Capitulo 25:
Revelaciones II, Adeptos
黙示録 アデプト


Parte 1:
El final de la batalla.


El Poder Divino, rechazado… Iori no hubiera imaginado nada tan terrible, ni siquiera en sus más aterradoras pesadillas. Si el Condestable de Kaazah'dumera invulnerable al máximo poder que los elegidos poseían, entonces todo estaba perdido.

– ¿Cómo? –preguntó Iori, más por reflejo que por ansias de saber.

Arkham se acercó al digi-destinado antes de responder.

– ¿Te refieres a como logré rechazar tu ataque? Es algo bastante simple en verdad… Qué irónico que me haya costado tanto averiguarlo… Todo inició cuando me dirigí al Sabaku Chitai para apoderarme del D-Dako. Al igual que tú y tus amigos, creí inicialmente que el Divino Alfa-Kai-Omegaera un poder protector, una espada salvadora, pero me equivoqué… Mientras esperaba a los que serían mis compañeros, me dedique a escuchar lo que los efluvios sombríos susurraban en el Océano de Dagón. Así me enteré de los pormenores de las batallas que ustedes sostuvieron contra los primeros dos caballos…

El rostro del tamer adquirió una expresión meditabunda, como si no comprendiera bien algo.

– Me resulta difícil creer que ningún otro fuera de Él y yo nos diéramos cuenta de lo que había ocurrido… Sea como fuere, logré conocer la verdadera esencia de este Nuevo Poder, pero los efluvios oscuros son idiotas por naturaleza y no me brindaron todo lo que necesitaba… –una sonrisa iluminó el rostro del tamer– Fue entonces cuando apareció Zenaku. Él había sido alcanzado por el Poder Divino durante su estúpido intento de arrebatárselo a tu amigo Koushiro. Lo provoqué para que bajara la guardia y así pude ver dentro de sus pensamientos: ¡Ahí estaba! La última pieza que necesitaba para completar el acertijo…

Arkham apretó la mandíbula, mostrando los dientes, en un gesto de rabia salvaje.

– ¡Entonces me percaté de que no sería capaz de combatir ese poder! Si alguno de ustedes venía aquí, yo estaría irremediablemente vencido. Además, los ángeles caídos restantes no eran dignos de confianza, y sabía que Hiryu podría atacarme por la espalda en cualquier momento. Todo el poder que poseía bastaba apenas para defenderme y huir… La situación era en realidad desesperada, por lo que tuve que urdir un plan, uno que me permitiera neutralizar a mis enemigos sin que yo sufriera daño…

Algo golpeó suavemente el hombro del tamer. Al volverse, Arkham observó a una multitud de fragmentos congelados caer desde el agujero en el techo. Sin darle mucha importancia, se volvió hacia el elegido y continuó con su monólogo.

– Utilizando el poder oscuro de mi digivice, más un par de conjuros de mi invención, logré forjar un limitado pero efectivo escudo contra el Último Poder, y también contra su antitesis… Sólo faltaba la prueba de fuego, así que vine aquí, a esperar lo que viniera… –su tono cambió a uno de júbilo mal contenido– ¡Y tu apareciste, utilizando tu poder de la peor forma posible! Me facilitaste de tal forma que ahora podré desaparecer mi única desventaja: Me volveré tan poderoso como cualquiera de ustedes, y entonces…

El tamer calló súbitamente. Había sentido claramente el poder que Saint-Jehudielmon acumulaba en el exterior. Un grito de batalla se dejó escuchar afuera y al instante, una oleada de luz divina alcanzó el recinto entero. Iori pudo ver como Arkham mantenía sus manos hacia el frente, utilizando todas sus energías para mantener el campo de fuerza que lo protegía de la energía sagrada. Alrededor de ambos, el templo se reconstruía mágicamente; Como si una película fuera corrida en reversa, los cascotes y fragmentos de alabastro se unían a las paredes y el techo, los vitrales se reconstruían a sí mismos y toda la estructura recuperaba su majestuosidad original.

– ¡Tú no me vencerás! –exclamó iracundo el condestable, mientras su barrera perdía terreno a cada instante. Justo antes de ser aplastado por aquella fuerza, la luz comenzó a menguar y al final cesó completamente, dejando pequeñas partículas de poder flotando por todo el lugar. Iori no pudo reprimir un gesto de asco y asombro al ver el aspecto que el tamer tenía ahora: Su piel, antes pálida, tenía ya un abominable tono grisáceo y parecía tener la misma textura de los cadáveres; Incluso su cabello parecía estar muerto y en vías de descomposición.

