Personajes: Yamato y Noriko

Género: Ciencia ficción

Palabras: nostalgia y perfume

Autora: Ruedi

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Amistad

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La armonía de aquellos trece planetas se había visto afectada por la rebelión de uno de sus líderes, Dukemon, quien se levantó frente al superior de superiores, el incuestionable Yggdrasill, y el castigo había sido la más absoluta desaparición del mismo, llevándose a todos sus habitantes a quién sabe dónde desde hacía siglos. Los otros planetas dentro de la galaxia intentaron mantener la paz, sintiendo nostalgia de aquella lejana paz, pero algunas rebeliones salieron a la luz, obligando a los líderes, los restantes doce Royal Knights, a incrementar sus capacidades de liderazgo.

Una vez por semana se conectaban al server principal para discutir asuntos diplomáticos y los enfrentamientos eran el pan de cada día. Yggdrasill simplemente los escuchaba. Como dueño y creador de toda esa galaxia, debía velar porque todo se mantuviera estable; los problemas políticos eran menester de esos… Doce caballeros restantes.

Aquel viejo planeta donde Dukemon regía con nobleza y equidad yacía vacío. Su server estaba apagado, lleno de polvo, y todos, o casi todos, fingían no verlo mientras se discutían números y leyes.

Pero algo en uno de ellos explotó un día. Algo que no podía soportarlo…

Duftmon, conocido por ser el principal estratega entre los Royal Knights, se puso de pie, miró con profunda ira a Yggdrasill y habló:

—El paradero de Dukemon. —Su voz no temblaba. Su cabellera larga y ondulada brillaba intensamente como sus ojos.

El superior, una máquina gris sin un atisbo de emociones, respondió mecánicamente.

—Ese nombre no está en los registros. Siéntate.

Duftmon no le hizo caso y desenvainó su espada. Omegamon también sacó su espada.

—No te levantes frente a nuestro creador, Duftmon. Eres un gran Royal Knight, no te manches por un traidor.

Pero la pelea fue inevitable.

El paradero de Duftmon, junto con el planeta que regía, desapareció como el de Dukemon.

Nunca más nadie le levantó la voz a Yggdrasill. Reinaba la absoluta paz.

Aquellos planetas vacíos fueron aislados, evitados y olvidados.

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Los líderes velaban por todas las criaturas que vivían en sus planetas de la mejor forma posible. Yggdrasill había otorgado y creado vida a las dos especies más fructíferas de la galaxia: digimons y humanos. Ambos convivían en perfecta sincronización; los líderes estaban obligados a evitar diferencias de especies y que entraran en conflictos.

Uno de estos humanos, Yamato Ishida, un joven de veintitantos años, astronauta, se encontraba en una estación especial, alejado de su planeta natal, junto con un grupo de científicos y demás ayudantes. Todo el personal estaba compuesto de humanos y digimons, algo bastante común en toda la galaxia.

Para evitar peleas absurdas, los Royal Knights crearon un sistema de paz entre ambas especies: cada humano y cada Digimon estarían unidos por algún lazo sentimental al nacer. Un bebé humano nacería al mismo tiempo que un huevo digimon eclosionara. De esa forma, su unidad era única, marcada por un símbolo en la piel de ambos.

Aquellos denominados desertores, quienes rompían ese lazo de maneras extremas, abandonaban su lugar de origen, se volvían trotamundos y desaparecían de la faz de su hogar.

Pero no era el caso de Yamato y su compañero Gabumon, un digimon en forma de cachorro de lobo azul, algo tímido, que lo acompañaba siempre. El rubio era uno de los encargados del mantenimiento de la estación, junto con otros astronautas más. Su misión era recoger unas extrañas muestras, unas partículas casi microscópicas en uno de los planetas abandonados.

Si bien la vida en ese planeta estaba completamente prohibida, nada impedía que se pudiera investigar en ella con ciertos permisos y cuidados.

