Capítulo 14:
El sonido de las olas
Hacía un clima maravilloso. Era uno de esos días en el que el sol brillaba sin nubes, pero no daba demasiado calor porque soplaba una ligera brisa fresca que atemperaba el ambiente. Normalmente Draco aprovechaba esos días para practicar su equilibrio, ayudar a Terry o intentar sacar a Neville de la cocina porque se estaba quedando igual de pálido que él, mientras que Ginny arrastraba a Theo desde la bodega para luego juntarlos y ver cómo ambos se sonrojaban cuando se encontraban.
Nada de eso iba a ocurrir ese día, porque a pesar del buen tiempo, la atmósfera en el Fénix era tensa y pesada. Harry tenía razón, el barco de Greyback era mucho más pequeño que el Fénix. Estaba hecho de madera oscura, las velas eran amarillentas y tenía un mascaron con forma de lobo. Todavía no les habían alcanzado, pero estaban lo suficientemente cerca como para que Draco juguetease nervioso con su collar.
Respiró hondo, cerró los ojos y rodó su cuello para destentarlo. Ginny se había encargado de vendar otra vez su hombro derecho lo suficientemente fuerte para no agravar su lesión pero sí para poder moverse y pelear de manera cómoda.
—Draco —fijó su atención en Harry cuando este se detuvo a su lado. Su cabello era salvaje y había una determinación férrea en sus ojos. Había estado los últimos veinte minutos ladrando órdenes—. Te quedarás en cubierta, ni si quiera pienses en que tus pies no toquen el suelo. No quiero verte haciendo equilibrismos con los gemelos de un barco a otro.
No había espacio ni tiempo para discutir, porque el capitán había seguido inmediatamente su camino para gritarle a Colin que se metiese inmediatamente en su camarote o lo ataría en la bodega por los próximos dos días. Pensó en acercarse a él para calmarle, para llenar su mente de palabras tranquilizadoras, pero sabía que Harry necesitaba eso, necesitaba saber que tenía el control de todo, que cada tripulante del Fénix sabía qué tenía que hacer.
Había algo hermoso en ello. En la seguridad que Potter irradiaba, como una gran muralla alrededor de un castillo, sus gestos sólidos, su voz firme y la obstinación escrita en su rostro. En la manera en la que todos respondían, acatando y obedeciendo sus órdenes, en la forma tan fluida en la que trabajaban, en la familiaridad que tenían los unos en los otros. Draco era parte de eso e iba a defenderlo, porque confiaban en él y él confiaba en ellos.
Así que se quedó ahí, todavía mirando hacia el barco de Greyback y decidió que lo último que iba a hacer era balancearse sobre una cuerda. Siempre le habían aterrorizado las historias de Umbridge, le habían recordado el peligro constante que era su vida, que no debía confiar en nadie porque cualquier podría hacerle daño. Los carroñeros sólo eran una pequeña parte de esa población que no escondía su crueldad y encima estaban orgullosos de ello. Eran casi tan peligrosos como Umbridge, sobretodo porque trabajaban para ella y no tenían un grado de misericordia en el cuerpo.
El Fénix cayó en silencio cuando se escucharon los gritos de los carroñeros. Su barco se hacía acercado lo suficiente para poder ver a la tripulación con claridad. Todos eran hombres corpulentos, agresivos y sucios. Sus espadas reflejaban la luz del sol mientras las blandían en el aire y gritaban de júbilo. Draco se estremeció, su cuerpo se tambaleó hacia adelante y por un momento tuvo la impresión de que iba a vomitar. Luego su brazo fue agarrado bruscamente y se obligó a enderezarse para toparse cara a cara con Ron.
—No te vengas abajo, no ahora. Vas a hacer esto, y por lo que más quieras, vas a hacerlo bien. Harry no puede preocuparse de ti en este momento, tiene demasiadas cosas con las que lidiar —quiso gritarle pero en su lugar asintió. Tenía razón, no podía hacer que Potter estuviese pendiente de él, porque eso lo distraería y en esas situaciones, una distracción podía costar una vida. Debía serenarse, él había insistido en enfrentarse a esto y no iba a echarse atrás—. ¿Vas a desmayarte?
—Vete a la mierda —espetó. Todavía no había aprendido a tratar con Ronald, así que en su mayoría solo lo empujaba lejos.
—Eso está mejor.
Los carroñeros empezaron a cantar una canción de guerra. Draco apretó los dientes y respiró por la nariz. Tenían que dejar que los abordasen porque sería menos peligroso de esa manera y se preguntó si sería capaz de entrar otra vez en pánico mientras esperaba. No le dio tiempo, porque Greyback y su barco se acercaron a ellos con una velocidad ansiosa, tiraron cuerdas y tablas para unirse al Fénix y las peleas empezaron a su alrededor antes de que el cerebro de Draco asimilase que realmente estaba sucediendo.
