Palabra: lucidez.


La piel que habitas

Every time we lie awake
After every hit we take
Every feeling that I get
But I haven't missed you yet

I Hate Everything About You, Three Days Grace


Siempre tiene las uñas un poco más largas de lo que debería, mal cortadas, llenas de picos. Nunca se extraña cuando se saca sangre del cuello o debajo de los ojos. Nunca ve las marcas que se deja. No le importan. Son parte de él. Siempre lo han sido.

Nunca ha sabido por qué

O quizá sí, pero no lo recuerda. ¿Por qué no lo recuerda?

Hay un vacío en su vida, uno que All for One nunca le ha explicado. Su cuerpo recuerda cosas que él no.

—Estás pensando.

Dabi parece —o finge— estar sorprendido.

—Mis neuronas funcionan, ¿sabes? —espeta.

Nadie los está viendo. Y cuando nadie los está viendo buscan la piel del otro. Por eso Dabi tiene la cabeza apoyada en su regazo y el finge que no le está desordenando el cabello.

De lejos, casi podría decirse que son una pareja común.

Pero ellos saben mejor.


También hay marcas en su espalda. Marcas de sus uñas ahí donde sus manos alcanzan. Rasguños de esos que parecen hechos para arrancarse la piel. Y allí donde sus manos no llegan están las uñas de Dabi, dibujando en su espalda.

Dibujando.

Qué buen eufemismo, se dice.

Otra manera de hablar de la saña con la que se las entierra en venganza por todas las veces que Tomura le pone cuatro dedos en cualquier parte del cuerpo y amenaza con posar el quinto con una sonrisa de lado.

Nunca lo hace.

Corrección: nunca va a hacerlo.

Pero si a Dabi le excitan sus ganas de morirse, él no se las va a negar.


A veces cierra los ojos e intenta recordar el tiempo antes de All For One, pero no puede. Su mentor está en toda su vida, pero ahora no lo tiene susurrándole qué hacer en su oído. Es tan aterradora la libertad.

—¿Tanto asco te doy que evitas verme?

Siente uno de los dedos de Dabi en sus párpados.

—Idiota —espeta.

Le agarra la muñeca. Tres dedos.

Le busca el pulso.

Más rápido de lo normal. Otro dedo. Sólo por si acaso. Dabi siempre le presta más atención cuando tiene toda su existencia entre sus dedos.

Abre los ojos.

Los ojos de Dabi son azul claro y uno es capaz de sumergirse en ellos y no pensar. Contagian la desidia de su portador.

Tomura lo jala hacia sí para besarlo otra vez.

Ya no recuerda exactamente para qué quiere recordar el pasado.

¿Por qué a veces su espalda recuerda los golpes de un cinturón que él no?


Recuerda estar a la deriva y recuerda llorar. Recuerda la palabra «ayuda» como una súplica ignorada una y otra vez. No sabe por qué o por quién, pero eso recuerda.

Recuerda golpes sobre su cuerpo que no puede situar en algún punto del tiempo.

No, corrige, no los recuerda él.

Los recuerda su piel.

Le gusta que Dabi le entierre las uñas para olvidar aquello que no puede recordar. No se lo confiesa, por supuesto. Pero lo busca, como un gato arisco busca a su dueño en busca de cariño.

Pero las manos de Dabi no tienen cariño, sólo una imitación estúpida de él.

La piel de Tomura también puede recordar cómo se siente el cariño; desearía no hacerlo.


Quiere destruir el mundo.

Hay noches que se conforma con que el mundo sea Dabi.

Hay días que lo provoca hasta que hay lágrimas tercas en sus ojos que se niegan a salir y rodar por sus mejillas. Hay días que lo llama por su nombre.

«Por favor, Tomura…, por favor…».

Lo ve deshacerse y lo disfruta.

Pero no sabe cómo sentirse cuando gime su nombre. Ahí es cuando están más cerca de parecer un romance normal y no una imitación de la peor relación sobre la que se haya escrito nunca.

Desnudos, solos y entre las sábanas.

