Personajes: Yamato y Jou
Género: Suspense
Palabras: púa y lluvia
Autora: Genee
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¿Culpable?
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La lluvia torrencial empapaba las calles de Odaiba, luces rojas y azules se coloreaban en los rostros de las personas que se aglomeraban alrededor de la escena frente al lugar de comida rápida y el ambiente calmado anunciaba la tormenta que se avecinaba.
Poco a poco las gotas iban cayendo desde su cabello rubio, respiraba apresurado, le faltaba el aire. Fue acercándose a las cintas amarillas que delimitaban el paso. Un policía lo detuvo, Yamato le respondió, aunque no sabría decir con precisión qué le dijo; sus sentidos aumentados, rebosados de información que no dejaban que pensara con claridad.
Se llevó las manos a la cabeza al descubrir la escena.
En el piso dentro del restaurante un cuerpo inerte tendido sin vida cubierto por las telas blancas de la desesperanza.
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Restaurante DigiTama.
01 de abril; 15:50 horas.
Yamato permaneció en silencio, los agentes Nishijima y Himekawa lo miraban con atención.
—Yo no lo maté —confesó, insondable como siempre.
Himekawa miró a su compañero de manera perspicaz, luego regresó la mirada a Yamato, quien se la sostenía de regreso. Himekawa se paseó por el estudio administrativo del restaurante, su traje negro impecable, esa mirada que denotaban años en el laburo y su respectiva taza de café en la mano, todo en ella causaba el frío que sentía sobre su espalda el joven interrogado.
—No hemos dicho que esté muerto —dijo, tomando un sorbo de su café.
—Es por ello que me tienen aquí —terció—. Ya les he dicho todo el día de ayer.
—Tenemos que atar los cabos sueltos, no has sido el único al que hemos interrogado —habló Nishijima mucho más empático que su compañera.
Los típicos detectives haciendo el papel del bueno y del malo, pensó Yamato.
—No voy a darle más rodeo al asunto, Ishida-san. —Himekawa parecía decidida a sacarle la verdad a como diera lugar—. Varias personas te han puesto en la escena del crimen. Todos saben que no soportabas a Kido-san y que tenías un romance con Moshizuki-san.
Su rostro imperturbable para quienes no lo conocían a fondo.
—Pueden decir lo que quieran, no son más que especulaciones.
Nishijima se pasó la mano por las sienes, suspiró pesado antes de volver a hablar.
—No te estamos culpando de nada…
—… aún —completó Ishida a la defensiva.
Nishijima negó con la cabeza e ignoró la intervención de Yamato.
—Eres el último que los vio. Solo buscamos respuestas y creemos que tú nos las puedes dar.
Por un minuto Yamato pareció dudar de sí mismo. Mantuvo una expresión pensativa. Era cierto, fue el último en hablar con Jou y muchos habían presenciado la discusión. No podía simplemente ignorar aquel hecho que lo inculpaba aún más.
—Quiero un abogado.
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Restaurante DigiTama
15 de marzo; 12:06 horas.
El chasquido del pollo empanizado cocinándose al caer en el aceite dentro de la freidora, el rechinido de los platos de losa siendo lavados, el choque del cucharón de metal sobre la superficie de un sartén, el olor a arroz frito y mariscos varios y la voz de un hombre regordete y sudado pidiendo a sus empleados que se dieran más prisa. Yamato era el cocinero de aquel restaurante de menos cinco estrellas, como su hermano menor solía decirle, estaban en la hora pico y por ende la hora más complicada; muchos pedidos por sacar y el estrés de un jefe exigente que no paraba de gritar barbaridades a sus empleados. El restaurante no era muy distinto a cualquier otro restaurante de comida rápida, no tenía nada de especial, salvo que se encontraba en un lugar bastante concurrido y, por lo tanto, tenía sus clientes diarios.
Yamato no era un chef ni mucho menos, se dedicaba a la música netamente, que hubiera acabado como chef de aquel lugar había sido por cuestiones de la vida. Él era sólo un músico, un músico desempleado que necesitaba de lo más básico de la vida, como comer y tener un techo donde dormir.
Mientras reunía dinero para irse a la capital, no le quedaba de otra más que trabajar en dicho lugar. Odiaba las horas picos más que nada en el mundo, lo hacía sudar más de lo normal y no ayudaba mucho la falta de ventilación en la cocina.
—Arroz con huevo saliendo. —Sora, una de las camareras, había entrado a la cocina y con las mismas había salido.
Detrás de ella se escuchó un estornudo. Meiko, la otra mesera, sufría de alergias que en algún otro lugar habría sido un impedimento a la hora de contratarla, pero en el restaurante DigiTama, donde lo único que importaba era que no te quejaras por el mal trato y poco sueldo, no.
—¿El pedido de la mesa seis? —preguntó.
—Está demorado —respondió Yamato, quien miró por sobre sus hombros al joven de lentes que pelaba papas desde hace ya quince minutos.
—¡Ya casi termino! —dijo un entusiasta Jou.
Lo peor del restaurante era aquel muchacho, Jou Kido, a Yamato le molestaba lo torpe y lento que era. En otras circunstancias habría intentado usar un poco de empatía con él, pero no en ese momento de su vida donde conseguir dinero era lo primordial.