Fue justo ese momento cuando una alarma empezó a sonar y, dentro del mapa, un punto rojo apareció titilando. Tanto los científicos como los astronautas ampliaron el mapa y distinguieron con sorpresa, ¡un digimon! ¿Cómo rayos había caído allí?

Gabumon, junto con otros digimons más, descendieron y lo miraron con extrañeza: era un pequeñito, malherido y cansado Punimon. Se veían tan frágil que temieron por su vida, así que lo recogieron y lo llevaron a la nave, dándole cuidados intensivos.

Koushiro Izumi, uno de los científicos y amigo de la infancia de Yamato, salió con una libreta en mano, algo pálido. Gabumon preguntó por su estado.

—Está estable, eso sí, pero…

—¿Tiene alguna marca en su cuerpo? —consultó Yamato.

—Sí —respondió el pelirrojo, lo que sorprendió al rubio—, una muy pequeña, como si casi estuviera a punto de desaparecer. Eso evidenciaría que tiene un compañero humano. Y además… —Y se calló. Y no volvió a abrir la boca, es más, se llevó algunos dedos a ella. Yamato entendió esa confidencialidad.

—Koushiro —llamó su compañero digimon, Tentomon, con forma de insecto—, Gabumon quería mostrarme algo. —El lobo azul pestañeó unos momentos sin comprender. Y enseguida chocó sus manos.

—¡Es cierto, vamos! —Y los cuatro fueron hasta la recámara que Gabumon y Yamato compartían. Ambos humanos se quedaron algo perplejos. Al entrar y cerrar la puerta, pidieron con los ojos una explicación.

—¿Qué ocurre, Tentomon?

—Las cámaras no nos vigilan aquí.

Koushiro asintió y se sentó en la cama. Miró serio a los demás.

—Ese Punimon… Tiene una serie de dígitos binarios en la parte posterior.

—¿Números? —se extrañó Ishida mientras el otro asentía.

—Hay algo que se anda rumoreando entre la comunidad científica hace tiempo, pero somos muy pocos los que lo conocemos y otros pocos más lo que lo creemos. —Se notaba el nerviosismo en su mirada—. Algunos de mis colegas han reportado humanos, de aspecto entre violentos y depresivos, con un código numérico en la nuca. Uno de ellos pudo tomar una muestra y al tratar de identificar su origen… ¡No estaba en la base de datos de toda la galaxia! Ni siquiera tenía un símbolo de lazo con un digimon.

—Takeru… Takeru me dijo algo hace unos de meses de ello. —Su pequeño hermano era periodista. Se había recibido hacía dos años y una noche le habló de esos extraños casos difíciles de creer—. Pensé que eran algún invento raro. Ya sabes, la gente inventa conspiraciones locas.

—Fíjate qué curioso —siguió Koushiro—, al analizar su muestra se detectó que tiene partículas de otro planeta que no es ninguno de los once activos que tenemos. Lo que sospechamos es que tienen que venir de los dos deshabitados.

—¿El señor Yggdrasill no había borrado la vida de ambos por un problema con los Royal Knights hace siglos? —preguntó Gabumon, tímidamente.

Koushiro suspiró.

—La verdad es que, me incluyo, un par de colegas míos y yo venimos detectando anomalías en algunos de los servidores principales, como si Yggdrasill o los Royal Knights tuvieran alguna mala función, y eso da como resultado algunas… "puertas" en el cielo.

—¿Qué son las puertas? —preguntó Yamato, confundido.

—Unos portales. Por supuesto no estoy hablando de una conexión clásica por medio de internet, hablo de un portal.

—Es muy difícil de creer —refutó el rubio. Kou volvió a suspirar y se puso de pie.

—¿Puedo pedirte un favor cuando llegamos a casa? —Ishida lo miró—. Llévate a Punimon. Temo que lo maten si algún superior se entera. —Y se fue sin siquiera esperar una respuesta.

