Personajes: Yamato y Miyako

Género: Familia

Palabras: rascacielos y noche

Autora: Jacque-kari

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Cena con los Inoue

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En algún punto de la velada, Yamato se fugó hacia el balcón del departamento Inoue en busca de algo de privacidad. Como estaba en un doceavo piso se deleitó con la hermosa y privilegiada vista de Odaiba que aquella noche tenía a su entera disposición, salpicada por las luces de cientos de rascacielos y coronada por el Puente Rainbow.

Sacó una cajetilla de cigarros y un encendedor del bolsillo de su pantalón, pero en cuanto extrajo un cigarro y se lo llevó a los labios, pensó que tal vez no fuera buena idea fumar, lo último que quería era esparcir el olor a tabaco por el departamento, eso les dejaría una mala impresión de él. Se conformó, pues, con el escaso alivio que le proporcionaba tenerlo apagado en la boca.

No estaba siendo una mala noche exactamente. No lo había pasado mal, pero había olvidado lo abrumador que podía ser estar en una celebración familiar tan numerosa; era fácil entenderlo, su familia se fragmentó cuando todavía era muy pequeño, por lo que gran parte de su vida sus festividades fueron solitarias o, en el mejor de los casos, consistían en comida rápida compartida con su padre y una que otra vez, cuando ya fue lo suficientemente mayor para aprender a cocinar, algún plato más elaborado que a menudo se enfriaba antes de que Hiroaki volviera a casa del trabajo.

Pero la familia Inoue era diferente.

Estaban los padres: Hachiro y Aiko*, sus hermanos mayores: Mantarou, Momoe y Chizuru, y, por si no fuera suficiente con ellos, también sus tías Chiyoko, Hoshi y Jin, las tres hermanas de la madre.

Hachiro Inoue era un hombre agradable y un poco nerd, con un notorio gusto por los videojuegos y la computación —de ahí lo había sacado Miyako—, pero también por la música. Tenía buen carácter y había sido amable con él desde el primer momento, más de lo esperado para haber sido presentado como el novio y, para peor, en la fiesta navideña. Yamato había estado un poco nervioso al respecto, pero pronto se dio cuenta de que el señor Inoue se alejaba mucho del prototípico suegro sobreprotector, lo que no significaba que no se preocupara por su hija menor, es más, mostró un gran interés por saber cómo se habían conocido y cómo comenzaron a salir, lo cual estuvo cerca de ponerlo en aprietos más de una vez.

Pero al final pareció darle el visto bueno. Según le confesó en un momento que se quedaron a solas, lo único que lo extrañaba de estar conociendo al primer novio oficial de Miyako era que siempre esperó que fuera un genio de cabello pelirrojo sobre el que la muchacha hablaba todo el tiempo.

Yamato entendió por qué. Miyako admiraba tanto a Koushiro que era fácil, especialmente para un padre distraído y poco atento a los detalles, pensar que sentía algo más por él, pero incluso si aquella teoría hubiese dado en el blanco, imaginó que para la chica sería más platónico que otra cosa.

Aiko, la madre y dueña de casa, era también muy amable, pero de carácter más inquieto e irascible, se parecía más a Miyako. Estuvo casi todo el tiempo corriendo de un lado a otro y se disculpó con él, porque según sus cálculos cenarían más tarde de lo presupuestado. Yamato quiso decirle que no se preocupara, que no había ningún problema o ni siquiera tenía hambre, pero ella casi no lo dejó hablar. Una vez que estuvieron sentados a la mesa se encargó de que probara todos y cada uno de los platillos que preparó.

