''Me volví un maldito maniático de su mirada, su risa.

Me convertí en su admirador; esa sonrisa que poco a poco me sumerge a un sentimiento placentero, su voz me estimula.

Me molesta, me hiere, pero a la vez me sana.

¿Por qué tenías que convertirte en todo eso?

No me di cuenta. Una noche completa pensando en él, su forma ridícula pero también optimista.

El pecho me quema porque quiero verlo, mis manos me arden porque quiero tocarlo, mi boca está sedienta porque quiero besarlo...

Lo odio, lo odio porque él hace que piense así.

Soy un maldito cursi, uno que sin duda, cayó en los encantos de un amigo.

Me convertí en su admirador.

Tengo que callar, callar por siempre lo que tú me haces sentir.''

— Oye, Madara... yo sé lo que me quieres decir. — Hashirama con convicción, miró de reojo al pelinegro. — ¿Por qué no me lo dices de una buena vez?

El viento frío de aquel lugar, caló cada parte del cuerpo del pelinegro. Estaba convencido de que Hashirama estaba sospechando algo. La cara del sujeto se volvió pálida. ¿Qué pasaba si su amigo de toda la vida le decía sus verdades a la cara? ¿cómo iba a reaccionar?

Ante la inquietud, Madara apretó los puños esperando lo peor.

— ¿Qué es exactamente lo que te quiero decir? — Respondió con un tono más serio. Tal vez este momento, se convertiría en el más importante de su vida, podía ser para bien o para mal. — No entiendo lo que quieres decir.

— Hace un tiempo estuve pensando sobre nosotros...— Respondió finalmente.

El hombre de cabello negro desvió de inmediato la vista del frente, en cosa de segundos, la vista se volvió completamente maravillosa, aunque, en realidad no había mucho que ver. El color era tan blanco que los ojos le dolían.

— ¿Sobre... nosotros? — Cuestionó Madara.

— Es sobre lo que tú piensas constantemente...

— Habla de una buena vez.

Hashirama tomó una buena bocanada de aire, fue como si tomara la inspiración del aire congelado, de la preciosa vista con el oleaje suave, el canto de la barrera de hielo, las que se apilaban una sobre otras. Madara todavía se cuestionaba el porqué aceptó ir hasta ese lugar con él.

— Hemos compartido muchas vivencias juntos, Madara... — El más alto bajó la mirada, este estaba buscando un punto fijo entre las huellas que había dejado en la nieve. — Aventuras, historias, cosas que, nadie nunca podrá tener contigo. Yo quisiera saber algo.

El cuerpo del pelinegro estaba temblando. Sus brazos se cruzaron para así aguantar el frío, también como un gesto para darse el ánimo necesario. ¿Qué iba a decir? ¿qué haría? su boca botó el aire que estaba conteniendo para no gritar algo indebido por los nervios. El vapor de su boca se esparció. De pronto, sintió un calor que solamente ese hombre podía otorgar.

Los brazos de Hashirama rodearon los hombros de Madara, finalmente, en el pecho de este, se unieron sus manos.

— Madara... — Dijo cerca del oído de este.

Un escalofrío recorrió su espalda, incluso pudo percibir el calor de sus mejillas. Su quijada se tensó tanto que, seguramente pensó se iba a romper los dientes.

La voz de Hashirama lo estaba llevando, lo necesitaba, lo...

— ¡Tenemos que hacer competencia para orinar! ¡El que escriba su nombre completo con la orina en la nieve, gana! — Concluyó el hombre de cabello castaño oscuro y largo.

Toneladas y toneladas de nieve cayeron sobre la cabeza de Madara.

Con fuerza lo apartó.

— ¡Ah, maldita sea! ¿cómo se te ocurre decir eso? ¿eh? ¡¿sabes en la situación que nos encontramos?! ¡Todavía no sé el motivo de este viaje tan extraño, y a ti se te ocurre escribir tu nombre con pipí en la nieve! ¡serás imbécil! — Gritó Madara por lo ridículo que se estaba sintiendo.

El contrario se sentó en la nieve y se agarró las rodillas como un muchacho cayendo en la depresión.

— Yo solo quería tener un momento divertido, te comportas tan mal cuando te enojas. Nunca sonríes, yo siempre sonrío, pero tú no lo haces, y yo... —

Mientras Hashirama musitaba una y otra vez las mismas palabras, Madara se dio media vuelta para cambiar la dirección del recorrido. No estaba cabreado por los juegos tontos que su amigo podía inventar, estaba enfadado consigo mismo por pensar mal, por creer que ese momento se convertiría en uno de los más importantes de su vida.