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Cuando Takeru abrió la puerta, solamente estaba el pequeño Tentomon de Koushiro con una bolsa grande.

—¡Cuídenlo mucho! —Yamato, que estaba almorzando, oyó todo y escupió lo que tenía en la boca.

Salió corriendo a la entrada, viendo cómo el insecto se iba volando y su hermano cerraba la puerta. Cuando bajó los ojos para ver el contenido, miró al pequeño Punimon que Yamato conocía con ojos sorprendidos.

Yamato había regresado de esa expedición hacía dos días. Definitivamente no había tomado en serio cuando Kou le pidió que cuidara al pequeño digimon rosado. Así que tanto él como su hermano se sentaron en el sofá y el mayor le explicó todo mientras el menor acomodaba a Punimon en su regazo, junto a su compañero, Patamon.

Tenía mejor aspecto que cuando lo encontraron, pero se notaba su cansancio.

—¿De dónde vienes? —preguntó Patamon, pero el pequeño puso su mirada triste.

—Ko… —balbuceó—. Ko…

Ninguno de los presentes comprendió, pero no lo forzaron. Gabumon le trajo un poco de comida, Punimon apenas la comió y empezó a llorar.

—¡Ko…! —volvió a decir, entre lágrimas—. ¡No sufras…!

—Sé que es una petición un poco extraña, pero, ¿por qué no le tocas algo? —le dijo Takeru a su hermano.

—Siempre lograbas hacer sonreír a Takeru cuando lloraba —mencionó Patamon, haciendo avergonzar a su compañero.

Yamato se puso de pie y fue a buscar su guitarra: en su tiempo libre, era un excelente músico. Incluso había tocado en algunos lados y había sacado algún que otro disco. Apenas comenzó a tocar una melodía, el pequeño Punimon dejó de llorar. Observó a Yamato, escuchó atentamente la música y empezó a sonreír. Pronto, empezó a tirar pequeñas burbujas, dando unos saltitos. Algo en el aire cambió y Yamato siguió tocando.

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Me gusta tanto cuando cantas esa melodía…

Gracias…

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Una tenue luz blanca envolvió al Punimon para dar paso a un Tsunomon. Gabumon quedó sorprendido al verlo.

El Tsunomon miró a todos, asustado.

—Lo… siento —dijo tímidamente.

—¿Puedes hablar? —preguntó Takeru. Tsunomon asintió.

—Cantas como ella. —Yamato miraba al pequeño, confundido—. Mi compañera, se llama Noriko…

Los otros cuatro intercambiaron una mirada de sorpresa: así que efectivamente tenía una compañera. El menor de los rubios quiso preguntar un poco más acerca de ella, pero Tsunomon bajó la mirada, triste.

—No tengo muchos recuerdos de ella. Todo es blanco y muy confuso.

Algo les dio una mala corazonada.

Y tan equivocados no estaban, pues una semana después de aquello, Takeru recibió una llamada telefónica de su novia, Hikari Yagami, a altas horas de la madrugada, desesperada: Ken Ichijouji, la pareja de su mejor amiga Miyako Inoue, había desaparecido sin dejar rastro hacía un rato.

Así que los cinco salieron corriendo al complejo de departamentos donde vivía con un taxi. Al llegar, la policía estaba tomando notas. La familia de Miyako con sus hermanos, Hikari, su compañero Tailmon y el compañero de Miyako, Hawkmon, la trataban de consolar, al igual que los padres de Ken y su compañero, Wormmon, que estaba en llantos silenciosos. Incluso uno de los mejores amigos de Miyako, Iori Hida y su compañero Armadimon intentaban de alguna forma apaciguar tantas lágrimas.

