Personajes: Yamato y Natsuko

Género: Aventura

Palabras: amistad y mar

Autora: Angelique Kaulitz

.

.

Azules retazos

.

I.

—... y mi hermano tenía el emblema de la Amistad.

Yamato se congeló. La voz de Takeru, siempre un canto alegre, era apenas un sonido. Lo suficientemente claro, en la distancia, pero casi tan suave como un suspiro. Los acordes de un secreto.

"Al menos ya no tiene tos", pensó.

—Entonces tú tenías la esperanza y tu hermano... —Natsuko sonaba un poco confundida—. ¿Cada uno de ustedes tenía un… emblema?

Confundida, notó, no preocupada, lo cual era bueno. Eso significaba que Takeru estaba mejor.

Y a él no le gustaba verla inquieta.

—Un emblema para todos y todos los emblemas para uno. —Yamato sintió que una sonrisa sorprendida tiraba de la esquina de su boca—. Y Patamon era un ángel.

—Ya veo, cariño. —Hubo otro murmullo y Yamato se asomó a la habitación, procurando mantenerse en silencio. Takeru seguía en la cama, escondido debajo de las mantas, y Natsuko estaba de pie junto a él, sosteniendo el termómetro. Sonreía—. Ya bajó la fiebre.

Yamato suspiró. Vio que Takeru esbozaba una sonrisa, aún con los ojos vidriosos, y no pudo evitar sonreír en respuesta. Solía creer que Takeru era el único que podía espantar pensamientos oscuros, deshacerse de ideas sombrías.

—Te traje algo para que comas, enano, si tienes ganas ahora.

Había rechazado la opción cada vez que su madre lo propuso.

—Podría comer.

Yamato asintió. —No de golpe.

—No soy un bebé.

Yamato escuchó la risa que escondió Natsuko, aunque no podía descifrar el motivo velado. Si fue el recuerdo de Takeru en sus primeros días o, en cambio, recordó que él también solía actuar de igual forma cuando estaba enfermo. El anhelo del niño olvidado esperaba que fuese la segunda, la resignación del primogénito señalaba la primera.

Yamato tuvo la tentación de buscarla en la habitación, buscar sus ojos, pero permaneció mirando la cara de Takeru. Inocente, despejada y tan, tan brillante.

Los tres tenían los ojos del mismo color. Y no podían ser más diferentes sus miradas.

A pesar de su queja, Takeru miró la bandeja como si tuviese ganas de abalanzarse sobre ella. No había mucho, eran las frutas que Natsuko había intentado que comiese más temprano y un poco de miel.

—No comas todo de repente, ¿sí?

—De acuerdo.

Takeru levantó la mirada de la bandeja una vez que Yamato la dejó en la cama y esperó que se sentase para pasarle el vaso lleno de agua. Tenía una sonrisa en los labios secos.

—¿Te acuerdas cómo le gustaban sus huevos a Mimi?

Se rio. —Lo recuerdo.

—Quiero probarlos alguna vez.

—Se lo diremos —dijo—. Le encantará escuchar eso.

—Voy a prepararte un baño, Takeru —avisó Natsuko, de repente. Había permanecido silenciosa. Ajena.

—Bueno, mamá.

La sonrisa de Takeru se evaporó una vez que se quedaron solos.

—Mimi va a mudarse, ¿sabías? A Estados Unidos. Me lo dijo Hikari.

Yamato había encontrado a Sora hablando con Mimi sobre ello, una melodía de susurros tristes, pero no se había atrevido a comentarlo con nadie.

—Eso escuché.

Mimi no era la primera que se marchaba de su vida, tampoco sería la última, pero la idea de la despedida alzaba una ola de memorias dormidas. De pie en la costa, él era apenas un testigo de todo lo que arrastraba la marea.

Takeru.

Y su madre.

Y los digimon.

Gabumon.

Takeru exhaló. —No va a estar en Odaiba para el próximo aniversario. Y creo... creo que mamá y yo tampoco. Nos vamos a mudar lejos.

Le había prometido a Takeru que se quedaría con él hasta que se recuperara y que por eso pasaría la noche en la casa —era un trato justo, Takeru había pasado algunos días con su papá y con él, después de todo, y se había enfermado estando a su cuidado. No quería decir que se sintiese realmente cómodo con la idea. Hacía mucho tiempo que no pasaba tiempo con su mamá y Takeru al mismo tiempo.

