Personajes: Yamato y Chichos
Género: Realismo mágico
Palabras: lluvia y pasión
Autora: Freyja Af-Folkvangr
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El nado del gorrión
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Aquel día llovía.
Y eso era lo que más recordaba e iba a recordar por el resto de los años que tendría.
Con el paso del tiempo había dejado muchas cosas atrás, entre esas, había enterrado recuerdos de un pasado lleno de adrenalina y mentiras. Porque sí, había mucha mentira en todas aquellas amistades que plantó y que con el paso del tiempo se secaron.
Se prometieron nunca olvidarse, nunca perderse, nunca extrañarse.
Pero el tiempo era un halo negro que lo consumía todo y él era pésimo para mantener el fuego encendido.
Siempre le fue más fácil echarle agua a todo y apagarlo.
Había dejado atrás muchas aspiraciones que en aquel tiempo le llenaron la sangre de brillo. Toda esa luminosidad que le había dado el pasado ya no estaba. Se había encerrado y se había lanzado al espacio sin pensar en lo que dejaba atrás.
Era más fácil, ¿no?
La oscuridad y las estrellas del infinito le entregaban más.
Aquella tarde cuando cerró los ojos y se concentró en el repiqueteo del agua, nunca la olvidaría. Porque le enseñó tanto o quizás le quitó, pero le quitó tan poco en comparación al resto de años.
Cuando los volvió a abrir sintió el vértigo en sus entrañas, estaba fluyendo como la marea y no le pareció extraño. Como si en el subconsciente siempre estuvo preparado para ese momento, quizás el destino siempre lo preparó para llegar hasta ahí.
En el horizonte el sol se ponía, tan cálido y rojo, pero en su reloj no eran más de las 9 de la mañana. Y no le pareció extraño. Sonrió, llevaba tanto sin verlo así, tan grande y potente. El sol que tantas noches lo acunó.
Noches eternas de luces y reflejos.
Metió los pies en la cálida agua de aquel mar tan tranquilo, tan turquesa, y miró cómo la arena se arremolinaba en su vaivén, los insectos flotaban sobre el celeste y se iban alejando hasta perderse en las algas que crecían. Tocó su cabello, lo desordenó más de lo que estaba y suspiró. Los grillos le llamaban y le anunciaban.
Le contaban que no estaba solo.
―Yamato…
Se giró y le miró. Tan pequeña e inocente como la conoció tantos años atrás, pero en sus ojos oscuros se advertía el paso de los años y cómo la sabiduría no le había llenado el cabello de canas, pero sí el alma de respuestas. Nada había cambiado por fuera, por dentro era otra.
Parecía que había pasado una vida entre ambos desde la última vez que se vieron, y, a su parecer, ella pensó lo mismo.
―Chichos.
Ella sonrió y una risa fantasma se irguió en el silencio. El libro en su mano cayó al agua y las hojas se deshicieron en mariposas de colores que volaron hasta la presente luna. Las admiró un segundo, se dejó seducir por ellas y luego volvió a sí mismo, tan hosco y serio, tan perdido.
―¿Cuántos años han pasado? ¿30?
La voz de ella aún sonaba a una niña y eso le sorprendió. La miró acercarse y cómo el agua mojaba hasta más arriba de sus rodillas. Si no supiera quién era, correría a ayudarla.
A ella no parecía importarle.
―Casi 35 años.
Le respondió y desvió la mirada al horizonte. Aquel lugar le parecía conocido, pero tan lejano, como todo lo que añoraba a ratos.
―¿Toda una vida? ―Su pregunta le hizo girar hacia ella. Se meció en su posición―. A mí me parece que ha pasado tanto y, a la vez, nada.
Asintió. Y deseo, en cierta parte, que para él fuera igual. Y no siempre era así, porque el tiempo sí había marcado su cuerpo y le había regalado sabiduría en forma de arrugas y algunas canas que se escondían en el resto de su dorado cabello.
―¿Y el resto?
Se quedó en seco unos segundos y se preguntó lo mismo. El tiempo había corrido en líneas dispares, los pájaros habían nadado tan rápido que el cielo no había podido alcanzarlos y con eso también se había alejado todo. A veces, lo olvidaba y otras veces, los recordaba.
¿Qué será de ellos? Los que supieron llamarse sus amigos en esas épocas donde todo parecía estar al revés, donde no había vida sino que datos, donde la muerte les miraba en cada esquina de sus casas. A veces recordaba la última vez que se vieron, cuando las vidas de todos parecían resueltas, donde había bebés que gritaban y casas con olor a pintura nueva, a pasto recién cortado, a barbacoa de celebración.
Y esos años parecían tan lejanos.
