CAPÍTULO IV: LA PRINCESA Y LA NATBLIDA
Año 205 dI
Lexa se despertó a causa del bullicio bajo sus pies. Como cuando era pequeña, corrió a asomarse a la ventana de su habitación, pues habitualmente allí estaba el cuervo con el mensaje de Clarke por la llegada de la semana de fiesta. Pero, ese año, no hubo nada: sólo el ir y venir de la gente para prepararlo todo.
Sonrió amargamente, viendo cómo la ciudad se transformaba en otra muy distinta. Numerosos puestos de comida y bebida, zonas de juegos para niños y no tan niños; la gente se esmeraba en adornar los árboles y las farolas con guirnaldas, farolillos, banderines y collarines de flores para embellecer la ciudad. Se podía oler el azahar que florecía en los naranjos, los jacintos o las noveolvides; las begonias o los tulipanes florecían en lo más salvaje de los bosques, pero la gente las cortaba para adornar sus puestos y hacer trueques con ellas. La primavera, abriéndose paso un año más.
Se vistió con rapidez, ocultando el regalo de Clarke bajo la ropa. Se lamentaba por no poder llevarla libremente en la muñeca, pero sabía que llamaría demasiado la atención; así que alargó las trenzas y lo llevaba al cuello, lejos de las miradas cotillas y acusadoras de la gente. Hacía buen tiempo, por lo que dejó la cazadora y prefirió llevar las estolas de cuero. Cogió también su bracamarte, una espada de hoja más pequeña pero algo más ancha, la cual llevaban los natblidas de su edad.
En el salón apenas había gente. La Torre también debía prepararse para la fiesta, pues allí se hospedarían todos los nobles y políticos de los trece clanes. No en vano, era la estructura más segura de toda la ciudad.
Desayunó en silencio, pues igual que en la propia ciudad, allí también estaban muy ocupados. Sólo reconoció a Murphy entre la pequeña multitud, sentándose frente a frente y charlando de cosas banales mientras callaban a los monstruitos que habitaban en sus estómagos.
Pudieron ver al Comandante durante unos segundos, en los últimos días apenas había dado muestras de vida; y cuando lo hacía, siempre estaba rodeado de políticos y algún fleimkepa que no paraba de hablar. Se le notaba la falta de sueño y la preocupación por que el Día de la Unión saliese bien, pues se rumoreaba que tenía planeado decir algo importante. ¿Tal vez una guerra? ¿Una pretendiente y una futura boda? Múltiples posibilidades, aunque todas ellas parecían imposibles dadas las circunstancias.
Se había logrado una paz perpetua entre todos los clanes, aunque los clanes nómadas pedían para sí más territorio que no podían conseguir ya que los límites entre clanes estaban ferozmente protegidos por guerreros autónomos y algún que otro natblida con rango de escolta. También, las ansias de conquista de Azgeda, un clan tradicionalmente guerrero, parecían florecer poco a poco, cansados de tanta paz. Pero eso no eran más que habladurías, aunque como dice el dicho, cuando el río suena, agua lleva.
Lexa agitó la cabeza para dejar de pensar en cosas negativas y acompañó a Murphy para terminar de embellecer la ciudad, ya que al igual que el resto de natblidas, ellos también debían colaborar.
Durante esos días de fiesta, los nombres desaparecían: los ricos se relacionaban con los pobres, los natblidas dejaban atrás su formación y se convertían en vecinos de Polis, los nobles y políticos se mezclaban con la gente de a pie. Eso era lo hermoso del Día de la Unión: todos eran iguales.
El Rover que las llevaba hasta Polis decidió explotar en ese mismo momento. Clarke gritó de espanto y llena de rabia, salió del Rover y lo golpeó con todas sus fuerzas. El conductor no se atrevía a rechistarle nada, ya que era la princesa y temía perder su puesto de trabajo si le decía algo.
Marcus Kane también salió, siguiendo a Clarke por el bosque. Aquellos parajes ya no pertenecían a Skaikru, con lo cual, si la princesa se perdía, cobrarían un buen rescate por ella.
Los bosques estaban llenos de gente incivilizada, más cercanos a los monos y a animales salvajes que a la población en general; aunque gran parte de esos territorios habían sido diezmados hasta convertir a esos solitarios, como se les llamaba por ponerles un nombre, se habían convertido casi en una leyenda.
Pero Clarke Griffin era la princesa de Skaikru, la rehén más poderosa que jamás hubieran tenido en sus tierras. El canciller debía estar atento a lo que hacía Clarke, evaluando sus formas y cómo demostraba lo que había aprendido durante sus infinitas clases desde que era una niña.
Especialmente, durante este viaje.
La reina Abigail se había sentido indispuesta y no se veía con fuerzas para viajar a Polis. Además, su malestar le hubiera impedido disfrutar de la fiesta; principalmente porque no podría disimular su desencanto por tener que compartir habitación y comida con la gente de a pie. De sobra era conocido que apenas salía de palacio si no era escoltada por al menos cuatro centinelas, que se anunciase su llegada y todo estuviera preparado tal cual le gustaba. Una reina demasiado exquisita para los tiempos que corrían.
