Capítulo 18:

Como en casa

Le costaba respirar. Tal vez porque Greyback tenía un puñal apuntando directamente en su garganta, porque su brazo izquierdo estaba retorcido en su espalda o porque Harry estaba frente a él y le miraba directamente como si fuese lo único importante en su vida.

—Como te muevas lo mato.

Podía notar que Potter estaba tenso, aunque su ceño no estaba fruncido ni su mandíbula se notaba apretada. Eran sus ojos verdes los que refulgían con rabia mientras observaba al carroñero y la manera en la que sus hombros se cuadraban, dándole un aspecto hosco.

—Piensa en esto —pronunció, lentamente—: Si matas a Draco, no habrá nada que me impida reventarte la cara, atarte a un mástil, y tenerte allí durante días enteros hasta que solo sueñes con morir. Si lo dejas en paz, tal vez me conforme con rebanarte la garganta.

Fenrir río, lo que provocó un escalofrío en Draco y apretó más el puñal contra su piel.

—No estás en posición de amenazarme.

—Y tú no estás en posición de verme cabreado. Umbridge ya se ha convertido en comida para peces, no me costará nada hacer lo mismo contigo.

—¿Sabes qué? —susurró en su oído. Sonaba perverso— Creo que voy a cerrarle la boca a tu capitán y luego me divertiré contigo. Estoy seguro de que le gustaría mirar cómo te abres de piernas.

Gimió con asco cuando Greyback le dio un lametazo en la mejilla. Era tanta la repulsión que sintió ante el tacto, que no pudo evitar caer al suelo cuando el otro lo empujó de forma violenta. Cayó sobre su costado, golpeándose la cadera y el hombro bruscamente. Su cabeza rebotó contra la superficie, haciendo que su visión se oscureciese durante un par de segundos. Emitió un quejido a la vez que se incorporaba con dificultad y se apoyaba en una pared cercana porque sentía que su consciencia se iba a desvanecer de un momento a otro. Escuchó un golpe y cuando fue capaz de fijar su atención en algo, vio a Harry golpear la cara de Greyback contra la mesa repetidas veces.

—Harry —llamó, aunque su voz apenas era un murmullo audible. La puerta se abrió y Draco tuvo que parpadear con fuerza para cerciorarse de que no estaba viendo alucinaciones—. Severus.

—Vamos —dijo su padrino, agarrándole del brazo.

Se dejó guiar como si no tuviera decisión, mirando al hombre a su lado como si nunca lo hubiera visto. Salieron de la habitación y caminaron rápido por el pasillo.

—¿De verdad eres tú?

Snape se detuvo para encararle. Estudió su rostro, su cabello negro, su piel cetrina y los ojos distantes que parpadearon suavemente y se ablandaron cuando asintió hacia él.

—Te lo explicaré todo luego, pero ahora tengo que sacarte aquí —contestó— ¿Estás herido?

—Sí, en el hombro y... —sacudió su cabeza. Todo iba demasiado rápido como para poder asimilarlo. Ni si quiera era capaz de comprender que Severus estaba allí— Me duele la cabeza, también, pero creo que no es grave.

—Bien.

El mayor le instó a caminar de nuevo hasta que llegaron a las escaleras que daban a cubierta. En el suelo estaba los dos carroñeros que acompañaron a Fenrir y fue eso lo que le hizo detenerse en seco.

—Espera —jadeó, clavando los pies en el suelo—. Harry está allí. Tengo que ir...

—No —espetó su padrino—. Potter se las arreglará.

—Pero...

—Tenemos que irnos ahora.

Miró hacia el final del pasillo, donde la puerta estaba cerrada. No podía marcharse sabiendo que Harry estaba posiblemente herido o desangrándose a manos de Greyback.

—Supongo que tú debes ser Draco.

Se dio la vuelta al escuchar una voz justo encima de ellos. Había un hombre parado a mitad de las escaleras. Llevaba una camisa hecha jirones, unos pantalones bajos y unas botas hasta las rodillas. Una espada colgaba descuidadamente en su cadera, su postura era relajada, casi alegre, y sus ojos grises que le miraban entre la curiosidad y la diversión. Sonreía como si fuese consciente de lo muy atractivo que era.

—Black, no tenemos tiempo para presentaciones.

