De verdades innegables.

Capítulo único.

Tres verdades.
1/2.

Estaba cerca de amanecer cuando el milenario Inukami Daiyōkai abrió sin muchos preámbulos su ambarinos orbes, que brillaron intensa e indescifrablemente mientras escudriñaban el techo de la habitación donde reposaban ambos cuerpos. Se permitió a sí mismo unos segundos, más de los que en realidad necesitaba, para procesar los aromas que impregnaban la habitación, todos y cada uno de ellos; con muda duda repitió la acción. Acabó acertando, como era lógico. Este reciente descubrimiento ocasionó que una minúscula sonrisa ladina apareciera fugazmente en su pálido rostro apolíneo.

Tres días. Hacían ya tres días que compartía lecho marital con ella. Con Rin, su protegida y ahora recién reclamada mujer y señora del oeste. La menuda y joven fémina yacía durmiendo casi enteramente desnuda a su costado, envuelta vagamente por algunas pieles que a estas alturas de la noche se encontraban sobre su cuerpo por motivos más bien decorativos. Ambos se encontraban en su lecho compartido; la inmensa habitación se ubicaba en el flanco derecho de una extensa y lujosa propiedad y ciertamente contaban con la mejor vista exterior e interior. Por un lado tenían las imponentes montañas a sus pies y, por el otro, un privado y basto jardín con una mezcla de exóticos olores y colores. Al centro de la habitación se hallaban ellos, en una gran cama cubierta por los más finos textiles que aportaban suaves caricias bajo su contacto, así como una nada modesta cantidad de pieles para mitigar la brisa fresca que soplaba a ratos y parecía tener efectos sobre el cuerpo humano de su cónyuge. Con ayuda de su brazo izquierdo la haló, aún más, hacía él de manera suave pues no quería despertarle por sus recientemente descubiertas manías posesivas; terminó por acunarla dócilmente sobre su flanco y pectorales. Acción que sin duda sorprendería a quién le conociera.

Se tomó la tarea de ordenar cuidadosamente con sus garras cada hebra castaña que rebelde cubría su rostro, de manera que su cabello no estorbara el escudriñamiento que tenía lugar en ese momento. Sus rasgos aniñados y redondeados hacían algunos años que fueron sustituidos por facciones más bien lineales y asertivas. Dejando relucir con plenitud sus angulares pómulos, sus tenues pecas doradas esparcidas traviesamente sobre su tez apiñonada y, claro, cómo olvidar sus grandes y expresivos ojos chocolatosos. Vaya tramposa combinación que portaba ella ignorante a sus tiernos diecinueve años de vida. Combinación misma que sordamente venía nublando el sosiego del propio Daiyōkai por una larga temporada ya.

Si tan sólo su yo del pasado pudiera verle ahí, con el cuerpo sudado y enredado con el de una mujer de raza humana después de una sesión pasional.
"Una asquerosa raza inferior y despreciable" o algo así habría objetado.

Tuvo ganas de soltar una fuerte carcajada, pero eso no sucedió, claro está. Pues era él, en efecto, el maestro del autocontrol.
No le gustaba sentirse vulnerable y le gustaba todavía menos exponerse como tal. No con nadie. Jamás. Con nadie…excepto ella. Esa fue una decisión que ni siquiera tuvo la libertad de tomar. Ella la había tomado por él sin saberlo, y bueno, a él no le gusta negarle nunca nada.

Habían en su mundo tres verdades innegables.

1) La primera verdad innegable es que cualquier cosa que Rin desee en esta vida puede ser considerado un hecho. Ipso facto, además. No habría fuerza en este mundo que pudiera impedirle cumplir con el auto asignado cometido de satisfacer a la humana mujer.

En el pasado, sólo una vez pudo negarle algo; una bobada, en efecto.
Ella deseó alguna tontería que usaban los humanos para distraerse y juguetear. Lo consideró como una perdida de tiempo al no ser catalogado como un artículo de vital necesidad. Lo que sucedió su severa línea -No tenemos tiempo para tonterías, vámonos- fue un compungido y apagado rostro acompañado por, lo que la pequeña niña juró inaudible, suspiro tristón. Acto seguido Sesshōmaru supo, ya muy tarde en su vida que, si tenía corazón, este ya pertenecía a la entonces chiquilla ruidosa.

Rin obtuvo, pues, esa misma noche dos cosas:

La primera fue una enorme dificultad para elegir con cuál de todos esos divertidos objetos que fueron depositados a sus pies, de mala gana por un secretamente muy sorprendido Jaken, jugar.

