Personajes: Yamato y Ken
Género: Romance
Palabras: cocina y luna
Autora: Jacque-kari
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Mi tipo de chica
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Yamato no estaba seguro de cómo había hecho Takeru para encasquetarle a Ken en el departamento cual mueble viejo que no tuviera dónde dejar. Estaba seguro, segurísimo, de que algo ocurrió entre ese comentario casual que le hizo días atrás de "tienes mucho espacio aquí" (al tiempo que le robaba una galleta de la cocina) y el momento en el que ambos, su hermano y su amigo, aparecieron un sábado en el umbral del departamento, el uno con una sonrisa dentada y el otro con maleta en mano. Pero por más que se esforzó en llenar la laguna mental del tiempo intermedio no lo consiguió.
En realidad, la respuesta era muy sencilla. Simple y llanamente Takeru se la había jugado… otra vez y para variar (¿o para no variar?). Ahora no le quedaba más remedio que aceptar al chico Ichijouji como inquilino por unas semanas. Por lo visto el trato era ofrecerle alojamiento en su departamento mientras se conseguía un piso propio, ya que no conocía a nadie más en Tokio y en una semana comenzaba sus clases en la Academia de detectives.
—Serán solo unas tres semanas, un mes a lo sumo —le aseguró Takeru, como queriendo enmendar el lío en el que lo había metido el muy canalla—. ¿A que no dejarías a un amigo en la calle, Yama? ¿Verdad que no?
—Disculpen… —Ken atrajo la atención de ambos hermanos hacía sí mismo. Seguía en el umbral, aferrando una maleta mediana con ambas manos—. Yamato-senpai, no quiero incomodar. De verdad puedo quedarme en un hotel o… o buscar otra opción. Quizá alquilar una habitación sea lo mejor.
Seguramente había captado la mirada de Yamato en cuanto le vio, la que pasó rápidamente de la sorpresa inicial a la consternación. El rubio no solía hablar mucho de lo que sentía, pero en ocasiones su rostro le traicionaba, y estaba claro que Ichijouji era bastante perceptivo.
Takeru tuvo el descaro de mirarlo con reprobación, como si le dijera: "—¿Viste lo que has hecho? Ahora el pobre Ken se siente una carga. ¡Di algo para arreglarlo!". Incluso lo apremió con un movimiento de cejas.
Yamato se preguntaría siempre por qué le hacía caso a su hermano menor.
—¡No! —replicó con torpeza y una voz demasiado aguda. Carraspeó para parecer más natural—. Quiero decir, no será ninguna molestia. Puedes quedarte aquí, Ichijouji-kun. Tengo una habitación extra.
—Vamos, ya lo oíste. Entra —lo animó Takeru—. Te enseñaré dónde dormirás. Yo mismo me he quedado aquí alguna vez. ¿No, hermano? —preguntó mientras conducía a Ken por el pasillo como quien fuera el dueño de casa.
—Sí, la habitación ya está acondicionada, pero podemos cambiar las sábanas.
Ken asintió con timidez y halagó el pequeño espacio que sería su dormitorio durante las próximas semanas.
Decir que al principio Yamato se sintió incómodo sería quedarse corto. Bastó que Takeru se despidiera de ellos para que un tenso silencio tomara palco en el pequeño departamento entre ambos como un inquilino más. De inmediato se hizo evidente que ninguno de los dos sabía qué hacer alrededor del otro, nunca habían tenido una relación lo que se dice fluida y parecían más dos ratas a las que su maquiavélico dueño, léase Takeru, hubiera encerrado en una jaula para ver qué sucedía, que dos amigos que se conocían desde hace años.
Ken, habiendo dejado ya la maleta en el dormitorio, se sentó en un pequeño sillón y abrazó un almohadón contra su pecho.
Yamato le ofreció algo de beber y cuando éste denegó el ofrecimiento con cortesía, fue a por un vaso de agua para él. Se lo tomó de golpe y regresó al salón, donde el otro chico seguía en la misma posición mirando las musarañas.