Parpadeó ante las palabras de su padrino. Sirius Black, recordó.

—Tienes que ayudar a Harry —pidió, señalando hacia el pasillo. La desesperación era palpable en su voz.

Sirius asintió de inmediato, desenvainando su espada y bajando los escalones que le faltaban, lo cual agradeció profundamente.

—El Fénix está aquí a punto de llegar —anunció antes de encaminarse hacia la habitación de Umbridge.

Esta vez no hizo falta que le obligasen a avanzar. Sabiendo que Sirius iba a ir a ayudar a Harry, Draco subió las escaleras con rapidez, ansioso por volver a ver sus amigos.

Parecía que en la cubierta se había desatado un caos. Había rastros de peleas por todas partes y las velas estaban ardiendo en un fuego incontrolable. Se giró hacia el barco de Greyback, que estaba en peor condiciones. Había empezado a hundirse por proa, lo que hacía que estuviese inclinado mientras el mar lo engullía. Había otro barco al otro lado de éste y Draco supuso que era el de los Merodeadores. Se quedó allí un instante, viendo cómo el navío naufragaba. Reconoció a Smith, quien corría de un lado a otro para encontrar una manera de salir de ahí. Su mirada cayó en una figura pequeña que estaba aferrada a un mástil en la parte que aún estaba a flote y que reconoció de inmediato.

—¡Astoria! —gritó, corriendo hacia el barandal.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Snape.

Draco ya estaba demasiado preocupado en llamar la atención de la chica como para responderle. Cuando Astoria le vio, soltó el mástil con indecisión y se dirigió para quedar a su altura.

—¡Salta!

—No puedo —dijo ella. Parecía al borde de las lágrimas—. Está demasiado lejos.

—Necesitamos un cuerda.

Severus ya había conseguido una y la estaba enrollando para lanzarla. Draco tiró de ella al ver que Astoria consiguió sujetarla lo suficientemente fuerte. Su hombro dolía y todos los músculos de su cuerpo protestaban, pero unos segundos después había logrado alzarla hasta que llegó a cubierta.

—¿Estás bien?

Astoria asintió con el rostro lleno de lágrimas y abrazándose a él con vehemencia.

—Gracias.

Acarició su espalda para reconfortarla, observando cómo el barco de Greyback se hundía con rapidez. Se sintió reconfortado al pensar que lo carroñeros ya no podrían seguir navegando y destruyendo vidas.

—Tenemos que irnos —recordó Severus.

—¡Draco!

Se separó de Astoria, girando su cuerpo con los ojos anchos y la respiración entrecortada. Su pecho se expandió de alegría cuando vio al Fénix allí, justo al otro lado del barco. Corrió sin importarle los gritos de su padrino, sonriendo como un loco. Para su sorpresa, el primero en desembarcar del Fénix no fue otro que Neville, quién le abrazó firme entre sus brazos.

—Creí que no volvería a verte.

—Estoy aquí —consoló en tono suave. Le apretó un poco más cuando se dio cuenta de que el otro estaba llorando.

Elevó la vista por encima de su hombro y extendió un brazo al ver a Ginny acercarse a él, sonriendo con alegría. La pelirroja se unió al abrazo inmediatamente.

—Que delgado estás —se quejó ella.

Neville rió, apartándose de él y limpiándose el rostro.

—Se está volviendo como Molly.

—¡Oye!

Draco soltó una carcajada suave, observando a sus amigos. Tenía un nudo en la garganta y el cariño que sentía en ese momento era un alivio enorme en su cuerpo.

—¿Tu hermano está bien?

—¿A que hermano te refieres? —preguntó alguien a su espalda— ¿Al guapo rompe-corazones?

Se dio la vuelta para encontrar a Fred. Tenía la cara amoratada en algunas zonas, pero sonreía petulante con la barbilla alzada.

—Sí, estoy bien —respondió George en el mismo tono que su gemelo.

—Hablaba de mi, idiota.

—Todo el mundo sabe que soy más guapo que tú, Fred.

No le dejó responder porque Draco se lanzó contra ellos para abrazarles. No se había dado cuenta de lo mucho que los extrañaba hasta ese momento.

—La próxima vez que quieras ser el centro de atención... —comenzó George.

—Intenta hacer algo menos drástico —terminó Fred.

