Advertencia: incesto leve
Personajes: Yamato y Takeru
Género: Fantasía
Palabras: melodía y explosión
Autora: Chia Moon
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La melodía de los elfos
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La explosión llamaba a la guerra. Ambos lo sabían. Se miraron en la oscuridad y se acurrucaron, pegando sus frentes uno contra otro y enlazando sus manos.
El más pequeño sabía que tenían que separarse y que, quizás, nunca lo volvería a ver. No quería. Era su único hermano y sabía lo que ocurría con ellos. Nunca regresaban. Echaría de menos su esencia, su presencia. Acurrucarse juntos en el colchón, rezar a la diosa madre porque ninguno tuviera que ir a esa guerra.
El mayor sabía que tenía que dejar al menor atrás. Igual que su padre hiciera con ellos y su madre antes. Ni siquiera había entrado en la edad de buscar mujer. No dejaba nada más atrás que a su hermano. Sangre de su sangre. Fue escogido como guerrero por el árbol rey. Nadie podía negarse a su llamada y a él le llegó.
Ambos hermanos pertenecían a la tribu de los elfos dorados. Vivían en las tierras más al sur de Digimon, un mundo en caos con un sinfín de especies. Las guerras eran el pan de cada día a causa de las razas más explosivas, más autoritarias y más dictadoras.
Los elfos dorados eran la caballería melódica junto a otros elfos. Sus canciones solían sanar, dormir, o crear el caos absoluto. Si escuchabas su melodía podías darte por muerto si eras un enemigo. Llevaban sangre de sirena antigua.
Sin embargo, existía una melodía especial que únicamente se guardaba para los familiares más cercanos. Un símbolo de unión que cada elfo desarrollaba. El pequeño todavía no había llegado a ella. Seguía siendo como una pequeña bellota que tiene que madurar.
El mayor la cantó. La cantó mientras ambos lloraban y se soltaban de las manos.
Fue la última cosa que le dejó.
Más tarde, el mayor se uniría a la guerra y terminaría con su alma renaciendo en el árbol rey. Esperaría sus días allí hasta reencarnarse. Flotando entre las ramas como bolitas de luz, cantando melodías dulces y llamando al que faltaba.
Su hermano visitaría el árbol frecuentemente hasta que fuera escogido por el árbol rey. Batallaría sus propias batallas y cantaría sus propias canciones. Pero una de ellas, una única canción sólo resonaría como la melodía perdida de sus vidas. Una melodía triste de separación hasta sus almas se encontraran y, finalmente, pudieran cruzar el largo camino del alba hasta encontrarse con sus padres.
Caminarían por las estrellas hasta que de nuevo la tierra les llamase. Si hubiera guerra o paz. Si hubiera miedo o risas.
Su melodía siempre se escucharía.
