Personajes: Yamato y Mimi

Género: Humor

Palabras: soledad y melodía

Autora: Lauchita

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Yami

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—Ya te dije que no me importa quedarme solo —le recordó a su padre por novena vez—. La soledad no me desagrada, me calma.

—Y ya yo te dije a ti que no es negociable.

—Papá, en serio, no pasará nada, son solo pocas horas. Estaré bien.

—Yamato, ¿qué clase de padre sería si dejo a un niño de 6 años solo en casa? Creo que hasta ilegal debe ser y de seguro que sería una excelente historia en mi contra que usaría tu madre en la corte. Ponte tus zapatos y vámonos, que llegaré tarde al trabajo.

—Tengo 6, pero parezco de 10 y mi edad mental es de 15. Hice un test en internet.

Hiroaki giró sus ojos antes los argumentos de su hijo. Lo solitario lo había sacado de él, pero la terquedad definitivamente la había heredado de Natsuko.

El pequeño calzó sus zapatos y no tuvo otra opción que subir al auto.

Tiró la puerta luego de montarse, ya que sabía lo mucho que le irritaba a su padre que hiciera eso y por más que el mayor intentó sacarle conversación él se rehusó a responder y mantuvo su ceño fruncido durante todo el viaje.

El auto azul cruzó el último semáforo del trayecto, solo faltaban dos calles y llegaría a su destino.

—No sé por qué te molesta tanto quedarte con los Tachikawa, son personas muy cálidas y su hija es de verdad muy linda. No me hubiera molestado quedarme con una niña tan linda cuando tenía tu edad.

Le dedicó una mirada helada a su padre. ¿Era Mimi bonita? ¡Qué iba a saber él! Lo único que sabía es que era demasiado ruidosa, hiperactiva y no respetaba su espacio personal.

Bajó del auto con pesadez y entró a la casa de los Tachikawa, donde fue recibido, casi tumbado, por una pequeña revoltosa que se lanzó a abrazarlo en cuanto lo vio.

—¡Yami! —le gritó justo en el oído, aturdiéndolo a la vez que lo asfixiaba por lo duro que le abrazaba justo en el cuello.

Buscó desesperadamente la ayuda de su padre, pero era muy tarde. Se había ido. A partir de ese momento su supervivencia dependería únicamente de él.

Subió al cuarto rosado de Mimi, donde su mamá los dejó solos mientras iba a prepararles algo de comer. Él observó su reloj digital, marcaba las 10am, empezaba la travesía.

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*10:00am*

—Estaba esperando con ansias que fuera sábado. Mi mamá me compró una nueva muñeca bailarina, mírala. Es genial, porque es mitad ratona y mitad hada del bosque. —Miró con una mueca desaprobatoria al hada ratona bailarina—. ¿Quieres jugar? Yo seré ella, pero tú puedes ser... Mmmm... Esta, puedes ser esta Barbie —dijo pasándole la muñeca más fea que tenía, una a la cual le faltaba un brazo y tenía varios mechones de cabello cortado.

—Cuántas veces te tengo que decir que soy un niño. Los niños no jugamos con muñecas.

La pequeña castaña lo miró ladeando la cabeza, luego se acercó hasta su peinadora donde tomó una tijera y un marcador.

—Listo, ahora es un muñeco. Le hice cirugía estética.

Alzó una de sus pequeñas y rubias cejas al ver que Mimi le había cortado el cabello lo más corto que pudo a la pobre Barbie y había dibujado un bigote tuerto en su plástico rostro.

—Tengo una mejor idea —comentó dejando a un lado la muñeca transfor—. ¿Te gusta la música?

—¡Me encanta la música! Podemos aprender la nueva coreografía de Britney Spears.

—¡NOOO! —gritó con desespero. Todavía estaba latente en su memoria la vez que la castaña lo había obligado a bailar una y otra vez "ojos así de Shakira". Todavía temblaba cuando escuchaba un "ya la he". Sus caderas jamás lo perdonarían—. Pensaba más bien en tocar para ti. Mi mamá me regaló esto.

