Personajes: Yamato y Mina

Género: Post-apocalíptico

Palabras: perfume y atractivo

Autora: Blue-Salamon

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Canción de cosas olvidadas

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El perfume de una flor seca, muerta, marchita, le recuerda épocas pasadas en las que muchas de su misma especie solían abundar.

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—¿Hueles, Yamato?

—¿Qué, Mina?

El chico y la chica, ambos con ropas raídas y descuidadas, llenas de tierra, marcas en los alrededores de las muñecas y cicatrices repartidas por cada una de sus extremidades, han ido a parar a una ciudad abatida, derrumbada y derrotada, destruida. Son los restos de un lugar antes habitado, pero en el que ahora no hay más que escombros y las huellas de un desastre.

Ninguno conoce ese lugar. No saben realmente dónde es que están. Aunque buscan, cualquier cosa que les pueda ser de utilidad, entre los restos.

Mina ha perdido de vista el objetivo. Ha encontrado una flor, medio muerta, rota y quebrada del tallo, aplastada de la raíz y agonizando. Pero ya no tiene más vida, no más, cuando, finalmente, la última fibra cede y se desenlaza de la parte del tallo que se enraizaba a la tierra.

Es una flor que ya yacía, más muerta que viva, cogida en las manos morenas de la chica y que, en cuanto Yamato se voltea hacia su vecina de al lado, es que se la pone frente al rostro a la repetición de sus palabras: —¿Hueles?

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Se trataba de un aroma sucio, rancio. Olor a putrefacción. Como el mundo que se iba desmoronando, a pesar de sus intentos por mantener juntas las piezas que lo conformaban.

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Y no es que Yamato quiera, pero aspira y acaba inhalando el perfume, de esa flor muerta, marchita, que Mina le pone en las narices. Él hace una mueca, en automático, la picazón de un estornudo en la punta de la nariz, y allá, justo antes de la garganta, cuando contiene el estornudo le resulta molesto, más cuando Mina está frente a él, sonriente, y un brillo de diversión le ilumina los ojos al darse cuenta de todo.

Yamato entorna los ojos y responde, rencoroso: —Nada.

—¿Nada?

Ella lo presiona y Yamato apenas que se contiene de responderle bruscamente, porque sabe que lo está provocando. Es su vecina de celda, claro que sabe de cómo es que ella lo usa a veces para animarse durante —e incluso ahora, tiempo después— su encierro.

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Más allá de eso, y sin embargo, aquel era un aroma natural. Más puro y limpio que el denso aroma, producto de la guerra, producto del hombre. Producto de pólvora y combustibles fósiles quemados en la desesperación de los altos mandos para mantener bajo control la amenaza y conservar territorios reclamados como suyos, por y para la humanidad. ¿Qué amenaza? Los digimon. ¿Solo para la humanidad? Sí, porque el ser humano era inherentemente envidioso. Nunca compartió nada con los animales. ¿Por qué iba a compartir con los digimon?

La guerra había iniciado poco después de que el fin del mundo se diera.

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Mina tiene una mirada cálida y un tanto juguetona. Es un poco sorprendente, en vista de la situación por la habían pasado. A Yamato le sorprende, porque está seguro de que su propia mirada es exactamente lo opuesto.

—¿A nada? —insiste Mina, sin dejar de tenderle la flor.

Yamato ya no puede contenerse y suelta lo que piensa: —Huele a muerte —en palabras que, casi, le quitan el aliento.

Él no es muy optimista. A Yamato no se le da bien eso de ser optimista. Pero, por lo general, prefiere no exponerlo cuando encuentra a alguien que sí lo es.

—A muerte —Mina repite, sin dejar de mirarlo, como para asegurarse de estar entendiendo. Y Yamato tan solo asiente, que sí, masculla.

—A muerte —confirma, en un rato más, su mirada tornándose melancólica.

Mina sonríe. A ella sí se le da ser optimista. Recoge la flor hacia ella y aspira una vez más su hedor, su perfume, en una pausa gratuita e incolora. Que para hablar de falta de colores, Yamato siente que estos pierden su nitidez de los días que pasan y pasan sin traerle demasiadas buenas noticias para escuchar.

—Demimeramon... —Mina llama a su digimon, que inmediatamente corre y da vueltas a su alrededor, antes de ponerse frente a ella, inquieto: —¿Tú qué piensas? ¿a qué huele?