La segunda fue el regreso de su habitual expresión jocosa y achispada, regalándole secretamente a su señor, una ola de etéreas carcajadas que volaron por toda la habitación con el único objetivo de anidarse en su memoria como un intangible y perenne tesoro al cuál, sin saberlo, recurriría posteriormente en los momentos donde buscara la serenidad.

2) La segunda verdad innegable es que Sesshōmaru se encontraba sencillamente derrotado. El ahora más poderoso perro demonio existente en la tierra había perdido, ya hace tiempo, una batalla que no sabía siquiera estaba luchando. Sí, el milenario peliplata se había enamorado. Estúpidamente y en contra de su mejor juicio. Fueron muchos sus intentos en el pasado por cortar todo lazo afectivo con la castaña pues llegó a considerarlo inapropiado y en contra de su naturaleza linajuda. Probó de todo, desde distracciones con sabor a cobardía y excusa mientras marchaba bajo el estandarte de conquista y la construcción de su gran imperio, hasta el llegar a separarse de ella; dejándola a cargo de los amigos de su estúpido medio hermano en aquella pequeña y feúcha aldea. Intentó vivir sin ella, sólo para descubrir que eso pudo pero ya no podía ser y que necesitaba unir su vida a la de él en todas las formas existentes.

Dejó todo orgullo de lado y acudió a su respetado padre en busca de un consejo o una iluminación divina. A esas alturas, cualquier cosa que mitigara su confusión. La ayuda le fue brindada, no enteramente por él y de la manera más inesperada cabe agregar. No pudo quejarse mucho, después de todo su cometido se realizó exitosamente. El tiempo pasó y con él su respuesta llegó; una fuerte y clara afirmación. Dejando en él, más que nunca, el deseo latente de reclamarla, de una vez por todas, como suya y sólo suya.

Un latigazo de tonto orgullo masculino lo azotó, pues así llevaba haciéndolo ya tres noches seguidas. Para elevar su presunción aún más se permitió conmemorar el hecho que Rin ha sido, es y será sólo suya y que lo parta un rayo si dejase que alguien más le ponga un dedo encima. Esto no se trataba de un mero asunto carnal, no. Iba más allá de toda cosa banal, pues él se encontraría a merced de la frágil y humana mujer para satisfacerla en todo lo que desease; blanco, negro o gris, en esta vida o en la siguiente. Pasó de temible conquistador a manso lacayo sin poner siquiera resistencia.

Interrumpiendo el curso de sus pensamientos, la mencionada se revolvió suavemente en sus brazos. Tal vez buscando poner su fortaleza a prueba o el confundir su mente con el despertar de una nueva gama de emociones que hasta hace no tanto desconocía, o buscaba, quizá, sólo algo de su calor. Sesshōmaru sólo optó por acercarla un poco más a su centro, la verdad es que estaban ya tan juntos que esta acción se antojaba para interpretarlos como un sólo ser; le arrojó también una gruesa piel en caso de que no fuera sólo su alma la que buscaba calor. Eso pareció bastarle pues su pequeño rostro se enterró sobre su pecho y continuó su despreocupado soñar en la intimidad de su lecho marital, absorbiendo todo calor que él le brindaba.

3) La tercera verdad innegable es que InuYasha es un reverendo idiota.

Una verdad simple y sencilla que no requería explicación alguna.

Una verdad que él tenía la inaplacable necesidad de exponer en cada oportunidad presentada, además.


De un hanyō y su dicacidad.
2/3.

Bien podría uno pensar que el juicio del hanyō no viene ahora al caso pero sí que lo hace.
El estúpido híbrido orejas de perro jugó un papel en sus vidas más importante de lo que le gustaba reconocer para sí mismo.

El muy idiota ha tenido tremenda calentura latente en estos últimos años, dejándole como resultado un par de cachorros con su mujer, la extraña y descocada sacerdotisa del futuro. Razón por la cual su protegida se encontraba deseando ferviente y no tan secretamente un crío; todo gracias a la convivencia constante con la numerosa familia que el hanyō de InuYasha había estado formando.
Rin solía ayudarles a cuidar de sus cachorros en tiempos de necesidad. Fue así que despertó en ella ese nuevo deseo.

El deseo de amar y de ser amada.

Siendo Rin tan parlanchina como era, no fue capaz de expresárselo bajo un diálogo. Tal vez por temor y vergüenza al rechazo de sus más puros y ardientes sentimientos.

Su nuevo y ferviente deseo escapaba de sus labios en forma de prolongados suspiros. De su mirada lejana y añorante apuntando al horizonte. Se depositaba en esos encuentros íntimos que nacían al mirarse largo y tendido cada vez que él la visitaba. Deseo. Un deseo latente que pedía vivir.
Era algo a lo que los humanos llaman "Anhelo".
Sesshōmaru no era ningún tonto, por el contrario. Pudo rápidamente comprenderlo todo. Y como una verdad innegable en su mundo, probablemente la más importante de todas; él no posee la capacidad de negarle nunca nada a su frágil y pequeña humana.

