Capítulo 4:
Dimes y diretes
Se despertó como si una ciudad entera se hubiese derrumbado encima suyo. A Draco le dolía absolutamente todo; los brazos, las piernas, le dolía la garganta por haber chillado, los ojos de llorar, la cabeza por el cansancio, su pecho era el epicentro del martirio y le costaba respirar por los vendajes, aunque prefería no poder respirar bien que sentir que algo se quebraba en su interior.
Se levantó soltando un gruñido y estiró todos sus músculos mientras se levantaba del camastro. El dolor lo ponía de mal humor
Ginny no estaba en su cama, lo que le hizo fruncir el ceño. Cuando salió a cubierta descubrió que si la pelirroja ya se había levantado era porque debía ser muy tarde. De hecho, el sol ya estaba casi en todo lo alto del cielo.
¿Cuánto tiempo había dormido?
—¿Qué haces aquí?
Se dio la vuelta para encontrar a Potter mirándole como si acabase de perder la cabeza.
—Tengo que ayudar a Neville en la cocina —contestó con evidencia en su voz.
—Lo que tienes que hacer es descansar.
Draco entrecerró los ojos. Un par de días atrás, esa conversación hubiese sido al revés.
—¿Por qué? —preguntó con sospecha.
Si el moreno iba a decir lo que creía que iba a decir, iban a tener un problema.
—Porque estás herido.
Lo había dicho.
—¿Y? —gruñó—. Todos están trabajando.
—Pero ellos no tienen tres costillas rotas.
—No tengo nada roto —corrigió—. Ron también está herido, Dean tiene quemada las manos y aún así están trabajando.
—Ron es mi primer oficial y Dean el piloto. Son imprescindibles. Neville puede soportar un día sin que le ayudes a pelar patatas.
Desvío los ojos hacia el horizonte. Algo en aquella frase le dolió. Ellos eran imprescindibles, en cambio él no ocupaba ninguna función relevante allí. Bien podrían dejarlo tirado en cualquier puerto y el Fénix seguiría navegando. Nadie le echaría en falta. Potter no le echaría en falta.
—Supongo, capitán, que pelar patatas no me va a matar —farfulló con los dientes apretados—. Así que iré a trabajar, aunque no sea imprescindible.
Hacia unas horas se había alegrado de verlo vivo y ahora en cambio sólo deseaba partirle la cara.
Escuchó al otro suspirar, pero no dijo nada, así que se tomó su silencio como una afirmación. Se dio la vuelta, no queriendo ver la cara del moreno en un buen rato.
Ginny se cruzó en su camino hacia la cocina. La chica tenía una sonrisa brillante en el rostro, Draco la envidió por un momento. Ojalá el también estuviera así de feliz y no enfadado o adolorido.
—¿Has pasado mala noche? —preguntó, comprensiva.
—He tenido mal despertar —bufó.
—No te preocupes, pronto tomaremos tierra. En casa tenemos un montón de cosas para el dolor.
—¿En casa?
—Sí. Vamos hacia Ottery St. Catchpole.
Asintió, mirando a su alrededor para percibir que había un ambiente feliz en el barco. De hecho, si prestaba un poco de atención podía escuchar a los gemelos cantando una canción.
—Ahora entiendo porqué todo el mundo está tan radiante.
—Te encantara estar allí, ya verás.
—Eso espero —suspiró.
—Voy a ver cómo está Dean —se despidió Ginny.
Su irritación se esfumó, dando paso al cansancio. Tal vez debería haber hecho caso a Potter y haber vuelto a su camarote a dormir.
Vio a Ron no muy lejos de donde se encontraba y decidió que Neville podía esperar durante un rato. Respiró hondo, acercándose con cautela hacia el pelirrojo. No se podía decir que tuviese una buena relación con él, aunque tampoco era mala. Simplemente no tenían ningún tipo de relación. Había descubierto que Ronald era alguien distante y centrado en su trabajo. Solo hablaba con sus hermanos, con Blaise o con el capitán y únicamente se dirigía a los demás para darles órdenes y comprobar que todo estuviese en tranquilidad.