Ver a un hombre enorme abalanzándose hacia él ayudó a que su cuerpo reaccionase por instinto. Se apartó, esquivando el ataque, agarró fuertemente la empuñadura de su sable y propinó algunos golpes. La fuerza descomunal del hombre compensó lo torpe que era, por lo que le fue difícil deshacerse de él. Su padrino le había enseñado bien, sin embargo, así que unos largos minutos más tarde Draco le había hecho un profundo corte en la pierna y había caído inconsciente poco después.
Ni si quiera le había dado tiempo a enderezarse cuando una cuerda se ciñó alrededor de su cuello, imposibilitándole la tarea de respirar. Soltó un sonido ronco y se aferró a la cuerda en un reflejo desesperado. Intentó guardar la calma aunque la sensación de asfixia no estaba ayudando, meció todo su peso hacia atrás, le dio la vuelta a su sable y se lo clavó en las costillas a quien fuera que estaba a su espalda. El hombre gritó, la cuerda se aflojó y Draco tuvo la oportunidad para librarse de él.
Miró a su alrededor en cuanto tuvo un segundo de tranquilidad y encontró a Blaise a unos pocos metros de él, a Ginny que estaba en la parte alta del barco y a Terry que acababa de tirar a alguien por la borda. No había rastro de Harry, aunque en medio de ese revuelo, le sorprendía ser capaz de reconocer a nadie.
Draco maldijo en voz alta cuando vio a otro carroñero dirigiéndose hacia él.
Luchó durante minutos interminables, recibió golpes y los propinó, dejó a hombres inconscientes y en alguna ocasión, pensó que era él quien iba a caer en la negrura, pero no fue así. Corrió de un lado a otro y, en algún momento, se apoyó en el mástil para respirar un poco. No sabía cuánto tiempo iban a estar en esa situación, pero esperaba que terminase pronto. A pesar de la adrenalina y la gran cantidad de temor que tenía en su cuerpo, su hombro empezó a resentirse pelea tras pelea, la boca le sabía a sangre, sus pulmones comenzaron a arder por el esfuerzo y tenía una herida en el pómulo que le escocía.
—¡Se están alejando, capitán! —gritó Ernie. Fue como ver una pequeña luz en medio de la oscuridad.
—¡Dean, vira a estribor!
Buscó el sonido de su voz entre la multitud y lo encontró en un instante. Potter miraba hacia el barco de Greyback, con la respiración jadeante y la camisa blanca tintada de rojo. El estómago de Draco se estremeció al preguntarse de quién era la sangre, pero prefirió empujar el pensamiento lejos. Estaba ahí, y estaba lo suficientemente bien como para gritar órdenes, eso era lo importante.
Aprovechó ese efímero momento de tranquilidad para ver que Ernie tenía razón y, poco a poco, el barco de Greyback se iba alejando del Fénix. De hecho, volviendo su atención hacia la cubierta, se fijó en que cada vez habían menos carroñeros en pie. Cerró los ojos y apoyó su sien contra la fría madera.
Por fin, la batalla estaba terminando.
—¡Fred!
Fue un sonido tan desgarrador que Draco podía jurar que todo se quedó en silencio. Sus ojos buscaron frenéticamente a Fred, pero lo que encontraron fue a George zarandeándose a si mismo en una cuerda, intentado llegar al otro barco. Siguió su trayectoria con la mirada y entonces si pudo sentir exactamente en el que su corazón se hundía profundamente en su pecho.
Fred estaba colgando del mástil en el barco de Greyback, sangrando, casi inconsciente y a punto de caer al suelo, donde un grupo de carroñeros le esperaba con ansias.
Draco sabía que George no iba a ser capaz de llegar hasta su hermano antes incluso de que lo intentase. Estaba demasiado lejos, y se estaban distanciando aún más con cada segundo que pasaba. Su posición, en cambio, estaba mucho más cerca que la de George. Fue ese pensamiento el que le hizo dejar caer su sable y trepar por el mástil tan rápido como pudo a pesar de todos los dolores que sentía en su cuerpo. Desató una de las cuerdas más largas y la enrollo en su brazo y alrededor de su cintura con habilidad. Esto era lo único que Potter le había prohibido hacer y daba por hecho que después tendría que lidiar con su temperamento por desobedecerle pero en ese momento debía sacar de ahí al pelirrojo.
