Capítulo 9:

Sentimientos

—No lo veo claro.

Ginny llevó los ojos al cielo, como si implorase paciencia.

—No te va a pasar nada, Draco. El agua solo te llegará hasta la cintura.

Dio dos pasos hacia atrás cuando una ola particularmente grande rompió cerca de la orilla mientras negaba con la cabeza.

—Creo que estoy bien aquí. No hay necesidad de esto.

—Fuiste tú quien insistió.

Draco sonrió culpable. Sí, le había parecido un buen plan aprovechar el hecho de que estaban en una playa para intentar aprender a nadar y que así no le diera tanto pánico el agua pero ahora, mientras veía como una ola elevaba a Ginny varios metros sobre el suelo, no le parecía tan divertido.

—He cambiado de idea.

La chica rodó los ojos y negó con la cabeza signo de rendición.

Respiró hondo y observó sus pies mientras el agua los mojaba. Mordió su labio inferior con nerviosismo, notando como se hundía en la arena y lo fría que estaba.

—Vamos —animó Oliver—. Si te pasa algo yo puedo ayudarte.

Centró su atención en el chico, quien estaba recostado a unos metros de él con un pantalón cortado por las rodillas como única prenda de vestir. Debía admitir que tenía un cuerpo envidiable, tonificado y bronceado. Draco ni si quiera había sido capaz de quitarse su camisa porque no quería que los demás vieran sus cicatrices.

Su frase le recordó a Potter diciéndole algo parecido, solo que cuando lo dijo él, no le causó una sensación de incomodidad como en ese momento. Buscó al capitán por la playa, encontrándoselo saliendo del agua con el torso empapado, el húmedo y oscuro vello en su pecho, su cabello negro mojado, los pantalones blancos pegándose a su cuerpo y su piel brillando por el sol. Su corazón se aceleró y su nerviosismo se incrementó, aunque esta vez no era por el mar.

—¿Draco? —la pregunta de Oliver le hizo desviar su atención. Parpadeó rápidamente, entre asustado y sorprendido y cruzó sus brazos sobre su estómago mientras le veía ponerse en pie. Se sentía como un niño pequeño al que había encontrado haciendo una travesura—. ¿Quieres que te acompañe?

Estudió la mano extendida de Wood durante unos segundos. De reojo vio cómo los músculos de Potter se tensaban y flexionaban mientras se secaba con un trozo de tela. Carraspeó incómodo.

—Creo que voy a volver al Fénix —respondió.

Se dio la vuelta y caminó a paso ligero hacia el barco.

Decidió, justo en ese momento, que sería una buena idea encerrarse en su camarote y pasar el resto del día allí.

Poco después se dio cuenta de que las buenas ideas no eran lo suyo, porque estar tumbado en la cama, recordando el cuerpo esculpido de Harry no era su plan más brillante. Se sentía asfixiado y su corazón no había parado de latir revolucionado en todo ese rato que llevaba ahí solo. Se removió en su camastro, tragó saliva con dificultad y apretó sus piernas juntas. Notó entonces lo excitado que se encontraba. Llenó sus pulmones de aire y se relamió los labios mientras llevaba su mano derecha hacia su estómago. Casi podía percibir los latidos de su corazón a través de la camisa. Fue bajando poco a poco la mano suavemente, deteniéndose cuando llegó a la altura de sus pantalones. Estaba a punto de continuar con la caricia, cuando la puerta se abrió de golpe.

Draco apartó la mano como si se hubiera dado calambre y se sentó en la cama a una velocidad tan rápida que se mareó. Ginny entró en la habitación con el cabello mojado y le dedicó una mirada extraña.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó—. Estás colorado.

Inhaló profundamente para intentar que no pareciese que estaba a punto de hiperventilar y se miró a sí mismo para comprobar que no hubiera nada extraño en él que pudiera llamar la atención de su amiga.

—Sí, genial.

Ella le estudió con dedicación, haciendo que Draco se incomodase. Luego abrió los ojos enormemente y se llevó una mano a la boca como si acabase de llegar a una conclusión.

—Ya sé qué te ha pasando.

—¿De verdad? —cuestionó, sonriendo nervioso. Estaba seguro de que su rostro irradiaba pánico.

—¡Claro! —exclamó—. Te has quemado con el sol.

Nunca antes se había sentido tan aliviado. Dejó escapar todo el aire que había estado reteniendo hasta el momento y cerró los ojos durante un segundo para terminar de tranquilizarse. Llevó las manos hacia sus mejillas para comprobar lo calientes que estaban.