—Yamato-senpai, sé que esto debe ser molesto para usted. Por eso cuando dije que podía buscar otra opción hablaba en serio.
El rubio se mordió los labios y lo examinó en silencio, hasta que Ken se sintió incómodo y tuvo que apartar la mirada.
—No me gusta la idea de convivir con alguien —soltó finalmente el rubio con sinceridad; aquello todo mundo lo sabía, se había mudado del departamento que compartía con Hiroaki a temprana edad por lo mismo—. Pero no voy a dejarte en la calle. —Solo en cuanto lo dijo se dio cuenta de que era verdad.
Que por más que la situación lo complicara, no podría dormir en paz si se imaginaba a Ichijouji vagando solo por las calles de Tokio como un alma desamparada. Takeru evidentemente le tendió aquella trampa sabiendo aquello de antemano. Puede que algo de razón tuviera cuando le decía que en el fondo, muy en el fondo, tenía corazón de abuelita.
Yamato podía ser frío, apático y hasta asocial algunas veces, pero no era un desalmado.
Ken, tras unos segundos de silencio, se levantó del sillón e hizo una profunda reverencia que causó que prácticamente toda su melena le cubriera el rostro.
—Se lo agradezco. Prometo que no seré ninguna molestia.
El mayor se mordió la lengua para evitar decir que esperaba que así fuera. Lo cierto era que nunca se imaginó que aquel comienzo tenso transmutaría tan rápido a algo más que agradable y llevadera para ambos.
En solo pocos días Ken demostró ser un ejemplo de inquilino. Era callado, como Yamato, por lo que ambos podían pasar horas sin hablar, cada quien en lo suyo sin sentir esa molesta necesidad de romper el silencio por cualquier cosa de la cual tantos padecían. Pero no solo eso, sino que además era ordenado y aseado, nada de prendas o restos de comida tirados por el suelo como le ocurría cuando Taichi pernoctaba allí, ni tampoco invadió su espacio, como Taichi y Takeru hacían.
Ni siquiera dejó su propio cepillo de dientes en el baño. La segunda noche Yamato lo descubrió llevándolo consigo de ida y vuelta a su habitación.
Tomaba duchas cortas, doblaba su ropa, escuchaba música con audífonos…
En fin, todo lo que podía desearse de un compañero de piso y más.
Sí, porque había más. Por si no fuera ya lo suficientemente perfecto, sabía cocinar.
Al principio desayunaba y almorzaba cosas simples, generalmente compradas en la tienda de conveniencia de la esquina, Yamato lo sabía por la marca de la bolsa con la que volvía y por los desechos en el basurero: el recipiente de unos fideos instantáneos, el envase de unas magdalenas, una botella vacía de algún refresco que no recordaba o el vaso plástico de un café de máquina, esa clase de cosas. No comían juntos, pero si acaso él dejaba algo tirado por ahí, ya fuera en la sala de estar o en el fregadero, Ken se encargaba de lavarlo y guardarlo donde iba. ¿Cómo sabía dónde iba exactamente? Aquel era un misterio.
Yamato seguía dándole vueltas a cuál sería la mejor forma de plantearle ese tema. No era que le molestara, no. Tampoco estaba mal. Pero no era necesario que lo hiciera.
Al cuarto día, se encontraba desayunando sentado a la barra de la cocina cuando descubrió al menor mirándolo a hurtadillas.
—¿Ocurre algo?
Ken se sobresaltó y se sonrojó en el acto, presumiblemente sintiéndose avergonzado de haber sido pillado mirándolo.
—N-no es nada.
—¿Seguro? Porque parecía que quisieras decirme algo.
—Es que… —dudó unos segundos más y suspiró—. Takeru me dijo que es muy celoso con su espacio y sobre todo con su cocina, que no le gusta que ocupen sus cosas, por eso he tratado de usar lo mínimo, pero… si no le molesta, me gustaría cocinar para usted un día.
