Disclaimer: Bnha no me pertenece.

Advertencias: OoC, ya que es un AU y además todos son mayores de edad. Los nombres que aparecen a lo largo del escrito corresponden a rangos, ciudades y apodos que me inventé completamente. Tokoyami es humano porque sin quirks, y creo que eso es todo. Espero que les guste.


You can't stop a raging sandstorm

—No puedes mirar—


Ochako era la carnada perfecta. Te engañaba con sus ojos amables y llorosos y de repente eras tú el que tenía un cuchillo en el cuello y el pensamiento de lo estúpido que habías sido al subestimarla.

Nada más y nada menos. Katsuki había aprendido a la mala que las mujeres podían ser leonas en un disfraz de cordero. Ella se lo mostró e incluso después de la primera vez, tuvo que seguir mostrándoselo. Como dijo, a la mala lo aprendió.

Hoy agradece no ser el hombre que está bajo sus poderosos muslos y al que amenaza con una daga afilada. Solo un pequeño descuido y un hilo de sangre correría por su cuello.

Se acerca al muchacho. Un estúpido más que se dejó engañar por una falda mojigata y un rostro sucio. Pudo predecir sus intenciones asquerosas y puede decir por la furia en los ojos comúnmente dulces de Uraraka que estaba en lo correcto. Le hace un gesto a la joven y ella se pone de pie, tirando del hombre con movimientos precisos para ponerle un bonito accesorio en las muñecas. Las esposas eran tan brillantes que si fueran más grandes podría usarlas de espejo.

Esta vez Katsuki se encarga de él y lo toma por el cuello para llevarlo dentro del refugio, una cueva excavada por los primeros hombres de la resistencia que tiene oculta una entrada en el patio de la casa de un anciano que apoyaba la causa. Le da el lugar a Uraraka que lo mira con atención y pronto ella acepta el acto caballeroso del capitán. Suele ser un hombre agradable, aunque su expresión de desinterés o mal humor y esos ojos tan penetrantes no digan lo mismo al primer vistazo.

Katsuki evita mirarla demasiado, porque debe prestar más atención al imbécil que acaban de atrapar a las afueras del pueblo y porque no tiene por qué mirar de más a su compañera. Es normal que su mirada se pase más de lo que se considera prudente sobre ella, pero Katsuki no está orgulloso de su mal hábito, menos cuando ella se encuentra trabajando en su traje y botas.

Se da cuenta de que Uraraka vacila mientras camina y se da cuenta de que ha cometido un error. Empuja al hombre que han atrapado y hace que pase por el costado de la chica, se adelanta para quedar a la misma altura que ella y sin decir nada sigue caminando por el túnel como si todo hubiera estado bien desde el comienzo. Ochako se dedica a mirarlo por más tiempo del esperado, es descarada, mas no mal intencionada. Acaba de hacerle un favor al quitarle la morbosa mirada de ese tipo de encima y al parecer le sorprende. Ella le agradece en silencio.

Pronto saca un pañuelo de su bolsillo mientras camina, lo estira sacudiéndolo y se adelanta para detener al hombre y vendar sus ojos. Al principio se resiste pero acaba por darse cuenta de que no planea asesinarlo.

Sería realmente estúpido.

Siguen caminando y pasan por varios pasadizos, esta vez tiene que guiarlo agarrándolo del cuello de la chaqueta.

Salen por un arco y se encuentran con un terreno con nada, pero ese no es el fin. Se extiende hasta el punto en que es difícil distinguir algo en las rocas. Y de pronto, algo se siente bajo sus pies. Una vibración que los recorre hasta el cuello y sigue por unos segundos, hasta que a un costado de ellos se forman seis escaleras a ras del suelo.

—Ve por la izquierda —dice a la chica. Ella frunce el ceño, pero no se dedica a replicar y simplemente da la vuelta para comenzar a bajar por la escalera que se había formado tras ellos.