—Tienes razón, debo haberme quemado.

—No te preocupes, tengo algo para eso —te sentó en el borde de la cama mientras Ginny rebuscaba entre sus cosas hasta dar con un bote de cristal lleno de una pasta verde—. Esto te calmará un poco.

Se dejó untar la crema por las mejillas, nariz y frente, notando como su pulso volvía por fin a la normalidad.

—Me huele la cara a menta —comentó cuando la chica terminó.

—Te refrescará.

No necesitaba refrescarse la cara, sino las ideas, pero eso no se lo dijo.

—¿Tardaremos mucho en zarpar? —preguntó en cambio.

—No mucho. Iremos hacia Slytherin.

Su cuerpo se tensó al escuchar la respuesta. Frunció el ceño, olvidando cualquier pensamiento anterior.

—¿Para qué?

—Allí es a dónde vamos a cambiar el oro que conseguimos de otros barco.

No le gustaba la idea, pero tampoco podía refutar nada al respecto.

Volvió a tumbarse en su cama e intentó que la preocupación no hiciese mella en él. Regresar a Slytherin tampoco era para tanto, sólo era el lugar donde había nacido y del que había tenido que huir cuando era un crío porque su familia ya no había sido bien recibida allí. Donde el apellido Malfoy se había convertido en una condena.

No sabía cómo iba a poder afrontarlo.


Decir que estaba aterrado era poco.

La intranquilidad le invadió durante los interminables días que tardaron en tomar tierra. Cuando llegaron, lo hicieron de noche y el cielo acompañaba el estado de ánimo de Draco porque se habían levantado unas nubes oscuras y un fuerte viento horas antes.

—No quiero bajar.

—¿Prefieres quedarte aquí, con Goyle y Crabbe, a expensas de que pueda subir alguien a usurpar el barco? —replicó Ron

—Nadie se atrevería a subir aquí.

—La gente toma medidas desesperadas en situaciones desesperadas.

Pensó en replicar, pero tuvo que concederle algo de crédito. La mayoría de tripulación bajaba del barco cuando llegaban a un puerto, y se sentiría inquieto sabiendo que alguien podría subir y lo encontrarían allí solo. Por no decir que él había sido testigo de primera mano de muchas medidas desesperadas adoptadas por la gente. De hecho, la mayoría las había vivido allí en Slytherin, cuando la gente pasó de respetar a la familia Malfoy a verla como la posible solución a sus problemas.

—El capitán estará con nosotros —consoló Colin con voz soñadora—, y él no dejaría que nos pasase nada.

Rodó los ojos mientras suspiraba sonoramente.

—Potter no es invencible –contradijo—. Nadie lo es.

Hubo un instante de silencio, hasta que el chico volvió a hablar.

—También podríamos oscurecerte el cabello.

Draco le miró con ojos entornados y suspicaces. Creevey solo sonrió enormemente y le miró con un brillo esperanzador como si esperase que su idea fuese fantástica.

—¿Y cómo voy a hacer eso? —preguntó.

—¿Con carbón?

No era una mala opción. En ese momento llevaba puesta su pesada capa negra porque le hacía sentir un poco menos expuesto a la situación pero sabía que de poco iba a servirle. Cuanto más tratase de ocultarse, más llamaría la atención. Porque una persona solo esconde algo cuando es realmente importante, y si tiene un gran valor para él, también podría tenerlo para los demás. Eso es algo que cualquier Slytherin tenía muy claro.

—Voy a la cocina.

—¿Vas a hacer lo que te he dicho? —cuestionó Colin entusiasmado.

—Sí, enano —respondió.

Le hubiera gustado que su tono fuese mucho menos afectuoso, pero poca gente se resistía a la alegría de Colin. El chico por su parte soltó una risa jovial, contento por haberse ganado la aprobación de Draco y le siguió hasta que llegaron a la cocina, donde se encontraron a Neville sentado en un taburete.

—Necesito tu ayuda —le dijo nada más llegar.

Su amigo asintió y se levantó de su asiento sin ni si quiera preguntar qué necesitaba. Cuando se lo contó, le miró algo escéptico.

—¿Crees que funcionará?

Draco se encogió de hombros.

—¡Claro que sí! —replicó Creevey por su parte.

—No pierdo nada por intentarlo.

