Capítulo 3:

Familia

Entró en el camarote, observando la estancia con cuidado. Consistía en dos camas, un par de baúles y una mesita con una lámpara de aceite. Avanzó con paso cansado hacia la cama que creía que sería la suya y se sentó en ella.

La conversación con Potter le había dejado un dolor opresivo en el pecho y un sentimiento de soledad que le estaba deprimiendo. Porque esa era la verdad: estaba solo. Había perdido a sus padres, no había sido capaz de encontrar a Severus y ahora se encontraba en un navío con una decena de desconocidos.

Se quitó las botas y se tumbó en la cama para hundir el rostro en la almohada y sollozar libremente.

Podía asegurar que llevaba horas llorando porque sentía su nariz congestionada, los ojos irritados y la garganta seca, cuando alguien abrió la puerta. Apretó los párpados y separó los labios para respirar pausadamente por la boca y que no se le notase que se encontraban en ese estado deplorable.

Fingir que estaba dormido no se le daba del todo bien, porque unos minutos después escuchó a Ginny caminar por la habitación hasta recostarse en su camastro y abrazarle por la espalda.

—¿Qué pasa? —cuestionó delicadamente la chica.

Su cuerpo se agitó dolorosamente. Llevó sus rodillas hacia su estómago, haciéndose un ovillo.

—Fue mi culpa —sollozó en voz baja—. Estaba distraído y no vi que un grupo de cazarrecompensas venía hacia nosotros. Ellos ya estaban demasiado cerca cuando avisé a mis padres

—Tranquilo, Draco. Respira hondo.

—Y... y después los abandoné —continuó, llorando más fuerte—. Ellos se quedaron allí para que yo pudiese huir, y lo único que hice fue correr sin mirar atrás. Ni si quiera pude despedirme. Debí haberme quedado. Debí haber protegido a mis padres.

Era la primera vez que pensaba en ello desde que había salido corriendo.

—No podrías haber hecho nada para salvarlos.

—¡Pero debí haberlo intentado! —exclamó— Ahora no tengo familia, no tengo a nadie.

—Nos tienes a nosotros, a todos. Es verdad que a veces no somos los mejores, pero siempre estamos ahí los unos para los otros. Podemos ser tu familia, Draco.

Gimió, cerrando los ojos con fuerza. Una parte de él quería creer en las palabras consoladoras de Ginny.

No recordó en qué momento se había quedado dormido, pero despertó con el cuerpo entumecido, los ojos hinchados y un fuerte dolor en la garganta. Se enderezó, fijándose en que la pelirroja también se había quedado dormida con él. Sonrió tristemente, levantándose de la cama con cuidado de no despertar a la chica, agarró la lámpara de la mesita y salió del camarote.

El viento frío azotó su rostro cuando salió a cubierta. Caminó silenciosamente observando que Ron estaba en la parte más alta del navío, seguramente haciendo su guardia, así que desplazó hacia la parte contraria, donde se acostó en el suelo para poder contemplar las miles de estrellas que en ese momento coronaban el cielo.

Draco se sentía abatido pero liberado y, en cierta manera, relajado. Tal vez era porque el ruido de las olas del mar chocando contra el barco le tranquilizaba o porque había llorado más que en toda su vida.

Empezó a tararear una canción de cuna en voz baja mientras contaba las constelaciones que iba encontrando. Podría haberse quedado eternamente en ese instante.

Fue una pena que ese maravilloso momento le durase tan poco, porque toda su tranquilidad se rompió con el grito de Ernie desde la cofa*.

—¡Barco a la vista!

Se enderezó a toda velocidad, mirando a su alrededor. Vio a Ron correr hacia un lado de la cubierta, justo donde señalaba Ernie, y alzar su catalejo* para contemplar la lejanía.

Draco intentó vislumbrar algo, pero en la oscuridad de la noche le fue imposible.

—¡Barco a la vista! —repitió Ron en un rugido.

Entonces el Fénix volvió a la vida.

Potter emergió a toda velocidad, con una mirada determinada y su cuerpo tenso por la expectación.

—Fred, George izad las velas. Crabbe y Goyle a los cañones, no disparéis pero estad preparados. Ron a proa, Blaise a popa*, Theo necesito que vayas a bajo y vigiles la carga. Los demás conmigo —ordenó el moreno con voz serena. Absolutamente todos obedecieron de inmediato—. Ernie, ¿qué tipo de barco es?

—Es un corsario*, capitán —respondió el aludido—. Creo que es Cornelius Fudge si no me equivoco.

