Palabra: reproche.


Haz que todo arda

I am the chosen wretched and divine
I am the unspoken
The one they left behind
Feelings fire till we die
I am broken the wretched and divine

Wretched and Divine, Black Veil Brides


Lo sorprende por detrás cuando no hay nadie. Una de sus manos se detiene en su vientre, la otra en el cuello. Disfruta sentir cómo se le corta de golpe la respiración, como se tensa. Lo disfruta demasiado, quizá. Sonríe y sus labios se acercan a su oído.

—Me alegra tener tu atención.

Poco a poco la respiración del otro se va normalizando y Tomura siente como la mano de Dabi busca su muñeca, la de la mano que se quedó en su vientre —con el dedo meñique ligeramente separado para no hacer contacto— y la lleva hacia abajo.


Dabi lo sorprende la siguiente vez. Lo agarra desprevenido. En un momento Tomura está contra la pared y una de sus manos está inmovilizada contra la pared. Mantiene alejado uno de sus dedos, sólo para asegurarse de no colapsar el lugar. Mueve la otra mano con rapidez, antes de que Dabi pueda alejarla de su cuerpo y le entierra un par de uñas en la cadera; luego tres. Y luego.

—No te atrevas a poner un dedo más encima de mí.

Tomura se ríe. No puede ver el rostro de Dabi, que está justo detrás de él.

—Creí que te excitaba la idea de morir.

—No hoy.

Siente la respiración de Dabi en su cuello. Tomura le entierra el cuarto dedo en la cadera. Casi puede sentir sus huesos, porque el imbécil está cadavérico.

—¿Qué harás si lo hago?

Silencio.

—No había pensado en tanto —admite Dabi.

No, por supuesto que no. Si no tiene que ver con la supervivencia de la Liga, Dabi no piensa nunca previendo el futuro. Ni siquiera cinco segundos. Le da igual, como casi todo.

—A veces me pregunto si te acercas porque quieres fajar o quieres tentar a la muerte —murmura Tomura.

Dabi no responde. La mano que todavía tiene libre rasguña la parte visible de la espalda de Tomura, sus dientes se clavan en la curva de su cuello; busca dejarle una marca, algo visible. Cualquier cosa que diga estuve aquí.

Tomura lo deja.

Ya se lo cobrara más tarde.


No es que le guste Dabi —a quién en su sano juicio le gustaría alguien que se engrapa pedazos de piel para parecer ser humano—, es que le gusta la atención y Dabi es capaz de darle toda la que quiera.

Quizá es porque sus dedos son amenazantes, especialmente cuando hay tres sobre la barbilla del otro, pero eso son sólo detalles.

—Sigues despertando.

Dabi se mueve mucho cuando duerme, patea y tiene pesadillas. Probablemente las recuerda o las entiende mejor que Tomura, cuyas pesadillas suelen estar llenas de gritos inconexos de gente que no recuerda.

—¿Harás algo al respecto? —reta Dabi.

Tomura admira su falta de instinto de conservación. O algo así. Duda ser capaz de sentir admiración realmente.

(¿Es capaz de sentir algo además de rabia y deseos de destruirlo todo a su paso?)

—Puede.

Lo acerca hacia sí y lo besa. Dabi muerde. Parece que quiere comérselo vivo y Tomura no está dispuesto a dejarse.

No encajan, no concuerdan, su relación es una que ni debería existir. Es pura piel con piel, besos que amenazan con arrancar los labios de otro a mordidas, uñas que se clavan en el cuerpo del otro. Es un sustituto de la ternura. Quizá podría decirse que Tomura la extraña, pero cómo puedes extrañar algo que nunca has sentido porque no lo recuerdas.

Y ni siquiera se esfuerza por hacerlo, aunque a veces hay algún guiño en su mente: la yema de unos dedos que tocan las cicatrices que tiene en la cara, una mano sobre su cabello, una risa dulce que no puede colocar en ningún lugar de su memoria.

Su cuerpo recuerda cosas que él no.

—Pasan de las tres —murmura Dabi, al separarse.

Tomura lo jala por el cuello de la playera.

—¿Me estás diciendo que quieres dormir?

Dabi sonríe de lado.

—No.

—Bien.

Su otra mano se dirige hasta su espalda, donde le clava los dedos —sólo cuatro—. Y su dedo meñique toca su playera, que se desintegra en segundos.


La memoria de su cuerpo y su mente no coincide.