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El mundo humano y el digital siempre habían estado en contacto, siempre en una armoniosa coexistencia. La situación era que dos realidades coexistiendo en un mismo espacio era tan solo el primer paso para la fusión de las mismas. Y cuando seres humanos comenzaron a entrar al mundo digital y seres digitales comenzaron a andar en la tierra del hombre, las delicadas membranas que separaban una realidad de otra se terminaron de rasgar.

Luego fue cuestión de que aquello sucediera: la lucha por el dominio de la humanidad, y la lucha por el dominio de los monstruos digitales.

Las realidades, ambos mundos, terminaron mezclándose. Como los ingredientes en una licuadora, dejando todo revuelto y nada intacto. Y en el proceso, muchas vidas llegaron a su fin.

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Mina actúa calmada y confiada, sin temor a las llamas, cuando le extiende a su compañero la flor marchita. Yamato mira cómo la calma de ella parece extenderse a su compañero, que hace una pausa en su borbotar de energía, para detenerse a aspirar aquel olor.

El digimon no da una respuesta entendible. Al menos no una que sea clara para Yamato, que, ocupado en mirar las llamas que lo componen, siente un escalofrío y acaba tomándose el brazo. Por detrás de él llega Gabumon. Que nada más llegar se da cuenta tan solo al darle una mirada a Yamato; con disimulo, se pone un poco por enfrente de él y junta el pelaje de su piel sobrepuesta hacia la mano del chico.

Mina asiente en su conversación con Demimeramon, le pide que extienda sus manos y en cuanto este lo hace, deja caer la flor hacia sus manos. La flor termina incinerada, pronto envuelta en llamas, que el digimon de inmediato se traga.

—Tienes razón, Yamato.

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Los humanos y digimon no se llevaron bien. Al menos, no adultos, como suele suceder en las guerras. Los niños, algunos, consiguieron formar un vínculo. Y en ese pequeño vínculo se depositaron esperanzas. Y en ese pequeño vínculo se forzó una carga. ¿Cuál carga? La de salvar al mundo. Los mundos, dos, que luego se volvieron uno.

Cuando los mundos se redujeron del plural al singular, el problema real comenzó: las autoridades, que ya tenían ubicados a los niños vinculados a monstruos digitales, decidieron que los necesitaban para resguardar a la humanidad. Resguardarla de los monstruos digitales a los que tenían que acabar.

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—Es verdad.

De mirar a Gabumon con gratitud, la mirada de Yamato cae sobre Mina sin acabarla de entender. En su brazo había tenido una herida desagradable que le dejó marca; no tanto como visible, por que había que fijarse con cuidado y la mugre fungía un trabajo correcto cual camuflaje, pero al tacto se podía percibir un cambio en la textura típica de una cicatriz.

—Huele a muerte.

Mina no parece tener problemas con decirlo así. Contrario a Yamato, su sonrisa permanece intacta, sin vacilaciones.

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Fuese a base de engaños, después de amenazas, los niños vinculados se vieron obligados a seguir y prolongar la guerra. De humanos contra monstruos digitales. Y después de un tiempo los niños dejaron de ser niños para pasar a ser tratados de armas.

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Yamato aún tiene el recuerdo fresco de los otros seis niños con los que había convivido antes de ser trasladado al lugar en donde Mina se encontraba.

—Si nosotros conseguimos escapar, tus amigos seguro lograrán hacerlo.

Lo que Yamato sabía de Mina era que la habían apartado de su propio grupo para tenerla en una región que requería más apoyo. La misma situación que a él cuando lo trasladaron sin previo aviso.

—Por ahora, nos concentraremos en recuperar a tu hermano.

Yamato vuelve a ver a Mina de reojo, antes de regresar su atención a sus propias manos, aparentemente, concentrado en lo que hace.

—Siento no poder hacer lo mismo por ti.

Mina había mencionado que había perdido a uno de sus hermanos en medio de todo (la guerra, el Apocalipsis). Yamato no sabe bien qué le impulsó a contarle sobre aquello; tal vez como una forma de desahogo, luego de que en una ocasión se hubiera despertado muy alterada. Pero el pésame es sincero. Y a Mina tan solo le queda sonreír, como mucho también se le da, con tristeza queda, por poco más del tiempo en que necesita para reaccionar.

—Oh, vamos, Yamato. Que pierdes tu atractivo cuando dejas de ser tan frío y distante.

Yamato tuerce el gesto, al volverse a verla: —¿Atractivo?

Ella sonríe, burla escondida debajo de esa forma de sonreír tan cálida que tiene: —Sí, atractivo.