Capítulo 1:

Navegar con la corriente

Echó su cabeza hacia atrás, golpeándola con la pared. Luego la balanceó otra vez hacia delante y atrás periódicamente, con los ojos cerrados y maldiciendo por lo bajo.

Era un plan fácil: solo tenía que salir de Slytherin hacia el norte, atravesar Ravenclaw porque era más seguro que ir hacia Hufflepuff y llegar hasta Gryffindor para buscar a su padrino y que él le pusiera a salvo.

Pero Draco no solía pensar las cosas demasiado y había decidido que era buena idea ir a un mercado lleno de gente y luego correr hacia el muelle, donde obviamente no tendría salida. Su idea culminante había sido subirse a ese dichoso barco que navegaba hacia Dios sabe dónde, con una decena de marineros que seguramente lo querrían muerto.

Se llevó las manos a la cara, atrayendo sus rodillas hasta su pecho para hacerse un ovillo. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero debían haber pasado horas porque el miedo del principio había pasado a ser pánico después y finalmente se había convertido en cansancio. A esas alturas solo le quedaba resignación.

Escuchó como la puerta de abría de repente. Se enderezó, poniéndose en pie y pegándose a la pared. Unas botas de color marrón resonaron contra las escaleras de madera y pronto un hombre de piel morena y vestido totalmente de blanco se paró frente a él.

—Soy Blaise Zabini, segundo oficial al mando y desde ahora la persona a la que obedecerás —se presentó con una sonrisa—, ¿cómo te llamas?

Lo estudió con desconfianza, aunque su expresión no parecía contener ningún ápice de maldad. Si no recordaba mal, él era uno de los que habían dicho que la leyenda del áureo era mentira.

—Draco —murmuró.

Cuando el moreno vio que no iba añadir nada más, asintió y le tendió algo que llevaba en la mano.

—Cámbiate de ropa o morirás de calor si llevas eso cuando salgas a cubierta.

Encima de la pila de ropa había una manzana verde que Draco agarró inmediatamente y devoró en unos segundos. Zabini le miró con una sonrisa en el rostro.

—¿Qué? —cuestionó, masticando la fruta.

—Cámbiate —ordenó—, tenemos cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

—Cámbiate.

Soltó un resoplido, rodando los ojos.

—¿Podrías darte la vuelta, al menos?

El otro le miró de soslayo, antes de acceder a su petición y girarse. Draco se quitó la ropa rápidamente y se puso la que le habían dado. En el fondo tenía que agradecerlo, porque su vestimenta estaba hecha para un clima más frío y especialmente para cubrirle por completo. En ese punto ya no tenía nada que esconder, así que era una tontería mantener una capucha sobre su cabeza.

Una vez que estuvo dispuesto, salieron de la bodega. El sol impactó directo en su rostro y el viento fresco le sacudió el cuerpo durante unos instantes. El barco visto desde fuera parecía grande, pero desde dentro era enorme. Draco contempló boquiabierto a todos los marineros que en ese momento desempeñaban sus tareas.

—¿Hacia dónde estamos yendo? —preguntó con curiosidad.

—Cada uno tiene una tarea que deben desempeñar, de esta manera todos tienen una función aquí dentro —respondió Zabini.

Supuso que su curiosidad no iba a ser saciada.

—¿Y eso que tiene que ver conmigo?

Blaise caminó por la cubierta, instándole a seguirle.

—Que ahora estás aquí —explicó—, y vas a tener que trabajar en algo.

Soltó un resoplido sardónico.

—Lo dices como si estuviera aquí por elección propia —replicó—. Si no recuerdo mal fue tu capitán quien no me dejó bajar del barco.

—Pero eso ya es agua pasada, y si quieres un consejo... deberías navegar con la corriente y no contra la corriente.

—Bien —gruñó, haciendo que el moreno sintiese y le palmease el hombro.

—El pelirrojo que ves allí es Ronald, es el primer oficial —señaló. Draco lo reconoció como el hombre que había visto nada más subir al barco—. Dean es nuestro piloto, Crabbe y Goyle son artilleros*, nunca tienen un no a la hora de apuntar y disparar. Theo se encarga de toda nuestra carga, Terry es el contramaestre* y los gemelos Fred y George son los jefes de vela —apuntó sobre su cabeza. Abrió los ojos como platos al ver a dos hombres pelirrojos saltando de una cuerda a otra con maestría a varios pies de altura— y la chica de allí es Ginevra, nuestra sanadora y la única mujer aquí. Oh, bueno, y esta nuestro capitán, pero a él ya lo conoces.