Al preguntar qué había ocurrido, Wormmon fue el que explicó los hechos: Ken estaba lo más tranquilo en su cuarto haciendo un informe en su computadora, cuando de golpe algo lo paralizó completamente y se puso pálido. Lo empezó a llamar y no respondía. Algo rojo brilló en su nuca, sus ojos parecían perdidos y miraba fijamente la pantalla que en ese momento pareció apagarse. Lo único que Ken hizo fue extender su mano, algo se materializó y al segundo todo su cuerpo había desaparecido de la nada.

Los gritos llamaron la atención de sus padres que, al entrar, la madre se había desmayado y el padre estaba desesperado. Llamaron a la policía y a Miyako de inmediato.

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Noriko… ¿Dónde estamos?

Sólo se veía un enorme océano negro, oscuro, y muchísima gente deambulada por la orilla con sus compañeros digimon.

Me dijo que aquí podríamos resguardarnos del dolor.

El digimon la miraba confundido. Intentó recordar más, pero todo era demasiado borroso: una cabellera larga y rubia, una pelea, una explosión…

¿Qué era él realmente, por qué estaba allí y su compañera parecía perdida?

Sólo olía el húmedo y triste mar…

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—¿Quién eres tú? —preguntó Wormmon, extrañado.

Tsunomon saltó de los brazos de Yamato e ingresó dentro de la vivienda. El rubio lo siguió. El pequeño saltaba a una enorme velocidad, sorprendiendo al chico. El digimon entró en la habitación de Ken y quedó hipnotizado viendo la pantalla de la computadora: solo mostraba estática. Saltó hasta el escritorio y lo vio: un aparato del tamaño de una mano humana, con una pantalla diminuta, de color negro y gris.

—¿Oye, qué tienes? ¿Qué está pasando? —El corazón de Yamato iba a mil por hora intentando mantener la calma.

—¿No lo oyes?

El chico se enderezó y observó sus ojos: ¿estaba viendo mal o los intensos ojos rojos de Tsunomon reflejaban agua? Zarandeó la cabeza levemente, confundido.

—Noriko también estaba en casa, estoy empezando a recordar: miraba unas cosas en su computadora personal, yo no estaba en esta forma, era un gran Bearmon que la acompañaba, pero, algo nos molestó en el cuello… Ella se desmayó y cuando quise volverla en sí, su cuerpo desapareció en frente mío.

—Como… ¡Ken!

—Dejó el mismo aparato, pero era de color rojo —siguió Tsunomon—. Entonces… entonces yo…

Bearmon tomó el aparato y lo acercó hasta su cara: había ruido en la pantalla y empezó a distinguir y a oír un lejano y oscuro mar. La nuca lo mataba del dolor y lo único que quería era salvar a Noriko, la única persona que lo había amado con todo lo que su corazón tenía. Lo único que quería, era hacerla sonreír, ya que había tenido muchos momentos tristes en su vida: bullying en el colegio, falsas amistades, rechazos indiscriminados de gente que quería amar, problemas durante su carrera como maestra de jardín de infantes… Bearmon siempre iba a estar para darle una sonrisa.

Apenas atrajo el aparato rojo a su pecho, su núcleo reaccionó y aquello que oprimía su nuca también. Tuvo una explosión de recuerdos pasados, frente a Yggdrasill, Omegamon y sus viejos camaradas. También escuchó gritos y llantos que provenían de la voz de Noriko.

Duftmon, no seas insensato e insolente. No te lo permito —dijo cortante el mayor de los soberanos.

Duftmon empuñó su espada, sin miramientos. El resto de los Royal Knights intentaron detenerlo, pero Yggdrasill demostró, otra vez, que él era el dueño del universo: con un intenso rayo de poder, explotó y para cuando se despertó había olvidado sus recuerdos, mientras el llanto de una pequeña niña recién nacida lo encegueció.

¿Estaba en los planes del supremo darle otra oportunidad de vivir? ¿O, efectivamente, los poderes del gran líder estaban fallando como él tanto temía?

