Capítulo 17:

Reencuentros

Harry se despertó cuando el sol ya estaba alto en el cielo. Parpadeó para acostumbrarse a la luz del día mientras buscaba la fuente del ruido que estaba escuchando. Su aliento se atascó y le fue imposible no elevar el rostro y dejar escapar un suspiro aliviado cuando vio qué era.

Ahí, a varios metros de él, estaba el barco de los Merodeadores. Casi no se podía creer la suerte que estaba teniendo.

—Ron —llamó con la voz ronca por el sueño—, tenemos compañía.

El pelirrojo gimió, se dio la vuelta y, después de una patada en la espinilla, terminó por levantarse. Recogieron las cosas que habían tirado en la arena y caminaron hacia el barco.

Bajo su percepción, no parecía haber cambiado mucho desde la última vez que lo vio. El navío seguía siendo pequeño y oscuro. Una bandera negra hondeaba salvajemente en lo alto de un mástil y las velas algo desgastadas le daban un aire mortal. No tenía mascarón, porque no le hacía falta. Su seña de identidad eran los nombres tallados en la madera de uno de los costados: Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta.

—¡Harry! —llamó una voz desde lo alto del barco. La cabeza de Sirius se asomó por el barandal— ¡Sube!

Agarró la cuerda que le arrojaron, y subió junto a Ron. Una vez en cubriera, fue recibido por un abrazo aplastante por parte de su padrino.

—No aprietes tanto, que no puedo respirar —se quejó, aunque no con mucho ahínco.

Sirius rió antes de soltarle. Sus ojos grises brillaban de alegría, su cabello negro estaba rizado a la altura de los hombros y su tez se había vuelto mucho más tostada de lo que recordaba. Vestía desaliñado, con la camisa abierta y el fajín suelto. Aún así, seguía portando ese aire de elegancia que le caracterizaba.

—No sabía que estabas aquí, no hemos visto el Fénix.

—Está rumbo a Hogwarts —respondió, mientras Sirius saludaba a Ron con un fuerte golpe en la espalda que desestabilizó al pelirrojo, quien aún parecía más dormido que despierto.

—¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

—¿Harry? —se dio la vuelta al escuchar la voz de Remus— ¿Dónde está tu barco?

Él fue mucho menos efusivo a la hora de saludar, dándole un reconfortante abrazo y una sonrisa afable. Estaba mas aseado también, con el cabello húmedo como si acabase de lavarlo y la ropa bien ajustada.

Harry siempre pensaría que ellos eran la pareja más peculiar que conocía.

—Es una larga historia —contestó—. Necesito hablar con vosotros.

—¿Tiene algo que ver con los rumores de Gryffindor? —cuestionó Remus— ¿Tienes un áureo?

Un hombre se detuvo a su lado, curioso de lo que estaban hablando.

—Will, sigue caminando —ladró Sirius. El aludido no dudó en obedecerle.

Harry tragó saliva con pesadez cuando su atención volvió a él. Su padrino lo miraba de esa manera que le hacía sentirse un niño de nuevo, mientras que Lupin estaba visiblemente preocupado.

—Sí, tiene algo que ver con eso.

—Vamos a hablar en privado, entonces —dijo Remus—. Voy a buscar a Severus.

Parpadeó extrañado por un momento, pero luego recordó la última carta que había leído de ellos y que Snape, el padrino de Draco, estaba allí.

—Yo iré a la cocina, a ver si puedo desayunar algo que no sea pan —comentó Ron, despidiéndose.

Sirius pasó un brazo por sus hombro, y le instó a caminar por cubierta hasta su sala de mapas.

—¿Debo suponer que ya te has metido en un problema?

Harry resopló sin querer contestar.

Cuando entro en la estancia, su mirada se dirigió automáticamente al gran atlas que estaba colgado en una de las paredes. Era un pergamino grande y desgastado. Estaba dibujado detalladamente y tenía escritos una decena de apuntes minuciosos. No pudo evitar acariciar una de las esquinas del pergamino, justo donde descansaba la firma de Lily Potter.