Yamato dio un largo sorbo a su café y reflexionó sobre lo que el otro le planteaba.
Era cierto. Si había algo que odiaba sobre cualquier otra cosa en el mundo era que se metieran en su cocina, pero era porque generalmente la dejaban hecha un desastre o rompían algo; y sí, de nuevo estaba hablando de Taichi… y un poco de Takeru también.
¿Pero no le había demostrado Ken que era un buen chico? ¿Un chico responsable y ordenado en el que se podía confiar hasta más que en su propio hermano? Con lo que ya sabía casi podría haberlo intercambiado por él.
—Si no quiere no importa. —Ken agitó nerviosamente ambas manos frente a su rostro, seguro malinterpretando el gesto torcido de Yamato.
—No, no es eso. Solo me preguntaba por qué querrías cocinar para mí.
—Ah. —El alivio se marcó notoriamente en el rostro del menor—. Eso es simple. Porque usted ha sido bueno al recibirme aquí y me gustaría retribuírselo de alguna manera. Eso fue lo mejor que se me ocurrió.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Si te sentirías mejor haciéndolo, por mí bien. Además, ya llevas unos días acá. Confío en que no incendiarás ni romperás nada.
—¡No lo haré! —replicó Ken en el acto, sin poder ocultar su felicidad.
Pero Yamato nunca se esperó que el otro le preparara un banquete al día siguiente. Estuvo cerca de cinco minutos mirando anonadado lo que el otro le presentó como la "cena".
Había tantos platillos sobre la pequeña barra que no sabía en cuál enfocar su atención. Mariscos, carne, pollo, verduras salteadas y también una serie de condimentos.
—Preparé de todo un poco porque no estaba seguro de lo que le gustaba —se explicó Ken. Llevaba puesto un delantal que se amarraba en la cintura y en el cuello, y que tenía un estampado de estrellas brillantes.
Yamato se preguntó de dónde lo habría sacado. Carraspeó, tratando de salir del estupor.
—Pudiste preguntar. No creo que pueda comerme todo esto, ni siquiera estoy seguro de que entre los dos podamos.
—No se preocupe por eso, no hace falta que se coma todo.
Pero lo hizo. Quiso creer que por respeto a Ken, que se había tomado la molestia de preparar tantos platillos solo para agradecerle su hospitalidad (forzada y todo seguía siendo hospitalidad), pero lo cierto era que estaba delicioso.
—No sabía que la cocina se te daba tan bien. Parece que los chicos tienen razón cuando dicen que eres un prodigio.
—No realmente —contestó Ken, notoriamente apenado—. A menos que entienda por prodigio una persona que se dedica mucho a practicar cosas. Me gusta experimentar y dicen que la práctica hace al maestro.
—Eres muy humilde, Ken-kun. Pero creo que entiendo lo que dices.
—Como no soy muy sociable tengo más tiempo libre para aprender cosas nuevas y… practicarlas hasta que me salgan bien. No me malinterprete, simplemente cuando me dicen prodigio siento que no vieran el esfuerzo que hay detrás.
—Bueno, no sé si sirva de algo, pero yo sí lo veo —afirmó Yamato. Y era cierto, por primera vez le parecía estar viendo a Ken a través de sus ojos y no de los dichos de Takeru y los demás.
Vio a un joven tímido y un poco atormentado por su pasado que intentaba poco a poco dejarlo atrás, mostrándole al mundo que ya no era aquel chico que cometió tantos errores. Se vio un poco a sí mismo también, y quizá por eso no le costó entenderlo. Quizá por eso, en lugar de decirle lo que seguramente todos le habían dicho ya: "que no se culpara, que nadie lo hacía, que todos cometían errores", se limitó a contemplarlo en silencio.
—Sirve mucho. Gracias, Yamato-senpai.
—Al contrario, gracias a ti. Si quieres puedes ir a descansar un rato. Yo me encargo de lavar.
—Pero…
—Sin peros. Te encargaste de este pequeño banquete tú solo, así que lo justo es que yo lave.