— ¡Vámonos!

A pasos agigantados y pesados, siguió un camino marcado por algunos vehículos. Seguramente, si seguía esas marcas, lograrían dar con la cabaña de alojamiento.

— ¡Espérame!

Corrió como pudo trás Madara, este por otro lado, observó la espalda del pelinegro. No pudo evitar sonreír.

Ninguno de los dos dijo nada. Hashirama tenía la esperanza, una pequeña luz de esperanza. Sabía que Madara era muy directo. Si debía confesar algo, lo haría de la forma más poco normal, pero ese no fue el momento. En el fondo estaba decepcionado. Madara no sentía nada especial por él.

Estaban incluso más perdidos que la primera vez. Lo único que los salvaba era que ambos traían una mochila con objetos de primera necesidad.

— Estamos más perdidos que hace un rato... ¡Ay, qué será de nosotros, Madara! Mira, el sol se está poniendo. La temperatura comienza a bajar, y todo es porque nos apartamos del resto.

— Nos apartamos del resto por tu culpa, tú quisiste sacar fotografías al puto pingüino que pasó por ahí, y ni siquiera era un pingüino, era una jodida bolsa. — Frustrado trató de buscar una solución a sus problemas. A unos cuántos pasos más allá, logró apreciar vapor. Si había vapor, podía estar la solución.

— Madara...

— ¿Qué?

— Allá veo unas luces, ¿no será ese el camping? —

Madara se subió a una roca, justo donde estaba Hashirama. Él tenía razón, habían muchas luces.

— Tienes ojos para ver las luces, pero no para diferenciar a un pingüino de una bolsa. — Regañó este dándole un pequeño golpe en la espalda. — Debe ser allá.

Ambos siguieron a paso firme. Hashirama creyó necesario utilizar varillas para ver si el suelo estaba blando. Sin embargo, no hubo peligro.

Por fin, los dos llegaron hasta esas luces.

No era camping, más bien eran las cabañas habilitadas para los visitantes.

De pronto, notaron como un muchacho de cabello claro, corrió angustiado hacia esos dos.

— ¡Hashirama! ¿estás bien? ¿eres un tonto? ¿dónde estabas? ¡Estaban a punto de comenzar una travesía para realizar la búsqueda de rescate.

Madara no tenía buena relación con Tobirama, aquel que se coló en el viaje porque lo creyó necesario. Era el hermano menor de Hashirama, pero parecía que él fuese el más grande.

— No fue para tanto, solo quise tomar una foto a un pingüino, y todos se adelantaron. Madara me esperó, como siempre.

Tobirama no dijo absolutamente nada, simplemente miró por el rabillo del ojo al pelinegro. Este último, caminó detrás de esos dos.

— ¿De verdad no quieres ir a mi cabaña, hermano? No me explico cómo te gusta pasar tiempo con Madara.

— Todavía estoy acá atrás, Tobirama. — Replicó el pelinegro.

— ¡Por lo mismo! — Volteó un momento la cabeza para contestar— ¡No me agradas!

— Es recíproco — Contestó de mala gana. Madara no iba a seguirle el juego absurdo al muchacho, simplemente se desvió de su camino. Con calma encontró la cabaña que les correspondía. Sacó la llave de su bolsillo, y una vez adentro, encendió las luces, se quitó la mochila y fue directo a lanzarse a la cama de la habitación. Pensó que la temperatura estaría más agradable allí, pero se equivocó. Hacía un frío incluso más feroz allí.

De mala gana se volvió a levantar, esta vez para encender el fogón que a todos les dejaban listos para encender. Con tranquilidad colocó los leños, puso algo de papel y luego, un cerillo. Sopló un instante hasta que, la madera comenzó a arder. Rápidamente cerró la puerta del fogón, luego fue por la tetera con agua, al poco tiempo estaba en la cocinilla de leña.

Por fin la casa tomaba temperatura.

Hashirama se estaba tardando, seguramente había aceptado quedarse con su hermano, sin embargo, toda esa teoría se fue a la basura pues este hombre apareció en la puerta de entrada. Evitó toda clase de contacto visual.