Katsuki, por otro lado, espera a que ella se vaya y comienza a llevar consigo al prisionero. Pero en vez de bajar sigue de largo. Una vez se detiene frente a la pared rocosa, el temblor vuelve, y con el trae un hueco en la extensión. Justo frente a él.


Cuando Katsuki se reúne con Ochako está solo, y ella no. A su lado hay dos hombres y una chica. Ellos se dan cuenta de inmediato cuando se acerca, y lo reciben con aire preocupado.

—No habrán más, si eso les preocupa —dice antes de que alguno formule la pregunta. La idea de que puedan haber más fieles a la corona en el perímetro del pueblo fantasma siempre es la primera presente en esas situaciones—. El soldado estaba deshidratado y sus raciones habrían durado a penas día y medio más. Está solo. Perdido. No hay más de qué preocuparse además de los detalles de su misión.

—Ochako mencionó el símbolo de su chaqueta. Es de la capitán Yaoyorozu —dice Mina.

Katsuki frunce el ceño con cierto escepticismo. Algo en él desea darle más crédito al criterio de esa mujer, pero es cierto que el parche delata la verdad.

—De cualquier forma, no sirve especular antes de sacarle cualquier información —dice y voltea hacia Eijiro, que le devuelve la mirada con cierta insistencia—. Ten una charla con él. Ochako, acompáñame un momento. Los demás sigan con sus actividades.

La muchacha no parece sorprendida, pero si intrigada. Katsuki sigue su camino y sabe que ella va tras él, puesto que no está intentando ser sigilosa.

La resistencia se había formado sobre los hombros de sus padres, y sobre todo, de su madre. Una ex cadete del ejército que buscaba venganza y justicia por lo que había sido obligada a pasar. Pronto sus padres y los de Ochako habían hecho buenas migas, cuando Mitsuki presenciaba una redada en la gran ciudad. Los padres de Ochako habían escapado por alguna maravilla de la existencia, y ahora podía observar al fruto de la ayuda que les proporcionó su madre. El fruto de la resistencia, Ochako.

Por lo tanto, se habían conocido desde pequeños. Dos años después de que su madre quedó embarazada y nació él, apareció Ochako. Hay pocas cosas que recuerda de pequeño, pero una de ellas es cuando vio los grandes ojos de esa chica por primera vez. Casi se sentía como si lo hicieran flotar.

Da un paso dentro de la oficina y espera a que Ochako entre para cerrar la puerta él mismo. El silencio inunda el cuarto, nada que ver con el ruido del exterior que hacía todo más fácil.

En realidad, la oficina siempre había sido la sala de la casa. A su madre no le gustaba tanto la idea de ocuparla y solía tener más trabajo de la resistencia que visitas sociales por su cargo, así que ambientó la sala con un simple escritorio que papá le hizo y no hubo que hacer más lío. En realidad, una oficina con sofás era mucho más agradable.

Ochako se queda plantada frente al escritorio, esperando a que él tome asiento. Sin embargo él no está dispuesto a hacerlo. A pesar de que era la cabeza de la resistencia ahora, él no seguiría vivo sin esa mujer. Era prácticamente su igual en ese lugar, y así quería que siguiera siendo.

Katsuki hasta el día de hoy había sentido la distancia que los padres de ellos habían puesto. La relación entre ellos no era lo mismo, tal vez porque habían crecido, porque tenían más experiencia sobre los peligros de la vida, porque sus padres habían decidido que su hija merecía una vida más tranquila aunque fuera una simple ilusión. Una vida lejos de la resistencia.

No fue hasta dos años atrás que volvió a encontrarla. Creyó que era una mujer sin casa, y ella creyó que era un soldado. Acabó igual que aquél desgraciado, con una daga al cuello y con las piernas encerradas entre sus muslos. Pudo haberlo matado y nunca habrían caído en cuenta de quién era el otro. Al menos no él.

—¿Te encuentras bien? —pregunta, apoyándose en el escritorio a uno de sus lados. Ella recién se atreve a mirarlo, pero su posición no descansa— No necesitas hacer eso.