—¡Una armónica! —exclamó la pequeña a medida que sus ojos brillaban como perlas—. ¿Me la prestas?

—No. Le prometí a mi madre que solo yo la tocaría y no puedo romper esa promesa, porque la hice con el meñique.

La niña llevó sus pequeñas manos hacia su boca. Mientras agrandaba sus ojos.

—¡No se puede romper una promesa de meñique! —exclamaba con cierto dramatismo, a la vez que el pequeño rubio negaba con la cabeza para afirmar la idea.

—Tocaré para ti, pero solo si prometes subir a tu cama y quedarte quietecita, ¿vale? —La pequeña asintió y se sentó en posición india sobre su colchón.

El rubiecito inhaló aire y deseó que aquello funcionara. Llevó el instrumento musical hasta sus labios y comenzó a tocar una melodía de notas tristes que su madre le había enseñado hacía algún tiempo.

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*10:20am*

¡Estaba funcionando! Mimi seguía quietecita en su cama escuchándolo atenta. Al parecer sí era cierto que la música domaba a las bestias salvajes.

—¿Puedes tocarla otra vez? —pidió ella y él feliz asintió. Por fin sabía cómo mantenerla a raya.

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*11:20am*

—Una vez más, Yami —pidió la castaña. Había repetido la única canción que se sabía una y otra vez. La verdad ya estaba cansado, pero si mantenía a Mimí entretenida y quieta en su cama, pues seguiría.

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*11:45am*

—¡Otra vez! ¡Otra vez!

Ya no podía más, tenía la boca seca y árida de tanto tocar. Sentía que si seguía soplando aire a través del instrumento musical se desmayaría. Su cuerpo se sentía débil y estaba comenzando a sentirse mareado de tanto exhalar.

—¡Niños a comer! —escuchó la cantarina voz de la señora Tachikawa. Gracias a Dios, podría descansar. Mimi solía portarse bien en la hora del almuerzo.

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*1:00pm*

—Cada vez me está saliendo mejor, ¿no crees? —preguntó con ilusión la pequeña.

El rubio posó sus ojos en sus propios dedos. Cada uno pintado con un color de esmalte distinto. Todos ellos chorreados, en algunos casos el líquido había corrido inclusive hasta la mitad del dedo, pero en medio de aquel desastre su dedo meñique de la mano izquierda sobresalía.

—En esta no te saliste de la uña —dijo mostrándole el dedo a Mimí.

—¡Es cierto! —exclamó feliz la pequeña y se abalanzó a abrazar a Yamato, ahorcándolo una vez más.

—¿Qué hemos hablado del espacio personal? —preguntó entre ahogos el pequeño rubio, quitándose a la ojimiel de encima—. Mejor ve a buscar el quitaesmalte.

La castaña salió corriendo al cuarto de su mamá y regresó rápidamente con el pequeño frasco abierto en sus manos. Y justo cuando cruzó el umbral de la habitación tropezó con la muñeca transfor, cayendo estrepitosamente y derramando todo el líquido en el suelo.

—Ups —susurró mirando a un petrificado Yamato.

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*2:24pm*

—No te pienso complacer en esto Mimi, me niego rotundamente.

—Por favor, Yami. Mis padres siempre están ocupados y no juegan conmigo.

—Juguemos a otra cosa. A esto no.

—Pero me lo regalaron apenas ayer, no tengo con quien estrenarlo. Por favor.

—No, Mimi, no me convencerás.

La pequeña comenzó a llorar.

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*2:50pm*

—Ya casi, ya casi. ¡Listo! Ya puedes mirar —mencionó Mimi a la par que le pasaba un espejo al pequeño Ishida.

El niño de ojos azules se quedó pasmado en cuanto vio su rostro reflejado en el espejo. Tenía un párpado pintado de azul, el otro parpado pintado de verde, las mejillas le brillaban de un color rojo Japón. Y del cabello le guindaban mechones de cabello falso color rosa. ¡Jamás debió aceptar aquello! ¿Por qué su debilidad era ver a una niña llorar?