—Una vez peladas tienes que picarlas y echarlas en la freidora —indicó muy a su pesar.
—Por supuesto, Yamato-san —respondió con una menuda sonrisa.
—Oh, por amor a los dioses —se quejó Ishida en cuanto escuchó el sonido de una cacerola cayendo al suelo, seguido de ello, a Jou disculpándose.
De no ser porque su torpeza también lo perjudicaba a él, no le prestaría atención. Pero Jou era torpe, lento, ruidoso… dejaba caer los vasos, hacía quemar algunas comidas, tardaba horas picando un pimentón o una cebolla y su jefe utilizaba ese pretexto para bajarle el sueldo a todos, incluido a las camareras. Una parte de Yamato pensaba que Jou había sido enviado por el mismísimo dueño del restaurante para no pagarle sueldo completo a sus empleados, de no ser porque Sora le hubo dicho que conocía a Jou y que necesitaba el dinero para pagar su licenciatura, se habría creído su teoría.
—En cinco minutos hago salir la orden de papas fritas, Mochizuki-san —prometió Yamato.
Mochizuki entrelazó sus manos a nivel del pecho, miró con lastima a Jou y luego a Yamato.
—Ishida-kun. —Su voz baja—. Si el pedido sale luego de quince minutos…
—Lo sé —intervino antes de que acabara la frase. Todos lo sabían tan bien como él—. Doble ración. —Que saldría del bolsillo de todos los empleados, no de forma dividida, sino que cada uno pagaría lo que costaba el platillo.
Mochizuki le regaló una sonrisa floja y salió de la cocina.
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Restaurante DigiTama
31 de marzo; 21:05 horas.
Sora estaba jugando con los nudillos de sus manos, los frotaba nerviosa, a decir verdad. Había sido ella en descubrir el cuerpo sin vida. Jamás en su vida pensó que aquello le ocurriría a alguien cercano. La imagen del cuerpo ensangrentado, ojos negros que perdieron su luz y que, pese a ello, la seguían a todas partes desde que los encontró.
—N-no, no sé nada —dijo, dejando salir un hipido.
—Tienes que tranquilizarte —respondió Nishijima. El hombre pareció amable para Sora. Lo agradecía—. Encontraste el cuerpo, por ello necesitamos saber qué sucedió.
—No lo sé —comentó—. Yo solo llegué para hacer el cambio de turno y… y… —Se tapó el rostro, había comenzado a llorar.
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Restaurante DigiTama
03 de febrero; 21:05 horas.
—No tiene caso —refunfuñó Yamato quien estaba al teléfono—. A estas alturas jamás podré irme a Tokyo.
Se paseaba de un lado a otro en el callejón. Hubo aprovechado la hora muerta del día para sacar la basura y fumarse un cigarrillo.
—Hermano, no tienes por qué desesperarte. Solo serán unos meses más.
Yamato negó, a pesar de saber que su hermano no lo estaba mirando.
—Es un idiota, Takeru. Necesito salir de aquí. Necesito reunir lo suficiente para mantenerme allá, pero mientras él siga trabajando aquí…
—No puede ser tan tonto si es médico cirujano.
El otro resopló quejumbroso.
—Pobre de sus pacientes —se burló, dándole una inhalada al cigarro—. Y no, no es tonto, es torpe, tan torpe como un pingüino en zapatos de tacón.
Escuchó la risa de su hermano, lo que hizo que sus hombros se relajaran y respirara más tranquilo.
¿Cuánto tiempo tenía sin verlo? ¿Nueve, diez años? Era por él que necesitaba irse de inmediato a Tokyo, era por él que se desesperaba demasiado. El plan de seis meses acabó por convertirse en uno de un año y quizás hasta más tiempo, tiempo que no tenía de sobra.
—Hacía mucho que no te escuchaba reír de esa manera —se le encogía el corazón.
—Lo siento. No fue mi intención preocuparte tanto.
—No es para menos, pequeño bribón. No tienes por qué disculparte. ¿El abuelo cómo está?
—Sigue enfermo. Los doctores dicen que no le queda mucho tiempo. Ha estado preparando todo para su partida. De verdad desea verte.
Un nudo en su garganta le impidió hablar de inmediato. Caló hondo en el cigarrillo, lo lanzó al suelo y pisoteó hasta extinguir el calor de las cenizas. Dejó salir el humo por la boca, aquello lo relajó de nuevo.
Carraspeó antes de volver a hablar:
—Ya se ha acabado la hora de mi descanso. —Así era como evitaba los balazos que la vida le disparaba. No podía verse frágil delante de su hermano. Necesitaba ser fuerte—. Te llamaré más tarde.
—Tienes que ser paciente y consistente, hermano. Eres todo lo que me queda.
De nuevo el maldito nudo se formó. Yamato inspiró hondo, se las arregló para no romperse frente a su pequeño hermano. Se despidió y limpió las lágrimas antes de regresar a la cocina.
Para su sorpresa, apenas abrió la puerta se encontró con Jou.
—Ahora me espías —reclamó con un tono de voz pasivo agresivo.
—L-lo siento, Yamato-san. Yo iba a desechar estas bolsas de basura cuando… no ha sido mi intención.
—¿Qué tanto escuchaste?
Jou no respondió. Bajó la cabeza, apenado.