Si Draco fuese sincero consigo mismo, debía admitir que le intimidaba un poco. Ron era alto, con el cabello igual de rojo que los otros Weasleys, con su rostro pecoso y sus penetrantes ojos azules. Tenía los hombros anchos, y unos admirables músculos en los brazos. Le había visto pelear, y no era precisamente delicado. Y luego estaba ese mutismo que lo descolocaba. Sabía tratar a Potter porque era ácido y en cierto punto templado. Sabía llevar a Blaise y su sarcasmo. Pero no sabía cómo tratar el silencio de Ronald.
Así que esa conversación iba a ser incómoda.
Carraspeó audiblemente para llamar la atención del pelirrojo, el cual le miró con una ceja arqueada.
—Venía a agradecerte lo de ayer.
—¿Lo de ayer?
—Sí —tragó saliva. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil?—, ya sabes, me quitaste a ese animal que me atacó de la espalda, así que... técnicamente me salvaste la vida.
—Ah.
Draco se balanceó, con la mirada fija en sus pies. Se sentía como si estuviera ante su padre después de romperle toda la vajilla.
—Gracias —repitió.
—Ya... no hay de qué. En el fondo no estaba salvando tu vida, sino la mía —frunció el ceño, sin saber a qué se refería—. El capitán me habría matado si te hubiera pasado algo —aclaró.
Abrió la boca, pero no supo que decir. Soltó un resoplido nervioso en su lugar.
—No creo que sea verdad.
—Prefiero no averiguarlo.
Boqueó como un pez fuera del agua. Sacudió la cabeza, se encogió mentalmente de hombros y se giró dispuesto a marcharse. Ya había cumplido su misión, así que no tenía porqué continuar con aquella conversación escabrosa.
—Draco —llamó Ron. Se dio la vuelta para encararlo—, solo se preocupa por ti.
Al principio no lo entendió y luego su expresión se convirtió en algo asombrada. Desvío su atención hacia Potter, quien parecía mantener una charla entretenida con Theo.
—¿Cómo nos has escuchado?
—Mi trabajo es escucharlo todo.
Un silencio se interpuso entre ellos. El rubio reflexionó sus palabras, y la conversación que había tenido con el capitán minutos atrás.
—¿Cómo lo sabes? Que se preocupa por mi.
—Porque él siempre se preocupa por todos, es parte de su labor como capitán —explicó. Draco se sintió algo desilusionado por su respuesta, pero se negó a pensar en ello—. Aunque a veces sus intenciones y su manera de expresarse no navegan hacia la misma dirección.
Asintió para hacerle saber que le había escuchado y se dirigió hacia la cocina. Reflexionó las palabras del pelirrojo durante minutos enteros. Quizás debía admitir que Potter no tenía toda la culpa. Él se había levantado demasiado irascible esa mañana.
Su cabeza fue un hervidero de remordimiento durante las próximas horas. Tanto, que la migraña que le produjo dejó en segundo plano a su dolor en el tórax.
Su madre siempre había dicho que era insoportable cuando se ponía enfermo o cuando tenía alguna dolencia. Eventualmente su humor se relajaba, pero las primeras horas eran un calvario. Él siempre había negado tal afirmación, pero al final iba a tener que darle la razón. Se había comportado como un cretino, y había pagado los platos rotos con el primero que había encontrado.
Le tendió el plato de comida a Adrian antes de servirse su propia ración y sentarse en la pequeña mesa que había en la cocina.
—¿Qué haces? —le preguntó Neville extrañado.
—¿Comer?
—Pero normalmente vas a fuera.
—Pues hoy quiero hacerte compañía —replicó.
La verdad era que no quería enfrentarse a Potter. Entre el espectáculo de anoche y el de esa mañana, no sabía cómo mirarle a la cara.
Comieron en un silencio cómodo, aunque Draco estaba de los nervios. Se maldijo a sí mismo por tener una conciencia llena de desasosiego que lo hacía sentir mal.
—Sí hubieras sido injusto con alguien por tener un mal día —le comentó a Neville—, ¿cómo lo solucionarías?
El chico le miró, ladeando la cabeza y luego encogiéndose de hombros.
—Pidiéndole perdón.
—¿No hay otra solución?
—Hay muchas soluciones, pero esa es la más sencilla.
—Sí, lo imaginaba —murmuró para sí mismo.
Neville lo observó entre extrañado y divertido.
—Sea quien sea, seguro que no te lo tiene en cuenta.
