La siguiente historia es mi visión de los inicios de Bill. Cuando lo vi por primera vez en Gravity Falls, creía que era solo un súbdito de alguien muy superior que causaría estragos durante la serie. Cuando supe que él era el villano a vencer, no me sentí tan decepcionado. El nacho dorado es uno de los antagonistas más despreciables y peligrosos que alguna animación pueda tener, y tiene su puesto bien ganado.

Esta historia era un conjunto de one shots de mi otra historia de Bill, ahora titulada Xilografías Divinas. Como están relacionadas, decidí separarlas de los demás one shots y publicarlos aparte.

Basta de relleno y vamos a lo que importa. Espero lo disfruten.


Desde el inicio de los tiempos, se han contado leyendas en todo el multiverso, acerca de un poderoso demiurgo, que alguna vez gobernó la actualmente extinta Segunda Dimensión y quien, siendo el más tirano de los tiranos e, irónicamente, el más disciplinado de los disciplinados, lo llevó a una época de esplendor y abundancia que nunca volvió a repetirse. De hecho, las pocas criaturas inmortales sobrevivientes de aquella dimensión, habitando el ahora llamado Mundo de las Pesadillas, ya no recuerdan lo maravilloso que fue su paraíso dimensional hace millones de años, es más, algunos creen que eso fue un sueño que jamás ocurrió.

Mucho se ha contado y aun así, nadie sabe a ciencia cierta la historia de esta divinidad. Se cree que el monarca que lo sucedió se ha encargado de borrarlo de la historia lo que más puede, de hecho, el relato a narrar es solo una teorización de lo ocurrido, basado únicamente en los difusos y contradictorios fragmentos de la historia que se pudieron obtener. Solo se sabe, a ciencia cierta, que fue uno de los seres más poderosos que hubiesen existido en cualquier dimensión o plano de la creación.

Describirlo en un aspecto físico es imposible, hoy en día no existe una sola referencia que le aluda una forma visible. Lo único en lo que coinciden los mitos y leyendas en torno a su figura se relaciona a su ilimitado poder, con el que fue capaz de crear un maravilloso mundo para los habitantes. También fue un ente que nació en conjunto con el universo, privilegio de unos pocos seres, pero que desarrolló tal poder que superaba a cualquiera de sus pares.

Hercólubus era su nombre. Pudo ser severo y agresivo, pero nunca negó que su pueblo era lo que más apreciaba y hasta hubiera sido capaz de sacrificarse para protegerlo. Agradecía a sus súbditos por sus alabanzas, porque cada habitante era importante para él. A pesar de lo dicho, el demiurgo también tuvo seres que no merecían su respeto, mucho menos su atención. Uno de los despreciados fue su mano derecha: un triángulo volador amarillo, con dibujos que le daban un parecido a una pirámide con patas. No tenía boca ni nariz, solo destacaba un solo ojo, una diminuta corbata tipo mariposa, sobrero de copa negro y un bastón. Se la pasaba llenándose de lujos, formando amistades por conveniencia con seres de enorme influencia y armando fiestas con ellos. Los habitantes lo nombraron el «dandi del reino», y él mismo se hacía llamar Bill Cipher. Al igual que el todopoderoso, nació con el universo. Era una entidad increíblemente poderosa y aun así, estaba lejos de igualar los poderes de su amo, los cuales se mantenían fuera de toda comprensión.

En uno de sus tantos encuentros, Bill lo esperó:

—¡Señor Hercólubus! —dijo con mucho éxtasis—. ¡Es un honor tenerlo de regreso! ¡Todos recordarán su esplendor por los milenios venideros! ¡Se hablará de Hercólubus, el rey de reyes!... A mí se me ocurrió ese apodo, por cierto.

Bill se arrodilló ante Hercólubus, pero el ente superior no tenía la más mínima intención de dirigir la palabra a la basura que resultó ser su mano derecha. Éste siguió su camino sin decirle nada. El último lo miró con angustia, tratando de llamar su atención:

—Señor… ¿Es que todavía guarda rencor hacia mí?