Con Natsuko, en especial. La mamá de Takeru. Su madre.

—Algo me dijo papá —admitió. Hiroaki no era de las personas que ocultan las noticias dolorosas. Solo ocultaba todo lo demás.

—Le estaba contando a mamá, ¿sabes? —Takeru todavía no se escuchaba como él mismo—. Sobre lo que pasamos... lo que vivimos. Pensé que así, tal vez podríamos... Pero no funciona, ¿verdad? No cambiará las cosas.

Yamato tragó.

—No —confesó. Él conocía bien ese sentimiento, la sensación desolada que permanece en la orilla una vez que el agua retrocede—. Pero mamá ya dijo que te traerá para que nos veamos en agosto.

El labio de Takeru no tembló como solía hacerlo cuando estaba a punto de llorar pero se veía tan, tan triste. —Pero no podré ir a ver a la abuela Kinu ni tú vendrás a ver al abuelo Michel… Nos van a separar otra vez.

—No será para siempre. Seguiremos... viéndonos. No tanto como ahora, pero igual sí. Seremos como... como Orihime y Hikoboshi.

—¿Quiénes?

Yamato sacudió la cabeza. —No importa. Te lo diré luego. Vamos, come un poco más.

Takeru obedeció. —Gracias por quedarte con nosotros.

No le dijo que preferiría estar en otro sitio porque lo cierto era que no. Takeru no lo necesitaba para protegerlo del mundo entero ni para tomar sus propias decisiones, pero todavía era su hermano pequeño.

—Me ofrecieron un mejor trabajo —dijo Natsuko en voz baja, mucho más tarde. Takeru estaba dormido ya, sin fiebre nublando sus ojos y encendiendo sus mejillas. Y la casa estaba en penumbras—. Por eso acepté.

Se preguntó si era una disculpa. Sonaba un poco como una. También sonaba horriblemente parecido a una excusa, aunque posiblemente no lo era.

—Takeru no quería que escuchases eso.

—Creo que sí quería —contestó ella. Parecía incómoda en su propia casa, sentada frente a su mesa. Yamato la recordó abrazándose a sí misma en el verano. También pensó en la forma en la que lo abrazó cuando salieron del vagón de tren. ¿Quizá quería abrazarlo en ese momento?—. ¿Cuál de las tres es Mimi? ¿La que iba de rosa?

—Siempre de rosa.

Su papá jamás recordaba los nombres. Era incapaz de relacionar nombres y rostros. Lo que sí, jamás olvidaba una cara.

Natsuko asintió. —¿Es muy amiga tuya?

Se encogió de hombros. Ninguna respuesta que diese sobre Mimi, sobre los chicos que estuvieron con él en el Mundo Digital, sonaría lo suficiente sincera. Era la experiencia discordante que se había quedado con ellos. Todas las personas que formaban los retazos de sus vidas eran las mismas, estaban en el mismo universo, y aún así ellos habían cruzado sus estelas y ya parecían quedar a la deriva.

Se dio cuenta, sorprendido, que el silencio no era lo que quería.

—Papá dijo que estás escribiendo de los digimon.

Natsuko frunció los labios. —Empecé el día que ustedes volvieron y estuve investigando algunas cosas sobre el tema. Está en pausa por ahora... La gente parece...

—Se olvidaron de eso. O no quieren pensar en eso. Da igual.

Yamato sabía sobre esas cosas. Y mucho.

—No es la primera vez que pasa —insistió Natsuko—. Hubo algo parecido antes, cuando vivíamos en Hikarigaoka. Recuerdo... Takeru hablaba de monstruos en la ventana.

Yamato recordaba a Takeru hablar de monstruos, pero no había recordado el incidente sino hasta que visitó Hikarigaoka con sus amigos y los digimon.

Una idea se apareció.

—¿Vas a entrevistar a mis amigos?

—No —respondió Natsuko, al instante. Se veía... sorprendida. Indignada, incluso. Yamato parpadeó—. No vamos a ponerlos a ustedes en el foco de todo esto. Ya han pasado por muchas cosas.

Era un alivio.