Jadeando por el esfuerzo, el tamer extendió su mano izquierda y atrapó una de las partículas flotantes dentro de su puño. La energía de aquella mórula dorada se expandió por el cuerpo de Arkham y lo regeneró. Cuando se volvió hacia el elegido, Iori observó que incluso su piel era menos lívida que antes.

– ¿Sorprendido? –interrogó el tamer con su tono habitual.

– Sí… –respondió Iori sinceramente.


Después de lanzar su máxima técnica, Saint-Jehudielmon recobró su apariencia original, aunque sus heridas habían sido sanadas y sus ropas reconstruidas. Y no era lo único; El paisaje entero había recuperado su esplendor habitual. El suelo árido y aquellas plantas rojizas ya no existían, pues el valle era ahora verde y hermoso; Macizos de árboles crecían intermitentemente, y junto a la vista del gran templo daban una belleza inenarrable al panorama. El cielo ya no era gris ni lloraba metal, era infinitamente azul y sobre el navegaban enormes nubes de formas fantásticas. A lo lejos, en el horizonte, todavía se observaba la devastación que el resto del mundo digital seguramente tendría, y ello hizo pensar a Saint-Jehudielmon que se encontraba en el Edén, con la tierra inclemente a su alrededor, pero lejana.

Gran sorpresa se llevó el arcángel al descubrir que su contrincante seguía con vida y de pie, sobre la tierra. Mordred sostenía su enrome escudo entre sus manos, aferrándose del objeto como si de ello dependiera su vida. Un crujido metálico se dejó escuchar y al instante la rodela se desmoronó en un centenar de fragmentos que cayeron entre la hierba. Sin el escudo cubriéndolo, Saint-Jehudielmon descubrió que el caballero oscuro no se había librado en absoluto del ataque: Su armadura estaba formada por miles de fragmentos cuarteados que apenas y se sostenían en su lugar, y en los lugares en los que el daño había sido mayor brotaban chispeantes flamas verdes. Las manos con las que habría sostenido a Gorgonna carecían totalmente de blindaje y mostraban una estructura similar a la de un esqueleto.

– Aunque logré evitar su ataque, su energía me golpeó con mucha fuerza. –explicó Mordred al ángel, que lo miró con indolencia. El lado izquierdo de su careta estaba destrozado y podía verse parte del rostro de Mordred, similar al humano, pero con ciertos rasgos reptilianos.*

– Lamento que lo hagas hecho –dijo el ángel con serenidad–. Tu alma ya no podrá ser purificada, y caerás a los infiernos después de que termine contigo…

– No crea… –el caballero tosió un poco de sangre– Que estoy acabado, Erus… Yo aún puedo… Acabarlo…

Mordred levantó la mano lentamente e hizo aparecer en ella un sombrío tridente que había conseguido hacía poco tiempo, al derrotar al gran Reichmon, líder de los Chevaliers. Utilizando todas las fuerzas que le quedaban, el caballero oscuro arrojó aquella arma contra Saint-Jehudielmon. El proyectil cruzó la distancia que lo separaba de su objetivo a gran velocidad, pero algo le impidió alcanzarlo. A centímetros del rostro del arcángel, el tridente flotaba estático: Se había estrellado contra una especie de muro de luz hecho por polígonos concéntricos que se extendían a partir del sitio de impacto.

El ChaosDukemon bajó los brazos con resignación y comentó:

– Las leyendas eran ciertas… la luz de su alma es la barrera más infranqueable de todas.

Saint-Jehudielmon no respondió.

– Sólo me queda una cosa por hacer –reconoció el duque digimon–. Debo jugarme mi última carta… –cruzó ambos brazos sobre el pecho y elevó su voz en una especie de cántico– Padre mío… aunque os he rechazado a ti y a mis hermanos, aún estamos unidos por el pacto de nuestra pena y ese nexo debe ser respetado… Mordred, Duque de Sorrow Avalon invoca el auxilio de sus hermanos de batalla, por la sagrada ley de la fidelidad… ¡Rus!

El ChaosDukemon extendió ambos brazos, mostrando el signo de la infinidad que ardía sobre su pecho. Nueve fulgurantes cometas bajaron desde el firmamento y se alojaron en su cuerpo. La armadura de Mordred estalló y volvió a unirse, completamente restaurada; Una capa azúrea volvió a agitarse en su espalda y su fuerza le fue devuelta. Dos corrientes de vapor negro saltaron hacia sus manos y se transformaron en poderosos alfanjes de batalla.

Saint-Jehudielmon observó detenidamente a Mordred. Su armadura era algo distinta, con líneas más esbeltas y denotaba una mayor capacidad para el combate veloz. Las piezas grises de la armadura habían cedido su lugar a un blindaje negro de brillos granates y detalles ambarinos. El morro de saurio que descansaba sobre su visera había cedido su lugar a una mitra azul de tres picos. En los sables que portaba, según notó el arcángel, se percibía una densa oscuridad que curiosamente, no era maligna.