Por ello, había sido el momento perfecto para la presentación en sociedad de Clarke. Después de lo acontecido años atrás, cuando la princesa era sólo una niña, la habían recluido de tal manera que parecía estar más presa en su propio hogar que si estuviera en manos de los solitarios. Ahora, con doce años, era una edad más que propicia para que todos la conocieran y la tratasen como lo que era: una princesa.
—Anda, ve tras ella —Raven saltó del Rover para abrir el capote y examinar el motor—. No vaya a ser que la reina se entere de esto y nos corte el cuello por no cuidar de su preciosa princesita.
Kane no dudó. Echó a correr entre el bosque, llamando a Clarke a gritos. Miraba de un lado para otro, siempre con una mano en la pequeña pistola que llevaba escondida bajo la capa y que le serviría para defenderse.
—¡CLARKE! ¡CLARKE GRIFFIN! —gritaba—. ¡ESTO NO ES UN JUEGO!
Pero Clarke no daba visos de aparecer.
—Murphy, ¿quieres hacer el favor de quedarte quieto? ¡Me vas a dejar caer, cabeza de chorlito!
—¡Pero es que pesas mucho!
Y así estaba el pobre John, temblando por la poca fuerza que le quedaba, mientras Lexa se afanaba en decorar las cintas que iban de farol en farol con guirnaldas de flores. Se habían planteado hacerlo al revés, pero no estaban muy seguros de que resultara galante. Así que Murphy se sacrificó por el bien común.
Y, por supuesto, el desastre tenía que llegar.
Las fuerzas le fallaron y Murphy cayó al suelo, con Lexa sobre él. La guirnalda se partió en dos; afortunadamente, la cinta se quedó tal cual estaba.
En ese momento, dispuestos a discutir, unas botas se pararon frente a ellos. Se miraron y luego miraron al curioso que se les había acercado. El Comandante.
—¿Necesitáis ayuda, chicos? —tendió ambas manos, que tanto Murphy como Lexa aceptaron y el muchacho tiró de ellos para levantarse—. Ah, estas malditas guirnaldas, qué traicioneras son. Mandaré que traigan otra.
—N…no hacer falta, comandante —titubeó un poco Murphy—. Lexa y yo… yo nos las arreglaremos.
La timidez del muchacho hizo sonreír a Aysel, pero se mantuvo firme en su postura. Eran demasiado pequeños y ya habían hecho bastante. Cuando fueran mayores, ya se encargarían de ellos.
—Además, necesito que Lexa venga conmigo —su rostro se volvió un poco más serio—. El Consejo quiere hablar con ella.
Algo triste, Murphy acató la decisión. Aysel lo mandó con alguno de los natblidas mayores que podrían seguir ayudándole para terminar de adornar la plaza. Eran más altos y llegarían sin problemas, además de no tener que ser él quien soportara el peso.
Se despidió y Lexa y Aysel se encaminaron hacia la Torre.
—¿He hecho algo mal? —inquirió con voz apenada. El recuerdo de su pelea con Bellamy todavía la carcomía por dentro, siendo origen de múltiples pesadillas en su niñez.
—No, Lexa. Es sólo que el Consejo quiere hablar contigo. Lo hace con todos los natblidas tarde o temprano.
Aquello pareció convencerla. Cuando entraron en el ascensor, Aysel volvió a tener esa mirada seria que no daba lugar a debates a no ser que tuvieras una razón de peso. La que solía tener con todo el mundo político, incluso con los fleimkepas; pero que los natblidas más pequeños no conocían. Lo tenían como si fuera un hermano mayor, alguien que les enseñaba y les protegía; como un ángel de la guarda sin alas y sabio, muy sabio. Tal vez fueran testigo de su cara más oscura más adelante, cuando su formación les hacía ver que su vida ahora estaba destinada a la protección del propio Comandante y sus pupilos, de las ciudades, de las bibliotecas donde se guardaba todo el conocimiento y de mucho más; cuando comprendían que sus vidas se consagrarían a la Gran Coalición de los Trece Clanes, sin reparos.
Llegaron al salón de los tronos, donde estaban los cinco fleimkepas esperándoles. Todos la miraban, algunos con gesto conforme, uno estaba feliz, y otro con el ceño fruncido. Tanta expectación le resultaba incómoda, pero ya no podía echarse atrás como cuando era pequeña. Tenía trece años y ya era una mujer.
Aysel se adelantó y se acercó al trono, aunque no llegó a sentarse. Se quedó en el pedestal, con las manos cruzadas sobre su abdomen. Ella caminó, parándose en el lugar exacto donde, años atrás, lo había conocido y se había arrodillado jurándole lealtad. Ahora, hacía lo mismo.
