Capítulo 8:

Un mensaje en una botella

Terminó de apilar los sacos de harina en la despensa de la cocina cuando escuchó un gran alboroto fuera. Miró extrañado a Neville, que parecía tan sorprendido como él, y se preguntó si se habían topado con un barco y no lo había escuchado. Lo dudaba, porque hacía pocas horas que habían abordado al último.

Se sacudió las manos y la cabellera que Colin le había cortado días atrás —había sido una gran experiencia que prefería no repetir nunca más porque aún le causaba intranquilidad ver al chico con una cuchilla en las manos mientras se tropezaba con sus propios pies. Aterrador— y salió a ver qué ocurría afuera. Había una gran multitud amontonada en la parte de proa aplaudiendo y celebrando algo. Draco y Neville se acercaron allí para ver a los gemelos subidos en un cajón de madera dando lo que parecía ser un discurso.

—Señores y señorita —hablaron. Ambos tenían una gran sonrisa en el rostro—, piratas todos. Nos complace anunciar que una vez más, va a dar comienzo nuestra subasta.

—¿Subasta? —preguntó Draco en voz baja.

—Oh, si. Ahora lo verás —contestó Dean a su lado.

—¿Necesitáis un buen regalo? —preguntó Fred al aire.

—¿Hay algo que llevéis queriendo mucho tiempo? —continuó George.

—¿Algún antojo sin satisfacer?

—¿Queréis un simple capricho?

—¡Nuestra subasta es tu solución! —exclamaron a la vez—. Tenemos todo lo que estás buscando.

Los gemelos entonces hicieron gala de una gran exhibición de una decena de artículos que Draco no había visto jamás en ese barco. Tenían desde joyas, lámparas, abalorios, trozos de tela, hasta comida y botellas de whisky.

—¿De dónde sacan todo eso?

—Es increíble lo que pueden llegar a robar mientras hacen malabares en los pueblos—le contestó Neville.

Rió incrédulo, negando con la cabeza. Debería habérselo imaginado. Se cruzó de brazos mientras veía con diversión la exhibición de objetos.

—¡Eso es mío! —chilló Ginny cuando sus hermanos sacaron una prenda de ropa interior de color azul. La chica se encaminó enfurecida hacías sus hermanos y les arrebató la prenda de mala manera— ¿¡Cómo se os ocurre!?

—Nosotros solo ofrecemos lo que quiere nuestro público —replicaron encogiéndose de hombros.

—Sois unos malditos pervertidos.

—Yo pagaría una buena suma.

—¿Quieres ver cómo te parto la cara? —espetó Ginny hacia el chico que acababa de hablar y que en ese momento negaba fervientemente—. Eso me parecía.

La pelirroja se dio la vuelva luciendo completamente indignada antes de desaparecer por las escaleras que conducían a los camarotes.

Los gemelos carraspearon para llamar la atención de los que aún seguían allí.

—Bien, este es nuestro último objeto —anunciaron.

De la bolsa sacaron lo que parecía un collar de plata del que colgaba un dije que Draco reconoció nada más verlo. Su espalda se estiró y sus hombros se tensaron con expectación.

—¿Es un narciso? —le preguntó a Neville, solo para estar seguro de que era el mismo collar que había visto en Gryffindor.

—Diría que sí, pero si yo fuera tú, no lo intentaría. Las subastas de George y Fred siempre tienen truco.

Tuvo que darle la razón a Neville poco después, cuando los Weasley explicaron como iba a funcionar la puja. No se iba a apostar con dinero, sino que quien aspirase a obtener uno de los objetos, tendría que cruzar corriendo el barco de proa a popa mientras los gemelos lanzaban barriles de agua rodando por cubierta hasta donde estaba Crabbe y Goyle, que se dedicaban a frenarlos y recogerlos.

Marcus Flint fue el primero en intentarlo. Corrió todo lo rápido que pudo y saltó el primer barril con agilidad, pero tropezó con el segundo y cayó al suelo de cara. Draco se estremeció al ver el golpe mientras todos los demás reían. Parecía una prueba de supervivencia en vez de una subasta.