—Claro que sí, es el líder. Soy leal y le tengo respeto.

Katsuki frunce el ceño. No hay día en que Ochako cambie de opinión, por más que insista en que entre ellos no debe haber una relación tan distante. Se conocieron de pequeños, jugaron juntos y él siempre la cuidó y viceversa. No hay coherencia en que ella sea un agente más de la resistencia, un agente más bajo su cargo.

—Para ti sigo siendo el chico de la infancia —dice, exasperado. Ochako duda un segundo, se nota en sus ojos. Los mueve de aquí para allá para dejar de mirarlo, finalmente se queda mirando hacia el frente. No parece la mejor decisión porque hay un cuadro de sus padres. Están los de él y los de ella—. Por más que lo intentes, no eres alguien más aquí. Y nunca te trataré de esa forma, no es justo de tu parte que lo hagas.

—¿Necesita algo más, capitán?

Katsuki lo siente peor que una estocada en el estómago. Si se sintiera pasado a llevar, traicionado y para nada respetado, habría actuado él mismo y la echaría de su oficina después de darle un castigo. Le daría la opción de dejar la resistencia, cosa que por supuesto no acabaría bien. Porque realmente Katsuki no ve razón de que alguien esté bajo sus órdenes si ni es capaz de respetar sus decisiones así como él intenta proteger y respetar los derechos de los demás.

Pero la situación es diferente. Es más bien es un asunto de afectividad, no tiene nada que ver con su misión, y no es capaz de pedirle que se largue aunque sabe que ella lo haría por el simple hecho de tener una oportunidad para alejarse. La pregunta era por qué.

Se separa del escritorio y es él quien sale de su propia oficina. Ochako no se mueve, incluso un minuto después de que se ha ido sigue ahí. Mira el cuadro y ve a sus padres. La foto fue sacada tres años después de que se conocieran, de que Mitsuki los ayudara; sus padres tenían una copia también. Estaban en la resistencia, pero sus expresiones no cuentan lo mismo. Si la viera y no supiera nada, pensaría que fue un momento en la vida de todos que era feliz, sin tiranía, sin muertes ni dolor.

A pesar de lo que quiere mostrarle a Katsuki, él tiene razón. Ella no debería tratarlo así, ella no quiere. A ella también le duele verlo así. Conoce a Katsuki, sigue conservando aspectos de cuando era pequeño, sabe lo mal que su actitud le está haciendo.


La noche cae fuera mientras Katsuki intenta sacarle información al soldado de Yaoyorozu. Dice haber huido de su escuadrón, pero la idea es simplemente estúpida. Yayorozu no habría permitido que escapara, porque él piensa igual. Alguien que deserta es un potencial traidor.

Lo agarra del cabello de la nuca y se acerca a su rostro. Es moreno a causa del sol del desierto, porque de lo único que Katsuki ha podido enterarse es de su aburrida vida y de que según dice ha querido desertar desde hace años. Y su familia es originaria del este. A Eijiro le ha ocurrido lo mismo, pero al menos él ha tenido un poco más de paciencia.

Katuski se aleja y aplasta su bota contra su rostro para hacerlo caer de espalda con la silla.

—Verás —le dice por sobre el estruendo—, no me creo nada tu historia y tampoco quiero que me sigas repitiendo tu vida como una cacatúa como si estuviéramos en la hora del té.

Camina alrededor y se acerca a su cuello, donde pisa. El hombre se queja y se remueve, sintiendo la asfixia cada vez peor. No puede usar sus manos, así que su única opción es dar indicios de que confesará.

Pero eso no ocurre hasta que Katsuki sigue insistiendo y el sarraguero finalmente se retuerce tanto como puede que decide quitarle el pie de encima.

—¿Deseas charlar? —pregunta con burla.

El sarraguero lo mira con desprecio, pero con un miedo que no coincide con sus emociones. No parece ser en absoluto un perro de Yaoyorozu, ellos suelen pedir la muerte antes que ocurra cualquier cosa. Y si les quitan la vista, suelen suicidarse con lo que tengan a mano. Ingenio para usar un lápiz, un clip o una piedra no les falta.