—Gracias. —Se escuchó decir. Lanzó una mirada fugaz en dirección al dormitorio—. Algunos... algunos tuvieron problemas para acostumbrarse de nuevo y no quisiera que volvieran a sentirse mal.

Taichi había tardado meses en volver a jugar al fútbol y recordaba lo devastadoramente preocupada que Sora había estado por él. Sabía que Mimi había llorado ante la simple mención de Palmon y que Koushiro había pasado varios meses tratando de encontrar una forma para comunicarse con Gennai. No sabía mucho sobre Jou, que se había enterrado en sus estudios, ni sobre la pequeña Hikari. Takeru era quien mejor había llevado la separación con Patamon y, Yamato creía, gran parte de ello se debía a que estaba convencido que volverían a encontrarse con los digimon.

Por su parte...

Pensar en Gabumon era difícil. A veces incluso mirar el digivice era una tarea titánica. Pero no pensar en Gabumon...

—Te prometo que no los molestaré. —No estaba seguro qué estaba viendo su madre pero, fuese lo que fuese, le había suavizado el gesto—. Ustedes no salen en mi artículo principal. Y así pienso...

Como si recordase de pronto que él era un niño de doce años, hizo silencio.

—Lo siento —dijo Natsuko.

No tenía idea por qué estaba disculpándose con él.

La lista que tenía era extensa.

—Está bien.

—No. —Sacudió la cabeza—. Sé que es un tema que aún... sé que duele. Hablar.

"Hablar".

Yamato pensaba que en su familia ninguno era bueno en hablar. Sí lo eran con las historias, todos lo eran en alguna medida, pero no al usarlas para expresarse. Takeru, a veces, parecía la excepción. Yamato esperaba que fuese la excepción.

—No me duele hablar de Gabumon.

No se le escapó la sorpresa fugaz que cruzó por la cara de su madre... Natsuko. Su madre. Natsuko.

—Gabumon... —Natsuko ladeó la cabeza, sus ojos entornados. Miraba algo más allá de Yamato, de las paredes. Contemplaba recuerdos vagos, quizá de su última pelea con Apocalymon. La pelea que dibujaron desde el cielo—. El lobo metálico que estaba contigo.

—Sí —contestó—. No. Ese era MetalGarurumon.

—MetalGarurumon —repitió, dudosa.

Yamato esbozó una sonrisa. Fue más fácil de lo que esperaba.

—¿Takeru no te habló de esto?

—Algunas cosas, sí —admitió—. Pero él hablaba mucho sobre Patamon, que se transformaba en un ángel y por qué era el mejor de todos.

No es así, quiso decir. Gabumon era mejor.

Gabumon, que era tan paciente que lo seguiría hacia la oscuridad y lo devolvería nuevamente a la luz. Gabumon, que ignoraba las espinas de Yamato y se acercaba con el corazón tierno y frágil en sus ojos. En sus manos. Gabumon, que jamás quiso dejarlo solo y se vio obligado a quedarse lejos, a pesar de ello.

—Patamon no está mal —concedió. La tristeza le arañó la garganta, le aflojó la voz y las palabras—. Pero Gabumon es el mejor de todos.

Natsuko se quedó en silencio, pensativa.

No por primera vez, Yamato quiso que ella fuese con él igual que era con Takeru. Quería que lo abrazase de nuevo —como lo hizo el día que volvieron del Mundo Digital— y que le dijese que todo iba a estar bien. Y, como siempre, el pensamiento de que estaría traicionando a su papá se colaba en medio de esas contradicciones. Yamato había elegido quedarse con su papá porque Takeru necesitaba a su mamá más que él. Tenía que estar bien por su cuenta. Tenía que...

"Eso no quiere decir que no la necesitas" dijo una voz en el fondo de su mente. Sonaba muy parecida a la de Gabumon.

—¿Yamato?

—¿Sí?

—Tienes la armónica todavía, ¿no?

Siempre estaba en su bolsillo.

Asintió.

—¿Podrías tocar para mí?

II.

Hola, Yamato.

Hola.

¿Está todo bien?

... sí.

Takeru no está en casa.

Ah.

Ha estado actuando extraño últimamente, ¿sabes? Empecé a notarlo cuando nos mudamos, pero él se niega a hablar mucho de eso.

Lo vigilo.

Sé que lo haces. Pero estoy preocupada. Por los dos.