Por otra parte, los hermanos de Miyako eran todos bastante peculiares. Mantarou, que era el mayor de los cuatro, se dedicaba al Diseño de Modas, por lo que tenía una imagen bastante estrambótica. Y sus dos hermanas eran muy diferentes entre sí, tanto en apariencia como en personalidad. Chizuru, que era la que seguía en orden descendente, se parecía bastante a su hermano y era alocada y atrevida, mientras que Momoe parecía ser la más tímida de la familia, pero por alguna razón que Yamato no se explicaba, tardó casi toda la velada en distinguirlas. Confundía sus nombres cada dos por tres y ellas se reían de él, haciéndolo sonrojarse y cohibirse más de la cuenta.

—Eres mono —dictaminó Chizuru cuando estaban por terminar de cenar—. No eres para nada el tipo de chico con el que imaginé a Miyako, pero eres mono.

Eso, al parecer, significaba que lo aprobaba. Momoe no tardó en secundar sus palabras.

Pero sus tías… ¡ah, sus tías! Ellas eran un cuento aparte.

Las tres eran hermanas de la madre. Chiyoko era mayor que Aiko y las otras dos menores que ella, pero no se llevaban por muchos años y era tal el parecido, que casi hubieran podido pasar por cuatrillizas, aunque ahí acababan las similitudes, porque cada una tenía su propia personalidad.

Yamato no quería sonar prejuicioso o quisquilloso, pero dentro de su cabeza las había definido así: Chiyoko era la tía rara y solterona, que tenía muchos gatos y a la que la mayoría ignoraba; luego Hoshi era la tía pervertida, a él le tocó descubrirlo de mala manera, cuando, en un momento que se ofreció a ir a la cocina para ayudar a poner los platos, ella le dio un agarrón en el trasero, del ofrecimiento indecente que le hizo no quería ni hablar; y, por último, Jin era tímida y recatada, se parecía mucho a su sobrina Momoe en ese sentido, no hablaba mucho y eso la volvía un tanto misteriosa.

Lo único que parecían tener en común las tres, además de los genes claro está, era que estaban muy felices de que Miyako por fin se hubiera echado novio.

A Yamato no le tomó mucho tiempo comprender por qué la chica estaba tan angustiada con ese tema. Le parecía que todavía era muy joven para preocuparse por esas cosas, ninguna mujer debería ser llamada solterona a los veintiún años, pero su familia claramente ejercía una gran presión sobre ella. Aunque tampoco podía culpárseles demasiado, reflexionó estando en el balcón; después de todo la sociedad nipona tendía a ser así. Exigía demasiado de los jóvenes, y más todavía de las chicas: que si tenían que ser bonitas, casarse pronto, tener hijos, ser pacientes y amables todo el tiempo.

Sus tías eran las más insidiosas con el asunto del novio, pero sus hermanas soltaban risitas disimuladas en vez de defenderla y sus padres, a pesar de que intentaban que el trío de mujeres dejara el asunto de una vez, lucían complacidos y aliviados. Sí, aliviados. Tan absurdo como sonaba.

Yamato tuvo que esforzarse por ser educado y no exponer sus propias ideas al respecto, las cuales seguramente se considerarían rupturistas y casi heréticas.

La única vez que se le escapó un comentario del tipo las mujeres no tienen que estar arregladas todo el tiempo cuando una de ellas se quejó de que Miyako a menudo parecía un marimacho, Hoshi lo excusó diciendo:

—Pobrecillo, eso seguramente viene de tu parte francesa. Los occidentales tienen ideas tan raras.

El rubio se indignó por dos cosas. Uno, no era ningún pobrecillo, las pobrecillas debían ser ellas con sus mentes tan cerradas; y dos, ¡hasta lo justificaban! En vez de discutir con él le buscaban un motivo y le compadecían, como si obviamente estuviera equivocado, como si fuera imposible que ellas lo estuvieran. No lo contradecían abiertamente, quizá porque temían espantarle al único novio conocido a su sobrina.

Así que sí. La noche no había sido lo que se dice horrible, pero en algún punto Yamato empezó a sentirse asfixiado y huyó al balcón.