—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó el menor, inocente.

Negó inmediatamente. Ya había tenido suficiente con la traumática experiencia de dejar que Colin le cortase el cabello.

—No vas a acercarte a mi cabeza nunca más.

—Yo lo haré —contestó Neville divertido.

Draco asintió, tragó saliva con nerviosismo y se sentó en una de las sillas para que el otro frotase carbón por todo su cuero cabelludo y sus cejas.

—¿Cómo queda?

—Bastante bien, la verdad.

—¿En serio? —preguntó, entreabriendo los ojos.

—Espera —respondió Neville mientras le limpiaba los párpados con un trapo—. Ahora puedes abrirlos.

Agitó las pestañas rápidamente para que no se le colase nada de ceniza dentro de los ojos, y miró a los dos de manera expectante.

—¿Funcionará? —quiso saber.

Ambos asintieron sin dudarlo.

Con un último respiro, salió de la cocina para colocarse en proa. El nerviosismo se había anudado en su estómago para el momento en el que el Fénix atracó. Slytherin no era un pueblo costero, sino que debían atravesar una ladera y un pequeño bosque hasta llegar al poblado y eso solo hacía que su agonía aumentase.

—¿Qué te has hecho en el pelo?

Salió de sus pensamientos al escuchar a Potter a su lado. Miró sobre su hombro para encararle, encontrándose con una expresión curiosa.

—No quiero llamar la atención —explicó.

Harry le estudió minuciosamente, para terminar negando con la cabeza.

—Te queda mejor el rubio.

Resopló una risa, poniendo los ojos en blanco. Si no estuviera tan tenso por la situación, discutiría con él.

—¡Ya estamos anclados, capitán!

Draco se sobresaltó en su sitio ante el grito de Ernie. Respiró profundamente para intentar calmarse mientras se preguntaba si Potter le dejaría quedarse en el barco si se lo pedía. Se encontró pensando que prefería estar cerca del moreno a estar allí solo.

—Tranquilízate —notó el firme de Harry agarre en su brazo. Mentiría si no dijese que le hacía sentir un poco más seguro—, no tienes de qué preocuparte.

Asintió, observando al otro durante unos segundos. Había estado tan inquieto esos últimos días que no se había dado de que Potter había cortado su cabello. Eso, y la ausencia de barba, le hacían parecer mucho más joven.

—¿Cuántos años tienes? —cuestionó en parte por curiosidad y otra parte para distraerse.

—Los suficientes para hacer cosas de mayores.

Chasqueó la lengua, aunque su boca tiró en una pequeña sonrisa.

—Eres... —sacudió la cabeza, incapaz de terminar la frase.

A esas alturas ya no sabía cómo describir a Harry Potter.

—Todo listo, capitán —avisó Blaise.

El aludido afirmó, antes de dedicarle una última mirada.

—¿Listo? —le preguntó.

Por un momento pensó en negar, pero no iba a servir de nada y Draco no era una persona a la que le gustase rodear los problemas, prefería asumirlos de frente.

—Sí.

Tal y como había dicho Ron, los únicos que se quedaron fueron Goyle, Crabbe y unos pocos tripulantes más. Los demás bajaron del Fénix y pusieron rumbo hacia Slytherin.

Si Draco había tenido alguna imagen mental de lo que podría haber esperado, estaba equivocado. El pueblo estaba prácticamente vacío, las calles eran oscuras y reinaba un silencio que hacía estremecer. Las pocas personas con las que se habían encontrado eran mercenarios o gente que vivía en la calle y absolutamente nadie parecía muy amigable allí. Era cierto que no guardaba un buen recuerdo de ese pueblo por lo que le había sucedido a su familia, pero tampoco había sido un sitio desagradable.

Aún podía recordar los tejados verdes de las casas y los ribetes plateados de los estandartes. No tenían puerto, pero tenían un bosque blanco en invierno, verde en primavera y anaranjado en otoño. Recordaba que su abuelo le decía que Slytherin tenía la madera más maciza y el metal más fuerte y por eso había multitud de personas que acudía allí alentada por la fama de conseguir las mejores armas.

En ese momento, mientras se detuvo frente a la antigua y derruida casa de los Ollivander, se dio cuenta de que ese lugar ya no existía.

Y tal vez su familia tenía algo que ver en eso.

—Dicen que antes no estaba así —dijo Ginny—, que este sitio estaba mucho más... vivo.