Y así Yamato perdió la poca paciencia que le quedaba. Empujó a Jou contra la pared, las bolsas negras que sujetaba el chico de anteojos se cayeron al suelo, este cerraba los ojos mas no se defendió de la agresión.
—Eres un… —No pudo finalizar la frase.
Sora había llegado para evitar que lo golpeara. Usó su cuerpo para empujar al rubio lejos de Jou.
—¡Detente! —vociferó—. Te ha dicho que fue sin querer.
El aludido chasqueó la lengua y se marchó. ¿Qué iba a entender ella lo que se sentía estar bajo sus condiciones? Todos ellos de algún modo eran privilegiados. El doctorcito que no quería recibir ayuda de sus padres ricos, dueños de un hospital, buscaba la independencia financiera a costa de joder a los demás; la pelirroja que huyó de casa porque no soportaba la vida a la que su madre le estaba dirigiendo, por supuesto, era mejor vivir como una mendiga a usar vestidos caros mientras te quedabas en casa haciendo arreglos florares; y luego estaba la nerd alérgica, a la que sus padres decidieron lanzar al mundo para que dejara de ser tan llorona.
Ninguno de ellos tenía problemas reales, a ninguno les costaba de verdad perder el empleo o, en su defecto, más de la mitad de la paga. Solo tenían que regresar donde mamá y papá y pedir perdón. Ni él ni su hermano tenían esa posibilidad, estaban solos a su suerte, con un abuelo moribundo y unos padres enterrados seis metros bajo tierra.
Salió de la cocina sin decir adonde iba.
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Restaurante DigiTama
31 de marzo; 21:05 horas.
—¿Sora? —preguntó Nishijima.
Sora se había perdido en sus pensamientos. Reaccionó cuando Nishijima volvió a llamarla.
—Lo siento, ¿qué había preguntado?
—Todavía no hemos encontrado el arma homicida, pero tenemos una pista que podría llevarnos a ella.
Sobre el escritorio, el detective mostró una fotografía.
—¿Sabes a quién pertenece? —Sora se mordió los labios—. Takenouchi-san, por favor.
La muchacha, viéndose presionada, asintió.
—Es la púa de Yamato.
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Restaurante DigiTama
02 de abril; 21:05 horas.
—Takenouchi-san ha dicho que esto te pertenece. —Himekawa enseñó la fotografía de la escena del crimen.
Yamato miró a Gennai, su abogado, este le asintió con la cabeza, dándole el visto bueno para que contestara.
—Sí, es mía —admitió—. Suelo perderlas a veces. Eso no me hace un asesino.
Gennai le puso la mano en el hombro a su protegido, pidiendo con el gesto que se limitara solo a responder lo que se le había preguntado.
—Tienes razón. —Himekawa sonrió con un dejo de superioridad—. Pero Takenouchi-san también ha dicho que los había visto discutir.
—¿Hace dos meses?
—El día del asesinato.
—Escuche. —Yamato echó su cuerpo hacia adelante—. Sé que soy el principal sospechoso, lo sé, su forma de mirarme lo confirma, pero, ¡yo no maté a Meiko!
—¿Tampoco sabes dónde está Jou?
Gennai negó con la cabeza y Yamato supo que no tenía que responder aquella pregunta.
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Restaurante DigiTama
15 de febrero; 21:05 horas.
Jou estaba sentado limpiando los camarones cuando Yamato entró a la cocina. Yamato tenía un aura distinta aquella mañana, por alguna razón Jou percibió que su mirada estaba más intensa, de un azul mucho más oscuro. Los últimos meses lo estuvo estudiando, cuando Yamato estaba de buen humor, sus ojos solían volverse más claros, pero se oscurecían cuando algo le perturbaba o enojaba.
—Buenos días —soltó Jou con timidez.
El otro le respondió con un movimiento de cabeza.
—¿Podemos hablar? —Aunque pudo parecer fácil preguntar aquello, lo cierto era que Jou sentía que iba a vomitar.
Yamato descolgó el delantal del perchero y se lo puso. Miró a Jou y asintió.
—Lamento lo del otro día. —Intentó sonreír—. Había escuchado lo del estado de salud de tu abuelo, pero no sabía si era cierto. Ese día te escuché hablar con… supongo era tu hermano y preguntaste por él, sentí curiosidad.
—Si querías saber algo sobre mí, pudiste haber preguntado.
Jou asintió tímido.
—Es cierto, pero tengo la sensación de que no te caigo muy bien.
Yamato no dijo nada, a esas alturas de la vida, ¿para qué fingir? Se limitó a apretar los labios y endurecer la mirada.
—Te entiendo —prosiguió Jou—. Soy muy torpe y por más que hablo con el jefe, este no cede en cuanto a no descontarles el sueldo a ustedes.
—No tienes por qué preocuparte. —Deseaba acabar con dicha plática, pese a su apariencia de chico rudo e inquebrantable, existía un muchacho empático y protector de los débiles. Hasta ese día había mantenido que el malo del guion escrito para su vida, era Jou Kido y nadie más.
—De todos modos… —Kido sacó de su bolsillo un sobre abultado. No había que ser un genio para saber cuál era su contenido.
—Si es lo que estoy pensando que es, no lo necesito.