Su celular comenzó a sonar. Lo sacó de su pantalón y tras ver el nombre de quien llamaba en la pantalla, sonrió y se quitó el cigarro de la boca para poder hablar.

¿Yama? —preguntó una voz femenina en cuanto descolgó sin saludar, una mala manía que algunos le criticaban, pero es que cuando lo hacía solía sonar demasiado cortante, también según le decían y criticaban sus amigos.

—Sí.

Hola, ¿estás solo? No quiero ponerte en una situación incómoda.

—Estoy solo.

Ah, entonces apuesto a que has salido al balcón, ¿verdad? Debes haber fumado ya, o estabas por hacerlo ahora.

Yamato sonrió. Nunca dejaba de sorprenderle lo perceptiva que era. ¿Cómo podría saber que había estado a punto de fumar? De hecho, por lo oportuna de su llamada casi podría decirse que lo salvó de caer en la tentación. Pero bueno, tampoco podía negar lo evidente: ella lo conocía demasiado bien, seguramente sabría que para esa hora estaría algo estresado y buscaría el alivio de la nicotina.

—No. Estuve a punto, pero me contuve. No quedaría bien. —Después de todo, ellos lo habían hablado.

Me alegra que lo hicieras. Y bien… ¿cómo está yendo todo?

—¿No pudiste esperar a que la noche acabara para preguntármelo?

Sabes que la curiosidad a veces me puede, pero en realidad estoy preocupada. Sé que la familia de Miyako puede ser un poco… —Dejó la frase inconclusa y se quedaron en silencio durante algunos segundos—. Bueno, cada familia tiene sus cosas.

—Eres demasiado educada para decirlo, ¿eh?

No quiero que alguien vaya a escuchar. De hecho, debería colgar ya, pero sigues sin decirme cómo va todo.

Yamato entreabrió los labios, todavía sin una respuesta clara para darle, cuando el suave susurro de la puerta corredera deslizándose a sus espaldas lo distrajo.

—¡Ah, aquí estabas! —Reconoció la voz de Masarou. Cuando Yamato lo miró por encima del hombro lo encontró en el umbral acomodándose los lentes—. Todos te estábamos buscando. Sí que sabes escabullirte, Ishida-san. Espero que no signifique que intentas huir de Miyako.

El rubio se apartó el teléfono de la oreja y trató de pensar en algo que decir. Por alguna razón se paralizó como si hubiera sido atrapado in fraganti engañando a su supuesta novia.

—Eh, sí… solo… necesitaba un poco de aire —dijo volteándose a medias hacia su "cuñado", con tan mala suerte que su cigarro, el mismo que había guardado intacto en su pantalón cuando recibió la llamada y que obviamente no guardó bien, cayó al suelo junto a sus pies.

Los ojos de Masarou repararon en él de inmediato y luego miraron a Yamato con aprensión.

—N-no es lo que parece.

Maldición. Sabía que esa era una pésima idea. Y lo peor era que se había metido él solo en aquel embrollo. Todo por querer ayudar a Miyako.

¿Yama, estás ahí? —se escuchó desde el celular.

—¿Con quién hablas? —preguntó Masarou mirándolo con desconfianza.

Con… con mi mamá.

¿Parecer que tenía complejo de Edipo era mejor que dar la impresión de que engañaba a Miyako? No estaba seguro.

¿Yama?

—Pues no suena como tu mamá.

—Es ella. Es que está enferma…

Fantástico. Ahora era un hijo con complejo de Edipo muy desconsiderado que dejaba sola a su madre estando enferma.

—¿Te molesta si lo veo?

—¿Qué? ¿Por qué? So-solo dame un momento y volveré adentro, en serio. Un minuto.

Masarou dio un paso al frente y Yamato retrocedió uno a la par.

—¿Acaso escondes algo de mi hermana, Ishida-san? Porque no parece un comienzo prometedor para una relación.

—¿Q-qué…qué podría estar ocultando? Te aseguro que no es nada.