Era extraño estar cerca de algo que había hecho su madre. Casi podía imaginársela, inclinada sobre el papel, dibujando metódicamente.

—Sabes que puedes llevártelo cuando quieras.

Negó con la cabeza a la oferta de Sirius, como siempre hacía, y apartó la mano del mapa. No quería atesorar un recuerdo de algo que no podría tener nunca.

La puerta se abrió en ese momento. Por ella entró un hombre alto y delgado, vestido de negro y con el cabello oscuro. Su mirada le barrió de arriba abajo y su labio se encrespó con desdén antes de tenderle la mano.

Harry supo inmediatamente que no se iban a llevar bien.

—Potter —pronunció lentamente, como si no le gustase el apellido.

Estrechó su mano sin decir nada y luego se sentó en una de las sillas que había junto a una mesa cercana. Sirius se acomodó a su lado, mientras que Remus y Severus permanecían de pie.

—Necesito encontrar a Umbridge.

—¿Para qué?

—Harry —interrumpió Remus— ¿es por el áureo?

—Sí.

—¿Es Draco? —cuestionó esta vez Snape. Se sorprendió de ver algo parecido a la desesperación en el rostro inflexible del otro.

—Sí.

—¿Dónde está?

—Greyback lo capturó. Se que va a llevárselo a Umbridge, es lo que hace siempre. Así que si llego antes que él, tengo una oportunidad de rescatarlo.

—Es complicado encontrarla —dijo Sirius— ¿Hace cuánto de eso?

—Casi dos días, pero iban en rumbo contrario. Todavía estoy a tiempo de encontrarlo, pero necesita que me digas dónde buscar.

Su padrino asintió, como había esperado que hiciese. Sabía que él le ayudaría sin importar qué.

—¿Por qué? —su atencion se disparó hacia Snape cuando escucha la pregunta. Le miraba como si quiera enterrarlo vivo— ¿Por qué quieres rescatarlo?

Harry bufó, apoyó sus antebrazos en la mesa y entrecruzó sus dedos.

—¿Prefieres que lo deje morir?

—Lo que quiero es que me digas qué pretendes hacer con él.

La tensión se apretó sobre sus hombros. Sentía la pequeña llama de la irá burbujeando en su estómago.

Tenía una respuesta ácida en la punta de la lengua pero Remus habló antes que él.

—¿Para qué arriesgarse de esta manera? —preguntó. No le estaba juzgando, sólo parecía pretendía saciar su curiosidad.

Observó sus manos entrelazadas durante un momento, tomó una gran respiración y luego levantó los ojos hacia Lupin.

—Porque estoy enamorado de él.

El silencio se apoderó de la habitación el tiempo suficiente en el que tardó Snape en reírse de manera cínica.

—¿Sabes cuántas personas han dicho eso antes que tú? —espetó. Sus ojos negros estaban entrecerrados, su entrecejo fruncido y su rostro se retorció en una mueca entre la rabia y el hastío— La primera vez que un hombre me dijo que estaba enamorado de Draco él tenía tres años. Intentó secuestrarlo poco después.

—Una historia conmovedora —pronunció, sarcástico—, es una pena que me importe una mierda.

—Hay muchas personas que afirmarían cualquier cosa con tal de conseguir algo de un áureo. ¿Por qué debería creer que eres mejor que Greyback?

Fue el turno de Harry de soltar una carcajada.

—Tu problema es pensar que quiero tu aprobación de algún tipo. No te estoy pidiendo permiso, no he venido aquí a que me des tu bendición.

—¿Qué quieres conseguir? ¿Poder, dinero, amor,...?—continuó Snape, sin perder el ritmo. Dio una mirada lateral al atlas, antes de añadir:— ¿Recuperar a tus padres muertos?

Sirius gruñó y se levantó con un movimiento a brusco, tirando su silla hacia atrás.