Al igual que Madara, dejó su mochila en la entrada, avanzó a pasos agigantados hasta el baño y ahí se encerró.

No se iba a entrometer. Hashirama era de temer con su genio, podía ser muy dulce, atento, considerado e incluso suave de carácter, sin embargo, cuando se lo proponía, podía ser bastante duro con sus palabras, tanto así que, si deseaba causar daño, lo hacía verbalmente y con hechos. Pero, aunque tuviera ese momento tan fuerte, siempre terminaba por sentirse mal.

Era muy sensible.

Madara sabía exactamente qué hacer en esos momentos. Con tranquilidad fue hasta la alacena donde sacó una olla, luego fue hasta la nevera, de ahí tomó verduras y champiñones, luego una crema y agua. Todo esto lo preparó de manera meticulosa, fijándose además en la cantidad de sal que le echaba.

Al poco rato, la sopa de crema de champiñones estaba lista. Había un agradable aroma. Olor que llamó la atención de Hashirama. Este en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba sentado en la mesa para comer.

El pelinegro sirvió en un plato ondo, sobre la crema puso una hoja de apio. Al rato después, los dos estaban disfrutando de la comida favorita de este.

— ¡Hace mucho tiempo no cocinabas para mí!

— No tenía tiempo. Pero compré estas cosas antes de venir hasta acá. Generalmente cuando te quedas mucho tiempo con tu hermano, es porque algo malo ocurre. Y tengo esta técnica infalible para que cambies tu genio. —

Madara no se concentró en mirar a su compañero, más bien estaba disfrutando de la crema de champiñones.

Hashirama en cambio, sintió cómo su mentón tembló ante la emoción. La sensación cálida invadió su pecho, a punto de soltar un suspiro, mordió su labio inferior para no hacerlo.

— Gracias, Madara. Tú me quieres mucho. — Dijo sin más. Ahora él no estaba prestando atención del gesto del pelinegro.

Su ceño se frunció, un ligero sonrojo apareció en sus pómulos, lo bueno de esto, es que podía decir que el calor de la cabaña y la sopa, hicieron que su cara enrojeciera. Pero no tuvo la necesidad de mentir.

La comida se volvió silenciosa, nerviosa, pero deliciosa. Hashirama no estaba muy conversador, pero no quería hacerlo pues, por cada cucharada que probaba, sentía que escalaba arriba de una montaña para ver el solsticio. Madara en cambio, no era mucho de charlas al momento de comer. Pero, a pesar de eso, no evitó que de vez en cuando sus miradas se cruzaran.

Dos y media de la madrugada. Hashirama dormía como tronco, estaba estático en la cama, solo se oía su respiración. Lo único que Madara podía ver de él, eran sus ojos y su nariz que se asomaban en medio de esas gruesas mantas.

El pelinegro admiró la paz que tenía ese hombre. ¿Cómo podía ser posible que ese ser estuviese tan tranquilo?

Ambos eran polos opuestos. Hashirama dormía lleno de mantas, Madara estaba a torso desnudo, solo vestía un pantalón holgado abajo. Tenía tanto calor. La cabaña había cogido temperatura después de tener los leños encendidos.

— Mierda...

Musitó. Se restregó la cara con ambas manos para apartar la inquietud y por fin tener sueño. Esto no funcionó, solo logró que este se sintiera más despierto. Por ello, Madara se sentó en la orilla de la cama. Nuevamente tenía los ojos puestos en Hashirama.

Silencioso se acercó hasta este hombre.

Se deleitó con su respiración calmada, con la paz que este transmitía. Su mano derecha fue directamente a su rostro, lugar donde dos mechones castaños oscuros estorbaban la visión de Madara. Con suavidad las movió dejándolas junto a las otras. En ese momento, aprovechando la debilidad del otro, se atrevió a depositar un cálido beso sobre su frente.

El perfume de ese hombre era único, varonil, exquisito.

De pronto, Hashirama se quitó un poco la manta de la cara, se movió un poco pues estaba durmiendo en posición fetal, ahora estaba boca arriba.

Madara se lanzó al suelo cuando este comenzó a moverse, sin embargo, al rato volvió a mirarle para verificar este seguía dormido.

— Madara... yo...

El pelinegro al oír su nombre se alertó. ¿Qué quería decir Hashirama?

— ¿Tú qué?

Preguntó con la esperanza de alguna respuesta, pero Hashirama tenía una media sonrisa dibujaba en sus labios, una que desapareció en medio de sus sueños.