No pudo ser consciente de toda esa avalancha de emociones hasta ese momento. Algún mal encarnaba ese misterioso dolor en la nuca.

Y, convertido en Punimon de vuelta, el aparato aquel lo llevo a encontrarse con Noriko en el lugar más espeluznante que hubiera jamás conocido: un inmenso vacío negro y gris, de mar oscuro, de monstruos, de dolor y lamentación, donde en lugar de cantar alegres canciones, Noriko expresaba todo el dolor que vivía y ocultaba para no lastimarlo.

—¿Ken está en un lugar así?

—Sí —respondió Tsunomon—. Y hay que rescatarlo a él y a todos los que están encerrados por un error injusto, y a Noriko. —Yamato tragó en seco.

—¿Quién eres tú?

Tsunomon tardó en responder al tiempo que Gabumon apareció allí.

—Un traidor que desafió a Yggdrasill hace muchísimos siglos y por algún motivo que desconozco pude volver a vivir para arreglar este desastre. Fui un Royal Knight y jamás estuve equivocado en mis creencias, como tampoco mi viejo camarada Dukemon, quien corrió peor suerte que yo.

Un brillo blanco lo envolvió y, para sorpresa de ambos, frente a ellos se presentó una realeza sin igual: ondulada cabellera dorada, alas blancas, una espada envuelta en luz y una faja roja en su cintura que ondeaba. Definitivamente aquello no podía ser cierto para los otros dos.

—Se darán cuenta en un instante, ¡vamos!

Los tres partieron; Yamato y Gabumon se preguntaban a dónde.

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Enseguida el olor a humedad los inundó; la desesperación, la tristeza y la ansiedad también. Gabumon se aferró a Yamato, y el chico, inundado por el constante sonido de las aguas oscuras, casi se tambaleó.

—¿Este… es este lugar? —dijo él en un hilo de voz.

—Sí —respondió—. ¡Tenemos que buscar a Noriko y a su amigo! Yamato —llamó Duftmon—, me cantaste una canción al poco tiempo de conocernos…

—No creerás que en mi estado —empezó él, intentando frenar toda esa opresión que yacía en su pecho—, soy capaz de ponerme a cantar.

—Noriko te miraba todo el tiempo; tu música lograba animarla.

No era el momento. Definitivamente no era ese el mejor momento para cantar. Cerró los puños.

—¡No puedo! —masculló. Le empezaron a salir lágrimas.

—Yamato… —Gabumon estaba tan confundido como él.

Duftmon suspiró. Y él empezó a cantar mientras caminaba por el lugar en busca de Noriko o del amigo de ellos.

Entonces se dieron cuenta de algo muy particular: Yamato y Gabumon notaron que, además de la desesperación que sentían al estar en un lugar tan trémulo, solo veían puntos rojos dispares y algo que los sorprendió más; Duftmon estaba envuelto en colores, desde su pelo rubio hasta la tela roja brillante de su cintura.

¿Y por qué Yamato veía a Gabumon en escala de grises? ¿Por qué se veía sin colores?

El Royal Knight no dejaba de cantar. Tenía una voz regular, se notaba que el canto no era lo suyo, pero su mente estaba envuelta en un único pensamiento: Noriko, Noriko, Noriko...

Yamato vio sus alas, blancas, puras, reales y hermosas. No sabía a ciencia cierta qué fue lo que su corazón le atravesó, pero veía en los ojos verdes de aquella criatura la más hermosa de las amistades. Tomó fuerte la mano de Gabumon: por un amigo, un compañero, uno da la vida. Tenía que ayudarlo, tenía que encontrar a Ken. Él haría lo mismo si Gabumon se perdía.

La boca del rubio se movió grácil como siempre lo hacía al cantar. Dulces sonidos salían de sus labios. Duftmon se dio la vuelta. Veía a Yamato en colores al igual que a su compañero.