—Vale. Deje solo que lo ayude a recoger…
Yamato y Ken extendieron las manos al mismo tiempo para levantar un plato, por lo que las rozaron accidentalmente y el segundo retrocedió asustado como si hubiera visto un fantasma. Terminó chocando con la pared de atrás.
—¿Estás bien? —Yamato enarcó una ceja, extrañado.
—Sí… puede que al final esté más cansado de lo que creía.
—Pues ve. No tengo problema, en serio.
Ken asintió efusivamente y se marchó al dormitorio de invitados.
Minutos más tarde, mientras Yamato lavaba los trastos, su mente comenzó a divagar llevándolo a pensar que el menor sería una buena pareja. No para él, obviamente. Solo un buen prospecto de pareja. Respetuoso, atento y buen cocinero. Vaya… estaba hecho una caja de sorpresas.
Y además tenía cierto atractivo.
Cerró la llave del lavavajillas y se apoyó de espaldas en éste. Bufó con ironía y se reprendió por estar pensando cosas sin sentido.
-.-
—¿Qué tal tu primer día en la Academia? —Yamato, por alguna razón inexplicable hasta para sí mismo, sintió la necesidad de romper el silencio.
Eran las cinco de la tarde del lunes. Ken acababa de volver al departamento hace unos quince minutos y seguían sin intercambiar más que un saludo hasta ese momento.
El menor permanecía sentado en el sofá, viendo su celular, y Yamato en una silla frente a la barra del comedor, leyendo un libro y bebiendo un café. Afuera comenzaba a llover y pequeñas gotitas se pegaban a la ventana del salón.
Ken levantó la cabeza de lo que sea que estuviera viendo y tardó un poco en responder:
—Bien, estuvo bien. Un poco confuso todo con tanta gente nueva, profesores presentándose y eso. Lo usual.
El rubio asintió y volvió a sumergirse en la lectura.
—¿Puedo…puedo preguntarle algo? —preguntó Ken repentinamente con voz algo chillona.
—Supongo —contestó Yamato sin mucha ceremonia mientras volteaba una hoja.
—Usted... es popular con las chicas.
Aquello captó la atención de rubio, quien terminó por dejar de lado el libro para prestarle atención a su huésped.
—No sé qué decir a eso. Supongo que es verdad.
—Me preguntaba… ¿cómo hace para, ya sabe, lidiar con ello?
—Es difícil. ¿Tienes muchas admiradoras? —preguntó de vuelta, decidido a enfocar la atención en él.
—No es eso. Quiero decir, sí, ¿creo? Antes no me daba cuenta, pero Takeru y Daisuke siempre hablan de ello. Y a veces… me siento un poco acosado.
—Sé de lo que hablas —contestó, empatizando totalmente con lo que le decía—. Pero no sé qué aconsejarte. Las chicas suelen sentirse atraídas por chicos como nosotros, callados y reservados. Al menos la mayoría. Y no es como que podamos dejar de ser como somos sin más.
—¿Y usted?
—¿Disculpa? —Yamato enarcó una ceja, encajando con gracia el vuelco en la conversación e intuyendo hacia dónde se dirigía.
—¿Qué tipo de chicas le gustan a usted, Yamato-senpai? —preguntó con voz suave y modulada, casi contenida.
El rubio lo contempló en silencio, entre tenso y desconcertado. Para su sorpresa, Ken no se cohibió como era su costumbre, sino que le sostuvo la mirada, si no sereno, al menos aparentando muy bien estarlo. Se encontraba muy quieto y algo en su semblante, en su postura envarada, sugería firmeza.
"Ninguna", pensó. Esa hubiera sido la respuesta más sincera.
—No me gusta hablar de eso —contestó en su lugar, asegurándose de usar un tono afilado que no diera lugar a insistencias. No era del todo una mentira.
—L-lo lamento, fui impertinente. —Como si lo anterior hubiera sido una pantalla que se desvaneció en ese instante, Ken volvió a ser el mismo de siempre, tímido y vergonzoso.