Llegó al poste con la cuerda justa y el corazón latiéndole veloz. Los carroñeros aullaron mientras que Fred negó con la cabeza.
—Vete —murmuró.
Su nariz sangraba, o era su boca, o simplemente todo su rostro. Verlo de cerca era mucho peor que en la distancia, porque Weasley apenas podía parpadear, su camisa está desgarrada y tenía el brazo izquierdo colgado inservible.
—Vamos, voy a sacarte de aquí —dijo, ignorándole.
Fred cayó del todo inconsciente justo en el momento en el que ató la cuerda alrededor de su estómago. Intentó no pensar en toda la sangre que había, en la gran herida en su muslo o en su respiración superficial. Se concentró en anudar bien la cuerda e ignorar los gritos y los intentos de subir al mástil de los carroñeros. Su garganta dejó escapar un sonido sorprendido cuando la cuerda se tensó, tirando del pelirrojo. Miró hacia el Fenix, viendo como poco a poco se alejaba.
Se le hizo difícil conseguir un nudo resistente con la cuerda tirando de él, pero al final lo consiguió. Estaba a punto de tomar impulso cuando barco se zarandeó con fuerza. Perdió el equilibrio, Fred se desplomó como un peso muerto y ambos cayeron del mástil. Sintió un latigazo de dolor desde la muñeca de la mano derecha hasta su hombro magullado. Un agonizante grito se escapó de su garganta y cerró los ojos tan fuerte que vio luz blanca bajo sus párpados, pero se sostuvo de la cuerda mientras sobrevolaban a los carroñeros. Sollozó y apretó los dientes cuando un calambre agarrotó los dedos de sus manos y sintió como la cuerda se deslizaba de su agarre.
No fue consciente de que se había soltado hasta que su espalda impactó con la madera de la cubierta. El aire dejó sus pulmones, su estómago se contrajo y su cabeza dio vueltas. Era vagamente consciente de los gritos a su alrededor y de la voz de Harry llamándole. Cuando su visión borrosa se aclaró, vio de frente a Zacharias Smith.
Y entonces supo que su pesadilla acababa de comenzar.
Apenas podía respirar, pero aún así se esforzó en inhalar profundamente por la nariz y exhalar por la boca. Estaba sentado, atado con las manos a su espalda al mástil mayor y sentía que con cualquier mínimo movimiento su hombro terminaría de romperse.
Podía ver las velas del Fenix alejándose y eso solo le hizo que sintiese ganas de llorar. Se consolaba con saber que al menos Fred había conseguido llegar al barco —era lo único que había podido ver antes de que fuese arrastrado y maniatado—, y esperaba con toda su alma que estuviese bien.
—Parece que el tiempo pone a cada uno en su lugar, ¿no crees? —preguntó Smith.
Se había pasado los últimos minutos mirándole y sonriendo como un maniaco, orgulloso de verle ahí. Su regocijo era evidente, al igual que las del resto de tripulación, que en ese momento formaban un círculo a su alrededor y lo observaban como si fuese un cofre lleno de oro.
—Que te jodan —gruñó con voz rasposa.
Smith amplió su sonrisa y se inclinó hasta que sus rostro estuvieron a centímetros de distancia. Nunca había tenido más ganas de pegarle a alguien.
—¿Esas van a ser tus últimas palabras?
Draco pasó la lengua por sus dientes, saboreando la sangre, reunió toda la saliva que pudo en su boca y se la escupió a Smith en la cara. Los carroñeros aullaron a su alrededor, algunos con indignación y otros riendo. No se sorprendió cuando Zacharias le propinó el primer golpe en la mandíbula. De hecho le había extrañado de que el rubio no le pegase antes. Le asestó un par de patadas en el estómago y otro puñetazo en la mejilla que le hizo desenfocarse durante unos segundos, cuando la voz de Greyback se alzó sobre el murmullo del gentío.
—Umbridge lo quiere vivo—fue lo que escuchó.
Le hubiera gustado ver al hombre, si no fuera porque su visión se sentía borrosa y su conciencia comenzaba a irse por la deriva.
—No te preocupes, no voy a matarlo —no supo porqué, pero eso sonó mucho peor—. Metedlo en una red.
Apenas pudo registrar nada cuando le desataron los brazos y una red de pesca le cubrió por encima. Su cabeza se despejó un instante después ante el pánico de ser arrastrado por el suelo, su cuerpo golpeó bruscamente con el barandal y a pesar de sus intentos de escapar, todo fue en vano cuando le tiraron por la borda.