Hubo una pequeña celebración entre la tripulación.

—Parece que vamos a divertirnos —comentó Potter.

Fue entonces, mientras contemplaba el panorama frente a él, cuando la realización golpeó a Draco. Por un momento había olvidado que las personas con las que compartía ahora su vida no eran marineros corrientes, ni pescaderos o comerciantes. Eran piratas. Y estaba a punto de saquear un barco.

Dejó escapar el aire temblorosamente de sus pulmones, mientras veía asombrado y temeroso cómo ambos barcos iban acercándose a una velocidad pasmosa.

—Capitán —llamó Ernie—, el barco va tripulado por mercenarios.

—Hundidlo si es necesario, entonces.

Abrió los ojos con horror. ¿Iban a hundir un barco? ¿Ahí, sin más?

Parecía que sí, porque los cañonazos empezaron a sonar cuando ambos navíos estuvieron a una distancia suficiente. Draco se agachó por acto reflejo, agarrándose fuertemente a la barandilla cuando un cañonazo agitó la embarcación.

Segundo después vio cómo los gemelos Weasley volaban enganchados a sus cuerdas hacia el barco contrario, mientras que los mercenarios utilizaban tablas a modo de puentes para llegar al Fénix.

Severus le había preparado para luchar de ser necesario y sus padres le habían hecho a la idea de que, dada su condición iba a ser partícipe de situaciones violentas, pero jamás esperó ver una batalla campal frente a él.

Estaba tan absorto contemplando el panorama que un ruido pesado le sobresaltó. Se dio la vuelta y pudo jurar que su corazón se paralizó durante un segundo.

Frente a él estaba un hombre alto y corpulento, debía sacarle al menos dos cabezas y muchos quilos de más. Tenía una melena oscura que le llevaba a los hombros y una barba poblada.

—Un áureo —susurró casi maravillado.

Se dio cuenta de su error demasiado tarde. Se había quedado ahí, al descubierto, congelado por el asombro y el miedo sin tener en cuenta que era una presa fácil.

El mercenario se abalanzó contra él, haciendo que Draco reaccionase en el último segundo para agarrar la lámpara de aceite y estrellársela en la cara. Las llamas emergieron volátiles, haciendo gritar al mercenario.

Ni si quiera dejó que el pensamiento de que acababa de quemar vivo a un hombre se formase dos veces en su cabeza y, por el contrario, salió de su escondite para correr por toda la cubierta, esquivando los múltiples duelos que se estaba llevando a cabo en ese instante. Su huida no duró mucho, porque instantes después notó como algo pesado caía sobre su espalda, estampándole fuertemente contra el suelo.

Su cabeza rebotó contra la madera, haciendo que su vista se desenfocase por unos segundos, pero nada era comparado con el dolor de su pecho. Literalmente, pudo sentir como algo crujía en su interior. Abrió la boca y chilló hasta que sus cuerdas vocales ardieron.

—Tú eres mío —escuchó que decían.

Sabía que las palabras habían sido pronunciadas cerca de su oído porque notaba el cálido aliento golpear su piel, pero su mente no las procesaba adecuadamente. Lo único que sentía era dolor.

—Me parece a mí que no —rebatió una voz.

Sintió que lo liberaban del peso acto seguido. Intentó que el aire llegase a sus pulmones pero su pecho se encontraba comprimido y rígido, su garganta estaba apretada y apenas se podía mover. Un brazo le giró bruscamente, haciendo que volviese a gritar. El rostro familiar de Ron se interpuso frente a él.

—¿Se puede saber qué hacer aquí, desarmado y a plena vista? —separó los labios, solo y únicamente para decirle que se fuese a la mierda, pero lo único que salió de ellos fue un humillante quejido—. ¿Estás bien?

¡Claro que no estaba bien! Sentía ganas de morir.

—No puedo... no puedo... respirar.

—¡Capitán! —llamó el pelirrojo.

—¡Tienen un áureo! —exclamó alguien.

—¡Tenemos un grave problema! —continuó Ron.

Draco perdió de vista a Weasley y por minuto pensó que lo había dejado ahí tirado y que realmente iba a morir, cuando una mano mucho más gentil que la del pelirrojo le sujetó por el brazo.

—Levántate —ordenó la voz serena de Potter. Como si fuera tan fácil. El moreno pareció captar su mensaje, porque añadió:—. Sé que duele, pero tienes que levantarte para que pueda sacarte de aquí. Eres un blanco demasiado llamativo. Por favor, Draco.