Jimmy Peakes fue el siguiente en probar suerte, apenas recorriendo unos cuantos metros hasta que se desvío para esquivar un barril y los gemelos lo descalificaron. Seamus fue el primero en conseguir llegar a popa y, entre vítores, escogió un vino de hierbas como recompensa. Fueron tantos los que trataron de llegar a la meta de forma inútil y tantos los que se golpearon que no pudo evitar reír levemente cuando Cormac se resbaló y cayó de culo de manera ridícula.

—¿Vas a intentarlo?

Draco se dio la vuelta para encontrarse con Oliver Wood.

Hacía un par de semana que había hablado con él por primera vez, cuando Oliver se había acercado hasta la cocina para preguntarle algo a Neville y Draco se encontraba allí en ese momento. Era un chico agradable, algo mayor que él, con el cabello castaño muy corto, los ojos marrones y una pálida cicatriz en el pómulo izquierdo que se hizo en uno de los abordajes a un barco.

La tripulación aplaudió cuando Adrian consiguió llegar hasta Fred y George, haciéndole volver al presente.

—Me gustaría tener el último collar —contestó, encogiéndose de hombros—, pero no creo que vaya a intentarlo.

—Yo podría conseguirlo para ti.

El rubio le miró algo sorprendido por la oferta. Apenas había cruzado un par de conversaciones cordiales con el chico, así que no esperaba que hiciese algo así por él.

—Gracias, pero no hace falta que te molestes.

—No es una molestia, solo espera aquí.

Oliver se abrió paso entre el gentío antes de que pudiera replicar. Miró a Neville, quien parecía igual de incrédulo que él.

—Déjalo —le dijo Blaise, que estaba detrás de él y había escuchado la conversación—, es un Gryffindor y su alma caballerosa le obliga a intentar salvarte.

Draco resopló y negó con la cabeza con exasperación.

—No sé cuándo asumirá la gente que no soy un ser indefenso.

—Eso es porque no han visto cuán aterrador puedes ser —opinó Neville.

Se echó a reír, antes de mirar malévolamente es su amigo y abrazarlo por los hombros.

—No te preocupes Nev, a ti nunca te haría daño —le dijo con una exagerada voz dulce.

El chico se sonrojó furiosamente y se revolvió entre su abrazo, haciendo que Blaise también se carcajease al ver la escena.

—Deja de molestarme —se quejó, apartándose—. Mira a tu héroe, que está a punto de entrar en acción.

Fijó su atención hacia donde estaba Oliver, preparado para empezar a correr. Fue bastante bien los primeros metros y saltó con agilidad algunos barriles. Una pequeña esperanza creció dentro de Draco cuando vislumbró la posibilidad de que fuera a llegar a la meta, pero rápidamente se extinguió al ver que Oliver perdía el equilibrio y no podía continuar con la carrera.

—Creo que alguien tiene el orgullo herido —comentó Blaise.

Draco asintió mientras observaba a Oliver volver hacia donde estaba ellos con el ceño fruncido y la mirada baja.

—No pasa nada —le consoló cuando llegó a su altura.

El chico se encogió de hombros sin decir nada. Blaise negó con la cabeza para que no le diese importancia.

—¿Por qué he avistado tierra y nadie ha avisado de ello? —la voz del capitán se hizo escuchar por encima del barullo que había en cubierta sin necesidad de alzarla. Automáticamente el silencio reinó en el barco—. Y sobretodo: ¿por qué nadie está trabajando?

El rostro de Potter estaba mortalmente serio y aunque no se dirigía a nadie en concreto, todos se dieron por aludidos y se dispersaron tan rápido que parecía que nadie hubiese estado allí nunca. Draco se quedó parado durante un momento, sintiéndose fascinado por la autoridad que ejercía el capitán.

—Tierra a la vista —bramó Ernie, con algo de indecisión.

Potter llevó los ojos hacia la cofa y arqueó una ceja de manera mordaz.

—¿En serio? —murmuró, incrédulo—. Será mejor que no bajes de ahí en los próximos dos días o te ahorcaré —amenazó. Luego se dio la vuelta hacia los gemelos, que estaba ya en la otra punta del barco—. Y vosotros dos, ya podéis venir aquí y darme esa bolsa inmediatamente.

—Pero...

—Como tenga que ir yo os arrepentiréis.

Jamás había visto a George y Fred obedecer tan deprisa. Si algo debía admitir, es que Potter daba algo de terror cuando se ponía serio.

—Creo que me he quedado sin collar —susurró.