El grito se quedó atascado en su garganta. Lo único que le impidió no ser tragado por el mar fue, precisamente, estar metido en una red. Sentía todo sus músculos tensos, su pecho estaba apretado, no podía respirar, el estómago no paraba de anudarse y revolverse, su visión estaba oscurecida en los bordes y en lo único que podía pensar era en el mar. En la gran extensión de océano que había solo a unos metros debajo de él. Si la cuerda de la red se rompía, si algunos de los bárbaros que estaba arriba les daba por cortarla, Draco caería al agua.
Soltó un gemido estrangulado. Podía imaginarse a sí mismo cayendo, enredándose con la red, sumergiéndose en las más oscuras profundidades del mar, sin poder respirar, sin poder pedir ayuda, sin salir a la superficie. Llevó sus piernas hacia su pecho y cerró los ojos con fuerza.
—Parece que aún no has perdido tu miedo al mar —dijo Smith por encima de su cabeza—. Tal vez estar ahí abajo unos días te ayude a superarlo.
Unos días. No, no podía estar ahí tanto tiempo. Su corazón latió a toda velocidad y se dio cuenta de que todo su cuerpo temblaba. Quería a Harry, necesitaba que lo sacase de allí. Pero Harry no estaba, no había nadie que pudiese ayudarle. Estaba solo.
Solo.
Sintió que su madre le acariciaba el pelo y que le murmuraba palabras consoladoras. Draco quería hablar, quería decirle un centenar de cosas: lo mucho que la echaba de menos, cómo había acabado dentro del Fénix y lo maravilloso que había sido estar allí, quería contar lo valiente que era Ginny, lo paciente que era Neville y la generosidad de Molly Weasley. Seguramente su madre se reiría cuando le contase lo mal que se había llevado con Harry al principio y cómo habían cambiado las cosas. Se preguntó que le diría ella cuando le contase que se había enamorado.
Entonces recordó que su madre ya no estaba con él, pero las caricias continuaban, no solo por su cabello, también por sus hombros, su espalda y sus piernas. No era gentiles como creía sino audaces y avariciosas. Alguien realmente lo estaba tocando, y Draco puso todo su esfuerzo en que su consciencia lo despertase del todo.
Parpadeó con dificultad. Podía sentir su ojo derecho hinchado y el izquierdo estaba borroso, pero se esmeró en enfocar su mirada en la pared que tenía a unos centímetros de él. Las manos que lo tocaban estaban ahora sobre sus muslos, apretando la carne con fuerza. Se irguió con tanta velocidad que se mareó por un momento. Lo primero que registró fue unos barrotes a su alrededor que lo mantenían encerrado, y detrás de ellos, un hombre que lo miraba con una sonrisa y se aferraba a su camisa para atraerlo hacia él.
—Suéltame.
Su voz sonó ronca y maltratada. Sabía que en algún momento, mientras colgaba a varios metros sobre el agua, había empezado a chillar hasta desmayarse.
Su súplica no fue escuchada. El otro tiró de él para acercarle a la verja, mientras dejaba salir gruñidos y sonidos ansioso. La desesperación, el miedo y algo de ira se arremolinaron en su interior y antes de que pudiera pensar en que estaba haciendo, le propinó al hombre una patada en la cara. La sorpresa fue suficiente para que el carroñero le soltase y se echase hacia atrás con las manos en la cara. Jadeó en busca de aire, y retrocedió lejos de los barrotes cuando se dio cuenta de que ya no estaba siendo sujeto.
—Como me vuelvas a tocar te arranco la mano —espetó.
El hombre le miró, con la nariz sangrando y unos anchos ojos azules enmarcados en arrugas y suciedad. No dijo nada, solo se levantó del suelo y corrió escaleras arriba.
La jaula donde lo habían encerrado era pequeña, su cabeza rozaba los barrotes mientras estaba sentado, y no podría tumbarse estirado de ninguna manera. Era alcanzable estuviese donde estuviese. Aún así, se llevó las rodillas hacia el pecho y se acurrucó contra la madera a su espalda.
—No sé si felicitarte por lo que acabas de hacer o lamentarme porque pierdes el tiempo.
Se sobresaltó de tal manera que soltó un murmullo estrangulado mientras se encogía más sobre sí mismo. Miró a su alrededor, sin poder vislumbrar nada. La habitación estaba en penumbra y aunque no parecía ser demasiado grande, le costó ver a la figura que estaba a su izquierda.
Era una chica delgada, que en algún momento debió ser rubia pero que en ese entonces tenía el cabello oscuro por el desaseo y enredado hasta las puntas. Llevaba puesto un vestido negro, desgarrado en algunas partes y, estaba sentada en el suelo con aspecto lúgubre. Al contrario que él, no estaba encerrada, sino atada por los pies con unas cadenas.