—Sé que deseas irte pronto para despedir a tu abuelo y poder ayudar a tu hermano. Por favor, acepta mis disculpas y el dinero. No es mucho, pero podría ayudarte a ti y me ayudaría a mí a no sentirme tan miserable.
¿Por qué tendría que ayudarlo a no sentirse mal? Después de todo debía sentirse así, por su culpa todos cobraban menos de lo merecido. Pero de nuevo esa sensación de culpabilidad crecía en si interior.
—No lo aceptaré. —Su orgullo no podía permitírselo.
Jou guardó el sobre.
—Sabía que no lo harías. —Sonrió lo más que pudo y encogió los hombros—. Tu abuelo tiene un tumor cerebral, ¿no?
No. Iba por mal camino. Yamato no hablaba de la salud de su abuelo con más nadie que no fuera Takeru o con el novio de su compañera de trabajo (que resultaba ser su mejor amigo) y aún con ellos se reservaba. Tenía que ser una broma.
—Sé que quizás la meta en problemas… —continuó Jou.
Yamato no dejaría que continuara lastimándolo, que pudiera verlo desvanecido y débil. No.
—Sabes qué —terció—. No quiero hablar de ello. Lamento mucho lo que sucedió aquella vez, suelo irritarme mucho. No tienes por qué cargar sobre tus hombros mis problemas. No necesito hablar de ellos, mucho menos ayuda económica.
Jou se puso de pie, para no perder la costumbre, el cuchillo con que le sacaba la tripa a los camarones cayó al suelo junto a una pequeña olla vacía que usaba como recipiente para echar las cascaras del marisco. Yamato tuvo que controlarse para no rodar los ojos.
—Es cierto que soy muy torpe. —Y allí iba a comenzar a lamentarse—. No sientas culpa, mis padres también lo creen. Soy lo que se diría la oveja negra de la familia.
Yamato bufó, Jou no supo el porqué del gesto.
—Es irónico que digas que eres la oveja negra de tu familia siendo que ya tienes una carrera de la que sostenerte —respondió a la duda del otro.
—Pero es cierto. A pesar de graduarme con las mejores notas de mi clase, no fue suficiente para él. Tenía que ser perfecto, la mejor nota de mi promoción, el hijo que no debe decirle que no a su padre, el hijo perfecto.
Yamato podía sentir su pesar. No se comparaba con su propia pena, con que su padre le diera la espalda apenas fue un adolescente o que su madre muriera pensando que la razón por la cual su hijo no quiso verla fue porque la odiaba. En ese aspecto Yamato se dejaba llevar, sabía que existían personas que la pasaban peor que él y que había otros que, a pesar de no llevar una vida tan de mierda como la suya, sus fuerzas y motivaciones eran muy bajas, como su pequeño hermano, ante sus ojos, Takeru, pese a estar a punto de dejar la adolescencia atrás, era su pequeño y frágil hermanito. Nunca había sentido una pena, hasta que sus padres murieron en aquel accidente de tránsito.
Ironías de la vida, llevaban años sin verse y justo cuando iban en el mismo auto, tras encontrarse para hablar del fondo universitario para Takeru, un auto chocó contra el suyo, acabando así con sus vidas.
—Yamato. —La voz de Jou lo sacó del doloroso recuerdo. Yamato se espabiló y lo miró confundido. Jou sonrió—. Te decía que puedo ayudarte.
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Restaurante DigiTama
01 de abril; 09.05 horas.
Himekawa se sentó frente al dueño del establecimiento, cruzó las piernas, se arregló el cabello, miró desde su arrogancia al señor regordete y barbudo.
—Mochizuki-san era su sobrina —informó. El hombre asintió con la cabeza pese a no ser una pregunta—. Bien, muchos dicen que tenía razones de sobra para…
—¡No la maté! —gritó eufórico—. ¡Es de mi propia sangre! ¡Sería un deshonor para mi familia! ¡Y no soy un asesino!
Himekawa sonrió, apretando los dientes.
—No digo que la haya asesinado premeditadamente, solo digo que pudo ser un accidente.
—¡No, no lo hice! —El regordete hombre sudaba como cerdo. Se pasó una mano por la frente, calmándose, limpiando el sudor que se escurría a chorros—. No la maté. No la maté.
—Hay varios testigos que advirtieron una actitud sospechosa contra su propia sobrina. Incluso sobre el desaparecido Jou que no sabemos si sigue con vida aún.
El hombre se puso de pie, caminó de un lado a otro histérico.
—Nunca le haría daño.
Nishijima negó con la cabeza.
—Tenemos un video en nuestro poder. ¿Es necesario decirle cuál es su contenido?
El hombre regordete tragó pesado.
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Restaurante DigiTama
20 de marzo; 17.39 horas.
Yamato hubo salido de su trabajo con Jou para reponer los alimentos de la semana y acababan de llegar cuando escuchó gritos desde la oficina de administración. Jou se encontraba todavía descargando la mercancía junto al hijo del dueño del restaurante mientras que él llevaba dichos alimentos a la cocina, el restaurante estaba completamente solo.
—¿Qué sucede? —preguntó a Sora.
La muchacha pegó un brinquillo por la sorpresa.
—Me has asustado —confesó de inmediato, llevando la mano al corazón.
—¿Otra vez discute con Mochizuki-san? —Dejó caer el saco de harina de trigo al suelo.