—Descuida, Ichijouji-kun. —Le supo mal volverlo a llamar por el apellido, marcar esa distancia con un chico que, en el fondo, no había hecho nada malo. Fue dar un paso atrás en una relación que apenas aprendía a caminar, pero ya lo había dicho.
Yamato se encerró en su dormitorio por el resto del día.
-.-
Un par de días más tarde Ken se levantó en mitad de la noche para ir por un vaso de agua. Cogió el primero que encontró del mueble y lo llenó hasta el tope. Al volverse por poco lo dejó caer en cuanto captó por el rabillo del ojo una sombra junto a la ventana.
Su corazón, que se tranquilizó al identificar a la figura, volvió a agitarse al instante.
Era Yamato.
De alguna manera se las había arreglado para arrastrar el sofá grande hasta dejarlo junto a la ventana y estaba sentado en una esquina, el bajo en su regazo mientras hacía rápidas anotaciones en un pequeño cuaderno.
La luna se colaba a través del vidrio e iluminaba la mitad de su rostro y cabello, haciéndolo lucir platinado y enigmático. Las luces de las farolas de la calle aportaban algo más de luz al cuadro.
Se quedó embelesado mirándolo. Le parecía que en ninguna de las tantas fotografías de sus discos y entrevistas lucía tan atractivo y… tan él. Siempre, a pesar de que sabía posar o al menos podía asumirse que había aprendido con el paso de los años, Ken lograba intuir cierta molestia de tener que dárselas de modelo. No le gustaban las luces y los flashes. Takeru le había dicho eso. Pero viéndolo ahí, tan sumido en su mundo parecía que hubiera nacido para ello.
—Ken —lo llamó Yamato, sacándolo de su trance.
El menor sujetó el vaso más fuerte cuando estuvo a punto de soltarlo por segunda vez en la noche. Pasó saliva.
¿Se veía tan ridículo como se sentía, mirándolo a hurtadillas como un acosador? Como una más de esas fanáticas que lo perseguían a todos lados y querían contemplarlo de más cerca.
Abrió la boca para disculparse y marcharse cuanto antes a su dormitorio, pero Yamato se le adelantó:
—Disculpa, creo que te desperté.
Ken tuvo que agitar la cabeza para deshacerse de las musarañas que parecían enturbiar su mente y poder centrarse.
Estaba sorprendido. Llevaban varios días sin intercambiar más que saludos y frases escuetas. Si bien Yamato dijo que no importaba cuando él le preguntó qué tipo de chicas le gustaban, Ken sabía que lo había incomodado y creyó que nunca más daría pie a una conversación más larga. Ansiaba poder disculparse otra vez, pero hasta ese momento seguía sin hallar el momento oportuno ni la forma… ¿lo sería ahora?
—No, no, para nada. Vine por un vaso de agua y lo vi. Por un segundo me asusté, pensé que alguien había entrado. —El rubio asintió con la cabeza, comprendiendo—. Pero, Yamato-senpai, no hace falta que esté componiendo a oscuras por mí, debería encender una luz.
—No es eso. Estoy acostumbrado a hacerlo, componer en la oscuridad quiero decir. No puedo explicarte por qué, simplemente así la inspiración fluye mejor.
—Comprendo.
Yamato sonrió de lado.
—Está bien si no lo haces y piensas que soy raro, no serías el primero.
—Oh no, realmente no creo que lo sea… bueno, si usted lo es, yo soy más raro. Hago cosas rarísimas.
Ken no sabía por qué estaba actuando como un tonto, pero no podía dejar de hacerlo. ¿Quería consolarle? Yamato nunca le pareció la clase de persona que necesitara el consuelo de nadie, y menos el suyo. ¿Quería impresionarlo? Tal vez… o tal vez solo quería entenderlo como pretendía que hacía.