...

Son los digimon, ¿verdad?

—… sí. La puerta volvió a abrirse. Parece que hay un nuevo problema.

Ya veo. ¿También estás en esto?

No tanto como quisiera. Tengo que colgar, voy de salida.

Le diré a Takeru que llamaste.

Gracias.

Ten cuidado.

III.

Yamato,

Con todas las cosas que han pasado este año, me convencí de la importancia de enviarte esto. Adjunto los archivos de la investigación que empecé hace tres años sobre el tema que ya sabes y, además, algunas noticias sobre el tema. Todos fueron publicados en la sección de no-ficción pero no todos tienen respaldo digital (hubo problemas en varias editoriales) pero la verdad es que no muchos se mantuvieron interesados en la investigación. Recuerdo a un par de personas que se contactaron conmigo. Uno de ellos se llama Oikawa Yukio. Tal vez Takeru te habló de él, me lo he cruzado no hace mucho y su actitud fue bastante extraña. Creo que deberían, aunque sea, saber su nombre. El otro es Takenouchi Haruhiko, que me ha dicho que eres amigo de su hija (Takeru me lo confirmó diciendo que ese es el apellido de Sora). Es profesor de antropología de la Universidad de Kioto y está especialmente interesado en formas de vida alternativas. Tiene su propia investigación de campo. Espero que esto sea de ayuda para ustedes, aunque sea un poco.

Si necesitas algo, solo dilo.

Si necesitas algo, solo dilo.

Natsuko hizo una pausa.

Miró la pantalla de la computadora por un momento y luego borró lentamente la última línea que había escrito. No porque no quisiera hacérsela llegar a su hijo sino que no estaba segura cómo la vería él. ¿Creería que era una demanda en lugar de una petición? Se sentía un poco cobarde enviando un correo electrónico en lugar de hacer una llamada, pero tampoco estaba segura de si Yamato quería hablar con ella.

Su relación estaba mejor de lo que había estado un par de años atrás, sí, y aún así eso no significaba que las llamadas telefónicas fuesen más fáciles. A Natsuko no le gustaba particularmente sostener conversaciones sin mirar a la persona que hablaba —ella prefería saber lo que el cuerpo decía— y con su hijo mayor eso era especialmente cierto. Le costaba descifrar sus silencios y sus pausas solas, el porqué tardó en responder una pregunta y si acaso había dicho algo que no le gustó. Imaginaba que él se sentía de forma parecida.

Mensaje enviado.

IV.

Hola.

¿Yamato? ¿Te encuentras bien? Supe lo que pasó concierto...

Estoy bien. Todos estamos bien. No sabía que... No pensé que sería noticia tan pronto.

Conozco bastante gente que…, eso no importa. ¿Estás en tu casa? ¿Con tu padre?

No. Taichi y yo estamos acompañando a Sora a su casa. Y tenemos algunas cosas que discutir... Yo... Vi tus llamadas.

Ah… Lo siento. Me preocupé.

Sí, ya. No pensé que te acordaras de mi concierto.

¿Hablaste con tu padre?

Le dejé un mensaje.

... bueno.

Tengo que irme. Los chicos...

Espera. ¿Qué era esa torre negra?

Es... es difícil de explicar. Se llama Aguja de Control. Y pertenece al Mundo Digital. Por eso tengo que hablar con los chicos y ver...

Entiendo.

Estamos tratando de resolverlo.

Llámame si necesitas algo.

Descuida, estamos bien.

V.

Takeru saludó alegremente.

Yamato tardó un poco más en reaccionar a la intensa mirada de Natsuko. Se había ofrecido a dar explicaciones con las familias de los dos chicos que vivían en mismo complejo de apartamentos de Takeru, pero Sora había insistido acompañar a Miyako y Jou admitió que sentía que era su responsabilidad hablar con la familia de Iori. Takeru había insistido en que tenía que acompañarlo para que los dos hablasen con Natsuko.

—Me llamó su abuelo —dijo Natsuko. No parecía enojada ni alterada. Quizá era preocupación lo que escondían las nubes en sus ojos de cielo—. Quería asegurarse que los dos llegaron con bien a Japón.

—Pensaba llamarle —comentó Takeru—. Quería que enviara saludos a...

