Personajes: Yamato y Koushiro

Género: Amistad

Palabras: armónica y amistad

Autor: Ex-ExFicker

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A cuentagotas

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Son dos niños. No entienden nada de la vida.

Se conocen, como se conocen los niños. Entre juegos, en algún campamento. Ríen, se hacen de un grupo.

—Koushirou —dice Yamato una tarde, mientras él revisa su computador buscando información desconocida para el rubio—. ¿Qué música te gusta?

—¿Ah?

—Sí, música.

—La que no se canta.

Yamato sonríe. Koushirou lo observa. Son niños, se entienden. Al sonido de las teclas, tac tac tac, se oye una armónica. Lenta, de notas largas. Pareciera que la música se escapa hacia el bosque, los rodea. El pelirrojo no aparta su mirada de la pantalla, pero no lo necesita.

Son niños, los niños se entienden.

—Hay una chica —suelta Yamato, sentado en la cama de su amigo. Edades, inciertas. Poco más de veinte—. Sí, eso es.

—¿Solo eso? —pregunta Koushirou. Su voz suena genuinamente curiosa. Hasta sorprendida.

—Bueno... Sí... Pero no.

Silencio. Koushirou está sentado a su escritorio, un brazo apoyado en el respaldo de la silla, el otro sobre la tabla de estudio. Encara a Yamato.

—Pero no, porque...

—Esto es ridículo —dice Yamato, alzándose de su lugar. Se dirige hacia la puerta.

—Tú eres el ridículo —larga Koushirou, como al pasar, disponiéndose a abrir su computador.

—¿Disculpa?

—Me escuchaste.

—Eres bastante imbécil a veces, ¿sabías?

Koushirou se gira. Su rostro expresa su sorpresa.

—Yamato, no hice nada. Me cuentas algo, te pregunto, te levantas para irte como si nada... ¿Para qué me cuentas algo que no me terminarás de decir?

—Tendría que haber ido con Taichi...

—Es extraño que no lo hayas hecho, ahora que lo mencionas.

La voz del pelirrojo no es enojada, más bien ensimismada. La de Yamato suena parecido a un gruñido incómodo.

—No podía —suelta por fin el rubio.

¡Clic!

Casi puede escuchar los engranajes encajar en el magistral cerebro de su amigo.

—Hikari diría que sí.

Silencio. Yamato camina, despacio, hacia la cama. Se sienta, sus pies apoyados contra el suelo.

—Lo siento —dice, sus ojos clavados en el suelo, su ceño un poco fruncido.

—¿Por qué?

—Por insultarte. Querías escucharme y yo quise complicar todo.

Koushirou ríe. Yamato levanta la vista para fijarla en su interlocutor.

—Yamato, si no fuera complicado, no sería tuyo.

Yamato ríe. Sus risas se mezclan, vibrando fuerte, uniéndose. Su ruido va bajando, bajando, bajando... Hasta que están los dos callados.

—¿Qué harás? —pregunta Koushirou, una nota cálida en su voz.

—Decirle, supongo.

—Hablaré con Taichi —suelta el pelirrojo—, a ver si entiende que su hermana es un ser humano más.

Yamato ríe bajo.

—Suerte.

—Gracias.

Son jóvenes, los jóvenes se enamoran.

—Felicitaciones. —Yamato está en una pequeña sala, bien iluminada, de traje negro, camisa blanca y corbata azul marimo. A unos metros, Koushirou se anuda un moño rojo. Salvo esa excepción, va igual que su amigo.

El pelirrojo no responde. Su reflejo dirige la vista a su amigo. Se observan. A través de la ventana, llegan las voces de personas y más personas, apelotonándose. Hablan, gritan, ríen. No se entiende qué dicen. Al hablar, Koushirou lo hace en un susurro.

—Parece que fue ayer...

—¿Nervioso?

—No te imaginas cuánto.

El pelirrojo ríe, quebrado, como si sólo quisiera expulsar aire.

—Deberíamos ir bajando. Mimi se volvería loca si sus planes se vieran alterados porque decidiste aparecer más tarde.

Yamato se levanta de su lugar. Koushirou le da la espalda al espejo. Ambos enfilan hacia la puerta. Salen.

—¿Crees que ella estará nerviosa? —Llega desde el pasillo la voz amortiguada del pelirrojo.

—Conociéndola, Jun debe estar trepando por las paredes en este momento —responde Yamato, con ánimos.

—¡Ahí estaban! ¡Rápido, Kou! —se oye a Mimi. Probablemente sean sus pasos los que resuenan fuera del pequeño cuarto.

Por un momento, sólo se oyen las indistinguibles conversaciones de fuera.

—Vamos —dice Yamato—. Estaremos todos abajo.

Son adultos. Los adultos se acompañan.

Son dos ancianos. Todavía no entienden nada de la vida.

Dentro de la habitación, sólo se escucha el sonido rítmico de una máquina marcando un pulso. Yamato está sentado en un sillón, arrugado, encorvado. Su semblante es oscuro, pero sonríe. Tiene los ojos puestos en su amigo postrado en la cama. Sus rizos rubios, al igual que la cabellera roja de su acompañante, son ahora reemplazados por canas blancas que bailan sobre el cuero cabelludo.

—¿Recuerdas el campamento? —pregunta Koushirou, apenas abriendo la boca, haciendo un evidente esfuerzo.

—Sí —responde Yamato, con voz áspera. Sus ojos están enrojecidos.

—No me caías bien al principio —dice el otro, y ríe. Todo se le convierte en una tos.

Yamato lo secunda.

—Tú tampoco. Eras demasiado extraño: el niño del computador.

—Habló el niño de la armónica.

Caen en una pausa, en una mudez, pesada pero extrañamente cómoda. Saben que ya no queda mucho que decir.

—Tienes que prometerme saludar a Jun de mi parte —suelta entonces Yamato. Koushirou abre los ojos, sorprendido.

—Se reirá mucho cuando le diga.

La risa de Yamato se entremezcla con un llanto. El pelirrojo endereza su cabeza, mirando ahora al techo.

—¿La tienes?

—Claro.

Yamato rebusca en su ropa, sacando una armónica plateada. Koushirou sonríe. El alguna vez rubio toca la misma música que, años atrás, acompañaron las teclas del computador de su amigo. Sus ojos están enrojecidos. El pulso suena ahora más lento.

Más lento.

Koushirou cierra los ojos. Yamato sigue tocando.

Más lento.

Yamato observa a su amigo. Entre lágrimas, sonríe. No deja de tocar.

Ahora la máquina hace un sólo ruido, constante. Agudo.

El anciano se detiene. Extiende su mano y toma la del postrado. Solloza, más y más fuerte. Aprieta sus párpados. Su cuerpo tiembla.

Al levantarse, tiene una sonrisa triste en sus labios. Apoya la armónica en el pecho del fallecido.

Son amigos, y la amistad es un para siempre.