—Entonces dame tu celular.

—¡No!

Esta vez Masarou se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal, por lo que Yamato se hizo hacia atrás y sin querer soltó el celular, el cual cayó en picada hacia el suelo.

Ambos chicos se asomaron por el balcón para seguir el trayecto con la mirada hasta que se convirtió en una mancha apenas visible desde tan lejos.

Por fortuna, nadie parecía pasar por ahí a esas horas, o el golpe podría haber causado un accidente mucho peor.

—¿Yamato?

El aludido se volteó hacia el umbral, encontrándose a Miyako de pie frente a él. Masarou también la miró.

—¡Hermanita! No te imaginas lo que averigüé de tu novio. Creo que estaba hablando con otra chica.

—¡N-no, eso no es verdad! —Yamato ni siquiera sabía por qué se molestaba en fingir frente a Miyako, quizá por si la acusación de Masarou llegaba a oídos de alguien más. Ahora la puerta corrediza estaba completamente abierta y los demás no tardaron en llegar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Hoshi.

—No le creas, Miyako —insistió Masarou—. Cuando le pregunté con quién hablaba dijo que con su mamá y se puso muy nervioso. Pero en cuanto le pedí que me mostrara su celular lo tiró por el balcón para que yo no viera. ¿Quién iba a tirar su celular si no tiene nada que ocultar?

—¿Su celular? ¡Ay, no! ¿Es cierto, Yamato-senpai? ¡Lo siento mucho! —exclamó Miyako.

—¿Yamato-senpai? ¿Llamas a tu novio Yamato-senpai? —preguntó Chizuru, extrañada.

Miyako se llevó ambas manos a la boca. Había metido la pata sin querer.

Yamato se consoló diciéndose que al menos no era el único que había estropeado las cosas, pero pronto tuvo las miradas de todos puestas sobre él y le pareció que ya no era consuelo suficiente.

Las cosas se descontrolaron de un momento a otro. Hubo gritos de todo el mundo en distintos grados de enfado hasta que Miyako acabó llorando y confesando en medio de hipidos que Yamato no era su novio realmente, que se había ofrecido a hacerse pasar por su novio días atrás cuando se la encontró en un parque, angustiada por no tener a alguien que presentar a su familia la noche de Navidad, como evidentemente todo el mundo esperaba que hiciera.

Lo malo fue que aquello no sucedió antes de que Masarou le diera un puñetazo a Yamato para defender el honor de su hermana; lo bueno que el chico no sabía dar un buen golpe, así que probablemente se terminó haciendo más daño a sí mismo de lo que le causó a él.

La familia de Miyako parecía dispuesta a tirarlo por el balcón hasta antes de que la chica confesara, por lo que en cuanto lo hizo y todos se quedaron callados, Yamato juzgó que era un buen momento para marcharse; lo cierto era que no hubiera podido seguir soportando tanta tensión (o quizá temía que le lanzaran por el balcón de todos modos).

—Bueno, creo que ya he abusado demasiado de su hospitalidad y este es un tema familiar que deben hablar ustedes solos, así que me iré. Pero antes quisiera decirles que Miyako es una chica fantástica y aunque nosotros solo somos amigos, cualquier chico sería afortunado de tenerla como novia. Señora Inoue, la comida estuvo estupenda, gracias por recibirme.

Acto seguido, antes de que alguien pudiera salir del estupor o reaccionar de modo alguno, se apresuró hacia la entrada, recuperó su chaqueta del armario y salió del departamento.

En cuanto atravesó la entrada del edificio, la noche lo recibió con un gélido abrazo que lo despejó. No se había dado cuenta de lo caldeado que estaba el ambiente en el interior hasta ese momento.

Caminó hasta el punto en el que creyó que habría caído su celular y lo halló hecho pedazos en el suelo. Iba a agacharse a recogerlo para ver al menos si podía recuperar el chip cuando una voz lo sorprendió por detrás.