—¿Qué? —preguntó.
Su cerebro aún parecía demasiado espeso para asimilarlo todo.
—Creo que voy a optar por advertirte —continuó ella—. No te esfuerces en ahuyentarlos, siempre vendrá otro. Y otro, y otro, y otro. Nunca se cansan, nunca son suficientes.
Draco se estremeció. Miró a la chica, porque viéndola bien, se notaba que era joven. Estaba desnutrida, tenía el rostro demacrado y los brazos demasiados delgados. Sus pómulos se marcaban, habían grandes ojeras bajo sus ojos, cortes y golpes en sus piernas y su mirada parecía perdida en algún punto de la puerta, como si esperase algo.
—¿Te refieres a los hombres? —su voz fue un susurro tembloroso— ¿Ellos... vienen aquí a...?
—¿A tocarte? —terminó por él— Por supuesto que lo hacen. Y cuando más te resistas, peor. El último que estuvo en tu lugar no quiso aflojarse y no tardaron más de dos días en echarle. Aunque tal vez contigo será diferente.
—¿Por qué?
—Porque eres un áureo.
No sabía si alegrarse por eso. De hecho en ese momento no sabía qué pensar, sólo sabía que quería salir de ahí.
Miró la jaula en la que estaba, notando que había una cerradura con un candado en la parte superior. Se aferró a los barrotes y tiró de ellos sin conseguir nada, buscó algo a su alrededor con lo que pudiera romper el candado, pero la habitación estaba absolutamente vacía.
Estaba empezando a entrar en pánico, lo sabía porque su pecho había empezado a doler mientras se apretaba y cada vez le costaba más respirar. Sollozó, volviendo a hacerse un ovillo mientras enterraba su rostro entre sus manos. Su ojo punzaba mientras lloraba, apenas podía mover su hombro derecho y le volvía a sangrar la boca.
Se sintió adormecido consiguió calmarse. Estaba tumbado en el suelo, acurrucado con las rodillas dobladas. El barco no paraba de zarandearse y a fuera se escuchaban gritos de vez en cuando, pero nadie había vuelto a entrar en la habitación. Su boca se sentía seca, su garganta irritada y en lo único que podía pensar era en cuanto tiempo iba a tener que estar allí.
—¿Como te llamas? —dijo. Alzó la cabeza para ver a la chica, que también estaba tumbada en el suelo.
—Astoria, ¿y tú?
—Draco.
—Draco —repitió ella, como si estuviera probando el nombre en su boca—. ¿Te cazaron?
—No exactamente, es una larga historia —contestó. No quería que su mente se fuese hacia el Fénix, ni mucho menos hacia Harry. Se pasaría la vida llorando en ese caso. Se preguntó vagamente si iban a rescatarle, pero lo negó con rapidez, sin querer hacerle ilusiones—. ¿Y tú, cómo llegaste aquí?
—Mis padres me vendieron —respondió. Luego soltó una risa vacía—. Es una corta historia.
—¿Cuanto tiempo llevas aquí?
—No lo sé —se encogió de hombros y empezó a juguetear con su cabello—. ¿Importa el tiempo cuando sabes que no vas a salir de aquí?
Desplazó su vista hacia el techo que podía ver entre los barrotes. Su corazón se encogió ante las palabras de Astoria. Dudaba que él fuese a aquejarse allí para siempre, porque iban a entregarlo a Umbridge. El pensamiento no lo consoló.
Tardó horas en conseguir quedarse dormido y para cuando lo hizo, soñó con el sonido de las olas.
¡Hoooooooooola!
Siento que hace una eternidad que no publico nada y puede que sea así. Lo siento, de verdad, pero en las últimas semanas apenas he tenido tiempo con el trabajo y un montón de líos, pero por suerte o por desgracia estoy obligada —al igual que muchos ciudadanos del mundo—, a quedarme en casa por la cuarentena de la que seguro habéis oído hablar, así que he aprovechado para escribir después de haber recuperado todas mis horas de sueño y aquí estoy.
Sí, ha empezado el drama. Todo era demasiado bonito, ¿verdad? Jaja. Si soy sincera tenía ganas ya de darle un giro a la historia, aunque no se me da bien eso de hacer sufrir a los personajes.
Espero poder actualizar pronto, aprovechando los días en los que voy a estar en casa y tengo que advertir que estamos ya en la recta final de la historia. Quedarán tres o cuatro capítulos a lo sumo. Sabéis que siempre aviso para que no os pille el final por sorpresa xD
¡Gracias a los que todavía me seguís leyendo!