Quizá de eso van sus pesadillas. Los gritos. Las súplicas. La sangre. Nada tiene sentido en ellas.

A veces también despierta y está cubierto en sudor. Cuando eso ocurre, sólo espera que Dabi despierte también.

La cercanía le hace olvidar que la sensación de incomodidad que le deja soñar alguna vez existió.


Es capaz de reconocer que sí se preocupa. En general. Quiere proteger a la Liga porque se ve reflejado en ellos, todos seres humanos abandonados a la deriva. Quiere vengar el asesinato de Magne, demostrar que él es más fuerte, demostrar que es capaz de destruirlo todo. Todo merece perecer.

Un día que están solos encuentra a Dabi mirándose al espejo, moviéndose el cabello. No entiende lo que hace hasta que se acerca lo suficiente para ver el tinte. Se queda en el marco de la puerta, sin hacer ruido, esperando a ver si Dabi se da cuenta de su presencia. Pero nunca lo hace y Tomura se irrita. Le gusta que lo noten. Se quita la mano de la cara cuando se acerca.

—Así que no es natural —comenta, como si nada.

Le alcanza a ver las raíces blancas.

Dabi pega un respingo que parece que va a salir corriendo. Lo ve como las partes de su piel que todavía parecen piel se ponen rojas. «Adorable», piensa, porque de lejos hasta podrían parecer una pareja normal y no las piezas de un rompecabezas que no encaja y está pegado por puro odio y rabia. Ahora puede explotar ese conocimiento.

—¿Te importa?

—No. —Tomura cruza los brazos sobre el pecho. Se acerca hasta que está detrás de él y puede ver a los dos al espejo—. Me importa una mierda.

—¿Y entonces qué chingados estás haciendo aquí? —La voz de Dabi sale brusca, no lo invita a quedarse y es un claro «lárgate».

Tomura, por supuesto, ignora el tono. Deja a Padre a un lado y agarra a Dabi por la cadera.

—¿Qué te parece que estoy haciendo? —sonríe.

Dabi lo mira con algo que parece reproche y a Tomura le importa un pito. Si están juntos —estirando el concepto de «estar juntos» al máximo, como una liga a punto de tronarse— es por pura auto conservación, no porque les importe algo más.

Tomura está convencido de que a Dabi no le importa nada lo suficiente y él sólo quiere destruirlo todo.

Nada puede nacer de ese odio.

Y sin embargo. Ahí están.


Es un juego macabro.

Están con el otro intentando llenar sus carencias, reprochándoselas cada vez. La única convicción que existe en la vida de Tomura es destruirlo todo, hacer que todo arda, que todo decaiga, que todo colapse. Es, probablemente, lo único que comparte con Dabi, además de lo físico.

Es una imitación de una relación real. Es una búsqueda de atención constante. Porque Tomura la necesita, pero se niega a aceptarlo.

Y Dabi se la da. Y le da el placer de verlo temblar al roce con sus dedos y mirarlo desafiante después, porque no le tiene miedo a morir o a desaparecer.

Así que un día lo agarra por la barbilla, con cuidado de no tocarlo con los cinco dedos.

—No te quiero, ¿sabes?

Dabi sonríe de medio lado, enseñándole todos los dientes. Intenta quitar la mano de su barbilla y le aprieta la muñeca. Pero Tomura no cede. Nunca cede, no está en su naturaleza. Necesita saber que puede destruirlo todo, si quiere. Sentir que tiene el mundo en las yemas de sus dedos.

A veces, el mundo es Dabi.

—No esperaba que lo hicieras.

Así funcionan. No conocen otra manera.


Notas de este capítulo:

1) Nunca jamás en la vida me había encontrado con un narrador tan difícil como Shigaraki. Es muy complicado, se los juro, hacía mucho que no sentía la tentación de estrellar mi cabeza contra el teclado. Adoro mucho a Shigaraki (a niveles no demasiado sanos) y sólo quiero abrazarlo (él probablemente no quiera) y adoro mucho su arco en el manga de BNHA y todo.

2) Cronológicamente, si quieren un lugar donde esté situado esto, es durante el arco de Overhaul después de la muerte de Magne pero antes de la batalla con los nueve preceptos (más o menos lo que acaba de pasar en el anime). Lo puse allí para ponerlo en algún lugar que ya hubiera salido en el anime y porque todavía no quiero lidiar con lo que está pasando en el manga, quiero que avance más.


Andrea Poulain