—Severus —exclamó Remus, poniéndose en medio—, creo que ya has dicho suficiente.

Harry fue mucho más cuidadoso a la hora de erguirse, fulminando con la mirada al hombre frente de él. Su ira ya estaba cerca de ser un incendio.

—Lo único que necesito es a Draco, no a un maldito áureo —su voz estaba tensa y sus ojos mostraron algo que hizo que Snape parpadease con algo de estupor—. Y me da igual lo que tengas que decir al respecto, así que en vez de estar interrogándome, hazte un favor y utiliza tu saliva para algo mejor, como meterte la lengua por el culo, por ejemplo.

Rodeó la mesa, dispuesto a salir de esa sala antes de propinarle un golpe al otro. Sabía que Draco no apreciaría que le hubiera roto la nariz a su padrino.

Tomó una gran exhalación cuando salió a cubierta. Caminó unos cuantos metros hasta sentarse en las escaleras que daban a la parte alta del barco y enterró el rostro en sus manos. No le hizo falta descubrirse para saber que unos pocos minutos después Remus se había sentado a su lado.

—He traído chocolate como ofrenda de paz.

Sonrió a pesar de sí mismo.

—No estoy enfadado contigo —murmuró.

Ni si quiera sabía si estaba enfadado con Snape en realidad. Estaba cabreado consigo mismo por haber dejado libre a Smith, por no haber hecho nada para evitar que Fred saliese herido, por no haber podido evitar esa situación. Solo quería estar con Draco, saber que estaba bien, que aún seguía vivo, que no era demasiado tarde.

—¿Cuando tiene que llegar el Fénix?

Agradeció que no le hablase de Snape ahora que su cabreo había empezado a apaciguarse.

—Esta noche o mañana por la mañana, si todo va bien.

—Tienes suerte de contar con gente de confianza o ya te habrían robado el barco.

—Blaise no sería capaz de tal cosa —contestó, más relajado. Miró a Remus, que asentía mientras mordisqueaba distraído un trozo de chocolate. Rodó los ojos—. Puedes preguntar, si quieres.

—No quiero entrometerme.

—Sé que estás preocupado, pero ir a por Umbridge es la única opción que tengo.

—Cuando estuvimos en Gryffindor no creí en los rumores, pero el problema era que los demás sí lo hacían —el mayor soltó un suspiro—. Daban una recompensa por encontrarte.

—¿No la dan siempre? —replicó— Solo algunos pocos son lo suficientemente estúpidos como para intentar perseguirme.

—Pero ahora tienes un tesoro mayor que un puñado de oro y por lo que has dicho, también tienes mucho más que perder.

Harry no podía argumentar nada en contra de ello. La fama de sus padres le acompaña siempre que alguien mencionaba su nombre y sabía que el Fénix era lo bastante afamado como para ser codiciado y perseguido. Estaba acostumbrado a ello. Era con lo que había crecido y mentiría si no dijera que le gustaba. Su vida estaba llena de peleas, adrenalina y tesoros. Le gustaba. No iba a esconderse por ello, e intuía, por la última conversación que había tenido con Draco, que él iba a hacerlo.

—Todos los que están en el Fénix son conscientes del peligro que supone estar con Draco —respondió—, y cualquiera es libre de irse cuando lo desee, pero hasta ahora ninguno lo ha hecho y no creo que lo vayan a hacer.

Los ojos amables de Remus le estudiaron durante mucho tiempo. Luego asintió lentamente.

—¿Merece la pena hacer todo esto por él? —le preguntó después de un tiempo.

Recordó la sonrisa de Draco, su manera de inquisitiva de arquear una ceja, su sonrisa petulante cuando sabía que tenía razón y lo bien que sonaba su nombre en su boca.

—Siempre que le beso me mira como si fuese un sueño maravilloso —susurró—. Nadie me había mirado así nunca.

—Iremos contigo a buscarle —prometió Remus.


Nunca se había alegrado tanto de ver a Blaise Zabini.