Sora abandonó su guardia, se alejó del pasillo que daba hacia la oficina y regresó al recibidor. Apoyó el codo sobre el mostrador y descansó la barbilla sobre la mano. Parecía fastidiada.
—Ha registrado las cámaras del restaurante —contestó Sora—. Y ha visto a Jou besarse con Meiko-chan.
Yamato enarcó una ceja.
—¿Besarse? —inquirió sorprendido.
Sora abrió los ojos de par en par acabándose de dar cuenta que había cometido un error al soltar aquello así como así.
—Y-Yamato… yo —balbuceó como respuesta.
Yamato negó con la cabeza, cogió el saco de harina, lo puso sobre su hombro y siguió su camino a la cocina.
Caminando por el pasillo se detuvo frente a la oficina, en donde escuchó los reclamos de su jefe a Mochizuki.
—L-lo… l-lo lo siento mucho.
—¡¿Lo sientes?! ¡¿Lo sientes?! Sigues siendo la misma descuidada de siempre. Si te he dado el trabajo ha sido porque tu padre me rogó que lo hiciera. Eres una cualquiera. ¿Acaso no aprendes la lección?
—N-no no quise…
Se escuchó un golpe, tras él una pausa corta. Yamato apretó el puño, entraría para detener el abuso.
—¡Kido-kun no es como los demás! —gritó impetuosa.
Otro golpe más, Yamato presumió que se trataba de una cachetada.
—Volverás a deshonrar a la familia. ¿Eso quieres? ¿Crees que tus padres van a volver a pasar por la misma situación que hace unos meses?
—¡No fue mi culpa! —se defendió—. ¡Kido-kun no me haría daño!
—Muchachita del demonio… —gruñó.
Yamato dejó caer el saco que sostenía y se abrió paso para entrar en la oficina, pero tan pronto lo hizo se detuvo, puesto que Jou se interpuso en su camino y se le adelantó al entrar.
Yamato se quedó sorprendido y la sorpresa lo llevó a quedarse inmóvil.
Mientras tanto, Jou formó parte de la discusión.
—Le prometo que no tengo malas intenciones —dijo, la puerta hubo quedado entre abierta y Yamato pudo observar como le hacía una reverencia a Yuki—. Me disculpo si he dejado una mala imagen de su sobrina. Prometo no deshonrar a su familia una vez más.
—Insolente. Eres otro que ha traicionado mi confianza.
—Lo sé. Por ello hoy estoy pidiendo su consideración. Lo lamento tanto.
Yuki estuvo a punto de golpear a Jou de no ser porque se percató de la presencia de Yamato. Le regaló una mirada de pocos amigos, luego les gruñó algo a la pareja antes de salir con dirección a la calle.
—Lo siento, Kido-kun. Todo esto es mi culpa. —Meiko se echó a llorar.
Jou la confortó brindándole un abrazo.
—Todo saldrá bien —consoló.
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Restaurante DigiTama
01 de abril; 09.05 horas.
El sonido de las manecillas del reloj se acentuaba, el sudor del verano sofocaba a Yuki, hiperventilaba, la franela se le pegaba al cuerpo.
—¿Tengo que decirle lo que encontramos en las grabaciones o hablará usted por si solo?
—Reconozco que no fue la mejor versión de mi. —Tomaba aire entre frases—. Pero esa chiquilla ha sido un dolor de culo para toda la familia.
—¿Por ello merecía que le golpearan de aquella manera?
—¡Ha sido todo por su culpa!
Nishijima se limitó a regalarle una mirada recelosa. El hombre sudoroso se pasó las manos por el cabeza histérico.
—Lo he hecho por su padre —confesó—. Me ha pedido que la discipline. Él es un hombre muy poderoso, tiene contactos. Siempre fue el listillo de la familia, ¿sabe? Las mejores notas, el mejor empleo, la mejor conducta. Siempre fue recto y justo. Su mayor orgullo siempre fue esa pequeña. —Se rompía—. ¡Oh, Meiko, niña, por qué tú!
—No me creo su teatrito, señor Mochizuki.
—¡Que no es un teatro! —Limpió las lagrimas con el revés de su mano—. Meiko siempre fue tranquila, una niña silenciosa, bien portada y disciplinada. Era todo lo contrario a mi hermano, que su actitud fría confundía hasta a quienes lo conocíamos desde siempre. Cuando Meiko creció, se convirtió en una hermosa adolescente. Su actitud tímida agradaba a los hombres y ella aprovechaba esa atención recibida para sentirse querida, supongo. No se detenía a pensar en las consecuencias, si algún chico le hablaba bonito, ella acababa entregándose a él.
—Para ser su tío conocía muy bien la vida íntima de su sobrina —opinó Nishijima perspicaz.
—Su madre la estuvo llevando al psicólogo, ella y mi mujer eran muy buenas amigas. Con mi mujer nos contamos todo, no hay secretos. —El hombre hizo una pausa para refrescarse, abanicando su rostro con la mano—. Meiko salió embarazada cuando hacía el último año de carrera. Sus padres la obligaron a abortar, el hombre era un sujeto que trabajaba para mi hermano que buscaba extorsionarlo con el embarazo de mi sobrina. Él se encargó de ello con una fuerte cantidad de dinero y un contrato de confidencialidad. A pesar de todo, mi hermano no logró perdonar a su hija y decidió echarla de casa. Ha sido su mujer quien me pidió que la ayudara.