—¡Yamato-senpai!

Se giró sorprendido. Miyako corría hacia él a toda prisa con el cabello revuelto y el abrigo a medio abrochar.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó en cuanto la chica llegó a su lado—. Deberías estar con tu familia, aclarar las cosas…

Miyako negó.

—Ya he aclarado todo lo que necesitaba aclarar.

—Lo siento, no se me da bien fingir y… estaba un poco sofocado con todo, debí quedarme más tiempo.

—¡No, para nada! Por favor no se disculpe, solo vine porque no alcancé a darle las gracias por todo lo que hizo por mí.

—¿Qué dices? Si al final lo arruiné todo.

La chica soltó una risita, divertida.

—En todo caso, lo arruinamos —puntualizó—. Creo que a ninguno de los dos se nos da bien mentir, ¿no es así? Eso no es malo, todo lo contrario.

—Supongo que tienes razón.

—¡Oh, por Kami! —exclamó, mirando hacia un punto detrás de Yamato—. ¿Ese es su celular? ¡Quedó inservible como me temía! Por favor, disculpe Yamato-senpai. Prometo conseguirle uno nuevo, es más, ¡lo haré yo misma! Así me aseguraré de que tenga el mejor procesador y las mejores piezas.

—N-no, no es necesario —contestó, algo abrumado por su repentino despliegue de energía.

—Claro que sí. Tómelo como una compensación por la horrible noche que le hice pasar.

—No fue horrible.

—No hace falta que sea educado —comentó ella, bajando la cabeza, apenada.

—No estoy siendo educado. Tienes una linda familia, Miyako.

—¿En serio? —preguntó escéptica.

Yamato suspiró.

—Sí, es decir… son un poco intensos y ruidosos, y tienen ciertas ideas que no comparto para nada, pero vamos, ¿conoces alguna familia que sea perfecta?

—Es curioso que lo diga, porque poco después de que Daisuke y todos nos conociéramos, Takeru nos invitó a su departamento y yo vi una fotografía familiar que él tiene en su cuarto. Usted y él salían más pequeños, pero yo no le presté atención a ese detalle, pensé que eran una hermosa familia, ¡es que todos se veían muy guapos y geniales! Por favor no me juzgue muy duro, era un poco superficial por ese entonces.

»Pero cuando le pregunté a Takeru dónde estaba su hermano, me dijo que sus padres estaban divorciados y entonces la imagen de la familia perfecta que me había hecho en mi cabeza loca solo por ver una fotografía se rompió en mil pedazos.

Yamato pasó saliva con dificultad. Se le había hecho un nudo en la garganta. Comenzaba a entender que por más tiempo que pasara, nunca sería fácil hablar de esa parte de su vida. La ruptura de su familia todavía dolía a veces, especialmente cuando el tema salía de improviso como en ese instante y lo pillaba con las defensas bajas.

—Oh, lo he puesto triste, ¿verdad? ¡Lo lamento mucho! Nunca sé cuándo callar.

—Esa fotografía que dices, sé cuál es, es un bonito recuerdo —comentó nostálgico—. Y no te juzgo por pensar que éramos una bonita familia, porque supongo que en algún momento lo fuimos. Espero que sí, al menos. Decir lo contrario significaría que todo fue una mentira. No tengo recuerdos muy claros de esa época de mi vida, igual era muy niño.

»Pero… como dije antes, ninguna familia es perfecta. Me habías advertido que la tuya era un poco excéntrica y sé que puede sonar a una invención mía, pero creo no me equivoco con lo que voy a decir: creo que detrás de todas esas exigencias que te vuelven loca, ellos te quieren de verdad y se preocupan por ti. No todas las personas saben hacerlo de la forma correcta, es más, diría que casi ningún padre, madre o hermano sabe hacerlo de la forma correcta. Todos aprendemos con la experiencia.