—Me queda bien el puesto de capitán, ¿verdad? —exclamó Blaise, alzando los brazos como si esperase una ovación.

Harry puso los ojos en blanco, mientras Ron le dirigía una mirada cariñosamente exasperada.

—No te acostumbres.

El Fénix estaba anclado justo al lado del barco de los Merodeadores y en ese momento se extendían alguna tablas y cuerdas para pasar de un lado a otro.

—Vamos, capitán, no puedes quejarte. Llegamos con horas de antelación.

Eso se lo tenía que conceder. Apenas había empezado a anochecer cuando el navío ya era visible en el horizonte.

—Supongo que el viaje ha sido bueno, entonces —comentó.

Cruzó por una de las tablas mientras hablaba. En cuanto pisó la cubierta de su barco se dio cuenta de lo mucho que lo había extrañado.

—Hemos tenido buen clima. Y en Hogwarts todo estaba bien —Blaise sonrió. Parecía complacido consigo mismo—. Ni si quiera he discutido con Granger, para que veas.

Harry le miró inquisitivo. Sabía que eso último era mentira.

—¿Esta es tu manera de ganarte un ascenso?

—Oh, no —exclamó el otro—. Me gusta dar órdenes pero la falta de horas de sueño es una gran desventaja. Así que con vuestro permiso, me dormir.

—Blaise —llamó, antes de que este se marchase—, gracias.

—Espero una bolsa llena de galeones como mínimo, capitán.

Caminó por el resto del barco para revisar que todo estaba listo para zarpar de nuevo. Había estado hablando con Sirius, —comprobando que Snape no estuviese demasiado cerca porque no quería volver encontrarse con él— y habían decidido salir en cuanto el Fénix llegase para no perder más tiempo del necesario. Harry había insistido en que sólo necesitaba saber dónde estaba Umbridge, pero su padrino no había aceptado un no por respuesta a la hora de acompañarle, tal y como había sugerido Remus. Con eso en mente, ordenó izar las velas y levar las anclas para partir lo antes posible mientras continuaba realizando su inspección.

Se anotó mentalmente darle a Blaise esa bolsa de galeones solo por el esfuerzo que había hecho cuando llegó a la cocina. Neville se encontraba allí, sentado de manera encorvada sobre la mesa, con una docena de peces a su lado. Sus hombros temblaban y al levantar la vista, se encontró con su rostro enrojecido y lleno de lágrimas.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó, acercándose a él.

Neville negó con la cabeza con rapidez y se limpió la cara torpemente con la manga de la camisa.

—Nada, capitán. No te preocupes.

—Neville...

—Es que... —apretó los labios, como si estuviese reteniendo un sollozo—. Es que echo de menos a Draco.

Su cuerpo se sintió pesado de repente, así que se desplomó en la silla vacía frente al chico.

—Estoy haciendo todo lo posible.

—Lo sé.

Se mantuvieron en silencio durante unos segundos. La puerta se abrió y Colin entró con la cabeza gacha. Se sentó en la única silla que estaba vacía sin decir nada. Harry no recordaba haber visto al chico tan callado en su vida. Neville había vuelto a su tarea con los peces, mientras Colin tenía el rostro reclinado, mirando algo entre sus manos. Se inclinó con curiosidad, solo para ver una de las figuras de madera que le gustaba tallar a Draco.

Cerró los ojos y tragó el bulto en su garganta. Hasta ese instante, nunca se había planteado lo querido que era Malfoy allí.

—¿Quieres que te ayude con eso? —le preguntó a Neville.

El rubio le miró extrañado pero luego asintió. Harry se mantuvo allí con ellos por el resto de la noche, limpiando peces hasta que sus dedos se entumecieron. Esto era lo que hacía Draco normalmente: encerrarse en la cocina, ayudar a Neville, escuchar las historias de Colin, reírse con Ginny, molestar a Theo,...

Cuando llegó el momento de reemplazar a Ron en su guardia, Harry se encontraba reconfortado en cierta manera, y por la sonrisa que le dio Neville antes de irse, supo que él se sentía igual.