—Interesante. —Himekawa se levantó de su asiento—. Hemos hablado con sus padres y precisamente tu hermano nos ha dicho que había estado pidiéndole a Mochizuki que regresara.
—Las personas se arrepienten de sus decisiones.
—Pero usted no podía permitir que su sobrina volviera a manchar el buen nombre de su familia, ¡por eso la mató…!
—¡No lo hice!
—¡… y luego borró toda la evidencia de las cámaras esa noche!
—¡Yo no lo hice!
—¡Nadie más tenía acceso a ellas!
—¡La quería como una hija y todo lo que hice fue porque la amaba!
Himekawa sonrió nuevamente, lo tenía justo donde lo quería.
—¿No será por el dinero que recibía de la madre de Mochizuki-san por cuidar de su hija? —El hombre la miró con miedo y rabia a partes iguales—. ¿Por el dinero que destinaba a su hija y que usted prefirió vaciar en sus cuentas personales?
Yuki se perturbó. Asustado, tenían pruebas suficientes para convertirlo en el primer sospechoso. Como toda rata cobarde, decidió redirigir la atención a otra persona.
—Yamato-san —soltó de pronto—. Él estaba molesto con Meiko y con Kido-san. Ellos tuvieron un romance antes de que mi sobrina saliera embarazada de Kido-san.
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Hotel Love-love
15 de marzo; 14.26 horas.
El cigarrillo lánguido reposaba despreocupado sobre su labio, estaba sin encender. Era su costumbre relajarse de ese modo cuando no se encontraba estresado. Más que relajarse, simplemente necesitaba sentir el cigarrillo en su boca pese a no necesitarlo.
El ruido de las gotas del agua cayendo desde la regadera se hacía escuchar en toda la alcoba. Yamato permanecía desnudo, tendido sobre la cama.
—He hablado con mi abuelo hoy.
La mujer contestó desde la ducha.
—¿Qué te ha dicho?
Yamato miró hacia la ventana, el cielo estaba estrellado y las nubes se movían sobre la luna.
—Se está recuperando de la operación.
—¡Esa es una noticia sensacional! —dijo con honesta alegría—. ¿Cuándo podremos ir a visitarlos?
Yamato sonrió de medio lado.
—Eres bastante impaciente. Ya te lo he dicho. Pronto.
El agua que caía ya no se escuchaba, la mujer que se duchaba no contestó, pasos se sintieron y pronto la silueta de una joven, envuelta en una toalla, se asomó por la puerta del baño.
—Me hace mucha ilusión conocer a tu hermano y a tu abuelito. —La chica de cabellos castaños sonrió ancho y largo.
Todavía tenía marcado sobre sus mejillas la sonrojez propia de una mujer que acababa de hacer el amor con su pareja. Ante los ojos de Yamato, lucía más linda de lo habitual.
—Eh, Hikari. —La chica corrió hasta la cama y se lanzó sobre ella. Yamato la resguardó en un abrazo, mostrando el hilo de dientes blancos—. Todavía hay que reunir suficiente dinero.
—Pues, yo quiero conocerlos ya. Sobre todo a tu abuelo, ya que técnicamente estaría reconociendo a Takeru.
—¿Takeru?
—Siempre le había dicho así.
—Que tengas tanta confianza con mi pequeño hermano me hace sentir celoso.
—Pues a mí me hace feliz verte celoso —sonrió mientras lo besaba en los labios.
—Y a mí me gusta que seas feliz a mi lado.
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Estación de policía de Odaiba.
05 de abril; 17.55 horas.
A Hikari se le partía el alma verlo tras las rejas. No se le hacía justo que lo tuvieran encerrado por un crimen que sabía que su novio no había cometido.
—Tienes que decirle la verdad.
Yamato negó.
—Encontraron el arma homicida. Mis huellas estaban en ella y también encontraron una púa de mi bajo.
Hikari tapó su boca, reprimía el llanto.
—Íbamos a comenzar una nueva vida en Francia una vez tu abuelo se recuperara.
El muchacho bajó la cabeza, afligido. Las manos le temblaban y su visión amenazaba con nublarse. Apretó los dientes con fuerza. Si se desmoronaba frente a la persona que amaba no se lo iba a perdonar. Tenía que ser fuerte.
—Por ahora nuestros planes no parece que se harán realidad.
—¡No es justo! —alzó la voz.
Yamato siguió evitando su mirada.
—Tú no lo hiciste, Yamato-kun.
—Qué más da si lo hice o no. El padre de Meiko es un hombre de poder y para él soy el culpable de la muerte de su hija.
—Di la verdad.
—Calla.
—Di donde está.
—No sigas, Hikari-chan.
—Entonces no podré seguir a tu lado.
Yamato levantó la cabeza velozmente. La miró confundido, los ojos brillosos, abierto de par en par.
—¿Qué? —No tuvo fuerzas para decir nada más.
—Sé que le debes mucho a Jou-san. Lo entiendo. —Hikari dejó escapar las lágrimas—. Pero tú tienes una vida más allá de estos barrotes. Di en dónde se encuentra o lo nuestro se habrá acabado.
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Restaurante DigiTama
25 de marzo; 21.09 horas.