Cuando todo pasa y Tomura sólo mira al techo mientras lucha por recuperar el control de su respiración, casi siente que no le falta nada.

Se siente lúcido.


Nunca se ha preguntado de dónde le nacieron las ganas de poner la mano en el piso y ver derrumbarse la tierra. Las tiene y la está.

—Pensé —dice Dabi, sentándose a horcajadas sobre él, mientras con una mano le aprisiona las muñecas por encima de su cabeza, impidiendo que mueva las manos— que merezco una venganza por todas las veces que has amenazado con hacerme polvo.

—Como si no lo disfrutaras —espeta Tomura.

Y sin embargo, lo deja.

Tener a Dabi encima a veces se compara con tener el mundo en sus manos.

Con la otra mano, la que tiene libre, le recorre el pecho. Suelta una chispa y Tomura lo ve como va quemando la playera negra y raída que trae puesta. Luego siente el calor sobre su propia piel y, aunque nunca llega a quemarse, arquea la espalda.

—Cabrón.

Dabi se inclina ante él.

Tomura siente sus labios cerca de su oreja.

—¿Qué dices? ¿Vale la pena quemarme un dedo por ti?

Tomura le regala una sonrisa de lado. Lo más retador que tiene para alguien a quien le importa una mierda lo que está pasando si no lo van a dejar destruir nada.

—Inténtalo.

Dabi lo vuelva a hacer arquear la espalda de nuevo. No lo deja mover las manos. Tomura se remueve debajo de él.

—Cabrón.

—Dime que quieres destruirlo todo.

—¿Para qué?

—Júralo.

Hay una chispa en sus ojos que no ha visto antes, quizá todavía un resabio del pasado que Tomura no conoce porque no le importa. No le importa lo poco sano que sea afrontar sus traumas buscando destruir al otro.

Lo deja.

Cierra los ojos.

Su cuerpo recuerda cosas que él no puede. Moretones, sobre todo. Marcas rojas e hinchadas de golpes que no sitúa en su vida.

Los dedos de Dabi, aunque quemen, siempre hacen que su piel olvide.


Es un momento de lucidez.

No tiene demasiados mientras está recargado sobre el pecho de Dabi y deja que le recorra el pecho con los dedos. A veces hay una chispa que lo hace morderse la lengua.

—No somos buenos el otro para el otro —murmura.

Originalmente no tiene intención de que Dabi lo oiga, pero lo hace.

—¿Importa? —pregunta el otro.

Tomura echa la cabeza hacia atrás. Alza una mano. Le recorre la mejilla —la parte que no está quemada y putrefacta— con el dorso de la mano. Y luego una de sus yemas le recorre el cuello y se detiene en la barbilla.

—Nunca ha importado.

De lejos, podrían parecer una pareja normal. Si no fuera por las cicatrices, las quemadas, la falta de piel, la ropa raída.

El hecho de que sus caras están en los carteles de «Se Busca» de todo Japón.

Pero de cerca la realidad es mucho más realidad.

Son dos cuerpos buscando la cercanía con el otro para ahogar sus demonios. O sobrevivirlos. Lo que sea primero.

No les interesa ser buenos.

Ni siquiera les interesa ser.

Dabi quiere sentir la muerte. Quizá sea sólo eso lo que necesite para sentir que respira.

Shigaraki quiere tener el mundo en sus manos y verlo decaer.

Y el mundo sigue siendo Dabi.


Notas de este capítulo:

1) Shigaraki sigue siendo un narrador muy difícil, pero creo que ya me voy acostumbrando mucho más a manejarlo. Sobre todo a sus demonios, que son muchos y muy variados. Por cierto, necesito verlo en el manga. Necesito saber que mi bebé es más temible que nunca. No digo nada para los que no lo lean (y si no lo leen, mi recomendación es que lo hagan).

2) Nota obligatoria de como esto no es un romance ejemplo a seguir. Es más, ni siquiera es un romance. Es una patética imitación de él. El título no les mintió.

Andrea Poulain