Todos habían tomado caminos separados y habían sido felices. O eso le gustaba pensar, que eran felices. Que habían logrado lo que querían, que eran grandes y pequeños al mismo tiempo, que consiguieron tocar las estrellas a su manera y no tan literales como él. Que la sonrisa en sus rostros era tan infinita que se podía pasear entre sus dientes y dormir en sus lenguas.
Le gustaba dormitar pensando en eso y luego en las batallas. Tantas vidas pasadas.
―Espero que sean felices.
Chichos sonrió a su lado, tan pequeña e inocente, tan grande y madura.
De repente, se tiró hacia atrás. Su cuerpo chocó contra el agua violeta y se quedó ahí, meciéndose entre la brisa y su propia respiración. Tan honda que parecía tragarlo y luego soltarlo todo.
Y pensó que era una buena idea.
Cuando su espalda chocó contra el mar, se desprendió un halo verde alrededor que lo matizó todo. Suspiró. A diferencia de lo que esperaba, nunca sintió el frío ni la tibieza, nunca sintió la sensación de estar mojado, ni siquiera humedad había. Como si todo se hubiera secado en el momento que cayó sobre ella. Era tan extraño, pero la sensación lo abrazaba y parecía reconfortarlo.
Reconfortarlo de un dolor que no sabía que tenía.
―¿No los extrañas?
Y sonrió.
―Claro que sí. Todos los días.
Y a veces, esa sensación de vacío que sentía en su estómago no era la inmensidad del universo, era el saberse tan alejado de ellos, de la tierra, de su mundo.
De un mundo donde estuvieran ellos.
Porque a veces no importaba, si era en la Tierra o en el Digimundo, era con ellos.
―Ellos te esperan. ¿Lo sabes?
Miró las cebras que galopaban a lo lejos sobre el agua y sintió miedo por ellas. ¿No había depredadores cerca? ¿Alguien las cuidaba?
―Hay besos que deben ser dados.
Pareció tener sentido. Pareció tener el mapa del mundo plegado en aquellas palabras, las rutas al sinfín de respuestas a todas sus preguntas.
―¿Besos?
Y pensó en gorriones bebés nadando a sus nidos, con tanto miedo como el día que llegaban al mundo. Buscando ese hueco donde vivirían el resto de sus vidas e intentarían ser libres como pudieran.
Y de repente pensó en esos ojos que tantas verdades le habían dicho, y en esos labios que tantas mentiras le gritaron.
―Ken se ha casado.
La risa de Chichos le hizo sentir paz, juntó sus manos sobre su estomago y cerró los ojos.
Solo era información vacía.
―Lo sé, él mismo me lo ha dicho. Ha venido aquí un par de veces, supongo que uno necesita escapar y renacer.
Se preguntó unos segundos a qué se refería y luego lo olvidó, como si la idea se hubiera ido por su oreja hasta perderse en el mar. Había días donde prefería aquello, dejar las preguntas volando para que no existieran más, porque tenía miedo a sus respuestas y la ignorancia siempre era más fácil. Eso lo había aprendido con los años; a ignorar.
―¿Dónde estamos? ―La pregunta se escapó de sus labios.
Ella volvió a reír, pero esta vez fue tan bajito.
―Donde quieras estar. Es más fácil no preguntarlo.
Asintió, le pareció algo tan válido.
―¿Por qué tú?
Sentía como el halo de aquella agua fantasma lo comenzaba a hundir, a llenar sus piernas y hombros. A cosquillear tras su nuca y jugar con su cabello.
―Porque no me esperabas.
Se movió y la miró de reojo, y esta vez parecía más adulta pero más pequeña en sus ojos, como si los papeles se hubieran intercambiado. La chispa de infantilidad brilló en el fondo de sus oscuras pupilas.
―¿Para qué renacer?
El reloj en su muñeca marcaba las 1 pm y la luna se había vuelto tan grande que parecía estar muy cerca, quizás solo unos pocos metros más allá. Se deleitó con sus cráteres y sus colores, cómo se pintaba de borgoña y azul marino en sus flancos.
A lo lejos un pitido se escuchó, repiqueteando su cabeza y su cuerpo. El agua creció a su rededor y pudo notar como casi todo su cuerpo se encontraba bajo ella. Solo su cabeza sobresalía, pero no evitaba que esta chocara con sus mejillas.
―Para buscar lo que hemos perdido, obvio.
Y pareció una respuesta tan simple y cargada.
Se dejó hundir, hasta llegar tan abajo como pudiera. Donde la oscuridad fuera que lo arrastrara.
Y a lo lejos escuchó.
―La pasión, la pasión de vivir, Yamato.
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Freyja af-Folkvangr: JAJA perdón, creo que estoy en las drogas o algo así. Lo he imaginado en mi cabeza de una manera muy diferente a lo que ha salido y si bien intenté cambiarlo volvía todo el tiempo a lo mismo. Lo siento muchito! Un besssssso