No era la respuesta que su madre quería. Yamato rara vez tenía la necesidad de explicarse con Hiroaki. Su padre siempre le había dado esa sensación de bienvenida, un oído dispuesto, pero no demandante.

Con Natsuko era diferente. Sintió un cosquilleo bajo la lengua, una imperiosa necesidad de explicarle lo que había pasado. Los porqués. Cuando era niño, su niñez dorada, era a ella a quien recurría. La que escuchaba.

—Entonces...

Takeru le dio un resumen. Yamato se quedó allí, de pie, sin estar realmente seguro de si debía intervenir.

Echaba de menos tener a Gabumon a su lado.

—Tuvimos que hacerlo. Teníamos que deshacernos de las Agujas de Control, mamá —dijo Takeru, serio de repente. A veces solo podías ver a un niño travieso si lo mirabas, una sonrisa llena de picardía y, sin embargo, otras veces era mucho más que eso—. Controlaban a los digimon y eso es muy peligroso. Nosotros podemos abrir y cerrar la puerta al Mundo Digital.

—¿Solo ustedes?

Yamato alzó los hombros. —Los nuevos niños. Y solo Takeru y Hikari, de nuestro grupo. No podíamos dejarlos ir solos a ellos seis.

—Taichi estuvo conmigo, todo estuvo bien. Y hablamos con niños elegidos de todo el mundo —señaló Takeru, recuperando la sonrisa fugazmente—. Koushiro armó una red de mensajes para que todos estemos en contacto. Me pasó algunos contactos para que yo también lo haga.

Natsuko miró a Takeru largamente. Y luego lo miró también a él.

Suspiró.

—No debemos tomar decisiones por ustedes —murmuró. Yamato reconocía esas palabras, las recordaba, porque estaban grabadas a fuego en su cabeza. Su padre las había dicho, se las había dicho a su madre el día que vencieron a Venom Vamdemon y decidieron regresar al Mundo Digital, en aquel verano inolvidable—. Solo... Tengan cuidado. No puedo seguirlos en estas…

—Aventuras.

Natsuko le dio otra intensa mirada a Takeru. Yamato fue quien la sintió en su piel. —No puedo seguirlos en estas experiencias pero quiero, necesito, que me prometan que se cuidarán el uno al otro. Que tendrán el doble de cuidado.

—Por supuesto —dijo, inmediato.

—Sí —respondió Takeru. Por un segundo, era todo serenidad. Luego una sonrisa enorme amaneció en su cara y la dirigió en su dirección sin el menor problema—. Mi hermano es siempre mi caballero de brillante armadura.

Resistió la tentación de poner los ojos en blanco.

—Bueno.

—Mamá, ¿por qué no llevas a mi hermano a su casa? Ya es tarde.

—No hace falta. Puedo...

Natsuko lo interrumpió. —Sí, no hay problema. Debes estar cansado también.

—¡Genial! ¿Crees que es muy tarde para llamar al abuelo?

Takeru lo saludó con la mano y fue a buscar el teléfono con el aire de alguien sin preocupaciones sobre la tierra.

—Siento que solía ser menos obvio para los cambios de tema —apuntó, sin pensarlo realmente—. Ahora es un descarado.

—Me recuerda a mi papá —dijo Natsuko, con el filo de una sonrisa desgarrando la tensión de su cara—. Deja que te lleve a casa, Yamato.

—¿Quieres que te cuente lo que pasó? —dudó. Había detalles que no quería mencionar.

Natsuko pestañeó. Parecía que siempre la tomaba por sorpresa. —Me gustaría, sí. No tienes que hacerlo. Quiero... Quiero ayudar. Estuve hablando con el profesor Takenouchi y también con algunas personas. Sé que tus amigos son buenos y están ayudando en todo lo que pueden, pero lo que pasó no es buena publicidad para los digimon en general.

—Ellos no tuvieron la culpa —la cortó—. No podían controlarse. La oscuridad... A ellos los manipularon, mamá.

Tardó un momento en darse cuenta lo que había dicho. No recordaba cuánto tiempo había pasado sin pensar en ella de ese modo.

Hizo silencio.

—Lo entiendo. —Natsuko también se tomó su tiempo para retomar la conversación—. Lo que quiero decir es que no podemos ayudarlos si no sabemos bien lo que pasa. Estamos de su lado. Quiero... me gustaría hacer más.