—¿Podemos hablar? —Jou se acercó a Yamato.
Este asintió. Jou estaba totalmente perdido, más pálido que de costumbre.
—¿Te sientes bien?
Jou afirmó moviendo la cabeza, las lágrimas comenzaron a caer una a una.
—Nunca te he pedido disculpas por haber empezado una relación con Meiko. Lo siento.
Era obvio que no quería hablar sobre eso. Era una mera excusa para postergar lo que atormentaba su corazón. Podía haber sinceridad en su disculpa, pero teniendo en cuenta que Yamato nunca le reclamó y que estaba saliendo con alguien más en ese momento, no venía al caso buscar perdón. Además, lo de Meiko fue algo casual y nunca pasó más allá de un simple manoseo, nunca quiso tener nada serio con ella y si el personal del restaurante se enteró de sus horas de morreo a un lado del refrigerador, había sido porque la chica no era buena guardando secretos. Sinceramente las mujeres como Meiko no era de su estilo, alguien que se tiraba en sus brazos apenas le demostró algo de empatía, no es precisamente el tipo de mujer que buscaría para tener una relación seria.
Recordaba aquello de una manera fría y distante. Había sido una noche despejada, donde la luna llena se dejaba ver espléndida, ambos quedaron solos esperando un pedido que llegaría a media noche, decidieron pasar el rato mientras esperaban, un poco de licor, confesiones sobre la vida de mierda que tenían y unos besos que iniciaron por pedido de la muchacha. Un error. No debió ocurrir. Mucho menos repetirse, pero él era hombre, ella lo buscaba y Yamato tenía deseos que no podía ocultar.
Tampoco podía decirle aquello a Jou, mucho menos confesar que la misma chica había ido a buscarlo desesperada un día mientras salía con Jou.
—No pasa nada.
—Lo sé, de todos modos, tenía que disculparme.
Yamato sacó un cigarro y lo encendió.
—¿Y bien…?
Jou se echó a reír, las lágrimas seguían bajando.
—Meiko está embarazada. —Yamato no dijo nada, ni se inmutó—. Al principio creía que era el karma pasándome cuentas por lo mala persona que he sido.
—Si te defines como una mala persona, entonces, ¿qué puedo decir de mí?
—Aprecio que me veas con buenos ojos. —Jou miró el cigarrillo en medio de los dedos de Yamato—. ¿Me convidas un poco? —Yamato soltó una risilla burlona, pero tendió el cigarrillo al otro—. No amo a Mochizuki —confesó, dando una inhalada al cigarro, ahogándose en el proceso con el humo.
Yamato le quitó el cigarrillo a Jou, todavía sonreía por lo poco Jou que estaba siendo su amigo.
—Pero ahora está embarazada.
—Ese es el problema —soltó—. Que no lo estará por mucho tiempo.
El rubio lo miró extrañado.
—Acaso…
—Piensa perderlo.
—Es una bonita forma de decir que va a deshacerse de él.
—Había planeado todo. Incluso visualicé cómo sería tenerlo (o tenerla) en mis brazos. Le he contado todo a mi madre y hermanos. Papá estaba contento porque a pesar de ser un accidente, Meiko es de buena familia.
—Lo siento. —¿Qué más podía decirle?
—No puedo hacer nada más, pero me duele. Es su decisión, tiene miedo, la comprendo, siendo sincero creo que tampoco me ama.
Yamato lo sabía, la propia Meiko había ido a decirle que nunca amó a Jou, que a quien quería era a él. Tampoco se lo diría a Jou. No podía después de todo lo que había hecho por él.
—Hay momentos en la vida en donde todo apesta. Estoy seguro que superarás esto.
Jou soltó todo el llanto. Ya no podía soportarlo más.
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Estación de policía de Odaiba.
06 de abril; 17.10 horas.
Taichi miraba sin saber qué decirle a Yamato. Desde hacía diez minutos que estaban en silencio. Yamato tenía la mirada perdida y Taichi no deseaba tocar ciertos puntos en una conversación que suponía se daría quisiera o no.
—Sora está arrepentida —le dijo.
Yamato suspiró.
—Si no lo hubiera dicho ella, habría sido otra persona. Estoy aquí por una supuesta discusión con Jou y Meiko, por una púa perdida y por ser un maldito cocinero.
Taichi miró para todos los lados, cerciorándose de que no hubiera nadie escuchando.
—¿Por qué no lo dices? —susurró.
—Porque Jou ha sido un buen amigo. Tuvo que regresar con su familia a quien no toleraba solo para que su padre pudiera tomar el caso de mi abuelo. No dejó que canceláramos la deuda y soy un maldito mal amigo que arrumó con su novia un día que estuve ebrio. Quizás merezco estar aquí.
Y sin contar que había estado saliendo y durmiendo con la hermana de su único amigo.
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Restaurante DigiTama.
31 de marzo; 19.00 horas.
La lluvia se volvía más fuerte. Los truenos y rayos rompían los cielos. La noche era mucho más oscura y solitaria que de costumbre.
Dentro del restaurante, se escuchaban gritos.
—Yamato-san, por favor. —Meiko suplicaba.
La muchacha lo sujetó por el brazo esperando que este se detuviera.
—¡No! —dijo, rompiendo el agarre bruscamente—. Ya no quiero saber nada de ti.