—No logro escuchar mi información.

Acerca la bota a su cuello nuevamente, pero el soldado grita.

—¡Espera! —dice a penas, ha estado intentando recuperar el aliento. Mientras intenta soportar el dolor en sus dedos. Fumikage le ha destrozado las manos— Hablaré. Lo juro.

Katsuki detiene su pie y lo mira. Es un chico pálido, desnutrido, deshidratado y con un cabello ondulado azabache que está demasiado corto. A los soldados no se les permite llevar el cabello largo, y a las mujeres tampoco. Desde ahí su madre adoptó la costumbre de mantener su cabello corto, y muchos dirían actualmente que es la versión masculina de Mitsuki. Lo único que heredó de su padre fueron los rasgos y la mandíbula afilada.

—La Sacro nos envió a una misión en las dunas de Aegdro. Pero no sabíamos en busca de qué íbamos, y no me quedé a descubrirlo. ¿Sabía que existen seres oscuros y temibles en el desierto? Podrían matar a 20 elefantes y 50 dromedarios sin que se den cuenta. Jamás fui amante del desierto, lo odio desde pequeño, y no iba a quedarme a averiguar de qué se trataba todo.

Katsuki, inmutable, vuelve a acercar su bota.

—¡Espera, te he dado información!

—Información que de nada me sirve —masculla, apoyando la punta de su calzado mas no presionando—. Te dije que no quiero saber tu color favorito y la comida que odias, no es una pijamada. Y tu excusa tiene tantos huecos... Si te diera una paliza por cada vez que te atrevas a repetirlo, no formularías ni tres oraciones y estarías inconsciente.

Aplica fuerza sobre su garganta de sopetón y el sarraguero vuelve a chillar. Katsuki frunce el ceño, sintiendo una furia y desagrado enorme recorriendo todo su cuerpo. Solo se detiene cuando la puerta de la celda se abre y Eijiro da un paso dentro, llamándolo por su título.

—Cidger.

—Sigdur —dice, volviendo la vista al prisionero—. ¿Qué se te ofrece?

—Se requiere tu presencia en la reunión. No querrás asistir con ese hedor.

—Y así como vamos se pondrá peor... —murmura, ignorando las palabras del recién llegado, alejándose del sarraguero. Y mientras camina hacia Eijiro, da órdenes sobre el chico— Dile a Cuervo que lo hidrate, no queremos que le ocurra algo.

—Por supuesto, Cidger.

Sin hacer caso a las palabras de Eijiro, Katsuki se presenta en la reunión con el mismo traje y nada más verlo todos fruncen el ceño. Ya luego podrá darse una larga ducha. Por otro lado, su padre solo suspira. De los cuatro es el único que queda, y para Ochako ha sido un apoyo tanto como lo ha sido para él.

Cruza la habitación y toma asiento en una de las puntas. En la mesa están todos los Sigdur, los jefes de escuadrones. Cada uno tiene por lo menos doscientos hombres entrenados incluso con más rigor que los sarragueros, los soldados del reino. Los hombres y mujeres eran equivalentes a mil hombres, y el margen de error en sus misiones no superaba el tres por ciento. El reino tenía cantidad y ellos la brutalidad, a excepción de los generales y la Sacro, Yaoyorozu, quien presionaba a sus hombres bajo condiciones mortales en la naturaleza y por medio de opciones poco ortodoxas, todo bajo las órdenes de Enji Todoroki.

Y del otro lado, estaban su padre, Masaru, Ochako y la médico, Melissa.

En completo silencio, sus cabecillas lo miraban expectantes. Eijiro, Kyoka, Tamaki y Hitoshi.

—Normalmente no le tomaría importancia a un soldado descarriado. Pero la verdad es que todos sabemos lo novedoso que es esto —comienza, apoyando el codo en su silla y de ahí, su barbilla en sus nudillos—. ¿Qué dicen ustedes? —pregunta, fijándose en la manzana verde que está en su puesto en la mesa.