Había una desesperación subyacente en su voz que le descolocó pero no tenía tiempo para pararse a pensar en eso.

Asintió con la cabeza y dejó que Potter envolviese su cintura y le ayudase a ponerse de pie. Sus costillas se quejaron, haciéndole morder su labio inferior para evitar volver a chillar.

—No puedo respirar —lloró.

—Sí puedes, solo tranquilízate y céntrate en inhalar y exhalar. No voy a dejarte, ¿vale? Sígueme y no te separes de mi.

Draco se aferró a la camisa del capitán como si fuese su hilo de vida. Quizás si lo fuese, porque ahí estaba Harry Potter, salvándole la vida otra vez.

La cubierta nunca se le había hecho tan larga, pero debía admitir que el moreno era lo suficientemente hábil como para maniobrar con su espada, a la vez que caminaba y mantenía un ojo puesto en él. Si no fuera por el latente dolor que tenía, se habría sentido conmovido.

Se apoyó en un mástil cuando vio que el capitán tenía problemas para deshacerse de un par de mercenarios. Apretó la madera con sus dedos, notando como las astillas se clavaban en sus yemas. Frente a él Blaise tiró por la borda a un hombre, Terry noqueó a otro después de que Ginny le disparase una flecha en la pierna. Draco deseó tener un arma con el cual defenderse o bien desquitar todo el sufrimiento que sentía.

El barco se ladeó, haciendo que el rubio se aferrase al mástil con fuerza, una daga* se clavó justo encima de su cabeza, como si alguien hubiese escuchado sus pensamiento. Giró su rostro para ver quien se la había lanzado, solo para ver encontrar a una mujer mayor y con la melena larga y rubia mirándole astutamente. Apretó los dientes, cansado y enfadado. Desclavó la daga, con su pecho quejándose por el esfuerzo, y se la lanzó a la mujer sin pensarlo dos veces. Impactó directo en su hombro, provocando que la rubia cayese al suelo.

—Buena puntería —alabó Potter.

—Gracias —jadeó.

—Vamos.

Atravesar la cubierta fue más fácil a partir de ahí. La adrenalina había empezado a recorrer todo su sistema, haciéndole consciente de donde estaba, y el dolor había pasado a un segundo plano. Bajaron las escaleras y se encaminaron hacia el pasillo desierto donde estaban los camarotes. Por un momento pensó que el moreno lo conduciría a la habitación que compartía con Ginny, pero en cambio pasaron de largo para entrar en el camarote del fondo del pasillo.

—No te muevas de ahí —ordenó Potter—. Y hablo muy en serio. No salgas.

Cerró la puerta sonoramente antes de que pusiera contestar. Su respiración ahogada retumbaba en el silencio que había dentro del cuarto. Miró a su alrededor, encontrándose con una cama con dosel mucho más amplia que la suya, una mesita con una lámpara, un baúl que alguna vez fue rojo pero que para ese entonces estaba ya desgastado y una cómoda de madera oscura. Supuso que esa era la habitación del capitán.

Caminó cansado hacia la cama, sentándose con gran esfuerzo. Si aguantaba la respiración, podía escuchar el ruido amortiguado de la batalla que había en cubierta. Cerró los ojos, intentando acallar sus jadeos y calmar su corazón, pero de poco estaba sirviendo.

¿Y si Potter perdía? No quería imaginarse lo que iban a hacer esos mercenarios con él.

El miedo barrió cada músculo de su cuerpo. En ese momento, se daba cuenta de la suerte que tenía por haber subido al Fénix en vez de a otro barco peor.

Mordió su labio inferior, llevándose una mano hacia sus costillas. Apretó un poco, notando acto seguido un agudo pinchazo en su interior. Ese maldito bastardo debía haberle roto algún hueso. Se puso en pie para caminar lentamente por la estancia. No sabía qué era peor: si el dolor de su cuerpo, o no saber qué estaba pasando allí arriba.

Negó con la cabeza, no queriendo caer en pensamientos desalentadores. Era el barco de Harry Potter, famoso por ser el más eficaz de los mares. No podía perder.

Pero hasta Potter era humano, y por mucho que su tripulación fuese incomparable, nadie sobrevivía a una herida grave.

De repente, todo se quedó en silencio.

Draco se paralizó, mirando hacia la puerta de la habitación con el aire suspendido en su garganta. Escuchó pasos fuera, cada vez más cerca de donde estaba. Su pulso se volvió errático, retrocedió vigilante, agarrando la lámpara de la mesita como única arma a su alcance.