Las horas se hicieron eternas y un día se convirtió en una eternidad. Harry estaba harto de ver nada más que el barco de los Merodeadores delante de ellos a una distancia considerable. Habían avistado tierra y habían estado navegado en línea paralela a la costa durante horas. Si no confiase tanto en Sirius, habría empezado a dudar de que sabía hacia dónde iba.

El cielo estaba bañado en un rojo anaranjado y el viento azotaba suave y frío. Harry tenía la cabeza apoyada en un mástil cercano y los ojos cerrados. La frescura de la madera hacía cosas maravillosas en su sien.

—¿Cómo está la herida en tu brazo?

—Bien —Harry murmuró su respuesta, sin abrir los ojos y sin cambiar su postura—. ¿Qué tal está Fred?

—Míralo tú mismo.

Se enderezó ante la contestación de Ginny. Ella tenía una expresión entre la resignación y el fastidio en su rostro. Dirigió su atención hacia dónde miraba, solo para encontrarse a Fred subido en el palo trinquete, muy entretenido mientras anudaba algo.

—¿Por qué lo has dejado salir?

—¿Qué iba a hacer? —replicó la chica— ¿Atarlo a la cama?

—Sí.

Ginny abrió la boca para protestar, pero la voz de Ernie interrumpió toda la tranquilidad del barco.

—El capitán Black ha virado y ya no lo tenemos a la vista.

Harry se tensó. Eso significaba que ya estaban cerca de Hogsmade.

—Terminad de desplegar las velas —ordenó con voz firme—. Crabbe y Goyle, ni se os ocurra disparar los cañones. Necesitamos el barco de Umbridge intacto. ¡Fred, baja de ahí ahora mismo!

—No pienso estar ni un minuto más en ese camastro. Déjame atar al menos un cuerda, capitán.

—La única cuerda que vas a ver atada será la de tu cuello como no me hagas caso —espetó.

Fred obedeció con reticencia. Sabía que no era un buen momento para tener a Potter cabreado.

—Pronto llegaremos al acantilado, capitán —avisó Ernie.

Se dirigió a proa, observando la expansión de tierra a su derecha. Macmillan tenía razón, porque aunque estaba aún a mucha distancia, era capaz de ver el punto donde terminaba suelo firme y empezaba el mar. No llegaron pronto, como se había dicho. Desde la perspectiva de Harry, los minutos parecieron horas y la tensión hizo que sus músculos estuviesen tensos durante todo el tiempo. Cerró los ojos y respiró hondo cuando se dio cuenta de que Dean había empezado a girar hacia estribor.

—Estad preparados —avisó.

—¡Sí, capitán!

Sobrepasaron el acantilado, el Fénix siguió girando y, al enderezarse, Harry vio aquello que tanto había buscado: al barco de Umbridge.

Los Merodeadores ya habían llegado allí, y estaban enzarzados en lo que parecía una brutal batalla. Ambos barcos navegaba al lado del otro, así que el Fénix se dirigió hacia el lateral que quedaba libre. Era un barco pequeño y navegaba a una velocidad lenta, así que no les costó mucho alcanzarles.

Harry se afianzó a su espada y observó la cubierta que quedaba debajo de ellos con cuidado. Reconocía a los hombres de Sirius y a algunos de Umbridge, pero no había rastro de Greyback ni de Draco. Saltó hacia el barco, caminó con rapidez y bajo por las escaleras hacia el pasillo de los camarotes. Golpeó un par de hombres que se cruzaron en el trayecto y luego la puerta del final del pasillo se abrió antes de que fuese capaz de llegar. Por ella salieron Remus junto a Sirius y Umbridge.

—A esta me la quedo yo —murmuró su padrino mientras agarraba a la mujer del brazo y la arrastraba.

—¡Tú, maldito bárbaro, quítame las manos de encima o te arrepentirás!

—¿Está aquí? —le preguntó a Remus, ignorando los gritos de la mujer.