Meiko se rompió en llanto, desesperada, las lágrimas mermaban como si no tuvieran fin.
—Por favor no me dejes.
—¿Dejarte? —cuestionó—. Lo que sea que tuvimos, hace mucho tiempo lo dejamos atrás.
—No sé qué hacer sin ti.
—Haz lo que has estado haciendo… —La miró por encima del hombro—. Pero por favor, no regreses a hacerle daño a mi amigo.
Yamato le dio la espalda, nunca le gustó hacer llorar a una chica, por muy cínico que fuera, siempre le desgarraba verlas llorar, aunque en este caso Meiko se lo mereciera.
—Si te vas le diré que hemos estado juntos.
Yamato detuvo el andar.
—Nunca… —Pero cuando fue a contestar, sus ojos se toparon con los de Jou, quien estaba expectante mirando la espalda de Meiko.
Esta por intuición volteó, llenándose de pena al verlo.
—J-Jou-kun…
—Jou —musitó Yamato—. No es lo que crees.
—Vete de aquí, Yamato —dijo decidido—. Necesito hablar a solas con Meiko.
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A las afueras de la comisaria de Odaiba.
15 de abril; 8.26 hrs.
Yamato miraba hacia su libertad sonriente. El juez dictaminó que no había suficientes pruebas contra él como para mantenerlo encerrado. Afuera lo esperaba Hikari, su hermano Takeru, Sora y Taichi.
Respiró la libertad. Era estúpido pensar que, a pesar de haber sobrevivido a todo aquel caos y estrés, se consideraba alguien afortunado, pues todavía tenía una familia esperando lo al final del arcoíris. Miró hacia el cielo, sonriendo, como si Jou pudiese estar observando.
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19.15 horas.
Los gritos no paraban, Meiko había enloquecido y Jou tampoco guardó la calma.
—¡Eres una asesina!
—¡No podía tener un hijo tuyo, entiéndelo!
—¡¿No podías o no sabías si era mío?!
—¡Ya para por favor, Jou-kun, para, por favor!
Un repentino silencio.
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19.31 horas.
La sangre se hubo deslizado por debajo de la puerta. Sora, sorprendida de ver aquello, entró en la cocina, sintiendo la piel de gallina. En una cocina era normal ver sangre, pero había algo en el ambiente que la hacía temer entrar. Apenas hubo llegado al restaurante notó lo vacío que estaba, ni un solo cliente, las luces apagadas, todo en penumbra y luego la sangre.
Se abrió paso empujando la puerta, se tapó la boca para ahogar un grito al encontrar a Yamato y a Jou mirando el cadáver de Meiko.
—¡Sora! —gritó Yamato.
La chica salió corriendo llena de miedo, Yamato la siguió; Jou se quedó inmóvil con la mirada perdida, las manos le temblaban, el rostro palidecido y las manos llenas de sangre. Estaba siendo muy fuerte, las ganas de vomitar lo superaban y aun así sabía que, si lo hacía, estaría inculpándose aún más.
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20.15 horas.
—Este es el plan —decía Yamato mirando a Sora y Jou—. Sora, llegaste y no viste a nadie. Solo estaba el cuerpo de Meiko.
La otra asintió, temblaba como si estuviera a -20 grados. Lloraba, pero ya era cómplice, ya le habían contado lo ocurrido y no podía condenar a sus amigos a la cárcel.
—¡Me entregaré! —dijo lleno de pánico Kido.
—No. —Yamato lo miró a los ojos, lo sostenía por los hombros—. Hoy te ibas a ir de viaje, ¿no? Pues, cambia el boleto, busca un lugar mejor, no te quedes aquí o delatarás todo.
—No puedo hacerlo, ellos comprenderán.
—¡¿Cuándo has visto que la ley está del lado de lo justo?! —exclamó—. Es una mierda, lo sé, pero no nos verán como inocente.
Yamato metió una mano en el bolsillo de su pantalón para sacar algo de dinero para que Jou se marchase en cuanto antes, sin darse cuenta, la púa de su bajo se deslizó desde el bolsillo hasta el suelo.
—Tienes derecho a ser feliz, Jou. Empieza otra vez. Sé quien quieres ser. Es tu oportunidad.
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20.45 horas.
Las gotas iban cayendo desde su cabello rubio, respiraba apresurado, le faltaba el aire. Había regresado de esconder las cintas de grabación y la ropa de Jou y suya manchada de sangre.
Fue acercándose a las cintas amarillas que delimitaban el paso. Un policía lo detuvo, Yamato le respondió, aunque no sabría decir con precisión qué le dijo; sus sentidos aumentados, rebosados de información que no dejaban que pensara con claridad.
Estaba recordando lo ocurrido. Los gritos de Meiko, el miedo de Jou. La escena no se borraba de su cabeza. Ella apuntándose con el cuchillo, Jou buscando detener que se hiciera daño. El forcejeo, él llegando demasiado tarde, Meiko mirándolo con los ojos abiertos de par en par mientras el cuchillo caía al suelo bañado en su sangre.
—Yamato… —musitó Jou, mirándolo con los ojos a punto de sollozar—. No fue mi intención…
Por supuesto que no.
—Lo resolveremos —le dijo, apretando la púa del bajo dentro de su puño.