A veces olvidaba que Potter era un pirata, y que por consecuencia, no iba a ser benévolo en todas las ocasiones.

—Siempre puedes pedírselo —sugirió Blaise.

Draco le observó como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Qué quieres, que me mate?

Zabini rió y le regaló una expresión casi compasiva.

—Qué ingenuo eres.

Frunció el ceño mientras el moreno se alejaba para atender sus propias labores. Se giró hacia Neville, preguntándole con la mirada que había querido decir el otro, pero solo recibió un encogimiento de hombros como respuesta.

—No pierdes nada por intentarlo, de todas formas —apoyó su amigo.

Draco cabeceó con reticencia. Era cierto que si no lo intentaba, la respuesta negativa ya la tenía asegurada, pero sus padres le habían enseñado muy bien a ser cauto y asegurar su autopreservacion y en ese momento casi que prefería enfrentarse a la prueba de los gemelos que a Potter.

—Supongo —respondió, no muy seguro.

—Vamos, no creo que te vaya a hacer nada.

Asintió, le regaló a Neville una sonrisa agradecida por el ánimo que le brindaba y se encaminó hacia el moreno con cautela.

—Capitán —llamó.

Harry se dio la vuelta para encararle con una expresión reticente. Al menos no parecía tan enfadado como antes.

—¿Qué me vas a pedir?

Abrió la boca, algo sorprendido. Luego se encogió de hombros para parecer desentendido.

—¿Por qué crees que te voy a pedir algo?

—Porque nunca eres tan amable —abrió la boca dispuesto a protestar porque él podía ser amable cuando quería, pero decidió contenerse. Lo último que quería era discutir con él—. ¿Qué quieres, Draco?

El aludido se quedó en blanco durante un segundo. Eran pocas las veces que le llamaba por su nombre y cuando lo hacía siempre le dejaba una sensación extraña en el cuerpo. Se preguntó cómo sonaría el nombre del otro en su boca, como sería pronunciarlos. Harry, pensó. Sonaba... íntimo.

—Yo... —se removió en su sitio, barajando su peso sobre sus pies. Se sentía inquieto de repente—. En realidad, había algo que los gemelos estaba ofreciendo y me preguntaba si podría quedármelo.

El capitán le estudió por lo que pareció un siglo, haciendo que los nervios se agitasen en su estómago.

—¿Qué es?

—Un collar de un narciso.

Le vio asentir y luego alzar la bolsa para rebuscar en ella. Draco le contempló en silencio. Al contrario que él, Potter no había cortado su cabello sino que lo dejó crecer hasta sus hombros y lo echó hacia atrás haciendo que las puntas se rizasen en su nuca. Nunca había pensado en lo atractivo que era hasta ese momento. Sentía que estaba sonrojándose.

—¿Es este? —parpadeó aturdido, saliendo de su estupor. Miró el collar que le tendía, reconociendo el narciso al instante. Afirmó con la cabeza y alzó la mano para cogerlo pero el moreno lo apartó antes de que pudiera hacerse con él—. ¿Por qué lo quieres?

—Mi madre se llamaba Narcisa —contestó con sinceridad. Harry observó el collar y luego se lo volvió a tender. Draco se apropió de él con una sonrisa en el rostro—. Gracias.

—Capitán —interrumpió Ernie—, estamos a punto de tomar tierra.

El moreno le dio una última mirada antes de darse la vuelta para empezar a dar órdenes. Desvío su atención hacia el colgante, acarició el ornamento con suavidad y se lo pasó por la cabeza para después meterlo por dentro de su camisa.

Percibió que el barco perdía velocidad así que se dirigió a estribor para ver a dónde habían llegado. Era una playa con arena clara y una gran vegetación. Se dio cuenta de que debía ser una pequeña isla y no parecía estar muy habitada.

—Lo llamamos Paraíso porque aquí podemos estar libremente —le explicó Ginny cuando bajaron del Fénix.

—¿Aquí no vive nadie?

—No. Solo estamos nosotros.

Draco cabeceó, demasiado distraído en mirar las increíbles olas que habían y toda la extensión de mar a su alrededor. Vio cómo todos empezaban a despojarse de sus zapatos y algunas prendas de ropa, así que siguió el ejemplo, se quitó las botas con algo de indecisión y las dejó en la orilla para luego caminar por la arena hasta que una ola acarició su piel. Su aliento tembló al notar lo fría que estaba el agua pero una sonrisa se formó en su rostro. Jamás había estado tan cerca del mar en toda su vida.