— Espero que no sean tus deseos de orinar en la nieve. —Rió suavemente.— Tienes la mala costumbre de estar observando cuando voy a hacer eso. Eres un enfermo. —

Negó con la cabeza, era momento de dormir. Mañana tenían que salir temprano junto con el primer grupo para asistir a una expedición.

Su mente volvió a divagar: ¿Quién iba a pensar que estarían juntos al fin del mundo? No pudo evitar recordar la primera vez que lo conoció en la escuela primaria. Los dos como polos opuestos. Hashirama tan gentil con todos sus compañeros y Madara, tan poco considerado.

Sin embargo, al estar juntos, eran un gran equipo. Se apoyaban mutuamente, incluso contando situaciones personales e íntimas.

En secundaria aconsejando sobre amores. Madara siempre tan opaco con las mujeres, a diferencia de Hashirama. Pero, ¿en qué momento comenzó tal atracción?

Un gran pesar sintió el pelinegro al recordar a esa mujer de cabello rojo y perfectas facciones, una que prácticamente enloqueció a Hashirama, a tal punto que, este hombre lloró por ella.

Fue una de las mujeres más codiciadas, pero también fue bastante directa en rechazar a cada uno de los chicos, a excepción de Hashirama.

Los celos poco a poco lo estaban invadiendo. Encontrarlos en el parque frente a la universidad compartiendo un beso bastante íntimo, luego disfrutando de paseos juntos, entre un sin fin de cosas más. Madara se mantenía al margen, no tocaría un terreno que no le correspondía.

Pero, debido a ello, se sintió bastante desplazado.

Tiempo después, esa mujer llamada Mito, terminó la relación con Hashirama pues, ella debía seguir su carrera en otra universidad.

Hashirama, al ser un hombre tan sensible, cayó en depresión. Lloraba casi siempre, aunque no se lo decía a nadie. Bajó de peso, el color de su cabello cambió, tanto así que llegaba a estar mal cuidado. Él no quería preocuparse por nada.

Poco a poco sus calificaciones bajaron, al punto de correr el riesgo de perder los años de universidad.

Madara, testigo de todo esto. Lo sacó de la clase; no le importó estuvieran todavía en ella, simplemente lo llevó a su casa y ahí le preparó su comida favorita. Sopa de crema de champiñones. Era pleno verano, pero eso no importó.

Fue un sermón de horas, conversación que terminó en llanto por parte de Hashirama, pero que pronto se terminó y se transformó en una ancha sonrisa.

Desde ese entonces, sus calificaciones volvieron a ser las mismas, se graduó junto con Madara, y juntos como siempre, encontraron un trabajo al cual dedicarse. La investigación en terreno.

Madara volvió a mirar a Hashirama dormir. No se había dado cuenta que este comenzaba a temblar. Preocupado se levantó de la cama para tomar su temperatura corporal. ¿Estaba enfermo?

Con prisa buscó un termómetro para tomar su temperatura. Con cuidado movió su brazo y puso esto bajo su axila, esperó un momento y cuando estuvo listo, lo sacó para revisar. Él estaba bien, entonces, ¿qué pasaba?

— Tengo frío, no te preocupes... no estoy enfermo. Es que, la casa está fría.

El pelinegro no se había percatado de lo frío que estaba. Él estaba acostumbrado a las bajas temperaturas, pero Hashirama no. Rápidamente fue hasta la cocina donde encendió nuevamente el fogón. Esta vez le tomó más tiempo hacerlo pues los leños también se enfriaban. Al poco rato, volvió donde estaba Hashirama.

— ¿Eh?

— Me tomé la molestia de hacerlo. — Demostró una gran sonrisa en sus labios. Sus ojos estaban adornados con dos pequeñas ojeras.

Hashirama había juntado las camas. Madara no se había percatado de eso.

— Encendí el fuego, yo creo que con eso basta.

— Gracias...

El castaño caminó hacia él, suavemente tomó su mano derecha para guiarlo a la cama. Este simplemente se dejó guiar. No supo en qué momento estaba recostado en la cama otra vez, al otro lado estaba Hashirama, invadiendo parte de su cama.

Su amigo tenía el sueño pesado, pronto se volvió a dormir.

— Mierda...

Seis de la mañana. Madara despertó primero que su compañero de habitación, ya venía siendo hora de levantarse.