– ¡En guardia, Erus! ¡Esto no ha terminado!

¡Wind's Aria!–recitó Saint-Jehudielmon, llamando a los espíritus del viento. Israfel se transformó por tercera ocasión, adquiriendo esta vez un hoja delgada y algo corta, bastante similar a un florete. Al ponerse en guardia el arcángel, el filo comenzó a emitir un vibrante resplandor esmeralda– Estoy listo…

– Hemos vuelto al principio… –declaró Mordred con solemnidad, mientras apuntaba a su adversario con su alfanje derecho– Pero también estamos demasiado cerca del final… Aleum Jacta Est…*

Por algunos instantes, ambos digimons permanecieron estudiándose mutuamente, en busca de cualquier posible debilidad. Luego, al mismo tiempo ambos atacaron a tal velocidad que se convirtieron en indistinguibles borrones que saltaban de un lado a otro entre las nubes.


La ola de energía santa había devuelto a Iori la tranquilidad y la voluntad a su espíritu. Sentía nuevamente como aquél sentimiento cálido se extendía por su pecho. Observó a Arkham, que seguía hablando sin parar, enajenado en su discurso.

– Y así, cuando obtenga el Nuevo Poder… –decía el tamer caminado de un lado para otro.

Y recordó la misión que lo había guiado hasta ese lugar. Remembró la batalla contra Kazbeelmon, los momentos que había pasado con sus amigos, las lecciones que la vida le había enseñado; Y fue cuando comprendió la verdadera naturaleza de ese Poder Divino…

– Sólo tengo que matarte, y asimilar el poder que llevas…

– Te equivocas –aseveró Iori con serenidad–. No podrás apoderarte de él, aún si acabaras con mi vida… –el elegido llevó al pecho, la mano que sostenía su digivice– La Luz Divina está aquí, en mi corazón. Tú jamás podrás arrebatármela.

El D-Dako fue rodeado por una flama blanca, al extenderlo Iori hacia su oponente. Antes de usar su divina fuerza, el elegido se visualizó a sí mismo tiempo atrás, durante una tarde en la que su abuelo le enseñaba la filosofía que los antiguos guerreros de su tierra observaban, llevando con ello vidas justas aun en tiempos de guerra.

Por segunda vez, un relámpago santo brotó del digivice e impactó contra aquél escudo arcano.

No tengo armadura, Yo hago de la benevolencia mi armadura…

La barrera recibió el impacto y resistió, rechazando estoicamente el caudal de poder que golpeaba contra ella.

No tengo milagros, Yo hago de las leyes correctas mis milagros…

Iori dio un paso al frente y utilizando toda su voluntad, aumentó la potencia y tamaño del relámpago.

No tengo enemigos, Yo hago del descuido mi enemigo…

Cuando su escudo comenzó a ceder, Arkham se dio cuenta de que a diferencia de él, Iori no estaba solo.

No tengo Poder Divino, Yo hago de la honestidad mi Poder Divino…

Al fin, la defensa del tamer fue vencida y él fue alcanzado por el relámpago. La silueta de un ángel, detrás de Iori, fue lo último que el condestable pudo ver antes de ser engullido por un vórtice de prístina y blanca existencia.

El cuerpo del tamer cayó de rodillas, para luego impactarse de frente contra el piso del templo. Iori se acercó a él y le dio la vuelta: Todavía se encontraba vivo. Tenía una hemorragia nasal debido al golpe de la caída, pero no era algo grave.

– Creo que ya has sentido lo que tienes que hacer… –susurró el condestable, abriendo los ojos– Hazlo ahora que tienes oportunidad, o todo tu esfuerzo habrá sido en vano. Volveremos pronto, puedo sentirlo… Si mi cuerpo no es destruido, Arkham regresará.

– Debe haber otra forma –dijo Iori sintiendo algo de pena por el tamer, pues el Último Poder le había revelado toda su historia de guerra secretas.

– Tal vez… –respondió el condestable– Pero si quieres encontrarla debes irte ahora. Llama a tu protector y búscalo; Búsquenlo a… Él –parecía como si cada palabra le costara un esfuerzo extraordinario–. Llévatelo contigo… está maldito… no toques la sangre… –sus ojos se desenfocaron y su rostro adquirió una expresión de vacuidad– Ya es… Huye…

Iori retrocedió con prudencia, sin dejar de mirar al tamer. Arkham se incorporó lentamente, como si no hubiera usado su cuerpo nunca. Sus ojos brillaban con un apagado color grana, pero su expresión habitual permanecía inalterada.

