Los guardias encargados de vigilar a los criminales habían caído. Se trataban de 11 criaturas incontrolables, de lo más pintorescas y amorfas, de todos los tamaños y colores, aunque era algo bastante común en el reino bidimensional.
Se encontraban aprisionados en un enorme espacio con aspecto de teseracto, recubierto por una burbuja de plasma aún más grande, que le daba una forma similar a una bola de nieve con una casita en su interior y la cual alteraba el flujo del tiempo. Prisiones de esta clase eran capaces de mantener a cientos de criaturas en completa imposibilidad de escapar o sobreponerse a los guardias, principalmente por las propiedades del teseracto, que al tratarse de un objeto de cuarta dimensión, era más que suficiente para mantener a seres de la Segunda Dimensión en una especie de suspensión en el tiempo. Eran pocos los que podían atravesarlo a voluntad, generalmente debían ser criaturas con poderes especiales, otorgados por el ente creador de la dimensión, el cual entregaba parte de su energía vital y, como en una escala de mandos, era representación de autoridad.
No obstante, la prisión no fue útil para contener a los revoltosos, muchos de ellos provenientes de otras dimensiones, quienes no eran afectados por las propiedades físicas de la prisión y pudieron realizar un motín, obteniendo control absoluto del lugar. Se convirtieron en los líderes y los guardias, seres negros parecidos a hombres de palos dibujados por niños, no tenían la capacidad de hacerles frente.
A pesar de ello, no eran gran cosa para Bill Cipher y Cib-Tzolkin, quienes aparecieron en el medio sin mostrar preocupación alguna.
Ambos seres ingresaron a la prisión a castigar a esos entes que intentaban amotinarse. Entre los 2, se acordaron que solo uno se encargaría de la molestia. Ellos lo consideraban un asunto de poca importancia, así que el encargado del asunto fue decidido en un juego de «cara o sello» con una moneda de materia negra sólida, la cual ganó Bill.
—Oigan, no hagan eso —indicó Bill, con simpatía—, no imaginarán las consecuencia que deberán pagar.
Los bandidos, confiados de su superioridad en número, rieron a carcajadas por el aparentemente ingenuo comentario del triángulo volador.
—Miren —habló el invasor que tomó el liderazgo, un hexágono volador rojo, que solo posee bigote y boca, llamado Hectorgon—, el nacho brillante nos está pidiendo detenernos.
Las risas aumentaron. Los guardias estaban temerosos, no así Bill ni Cib-Tzolkin.
—¡Queremos un combate real, y miren lo que nos traen! —Dijo Chupete, un feo demonio bebé color gris oscuro, cuya enorme cabeza con cuernos negros de toro abarcaba más de la mitad de su cuerpo. Además poseía unos ojos de brillo rojizo, una cruz en su frente y un chupete en su ombligo.
—¡Nos trajeron un par de bebés para divertirnos! —Dijo un ogro verde, con unos particulares ojos negros, similares a bolas de billar. De hecho, por ese detalle, sus compañeros le llamaban Bola 8.
El buitre carmesí comenzó a reír a carcajadas, porque consideró el comentario de Bola 8 como francamente estúpido. El ogro lo miró molesto y Bill solo puso mirada de póker.
—Deberías calmarte, grandulón —aconsejó el triángulo con sombrero, poniendo su mano en forma de pistola—. insultarnos no te ayudará a salir ileso. Piénsenlo con calma, ustedes nos caen bien. No quisiéramos darles una paliza innecesaria.
—Ay, el triangulito lindo tiene razón —dijo Pyronica, con falsa ternura—. No quisiera manchar su sombrerito, sino su mamá se va a enfadar.
Pyronica era una demonio humanoide color rosa que usaba capa. Poseía cabeza enorme y redonda con cuernos, un ojo redondo, boca con dientes chuecos y de brazos y piernas cubiertos de una llama blanca, similares a prendas de vestir. Para sus compañeros y otras criaturas que la conocían, representaba un deleite visual inalcanzable para sus repulsivas figuras. Fue por ello que muchos de los bandidos quedaron boquiabiertos al ver que, con total seguridad y descaro, Bill le tomó su mano con caballerosidad:
—Lo que más me llama la atención es que una belleza como tú se esté comportando como una malcriada con delirios de anarquista.
El triángulo llevó la mano de una ofuscada Pyronica hacia sí mismo y, al no poseer labios, simuló besarla. Ésta se sorprendió e inmediatamente llevó su mano libre hacia su cara, poniendo una sonrisa coqueta y un gesto de sentirse halagada.
Casi todo el grupo, humillado por ver como un cualquiera hacía con su musa lo que ellos jamás se atrevieron a hacer, se airó por ese acto de provocación, pero más escandalosamente, Xanthar, un monstruo gigantesco similar a un gorila con cara de pan de molde, sin ninguno de los sentidos faciales —llámese nariz, boca, ojos, etc—. El primate golpeaba el suelo con tanta fuerza que podía sentirse fuertes vibraciones en el piso.
—¡Cálmate, Xanthar! —Dijo el monstruo Lámpara de Lava con Sombrero, uno de los pocos que se mantenía calmo— ¡Es eso lo que está buscando de nosotros!