— Hashirama, despierta. Tenemos una expedición hoy.

— ¡Cállate y quédate conmigo! — Respondió de mala gana. Rodeó rápidamente el cuerpo del pelinegro. — Además estás calentito. ¿A quién le importa la expedición? Yo solo quería estar tiempo contigo. — Musitó con los labios estirados mientras volvía a quedarse dormido.

Madara abrió los ojos con sorpresa. ¿Había escuchado tan mal?

— No debería sorprenderme tanto, después de todo... somos amigos...

Hashirama se estaba haciendo el dormido. Había descansado perfectamente bien, simplemente quería estar a su lado

— ¡Te estás haciendo el dormido! — Le gritó de repente— ¡Debes ser responsable con tus obligaciones, Hashirama!

— ¡Ah! — Lo soltó y se dio la media vuelta. — ¿Por qué no me dejas disfrutar un rato de la cama? Te comportas como mi hermano. Todo lo quiere hacer a su manera, y no disfruta de esto.

— ¡Tu hermano se coló a este viaje! Y no me compares con él. No le agrado y tampoco me agrada a mí. De hecho, estropeó todo el maldito viaje — Soltó sin pensar.— Quería pasar tiempo contigo a solas, no ser vigilado todo el tiempo por el imbécil de tu hermano. Cada vez está más insoportable y no sé porqué, ni siquiera he hecho algo malo para que actúe así. ¿Qué mal te he causado? Siempre he estado para ti. He sido indispensable. Y aún así, me odia.

— Él no te odia, Madara... — No sabía la razón, pero en ese momento estaba sonriendo, seguramente porque consiguió que ese ser duro de corazón, rompiera un poco el hielo. — Él simplemente está inseguro.

— ¿Y de qué? ¿a qué le tiene miedo? ¡No soy un asesino! He dedicado mi vida completa a cuidarte.

— Exactamente de eso tiene miedo. — Confirmó finalmente.

Madara guardó silencio mientras Hashirama se acomodaba. Con cuidado apoyó los codos en el colchón, luego se sentó al costado de las almohadas, lo mismo hizo Madara.

— ¿Miedo a que siempre me quede contigo? — Preguntó.

— Es... diferente — Miró directamente los ojos, aquellos ojos oscuros que lo absorbía. — Él está convencido que tú estás enamorado de mí. — Soltó. La seudo confesión de Hashirama lo dejó perplejo, sin habla, nervioso, tenso, incluso más molesto que antes.

Su cabeza se armó de dudas, un lío y cadenas entre nudos que no podía ordenar.

Sus nudillos se veían tensos. El castaño lo percibió.

— ¡¿Y eso qué?! — Respondió con bravura el pelinegro. — ¡¿Y qué si estoy enamorado de ti?!

Los ojos del castaño se abrieron como plato, sus pómulos acumularon un color rosáceo que disimuló entre una sonrisa. Su corazón estaba a punto de salir por su garganta.

— Te estás burlando de mí, ¿verdad? — Tuvo la necesidad de desviar la mirada, no quería verlo a los ojos. Sería muy obvio.

— ¿Qué?

— Es que yo... — El castaño mordió ligeramente su labio inferior. Tenía que ser valiente, era ahora o nunca.— siento exactamente lo mismo por ti... — Finalizó.

Madara por fin cayó en cuenta. Se había confesado sin siquiera darse cuenta. Un momento que esperó fuese especial al aire libre, terminó siendo una confesión a punta de gritos en una habitación cálida.

De pronto los dos callaron. No hubo más palabras, solo incertidumbre.

El pelinegro sintió cómo su pulso aumentó. Sus mejillas también tomaron un color carmín, uno que a diferencia del castaño, no pudo disimular. Las manos las tenía apoyadas en las mantas las cuales presionó, su ceño se frunció. ¿Qué más podía decir?

...

Minutos más tarde, las palabras no resolvieron nada. Los dos se vieron a los ojos esperando que uno cayera, sin embargo, debido al impulso y confesión extraña, ambos terminaron por reír de manera nerviosa.

'¿Qué tan extraño será besar tus labios?

Siempre me cuestioné ello, ahora sé la respuesta: El mejor de los postres.

¿Qué tan maravilloso será desnudar tu cuerpo?

Siempre quise saber qué se sentía. Ahora la respuesta es: Calor.

¿Y si tus manos acarician mi piel? ¿qué sentirás tú?