Draco paseó su vista de la muchacha pelirroja hacia el capitán Potter, el cual estaba en la proa* del barco, cómodamente apoyado en el palo trinquete* y observando algo en la distancia.

—Ya veo —murmuró.

Había mucha más gente de la que Blaise había nombrado, y si bien no le sorprendía la cantidad de personas que habían, sí que se le hacía raro lo jóvenes que eran todos. No parecía haber nadie demasiado mayor allí.

Volvió sus ojos otra vez hacia el capitán. Él tampoco parecía tener mucho años más que Draco, aunque la barba que llevaba le hacía prever más adulto de lo que era.

—El resto son marineros —añadió Zabini—. Así que... ¿hay algo que se te de particularmente bien?

—No.

El chico se giró hacia él, observándole con unos ojos astutos y una sonrisa ladina.

—¿Seguro?

—Absolutamente —afirmó, cruzándose de brazos y levantando la barbilla de manera desafiante. No iba a trabajar para un pirata.

—Bien.

Draco tropezó con sus propios pies cuando Blaise le agarró del brazo y le llevó a la parte contraria de la cubierta. Allí estaba un chico joven con el cabello castaño, arrodillado en el suelo de madera con un cubo de agua al lado y un trapo en las manos.

—No pienso fregar el suelo —dijo, sabiendo lo que le esperaba.

—Sí, lo fregarás. Y antes de que me repliques, creo que deberías saber que solemos deshacernos bastante rápido de la gente que no quiere colaborar.

El moreno señaló hacia el océano. Draco tragó saliva, preguntándole con la mirada si realmente iba en serio. Parecía que sí porque Blaise le miraba con entereza.

—Vale —resopló con disgusto.

Navegar con la corriente, se recodó a sí mismo.

Cogió el pañuelo seco y lo metió en el cubo de agua. Se agachó para arrodillarme y empezó a limpiar la madera, maldiciendo por lo bajo a todos los astros habidos y por haber.

—Soy Colin —dijo el chico unos minutos después—, ¿y tú?

—Draco.

—Eres un...

—Áureo, sí.

—Vaya, nunca había visto ninguno.

Le disparó una mirada envenenada, antes de levantarse y escurrir el pañuelo.

—Será porque no solemos durar mucho con vida —espetó.

El chico le miró avergonzado.

—Lo siento, no quería ofenderte.

Se encogió de hombros, soltando un suspiro cansado.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó, esperando que eso deshiciese la incomodidad que había.

—Solo unas semanas, pero han sido las mejores de mi vida.

—¿En serio?

—¡Sí! —exclamó Colin, con una sonrisa deslumbrante y un enorme entusiasmo—, quiero decir, estoy en el barco del capitán Potter. ¿No es genial?

—Supongo.

—Muchos pensarían que ayudar a Terry con el mantenimiento del Fénix es aburrido, pero para mí es alucinante. Un sueño hecho realidad.

—Claro —murmuró, siguiéndole la corriente.

—¿Y tú, cómo has llegado hasta aquí?

—Por mi mala suerte.

El joven le miró sin entender, como si él pensamiento de que alguien no quisiera estar allí por voluntad propia fuese insólito.

—Lo peor son los vaivenes del barco cuando hay viento fuerte —contestó el otro, como si explicase el hecho de que Draco no quisiera estar ahí.

—Colin —llamó un hombre a lo lejos—, ven a ayudarme a clavar estas tablas.

—¡Voy! —contestó el aludido—. Adiós, Draco.

—Pásatelo bien —despidió.

Menudo chiflado, pensó.

Limpiar toda la cubierta se le hizo agónico. Un par de horas después se encontraba cansado y sudado, pero al menos había terminado el trabajo.

Se apoyó en el canderelo* para coger aire, admirando todo el horizonte azul de cielo y océano que había frente a él. Por un momento se olvidó de su situación y simplemente se maravilló con el paisaje.

Hasta que alguien aterrizó a su lado sobre la barandilla.