—Gracias —respondió. Del brillo rojo que tenía en la nuca se desprendió una pelotita pequeña, oscura y puntiaguda. Yamato dejó de cantar un momento mientras el digimon aplastaba esa cosa y se desvanecía en forma de partículas—. Esta porquería la implantó Yggdrasil, no dudo de ello. Es un maldito virus. Mis viejos camaradas no deben ser capaces de venir a ese lugar, seguramente. Esto es alguna playa de pruebas que debe tener Yggradill, no sabiendo qué hacer con los errores que comete. Ahora lo comprendo bien: Noriko estaba cayendo en una profunda depresión —hablaba de manera triste—. La intentaba alegrar de mil maneras, pero seguramente ese virus tuvo la culpa de agravarla. —Apretó los puños con fuerza—. Lo que la arrastró aquí hace mucho tiempo y en mi afán por rescatarla, salí de aquí, seguramente implorando alguna ayuda.

—Vamos a encontrarla —afirmó Yamato—. ¡Gabumon!

—¡Sí! —al tiempo que exclamaba, su figura cambió a una más grande: un lobo gigante, a rayas azules y blancas—. ¡Vamos!

Al compás del viento, al ritmo de su corazón, haciendo oídos sordos de la oscuridad, Yamato cantaba para encontrar a esa Noriko, a la compañera de ese real digimon que vaya uno a saber por qué motivos el supremo lo desterró. Nadie debería ser capaz de separar a los compañeros de esa forma; él sería incapaz de vivir tranquilo si algo malo le sucediera a su querido Gabumon. Cantó con más fuerza, queriendo, inconscientemente también, llenar a Garurumon de sus propias emociones.

—¡Yamato! —El lobo levantó la cabeza: en la cima de un acantilado, donde debajo se extendía el mar siniestro, de pie, estaba una muchacha de pelo corto, con un destello enorme en la nuca en forma de flor, cuya energía se expandía al cielo infinito, como tragándola.

Garurumon cambió a otra forma que fuera capaz de volar, un lobo de piezas metálicas, MetalGarurumon. Yamato la llamó.

No más más, no quiero más…

La flor de la nuca desapareció, ella lanzó un gritó y perdió el equilibro hacia el vacío.

Poco tiempo después la muchacha recobró el conocimiento. Cual cuento de hadas, oyó la voz suave de alguien que cantaba; el húmedo y podrido olor del mar se desvaneció por el de un aroma suave.

—¿Duftmon…?

—En un momento vendrá. Mi compañero, MetalGarurumon, fue en su búsqueda. —Ella se incorporó un poco, Yamato la ayudó a sentarse contra una roca—. ¿Cómo te sientes?

—Mejor —respondió mirando el horizonte. Volvió para verlo y abrió sus ojos, sus mejillas se enrojecieron—. ¿E-eres Yamato Ishida? —El nombrado asintió—. Dios mío, qué vergüenza —confesó tapándose la cara—. Duftmon me acompañaba mientras miraba tus vídeos donde cantabas; nunca fui capaz de animarme a ir. ¡Cantas hermoso!

Se hizo un ligero silencio donde la brisa húmeda los golpeaba. Ella entristeció su semblante.

—Una voz extraña me decía que había lugar para que me sintiera mejor, un lugar donde los errores estaban permitidos, ya que los errores… no merecían vivir —agachó la cabeza—. Tus canciones y Bearmon siempre lograban animarme pero mis malos pensamientos siempre me atacaban.

—¿Quién te dijo eso?

—Una voz, una voz muy lejana. Le conté a Duftmon, aunque él en esa época era un cariñoso Bearmon —acotó con dulzura lejana—. Él me dijo que no entendía nada de lo que decía y un día, cuando el dolor se me hizo insoportable, desaparecí y lo dejé sólo. —Se puso a llorar—. ¡Él es mi único amigo!

Yamato, anonadado, se la quedó viendo. Acto seguido, le puso una mano en el hombro.