Soltó una corta y amarga carcajada. Estaba seguro que Potter le rompería el brazo en cuanto lo viera, tenía experiencia en ello. Ya se le hacía raro que a esas altura no lo hubiese tirado por la borda.
Un par de horas después se había quedado sin excusas para estar ahí encerrado. Había limpiado la cocina de arriba abajo, ordenado los ingredientes y había adelantado todo lo que podía de la cena. Neville le había terminado echando poco después, ordenándole que arreglase sus problemas de una vez. No había encontrado ninguna réplica para eso, así que salió con aire desalentador.
No le costó mucho encontrar al capitán. Estaba en la parte más alta del navío controlando todo lo que ocurría en cubierta. Se encaminó hacia él cómo quien se dirige hacia la horca, pero mantuvo la cabeza alta como le habían enseñado, sin apartar la atención de la mirada afilada que le dirigía Potter.
—Supongo que vienes a darme una buena noticia por ese aire de luto que llevas encima —comentó con sarcasmo.
Draco reprimió las enormes ganas que tuvo de rodar los ojos. Acababa de llegar y ya se estaba arrepintiendo de su decisión.
—Venía a disculparme por mi actitud de esta mañana —pronunció. Potter lo miró con suspicacia.
—¿Dónde está el truco?
—No hay ninguno —resopló—. Solo quería dejar claro que no fue justo pagar mi mal humor contigo.
—Bien.
El rubio observó el asentimiento tranquilo del otro.
—¿Ya está? —cuestionó, algo receloso.
Prácticamente había desobedecido al capitán, y parecía que éste estaba dispuesto a dejarlo pasar como si nada.
—Bueno, si te hace ilusión puedes reverenciarte cómo hacen los plebeyos a la realeza.
Entrecerró los ojos, sintiendo que su irritación volvía a hacerse presente. Poca gente conseguía sacarle de sus casillas tan rápido.
—Qué gracioso —murmuró. Él intentando ser conciliador por el bien de su estancia allí, y el otro burlándose de él—. No va a haber ninguna represalia, ¿verdad?
—No sé qué has escuchado de mi, pero no soy un déspota que va maltratando por ahí a mi tripulación. Soy estricto cuando me desobedecen gravemente y me aseguro de que mis reprimendas sean recordadas, pero puedo tolerar tu berrinche mañanero de crío pequeño. Aunque me gustaría que no se hiciese una costumbre, mi paciencia tiene un límite.
Parpadeó, descolocado. ¿Era su imaginación o acababa de insultarle sutilmente?
—Yo no estaba haciendo ningún berrinche —replicó—. Eras tú quien me trataba como si fuera débil cuando no es así. Llevo siendo perseguido toda mi vida, me han intentado matar más veces de las que puedo recordar, he tenido heridas mucho peores que algunas costillas magulladas y siempre, siempre he salido adelante. Así que puedo soportar esto.
—Soy consciente de ello.
—Y tal vez si me dejases tener algo más que un cuchillo mellado podría haberme defendido yo solo —continuó molesto, sin prestar atención a lo que le había dicho.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.
Abrió la boca para seguir con su perorata, cuando analizó las palabras del moreno. Le estaba dando la razón. Observó su rostro imperturbable y sus ojos que iban desde el entretenimiento hasta la curiosidad.
—Bien —exhaló. Se sentía como si acabase de ganar la batalla más difícil de su vida, mientras que Potter estaba al borde de la risa. Si hubiera sabido que despotricar todo eso le dejaría tan distendido lo habría hecho antes—. Entonces puede seguir con mis tareas, ¿no?
Tenía que asegurarse de que iba a poder dormir tranquilo por la noche sin que el capitán viniese a cortarle la yugular por desobedecerle. Potter esbozó una media sonrisa, cruzándose de brazos con su espalda apoyada en el barandal del barco.
—¿Estás esperando a que te castigue por hacer lo que te dé la gana o que te recompense por tu dedicación en el trabajo? —preguntó, con un tono divertido— Porque un par de azotes es una buena solución para ambos casos.
Abrió la boca, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Su corazón empezó a acelerarse solo para llevar toda su sangre hacia su cara. Podía notar cómo sus orejas se calentaban de la vergüenza.