—¡Aléjate de mi vista, maldita escoria! —exclamó el monarca, con una voz imponente y sin mirar a Bill.

Hercólubus se alejó. Su rencor hacia el triángulo dandi se fue acumulando durante los milenios. Bill fue, alguna vez, uno de los más leales y confiables súbditos del amo supremo porque, junto con él, también nació espontáneamente con el universo. Su espontaneidad y compromiso lo destacó por sobre los demás. Toda creación o acto realizado con calidad, pasión y experiencia merece una recompensa a la altura, ese era el pensamiento del triángulo iluminado. Para su infortunio, esa recompensa jamás llegó… o eso creía él. Jamás valoró su posición como la mano derecha del todopoderoso Hercólubus… quería estar a su altura. Quería gobernar gran parte del mundo construido por su señor y ese deseo desmedido fue rechazado tajantemente. Bill sintió que no era valorado, así que comenzó a rebelarse, a desobedecer, a cometer actos de indisciplina. El artista no se motivaría en crear más arte si no premiaban sus obras anteriores.

Su prácticamente nula participación fue lo que hizo perder el respeto en forma gradual, pero la peor acción que pudo cometer Bill, fue en uno de los momentos en los que más lo necesitaban. La dimensión gobernada por Hercólubus era una de las más prósperas, tanto en belleza, como en conciencia, siendo los habitantes los más inteligentes mental y emocionalmente de aquel tiempo. Sin embargo, como eran dimensiones aún primitivas, mantenían una cierta unión entre sí, y este factor hacía que seres hechos de plasma, sin conciencia y atraídos por la belleza como una mosca hacia la luz, tratasen de entrar y causasen cuanto desastre podían. Por su comportamiento, los habitantes de la dimensión solo los nombraban como «los inconscientes». Constantemente el dios creador debía defender con sus poderes sus fronteras. Sin embargo, en uno de los ataques más devastadores que se recuerden, Bill estaba cubriendo parte importante de la dimensión junto a los más confiables seres, quienes eran capaces de sacrificarse en batalla. Bill, confiado de la victoria ante los invasores, estaba pensando en una fiesta que los seres más influyentes estaban realizando en el sector más acomodado de aquel mundo. Evitando que alguien se diera cuenta, se teletransportó al lugar, dejando abandonados a los entes bajo su mandato mientras disfrutaba tranquilamente un té de éter. Por desgracia, jamás esperaron un contraataque tan devastador, atacaron como una plaga gigantesca y matando a todos los guardianes. Estuvieron a punto de llegar al corazón de la dimensión perfecta, arrasando con todo a su paso. Bill pudo comprobar el desastre, sintiéndose acobardado al pensar que descubrirían su abandono de su lugar. Rápidamente se teletransportó al medio de la plaga para lograr acabarlos, por desgracia para él, el rey de reyes también apareció, abandonando sus deberes por la devastación. Solo tuvo que hacer un gesto para desintegrar a todas y cada una de las criaturas de plasma, dejando a Bill como un inútil espectador. Los 2 se miraron tensamente, Bill, atemorizado por ser descubierto, y Hercólubus, irascible por ver tal acto de indisciplina.

Hercólubus jamás le perdonó tal acción, y aunque el triángulo tratara de enmendar su error una y otra vez para recuperar su confianza, nunca volvió a ser lo mismo. Sin embargo, los habitantes del reino no estuvieron al tanto de la tensa relación que se había formado, ellos creyeron que el triángulo mismo podía ser un perfecto líder, se mostró siempre como un filántropo al ayudar a ciertas criaturas desamparadas y su simpatía lograba dar una cómoda impresión a todo ser que hablara con él.

Entre ellos, destacó un ente poderoso y respetado, que poseía un prestigioso cargo, que le daba cierto grado de jurisdicción a las criaturas y servía como una suerte de «amigo personal» de Bill. Era conocido como Cib-Tzolkin, una suerte de buitre antropomórfico de color carmesí, con una forma visual semejante a las esculturas maya y azteca.