En cuanto salió de su shock solo pudo gritar una cosa:

—¡MIMIIIII!

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*4:05pm*

¿Dónde demonios estaba su padre? Tenía que haber llegado hacía 5 minutos. Cada segundo que pasaba al lado de la castaña su vida corría peligro.

—Yami —susurró la niña. Él se limitó a levantarle una ceja como respuesta—. Si nos escondemos no podrás irte.

—Pero yo me quiero ir.

—¿Y si te quedas un rato más?

—No puedo, Mimi, tengo negocios que atender. —Había escuchado aquella frase en una película y le pareció genial.

La pequeña Tachikawa hizo un puchero con sus labios.

Por fin escuchó el timbre sonar, tomó su mochila y caminó con rumbo hacia la puerta.

—Yami, si te quedas un rato más, prometo que el sábado que viene solo haremos lo que tú quieras, aunque eso signifique estar sentados todo el día en un rincón haciendo silencio.

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*4:15pm*

—Yamato llevo 10 minutos esperándote abajo, ¿qué pasa? —preguntó Hiroaki entrando a la habitación de la pequeña Mimi seguido de Satoe.

—Oh vaya, pensé que estaban aquí —mencionó la mujer en un tono bastante fingido.

—¿Dónde se podrán haber metido? —preguntó el hombre rubio siguiéndole el juego a la señora Tachikawa.

—Quizá estén en el closet —mencionó Satoe obviando a propósito el enorme bulto tapado por una sábana que de vez en cuando se movía encima de la cama de su hija.

—¿O tal vez debajo del escritorio? —preguntó en tono inocente el mayor de los Ishida pasando de largo la cortina de la cual sobresalían indiscretamente los pies de su hijo.

—¿Dónde se habrán metido estos dos monitos?

—No lo sé, pero es una lástima que no estén aquí, porque le traje a Mimi una rica torta de chocolate con fresas.

—Oh, vaya, es la favorita de Mimi. Supongo que me la tendré que comer yo. ¿Puedo comérmela yo, Hiroaki?

—Por supuesto.

—Espera, mamá —gritó la pequeña quitándose la sábana de encima—. Yo quiero probar la torta de chocolate.

—¡Ay, Mimi! —pronunció el rubio en tono de reproche saliendo detrás de las cortinas.

—¿Por qué se estaban escondiendo? —preguntó la delicada mujer.

—Es que queríamos que Yami se quedara un rato más a jugar.

Hiroaki le dedicó una mirada inquisitiva a su hijo, quien desvió la vista sin decir nada.

—Yamato, creo que puedes ayudar a esta pequeña señorita a ordenar su cuarto. Eso les dará un rato más juntos.

El pequeño de ojos azules resopló. Era lo único que le faltaba, que lo pusieran a limpiar.

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*4:20pm*

Terminaron de guardar el último juguete en el baúl blanco de la niña, cuando esta miró hacia todos lados y al comprobar que nadie la veía pronunció en tono de secreto.

—Tengo otra idea.

—Ya basta de ideas. Nos delataste por un dulce.

—Pero, Yami, todavía pienso cumplir mi promesa.

El niño lo meditó y pasados unos segundos escuchó el plan de Mimi.

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*4:25pm*

La señora Tachikawa subió las escaleras con el fin de buscar al pequeño Yamato, pero cuando entró al cuarto de su hija ambos chiquillos salieron corriendo y gritando. Los persiguió un par de minutos en tono juguetón hasta que terminó acorralándolos dentro de un baño.

—Ahora sí, monitos revoltosos, es hora de decir adiós.

—Yami no se puede ir mamá. Le faltan sus zapatos. —Apuntó la pequeña señalando los pies descalzos del rubio.

—Veamos, si yo fuera un zapato de Yamato, ¿dónde me escondería?

Miró a ambos niños con ojos de recelo y luego sonrío al ver al pequeño rubio parado en una pose extraña junto al cesto de ropa de sucia.