—¡Vamos a hacer una hoguera! —escuchó que decían.

Todos parecían felices de estar allí. Algunos corrían por la playa, otros simplemente se tiraban en la arena para hacer nada, Colin acababa de salir del agua tiritando y con los labios morados y el resto ayudaba con la hoguera.

—Tu padrino es Severus Snape, ¿verdad?

Se sorprendió cuando la voz de Potter sonó detrás suyo. Estaba serio e incluso parecía algo vacilante. Draco se preocupó por la extraña pregunta.

—Sí. ¿Por qué?

—¿Puedes venir conmigo un momento?

Caminaron hacia un árbol a unos metros de la playa y se sentaron bajo su sombra. No se había dado cuenta de que Potter llevaba un pergamino en su mano hasta que no se lo tendió.

—¿Qué...?

—Léelo —interrumpió el capitán.

Draco dudó, pero al final llevó sus ojos hacia el papel, sin saber muy bien qué esperar.

"Hola, Harry.

Estábamos preocupados por lo que os pasó en Slytherin, pero nos alegra leer tus palabras y saber que tanto tú como el fénix estáis bien. Debes tener cuidado a la hora de confiar en la gente, te lo he dicho muchas veces.

Tal vez es un poco tarde para esto, pero ten cuidado cuando navegues hacia el norte, está lleno de caza-recompensas, aunque sé que podrías con eso y mucho más.

Me alegra saber que Hogwarts está prosperando y que has conseguido mantener un equilibrio, pero ya sabes cuál es la opinión de Remus al respecto. Esas personas no pueden estar en el mar, dependiendo de ti para el resto de su vida. Es demasiado peso en tus hombros, Harry.

Respecto a nosotros, no vamos a poder visitar el Paraíso en al menos dos lunas llenas. Estamos viajando hacia el oeste, a petición de un viejo conocido: Severus Snape. ¿Te he hablado alguna vez de él? Nos lo encontramos en Gryffindor. A él y a toda su caballería real, y prácticamente nos obligó a aceptarle a bordo de nuestro barco. Es desquiciante, pero Lunático se ha empeñado en ayudarle y ya tengo suficiente con aguantar a Snape como para tener que lidiar con ambos.

Espero que puedas leer esta carta y ojalá podamos encontrarnos pronto.

Por cierto, creo que Remus quieres escribirte unas palabras.

Cuídate, Harry.

Sirius Black.

Harry, ¿cómo estás?

Veo que Sirius ya te ha contado todo lo que debía, pero me siento obligado a escribirte por mí mismo las preocupaciones que me han estado rondando estos últimos días.

Severus está viajando con nosotros, está buscando desesperadamente a alguien cercano a él, y por lo que me ha contado, no sé si tú sabrás algo. Lo único que me ha dicho es que es un áureo, y en nuestra visita a Gryffindor, escuché el rumor que había uno dentro del fénix. No se lo he contado a Sirius, ni mucho menos a Severus porque uno no puede confiar en lo que dice la gente, pero... ¿es verdad?

Por favor, Harry, si es así, ten mucho cuidado. Sabes cómo es la gente, sabes que las personas hacen cualquier cosa en momentos de necesidad y que algunos creen en esa leyenda como la solución a todos sus males.

Sé que si está contigo estará bien —menos mal que heredaste la justicia de tu madre—, pero aún así es un gran riesgo tanto para él como para todos los que estáis allí.

Toma tus decisiones con prudencia, por favor.

Remus Lupin.

Terminó de leer la carta con un remolino de emociones en su cabeza. Todo era confuso, y el centenar de preguntas que se amontonaban en su cerebro no ayudaban en nada.

—No lo entiendo —dijo, sintiéndose entre perdido y abrumado—. ¿De dónde has sacado esto?

—Sirius es mi padrino y Remus es un amigo de mis padres. Nos reunimos aquí cada luna llena, a menos que alguno de nosotros no pueda venir, entonces escribimos una carta, la metemos en una botella y la dejamos en la arena para poder comunicarnos y saber que estamos bien. Esta carta fue la que dejaron en la pasada luna. Nosotros estábamos en Hogwarts y no nos iba a dar tiempo a llegar hasta aquí.