—Creo que es una trampa, pero eso ya lo pensaste tú —responde Hitoshi, que mira aburrido la mesa. Todos saben lo aletargado que puede parecer el hombre día a día, pero Katsuki sabe mejor que cualquier otro que es realmente peligroso. Hitoshi es mucho más mente que fuerza, pero desde que su padre lo comenzó a preparar para tomar su puesto como jefe de escuadrón, el chico se volvió más capaz de defenderse. Aún así, su don principal era la habilidad que tenía para persuadir a quien fuera—. Dicen que no ha dado información. ¿Es eso cierto?

Eijiro asiente y se dispone a hablar mientras Katsuki se dobla para alcanzar la navaja guardada en el bolso de su muslo.

—Lo es. Solo intenta excusarse, pero no tiene sentido alguno. Yaoyorozu nunca lo dejaría escapar, y aunque ella no los estuviera dirigiendo, sus compañeros tampoco tendrían otra opción. Todos pagarían por permitirle irse.

—También carece de habilidades, Ochako lo derribó fácilmente —agrega Kyoka.

Sin pensarlo, Katsuki abre la boca mientras estira la mano hacia la manzana.

—Ochako pudo derribarme fácilmente. No tiene que ver con si tiene habilidad o no.

Todos guardan silencio.

—Hitoshi —dice después—. Es tu turno de hablar con él. Haz lo que sea para que hable.

—¿Y nosotros? —pregunta la chica.

Katsuki los mira por un segundo. Tamaki no dijo una sola palabra durante la reunión, pero era normal.

—Kyoka, vigilarás el terreno. Tamaki, sigue tu tarea con los venenos y tráeme un informe lo antes posible. Eijiro, ayuda a Mina a entrenar a los chicos. Debemos estar más preparados que antes y el entrenamiento básico no bastará. Melissa, mantén al sujeto vivo.

Katsuki corta la manzana en dos mientras se pone de pie. Dirige su mirada a su padre y a Ochako y comienza a caminar para ir a la salida a espaldas de ambos.

—Nos vemos en casa.

Antes de pasar el puesto de Ochako, se detiene y deja la mitad de la manzana frente a ella. Después se va sin decir una sola palabra.


Todos sabían de la forma especial en la que Katsuki trataba a Ochako, y a nadie le podía importar menos, en realidad. Sus amigos más cercanos, dos de los jefes de escuadrón y algunos subordinados como Mina, Denki y Sero; de hecho se compadecían de él. Además de saber sobre el trato hacia Ochako y que apoyaran a su capitán, también podían darse cuenta de que ella no correspondía a sus atenciones por más que lo intentara. Ochako seguía empeñándose en tratarlo como cualquier otro lo trataría, con una distancia afilada que impedía a Katsuki hacer cualquier cosa.

Asimismo, Katsuki estaba lamentablemente enterado del apoyo de sus compañeros de la resistencia. Y a veces tenía que aguantar esas conversaciones.

—¿Y estás bien con eso? —pregunta Mina mientras se deja caer en el sofá junto a Denki, que afila una cuchilla.

—¿Qué crees tú? —responde Sero con una risa que le pone los nervios tensos. Desea poder enterrarle la cabeza en el suelo, pero no se vería bien que el jefe de la resistencia usara su fuerza contra sus compañeros. Se obliga a tragarse las ganas y se pone a mirar el cuadro tras su escritorio, girando la silla para darles la espalda.

—Quiero decir, no creo que Ochako no quiera estar cerca realmente. Se conocen de niños. Pero quizás le incomoda ser tratada con cierto favoritismo.

—No es favoritismo —decreta Katsuki.

Mina ríe.

—Lo es.

—Definitivamente —la apoya Denki riendo también, mientras miraba el filo del arma con detenimiento.

Katsuki gruñe y cierra los ojos.