—No prometo nada.

—Más vale que sí —comentó Blaise— porque no pienso hacer otro viaje como este —a pesar de sus palabras, revolvió el cabello de Draco en un gesto afectuoso—. Me alegro de tenerte de vuelta.

Ron también se acercó a él, le agarró por los brazos y lo estrechó contra su pecho. Estaba tan sorprendido que ni si quiera fue capaz de reaccionar.

—Gracias por salvarle la vida a mi hermano. Nunca te lo podré pagar.

—Lo volvería a hacer si hiciera falta —aseguró.

El pelirrojo le miró incómodo cuando le soltó, lo que hizo que Blaise riese brevemente. A su lado, Severus les estudiaba a todos como si no comprendiese la escena. Draco negó con la cabeza. Su padrino siempre tendía a pensar lo peor de todo el mundo. Estuvo a punto de abrir la boca para decirle que ellos eran su familia ahora, pero un movimiento detrás de Snape le llamó la atención.

Potter subió a cubierta con la cabeza gacha, el cabello pegado a su frente por el sudor y la piel de las manos rotas. Draco corrió hacia él, sonriendo enorme cuando el moreno levantó la mirada y sus ojos brillaron al verle. Se estrelló contra su cuerpo con demasiada fuerza, pero a Harry no pareció importarle porque envolvió sus brazos alrededor de él de inmediato.

El nudo en su garganta se desvaneció cuando la primera lágrima se deslizó por su mejilla y su pecho se estremeció cuando empezó a sollozar.

—Tranquilo —escuchó el susurro tranquilo de Harry mientras le balanceaba suavemente y dejaba besos en su cuello—, ya ha pasado todo.

Asintió, respiró hondo para calmar su llanto y se separó del moreno. Le miró con más atención esta vez. Tenía un golpe en la mandíbula que pronto se haría morado y un corte debajo del ojos derecho. Draco acunó su rostro con las manos y junto sus labios. La tensión le abandonó por completo, dejándole laxo y relajado. Nunca había sentido tanto alivio como en ese momento.

—¿Estás bien? —le preguntó cuando rompió el beso.

La boca del capitán dibujó una sonrisa torcida que conocía muy bien, a la vez que negaba con la cabeza para que sus narices se rozasen.

—Creo que eso debería preguntártelo yo.

—¡Nos vamos! —gritó Sirius, sacándoles de su burbuja.

Draco hizo ademán de separarse por completo pero Harry se aferró a él.

—Déjame abrazarte un poco más —pidió. Su voz parecía rota.

El rubio asintió, envolvió los brazos alrededor de su cuello y cerró los ojos. Soltó un suspiro sereno. Si fuese por él, podría quedarse en esa posición lo que le quedaba de vida.


Se despertó como si una enorme roca estuviese encima de él. Le dolía la cabeza, sentía que sus sienes palpitaban y que su sangre burbujeaba caliente en sus venas. Se enderezó con pesadez, con todos los músculos protestando por el movimiento. Tenía el hombro vendado y sentía que su cara estaba pegajosa, seguramente por algún ungüento que le hubieron extendido. No recordaba el momento en el que le habían curado las heridas pero no le era extraño ya que se había quedado dormido en el camarote de Harry poco después de que zarpasen, una vez que dejaron todo lo relacionado con Greyback en el fondo del mar y no se había despertado hasta entonces.

Miró a su alrededor, notando que estaba solo. Tenía la boca seca y sentía un calor asfixiante, así que se destapó y se enderezó para sentarse. Se arrepintió de inmediato cuando el sudor se enfrió de golpe e hizo que su piel se erizase. La necesidad de beber agua era mucho más grande que el frío, así que ignoró el temblor de sus extremidades y se levantó para salir del camarote.

Fue una mala idea. Caminar se le estaba haciendo un suplicio, sus párpados se caían del sueño y su cuerpo se sentía más pesado de lo normal. Se detuvo para apoyarse en la pared del pasillo, intentando controlar su respiración.

—¿Es que no te das cuenta? Está enfermo, necesita un lugar donde pueda recuperarse y ese lugar no es un barco.

Se enderezó cuando reconoció la voz de Severus. Avanzó por el pasillo, intentando encontrar la voz de su padrino.

—¿Por qué no dejas que elija?