– Has desperdiciado la única oportunidad que tenías, niño… –siseó con desprecio– Sólo pueden ser salvos aquellos que desean la redención… Y yo no deseo nada de los poderes del orden; No soy como la niña Karhiaa, o como el idiota de Zenaku. Yo elegí ser lo que soy ahora, y ni siquiera el Poder Divino tiene la capacidad de alterar el libre albedrío… Acéptalo, has perdido.

Iori sabía que todo era cierto, y que tenía una razón de ser, no dejando de preguntarse sobre la decisión que él hubiera tomado en una situación similar.

– La osadía que has cometido no quedará sin castigo, niño elegido. –Arkham levantó su mano derecha, con su Tenebrum envuelto en energía violácea– ¡Yo te condeno al olvido de tu alma!

Iori fue vapuleado por la energía maldita del condestable, que atravesaba los estratos de su mente, llegando hasta la raíz de su espíritu. Vislumbró toda una vida, mientras sentía como lo abandonaba la conciencia terrenal.

"Una batalla campal, donde más de cuatro millones de vidas -tanto digitales como humanas- serían sacrificadas… Un hombre tendía la mano al Contestable de Kaazah'dum para evitar que cayera al abismo que conjurara él mismo… Paisajes extraños y hermosos, asesinatos despiadados, miles de rostros distintos, melodías magistrales, todo ello y más desfilaba ante sus ojos… Al final, se vio a sí mismo atravesando las puertas de un gran templo, donde su destino aguardaba…"

El elegido cayó al suelo, completamente privado de control sobre su cuerpo. Podía ver y escuchar lo que ocurría a su alrededor, pero la verdad era que su mente flotaba en ignotos parajes, donde las leyes del universo parecían alteradas y volubles.


Saint-Jehudielmon ya no llevaba la mejor parte de la batalla, pues Mordred atacaba sin descanso con veloces mandobles que caían desde todos los ángulos posibles. El ángel utilizaba movimientos elaborados y maniobras acrobáticas, pero al ser dos las armas que su oponente portaba, le resultaba mucho más difícil el asestar un golpe.

"Final Crest" El arcángel evadió el ataque y contraatacó con una andanada de navajas de viento que Mordred destazó moviendo velozmente sus sables. Volaron ambos combatientes por el cielo, entrechocando sus armas a gran velocidad, hasta llegar al suelo y continuar la batalla con los pies en la tierra.

– ¿Qué ocurre Erus? ¿Está llegando a su límite? –preguntó Mordred mientras hacía retroceder al ángel con una sucesión de fieros mandobles. Uno logró acertar sobre la coraza del digimon santo, dejando marcada una línea de melladura sobre ella. Saint-Jehudielmon saltó sobre su oponente y dirigió una estocada a su casco, pero el caballero logró interponer sus sables cruzados, desviando el ataque.

Haciendo una especie de flip, Mordred clavó sus alfanjes en el piso y asestó una violenta patada en el vientre de su oponente, haciéndolo trastabillar. El ChaosDukemon aprovechó la oportunidad y encajó un rodillazo en la mandíbula del arcángel, lanzándolo varios metros hacia atrás.

¡Accel Arm! –exclamó el duque mientras clavaba la palma de su mano en la tierra. Una onda de choque avanzó por el suelo hasta impactar a Saint-Jehudielmon cuando apenas terminaba su caída. Mientras el arcángel era elevado nuevamente, Mordred saltó hacía él y uniendo ambas manos, le aplicó un brutal porrazo en la sien.

Saint-Jehudielmon salió despedido hacia el suelo, girando sin control, pero consiguió rehacerse a tiempo y caer de pie; El aterrizaje liberó una pequeña onda de choque, antes que el ángel se impulsara de espaldas con un gran mortal hacia atrás.

"Mugen Cannon" Un rayo aniquilador fue disparado desde cada brazo del ChaosDukemon; El digimon sagrado los vio venir y consiguió esquivarlos, girando entre ellos con un milimétrico margen de separación. Un centenar de estocadas y mandobles cayeron sobre el caballero, por lo que este se vio obligado a evitarlas hasta que pudo llamar a sus espadas con su poder.

– ¡Muera! –exclamó Mordred al golpear con ambos sables la espada Israfel. Saint-Jehudielmon fue aventado hacia atrás con violencia, pero sin resultar herido.

Saint-Jehudielmon estaba a punto de lanzarse sobre su oponente cuando su percepción lo alertó. Iori, su compañero había sido atacado. Apresuradamente, el arcángel levantó el vuelo en dirección al templo, pero Mordred le cerró el paso al instante.