Me limité a cerrar los ojos, la palma de tus manos morenas eran algo ásperas, pero cautivadoras.

Finalmente me entregué a ti, como tú te entregaste a mí.''

Las manos del castaño estaban aprisionadas a los costados de su cabeza por las fuertes manos del pelinegro. La respiración de ambos estaba ya bastante agitada, como su piel brillaba debido al sudor que provocaron los besos y el calor que aumentó el líbido.

El cabello de Madara caía como una cortina al costado, una que cubría los perfectos besos que daba en los labios de su amigo. Poco a poco sujetó su lengua, ansioso la tomó entre sus dientes para luego succionarla como si se tratara de un dulce placentero.

Era un sonido excitante, lleno de deseo. Un hilo de saliva se veía cuando la punta de sus lenguas se separaron.

La piel blanca de Madara reflejaba el calor acumulado en sus hombros, pecho y vientre. Hashirama en cambio era más difícil de notar.

Con suavidad el último meneó su cadera en contra de la pelvis adversa. Los jadeos retumbaban en las paredes de esa cabaña, mientras el viento agresivo de afuera lo que hacía era contrarrestar para que nadie se diera cuenta del pecado que estaban cometiendo.

Golpe suave, uno más agresivo, todos amortiguados por la pared de madera, ella recibía el respaldo una y otra vez mientras el pelinegro embestía con dulzura aquella cavidad. Hashirama presionaba perfectamente, sus paredes anales creaban una fuerza de fricción placentera para su amante.

La escena se volvió erótica, hermosa.

Hashirama pedía más, más y más, hasta que, Madara no aguantó más y depositó su semilla en su interior.

Las gotas de sudor cayeron en el rostro del castaño. Este con ternura las secó. Ahora era su turno.

Con gentileza, tomó la barbilla de su amigo, sin advertir, depositó un intenso beso sobre sus labios, pasional, lleno de ternura.

Madara presionó desde el tronco hasta la punta una y otra vez, hasta que, la semilla del adverso cayó sobre su vientre, manchando a ambos por igual.

Tobirama veía la escena con ojos inauditos. Su frente estaba apoyada en la fría pared del exterior de esa cabaña. Había un pequeño espacio de la ventana de ese pequeño hogar que daba la visión a la habitación de esos dos.

Su corazón palpitó. No sabía si era preocupación o rabia.

— Joven Tobirama, ¿su hermano está bien? ¿vendrá a la expedición?

— No... — Contestó rápidamente con la cara roja.

— ¿Se encuentra bien? — Cuestionó el hombre.

— Sí. Deja a Hashirama tranquilo, al parecer enfermó.

— ¿Y Madara?

— Luego irá...

Día anterior - conversación antes de que Hashirama entrara a la cabaña.

— Quiero que seas sincero conmigo, Tobirama. ¿Por qué te molesta tanto que comparta con Madara?

— Porque estoy seguro que él siente cosas por ti.

— ¿Y tú crees que yo soy igual?

— ¿Cómo saberlo? Desde que rompiste con esa chica, el único que te dio consuelo fue él. ¿Por qué no puedo pensar que es así?

Hashirama volteó a ver a su hermano a los ojos, lleno de dudas.

— ¿Por qué lo odias? ¿qué te ha hecho él a ti?

— Nada, absolutamente nada...

— Tobirama. — Hashirama lo vio con fuego en los ojos. — Amo a ese hombre, y si te entrometes, olvida que tienes un hermano con el cual contar. ¿Eso querías escuchar?

El peliblanco quedó en silencio mientras veía como su hermano caminaba con furia a la cabaña. Cuando dio el portazo, Tobirama miró al cielo.

Ahora entendía por qué la isla se llamaba así.

La isla decepción...

Madara y Hashirama, un amor que debía aceptar.

— No... — Susurró para él mismo a solas— No lo odio... ese es mi gran problema. Tal y como tú, me he enamorado de Madara...

El viento agresivo se llevó esas palabras, queriendo que ese sentimiento por parte de él se olvidaran.

— Pero él te escogió... — Sonrió.

NOTA AUTOR:

¡Esta historia es para Julieta! -aplausos y gritos eufóricos del público- (?)

¡Saludos al grupo SASUSAKU FOREVER 3!

Tu premio por el 3° lugar del juego dinámico.

No tengo nada más que agregar. Espero les haya gustado esta pequeña historia.