—Maestros, os presento a Lexa Woods, del Clan Trikru —en ese momento, todos los fleimkepas se giraron suavemente, dejando atrás al Comandante y fijándose en ella—. Mi sucesora.
Clarke se había perdido en el bosque. Se había ofuscado tanto que no se había dado cuenta de que sus pies se habían movido demasiado y ahora no sabía dónde se encontraba. Todo era hierba, matorral y árboles a su alrededor. Un nítido silencio, únicamente roto por la brisa y los merodeos de los animales salvajes.
Tenía miedo. Aquel bosque no se parecía en nada a lo que estaba acostumbrada en Arkadia. Allí todo era salvaje e indómito, de aspecto cruel y que parecía que en cualquier momento se abalanzaría sobre ella. Cogió una rama de árbol para defenderse cuando oyó pisadas que se acercaban a ella.
Giró en torno a sí misma, buscando a su atacante. Pero no había nada.
—¡Ya basta, Kane! ¡Esta broma no tiene nada de gracioso! —esperaba que fuera el canciller de su clan, aunque hasta en lo más profundo de su ser sabía que no era él. Marcus Kane era demasiado cuidadoso como para asustarla de esa manera—. ¡Tengo un arma y sé cómo utilizarla!
Pero aquella sombra no se amedrentaba con nada. Fue algo rápido e inesperado: en apenas dos pasos, una criatura la mantenía pegada a su cuerpo, imposibilitando cualquier intento de escape. El aliento de aquella criatura quemaba la piel de su cuello y una rudimentaria hoja de metal cortaba sutilmente su mandíbula.
Hablaba en un idioma que no era capaz de entender. Con gruñidos le instaba a que caminase, clavándole la hoja en la mandíbula. Clarke podía notar un fino hilillo de sangre bajando por su cuello.
En las sombras del bosque, más voces ininteligibles como la de aquel ser. Rodeada de ellas, podía ver que la leyenda era cierta. Los solitarios existían, pero no hacían honor a su nombre. Eran humanos como ellos, de tez más oscura y brillante, vestidos con ropas bastas y ataviados con rudimentarios abalorios y pinturas tribales sobre su piel. Caminaban encorvados, siempre atentos a cualquier peligro que pudiera atacarles.
Clarke se sentía a punto de desfallecer. ¿En qué momento se le ocurrió salir de los caminos y adentrarse en el bosque? Ahora Skaikru se quedaría sin su princesa y la Gran Coalición se iría al garete por su culpa, por un enfado infantil a causa de un viejo Rover que nadie era capaz de arreglar. Por su culpa, la guerra minaría los clanes porque la tensa relación entre todas las tribus llegaría cierto día que se vendría abajo, tal como ocurrió en tiempos antiguos, durante la mal llamada Gran Guerra. Ella sería como el archiduque Francisco Fernando de Austria; y su muerte, la declaración perfecta para iniciar una guerra sin fin.
Las lágrimas caían silenciosamente por su rostro. Había asimilado su grave error y…
…en ese momento, una flecha atravesó el cráneo del líder del grupo de solitarios. Gruñeron asustados, creando un círculo a su alrededor, buscando al atacante. Daba que pensar que tal vez se tratase de un grupo de solitarios rival, dada la forma de atacar; pero esa flecha estaba demasiado limpia como para ser producto de esos seres.
Otro zumbido, otra flecha. Los solitarios empezaron a gruñir como si fueran monos, agitando sus armas, como si así pudieran disuadir al atacante de que ellos eran más fuertes. El que había llevado a Clarke durante el corto trayecto también se unió a la demostración de poder; mas no tenía espacio por donde escapar. De nuevo, otra flecha rompió el silencio, pero esta vez no mató a nadie. Mientras los solitarios distraían su atención hacia la flecha, una sombra salió de entre la maleza del bosque y cortó en dos al primer solitario que encontró en su camino. Un instante después, un segundo cadáver yacía a sus pies. Los solitarios restantes palidecieron ante tal carnicería y huyeron entre vítores de venganza y miradas cargadas de odio.
Clarke no había dado un paso en todo momento. Estaba tan asustada que se veía incapaz de moverse.
Una mano cálida tocó su mejilla, aquella donde el corte había manchado su tez. Una mano amiga le ofreció un pequeño pañuelo.
La sombra llevaba ropas anchas pero de aspecto cómodo, con estolas de cuero que le protegían el torso y parte de los muslos. La túnica era negra, con una caperuza que le impedía verle el rostro. Por sus manos, aunque llenas de cicatrices, dedujo que se trataba de una persona joven. Lo único que pudo ver era la larga trenza que caía sobre su pecho.
Se trataba de un pupilo de algún escolta, los natblidas más numerosos y que se encargaban de las misiones más peligrosas. Sin duda, era una mano amiga. Clarke podía confiar en ella.
—Ven conmigo —pudo oír—. Tu canciller y tu acompañante te están esperando.