—Quizá es que no lo has aclarado con ella —dice Sero, esta vez intentando darle una solución.

Mina asiente.

—Seria mejor que lo hablaras con Ochako, quizá siente que estás obligado a cuidar de ella a causa de que sus padres conocían a los tuyos. Además, yo que tú hago algo rápido, porque he visto a Hitoshi mirarla con bastante atención —aconseja Denki, recibiendo inmediatamente después un codazo de parte de Mina, que abre los ojos en su dirección con sorpresa y reproche.

—Hitoshi —Katsuki enarca una ceja. Creía que Hitoshi miraba más de la cuenta a todos y que se debía a lo aletargado que solía andar. Nunca pensó en que podía estar interesado en Ochako—. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

Los tres restantes en la habitación guardan silencio y dejan de hacer cualquier cosa para mirar la espalda de la silla. Ninguno se atreve a decir algo, hasta que Mina frunce el ceño.

—¿Estás diciendo que no te importa?

Katsuki da la vuelta y se encuentra con las miradas desconcertadas de sus amigos.

—No veo por qué debería importarme...

Mina boquea, sin entender. Hasta que suspira.

—Eres un imbécil.

—¿Disculpa? —gruñe con el ceño fruncido.

Mina se pone de pie y se acerca a el escritorio, poniendo las manos sobre el para inclinarse hacia Katsuki.

—¿Estás diciendo que en serio no te das cuenta? ¿Acaso no has pensado en por qué necesitas tanto que deje de tratarte como a un jefe?

—La conozco desde hace mucho, no hay razón para-.

—¡Mientes! —exclamó.

—Mina... —advierte con su tono.

—Mina mis ovarios —masculla—. Ni siquiera te das cuenta de cómo la miras, ¿o sólo intentas convencerte de lo contrario?

Katsuki nunca había pensado en las mujeres de la resistencia con un interés más allá de sus capacidades y talentos. Pero sabía que había algo en Ochako que la diferenciaba de las demás, y no era el hecho de que habían crecido juntos. Nunca había pensado a fondo en eso pero sí, lo sabía, se sentía malditamente atraído por Ochako. No podía dejar de mirarla cuando entrenaba, cuando luchaba y cuando estaba amenazando el cuello de un hombre mientras lo mantenía a raya con sus fuertes muslos un poco descubiertos. Intentaba hacer lo que fuera para que lo aceptara como alguien más cercano a la vez que intentaba evitar que un día cualquiera decidiera irse y dejarlo atrás. Y le dolía saber que asistía a cada cena con su padre por nada más que compromiso, pero eso era algo que nunca diría y que incluso pensar lo hacia enojar.

Porque sencillamente no lo sabe. No sabe cuándo comenzó a verla como algo más que su amiga de la infancia.

—Katsuki.

—Tal vez tengas razón.

Mina enarca una ceja con escepticismo.

—¿Tal vez? —insistió.

Katsuki rueda los ojos y vuelve a gruñir.

—Ya está bien. Tengo que hacer la cena, así que largo de aquí.

Como si sus palabras fueran una orden de vida o muerte, Sero y Denki se ponen de pie y Mina hace ademán de girarse hacia la salida. Después de desearle una buena cena y noche, los tres caminan hasta la puerta. Antes de salir Mina vuelve a mirarlo.

—Habla con Ochako. Haz que entienda que no estás obligado a convivir, que es tu elección estar junto a ella.

Sin decir más sale cerrando la puerta tras ella. Katsuki se queda solo con sus pensamientos, pensando en lo extraño y satisfactorio que sonaba eso, estar junto a Ochako. Después de un rato decide dejarlo para pensar en qué va a hacer para cenar.


Todas las noches Katsuki cenaba junto a su padre y Ochako. No había ninguna sola vez que esa costumbre se hubiera roto, incluso cuando estaba en alguna misión hacía todo lo posible para regresar y cenar junto a su familia. Porque finalmente eso eran, eran las personas en las que podía apoyarse y a las que no dudaría en ayudar desde mucho antes de convertirse en el líder.