—Haces bastante.

La mueca de su boca le dijo que no estaba convencida.

—El profesor Takenouchi está haciendo una investigación para hablar de los digimon, para estudiarlos y protegerlos. Retomé mis artículos también, con mayor seriedad —confesó—. Los digimon no pueden seguir siendo un secreto a voces. Pero ninguno de ustedes será mencionado. Trataremos de preservarlos.

Levantó las cejas por un segundo. Apreciaba el aviso y, también, el anonimato. Tenía suficiente con Jun como para necesitar más ojos puestos en él.

—Gracias.

—Te lo prometí —dijo.

"Y ya rompí muchas promesas antes" fue lo que evitó decir. De todos modos, él la escuchó.

VI.

[5:55 p.m.] Takeru: ¿Leíste el artículo que publicó mamá?

[6:00 p.m.] Takeru: ¿Te lo puedes creer? A ella y al padre de Sora los apodaron "Críticos Digimon"

[6:01 p.m.] Takeru: Quiero decir. Sabía que estaban trabajando. Y parece que los van a tomar en serio esta vez.

[6:13 p.m.] Takeru: Al menos todavía tenemos nuestras identidades secretas. Daisuke piensa que así parecemos superhéroes.

[6:30 p.m.] Yo: Estoy en un ensayo

[6:30 p.m.] Takeru: Ah. Perdón.

[6:42 p.m.] Takeru: ¿Sabías que los periodistas nos llaman los "Ocho Originales"?

[6:42 p.m.] Takeru: Creo que sería buen nombre para una banda. Digo… Después de Lobos Adolescentes.

[6:45 p.m.] Takeru: No pensaba que se acordaran del verano del '99. Parece que sí.

[6:50 p.m.] Takeru: ¿Crees que se alteren los recuerdos de la gente y por eso a veces parece que se acuerdan de algo que no pasó o cambian lo que pasó por otra cosa?

VII.

¿Hola? ¿Takeru? No te escucho bien.

No, soy...

Yamato.

Sí.

No pude hablar contigo antes y creí… No importa ahora. ¿Están bien? ¿Ha terminado? ¿Podemos ir a buscarlos?

Estamos... Estamos camino al hospital para ver a Daisuke y… Han pasado cosas, mamá. Tuvimos que tomar una decisión, muchas... muchas cosas.

Yamato...

Solo que puede que a Takeru le afecte bastante. Ahora. O más tarde. Él… lo que hicimos hoy…

¿Quieres que se quede en tu casa?

No sé si querrá quedarse conmigo. Le preguntaré... pero, quiero decir, es algo… Es para cuando vuelva a la casa.

Entiendo. Estaré pendiente.

Gracias.

—… ¿y tú?

¿Yo, qué?

¿Estarás bien? Más tarde.

Ya terminó.

Yamato...

Estaremos bien, creo. Con el tiempo.

VIII.

Takeru abrió la puerta con una sonrisa de las suyas, las que a Yamato le preocupaban y le aliviaban a la vez. No le sorprendía que su hermano estuviese sonriendo tan felizmente, tan abiertamente, pero el desconocer el motivo oculto era siempre preocupante con Takeru.

—¡Hermano! ¡Gabumon! —saludó, felizmente—. Pensé que tardarías un poco más en llegar.

—Parecías bastante ansioso en tu mensaje y pensé que era mejor venir de una vez.

—Estaba preocupado —dijo Gabumon.

Takeru se rio. —Te dije que no eran malas noticias.

—A veces dudo de tu definición de las cosas.

—Pasa. —Takeru te ignoraba tan flagrante que en general no te molestaba. A menos que te llamases Daisuke—. Quiero que lo veas por ti mismo.

Entornó los ojos. Había una sensación incómoda trepando por su nuca. No sabía si era inquietud, anticipación o una mezcla entre ambas.

—¿Que vea, qué?

Takeru no tenía reparos en poner los ojos en blanco. —Pasa. Mamá está en la sala. Es algo que tienes que ver.

Yamato suspiró pesadamente. Gabumon le dio un pequeño empujón en la pierna, tan gentil y tan silencioso como siempre.

—¿Dónde está Patamon?

—Hermano.