Decidido originó con sus propias manos el momento de íntimas confesiones y la abordó. El tiempo había llegado demandando su respuesta. Se miraron largo y tendido en una cándida profundidad. Presto y en completo silencio todo estuvo dicho para ellos. Su tiempo había iniciado.

Fue sin lugar a dudas una larga espera para ambos, a ratos tortuosa para Sesshōmaru y a ratos desesperanzadora para Rin; sin embargo, fue esa misma espera la que en antaño los estuvo preparando; la que los dirigió al camino que, no tan secretamente, ambos ya estaban deseando recorrer en mutua compañía. Ahora listos para brindarse plenamente su confianza.


Hijo de la Luna.

3/3.

Después de sólo tres noches compartidas, se encontraba realizado su cometido. Su propio aroma se había fusionado con el de su agraciada compañera, ocasionando el nacimiento de uno nuevo y muy peculiar que le resultó al instante agradable. Sonrió para sí complacido. Fiero de sí, se sintió de pronto hinchado en orgullo. Esta reacción le sorprendió sobremanera, más no la rechazó. Por el contrario, se sorprendió a sí mismo deseando la llegada de este cachorro al mundo. Su cachorro. Imaginó sus características físicas, fantaseó incluso con su personalidad y las habilidades que tendría en combate. Haría de él un guerrero o guerrera excepcional. Su crío sería respetado por la comunidad demoniaca y humana por igual. No habría punto de comparación entre la prole de su medio hermano.

Su descendiente natural sería supremo.
Sería intocable.
Sería un hijo de la luna.
Y por consiguiente portaría su estampa en las sienes con orgullo y virtud, cuál su propio ejemplo.

El amanecer los alcanzó y el cuerpo que descansaba sobre su pecho se movió y desperezó desvergonzadamente. Tal como lo haría un viejo conocido y amante. Al fin de cuentas, ella sabía se encontraba en total confianza y seguridad en sus brazos. Una vez completamente despierta, Rin buscó su dorada mirada. La encontró rápido, pero bajo un código que no supo descifrar. El peliplata la escudriño con lo que parecía ser ternura. Tomándose su tiempo, levantó las comisuras de los labios formando una minúscula pero orgullosa sonrisa y acomodó su propio cuerpo a una cómoda altura para su amante. Enseguida, tuvo lugar un contacto físico abrazador. Él la besó con hambrienta parsimonia mientras colocaba la masculina mano sobre el, aún plano, vientre de su mujer. Un movimiento firme pero suave que a Rin se le antojó como protector. Un movimiento, singularmente inusual, que despertó al instante la curiosidad femenina.
El anhelo refulgió en sus orbes y la sorpresa contorneó sus labios. El gran demonio asintió suavemente y la humana lloró rebasada en emoción.
No hubo una sola pronunciación fonética. No fue necesario. Ellos se comunicaban así, mudamente, y lograban saberlo siempre todo, para el asombro de sus allegados.

De pronto Sesshōmaru descubrió que no sólo había logrado satisfacer pronta y orgullosamente los deseos de su pequeña amante, sino uno propio, que se encontraba hacía bastante y muy bien enterrado en ese viejo corazón que de poco en poco parecía cobrar vida.

Sintió una verdadera emoción que le resultaba desconocida contenida en su basto pecho. Sintió el calor que le brindaba el alma y cuerpo de su mujer desde su flanco izquierdo. Sintió también añoranza y orgullo por su propio sucesor, su bien deseado hijo de la luna. Y, por un brevísimo momento, tuvo un loco y efímero deseo de agradecerle al hanyō de InuYasha por haberlo llevado secretamente a este punto crucial en su vida.

Hilarante.

¿No es él acaso El Gran Sesshōmaru; poderosísimo y temido Inukami Daiyōkai?
Él no vive en este mundo para complacer estúpidos caprichos ni fervientes o ilusos deseos.

No para nadie.

No al menos que tengas la afortunada casualidad de llevar "Rin" por nombre y unos grandes y bien expresivos ojos chocolatosos capaces de desarmarlo; o que cuentes, por otro lado, con la verdadera y extraordinaria suerte nacer siendo el venerable pequeño hijo de la luna.

De ser así, tendrías asegurada tu voluntad en la vida y el destino del mundo a tus pies. Todo a manos del gran y más poderoso demonio perro existente. Antiguo azotador de almas, hoy constructor de sueños y deseos.