Personajes: Yamato y Momoe Inoue

Género: Angst

Palabras: lobo y cocina

Autora: MonoAzul

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Engranes

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Una cocina. Susurros.

—Dicen que no pueden hacer el velatorio a todavía.

—¿Cuestiones de dinero?

—No… —suspiró la mujer—. Es el cuerpo. Aún no está presentable.

—¡Oh, Santo Cielo! ¡Pobre madre!

—¿Cuál era su nombre?

Yamato abrió los ojos. Observó el ambiente tranquilo y ajeno de la cocina de su propia casa, donde apareció sentado una vez mas, mientras en sus manos giraba un pequeño colgantito de metal en forma de lobo. El ojo derecho le latía, el zumbido apenas empezaba. Odiaba todo, odiaba su vida, si se le podía llamar vida a ese devenir sin sentido de tiempo desordenado.

Sabía que estaba en tratamiento, que había sobrevivido de alguna forma. No sabía mucho más. No podía comunicar mucho más. Recordaba un destello y un estruendo al culmen de la última canción de su pequeña banda, y ese rostro de niña.

Quinientas cincuenta almas, y solo recordaba el rostro redondo de aquella adolescente con gorro rosa de lana.

A lo lejos se escuchaba el noticiero, con titulares monótonos que él evitaba escuchar. Su mente embotada aún procesaba los últimos acordes de la última canción de aquella noche.

—¡¿Está bien?! ¡Joven! ¡Necesitamos que se mantenga con nosotros! ¡Joven! Díganos su nombre.

¿De qué hablaba el sujeto? Si se llamaba Yamato, ya se lo había dicho como cuatro veces.

En medio de las luces de los bomberos, los gritos, los cuerpos aplastados, el fuego, el humo y los paramédicos, sólo ese rostro y esa ultima canción.

—¿Cuál era su nombre? —preguntó al vacío aturdimiento que sentía, mas su voz no salió, nunca más lo haría. Un tibio escozor recorría su frente, tocó con su mano su sien derecha, y era sangre. Su sangre.

Cayó sin sentido, en una dulce sensación de adormecimiento y se hizo la oscuridad.

Atardecer en el pasillo desierto de una escuela. Una niña trémula ofreciéndole un pequeño paquete.

—Esto es para usted, Ishida-san, por favor acéptelo. Es de parte mía y de una amiga.

Una falda tableada un poco larga y poco sentadora, pelo corto y el indiscutible perfil Inoue. ¿Cómo era que se llamaba? No podía recordarlo. Se lo preguntaría a Takeru, que conocía a la hermana de la chica que tenía en frente. Se cruzó el estuche de su bajo al hombro y con el pequeño paquetito rosa en la mano se alejó sin responder nada, haciendo una pequeña reverencia a la muchacha que evidentemente estaba conmocionada por el contacto accidental de sus dedos sobre los suyos.

El pequeño paquete, finamente envuelto en papel rosa, de esos de supermercado, llevaba una pequeña figurita colgante que a él le pareció graciosa. Un lobo azul de metal. Sí… el lobo, lo recordaba, ¿por qué le dolía la cabeza? ¿Serían nervios por el concierto de esa noche?

Un rostro redondo, simple, común, poco agraciado. Un cuello corto, una aire no exento de ternura de aquella cabeza femenina sobre sus hombros de colegiala… unos ojos asustados, desorbitados, llenos de pánico mirándolo atónitos, una mejillas salpicadas de sangre.

Suspirando, con palpitaciones, agotado más por aburrimiento que por frustración se levantó en su habitación. Ah, otra vez su versión adulta. Sí, otro salto temporal, otro pestañeo.

Un hombro femenino desnudo, un cuerpo tibio de mujer, sugerentemente desnudo bajo las sábanas a su lado. Un fino mechón de largo cabello castaño. ¿Quién demonios era ella? Sí, era un maldito loco, un delirante. Las horas y los años habían vuelto a pasar por él como el agua por un tamiz; se sentía nuevamente ultrajado por él mismo. Su mente, su espíritu, lo que demonios fuera, habían vuelto a irse de paseo dejándolo solo para que actuara como un autómata.