Aunque si pensaba en Ochako y las palabras de sus amigos, quizás ella no creía lo mismo. Quizás era un compromiso que debía cumplir y él, a causa de eso, no debería sentir el deseo de que estuviera protegida.

Distraerse en sus pensamientos casi le cuesta un trozo de dedo, pero al final los otros dos se unieron a él en la sala mientras charlaban y luego se sentaron a la mesa cuando la cena estuvo lista. El mueble era pequeño, siempre habían sido pocos en la casa y nunca habían necesitado más. Katsuki tomó las manos de ambos y su padre cerró los ojos para comenzar a rezar. Una vez acabó, Katsuki miró a Ochako, solo para darse cuenta de que incluso si ella no estaba a gusto ahí, él no podría guardar resentimiento contra ella.

No importa qué. Siempre iba a querer que estuviera a salvo.

—¿Pudieron conseguir algo más? —pregunta su padre.

—Hitoshi sigue trabajando en eso, pero parece un poco más dispuesto a hablar. Aún queda camino por recorrer para tener la información que necesitamos, y para que nos diga la verdad —responde y justo después frunce el ceño—. Pero no hablemos de eso durante la cena. ¿Qué estuviste haciendo antes de la reunión?

Masaru sonríe afablemente. Su padre siempre se caracterizó por su personalidad tranquila y amable, aunque también había participado activamente años atrás junto a su esposa. Juntos luchaban y juntos regresaban a casa, hasta que un día simplemente no ocurrió.

—Ah, estuve hablando con los niños. Pensé que podían tener algunas dudas y, en realidad, quería asegurarme de que quisieran hacer las cosas para las que los preparan. Los mejores son siempre los que quieren luchar por la causa, y obligarlos no traerá nada bueno —explica—. Ochako, querida, ¿te has sentido cómoda?

Al escucharlo Katsuki se da cuenta de que ni siquiera frente a su padre Ochako puede disimular suficiente su rechazo, considerando que él solía hacer esa pregunta constantemente. Quizás él mismo lo ha ocasionado, quizás deba dejar de tratarla como lo hace, al menos frente a los demás. Nunca pensó en que podía estar acorralándola.

—Sí, Masaru. Muchas gracias por la preocupación —le contesta sonriendo.

—Por cierto, ¿sabes quién dejó esa manzana en la sala de reuniones? —pregunta otra vez, esta vez a él.

Katsuki alza la cabeza de su plato, adornado con papas, carne de vacuno y brócoli. Nunca lo pensó porque una mísera manzana no merecía atención, pero era cierto que nunca antes había llevado alguna manzana consigo y era desconcertante que hubiera una justo en su puesto. Podía haber sido algún niño, o quizás Mina, que solía decirle que comer frutas era saludable y que le faltaba hacerlo. No lo sabía, realmente, pero una vez más no merecía su atención.

—No lo sé, padre. Tampoco importa.

—Se veía deliciosa —comenta.

—Melissa —dice Ochako, mientras lleva el vaso con agua a su boca.

Ambos hombres la miran, sin comprender del todo.

—Ella la dejó —aclara después de tragar el líquido. Deja el vaso en la mesa y sigue comiendo.

Katsuki la mira con atención, buscando algo, lo que fuera, pero solo es capaz de ver desinterés. No puede evitarlo, se le va el apetito, aunque debe seguir comiendo ya que largarse sólo conseguirá levantar sospechas de su padre. Se da cuenta de que no lo consigue cuando Masaru lo mira fijamente.

Suspira silenciosamente y lo decide. No puede estar preocupándose de Ochako mientras intentan sacarle información a un hombre que entró a su territorio. Por lo poco que saben, perfectamente podría haber sido una carnada de Yaoyorozu y mañana mismo podrían estar siendo atacados. Su problemática relación con Ochako que no va a ningún lado debe ser sí o sí una prioridad desplazada a segundo plano.

—¿Volverás a tu casa cuando terminemos, Ochako? —indaga su padre.