—Tal vez aquí. —Apartó suavemente a Yamato, rebuscó entre algunas franelas y encontró uno de los zapatos del niño—. El otro no debe estar muy lejos.

Observó el cuarto de baño buscando posibles lugares donde los niños pudieran haber escondido el calzado. Revisó en la papelera: nada. En el armario: tampoco. La tina estaba vacía también. Volteó al escuchar la pequeña risa de su hija, quien estaba sentada encima de la tapa cerrada del sanitario.

—Mimi, dime por favor que no metiste el zapato de Yamato en el inodoro. —La pequeña volvió a reír.

Su madre la cargó para quitarla y abrió la tapa para encontrarse con un completamente hundido zapato.

—¿PERO QUÉ HAS HECHO? —gritó un pequeño rubio con lágrimas queriendo salir de sus ojos.

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*4:27pm*

Yamato bajó ruidosamente las escalera. Estaba rojo de la rabia y algunas lágrimas estaban ya corriendo su cara. Aquellos eran sus zapatos favoritos.

—¡Vámonos de aquí! ¡No quiero volver nunca más! —se dirigió a su padre, no importándole que a pocos pasos Mimi y su madre lo escucharan.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el mayor.

—Ella metió mi zapato en el inodoro —acusó el pequeño señalando a la castaña.

La pequeña niña comenzó a llorar.

—Lo siento, Yami, yo solo quería evitar que te fueras. No sabía que se empaparía todo.

—Pequeña Mimi, los zapatos no se ponen en el sanitario —comentó con voz dulce el hombre, haciendo que la niña comenzara a hipar.

—Mimi —esta vez habló la mujer—. ¿Crees que hay algo que puedas hacer para compensar a Yamato?

La niña lo pensó unos segundos, luego fue corriendo hasta el recibidor y regresó con unas botas para la lluvia de color fucsia escarchadas.

—Te presto mis botas, Yami. Estas no se pueden mojar. Mami y yo lavaremos tu zapato y estará como nuevo para cuando nos volvamos a ver.

El niño miró las manitas extendidas de la niña. Tenía sus pequeños ojos hinchados. Suspiró sonoramente antes de aceptar y ponerse una de las botas: le apretaba.

Siguió a su padre hasta la puerta y justo cuando estuvo a punto de salir la voz de Mimí lo hizo detenerse.

—Yami, espera. —Se tiró una vez más encima de él para abrazarlo, pero esta vez sin ahorcarlo—. De verdad lo siento. Prometo no volverlo a hacer. —Seguidamente lo besó en la mejilla, tomando por completa sorpresa al niño.

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*5:00pm*

Su padre había estacionado el auto. Por fin habían llegado. Bajó del vehículo pesadamente y caminó hasta la entrada del edificio donde vivían.

Tenía en su pie izquierdo su zapato puesto y en el pie derecho la bota fosforescente de Mimi. Todos sus dedos estaban pintoreteados con esmalte de uñas y aun así no se sentía enfadado.

Llevó su pequeña mano hasta su mejilla, justo donde la niña le había dado el beso.

Quizá Mimi no estuviera tan mal después de todo.


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Lauchita: ¡HOLA! Como verán hicimos este reto de escritura donde todos teníamos a Yamato como personaje principal. Se sorteó un personaje secundario y mi sonrisa no pudo ser más grande al ver que me había tocado Mimí. "Pan comido" pensé, pero luego sortearon el tema y me tocó comedia. Nunca he escrito nada un fanfic cómico, me parece difícil. Igual hice el mejor intento y salió esto, que espero que aunque sea se acerque a la comedia.

Ah verdad, se me olvidada. También se sortearon dos palabras, en las cuales tenías que basar tu historia o por lo menos encontrar la forma de incluirla dentro del relato. Me tocaron: Soledad y Melodía. Cómo me parece que no iban en nada con la comedia opté la opción de agregarlas casualmente en el escrito.

Y eso es todo. Espero les guste.