—Es obvio que tu egoísmo no te deja ver qué es lo mejor para él, por eso te aviso que no voy a dejar que lo retengas aquí, donde morirá.

—¿Pero quien te crees que soy? —esa sin duda era la voz de Harry y no sonaba feliz— No soy Greyback, ni lo voy a encadenar a una pared, pero tampoco lo voy a echar si él quiere estar aquí.

—¿Y si quiere irse?

Draco llegó a la puerta que daba al puente de mando* después de lo que le pareció un siglo. La empujó con cuidado, pero el chirrido de las bisagras anunció su presencia.

Severus estaba rígido, con los brazos cruzados y una mirada que hubiera congelado el océano. Harry en cambio parecía que simplemente quería matar a alguien. Ambos se encontraban de pie, uno frente a otro, y no hacía falta ser muy sensible para notar la tensión que se respiraba ahí dentro.

—¿Qué estás haciendo levantado? —interrogó su padrino— Debes descansar.

—No me trates como a un crío —se quejó.

—Olvidaba lo quisquilloso que eres cuando estás enfermo.

Draco soltó un suspiro y caminó hacia Harry. Se apoyó contra él y cerró los ojos complacidos cuando el moreno le envolvió con un brazo.

—¿Cómo estás?

—Como si pudiera dormir durante tres años enteros.

Notó una caricia sobre su frente y no pudo evitar inclinarse hacia el tacto de la piel fría de Potter.

—Estás ardiendo.

—¿Qué esperabas cuando te he dicho que tenía fiebre? —espetó Snape.

Abrió los ojos al sentir que el moreno se volvía rígido de nuevo. Su padrino tampoco se mostraba muy contento.

—Me alegra saber que sois tan buenos amigos —comentó con gracia, intentando aligerar el ánimo. Ninguno de los otros dos variaron sus posturas. Volvió a suspirar—. ¿Qué tengo aparte de fiebre?

—Una luxación en el hombro, deshidratación y una decena de cortes y moretones. No tienes ninguna herida infectada, así que la fiebre será a causa de la falta de agua junto con el estrés, la ansiedad y el cansancio.

—Ya veo.

—Un barco no es el mejor lugar para que te mejores.

Se irguió, mirando a su padrino seriamente. Ahora empezaba a entender de qué iba la conversación que había escuchado de ellos dos.

—No voy a irme —afirmó, contundente.

—Draco...

—¿Puedo hablar con Harry? —el mayor entrecerró los ojos, pero el rubio no se dejó amilanar— Por favor.

—Bien —concedió a regañadientes, no sin antes fulminar a Potter con la mirada—. Iré a dormir un rato.

—No lo hagas en mi barco —comentó Harry—. Sería demasiada la tentación de matarte mientras duermes.

—Algún día te atragantarás con todo ese ego que tienes, Potter.

Snape dejó la habitación con la cabeza alta y una mirada desdeñosa. Volvió a inclinarse sobre el capitán, apoyando a cabeza sobre su hombro para cerrar los ojos otra vez.

—No sé cómo lo aguantas.

—Solo se preocupa por mi.

—Podría preocuparse en silencio.

Rió en voz baja. Debería haberse imaginado que no iban a llevarse bien. Severus nunca había tenido problema en decir todo lo que pensaba, aunque sentase mal y Potter tenía demasiado orgullo y el temperamento muy corto como para aguantarlo. Era un milagro que no se hubieran matado a esas alturas.

—¿Cómo está Astoria? —preguntó.

—Bien, no ha hablado mucho, pero parece bien. Está durmiendo en tu camarote, con Ginny. Espero que no te importe —añadió—. No creo que se sintiera cómoda compartiendo habitación con ninguno de los chicos.

Una sensación de calidez se expandió en su pecho. Había tenido una suerte increíble al encontrar a alguien como Harry.

—¿Te he dicho ya lo mucho que te quiero?

—No lo suficiente.

Soltó una carcajada, girando su cuello para observar la sonrisa presumida de Potter.

—Severus tiene razón —rió—, tienes el ego del tamaño del cielo.

—Y encima no me avergüenzo de ello —comentó el otro, inclinándose para besarle—. Snape también tiene razón en que este no es un buen lugar para ti ahora mismo.