Ella lo mira un poco sorprendida, pero asiente.

—No hay otra cosa que pueda hacer, ¿o sí? —contesta amablemente.

Masaru ríe.

—Es cierto —dice—. ¿Pero por qué no te quedas por hoy? Tenemos la habitación que usaban tus padres hace años, y estás tan sola, hija. Saber que tienes algo de compañía cerca, ¿no te gustaría eso?

Katsuki ve lo insegura que está sobre la propuesta. Él por su parte se pregunta qué ha pensado realmente su padre para ofrecer algo así. Hace un año había preguntado varias veces lo mismo, pero desde que Ochako dijo que se sentía más cómoda en su casa, Masaru desistió. Ahora estaba claro que no esperaba oír de nuevo aquello, al igual que él, que maldice internamente a su progenitor.

—No sé si sea buena idea. Es su casa, de ambos, yo no-.

—Tonterías. Eres como de la familia, Ochako. Toda la vida jugaste con Katsuki, y prometimos a tus padres el día que naciste que cuidaríamos de ti si nos necesitabas. Verte tan sola no me gusta, pero si dices que no...

—Está bien —dice de inmediato, riendo un poco nerviosa—. Le agradezco que siempre se preocupe por mí.

—No es nada, hija. Y no solo yo, Katsuki también se preocupa por ti —responde—. Nunca dudes de nuestro deseo de verte bien.

Katsuki no quita la mirada de su comida, y por un segundo está seguro de sentir la de Ochako sobre él. La conversación le está dejando un sentimiento de frustración en el pecho, se pregunta cuál es la diferencia entre su padre y él, por qué ella acepta cada cosa que dice pero no es capaz de tratarlo a él como lo que se supone que es, alguien en quien sabe que puede confiar. Lo sabe porque en el principio eran cercanos, cuando supieron quién era en realidad el otro, Ochako era la persona más fastidiosa y grandiosa con la que había tratado. Para ella no era el líder, era su amigo y le gustaba pasar el tiempo con él. Lo sabia, lo notaba. Estaba presente en su oficina varias veces al día sólo para ofrecerle cosas, llevarle galletas, hacer preguntas tontas o simplemente charlar.

Ochako era...

Katsuki sabe que es la persona con más amor del mundo. Pero no iba a preguntarse más por qué no quería darle una parte de el, simplemente no podía.

Suelta el agarre sobre su tenedor y toma el último trozo de papa, para después empujarla hacia dentro con el resto de agua que quedaba en su vaso. Ambos siguen hablando, y Katsuki los mira durante unos segundos. Cuando su padre se gira a mirarlo, Katsuki hace ademán de tomar su plato y su vaso.

—Si me disculpan, ha sido un día agotador —dice, sabiendo que les está soltando una enorme excusa y que él nunca hace eso, porque lo odia—. Que disfruten de lo que resta de su cena. Iré a mi cuarto.

Va a ponerse de pie cuando lo recuerda: evitarla no sirve de nada. Si quiere dejarla de lado, intentar quitarle toda importancia sólo conseguirá hacerlo peor al final.

Entonces la mira.

—Espero que estés cómoda aquí, no te preocupes por nosotros. Mi padre tiene razón, estás demasiado sola.

Termina de ponerse de pie.

—Que descansen esta noche.

—Gracias hijo, tú también.

Ochako no dice nada pero puede escuchar su voz cuando su padre sigue hablando. Cuando deja las cosas en la cocina y va de vuelta, pasando por el costado de la mesa, no los mira y se apresura a llegar a su cuarto. Tiene una cama pequeña, la que siempre ha tenido desde los cinco años, y su habitación no tiene absolutamente nada además de eso y un escritorio. En él hay una lámpara y tiene varios cajones, pero no hay silla.

Cierra la puerta después de entrar y se acerca a su cama, donde se sienta y se queda mirando el suelo. No hay remedio, y mañana debe seguir siendo el líder de más de ochocientas personas.