—Tengo un amigo que está perdido acá también. No sé el motivo de cómo terminó aquí, pero su novia y sus amigos lo extrañan un montón.

El chico le extendió un pañuelo, ella lo tomó con suavidad y se secó la cara.

—Siempre me imaginé que debías ser muy gentil —comentó dulcemente, mirando el trozo de tela en color azul marino con detalles bordados—. Estoy feliz de poder sentirme alegre de nuevo, de poder reencontrarme con Duftmon y… —Sus mejillas adquirieron un tenue color rojizo, nuevamente—. ¡Y conocerte! Compré tu disco y siempre me gustaba oírlo.

Yamato sonrió. Era extraño que ellos resplandecieran en un lugar tan lúgubre.

—¡Yamato! —llamó MetalGarurumon de la distancia.

El nombrado se puso en pie y ayudó a Noriko a hacerlo. Cargaba con un desmayado Ken en su lomo y lo acompañaba, no solo Duftmon, sino varios humanos y digimons que tenían color y no se veían grises.

La larga caballera de Duftmon resplandecía como su armadura. Noriko gritó su nombre y corrió a sus brazos, llorando desconsolada.

—¡Creí que te había perdido!

—Tranquila, aquí estoy —reconfortó él—. Todos estos humanos y digimons tenían la misma cosa en sus nucas, ya las he destruido. Es hora de volver a casa.

—¿Cómo haremos eso? —preguntó Yamato subiéndose a MetalGarurumon y acomodando a Ken en sus brazos.

Duftmon suspiró.

—Con esas cosas. —Noriko sacó de su bolsillo el aparato blanco y rojo que tenía en uno de sus bolsillos. Éste empezó a brillar y un camino de luz apareció llevándolos al interior de una cueva, donde un portal en forma de elipse apareció.

—¿Es seguro? —preguntó ella.

—No tenemos otra opción —respondió su compañero.

En medio de la calle apareció todo ese enorme grupo, asustando a los pocos humanos que andaban por ahí a esas horas de la noche.

Yamato en seguida llamó a su hermano para avisarle de las buenas nuevas, quienes no tardaron en venir. La policía también fue y se sorprendió al encontrarse con muchos de los desaparecidos que andaban buscando.

Miyako y los demás se alegraron de sobremanera al ver otra vez a Ken, sano y salvo. Yamato recibió los constates agradecimientos de la muchacha y, en medio de la algarabía, el rubio se acercó a ellos dos, fundidos en un enorme abrazo. Ella lloraba.

—Gracias por tu ayuda —le dijo Duftmon—. Soy completamente visible para los Royal Knights ahora y en cualquier momento vendrán a reportarme; hay muchas cosas de las que hablar.

Noriko se aferró más a él.

—¿Te irás?

—Contigo. —La chica se sorprendió—. Aunque… te pondría en peligro.

—¡No, tú has estado toda la vida consolándome, ahora quiero ayudarte yo!

—… gracias… —La subió con cuidado a su espalda.

—Yamato —llamó ella—, gracias por todo lo que hiciste por nosotros —agradeció dulcemente—. Solía tener pensamientos malos de todo, pero siempre que escuchaba tus canciones y las palabras de Duftmon volvía a sonreír. ¡No quiero que nadie más caiga en desgracia o en ese lugar!

—Prometo que cambiaremos las cosas, ¡gracias!

Se volvieron dos estrellas fugaces en el cielo a la vista de Yamato y Gabumon.

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No los volvió a ver, pero la galaxia cambió unas semanas después. Los planetas deshabitados regresaron a la vida, el líder supremo cesó sus funcionamientos y los trece planetas, con sus respectivos líderes, tuvieron muchísimos años de paz, de merecida paz.

Y Yamato siguió cantando, para alegrar a más personas, por el recuerdo de Noriko e inundar a esos corazones de un suave perfume de unión y amistad.