caer la noche todavía estaban en la habitación. Finalmente y tras muchas peleas de medio minuto, la maleta de Clarke estaba lista.

Se habían tumbado las dos en la cama, ahora impoluta de tantos vestidos y trajes que habían estado allí durante horas. Miraban el techo, disfrutando del silencio y de la soledad entre cuatro paredes.

—Cuando seamos mayores, tú serás reina y yo trabajé en la guardia para protegerte, Clarke —no sabía si lo que decía de verdad o era una de sus infinitas bromas—. Tal vez no sea buena peleando, pero me las ingeniaré para montar un dispositivo que noquee a gente como el niño ese que pegó a Lexa cuando éramos niñas. ¿Te acuerdas?

—¿Cómo iba a olvidarlo? —Si no habría sido por él, Lexa no sería más que un recuerdo olvidado en lo más profundo de su mente. Pero a causa de la prepotencia de ese niño y las ganas de proteger a Lexa, habían propiciado su recuerdo permanente e imborrable -. Además, le hice llegar un regalo. Lexa no sabe que voy a ir a Polis para la feria del Día de la Unión.