—¿De verdad? —preguntó Yamato de vuelta, pero Ken supo que no lo decía en serio. Solo le estaba siguiendo la corriente. Percibió el toque de burla en su voz.
—Me disculpo, no sé lo que estoy diciendo. —Bajó el cabeza, avergonzado. Al cabo de unos segundos se atrevió a mirarlo de nuevo y se estremeció al percatarse de que Yamato no había dejado de mirarlo. Requirió toda su fuerza de voluntad no apartar la vista de nuevo. Se dijo que ese era el momento indicado para enmendar el error cometido días atrás—. Entonces, había estado esperando… quería hablar con usted sobre lo del otro día.
—Está olvidado —zanjó Yamato, parecía decirlo en serio.
—Me alegro. Le prometo que no volverá a ocurrir.
—Te creo.
—Entonces me voy a dormir. Buenas noches, Yamato-senpai.
El mayor le contestó con un leve asentimiento, así que Ken se volvió. No quería marcharse, pero no se le ocurría ninguna excusa para quedarse.
—Oye…
—¿Si?
—¿Quieres quedarte un rato?
—No quisiera interrumpir su proceso creativo.
—Da igual. Estoy algo atascado de todos modos —A pesar de su tono casual y despreocupado, Ken sintió que sus palabras eran una ofrenda de paz, la posibilidad de comenzar de nuevo. No podía ni quería negarse, por más que su pulso se hubiera vuelto errático y los nervios lo consumieran.
Cruzo el salón en completo silencio y se sentó al otro extremo del sofá tras dejar el vaso sobre la mesa ratona. Detrás de ellos, sobre el respaldo, estaba la ventana. Fingió que la miraba para no mirarlo a él, para resistir la tentación de hacerlo.
—¿Puedo preguntar en qué está trabajando? Si no es muy personal.
—Te lo diría si lo supiera —contestó Yamato de inmediato, sin titubear—. No siempre es tan simple saberlo. A veces se me viene una melodía a la mente… no, una melodía no, es un…sentimiento, digamos, o una emoción, no sé explicarlo de otra forma. Entonces tomo el bajo y trato de convertirlo en música.
Ken se sorprendió de la elocuencia del otro. Se preguntó si sería un efecto de la oscuridad, como si allí se sintiera más libre para hablar, como si lo drogara y bajara sus defensas. No se atrevió a formular la pregunta en voz alta.
—Ya veo. Entonces no sabe sobre qué está componiendo hasta después. ¿Entendí bien?
—Sí, es más fácil así. Hay menos prejuicios o ideas preconcebidas.
—¿Y las letras? ¿También son suyas?
Yamato lo miró tan de repente que Ken temió haber vuelto a meter la pata como el otro día. Hablar con él era como bajar por una escalera en mitad de la noche esperando no saltarse ningún escalón y encontrándote cuando menos lo esperas con un vacío bajo tu pie.
Pudo incluso sentir el vacío en el estómago previo a una caída. Quiso enmendar el error antes de que fuera demasiado tarde.
—Lo que quise…
—¿Qué crees tú?
—¿Qué creo? —preguntó desconcertado.
—Sí. ¿Qué te parece a ti? Takeru me pidió un disco para ti una vez, dijo que escuchabas mi música y te lo quería regalar por tu cumpleaños.
—Oh. —No contaba con que Yamato supiera aquello, era un poco vergonzoso, pero no tenía caso negarlo—. Dijo… ¿dijo algo más?
—No que recuerde. Pero Takeru suele ser un embustero cuando quiere conseguir algo. Quizá lo quería para revenderlo.
—No, lo que le dijo es cierto. Escucho su música. Se podría decir que soy un fan de su banda.
Yamato sonrió, pero no lucía realmente complacido por el cumplido.
—Entonces… ¿crees que las letras las escribo yo?
—No estoy seguro. ¿Puedo decirle algo sin que se ofenda?
—No puedo decírtelo antes de escuchar qué es, pero prometo tratar de no hacerlo.