Miyako lo contempló en silencio por unos cuantos segundos, haciendo que Yamato se avergonzara del monólogo que acababa de protagonizar; no muchas veces podías oírlo hablando tanto, pero algo había hecho que se le soltara la lengua esa noche, y no había bebido nada (un novio no puede quedar como borracho la primera vez que se reúne con la familia de la novia), así que no podía echarle la culpa a eso, probablemente fuera solamente por lo afligida que había visto a la muchacha durante toda la velada.

—¿De verdad lo cree, Yamato-senpai? —preguntó la chica, quitándose los lentes para limpiarse los ojos, que comenzaban a lagrimearle.

Su voz sonaba tan esperanzada que al rubio casi le dolió escucharla.

—No lo creo, lo sé. ¿Y sabes cómo lo sé?

La chica negó débilmente con la cabeza, un movimiento apenas perceptible.

—Porque tus hermanos están ahí y se nota que están preocupados por ti —le dijo, al tiempo que señalaba disimuladamente hacia la entrada del edificio.

Miyako se volteó de inmediato, indisimulada como ella sola, y vio que Yamato tenía razón. Allí, parcialmente escondidos detrás de un pilar, se encontró a Masarou, Chizuru y Momoe, los tres mirando en su dirección con idénticas expresiones de inquietud, y no solo por la increíble similitud de sus rostros. No parecían muy preocupados de haber sido descubiertos espiándolos.

La chica volvió a mirar a Yamato con la incertidumbre pintada en la cara, pero él captó en el acto lo que estaba pensando.

—Ve con ellos. Esta noche es para pasarla en familia, y tienes una estupenda familia, Miyako-chan.

—U-usted también, si me permite decirlo. Ishida-san y Takaishi-san son geniales. Un poco trabajólicos, quizá… pero…

—No te preocupes. Ya superé esa etapa de culpar a mis padres por todo. —Sonrió, sorprendiéndose al descubrir que era cierto—. No sé si sean geniales, pero sí sé que hicieron lo mejor que pudieron. Cometieron errores, pero yo tampoco soy el ejemplo de hijo perfecto.

Miyako asintió.

—Así que ve de una vez.

—Su celular… ¡le conseguiré un celular nuevo, en serio!

—Ya te dije que no importa. Pero, ahora que lo mencionas, ¿puedes escribirle a Hikari y decirle que estoy bien? Debe haberse quedado preocupada porque no terminamos de hablar. Dile que nos vemos mañana.

—¡Lo haré, no lo dude! —exclamó Miyako con su entusiasmo de siempre y, tras hacer una empinada reverencia, se giró sobre sus talones y corrió a reunirse con sus hermanos.

Yamato los contempló a lo lejos por unos segundos. Desde donde estaba no podía oír lo que decían, ni tampoco hubiera querido hacerlo pues no le gustaba ser entrometido, pero solo viéndolos podía hacerse una idea bastante clara sobre la conversación que estarían teniendo.

Se volteó en cuanto los vio abrazarse entre todos y comenzó a alejarse.

Se suponía que luego de la cena iría a ver a Hikari, pero súbitamente sentía ganas de hacer algo distinto, hacía tiempo que no visitaba a su padre.

Aquella noche había sido rara. Se merecía un comportamiento inusual de su parte.

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*Sobre la familia de Miyako, en internet solo aparecían los nombres de los hermanos, por lo que los que usé son los reales, pero me inventé los de los padres (y de paso a las tías jaja).

Jacque: Quería desarrollar más la idea y meter un guiño Kenyako por ahí (en mi cabeza la mamá sabe que Miyako está enamorada de Ken y no se creyó que fuera novia de Yamato), pero me temo que mis dedos fueron más rápidos que yo y antes de darme cuenta la historia estaba terminada.

Creo que mezclé varios géneros sin querer. Hay algo de amistad, romance y humor, pero espero que se note que el principal es familia jaja.

¡Gracias por leer!