—Entonces, Severus está con ellos.

—Eso parece.

Draco guardó silencio, releyendo por encima el contenido de la carta. El alivio le recorrió al ver que su padrino estaba bien y a salvo. Y si lo que contaba Harry era cierto, tal vez podría reunirse con él en el Paraíso en alguna ocasión. Después de sus padres, Severus era la única persona a la que podía considerar de su familia. Hasta que subió al fénix, al menos.

—Espera —comentó, al reconocer el nombre de la firma—. ¿Sirius Black?

—Sí.

—¿El mismo Sirius Black que se fugó de su propia ejecución?

—Sí.

—Tu padrino es un merodeador —exclamó, asombrado. Su mente tardó un segundo en reflexionarlo—. Espera, tu padre es James Potter.

—Eso dicen —contestó el moreno. Parecía divertido.

—¡Eres hijo de un merodeador! —su voz casi se podía considerar un grito—. No puedo creer que no lo haya pensado antes. Mi padre solía contarme historias sobre los merodeadores, sobretodo que era una panda de rufianes y esas cosas, pero dicen que construyeron su barco con sus propias manos y que a día de hoy sigue navegando.

—Sí, tienen razón. Sobretodo en lo de los rufianes.

Draco calló durante un momento, antes de soltar una sincera carcajada.

—Es increíble —suspiró—. Los merodeadores son leyendas, prácticamente.

—Bueno, hay muchas historias que son falsas, pero sí, son bastante conocidos.

—¿Es de ahí de dónde sacaste tu vena de saqueador? —preguntó con una sonrisa curiosa.

—¿De mi padre? —rió el otro— Por supuesto que no. Mi padre era malísimo navegando. De hecho siempre se mareaba cuando iba en un barco. Creo que lo heredé de mi madre. Ella era una mercenaria de buques de guerra. Mi padre se las dio de buen navegante solo para sorprenderla. Vomitó en su primer viaje juntos.

—Bromeas —contestó, volviendo a reír.

Le miró para ver algún atisbo de mentira en su rostro, pero solo encontró una jovial sinceridad.

—Ella también tenía nombre de flor —añadió, esta vez en un tono algo más reflexivo—. Se llamaba Lily.

Llevó su mano hacia su pecho, donde descansaba el collar. Ahora entendía porque Harry se lo había entregado tan fácilmente. Se preguntó si algún día el moreno dejaría de sorprenderle.

—Lo siento —comentó, francamente arrepentido.

—No pasa nada.

—¡Llegó la hora de las cartas! —gritó Ginny.

—Normalmente escribimos cartas a alguien y las tiramos al mar metidas en una botella —explicó Potter, al ver su rostro confuso—. Es poco probable que alguien las encuentre, pero sirve para desahogarte.

Se levantó cuando Ginny le instó a ir donde todo el mundo se reunía para coger un trozo de pergamino, una pluma y una botella. Se sentó en la playa con un trozo de madera a modo de soporte, y reflexionó qué podía escribir.

"Mamá, papá, os echo mucho de menos.

Me arrepiento cada día de haberme ido sin vosotros. Debería haberme quedado, pero no lo hice, y lo siento. Espero que podáis perdonarme.

Estoy bien. Estoy mejor que bien, de hecho. Me subí a un barco como último recurso para escapar. Sé que papá se habría enfadado si lo hubiera visto, porque fue un acto descuidado de mi parte. Pero he conocido a un montón de personas genuinamente buenas aquí. Tengo amigos por primera vez en mi vida, e incluso a algunos puedo considerarles como una segunda familia.

Padrino, sé que me lo advertiste muchas veces y, cuando nos encontremos de nuevo, me regañarás hasta que me muera, porque siempre me has dicho que el amor nos vuelve frágiles e inútiles, pero... creo que me estoy enamorando.


¡Hoooooooooola!

Ya me perdonaréis el retraso (no el mental, por favor), pero he estado atareada y ni si quiera he corregido el capítulo, así que perdonad las faltas de ortografía o el autocorrector haciendo de las suyas.

¡Draco se está enamorando! ¿Qué os parece? Y tenemos a Sirius y a Remus por aquí también. Y a Severus, que algunos habéis preguntado por él.

Sé que quedan muchas cosas así "en el aire", pero todo se irá aclarando poco a poco.

¡Nos leemos el siguiente domingo!