Se sobresaltó, apartándose del borde para mirar al hombre que había de pie frente a él. Era alto y delgado, tenía un cabello rubio sucio y unos ojos marrones penetrantes.

—Creo que no nos han presentado formalmente —comentó mientras se acercaba a Draco—. Soy Zacharias Smith.

Miró la mano que le tendía, ubicando su cuerpo demasiado cerca de él. Luego elevó la vista otra vez hasta su cara, solo para ver a Smith sonriendo malévolamente.

—El que quería sacrificarme —recordó.

—No lo tengas en cuenta. Tómalo como un pequeño desacuerdo de opiniones.

—Llámalo como quieras, pero aléjate de mi.

—Además —continuó, como si no lo hubiese escuchado—, no culpes al jugador, culpa al juego.

—Olvídame.

—Será difícil olvidar a alguien como tú.

—Tal vez yo podría ayudarte.

Smith se separó de él como un rayo cuando la voz ronca del capitán sonó a su espalda. Draco miró sobre su hombro, soltando el aire que había retenido durante esos segundos.

—Capitán...

—¿Por qué no estás haciendo algo productivo?

—He parado a beber agua.

—¿Y Draco tiene cara de manantial o algo?

El rubio se estremeció al escuchar su nombre en la boca del otro. Supuso que Blaise se lo había contado. Vio cómo Smith se removió incómodo, agachando la vista hacia el suelo. Reprimió las ganas de resoplar por la cobardía que mostraba.

—No, capitán.

—Entonces lárgate de mi vista, antes de que llegue a la conclusión de que estás mejor fuera de mi barco que dentro de él.

El marinero asintió y se marchó aún con la cabeza gacha. Draco miró incómodo hacia sus botas, tensando su cuerpo con expectación cuando Potter se acercó a él. Arqueó una ceja extrañado cuando el capitán le tendió la mano.

—¿Qué? —cuestionó.

—El puñal.

—¿Qué puñal?

—El que le has robado a Smith mientras os hacíais amigos.

Draco no sabía si admirar la capacidad de observación que tenía o simplemente echar a correr.

Decidió mentir.

—No sé de qué me estás hablando.

—Te lo estoy pidiendo por las buenas —pronunció lentamente. Su mirada verde se tornó peligrosa—, no me hagas pedírtelo por las malas porque no te va a gustar.

Tragó saliva en seco.

—Yo no...

Antes de que pudiera terminar su excuso, Potter le había agarrado del brazo y se lo había retorcido en una posición dolorosa. El puñal de Smith hizo un ruido seco cuando cayó al suelo.

—No sé porqué pero presiento que contigo todo va a ser difícil.

—Me estás haciendo daño —se quejó el rubio lastimosamente.

—Esa es la intención.

—Eres un bárbaro.

—Y tú un inconsciente. ¿Que pretendías hacer con una maldito puñal? Estás en un barco, lleno de gente que podría matarte con un palo de madera y tú vas por ahí con eso.

—No iba a matar a todo el barco —se defendió—, me conformaba con cortarle el cuello a Smith.

—No vas a herir a nadie. Al igual que me voy a encargar de que Smith mantenga sus manos alejadas de ti, tú vas a tener que aprender a convivir con los demás, porque todos tenemos unas reglas aquí y tú las vas a tener que acatar como cualquiera.

Soltó un quejido cuando Potter lo dejó libre. Se masajeó el brazo adolorido, fulminando con la mirada al otro.

—Te recuerdo que si yo estoy aquí es porque tú me secuestraste —espetó con rabia.

El capitán soltó una carcajada baja y grave que provocó que su vello se encrespase.

—¿Eso es lo que crees?

—Eso es lo que es.

—No lo entiendes, ¿verdad? El hombre que te perseguía era Peter Pettigrew, consejero de Dolores Umbridge —Draco palideció al escuchar el nombre de la mujer—. Parece que a ella sí la conoces.

Umbridge era una tirana. La gente la respetaba y la temía a partes iguales, no había ciudad o poblado que no la conociese, y no se conocía ningún inconsciente que se pusiera frente a ella por propia voluntad. Pero sobretodo era conocida por su mayor hazaña: la caza de áureos.