Otros que hacían notar su ira eran Dientes, ente con forma de placa dental con patas y brazos, que hacia rechinar su enorme dentadura; Cerradura, un ser celeste con una enorme cabeza adornada por una clásica cerradura de llave antigua, que miraba como un desquiciado a Bill; finalmente, Monstruo de 88 Caras, un monstruo de... 88 caras..., que había puesto el ceño fruncido en todos sus rostros.
En un abrir y cerrar de ojos, Bola 8 empujó a Pyronica a un costado y usó toda su fuerza en un despiadado puñetazo, que atravesó a Bill a centímetros por debajo de su ojo. El líder Hectorgon, feliz de la acción del ogro, le pidió a éste que girara su brazo, con tal de hacer retorcer a su víctima de dolor en la peor manera posible.
—¡Siéntelo, maldito imbécil! ¡Este es tu final!
—¡Ay, ay, que dolor! —gritó Bill, en un tono exageradamente falso—. ¡Me parece que veo la luz! ¡Ah, no, se está alejando! ¡Espera, está volviendo! ¡Espera, no! ¡Decídete, ¿vienes o no vienes?!
Bola 8 lo miraba pasmado porque no esperaba tal gesto. Los guardias aún no comprendían del todo por el miedo y Cib-Tzolkin solo reía con arrogancia.
»¡Ay, que dolor, que do-ya, basta de exagerar!
El poderoso triangulo amarillo solo tuvo que tocar el antebrazo del ogro para dejarlo inmóvil. Luego de soltarse y sacudirse un poco, ante la mirada de espasmo de los bandidos, llevó sus manos al agujero que le formó el puñetazo y se regeneró en un instante, volviendo a colocar en su lugar su diminuta corbata negra de mariposa.
Aunque los demás dudaban, fue el grito vehemente de Forma Amorfa, un ser de cuadritos de colores con ojos, semejante a un cubo Rubik, el que los motivó abalanzarse sobre Bill. Por desgracia, éste solo hizo un chasquido de dedos para paralizarlos a todos en el aire. Por más que lo intentaran, lo único que podían hacer era mover sus ojos, sus labios y, en parte, su cabeza.
—Oye, Bill —hablo Cib para llamar su atención—, deja de jugar con ellos. ¿Por qué no los desintegras de una vez?
Luego de mirar a su compañero, el triángulo volador miró a sus potenciales víctimas con expresión amenazadora. Les apuntó con su dedo, el cual emitía un brillo que les auguraba una ejecución segura.
—¡No, por favor! —dijo con desesperación Kryptos, un rombo volador color gris con pies y brazos delgados, un diminuto ojo en la punta superior, boca con dientes de conejo y un dibujo de un compás—. ¡Estamos arrepentidos de nuestro mal comportamiento! ¿No es así, Bola 8? ¡Di que sí!
El ogro movió su cabeza repetitivamente, con tal de asentir al rombo.
»¿Lo vio? ¡Por favor, lleguemos a un trato!
Sin embargo, Bill Cipher no parecía dispuesto a escucharlos, la luz que emitía en su dedo se hacía más amplia y cegadora. Cuando parecía que el final llegaba para los criminales, Bill disparó de su dedo unas inofensivas serpentinas que cayeron sobre ellos.
—¡Ja! ¡Era broma! ¡Por supuesto que están perdonados, compañeros!
Los guardias no entendieron que había pasado, los rebeldes tampoco. Estaban demasiado asustados como para siquiera hablar, además que aún permanecían bajo el conjuro de Bill. Éste los examinó un momento, mientras les ponía con su ojo una mirada penetrante. Se puso en frente de Bola 8:
»¿Te cuento un secreto, grandulón?: si hubieses atravesado mi ojo, créeme que les hubiera mostrado un lado que no desearían ver de mí. Les digo esto porque quiero entablar un lazo de confianza con ustedes, estamos en pleno proceso de consolidación y no queremos arruinarlo por una rabieta.
Los bandidos supieron que no podía combatir con esa fuerza tan arrolladora, así que se decidieron a obedecer su mandato. Un nuevo chasquido de dedos los liberó de su parálisis, luego Bill y su compañero soltaron una carcajada. Sin saber el motivo, Hectorgon también los acompañó, seguido por Bola 8, Cerradura y el resto de los afortunados bandidos.
—¡Gracias por su compasión, señor! —dijo Kryptos, halagando a Bill para salvar su pellejo—. ¡Siempre confié que fuese una entidad generosa!
—Como dijiste, fue un trato, y me gusta hacer tratos con los demás. Creo que todos merecemos una segunda oportunidad, me sentiría mal si —éste miró a Pyronica— desintegrara a la mayor representación de la belleza que he conocido.
El triángulo amarillo cerraba reiteradamente su ojo.
»Por cierto, te estoy haciendo un guiño… con mi único ojo.
Pyronica nuevamente mostró una sonrisa coqueta, mientras Xanthar, Dientes y Cerradura se enojaron con ello, siendo controlados por Monstruo Lámpara de Lava.
—¡Ja!... y la situación está bajo control —dijo Cib-Tzolkin—. ¿Vieron, tarados? No fueron más que unos habladores.
Cuando el buitre carmesí y los guardias se alejaron, Bill miró de reojo y emuló una risa macabra:
—De hecho… ustedes son perfectos para mi humilde proyecto personal. Así que para comenzar a entablar nuestros lazos, quiero que todos ustedes hagan algo por mí… mis amigos.