Se levantó muy sigilosamente, con un miedo fóbico por despertar a la desconocida a su lado. ¿Le habría preguntado su nombre? ¿La conocía? Intuía conocer, y muy bien, ese cuerpo. Sí, de algún lado. Tal vez la amaba. ¿Pero quién carajos era él para despertarla, al final de cuentas? Un canalla miserable además de un loco, eso era.

El lado derecho de su cabeza dolía con la helada sensación de un atornillador vivo, agudizado por la luz viva fuera de la ventana. Fue tambaleándose desnudo a la cocina por un vaso de agua, pero alcanzó solo a abrir la canilla ya que el zumbido era a esas altura enloquecedor. Soltando el vaso y apretando los ojos de dolor y rabia, se agarró la sien derecha, que sintió reventar y quebrarse a la par del vidrio a sus pies.

—¡Basta, mierda! ¡Ya no más! ¡Es una orden! —gritó, pero sus labios no se movieron y su voz no vibró.

El dolor comenzó a adormecerle el rostro con un calorcillo ardiente y odioso. Yamato comenzó a golpear con furia y un puño cerrado su cabeza. Ya era un maldito loco, ¿qué más daba? Quería que se fuera.

—¿Qué te sucede, Yamato?

Suspirando y con el corazón acelerado, Yamato se pasó la mano por la cara, parando su puño. Se sentía mareado y fuera de sitio. Incrédulo se vio a sí mismo vestido, vio su antiguo camerino de adolescente, palpó su rostro de 14 años, el aire invernal, vio a Akira y a Yutaka preparándose para salir al maldito escenario de esa maldita noche.

Otro maldito salto.

—Estoy loco —dijo sonriendo.

—¿Eh? No me digas que bebiste —inquirió su baterista, escudriñándolo con sorpresa.

Yamato, pensativo, admiraba el paquetito rosa con la tarjeta con un lobo metálico pequeño en azul y negro encima de su mesita de camerino. Lo tomó. Ese paquete…¿Sora? ¿Cómo era? No podía recordarla. No, no era de Sora.

Del dolor, apenas el zumbido. El nombre… ¿cuál era? Ese rostro redondo y sin gracia, ese perfil de niña, ese tacto frío y húmedo de adolescente emocionada.

—Yutaka, se supone que estás muerto hace siete años —dijo sonriendo— pero me alegro de verte. Llamaré a Takeru hoy. Escucha Yutaka… todavía puedo hablar. —Sonreía con expresión perdida mientras deglutía con dificultad un hilillo de sangre, causado por la tensión de sus mandíbulas.

—¿Eh? Bebiste, ¿verdad? ¡¿Qué rayos te pasa?¡

Yamato, sonriendo, tomó el bajo cerca suyo y afinó su instrumento sin dignarse a contestar, concentrado en la vibración de las cuerdas en su mente, nunca alcanzando el tono. El nombre. El maldito nombre.

Una explosión, un trance. Era lo que pasaba dentro suyo al salir a interpretar su música a un escenario, mezclado con los gritos de la ola de gente y los rostros femeninos emocionados. ¡Cuánto odiaba ese tipo de atención!

Si tan sólo no tuviera ganas de vomitar sus tripas. ¿Y si hablara? Ja, ja, qué estúpido… si él no podía hablar, era afásico y amnésico desde la explosión.

Pero aún había tiempo: ¿si les dijera que menos de 30 personas vivirían para el final de la noche, incluido él, quedando condenado al silencio y loco? Admiró la muchedumbre torpe y adolescente, buscando a la portadora de ese rostro.

Sí. Allá en primera fila, el gorrito rosa de la tarde, detrás del gran parlante, fumando un cigarrillo a escondidas…

Había invitado a Taichi, a Sora… se arrepentía de haberlo hecho. Ni siquiera recordaba sus malditas caras. Al menos vivirían para contarlo. No como él, que viviría sin poder contar nada.