—Ya voy, ya voy.

El departamento no era grande pero sí tenía largo pasillo. Yamato ignoró las fotos en las paredes —sabía en cuáles estaba él— y caminó hacia el living, con Takeru y Gabumon pisándole los talones.

—¿Qué pasa?

Natsuko y Patamon estaban los dos en la sala, en el sillón, pero no estaban solos.

Había también un digimon bebé.

—¡Mira, Gabumon! ¡Es un digimon! —chilló Patamon, como si estuviesen ciegos y no notasen a la bola roja que estaba en los brazos de Natsuko—. La mamá de Takeru tiene un Punimon.

El digimon pegó un saltó pero Natsuko le tocó la cabeza para tranquilizarlo. Era un gesto instintivo, al parecer, porque ella parecía distraída. Yamato notó que Punimon se refugiaba instantáneamente en la caricia.

—¿Tu digimon? —preguntó Gabumon. Su voz estaba llena de curiosa maravilla. Natsuko levantó, entonces, un digivice. Era la versión actual de los digivices, la última que había aparecido, según los registros de Koushiro—. Yo también fui un Punimon.

—¡Tal vez sea un Gabumon como tú!

—Aún es muy pronto para decirlo —señaló Takeru—. No te olvides que todos siguen líneas distintas.

—¿Cuándo apareció?

—Esta mañana —respondió Natsuko—. Estaba en mi mesa cuando me desperté.

—Mamá se había quedado dormida en su estudio así que imagina...

—¿Eso significa que ahora tendrá aventuras como tuvimos nosotros?

Natsuko era... una elegida.

No.

No era eso.

"Elegidos" ya no era el término usado.

Llevaban tiempo con la teoría que, cada año, el doble de personas eran emparejados con digimon. Los niños habían recibido primero a sus compañeros. Luego, los adolescentes. Si seguían ese curso, todos alcanzarían a tener un digimon. Daisuke pensaba en ello como algo milagroso, que lo era, pero Taichi y Yamato estaban de acuerdo —para variar— en que también era peligroso. Los adultos tenían lazos frágiles con sus digimon, tenían más riesgos de perder esos vínculos, y estaba la inevitable realidad de que no todas las personas estaban a la altura de la responsabilidad.

—¿Yamato? —dudó Gabumon. Sus ojos grandes estaban llenos de preocupación.

—Estaba pensando —murmuró—. Lo siento.

—¿Crees que deberíamos llevarlo de vuelta a su mundo? —preguntó Natsuko—. Se ve tan asustado.

—Un digimon prefiere estar con su compañero antes que nada —dijo Patamon. Sus ojos se posaron por un momento en Takeru, que le dio una gran sonrisa de respuesta. Era la sonrisa del niño, un gesto que sobrevivía a las huellas del dolor y al paso del tiempo—. Creo que quiere estar aquí.

—Tengo que contárselo a Hikari —dijo Takeru.

—Dile que se lo diga a Taichi también —apuntó Yamato.

Takeru levantó el pulgar antes de desaparecer por la puerta.

—¿Estás bien, mamá?

No se sentía como una traición a su padre el llamarle así. No como al principio. Dejaba un sabor un poco amargo, tal vez, pero no podía referirse a ella de otro modo en su cara.

—No esperaba...

—Ninguno de nosotros espera que ocurra —dijo Yamato. Le dio una mirada a Gabumon, esperando que entendiese todo lo que estaba queriendo decir.

Gabumon asintió.

Natsuko acarició de nuevo a Punimon. —Parece tan asustado.

—Yamato —llamó Gabumon. A diferencia de Takeru, era siempre tímido cuando le pedía cosas. Algo bastante inútil, en realidad, porque no tenía defensas contra ninguno de ellos—. Tu música siempre me hace sentir mejor.

Eso no quería decir que a todos los digimon les gustase.

—A mí también —admitió su madre. Sus ojos siempre le habían sabido a cielo, y no a mar, porque podía ver claramente las nubes y el sol, el tormento y la angustia. Y el amor. Aún en la lejanía inalcanzable, lo reconocía azul—. ¿Todavía tienes tu armónica?

Estaba en su bolsillo, como siempre.


.

Angelique Kaulitz: Gracias a Ciel por su ayuda :3

¡Y gracias por leer!