—Yo no... tú... no... —el comentario le había pillado tan fuera de lugar que ni si quiera sabía que contestar sin que la imagen mental de él siendo azotado por el capitán acudiese a su mente. El moreno soltó una carcajada, lo que hizo que su bochorno aumentase. ¡Por todo los mares, quería ahorcarlo!—. Inténtalo si te atreves —desafió.
Eso pareció sorprender a Potter, porque lo miraba como si se hubiese vuelto loco.
—No me provoques, Draco —pronunció en voz baja y peligrosa, haciéndole estremecer.
—Te patearé el trasero.
El capitán sonrió, regalándole una mirada que se podía considerar del todo lasciva.
—Yo haría cosas mejores con tu trasero.
¿Por qué a él le costaba respirar y en cambio el otro parecía tan sereno?
—¡Me voy, porque no se puede hablar contigo!
Retiraba lo dicho. No sabía tratar con Potter.
El moreno contempló distraídamente cómo Draco caminaba a paso airado y con los hombros tensos hasta que se perdió de caminos los camarotes. Negó con la cabeza, manteniendo una sonrisa jovial en la cara.
—No deberías provocarle de esa manera, capitán. Le dará una úlcera.
Miró a Blaise, solo para encogerse de hombros.
—Es que es tan fácil molestarle. Y demasiado entretenido.
—Claro, porque es obvio que no quieres poner tus manos sobre él —murmuró el otro, irónico —. De todas maneras no deberías hacerle enfadar. Al fin y al cabo él es quien ayuda en la cocina.
Entornó los ojos mientras resoplaba por lo bajo.
—¿Crees que va a envenenarme?
—Ahora mismo, estoy seguro de que podría matarte con sus propias manos.
Lo reflexionó durante un momento, pensando en que tal vez se había sobrepasado. Aunque ver el brillo en la mirada de Draco cuando estaba enfadado había valido la pena.
El rubio por su parte azotó la puerta de su habitación, cogió su almohada y sofocó un grito que picó en toda su garganta. Se sentía... no sabía cómo sentirse: si enfadado, hastiado o avergonzado. Era una mezcla de las tres. Se tumbó en la cama, mirando firmemente el techo.
—Maldito estúpido —murmuró. Aunque no sabía si se refería al capitán o a él mismo.
Porque a pesar de lo cabreado que se sentía, su cuerpo no podía evitar estremecerse al recordar la voz vibrante de Potter.
—0—
Durmió mal y se despertó... sofocado. Había hecho un calor de los mil demonios esa noche. O quizás había sido el sueño que había tenido, donde unas manos lo tocaban y acariciaban vehementemente. Recordó de repente cómo se había sentido el tacto de Potter sobre su cuerpo cuando le había abrazado. Sacudió la cabeza, negándose a profundizar en eso.
Salió del camarote con cuidado de no despertar a su compañera, y caminó por el barco. Escuchó un ruido bajo la bodega, al llegar allí se encontró con Theo.
—¿Qué haces levantado tan temprano?
—Tuve una pesadilla —contestó—. ¿Y tú que haces aquí?
—Inventario. Pronto tomaremos tierra y necesitamos saber qué provisiones nos harán falta.
—¿Quieres que te ayude?
Theo sonrió.
—Claro. Nunca hay que rechazar la ayuda gratuita.
Las siguientes horas se las pasó abriendo cajas y ayudando a Theodore a contar todo lo que tenían, que para su sorpresa eran bastantes cosas. Terminó cansado, jadeante y con las costillas resentidas. Estaba apoyado en una columna cuando la puerta se abrió, dando paso al capitán.
—Subid a cubierta —ordenó. No parecía sorprendido de que Draco estuviese allí—, estamos a punto de atracar.
Theo salió primero, dejándoles a ambos solos. El rubio soltó una ahogada exhalación. Ni si quiera era capaz de mirar a Potter a la cara porque aún se sentía avergonzado por su actitud.
—¿Te duele?
—No —respondió de inmediato—. Puedo...
—Soportarlo perfectamente —completó el moreno. Asintió en silencio—. Siento lo de ayer.
Alzó la vista simplemente por pura sorpresa. El moreno volvía a tener esa expresión seria y templada que tenía habitualmente. No había sonrisa ladina ni mirada divertida. Una parte de él lo agració, y otra... no supo cómo sentirse. Se dijo a sí mismo que debía estar satisfecho, porque esa era la mejor decisión que le había visto tornar al capitán: mantener las distancias.