La sonrisa de Draco cayó. No quería reconocer que tenían razón, que un barco era un sitio húmedo donde el clima variaba con frecuencia, que tenían encontronazos con otra embarcaciones continuamente y que estaba en peligro la mayor parte del tiempo.

—No quiero... —comenzó a hablar pero se interrumpió cuando Harry negó con la cabeza.

—He pensado en que podíamos ir a Ottery St. Catchpole. Molly no tenía problema en acogerte en su casa y los chicos necesitan un descanso, así que nos quedaríamos atracados en el puerto por una temporada.

Exhalo el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.

—Te hubieras ahorrado una discusión si le hubieras dicho eso a Severus desde el principio.

—Se lo hubiera dicho si no me crispase tanto los nervios.

—Yo hablaré con él —respondió, rodando los ojos.

—Deberías dormir un poco antes de eso.

No lo discutió. Tenía más sueño que ganas de hablar con su padrino, así que se dirigió al camarote de Potter, bebió una jarra entera de agua y se quedó dormido antes de terminar de recostarse.


Dos días después, Draco se dio cuenta de que a Severus no le gustaba la idea.

Estaban en cubierta porque hacía ya unas horas que habían avistado tierra. Se encontraba cansado, los párpados le ardían y notaba toda la sangre de su cuerpo acumulada en sus mejillas. Sus manos temblaban levemente y no había sido capaz de soportar nada más que sopa en su estómago.

Había hablado con su padrino sobre la decisión de quedarse con los Weasley y le había hecho de todo menos gracia.

—Hablé con Dumbledore cuando me enteré de lo que les pasó a tus padres —comentó Snape—, puede ofrecerte resguardo.

Llenó sus pulmones de aire. Sabía lo sobreprotector que era y quería armarse de paciencia, pero el dolor en su cabeza no le dejaba pensar con claridad y la tensión en sus músculos le estaba matando. Solo quería llegar a una cama que no se moviese por las olas y dormir.

—Antes me tiro al mar que quedarme encerrado en Gryffindor —espetó.

—No seas testarudo —se dio la vuelta para regalarle una de esas miradas desdeñosas que su padre le había regalado y que Severus conocía tan bien y que por eso no le afecto en los mas mínimo—. Allí no correrás ningún peligro.

—Porque estaré encerrado en un maldito castillo —protestó— ¿Y después, qué? ¿Me encierro en una cabaña en un bosque perdido? ¿En una aldea que nadie conozca?

—Me dirás que es mejor estar aquí.

—Por supuesto que lo es. Estoy cansado de huir y esconderme. Tengo derecho a vivir —su voz se quebró con la última palabra—. He encontrado un hogar. Algo que ni si quiera mis padres pudieron darme y tú lo sabes mejor que nadie. No voy a renunciar a esto para encerrarme detrás de unas murallas.

—Está bien —murmuró el mayor, apoyando su mano sobre su hombro de manera reconfortante—, pero vendré a visitarte. No vaya a ser que tenga que despellejar a Potter.

Draco parpadeó las lágrimas acumuladas y dibujó una suave sonrisa. No necesitaba el permiso de su padrino, pero le alegraba tener su aprobación de algún modo.

Volvió su vista cuando el paisaje frente a él empezó a cambiar. Ottery St Catchpole seguía siendo igual de pintoresco, con su mercado colorido, sus calles estrechas y su pedrera verde. Percibió que una sensación de familiaridad se asentaba en su interior. Eso era lo que Severus no entendía.

Ahí, estaba como en casa.

—0—

*Puente de mando: es el lugar del barco desde donde se gobierna la nave y desde el cual puede comunicar el oficial de guardia sus órdenes a los diferentes puntos del buque.

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¡Hooooooola!

No creía que fuese a ser capaz de terminar este capítulo tan rápido teniendo en cuenta que publique una doble actualización hace una semana, pero aquí está.

Este es el ultimo capítulo, solo quedará el epílogo —que espero publicar este fin de semana— y se acabó lo que se daba.

Siempre me he imaginado el desenlace así: con un bonito reencuentro entre Draco y todos los demás y una emotiva charla con Severus.

No quiero despedirme ya porque, como ya he dicho, falta el epílogo. Solo espero que hayáis disfrutado con esta historia ❤️

¡Nos leemos pronto!