—No hemos registrado todas las habitación, pero de momento no lo hemos encontrado. Sirius va a interrogar a Dolores para saber si... si ya ha estado aquí —Harry asintió, apoyando la espalda contra la pared. Lupin agarró su antebrazo y lo apretó de manera reconfortante—. No te preocupes, lo más probable es que Greyback aún no haya llegado.

Asintió, queriendo creer en sus palabras.

La preocupación, el estrés y el cansancio se arremolinaron para crear un nudo de rabia que ardió en su pecho. Se dirigió otra vez a cubierta, con paso firme y la mandíbula apretada. Golpeó al primer hombre con el que se cruzó, apuñaló a otro y se enzarzó en varias peleas a la vez. Todo se volvió un borrón después de eso y, cuando quiso ser consciente, a su alrededor solo había sangre y cuerpos inertes.

Su respiración era errática, su cabello estaba pegado en su frente por el sudor y los músculos de sus brazos ardían por el esfuerzo.

—Ya está todo despejado —escuchó que le decía Ron.

—Hay que limpiar la cubierta.

Ron asintió y empezó a organizar a los demás. Todos se pusieron a trabajar de inmediato. Harry se tomó un momento para tranquilizarse y luego se unió a ellos para deshacerse de cualquier rastro que indicase que habían estado allí. Fue una tarea laboriosa, pero lograron eliminar toda evidencia de la batalla. Se sentó en el suelo al terminar, viendo cómo el cielo empezaba ya a clarearse. Le escocían las manos por frotar el suelo durante horas enteras y tenía un dolor de espalda que le estaba matando.

—Parece que te vayas a desmayar en cualquier momento —abrió los ojos sin ser consciente de que los había cerrado y miró a Sirius sentado a su lado. Mentiría si no dijese que estaba agotado—. Umbridge no ha dicho nada aparte de maldecirnos.

—¿Dónde está?

—Muerta —contestó su padrino—. Estaba cansado de escucharla.

—No creo que nadie la vaya a echar de menos.

—El mundo iba a estar mejor sin ella, sin duda.

— ¿Crees que hemos llegado tarde? —preguntó en voz baja.

Era algo en lo que no había querido pensar en toda la noche, pero ahora que ya no tenía nada mejor que hacer que sentarse, no podía evitar plantearse esa posibilidad.

—Snape asegura que Draco no ha estado aquí, que si lo hubiera hecho, Umbridge habría alardeado de ello. No me gusta darle la razón a Snape, pero creo que está en lo cierto.

—Así que ahora hay que esperar a Greyback.

—Sí. He enviado a Ronald para que dirija el Fénix hacia el otro lado del acantilado para que no esté a la vista desde lejos. Remus también se ha marchado con nuestro barco. Si Greyback trae a Draco, lo más seguro es que lo lleve directamente a Umbridge, así que mis hombres estarán escondidos en los camarotes del pasillo.

—Yo me ocuparé de él —aseguró.

—Capitán —llamó uno de los hombres de Sirius—, hemos avistado un barco en el horizonte.

Su respiración se estancó y su corazón empezó a latir con fuerza. Se levantó con energía renovada.

—Parece que no vas a tener mucho tiempo para descansar —dijo su padrino.

A Harry no le importaba. Caminó con determinación hacia las escaleras y luego por el pasillo hasta llegar al camarote de Umbridge. Se sentó en el sillón y cerró los ojos, intentando calmar su pulso frenético. Solo había un único y fuerte pensamiento en su mente:

Draco.


¡Hola otra vez! Jajaja

Bueno, hasta aquí llegó el punto de vista de Harry. En el siguiente capítulo retomaré la perspectiva de Draco desde donde lo dejé.

Ya lo dije hace algunos capítulos pero creo que es necesario repetir que ya queda muy poquito de esta historia.

Me da tanta pena, enserio.

¡Espero que os haya gustado!

Muchas gracias por leerme ❤️

Intentaré actualizar pronto :)