No hay quien te entienda, Harry Potter, pensó
—No tiene importancia.
Draco había tenido algunas horas de insomnio para pensar, y ciertamente había llegado a la conclusión de que Potter solo le había soltado aquel comentario para molestarle y lo había conseguido, porque él nunca había sabido reírse de sí mismo y tampoco le gustaba que los demás se riesen de él —estaba claro que estaba riéndose de él. Se negaba a pensar que el moreno hubiese dicho eso de manera genuina—. El sentimiento del ridículo no era algo que supiese sobrellevar.
También estaba el hecho de que nunca le habían dicho algo así. Draco nunca había tenido ningún tipo de intimidad con nadie, no sabia lo que era besar a alguien, ni había sido tocado. Su tipo de vida no era la ideal para mantener una relación. Sus primeros amigos los había conseguido ahí, en el Fénix, porque se había pasado toda su vida huyendo con sus padres, hasta que consiguieron ocultarse entre las montañas de Wiltshire, y a partir de ahí su vida se había convertido en una solitaria rutina en la que solo recibía las visitas de Severus.
—De todas formas no fue correcto decirte eso.
Y ahora estaba Potter, un hombre fuerte, moreno y con unos impresionantes ojos verdes que le provocaba sentimientos encontrados: por una parte tenía ganas de golpearle hasta cansarse y la otra había despertado la curiosidad en él y empezado a verle de una manera... diferente. Una manera de verle que iba a esconder dentro de sí mismo porque se negaba a que Potter se diera cuenta y se burlase de él.
—No pasa nada —respondió, extinguiendo sus pensamientos cuando notó que sus mejillas se calentaban.
—Vamos arriba.
Se encaminó hacia el exterior agradecido de que la conversación hubiese terminado allí. En cubierta el ambiente era animado y todos estaban ansiosos. Draco se sorprendió cuando vio que casi había arribado al muelle, encaminándose hacia babor* solo para admirar mejor la vista.
—Echad el ancla —ordenó el capitán—. Ron, Ginny, los gemelos, Blaise y Draco, vendréis conmigo. Theo necesito que compres todo lo que nos hace falta y Terry, hay que reparar todos los daños del navío, excepto la vela rasgada, de eso nos encargaremos nosotros —organizó.
—¡Sí, capitán!
El rubio vio casi asombrado como todo el mundo había pasado de estar paralizado para escuchar a Potter, a moverse de un lado a otro a una velocidad admirable.
—¿Qué haces ahí parado? —le dijo Ginny, con una amplia sonrisa—. Vamos, tenemos que bajar.
Fue entonces cuando reflexionó lo que había dicho el capitán. Tenía que bajar. Miró otra vez hacia el puerto, toda esa gente y ese mercado que momentos antes le había parecido bonito ahora le estaba creando ansiedad.
—No creo que sea buena idea —murmuró—. Sería mejor que me quedase aquí y...
—No te va a pasar nada —interrumpió Potter—. Este lugar es bastante tolerante.
Draco negó con la cabeza. Nunca había estado en sitio con tanta gente y al descubierto. Era un suicidio.
—Tengo que cubrirme con algo.
La mano firme del moreno se aferró a su antebrazo, dejándole paralizado durante un instante.
—La familia Weasley es muy conocida aquí, nunca te harían nada si ven que vienes con nosotros —le dijo, tranquilizador—. Confía en mi.
Estudió su rostro, su cabello alborotado, su expresión calmada, su incipiente barba y su mirada apaciguada. A pesar de que a veces le sacaba de sus casillas, Draco se dio cuenta de que sí, confiaba en él.
*Babor: Costado izquierdo de una embarcación, mirando desde la parte trasera, o popa, hacia la delantera, o proa.
¡Hoooooooooooooola holita vecinitos!
Si supierais lo mucho que me costó escribir este capítulo... De verdad, fue horrible. Creo que lo corregí y lo reescribí como cien veces hasta que me quedó más o menos bien.
¿He dicho ya que me encanta Harry? En serio, me encanta. Harry como capitán debería ser cánon jajaja
!Hasta la semana que viene!