Su padre le había contado mil historias de sus cacerías. Decía que la mujer se dedicaba a coleccionar las cabezas de los áureos que mataba, que los exhibía por las poblaciones como si fueran trofeos, que los maltrataba, que los mataba de hambre, de sed o de sueño. Una vez, Draco escuchó que Umbridge hizo caminar a una áurea por un bosque en invierno durante días enteros sin parar.

Decir que esa mujer le daba pavor era un eufemismo.

—¿Hubieras preferido quedarte allí? Mírame cuando te hablo —demandó Potter con voz exigente. Alzó la vista a regañadientes, encontrándose con la expresión furibunda del otro— ¿Hubieras preferido quedarte allí? Porque aún estoy a tiempo de dar la vuelta y abandonarte en ese puerto.

—No —susurró.

Casi sentía la necesidad de encogerse en sí mismo.

—¿Cómo dices?

—Que no quiero volver —dijo con voz más clara.

—Entonces deberías empezar a ser un poco más agradecido con aquellos que te han salvado la vida.

Draco se quedó ahí de pie un buen rato, acariciando su brazo magullado, después de que el moreno se marchase. Se sentía humillado y enfadado consigo mismo, como un niño al que acababan de regañar. Lo que realmente había salido herido de esa discusión había sido su orgullo.

—Debí haberte advertido que no hiciese ninguna estupidez —comentó Blaise a su lado. Se mordió la lengua para evitar mandarle a tomar viento—. Vamos, te llevaré a un lugar más amable.

El lugar más amable al que se refería Zabini no era más que la cocina. Draco no se quejó, simplemente se sentó en una de las sillas de madera, observando al tipo rubio que cocinaba, quien le sonrió pero no pronunció palabra, cosa que agradeció, hasta que unos minutos después una cabellera pelirroja asomó por la puerta.

—El capitán me ha dicho que alguien me necesitaba —anunció Ginevra, si mal no recordaba.

—Yo tengo todos mis dedos —respondió el chico, precia una broma personal porque ambos rieron—, así que supongo que lo dirá por él.

La mujer se le acercó sonriente con unas telas y un bote en las manos. Draco la estudió con suspicacia, admirando lo bonita que era. Tenía una melena roja y brillante, unos ojos castaños cálidos y un montón de pecas en la cara.

—Hay muchos pelirrojos por aquí, ¿no? —comentó.

—Ron, Fred, George y yo somos hermanos —contestó ella, sentándose a su lado—. Puedes llamarme Ginny, por cierto. El capitán me dijo algo sobre un brazo, pero no me especificó qué te pasaba.

Draco no pudo evitar resoplar, poniendo los ojos en blanco.

—¿Y no te contó que fue él precisamente quien casi me lo rompe?

—Oh, entonces toma mi presencia aquí como una disculpa por su parte. A veces es un poco... bruto.

—Me parece que "bruto" es un adjetivo demasiado cortés para definirle.

—Creo que os vais a llevar muy bien —se burló Ginny, soltando una carcajada que secundó el cocinero.

A Draco no le hizo gracia.


*Artillero: encargado de las municiones del barco. Su responsabilidad era mantener los suministros y la munición de los cañones

*Contramaestre: las responsabilidades del Contramaestre incluían mantener el barco y sus provisiones.

*Proa: parte delantera de un barco

*Palo trinquete: de los tres mástiles que componían un navío de línea, el trinquete era el situado más a proa

*Candelero: en un buque se llama candelero al hierro de grueso y alto que con otros iguales o semejantes se coloca verticalmente en las bordas. Se utiliza a modo de barandal


*inserte carraspeo dramático*

A ver, yo no iba a publicar esto todavía. Estoy trabajando en esta historia actualmente y pensaba acumular algunos capítulos antes de empezar a publicar para no retrasar mucho las actualizaciones peeeero estoy detectando algo de pánico en el prólogo pidiéndome que continúe la historia así que decidí publicar esta capítulo como demostración de que sí, voy a continuarla, pero tendréis que tener paciencia jaja

Dicho eso, como veréis estoy utilizando vocabulario naval así que iré dejando un pequeño glosario al final con la definición de cada palabra.

Y bueno... espero que os esté gustando. Dentro de mi cabeza de momento todo pinta bien, pero no sé cómo será para vosotros jaja

¡Nos leemos pronto!