—La verdad es que las letras de su primer disco me gustan más que las del segundo. Incluso me parecía que hablaba de todo lo que vivimos en el Mundo Digital. No directamente, claro… pero era como si contara sus vivencias en secreto. Como esa que habla del lobo o de las conexiones.
—Continúa —pidió con gesto serio, sin dejar entrever qué le parecía lo que estaba escuchando.
—Pero cuando salió el segundo disco… —Se mordió los labios, dudando.
—¿Qué? —Los ojos de Yamato brillaban como los de un gato en la oscuridad. Ken nunca antes se había sentido como un ratón.
—Simplemente no parecía usted. Es como si… otra persona las hubiera escrito.
—Pues parece que ya tienes tu respuesta.
—Si las primeras letras eran suyas, ¿quién las escribe ahora? —No pudo evitar preguntarlo. Sentía curiosidad, mucha. Siempre había sido así, no solo en lo que a él respectaba, sino sobre la vida en general.
—No tengo la menor idea. No es algo que me importe mientras dejen que yo componga la melodía. Luego de que lo hago mi mánager se encarga de pasárselas al escritor y tiempo después recibo de vuelta el producto final.
—¿Prefiere componer la melodía que escribir las letras?
—Preferiría hacer ambos, pero mis letras no son tan vendibles. De todos modos no soy bueno con las palabras.
—Pero sus letras eran buenas, lo digo en serio —le aseguró quizá con demasiado énfasis.
—Gracias. Pero me pudo ir peor, ¿sabes? Me conformo con que me dejen componer la música, es mejor a que componer solo las letras.
—¿Por qué? —preguntó ya abiertamente, sin sentir vergüenza o pudor por estar siendo entrometido. Incluso se había inclinado inconscientemente hacia adelante, buscando un poco más de cercanía.
—La música no miente, las palabras sí.
Ken trató de darle algún sentido a lo que decía, pero Yamato no dejaba de mirarlo y comenzaba a inquietarlo de un modo agradable y aterrador a la vez. No podía pensar si él lo miraba así, fijamente.
Lo vio inclinarse para desprenderse del bajo y el cuaderno, dejando ambas cosas en el suelo, junto a sus pies.
Cuando se incorporó a Ken le pareció que se sentaba un poco más cerca suyo, solo un poco.
¿Acaso era cierto o lo estaba imaginando? ¿Sería solo porque lo estaba deseando?
—Eres un chico curioso, Ichijouji-kun. —A pesar de llamarlo por su apellido, lo hizo con un tono tan seductor que Ken se estremeció entero.
Y entonces lo supo. Lo supo a ciencia cierta. Yamato se estaba acercando, la distancia se esfumaba entre sus respiraciones, la suya agitada, la de Yamato pausada.
Tuvo que levantar la mirada cuando el rubio estuvo a su lado, peligrosamente cerca pero sin tocarlo.
Yamato lo miró unos segundos más que se le antojaron eternos. Se mordió el labio inferior. Se acercó un centímetro más. Dudó.
—¿Puedo…? —Fue una pregunta susurrada e incompleta que nunca buscó una respuesta.
Acto seguido se lanzó vorazmente sobre la boca de Ken como si quisiera, en efecto, devorarlo. Fue todo demasiado rápido, demasiado intenso. Ken se aferró a su cuello, tembloroso, y trató de seguirle el ritmo, pero al final terminó por empujarlo del pecho.
El rubio pestañeó, confuso, y se replegó lentamente, dándole un poco de espacio. Ken se imaginó que debía tener una expresión de auténtico pánico, pero no imaginó que el otro pudiera malinterpretarlo hasta que habló:
—Lo lamento —dijo con voz ronca. Parecía profundamente abochornado—. Pensé que… creo que malinterpreté el ambiente. —Se rascó el cuello y apartó la mirada.
—No, no creo.
Yamato le miró de reojo.
—Entonces estoy confundido.