– No pasará mientras yo siga vivo.

– ¡A un lado! –exclamó el arcángel con pocas esperanzas de que se apartara.

– No podrá ir a auxiliarlo hasta que me derrote. –repitió el caballero.

Una cólera fría se apoderó del arcángel digital.

– Entonces pasaré sobre ti…

Saint-Jehudielmon agitó su espada, regresándola a la normalidad.

¡Ramiel's Oath!*

Una espada Bátard* con una hoja de electrizante energía violeta se agitó frente a Mordred. Sin previo aviso, Saint-Jehudielmon atacó furiosamente; Cuando la espada del ángel fue bloqueada, el ChaosDukemon fue impelido hacia atrás violentamente. Saint-Jehudielmon atacó nuevamente, haciendo que Mordred perdiera terreno a cada instante; Cada golpe levantaba fuertes corrientes que arrastraban consigo tierra y pedazos de hierba.

Arkham extendió su mano derecha en dirección al púlpito del templo e instantáneamente, un objeto envuelto en paños voló hacia su mano: Eran el arco y la flecha que había recibido de Daisuke. Con presteza, dejó su bastón en el suelo y salió al exterior llevando el arma maldita.

– Tenía que ser… –siseó al salir y contemplar la batalla que Mordred y Saint-Jehudielmon tenían. El duque se interponía en el camino del ángel hacia el templo, por lo que Saint-Jehudielmon lanzaba furiosos cortes con su espada eléctrica. Segundos después, el caballero oscuro detuvo un corte vertical cruzando sus sables; Desafortunadamente para el digimon guerrero, Saint-Jehudielmon mantuvo la presión su ataque enfrascándolo en un duelo de fuerza. El suelo comenzó a agrietarse bajo los pies del ChaosDukemon, mientras su armadura comenzaba a desquebrajarse por el impacto de pequeños relámpagos que saltaban desde la hoja Israfel hacia su cuerpo.

Enarbolando el Arco de la Gloria*, Arkham se dispuso a acabar con el arcángel digital. Colocó la flecha en su lugar y tensó la cuerda, apuntando al corazón de Saint-Jehudielmon. El sagrado ángel se percató al instante de que el poder de una de las armas malditas estaba cerca; Tras derribar de una patada a Mordred, Saint-Jehudielmon se abalanzó sobre Arkham en un intento por detenerlo.

El arcángel apenas había empezado a elevarse cuando la flecha fue disparada.

"De las cuatro plagas capitales que azotan a la humanidad, es sin duda La Muerte la más aterradora de ellas, pues no puede evitarse o remediarse… Tras ellas vienen La Guerra y El Hambre, pues conducen a la primera mencionada y producen sufrimiento entre los pueblos… Y la más débil, ah, esa es La Gloria, pero pese a su poco poder, resulta casi siempre la más peligrosa… La Gloria hace crecer el orgullo humano, y lo conduce tanto a los siete grandes pecados como a sus tres plagas hermanas. Su peligrosidad única radica en que, a diferencia de la otras tres, viene siempre acompañada de riquezas y placeres capaces de esconder su verdadero rostro…"

El proyectil voló por los aires dejando una estela escarlata, pues toda la sangre que bañaba el arco se había concentrado sobre su punta antes de ser disparada. Saint-Jehudielmon fue alcanzado en el pecho, donde la flecha vaporizó instantáneamente su regia armadura; El poder sacrílego se extendió como veneno por el cuerpo del arcángel. Sus alas se deshicieron entre flamas oscuras, y sus ojos se convirtieron en caudales de sangre.

– He fallado en mi misión. –dijo Saint-Jehudielmon antes de caer a tierra lentamente. Un dolor agudo entre sus costillas lo obligó a soltar su espada; Mordred le había atravesado el cuerpo con sus sables, y absorbía los datos del santo digimon. Tras unos segundos, al fin lo dejó caer al suelo.

Mordred avanzó hacia su tamer, pero este pasó de largo y fue hacia donde el ángel yacía moribundo. El digimon guerrero observó como ambos intercambiaban algunas palabras, antes de que el cuerpo del noble ángel se desintegrara. Millones de partículas de luz se elevaron formando un remolino multicolor para después deponerse sobre la pequeñacolina en la que Mordred observaba. Ahí, en la cima había un hermoso mausoleo creado en mármol blanco. La espada Israfel estaba encajada en un pequeño pedestal, tomando la función de cruz. Frente a ella, en un pequeño platillo descansaba un digitama de brillos opalescentes. Una suave brisa comenzó a soplar en el lugar mientras un pequeño jardín de flores que nunca había visto el mundo, crecía alrededor de la tumba.