Draco tragó saliva con dificultad mientras desviaba la mirada hacia los gemelos, quienes estaban negociando algo con un hombre.

—¿Sabes qué pasó?

—No exactamente, pero creo que hubo un incendio o algo así.

—Algo así —repitió en un susurro.

—Andando —instó Ron cuando todos empezaron a avanzar.

—¿A dónde vamos? —preguntó al ver que se dirigían hacia una casa que no reconocía.

—Hacía Las Tres Escobas. Es el mejor lugar para enterarte de los rumores que circulan por ahí.

Aparte de eso, Las Tres Escobas también era un taberna pequeña, con suelos, pareces, mesas y sillas de madera y un olor entre vino y vodka que irritaba la nariz. Tenía una barra en el lado derecho donde una mujer rubia servía las copas, y algunas mesas distribuidas por el resto del espacio. Una de ellas estaba ocupada por cuatro hombres robustos que Draco reconoció al instante como caza-recompensas por las ropas negras que llevaban y el gran numero de cicatrices que tenían en el rostro y los brazos.

Elevó sus ojos hacia su flequillo, rezando para que su cabello aún se viese oscuro.

—Capitán Potter —gritó de repente una chica—, te he echado tanto de menos.

—Vamos a sentarnos allí —ofreció Ginny, pero Draco estaba más distraído en ver cómo esa mujer abrazaba a Harry sin que él opusiera resistencia alguna y le plantaba un cariñoso beso en la mejilla.

Su corazón se aceleró y su ceño se frunció en confusión.

—¿Quién es? —le preguntó a la pelirroja, mientras avanzaban hacia la mesa.

—Romilda Vane. Es...

—Nadie —interrumpió Neville—, en realidad no es nadie. Solo trabaja aquí y le cuenta algunas cosas al capitán.

Draco observó el críptico rostro de Neville y el disgustado de Ginny, para luego fijar su atención en Potter, quien se había sentado a un par de mesas de distancia junto a Ron, Dean y Seamus, y que en ese momento tenía a Romilda prácticamente en su regazo.

—Parecen muy unidos —comentó en voz baja.

Empezaba a tener una preocupante opresión en el pecho. Tal vez era su corazón, que se había acelerado y amenazaba con salir.

—¿Qué vais a tomar? —cuestionó la camarera, antes de que alguno de sus amigos pudiesen contestar.

La voz se le hizo vagamente familiar y cuando miró a la chica no pudo evitar paralizarse por un instante. Reconocería a Pansy Parkinson en cualquier circunstancia de su vida, porque ella había sido la única amiga que había tenido y la primera que le había traicionado. Su aspecto físico tampoco había cambiado demasiado, porque seguía teniendo sus ojos verdes, su cabello negro y su mirada desconfiada.

Agachó la cabeza, concentrando su atención en la mesa para que Pansy no pudiera verle la cara mientras ella tomaba nota de las bebidas. Escuchó la risa de Harry de fondo, lo que hizo que la opresión en su pecho aumentase. Cuando Parkinson se fue y pudo volver a levantar la mirada, vio a Romilda apoyada en el hombro del capitán, mientras él escuchaba algo que contaba Seamus. Estaba seguro de que cualquiera que los viera diría que eran pareja.

En ese momento, se arrepintió de haber bajado. Debería haberse quedado en el Fénix, porque cualquier cosa era mejor que sentir ese revoltijo en el estómago por la rabia que se le estaba empezando a acumular, ese nudo en la garganta que no le dejaba respirar y esa impotencia que le hacía apretar la mandíbula.

Pero si había algo peor que todo eso, era darse cuenta de que no podía hacer nada al respecto.


¡Lo siento!

Sé que algunos me habréis dado por desaparecida, pero la realidad es que he estado resfriada un par de semanas (con uno de esos resfriados que no te dejan ni recordar tu nombre) y no he podido actualizar antes.

Dicho eso, he titulado este capítulo "sentimientos" pero creo que debería haberle puesto "celos" jaja.

La verdad es que he tenido algunos problemas con esta parte, porque no sabía muy bien cómo encajarlo todo, pero creo que ha quedado decente al final.

Sé que hay cosas de aquí que no entendéis, pero en el siguiente capítulo todo tendrá sentido. Capítulo que espero poder publicar el domingo, si Merlín quiere.

Una vez más, lo siento por la espera, y gracias a los que habéis tenido algo de paciencia y seguís aquí.

¡Nos leemos pronto!