Ken supo en ese preciso instante que era el momento de ser sincero. ¿Quién sabía si tendría otra oportunidad de serlo? ¿O si la siguiente vez tendría el valor? Mejor hacerlo en ese mismo instante, guiarse por el impulso antes de que la razón recobrara el mando.
Las palabras brotaron a media voz de sus labios:
—Me gusta, Yamato-senpai. Pero usted… también estoy confundido, no entiendo por qué me besó.
Lo vio enarcar una ceja, una marca suya registrada, y contemplarlo en silencio unos instantes, como si intentara leerle la mente.
—¿De verdad? ¿Takeru no te lo dijo?
—¿Decirme qué? —Aquella conversación se volvía más extraña y confusa por momentos, pero nada lo preparó para lo que seguiría.
—Pensé que lo había hecho —suspiró—. Soy gay —confesó con ligereza, como si no fuera la gran cosa o no pensara que aquello podía revolver todo dentro de Ken como lo hizo, trastocar lo que siempre creyó.
—No me lo dijo.
—Te creo. A juzgar por la cara con la que me estás mirando, parece ser que por una vez en la vida Takeru supo mantener su boca cerrada. No te confundas, lo quiero, es mi hermano. Pero francamente a veces es un bocazas.
—Yo… no lo sabía —comentó Ken, todavía en shock por la revelación.
—No te culpes. Solo Takeru y Taichi lo saben a ciencia cierta, pero un idol gay no es igual de atractivo para las fans que uno heterosexual, así que… ya ves, por eso no tengo un tipo de chica ni expongo mi vida sentimental.
—Eso es muy triste. —Lo era considerando que su carrera era su vida e invertía en ella casi todo su tiempo.
—Más bien un poco incómodo. Entonces… ¿Takeru no te lo dijo ni te lo insinuó?
—No, pero sí que sabía de mis sentimientos. Ahora me siento un poco burlado. Como si me hubiera puesto una trampa.
Yamato se rio. Ken no recordaba haberlo oído reír muchas veces.
—Con Takeru eso es pan de cada día, ya deberías saberlo. Probablemente insistió en que te quedaras conmigo para ver qué pasaba… si, ya sabes, algo surgía.
—Cierto.
—No quiero ser grosero contigo, Ken. Me caes bien, pero no eres mi tipo.
—Vale. —Trató de encajar el golpe lo mejor que pudo. Estuvo a punto de levantarse e irse al dormitorio.
—Sin embargo —añadió Yamato con tono tentativo—, creo que podrías llegar a serlo.
—Yamato-senpai…
—No tienes que tratarme con tanto respeto. Siento como si mi hermano me estuviera coqueteando… y Takeru es mi único hermano, así que eso me corta un poco el rollo.
—Lo siento, Yamato.
—¿Quieres que te bese, Ken?
El menor sintió un tirón en el estómago y algo en su interior gritó de desesperación, se moría de ganas de que lo hiciera
—S-sí.
Yamato se inclinó un poco hacia él, solo un poco, y rozó un lado de su cara con el dedo índice de su mano derecha, bajando desde la sien hasta el mentón.
Ken cerró los ojos prácticamente contra su voluntad y percibió el aliento del otro impactando contra sus labios entreabiertos en busca de aire. Respiraba con dificultad. El corazón bombeando a toda velocidad.
Y de pronto lo sintió. El roce de la boca de Yamato sobre la suya. Un roce suave, etéreo, casi irreal, un roce que terminó antes de que pudiera reaccionar.
Al abrir los ojos, queriendo averiguar lo que ocurría, se encontró a su superior mirándolo con una sonrisa ladeada.
—No hoy, Ken.
—No hoy —repitió él, como un autómata, seducido y aletargado. La expectativa, por alguna razón, volvía todo mejor, más interesante.
Tomaron distancia en silencio. Siguieron charlando un rato o hasta la madrugada, no era relevante ni para ellos ni para nosotros.
Del otro lado de la ventana ella los observaba, siempre radiante y altiva. Ella, la única testigo de lo que nació esa noche, la luna.