– Quítate de ahí, Mordred –dijo Arkham serenamente, mientras se acercaba– No tienes derecho de pisar esa tierra santa.

El ChaosDukemon obedeció al instante.

– ¿Qué haremos ahora? –inquirió a su tamer.

– Ve y busca a Wisemon… Sí lo encuentras, hazme el favor de descuartizarlo para que no nos estorbe.

Mordred asintió y enseguida levantó el vuelo, alejándose velozmente hacia el sureste. Arkham lo observó hasta que se perdió en el horizonte, y luego volvió a entrar al templo. El tamer se acercó a Iori –que seguía tirado en el piso- y se agachó junto a su cabeza.

– Escucha… –dijo, sabiendo que el niño podría entenderlo– Tú debiste vencerme hoy… Fue sólo por una coincidencia que El Arkham pudiera recibir el impacto del Poder Divino sin desintegrarse en sus partes originales… Cuando salgas del lugar donde estás, porqué lo harás, espero que podamos vernos las caras nuevamente.

El tamer se levantó y tomando el arco y la flecha, que había retirado del cuerpo de Saint-Jehudielmon, apuntó al gigantesco digicore que se veía en el fondo del templo. Mantuvo la cuerda tensa por unos instantes, pero al final bajó el arma.

– Tómalo como una muestra de respeto a ti y a tu protector…

En lugar de destruir el digicore, Arkham tomó consigo el D-Dako y la D-Terminal de Iori.

– No te preocupes por tus amigos, ellos no se angustiaran por ti… –dijo mientras comenzaba a escribir un mensaje en la D-Terminal.


Caminando a buen paso, Arkham no tardó demasiado en dejar los territorios que habían sido regenerados por la fuerza de Saint-Jehudielmon. Al estar ya en medio de aquellas llanuras cenicientas, metió la mano en el bolsillo y extrajo un pequeño tubo metálico, lleno con arena del Océano de Dagón. Arkham vació el contenido en el suelo y esperó unos segundos. Pronto aquellas partículas grises tomaron vida y comenzaron a danzar en un reducido tornado.

– Tal como lo pensé… –dijo para sí mismo el tamer, al leer en aquellas arenas lo que había ocurrido en las batallas de los templos occidental y austral. Arkham hizo un movimiento con la mano y el torbellino se solidificó formando una especie de criatura oscura. Tenía el tamaño y la forma de un zorro, pero poseía un único ojo en medio de la frente– Ve a los templos del sur y el oeste, y recolecta toda la data que puedas.

El animal se desvaneció en una nube de polvo.

– Creo que ya es hora de que me conozcan… –musitó el tamer antes de desparecer.


Aquel sonido insistente que emitia la enorme computadora no lograba sacar a Koushiro de su profundo sueño. El niño se acerca presuroso y descubre un poco molesto al pelirrojo. Sin atreverse a despertarlo, Ryo atiende al llamado.

En el gigantesco monitor, aparece la imagen de Wallace. El tamer legendario suspira aliviado al ver atrás suyo a las chicas que habían sido enviadas a Inglaterra, y por supuesto, a los tres sobrevivientes de los ataques provocados por el Arkham.

Menos mal que eres tu. – musito el rubio.

El tamer le frunce el ceño.

– Por el tono en que lo dices debiste haber descubierto algo importante. – le respondió cortante.

Wallace asiente.

Después de escuchar a detalle, Ryo azota su puño enfadado. Sin querer saber nada mas, el niño apaga el monitor y apresura su paso a la salida de la guarida.

– Primero yo, luego Arkham… – dijo a aires con gran enfado. – Por ultimo… Hikari.

Una vez llegado al vestíbulo, Ryo ve a su compañero digimon esperándole. CiberDramon se le acerca con cautela, pues percibía en su interior el enfado de su domador.

– El momento ha llegado mucho antes de lo provisto. – le dijo con los puños apretados. – Ve con Wisemon, puede estar en peligro.

El digimon asiente. Ambos salen de la cueva para ver al horizonte. Ryo nota como su compañero temblaba. A las lejanías percibía la presencia de un digimon de gran poder, el hecho de enfrentarlo le causaba jubilo.

– ¡Vamos!

Y ambos, tamer y digimon, desaparecen.


Parte 2:
Los siete adeptos del Yggdrasil


10 de Agosto de 2004

Odaiba, Japon. 18:00 hrs.

Entre los jardines del desalojado hospital, sitio donde habían ocurrido los acontecimientos que terminarían por llevar a Daisuke a las tinieblas, apareció Arkham. Permaneció de pie, buscando algún posible centinela, cuando algo chocó contra sus rodillas. Al mirar hacia abajo, el tamer se encontró con un fotógrafo que gateaba hacia el hospital, en un intento de burlar la seguridad. Un destello metálico se dejo ver y al instante el hombre cayó inerte al suelo.