La explosión se llevaría medio millar de almas aquella noche de invierno.

La misma explosión que le quitaría sus memorias, su voz, su noción del tiempo… todo excepto aquel rostro de apellido Inoue, que recordaría nítidamente al servirse como siempre un vaso de agua en su cocina, siete años después, idiotizado y sin otra ligación al mundo fuera de ella.

El zumbido premonitorio recrudeció. El dolor empezó justo después con aquella sensación de clavo gélido en su cabeza, los ojos se le nublaron de lágrimas de dolor y angustia a los reflectores. Sus vísceras le decían que era la última vez que vería este escenario, la desesperación le sofocó el pecho.

Una niña de gorro rosa, de apellido Inoue, observándolo con ojos inocentes en primera fila.

Bueno, mierda, no importaba.

—¡Escuchen todos! ¡Habrá una explosión, una bomba! ¡Huyan! ¡Deben salir inmediatamente de este lugar!

—¡Tú! —dijo señalando a Inoue Algo—. ¡¿Tú estás relacionada con todo esto, verdad?!

Pero de su voz, nada. Otra vez aquella maldita afasia. ¡Si hace unos minutos había podido hablar! ¡Mierda, lo que daría por poder gritar con todas sus fuerzas!

Cayó de rodillas presa de unas nauseas infernales, con el dolor semejante a una gélida lanza electrificante en su sien derecha. Lanzó una última mirada de súplica a la niña y sucedió.

La explosión.

Primero un estruendo terrible, una luz cegadora y luego oscuridad y adormecimiento. Humo, gente chillando sin voz, cuerpos ensangrentados, fuego y escombros en todas partes.

Yamato sonreía por lo absurdo. No sentía dolor, no sentía nada. Había volado por los aires varios metros abajo del escenario. Un escozor en su frente, una sensación gélida en su cabeza. Aquel rostro, ensangrentado y con ojos de pánico se le acercó, sintió un par de manos sobre sus hombros, su boca gesticulando lo que parecían gritos, la tibieza de la sangre bullendo a borbotones de su cráneo…

—Dime tu nombre —dijo aferrándose a su abrigo con garras crispadas, siempre con el colgante en su mano—. Tu nombre … tu nombre. —Y no sintió nada más.

—¡Joven! ¡Necesitamos su nombre!

—Está en shock, al parecer.

El paramédico le dio un par de palmaditas en el rostro, le pasó una linterna por las pupilas.

—Parece estar bien para mí. ¡Eh, niña, dinos tu nombre, por favor!

—I-Inoue… Inoue Momoe.

—Quédese despierta por favor, Momoe. —El paramédico la revisaba y se sentía incómoda con sus manos presionando su tórax, su abdomen y piernas, pero aparte de unos rasguños, había salido ilesa. Estaba en una ambulancia, tendida en la camilla sobre una tabla. Era un milagro.

—¿Recuerda lo que pasó?

—U-una e-explosión… —dijo ella con voz trémula.

—¿Siente algún dolor? —El médico presionaba su abdomen.

—N-no… —decía Momoe con los ojos bañados en lágrimas—. El muchacho que estaba conmigo, ¿cómo está?

—Oh, niña, eso no importa ahora. Descanse. Usted está viva e ilesa. Es francamente un milagro.

—Por favor. ¿C-cómo está?

Los paramédicos se miraron.

—Lo lamento mucho, Momoe, falleció. Un trauma severo de cráneo. ¿Sabes el nombre del chico?

Momoe tenía en sus manos el pequeño colgantito de lobo de su regalo y mirándolo dijo:

—Ishida… sí. Ese es su apellido, pero… —Las lágrimas corrían por su rostro blanco y crispado de terror—. No recuerdo su nombre.


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MonoAzul: Lamento muchísimo la demora, encima es horrible pero es lo que salió. Gracias por leer. Saludos a todos en su cuarentena.