La puerta se abrió, dejando ver al sudoroso y agotado capitán.

El rubio exhaló con fuerza. El alivio fue tan fuerte, que por un momento pensó que lloraría de la felicidad.

Avanzó hacia Potter rápidamente y, sin pensarlo demasiado, arrojó sus brazos alrededor de su cuello, abrazándole estrechamente, importándole poco que sus costillas protestasen.

Sintió los músculos del moreno tensos bajo su tacto, hasta que poco a poco se fue relajando y para su sorpresa, correspondió lentamente el abrazo, apoyando las manos con delicadeza sobre su espalda, acariciándole desde la parte baja hasta sus omóplatos, para luego estrecharle contra él.

Draco se estremeció contra la suave contacto. Sintió el aliento del capitán vacilante contra su cuello, sus labios casi rozándole la piel. Inhaló profundamente con los ojos cerrados y, por primera vez en algún tiempo, se sintió extrañamente protegido. Fue entonces cuando se percató en lo íntimo que estaba siendo ese momento.

Se separó de él completamente azorado por su arrebato, agachando la cabeza para que no se pudiesen apreciar sus mejillas coloradas. Abrió la boca dispuesto a disculparse, pero Potter se le adelantó.

—Vamos arriba para que Ginny pueda revisar tus heridas.

Su voz ronca le hizo tragar saliva nerviosamente. Asintió vehemente, agradecido de que el otro no comentase nada de esa extraña atmósfera que se había instalado entre ellos.

Subió a toda prisa, encontrándose un panorama tranquilizado de lo que esperaba. Todos parecían estar bien, algunos más magullados que otros, pero todos caminaban por sus propios pies. La única voz que se escuchaba en el aire era la de Theo, quien contaba la mercancía que estaban sacando del corsario hacia el Fénix.

Avanzó hacia Ginny, observando cómo vendaba la cabeza de Ron.

—¿Qué te duele? —preguntó la chica, una vez que hubo terminado con su hermano.

—Todo —respondió. Ahora que la calma había vuelto, empezaba a notar como su cuerpo se resentía—, pero el pecho me está matando.

—Déjame verlo —alzó su camisa, dejando que la pelirroja le examinase—. Tienes un par de costillas magulladas, tal vez tres. No están rotas, pero te dolerán algún tiempo. Voy a tener que vendarlo.

—De acuerdo.

—Va a ser un poco incómodo, pero estarás bien.

Asintió distraídamente, con su atención puesta en Potter, que estaba siendo atendido por Neville, quien le curaba una herida abierta en el hombro. La preocupación se hizo presente en él.

Sus ojos se encontraron durante un breve momento. El moreno le miraba pacientemente, sin ningún tipo de sentimiento en su rostro. Simplemente le contemplaba, como quien mira distraídamente al mar.

Desvío su mirada sintiéndose incómodo, recordando su apretado abrazo. Ginny le miró, mientras le vendaba el pecho, con una sonrisa cómplice.

—Él también va a estar bien.

Draco asintió, aunque no era eso lo que le inquietaba. Era su corazón revolucionado y el retortijón que sentía en el estómago lo que le intranquilizaba.

Y que Potter fuese el causante de ello.


*Cofa: En una embarcación de vela: Plataforma colocada en la parte alta de un palo, que sirve especialmente como puesto de observación y para facilitar la maniobra de las velas altas.

*Catalejo: Instrumento óptico para ver a larga distancia que consiste en un tubo, generalmente extensible, con una lente en cada extremo, una colectora de la luz y otra amplificadora de la imagen formada por la primera.

*Popa: Parte posterior de una embarcación.

*Corsario: Barco que estaba preparado para que sus tripulantes se dedicaran a asaltar y destruir las naves piratas y enemigas, con la autorización del Gobierno de su nación. En Inglaterra eran conocidos por ser "piratas legales" ya que compartían sus botines con el gobierno.

*Daga: es un arma blanca de lámina aplanada y remate agudo. Es más larga que un puñal y más corta que una espada. Suele poseer doble filo y guarda para proteger el puño

He añadido un glosario al final de la historia con todas las palabras hasta ahora definidas para que podáis encontrarlas fácilmente en el caso de que repita alguna y no recordéis el significado.


¡Hooooooooooooola!

Ya estoy aquí con un capítulo más.

¿Qué os ha parecido este primer pequeño acercamiento de Harry y Draco?

No sé porqué pero estoy taaaan emocionada con esta historia jajaja

¡Hasta la semana que viene!