Con una molestia menos, Arkham se dirigió hacia la entrada. Cuando se acercaba a la escalinata, las puertas se abrieron de par en par, dejando ver la silueta de una persona; Al acercase a la luz del exterior, el condestable lo reconoció.

– Tú… – siseó, observando la expresión que tenía en el rostro.

Ryo lo miraba serio. Quizas Arkham esperaba una expresión mas en su rostro, pero el Tamer legendario no tenia nada más que expresarle al agente del caos.

– Sígueme… – dijo al fin Ryo.

Arkham, gustoso, acepta la invitación.

Sin darse cuanta, el condestable estuvo en una situación que jamás hubiera imaginado, Ryo recargado en la pared del elevador que se subía sin interrupciones hasta el ultimo piso, con los brazos cruzados y la mirada en el suelo, pensativo. A su lado Arkham extrañado por el momento, ansioso de estar a tan cerca de su adversario al que podría matarlo con un solo movimiento, y aunque Ryo seguramente sospechaba de sus intenciones, seguía tan inmóvil como una estatua. En las bocinas del elevador, se escuchaba la séptima sinfonía de Beethoven que le dama al pequeño espacio un extraño ambiente.

– Peculiar… – pensaba Arkham, al mismo tiempo que cerraba los ojos para disfrutar la melodía.

Ambos subieron al techo del hospital, por las escaleras. Un lugar suficientemente amplio como para librar una batalla a muerte. Frente a frente, los jóvenes se miran desafiantes.

– Ese aspecto tan infantil, es la forma en como logras equilibrar tu presencia aquí, ¿Verdad, Adepto? – rio Arkham.

– Y tu… ¿no te molestas en ocultar la naturaleza que te rige? – le respondió con serenidad. – Es verdad… un renegado como tú no le interesa nada.

– Las emociones oscuras del Yggdrasil tenían que parar en algún sitio. – dijo con burla. – Somos todas ellas. Somos el Adepto del caos, el Arkham ¿Qué esperabas?

Ryo al fin sonrió. Pero se negó a contestarle.

– Aquel rol que te impuso el supremo ya no aplica entre nosotros. Lo sabes. Y menos con la Adepta de la luz fuera de la dimensión que le corresponde. – continuo el ingles con ímpetu. – ¿O es que aun te duele? ¿Te duele el hecho de que hayas tenido que ser destituido para contrarrestarme?

Ryo apreta su puño con fuerza.

– Para lograr tu venganza y seguirme, tuviste que convertirte en invasor de dimensiones, tal y como yo lo hice. – afirmaba.

– ¡Mejor deja de decir tonterías! – expreso al fin su enfado. – ¡Yo llegue aquí antes! ¡Tu y yo estamos muy lejos de parecernos!

– ¿Entonces que es lo que haces aquí? – rio Arkham.

– Si estoy aquí, es para derrotar de una vez por todas a los ángeles caídos. – le contesto conteniendo su enojo. – Tu solo fuiste una eventualidad.

– Ya veo… sucedió como lo había previsto. Los ángeles caídos ganarían, y tu, gracias a tu terquedad, decidiste venir aquí a cambiar los acontecimientos. Haz roto las leyes que rigen el universo, Dux. Y pensar que te hacías llamar el más honorable de los siete Adeptos.

Ryo bajo la mirada.

– Y yo, tal parece que al final no estoy aquí por una "eventualidad" como dijiste. – Continúo el Adepto. – Si no más bien para equilibrar tu presencia en esta ya muy dañada dimensión.

El niño lo miro con el ceño fruncido.

– Irónico… alguien destinado a traer el Caos. – se lamentaba Arkham. – Como sea… no me interesa ni el lo mas mínimo si quebrantaste las leyes del universo. Ya he comenzado mi trabajo aquí, y solo hay algo que me importa.

Ryo se prepara para oír lo que ya esperaba.

– ¿Eres tu el ultimo elegido por Wisemon? ¿Eres capaz de blandir el arma que fue forjada específicamente para destruirme?

– Así es. – admitió sin temor.

– Entonces, el destino nos ha obligado a librar una batalla a muerte. – dijo sacando de su baston el afilado estoque. – Preparate, Dux.

La imagen siguiente era toralmente desconcertante para Arkham. Un niño de diez años sosteniendo con sus manos la afilada hoja que el ingles de diecisiete años apuntaba su cuello.