—¿Sabes, Bill? —dijo el soldado buitre, quien vio todo y se dirigió hacia Bill con serenidad —, por un momento, vi un cartel sobre ti que decía «siga participando».

Bill lo miró con cierto enojo, aún frustrado por el desprecio recibido.

—Lo que me faltaba, Cib —dijo el triángulo, luego de suspirar con una leve resignación—: escuchar de ti tus «nada burlescas» palabras de ánimo.

—De nada, amigo mío. Tal vez no posees la atención del dios creador, pero me gustaría que apreciaras la atención de este humilde buitre carmesí, que no tuvo la suerte nacer a la par con el universo, así como tú o el rey.

—Sabes bien que la aprecio, Cib —agregó Bill, aparentando optimismo—. He intentado, por todos los medios, enmendar mi error. Y al parecer, no volveré a recuperar la confianza del rey.

—¿Sabes que le haría bien?, ¡una fiesta de té! ¡Ja ja ja ja! ¡Es broma, Bill, no te enfades!

Cib-Tzolkin tendía a decir bromas bastante pesadas, aunque siempre era con la gente de su confianza porque sentía que los aludidos no lo tomarían a mal.

—¡Ja... ja... ja...! —rió Bill, ocultando su incomodidad—. ¡Sí, que cosas, ¿no?!

—Te diré la verdad, ese sí fue un error garrafal de tu parte, no hay discusión en ello. Pero he notado tu esfuerzo increíble por repararlo. Tal vez ya no defiendes la frontera, pero lo que has hecho en el corazón de la Segunda Dimensión es de destacar.

—No sigas, Cib —dijo Bill, algo más animado—, sabes que mi soberbia aparece con facilidad.

—¡Pero es verdad, Bill! No te he dicho antes, pero estoy sumamente agradecido por lo que hiciste por mí. Incluso con la mancha que tienes con Hercólubus, yo estaré contigo, incluso si alguien me desintegra por ayudarte.

El momento que Cib-Tzolkin refiere fue hace una decena de milenios, después del quiebre definitivo entre el dios absoluto y el triángulo dorado, cuando en una invasión, un principiante Cib-Tzolkin estuvo a punto de ser destruido por una súper criatura, luego que destruyera a todos sus compañeros. Era el último sobreviviente y parecía tener sus horas contadas. Sin embargo, Bill, sabiendo del inminente desastre que se avecinaba y sin la autorización del rey, llegó a la zona del conflicto y uso su poder para deshacerse de la criatura etérea. Inmediatamente, Cib-Tzolkin se alegró de sobremanera por seguir con vida y se acercó a su salvador para agradecerle con todo fervor. Aunque su constante acoso le era muy molesto al triángulo de un solo ojo, con el tiempo, se fue equilibrando hasta formas una aparentemente sana y firme amistad, algo muy sabido por todos en la Segunda Dimensión.

—¿Qué no me has dicho antes? Amigo buitre, te he escuchado millones de veces ese agradecimiento —dijo Bill—, solo hice mi trabajo.

—Y yo he escuchado millones de veces esa respuesta. Y creo que la seguiré escuchando otros millones de veces más, amigo mío.

Fue en ese momento que otro soldado, un ser plano de color negro y forma de un dibujo de persona como los vistos en las señaléticas de tránsito, se acercó con preocupación:

—¡Señor Bill! ¡Señor Cib-Tzolkin! ¡Tenemos un problema!: Unos prisioneros de uno de los teseractos se están amotinando. Son demasiados, no podemos controlarlos.

Ambos seres se miraron las caras y sonrieron.

—¿Qué dices, Bill? —dijo Cib-Tzolkin, con soberbia—. ¿Intervengo yo o lo haces tú?

Ninguno estaba interesa en saber los detalles del acontecimiento, su experiencia a enfrentar a criaturas que desobedecían toda ley física de cualquier dimensión, les hacía tomar a unos prisioneros como meros insectos que eran molestia por ser más feos que dañinos. Bill levantó su mano y creó una moneda de materia oscura sólida, en una cara se encontraba el rostro de Bill, en tanto, la otra se mostraba a Cib.

—Dejemos que la moneda decida.