Justo cuando unas líneas sangre comenzaron a escurrir por los brazos de Ryo, el tamer legendario ejecuta una voltereta y salta para aplicarle una patada en el rostro a su rival, luego se aleja con una atlética mortal hacia atrás aterrizando ileso en el suelo.

Arkham ríe luego de limpiarse la gota sangre que emanaba de su boca.

...


...

– ¿Los Siete Adeptos de Yggdrasill? – Se cuesteonaba Sora.

– Así es. – afirmo Wallace, suspirando.

– Esto se vuelve cada vez mas complicado. – se lamentaba Mimi.

– Wallace, Hablanos un poco mas acerca de los Adeptos.

El elegido frunció el ceño.

– Cuando Yggdrasill comenzó a interactuar con los humanos, las emociones que le transmitían se forjaron en su ser. Dicho de otro modo, Yggdrasill comenzo a sentir amor, felicidad, tristeza, ira, …un sinfín de emociones. Con el tiempo, dichos sentimientos le hiceron errar en su capacidad de juicio. No era posible que un soberano como el se dejara influenciar por lo que sentía, a si que encontró una solución: expulso dichos sentimientos y les dio una forma humana.

– Entonces, Hikari…

– No es que sea un bicho raro. – interrumpió el niño. – Es cierto que algunos Adeptos son seres digitales con forma humana, pero en el caso de Ryo, Arkham, Hikari y otros, dichas emociones se albergaron en sus cuerpos.

– Ya veo…

– Hay algo más importante. Cuando el Yggdrasill creo los primeros Adeptos, noto que transfirió parte de su poder a ellos, algunos incluso igual de poderosos que el. Semejante energía no podía estar concentrada en un solo sitio, así que creó al resto de los adeptos y los envió varias dimensiones. Su fuerza también serviría para estabilizar y salvaguardar cada plano.

Wallace se levanto de repente y se asomo por la ventana para ver a su digimon divino. Su angelical protector custodiaba la vivienda en donde se refugiaban Andrew, Kyra y Milo. Pronto los ingleses estarían listos para acompañarlos de regreso a Japon.

– Cuatro de ellos ya están muertos, pero sus esencias se encuentran sellados en algún lugar del mundo digital. Ryo y Arkham fueron destituidos, por lo que solo quedaba Hikari. Luego de que todas las dimensiones se comenzaran a desfasar, y con todos los adeptos deshabilitados, ella ocuparía un rol muy importante.

– Es por eso que el maligno insistía en apoderarse de ella. – afirmaba pensativa Sora.

– Así es. – dio razón el elegido, luego hecha su mirada al suelo y frota su barbilla pensativo. – Pero, si Hikari fue mandada a otra dimensión como sospechamos ¿Porqué no ha sido destituida como Adepto? No lo entiendo. Quizas, el Poder Divino este detrás de eso.

Wallace cruza los brazos y se sienta para meditar la cuestión.

– ¿Y que hay de esa rivalidad que hay entre Ryo y ese tal Arkham? – se apresuro a cuestionar Mimi.

– El Adepto del Caos contiene todas las emociones malignas de Yggdrasill, entre ellas la inocuidad con la que juzgaba y la ambición desmedida que le motiva a lograr el neo-genesis. A pesar de ello, el primer Adepto del Caos cumplía su función equilibrando su plano como cualquier otro. Pronto este relego de sus funciones y se marcho para seguir lo que su naturaleza le imponía. Al no tener su contra parte, el adepto del Orden tuvo que ser destituido y así lograr un equilibrio. Si "el caos" hiba de dimensión en dimensión causando disturbios, "el orden" tambien saltaría de dimensión en dimensión para contrarrestarlo. Desde ese momento su rivalidad surgió.

– Eso tiene sentido si tomamos en cuenta todo el historial de Ryo.

– Y pensar que ambos se re-encontrarían en esta situación. – dijo Wallace luego de morderse el labio.

CONTINURA…

Notas de autor:

Las siguientes notas de autor fueron escritas por Serathiel

* Hipótesis de Serathiel: Bajo los digimons blindados y no cibernéticos, como Omegamon o Dukemon, hay alguna clase de ser orgánico.

* Aleum Jacta Est: Latín. / Antiguo dicho romano. / 'La Suerte está echada'.

* Ramiel's Oath: Espada de Trueno. / Ramiel es el Ángel del Trueno y las tormentas eléctricas.

* Espada Bátard: También llamada espada a una y media manos. / El largo de la hoja y empuñadura permiten que estas armas sean sostenidas y utlizadas con una sola mano, pero para maniobrarlas correctamente habrán de usarse ambas manos.

* Arco de la Gloria: Sólo quiero comentar que encontrarle un significado al primer jinete, que no fuera El Cristo, fue un auténtico martirio